lunes, 21 de marzo de 2011

10 apostillas suicidas



1. Disclaimer

Hay opiniones más informadas que la mía, tan pobre y parca siempre, sobre el asunto del suicidio; la canónica de Durkheim, la poéticamente pesimista de Cioran o Shopenhauer o Nietszche y mi favorita, la teatral de Blanchot; también se remite al lector a Suicidios ejemplares de Enrique Vila-Matas, El club de los suicidas de R.L. Stevenson y a Levantar la mano sobre uno mismo de Jean Améry; a un número fabuloso de la revista La tempestad, creo que de 1997 (con Artaud en la portada) con un dossier genial sobre suicidio y arte (con entradas sobre Dostoievsky y Rothko, por ejemplo) y a revisar con frecuencia la revista mexicana Los suicidas; al cinéfilo, lo remito a Suicide Circle (Sākuru, 2002) y Mar adentro (Amenábar, 2004). Yo de lo que quiero hablar es de lo mucho que me molesta la treta del suicida y por qué, acaso contar un par de historias como si estuviera en una cantina con el impreciso lector y no aquí con insomnio y preocupación. No me hago responsable si el lector encuentra buenas razones para morir o malas razones para vivir, ni si se mata; leer lo que sigue es firmar un pacto existencialista: el caro lector se obliga a ser irremisiblemente libre.

Lo que sigue puede leerse también como una carta de amor.


2.

Tuve un conocido que se mató hace no mucho. Un joven "poeta". La historia la referí en una serie de tuits que devinieron juego de palabras, algo como #notasuicida, si recuerdo bien. Lo conocí poco. Me honraba cada semana con retazos de sus obras completas, poemas que trataban de lo que tratan los poemas adolescentes: la incomprensión, la soledad, la fiesta, el fin del mundo, matemáticas, poetas suecos, hipopótamos solares, versiones pop de 1984 de Orwell y tetas, sobre todo tetas. Bien. Pues el joven poeta me enviaba archivos de texto de 25 o 30 cuartillas a renglón seguido sin interlineado cada semana. Esperaba "comentarios y correcciones". Me presté al juego y opiné (si hay reencarnaciones espero reencarnar en un ser sin boca; cabeza, no nos desviemos...) Comenté, pero no corregí; una querida amiga me dijo que los poemas te dicen algo o no te dicen nada, y yo le creo. Los poemas del joven no me decían nada, efectivamente. Incluso le compartí mi interpretación de su trabajo: le dije que tal vez lo suyo era una hipergrafia como mecanismo representacional de la imposibilidad de la comunicación; la metáfora de la sobre-escritura como denuncia de nuestra capacidad y desinterés de lectura en la era de la información; escritura como performance, como baile de las manos, como opción de futuros proyectos. No quedó satisfecho: quería la gloria literaria o nada, y siguió buscando de mí (¿por qué de mí, que sólo quiero ser Nadie en paz?) alguna forma de aprobación. Le dije que no tenía más que decirle, pero no dejó de escribirme, incluso después de morir.

Llamé a su casa a petición del último correo que me envió, donde decía que se mataría y deseaba que yo hiciera algo con sus papeles y archivos, porque (cito) "era el único que lo había tomado en serio". Fui. Algo le dije a su hermana, muy neutral, y a su madre que estaba en shock; recibí una carpeta grande y una memoria USB Kingston negra de 2 GB. Luego supe que accedieron a dármelos a petición del chico porque él les había dicho que yo se los pedí para editarlos. No tengo vocación de un Max Brod, y el chico no era ningún Kafka. Intenté devolver los materiales pero la familia se mudó. No sé a dónde.



3.

He conocido cantidad de chicas con cicatrices en las muñecas. Yo tengo una bastante profunda aunque pequeña en la muñeca izquierda, que me hice por accidente en un performance. Las de esas chicas son menos que intentos fallidos, son constataciones de incapacidad; habiendo medios sencillos e infalibles, eligen uno casi quirúrgico, histérico y dramático. No me opongo filosóficamente al suicidio, pero me opongo férreamente a su teatralización (como no sea en un seppuku, que tiene que ver con un mundo absolutamente diferente: la muerte es humilde porque es un regalo para el otro, prenda de lealtad y honor, no capricho; los participantes del seppuku están en la más cercana de las relaciones afectivas --que imagino suerte de compadrazgo. Cabeza, no nos detengamos...) En esos términos, un suicidio debería ser un monólogo.

En otra ocasión , una muy querida amiga me llamó aterrada y sobrepasada por la cantidad de cosas que no podía arreglar de su vida (eran asuntos de trabajo y familiares, artísticos para no variar, pero sobre todo de inseguridad personal). Pasé seis horas diciéndole algo, y al final no se mató. Me sentí bien entonces, pero no hay nada que hacer frente a una inseguridad como la suya, así que eventualmente nos mandamos al carajo: ella a mí por no poder escucharla en los términos que ella necesitaba, y yo a ella por hacerme su rehén emocional. Ningún amor justifica tamaño chantaje. Sin embargo algunas personas sólo necesitan decir esas cosas en voz alta para sentirse mejor. Antes yo sabía escuchar y abrazar; ahora sólo tengo argumentos y cada vez menos abrazos. Por eso escucho un poco el flirteo suicida, digo poco, luego meto la cuchara y acabo peleado con la gente. Sí, el suicidio (aún su previsión) es monólogo, pero también hay monólogos con espectadores. Una virtud recomendable para el espectador es la atención sin reacción, el silencio vivo.


4.

Soy partidario de la eutanasia, y no hay que imaginar casos tan extremos como el de Mar adentro para justificarla: creo que hay un momento en que uno debe aceptar que la inmortalidad es imposible y tener la cortesía de laisser passer. Cuando uno no puede trabajar ni disfrutar, no sé qué rezago nostálgico se busca preservar. Me aterra, como a todos, pensar esta perspectiva en relación a los que quiero. Me aterra pensar en la muerte de mis padres, en si podría hacerme cargo de ellos cuando sean muy viejos. Mis padres son católicos y lectores asiduos de este blog --saludos, folks--, por lo que la eutanasia debe parecerles contraria a la propiedad de la vida, que para ellos sólo la tiene dios. La vida como yo la entiendo es la vida de los sentidos, y no es una propiedad: la vida se ejerce, no se posee. Si no podemos ejercer la vida, no vivimos. La muerte es un trámite, más o menos engorroso en su aspecto burocrático, pero necesario.

Pero cuando se refiere el asunto de la muerte de uno mismo en un momento arbitrario, en un darse muerte (lo cuál es imposible, como dice Blanchot, porque la muerte no es una cosa como tal, no es un objeto; en ese sentido es teatral el acto suicida porque monta una escenografía --cuya semiótica es interesantísima-- destinada a producir en él las condiciones que puedan provocarle la muerte. Cabeza, no te desvíes...), soy de un existencialismo muy pragmático: uno no puede evitar ser libre. Sin embargo, secuestrar el afecto, ese "pedir ayuda" del que se habla me parece lamentable. Yo ya no sé qué decir cuando alguien me dice muy en serio que quiere matarse (siempre es en serio aún cuando no lo sea, como todo relato, y el lector suspicaz habrá notado que, por estas historias, algo tengo que la gente en vez de darme galletas o libros me hace partícipe de su Todstrieb, o más bien de su incapacidad para la soledad). El problema es que me gusta escuchar historias, y no miento si digo que en algún momento casi toda la gente que conozco con cierta profundidad me ha confesado intenciones suicidas: conocí a una ex recomendándole The SUICIDE series de Bill Thomas, que ilustra este post.


 
5.

¿Confesar? Me siento como un padre católico de repente.



6.

Hay casos también de increíbles apegos a la vida: Alive (Marshall, 1993) y 127 hours (Boyle, 2010). Pero lejos de ponerlos como ejemplos para disuadir suicidas, querría tomar una posición un poco más radical. Al igual que hay gente capaz de ejercer su libertad para buscar vivir, está bien que la misma libertad pueda ser usada para buscar la muerte ("buscar" es impreciso y eufemístico: la muerte puede ser encontrada en cualquier bala o en una dosis adecuada de embutramida, curaré o arsénico). Vaya, que la vida vivida como obligación debería ser ilegal. Las condiciones biológicas y sociales de la vida no son, no pueden ser la vida. La vida es el performance de la vida, el llevarla-a-cabo individual. Por eso detesto verme en medio de secuestros sentimentales, de mensajes de texto o cartas de borrachos y borrachas que juegan al mártir, al doloroso incomprendido, que pretenden alguna palabra de aliento, una enumeración de sus cualidades (aunque lo nieguen siempre) o una razón para vivir. Como si vivir pudiera razonarse. Si se busca la llamada razón para vivir fuera de uno, tal vez lo más conveniente sea la muerte. Su imagen propia no le es suficiente y desearían que uno les construyera otra. Que se jodan.


7.

En mi visión del mundo, después de la muerte no hay nada --ni paraíso ni infierno ni reencarnación. Sólo el más absoluto no-ser. Hace poco leí que para la construcción de la subjetividad según Leo Bersani la memoria sería, para decirlo pronto, un atributo de la fantasía; el yo registra sus reiteraciones en el mundo, pero como lo hace a través de fantasmas, toda historia es el relato de una fantasmagoría, incluso lo que comimos hoy en la mañana. No hay más que ahora, y nada más que ahora merece atención. Nuestras acciones tienden a proyectarse y proyectar, siguiendo el esquema de reiteraciones, nuestras próximas apariciones en el mundo; pero desde un punto de vista formal esto es utópico: no estamos nunca en el mundo que estaremos. No se trata tampoco de decir "¿a qué pensar en ello?" y a otra cosa, sino de integrar a nuestros planes para el futuro la conciencia de la propia contingencia, del ser como accidente. Allá donde todavía no soy, como quería Pascal, pero hacia donde mi ser-sujeto tiende, me preocupa muy modestamente. Me preocupa tener cereal para desayunar mañana, suficientes cigarros para pasar la noche, trabajar (escribir) hoy sin pensar en el raro destino de las cosas escritas --inane en muchos casos.



8.

Dice Baudrillard (me gusta, por ejemplo, conservar las citas en presente: lo escrito --cabe imaginar-- siempre se dice en presente) que la tarea de los hombres de este siglo sería precisamente asegurar las condiciones de posibilidad de la vida sobre la Tierra. Lo estamos haciendo terriblemente. Pero lo que quiero destacar es que no hay obligación de procurar las condiciones de vida ni siquiera de uno mismo. Que la vida no es una obligación; que cada vida individual es el modo puntual en que la vida humana se actualiza, pero eso es un hecho sin calidad de valor. Que a veces se necesita valor para vivir, pero que si no se encuentra alegría en el mundo tal como es, y no se tiene curiosidad (imaginación) suficiente para buscarlo, se está buscando en el lugar equivocado. Que si no se encuentra belleza (la vida en su puro ser vida) en la propia vida, hay que inventarla. Que la vida en todo caso es un juego y nadie obliga a jugarlo, pero si decidimos jugarlo, haríamos bien en tomarnos el juego en serio.


9.

Por cierto, el antídoto para la embutramida es la fisostigmina, analéptico e inhibidor de la colinesterasa.


10.

Yo sólo quiero morir en voz baja, anónimamente y sin hacer mucho ruido.


 

Todas las imágenes son de The SUICIDE series, de Bill Thomas. 
Dato curioso: si introducen en Google "suicide bill thomas" y van a Imágenes, aparece mi foto.

1 comentario :

  1. Tú ya sabes lo que voy a decir, por eso no diré nada de eso.

    :)

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