viernes, 27 de junio de 2014

7 apuntes sobre la voz

1.

La única lengua nativa es la voz.

2.

Todos tenemos voz antes de tener idioma.

3.

Todos nacimos de un grito. El que no grita, muere; es como un árbol que se seca de tan quieto.

4.

Lo que nos ocurre, ocurre en nuestra voz. Cuando esa voz se nos rebela, cuando la autoridad de nuestras emociones queda en disputa, decimos que estamos "fuera de nosotros".

4.1

El canto, el llanto, la imprecación, el gemido, la húmeda sílaba del orgasmo son nuestra voz empleada por otro.

4.2

Todas las operaciones anteriores se realizan con la misma brutal eficacia en un idioma como en cualquier otro.

5.

Imagino que el hombre viejo sigue oyendo en el fondo de su risa la risa que aprendió a imitar de sí mismo; el gesto preciso que produce su alegría, que la escenifica, a la que ha sido (no digamos máscara) fiel durante tanto tiempo.

5.1

Ocurre lo mismo con todas las operaciones de la voz: su espontaneidad convocada a voluntad crea ese margen de sombra que llamamos "personalidad". Una máscara hecha con las facciones de nosotros mismos que hemos aprendido a imitar.

6.

Pensamos con nuestra voz, en nuestra voz. Pero nuestra voz nunca es más nuestra que cualquier fenómeno natural que vemos (lluvia, tormenta eléctrica, la primavera) a través de la ventana.

6.1

Nuestra voz es una fuerza de la naturaleza en estado doméstico, pero nunca domesticado.

7.

Nuestra voz es el aliado inestimable que nos traiciona --que nos abandona, cuya ausencia nos interrumpe, nos corta el lazo con nosotros mismos, nos deja perplejos-- en los momentos más inoportunos. La voz es sobre todo un polizón que amenaza con sublevarse.



Grita y sabrás quién eres.


lunes, 9 de junio de 2014

Cuatro versiones de Ander Monson

Estos poemas aparecieron publicados originalmente en el número de noviembre del 2013 de la revista Tierra Adentro.

Sobre el basketball

El espacio es el mismo en Arizona,supongo, que en Michigan o en Ames, Iowa,luciérnagas indiferentes a los pases aéreos,enmarcadas por el altísimo emparrillado de maíz,
listos para ser despanojados por la blancaestupidez sin camisa. Ahí está la llanura en particular,y también están otros paisajesdivididos y subdivididos, trazados
en cuadrícula por los caminos. Aquí terminael cuadriculado en montaña y más alláaún otra llanura, luego otra montaña, arrugade la geología, la tierra moviéndose lentamente
contra sí misma. Supongoque habrán vacío y calor en cualquier parteque las produzcas, el aliento de perros jadeantesapestando hasta tu balcón,
el mundo, o tú, haciendo un bloqueo(nunca estás seguro cuál de los dos)del asfalto por la calle que lleva a la canasta,un agujero entre otros, ninguno por llenar.
El silencio dice: aquí estás y para siempreserás indigno. Tu blancura es suficientementeobvia para todos. Tu inhabilidadpara cualquier cosa ahora lo es todo.
¿O es eso demasiado? ¿No es por elloque es importante? Este impulso masculinohaciendo eco al oscurecer, repitiéndose, un gritoy luego sólo el calor de las luces. No es suficiente
decir que este no es tu juego,tu mundo, el que merezcas elogioso cualquier otra insignia de respeto. Puedesdemostrárselos después en los videojuegos, o en tu
Tandy de pantalla ámbar, la computadora menos sexyque se pueda concebir entre las compatibles con IBM,con Jordan vs. Bird: One on One.Es 1988. Probablemente eres un cretino.
El mundo está poblado de cretinoscomo tú y como esos otros chicos.Búscalos en la Wikipedia. Podríasescucharlos a través de la pantalla, calle arriba,
playeras y shorts y pieles lamentables, golpe huecode pisadas sobre el asfalto, jugando unocontra uno o media cancha con los amigosque no seguirán siendo amigos por mucho tiempo,
una tragedia minúscula, una amenaza para preocuparse,se desteje, sigue buscando pases, por el maízy luego por la guerra, tus años de fracaso y terror,y luego de eso a los campos, que se alejan.

Sermón: encriptado

Luego de pasar por la cajaque bate nuestro texto en revueltas tiras de dígitos—el velo que nos separa de nuestros secretoscomo sangrías, magnético en todos nuestros discos durosy zip disks, hemos hallado nuestro caminohacia el fondo de la pila. Amigos, consideren estouna instrucción para irse a casa y limpiarsus mezcladores, borrar el caché de su Internet Explorer,y expulsar las cookies del navegador como una enfermedadhacia la majestad de la trituradora o el basurero.No necesitamos mantener estas cosas cerca de nosotros;ellas no son nuestros nombres ni las direccionespor las que la luz podría hallar su camino hasta nosotros.
No hay centros de rehabilitación para el pecado.No habrá sonrisitas entre la multitud.No hay una tierra más allá de esta cuandola pantalla se ha vaciado y nuestras vidas han sidodesprendidas como una telaraña de los helechos,desenredándose.
Contén tu risa y la hemorragia de tus heridas.
Lo que necesitamos aquí es un torniquetepara detener la ingesta diaria de informacióno calcio en forma de leche.
Deshazte de tus Porciones de Ingesta Diaria Recomendada para los Estados Unidos.
Lo que necesitamos es reducir las muertes accidentalesde polizones en los vuelos transatlánticos demasiado largos.
Pensemos en la parábola del hombreque trata de esconderse en el huecodentro del cual el tren de aterrizaje del Airbus A320de Amsterdam rumbo a Nueva York cerrará.
Consideremos la configuración de las constelaciones que hemos formadoentre las estrellas.
No habrá más carraspera.
Habrá compre uno lleve otro gratis en el más allá.
Habrá galaxias colapsando por cada uno de los presentesen la limpieza después de la fiesta, después de la graduación, en el más alládel más allá de la celebración.
Tomemos un no como respuesta sólo esta vez.
Deshagámonos de toda la colectivaloción para después de afeitar de nuestros esposos en el excusadoo en el fregadero.
Lloremos por todos aquellos que nos han dejado por culturas más cálidaso por otras parejas, más jóvenes.
Lloremos por los pretendientes al trono, esas otras bolasde pintura o cordel o ligas elásticas o cualquier cosa que se pueda enrollar,esos miles de heroicos leñadores esparcidos por el medio oeste,atados de tristeza, atados con historias.
Lloremos por aquellos cuyas contraseñas son el nombre de sus mascotaso su apellido de solteras, o cualquier otra cosa demasiado fácil de adivinar,como las palabras del diccionario.
Hallemos nuestro camino de vuelta a la luz que aún nos espere.

Pensé que su muerte me dejaría preñado, no vacío como una tumba

Escarcha en vidrio ensangrentado, círculo de sal en una margarita.
Lee sobre cómo hacer rescates. Sellos y cómo romperlos.
Deja que esa máquina se enfurruñe hasta primavera, cuando sea barato subirla. Ahora, sin embargo,debemos subir el cuerpo para que pueda ser enterrado como un juguete en una trama acalorada.
Traje de buzo, aleja el frío y el tacto del entramado de la piel.
Traje de buzo, guárdame dentro, no dejes que me rompa.
Agua, cadáver & techo de hielo, permite que tu luz baje como cascada por las grietas, que ilumine a través de los agujeros.
El último baile bajo el agua con Liz.
Bajando para sacarla en su Atlantis de hueso y vidrio, iluminado indirectamente por el reflejo, desde la izquierda.No salgas a la superficie indiferente.
Liz mi X mi otra lengua.
Soñé con operaciones, la resucitación cardiopulmonar y boca a boca, el diezmo del aliento y el escupir de vuelta a la vida.
Soñé con ser capaz de soñar otra vez.Soñé que era capaz de actuar.

Arde, arde

Arde por X, por la pérdida, por el arder mismo,por el mantra que se repite/se balancea como una campanaen una jaula en la torre que no ha sido aceitadadurante horas pero sigue repicando,enalteciendo a su fabricante, enalteciendo el movimiento del airea través de la ventana que parece una cruz.
Haz que arda la pared que nos separa del río.
Haz que arda el signo de alto que impide que los autos se agolpen en la intersección.
Deja que la gracia del fuego se lo lleve todo y lo convierta en combustible y cenizay en olor carbonizado que se moverá en el airedurante años antes de asentarse.Haz que arda el establo aplastado bajo la nievecuando esta se derrita y se seque lo suficientepara que prenda sin problemas.
Redúcelo a ruinas, base de anotación para las ardillasque dejan rastros de puntadas en la escarcha de nieveluego que el sol la dejara crocante a enfriar.
Resta eso de X,del hueco en el hielo sobre la piel del lago,de la cicatriz dejada por el rescate,
Sustrae esto del sustrato y de las relucientes masas de rocaque merodean justo bajo la superficieque ya no dejarán ganancias para las minasy las compañías que emplean a los hombresque ennegrecen sus pulmones por ellas durante el día.

lunes, 2 de junio de 2014

La novela entre paréntesis

Arqueros japoneses, circa 1860. (Archivo de la Literatura Ninja.)


, Escribo en mi cuaderno "La novela es un trabajo de medio tiempo." Me detengo. Examino la frase como una mariposa de colores imposibles, maravillosos. ¿Cómo estoy tan seguro de eso? ¿Con qué evidencias cuento para asegurarlo? Las preguntas se multiplican: enjambre en torno al panal. El panal dice trabajo. Mi panal es de miel, escribir es dulce, duro pero dulce. Soy todas las abejas del panal, llevando carretadas de néctar de regreso a su libro, es decir, a su página, ahí donde estoy aunque no esté. Necesito darle espacio, renunciar parcialmente a ella, como a una mujer demasiado demandante. Necesito, como se dice, darme un break. Necesito abrir un paréntesis, aquí. 

, (

, No hay afuera del libro en el que se trabaja. Puedo distraerme, leer un poco, ver películas, estar con mi familia. Pero una parte de mí está encerrado en el libro; llevo a cuestas un zoológico de monstruosidades, quiero decir, de preguntas sin respuesta; de urgencias; de pendientes; de alarmas chirriando; de plazos agotándose como fichas de dominó. 

, Llevo a cuestas un laberinto poblado de minotauros y de toros corrientes. Ya no hago diferencias entre ellos. Un ser que escribe es el héroe y el monstruo, depredadores de sí mismos. Soy un circuito de caza, soy la flecha que se dispara y se aloja en la espalda del arquero. 

, Tania dice: "el proceso de escritura terminó. Ahora sigue el proceso de edición", sentencia. Ya lo escribiste todo, ahora hay que ponerlo en orden. El montón de hojas se ve amenazante en esa repisa donde lo hemos dejado reposar una semana, por lo menos. Cuartillas en cuarentena, unas 200. Vine al blog para esconderme de ellas, para que no me busquen, para que no me confundan con un minotauro y me tiren flechas. Escribo esto: miro el marmotreto de mi primera novela: un laberinto vertical, de varios pisos, como un centro comercial, como un Neotemplo en ruinas.

, Comentarios de Tania: reduce personajes, quédate con los imprescindibles. Ese fue el último trabajo del viernes: estos personajes sirven; estos no. Estos viven, estos mueren. Pequeño dios de los post-its, agrupé a los sobrevivientes en un grupo reducido y me despedí de los prescindibles. Los pongo en una pecera con forma de paréntesis: los pongo en suspensión, en criogenia, en un recién inaugurado Museo/Archivo de los Personajes Prescindibles. Más comentarios: haz una escaleta, que te quede claro quién habla a cada momento, así como el espacio donde transcurre la acción. Sólo a través de la lectura de Tania el libro se disfrazó de novela; ella lo recorrió de palmo a palmo y evidenció sus fallas y sus fortalezas. Yo no tengo derecho a esa lectura: todo repaso es corrección, es hambre de autoría, es enmendar con los ojos. Las curvas del laberinto se multiplican con cada lectura. También esas lecturas hay que meterlas en un paréntesis, en una bolsa transparente a donde van los pensamientos alacrán, los pensamientos arañas y monstruos, los pensamientos aterradores: ahí están, dentro del paréntesis, pero no pueden hacernos daño. Tomamos distancia: abrimos un paréntesis. Por eso es que debo tomar distancia de ese libro, dejarlo respirar, dejarlo ahí, en la repisa, como las pieles que se untan de mantequilla en los Himalayas y se ponen a secar al sol para que se vuelvan duras a la vez que maleables. Debo dejar las cuartillas ahí, como una torre de huesos.

, ¿Mi novela es una piel de oso, una piel de mamut, una cáscara de hormiga? No lo sé todavía: no puedo leerla como lector. Todavía es una mosca a dos centímetros, amenazante como un toro de lidia. Comentarios finales de Tania: falta mucho para terminar, es cierto, pero no vas a terminar en un día, ni en dos, ni en tres noches sin dormir. Dale tiempo, dice. Déjala respirar. Respira.

, Paréntesis: alambique de fermentación.

, Analogía informática: la novela es una aplicación que siempre se está ejecutando en segundo plano y que le roba RAM al navegador de la conciencia. Todo vínculo que trate de abrir con la conciencia me llevará, si lo permito, al territorio de memoria que la novela ha reclamado para sí. En otras palabras: todo me recuerda que tengo una deuda con ella, que no terminaré en uno, ni dos, ni tres días de trabajo. Recordarme que tampoco hace falta. Terminaré cuando termine, no hay prisa. ¿Trabajo de medio tiempo? No, para nada. La imagen es inexacta. Ha sido como estar desembarcando en Normandía durante dos años sin poder llegar a la playa. Muchos personajes han muerto, muchos siguen disparando desde los nidos de las ametralladoras. Otros llegan y los relevan. No hay un sólo disparo (ni siquiera de flechas) en mi novela, pero para llegar a ella pareciera que debo atravesar un laberinto de balas. ¿Trabajo de medio tiempo? No, pero darse a entender es un trabajo de tiempo completo.

, Tareas de hoy: ponerse al día en pendientes de trabajo. Ir al banco. Faenas editoriales: leer, navegar, traducir, redactar. Leer a Zadie Smith o a Pascal Quignard mientras me como un sandwich. No pensar en la novela. No pensar en las 200+ cuartillas. No pensar en los personajes prescindibles ni en los sobrevivientes. No pensar en minotauros ni laberintos ni héroes. Sumergirse en el silencio de las sirenas. Oprimir el botón "publicar esta entrada." Terminar algo.

, Este paréntesis es el arco: la cuerda tiembla (traducción alternativa: alea iacta est): la flecha ya ha sido disparada:

, )

, Hace tres días, Nicolás vio por primera vez el mar.





jueves, 15 de mayo de 2014

Familia

1.

En una vieja caja con cuadernos de la adolescencia encontré una página donde cuento, de un lado, la historia de mi familia paterna, y del otro la de mi familia materna. Son historias modestas, sin grandes héroes ni próceres ni contiendas entre bandos. La idea que tengo de mi familia (y en un sentido más amplio, de mi genealogía) está contenida en esa página que escribí a finales del 2006, poco tiempo antes de irme de la casa paterna. Es un árbol genealógico-verbal compuesto de datos duros, relaciones directas y determinantes, un verdadero archivo clínico de lo que yo entendía hasta entonces de mi propia familia. Al releerla me di cuenta de que ese resumen fue durante mucho tiempo la idea (errónea, incompleta) que yo tuve de mi familia, pero que con el tiempo también mi familia había cambiado. Mi familia: un organismo que se nutre, crece y se contrae; un organismo vivo.

2.

Es increíble la forma en que ciertas páginas cobran relieve en la memoria y determinan en cierto modo la imaginación. El recuerdo las transforma, las distorsiona, al igual que la lente cambiante del tiempo, agua turbia. Pero cuando las aguas se asientan un poco o podemos ver a través de nosotros al reencontrarnos con el origen de ciertas ideas (debería decir: ciertos prejuicios), vemos que nuestro juicio no ha sido preciso, y es preciso actualizarlo, traerlo al presente; aprender.

Siempre envidié secretamente a las grandes familias, a los abuelos sabios de mis amigso (no tuve ninguno), jugar con muchos niños en un gran patio. Mi hermano y yo compartimos una alegre soledad. Las rencillas internas entre los numerosos hermanos de mi padre hicieron que la convivencia con el resto de la familia fuera distante o esporádica; nunca supe bien por qué, pero creo que el ciclo de la envidia tiene algo que ver en la disputa de alguna propiedad. Lo de siempre, la historia del mundo: ¿de quién es esto? Y todos dicen: mío. Mi tía Lola, hermana de mi madre, es secretamente también mi hermana: es mi cómplice y también se enoja de que no la llame tan a menudo, como mis mejores amigos.

3.

Nicolás y yo regresamos de la escuela. Voy a prepararle un postre de mango que no ha probado aún, pero que sé que le va a gustar mucho (su fruta favorita es la mandarina, pero últimamente le ha tomado gusto al mango). Pelamos mango tras mango y comemos. Nos embarramos de mango y Nico baila mientras come. Hablamos en un idioma secreto hecho de ritmos, de gruñidos y de lapsos semánticos que cualquiera confundiría fácilmente con una permutación de Cirlot. Su madre nos mira como si viera a dos niños del espacio exterior hablando en su lengua materna, con resignada ternura; nosotros nos miramos cómplices, reconociéndonos, amarillos.

4. 

Una mafia reproduce una estructura familiar idealizada. Uno de los grupos delictivos más sangrientos de México se conoce como "La Familia" michoacana. Las mafias literarias funcionan del mismo modo, con fichajes nuevos, con sacrificios públicos, con servidumbres, con treguas, con tributos, con vendettas. Con cambios, finalmente. 

Una familia no es un monumento; su unidad nunca es indivisible, por más que se promueva la familia atómica heteropatriarcal a través de la propaganda oficial (no hay otro modo de llamar a lo que hace la SEDESOL). Una familia es una serie de conexiones flexibles, como una red neuronal, como un bosque. Y los bosques, como se sabe, son los extrarradios donde ocurre el secreto de la ciudad, lo que no cabe entre sus paredes.

5.

Pienso que una familia nace cuando un puñado de personas tienen un secreto compartido; algo que las vuelve cómplices en la alegría o en la derrota, que las implica y les impide separarse aunque estén lejos, como esas partículas que reaccionan a lo que les pasa a otras que estuvieron en contacto con ellas, incluso a años luz de distancia. 

Pienso que los mexicanos somos una especie de familia disfuncional que comparte el secreto de no tener una estética de la alegría que no sea inevitablemente trágica o patética; nuestros próceres y nombres públicos son criminales o mártires. No hay nadie en la historia patria que no traicione, tarde o temprano, a los que creyeron en ellos. Creo que somos un país de traidores sentimentales, de sicarios del espíritu, de vendedores de la conciencia. Eso somos, pero no hay por qué decirlo en voz alta. Nadie tiene por qué enterarse. 

Es un secreto de familia.

6. 

Cada día y cada noche le digo a Tania: tú eres mi casa, tú eres mi idioma, tú eres mi familia. Sé que mi familia hoy es mucho más grande que antes. Una tregua definitiva se asentó entre mis padres y yo, un pacto de amor incondicional, como debió ser desde un principio. Mi hermano pronto va a tirar por su lado y será increíble. Las autoridades revisarán judicialmente el estatuto de Nicolás y de Tania respecto a la patria potestad y todo eso y sacarán alguna determinación; pero nosotros sabemos que no necesitamos un papel que nos autorice a ser una familia. Una familia siempre empieza con un secreto, y nosotros ya tenemos el nuestro.

7.

Si me reencontrara con alguien a quien no hubiera visto desde diciembre del 2013, tendría mucho qué contarle. En este tiempo mucha gente se alejó de mí, y otra se acercó más que nunca. Tal vez familia es también la íntima conciencia de que nunca estarás completamente solo; pero también de que los que se van no son enemigos, ni los que se quedan son necesariamente amigos. 

Pasa lo siguiente: dos personas hablan, y entretejido en los intervalos (silencios, podríamos decir) de lo que dicen existe un secreto. La naturaleza de ese secreto determina el tipo de relación que se establece. Hay secretos que son complicidades, otros que son tentativas de desenmascarar o ser desenmascarado. ¿Cuál es, pues, la naturaleza del secreto de las familias? Escribo esto, Nico, a mi lado, me abraza, me canta canciones, me cuenta historias. Tengo derecho a esta historia, me digo. Es mi historia

Entretejidos, también, en los intervalos de silencio de una persona consigo misma se establecen historias --ideas, prejuicios-- que determinan la relación del que somos con aquello que somos. Una de las páginas de mi relación conmigo mismo ha sido este blog, que en estos días cumple 10 años. Este blog se llamaba La casa invisible y comenzó en 2003. Lo di de baja en una rabieta estúpida en 2007 y lo abrí nuevamente como Cuaderno de Raya poco después, y en realidad casi todo lo bueno que me ha pasado ha sido consecuencia de esta página secreta donde hablo en público conmigo mismo; donde soy un sí mismo sin yo.

8. 

¿Qué es lo fundamental? ¿Qué es lo absolutamente necesario para vivir? Eso es la naturaleza de las familias, no importa por quiénes estén conformadas: las familias son relaciones que ayudan a vivir.

Toda familia está conformada por extraños que, poco a poco, dejan de serlo.

9. 

En la literatura encuentro la única ética que puedo asumir. Un sueño lúcido también tiene forma de vigilia y tiene forma de un poema, cuando los poemas nos dicen no quiénes somos, sino quiénes somos realmente. Como este de Bolaño que cierra Tres:

Soñé que Georges Perec tenía tres años y lloraba desconsoladamente. Yo intentaba calmarlo. Lo tomaba en brazos, le compraba golosinas, libros para pintar. Luego nos íbamos al Paseo Marítimo de Nueva York y mientras él jugaba en el tobogán yo me decía a mí mismo: no sirvo para nada, pero serviré para cuidarte, nadie te hará daño, nadie intentará matarte. Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente a casa. ¿Pero dónde estaba nuestra casa?

10.

Aquí, Nico, aquí está nuestra casa. Cuando crezcas vamos a contarte todos los secretos que conforman nuestra pequeña familia; vamos a iniciarte en nuestra historia que es la tuya. Pero por lo pronto vamos a cuidarte, no vamos a permitir que nadie te moleste, ni te lastime. Vamos a cometer nuestros propios errores y nos vamos a amar de un modo que es nuestro ya, irreparable. No hay nada que hacer, nuestra familia existe ya. Estamos dulcemente condenados a ella. Serviré para cuidarte, me digo. Y donde estén tú y tu madre estará mi casa, y pase lo que pase --he ahí el secreto-- siempre volveremos a ella.

11.

Nuestro secreto es nuestro.





viernes, 28 de febrero de 2014

A cópula dos animais fá-los invisíveis

(La cópula de los animales los vuelve invisibles)
publicado originalmente en Cuadrivio, abril del 2013
versión al portugués de Bruno Sousa Villar

Lançaram-lhes água para debandarem,
Para lhes desmascararem a alma,
Para soltarem os cães os cães soltos
Do show impúdico das pudendas,
E a nós, evitaram as peras,
Com água curada de espanto,
E lágrimas postiças.

Soltos graças aos folgazões,
em retalhos do mais lascivo
Que nem o tordo mais tardio
Se viu animalar assim, como se tal coisa,
não sendo etérea
a puta de Girondo
de tordo teve
o que a deteve
de cantar.

Trata-se de um desaparecimento elementar.

Não é coisa de fugir
Dos baldes de água fria, miúda
No máximo
Fazer-se infinitamente pequeno
cabendo num abraço
ou no pedaço de uma perna,
na cavidade da axila onde não nos encontrem,
de onde nunca nos vissem,
de modo que invisíveis
são os quartos de hotel,
das cenas de crime,
de insuportável espectáculo
para o olhar,
excepto o pássaro de sangue
couraçado no caixote do lixo
disfarçando mal
os estragos do teu período nos lençóis,
nas paredes e no grumosos pêlos púbicos.

Fizemos mal em aparecer,
Em frente do templo,
miúda,
Com os beiços coagulados , enfadados,
Como tigres,
Alegres a seu modo,
Depois de estriparem algo
Com asas.

lunes, 17 de febrero de 2014

Solve & Coagula


Según la fluctuación de la economía de la memoria, todo objeto está siempre al borde de ser reliquia y de ser residuo, objeto sagrado y tiliche prescindible, contenedor aurático de la memoria y caja de Pandora. Mudanza es solve: tomar distancia de lo unido, dividir, analizar.

El altar, como la basura, exigen ser implacables con el destino final de los objetos sin destino aparente (o con aquellos que ya lo cumplieron). El objeto sagrado y el objeto basura: registros de la presencia excesiva del objeto. Lo que llamamos cotidianidad podría no ser sino la continua regulación de la presencia excesiva de los objetos, el utilizarlos, el convivir con sus presencias, el leerlos desde Alfred Gell o desde Jean Baudrillard: la experiencia atestigua los cambios en sí misma (el paso del tiempo) tomando como referencia los objetos. 

Pero la condición del libro lo hace un objeto excesivo per se, excesivo por adelantado.

Lo inconsciente es el olvido ritual de la especie; es el exceso que el instinto se encarga de organizar. Pero la autonomía del inconsciente es relativa, o al menos no está exenta de intervención. Cada libro es un mapa fractal de la especie y un territorio encarnado de nuestra memoria emocional: aunque no lo hayamos leído, el libro nos espera con la promesa de un territorio (propio de antemano) aún desconocido; es la sensación de sentir que algo fue escrito justo para nosotros, o leído en el momento oportuno: "el león es oveja digerida", parafraseando a Valéry.

Se trata de un pase mágico, de naturaleza iniciática: dar un lugar en el mundo a un objeto es acomodarlo en el cajón del inconsciente que le corresponde. Coagula: nueva síntesis de lo alejado, unión, alianza, acuerdo de las diferencias.

Guardé mis libros durante dos años en distintos lugares, y hoy los veo por primera vez a todos en un mismo lugar, reunidos como viejos conocidos que tienen amigos en común. La sala es un caos, porque es la sala de espera --el último limbo de los primeros libros. Es especialmente notorio en la economía de los saberes cuando una biblioteca embodegada llega a manos de los libreros: los valores estancados, olvidados o perdidos se resignifican, adquieren nueva luz porque nuevos lectores se topan con esos saberes. Pero es casi tanto como la promesa de una genealogía cuando en vez de dividirse, dos bibliotecas se juntan.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Don Nadie

En la FIL de Minería del 2010 (donde participé con esta lectura sobre lo que por entonces entendía respecto a la poesía mexicana de mi "generación"), tuve la oportunidad de charlar con el poeta chileno Raúl Zurita. Amable, sabio, bidimensional a causa de la enfermedad, me preguntó si había publicado algo de mi trabajo en forma de libro. Le respondí que sólo había publicado en mi blog, en revistas y periódicos --poemas sueltos, sobre todo, y que no estaba demasiado interesado en publicar libros impresos. Escuchó pacientemente mis razones, que en realidad no eran tales, pues supo ver el miedo de fondo que las motivaba. "Es bueno hacer libros de vez en cuando", me dijo, "para regalárselos a los amigos, para compartir."

Al año siguiente, aparecieron con mi nombre tres colecciones de poemas, que podemos llamar libros sólo de manera referencial: el primero fue El libro de Pixie, una colección de poemas eróticos editado con mucho amor por mi amiga Zaria Abreu en el fugaz proyecto Torre de Babel. El tiraje constó de 50 ejemplares, mismos que se vendieron el mismo día de su única presentación, en un centro cultural de la ciudad de Puebla --el mismo día, por cierto, en que salieron de imprenta. Yo me quedé con uno solamente que le regalé a una mujer que no lee poesía ni lee, por otra parte, nada en absoluto.

Por los rasgos una bayoneta, editado por el Fondo Editorial Tierra Adentro, apareció dentro de la colección La Ceibita. Fue el sexto título de dicha colección, y cuyo tiraje de seis mil ejemplares me sigue pareciendo excesivo. Sin embargo, tuvo la fortuna de llegar a muchos más lectores de los que yo hubiera esperado, además de permitirme leer esos poemas en los más diversos foros del país. Sigo considerándolo un fragmento en el sentido en que los doce tomos de los Fragmentos de Marco Aurelio (mal traducidos como Meditaciones) son acumulaciones de una obra no inconclusa sino inacabada de origen, de lo cual la modesta plaquette amarilla refleja sólo un 20% o menos del borrador del mismo título, terminado en 2009. Sin embargo, la diligente pericia de Mónica Nepote, por entonces al frente de la dirección general de publicaciones, además de la fina lectura de Rayo Ramírez, lograron contar uno de los periplos posibles dentro del caos acumulativo, proponiendo una ruta de lectura que sigue pareciéndome afortunada, y que agradezco. El proyecto para reeditar Por los rasgos... en versión extendida fue aplazándose en diferentes editoriales hasta que finalmente fue dejado de lado. DMG, lectora original de esos poemas, conoció la versión extendida (suplicio que sólo conocieron dos de las personas que más quiero, Rojo Córdova y Edmée García) y su lectura fue fundamental en la selección de textos sometidos después al agudo escrúpulo de Mónica, así como a su generosa invitación. El pequeño libro amarillo fue obra en realidad de tres excelentes lectoras (Mónica, DMG y Rayo), y me permitió por primera vez regalar poemas en forma de libro, como aconsejaba Zurita, a los amigos.

El mismo año terminé Ordalía, que apareció en la colección Limón Partido y que es el único que podría considerarse algo así como un libro, en el sentido de una obra cuya exposición e historia está enteramente reflejada en el intervalo de una tapa a la otra. Su ejecución me sigue pareciendo muy deficiente, debido principalmente a que por entonces comencé a experimentar con mis ciclos circadianos de sueño; por decirlo así, escribí Ordalía durante unos seis meses en que dormía en promedio cuatro horas al día, repartidos en ciclos de 20 minutos cada cuatro horas, como los veleristas profesionales. Escribí ese libro dormido, pero me hubiera gustado tener más tiempo para corregirlo despierto. Jocelyn Pantoja, la responsable de la colección, me comenta que sigue imprimiéndose de vez en cuándo, pero desconozco el tiraje total hasta la fecha. Entiendo que aún se consigue en algunas librerías. Mi querido Javier Norambuena me regaló un prólogo que es la única lectura crítica --que yo sepa-- que se ha hecho de mi trabajo. También regalé cuantos ejemplares recibí de Ordalía, el último apenas hace un par de semanas, a otro secreto artífice de su forma final: Pedro Poitevin, quien señaló importantes errores en tres sonetos que figuraban en un borrador previo (lo que me disuadió de descartarlos y reescribirlos por entero) además de leerme con generosidad, paciencia y cuidado. Buscar libros de López Velarde y Gerardo Deniz con él por las calles de Donceles fue una de las alegrías más discretas de este fin de año. 

Estos "libros" tuvieron más amor y cuidado en su edición que el que yo he sido capaz de poner en su escritura, y algunos eventos recientes me han hecho recordar a las personas que los materializaron. Gracias a que fueron objetos que, como decía Zurita, uno podía "regalar a los amigos", encontré interlocutores valiosos, compañeros de trabajo, alegrías inesperadas como esta y esta, parejas sentimentales y de juergas, además de perder muchas fronteras en los viajes que no han dejado de sucederse; pero los libros encontraron eso a lo que solamente los libros pueden aspirar y merecer genuinamente: lectores.

Hace unos días me hicieron una entrevista de un portal de noticias (a cuento, supongo, de una absurda pelea en Twitter que no fue tal, y a la que no tuve entonces ni tengo ahora intención de referirme), una de cuyas preguntas fue "¿has recibido algún premio o reconocimiento por tu trabajo?" En honor a la verdad respondí que no. Participé en un concurso una vez, en el Desiderio Macías de Aguascalientes, y recibí una mención, pero no volví a someter nada al escrutinio de ningún jurado; aunque los haya diligentes, creo que participar implica creer a priori que nuestro trabajo tiene un valor que solamente a los lectores compete juzgar --y aún los libros premiados pueden hallar dictámenes poco favorables entre los verdaderos lectores, esa rara especie que se ve de vez en cuando aún, como un monstruo mitológico, con cuerpo de humano y los ojos llenos de palabras. Eso, por no mencionar el hecho de que participar en concursos implica igualmente aceptar participar en la política cultural que, en este país, es la que dicta la distribución de los prestigios y que, confundiéndolos con capital económico, no hace ni mucho ni poco bien al capital simbólico que el libro pueda albergar. He concursado en muchos slams de poesía, eso sí, tal vez demasiados; competencias más simbólicas que deportivas, con un jurado integrado por el público y el azar, similares en espíritu al mítico Certamen donde el público juzgó vencedor a Homero, que cantaba a la guerra, mientras los jueces premiaron a Hesíodo, cantor de la paz.

José Kozer me previno de no regalar libros: la gente no aprecia aquello que no le ha costado, y si no les cuesta no van a leerlo. También me dijo que es mejor publicar libros que perderlos. Pero otro evento reciente me obliga a disentir de la postura del querido maestro: a sólo dos días de haberlo puesto en línea, mi colección de poemas Los miembros fantasmas ha sobrepasado las mil descargas. Es un libro muy pequeño y sumamente modesto en cuanto a búsquedas estilísticas y formales, pasto de críticos, e incómodamente personal, yo diría, pero que tenía guardado desde hace meses en mi computadora. ¿Qué se hace con esos libros, pues? ¿Publicarlos para dejar de corregirlos, como decía Borges? ¿Olvidarlos y pasar al siguiente? Debido al robo de una computadora y varios discos duros (que conté aquí), perdí también las versiones y borradores de Los miembros fantasmas, por lo que preferí ponerlo en línea antes que perderlo otra vez frente a esos ladrones que tal vez no saben que no deben regresar a la escena del crimen, y lo colgué en su versión en PDF antes que buscarle editor. Y es que no sabría cómo llegar con un libro bajo el brazo a tocar una puerta en una editorial. Me aterra la sola idea, no sé por qué. En otro tiempo hubiera tenido suficiente material para publicar un poemario al mes durante años, porque nunca he creído en el "bloqueo creativo", esa exquisitez de algunos perezosos, y gozo, al menos desde el punto de vista productivo, de una sólida salud. Pero entre perder nuevamente todos esos textos que se van acumulándose lenta, periódicamente en mi computadora, o someterlos a becas o premios, o colgarlos gratuitamente en Internet, preferí hacer esto último. Hacerlo así, "regalando mi obra", como dijera una editora derrengada, me evita tener que lidiar con una comunidad literaria cuyas prácticas y políticas desapruebo, y permite un acceso sencillo (si bien, no siempre cómodo, por tener que leerse en algún tipo de pantalla) a los textos para quienes quieran acercarse a ellos.

En otro lado escribí sobre por qué el compartir contenido por Internet es mejor que no hacerlo. Pero no siempre pensé así. Una versión previa de este blog (que recibe unas tres mil visitas mensuales, 80 mil desde que comenzó, hace cinco años) fue retirada voluntariamente por una supuesta infracción a derechos protegidos. Eran otros días, yo era alguien que no recuerdo. Tuve miedo, me sentí como un traidor y tuve que replantearme mis tambaleantes supuestos menos uno: escribir es lo único que cuenta. A la gente le puede molestar que publiques, pero no que no que escribas. Eso a nadie le importa, y a nadie compete más que a uno mismo y a su conciencia. Eso es lo que he tratado de hacer, con mayor o menor pericia, desde entonces. Me gano la vida como ghost writer o "proletario editorial". Escribo para vivir. Me gusta pensar que esas horas que le dedico a escribir para otros son una forma de mantener las manos y la cabeza ocupadas, y que además de poder pagar la renta, me permiten mantenerme a una necesaria distancia de todo lo que acontece en el, por así llamarlo, mundo literario. Mis mejores amigos son pintores, diseñadores y músicos. La mayoría de mis conocidos son escritores, es cierto, pero con ellos prefiero hablar de libros que de las molestas personas que los escriben o editan. Si no hiciera otra cosa que escribir lo mío, me volvería loco. El trabajo me estabiliza, me conecta con el mundo de lo práctico, me da una dimensión concreta, y mesura mi tendencia a la dispersión forzándome a concretar cosas, a respetar tiempos de entrega, incluso a vérmelas con clientes que no pagan, pagan mal o pagan tarde, pero que finalmente pagan y me han permitido hacer lo mío --bien o mal-- en mis propios términos. Y por haber visto qué caro cuestan las becas, prefiero trabajar el doble en cosas que me gustan que decirme escritor en términos que no me interesan. No aspiro a otra cosa.

Mi participación en el mundo literario se limita a presentarme a donde me inviten a leer, a enviar colaboraciones cuando me las solicitan y a charlar con mis amigos y con la gente que quiero sobre los libros que me gustan. No "destrozo" ya libros con egóticas invectivas para disputar la preeminencia de una estética sobre otra. No soy modelo para figurar en las fotos grupales ni líder de opinión para pelearme un retazo de verdad con los chacales. No me disputo parcelas imaginarias de poder con caciques ni hienas. No me gusta lamer huesos. Mi actividad --la escritura-- ordena todos los aspectos de mi vida y de mis relaciones, durante la vigilia y durante los cuatro estados del sueño. Y al abrir los ojos en días como hoy veo a una mujer bellísima, sabia y brillante, viéndome dormir. Escribo aquí, en mi Tuiter o en mis cuadernos, persuadiéndome de que nadie más está mirando --y de que, si miran --si leen-- es porque desean hacerlo. No me ocupan sus razones. Todos tenemos derecho, en este país a punto de venirse abajo, al menos al morbo.

Soy un escritor, supongo, porque escribo, y si ser escritor implica asistir a eventos donde se ve a gente hablar de otra gente, donde los dudosos prestigios se respetan por consenso, donde se busca por todos los medios ponerse de acuerdo sobre quién tiene el poder, y si sobre todo, ser escritor implica ser leído en los términos que fueron válidos durante cuatrocientos años de predominio del libro impreso, entonces probablemente no soy un escritor y soy otra cosa. No me preocupa demasiado qué es esa otra cosa que se supone que soy, pero tengo muy claro lo que no soy: cada mañana y cada noche, durante unas pocas horas, mientras escribo lo mío, soy Nadie: soy una conciencia que se investiga a sí misma como si no estuviera presente. Pero frente a esa gente que se dice escritores, prefiero ser Don Nadie. Aunque se tarden, como dice mi madre.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Fosa común: sobre algunos aspectos de "2666", de Roberto Bolaño

Publicado originalmente en el No. 6 de la revista Yagular.
Es más fácil creer que el enemigo es un mero salvaje que mata
y luego sostiene en vilo la cabeza de su presa para que todos la veamos.
Susan Sontag, Ante el dolor de los demás

Intentábamos hacer poesía —decía el periodista—, intentábamos dejar
que pasara el tiempo y mantenernos vivos para ver qué vendría después.
Roberto Bolaño, 2666
Mínimas pero determinantes diferencias distinguen las incursiones del hombre hacia el interior de la tierra. El pozo: fuente de piedra, camino vertical al agua, sustento. El abismo: ruptura en la continuidad del caminante, obstáculo, oquedad que es preciso resolver con el puente o el salto al vacío. Foso: pozo artificial, viaje de ida, casa de los muertos. A diferencia del pozo, del foso nada se extrae. Caminos excluyentes de ida y vuelta: el pozo sirve hasta que el venero subterráneo se seca, hasta que es destruido, tapado cuando los niños se caen y se ahogan. Pero del foso nada se extrae. No es el cofre del tesoro, foso portátil confiado al secreto, el cofre como la excepción del foso del que nada se extrae, pero cuya voracidad es sólo del tamaño de la necesidad del hombre por hacer que algo desaparezca. Si lo que sostiene la idea del cofre es la memoria, en oposición, el foso es la forma del olvido.
2666 de Roberto Bolaño en este sentido es una suerte de cofre del tesoro que guarda fosos en su interior. Esos fosos son su tesoro, esas oquedades, esos rastros que evidencian lo que falta —materia del trabajo del detective—, que sugieren sin agotar la entrada al secreto —la promesa de la revelación, del esclarecimiento del crimen— y también la coartada para la mentira y el escondite.
Será tal vez innecesario recordar que en el periplo de su escritura y publicación (aderezada siempre por los candentes chismes del mundillo literario) la obra fue en sí misma concebida como un montaje en cinco partes: la de los críticos, la de Amalfitano, la de Fate, la de los crímenes y la de Archimboldi. Por un azar editorial o comercial la obra fue publicada en un solo y monumental volumen; los fragmentos formarán así esta continuidad artificial, “completa”. Como un Osiris, la obra fragmentada encuentra físicamente su completitud conceptual, al modo de un jarrón roto que un cuidadoso trabajo de restauración con pegamento de oro vuelve aún más valioso: las costuras, grietas o cicatrices de la novela plantean algunos problemas interesantes en cuanto a la lectura social de la violencia y su siniestra normalización.
Una de estas grietas es el narrador de la novela. Para caracterizarlo será necesario cazar al cazador. A favor de la tesis de Ignacio Echevarría en las palabras que siguen al final del libro (la cual no repetiré aquí, pero daré por sabida, porque hay un círculo en el infierno hecho a la medida de los spoilers, privatizadores y protagonistas espurios del asombro), es sencillo ver que el narrador tiene acceso a todos los recovecos emocionales de cada personaje de 2666. Un estudiante que hace su tarea lo llamaría “narrador extradiegético omnisciente”; yo lo llamaría, sin más, detective.
Pero del mismo modo en que la impericia o la prisa para cubrir de arena una fosa clandestina revela su terrible secreto, el detective tampoco ha cubierto del todo sus huellas. Se le reconoce en el tono de informe, como si no se tratara de una novela sino de un detective privado dando las partesde su investigación, divididas apropiadamente para  (en)cubrir los movimientos de todos los involucrados.
Este detective-narrador se comporta, a su vez, como dicen que se comportan los criminales que quieren jugar a ser perseguidos mientras dura el juego de las evidencias y las referencias. A nuestro detective lo delatan ciertas acotaciones, ciertos gestos textuales propios de un comisionado, un periodista o un investigador privado, como cuando en cierta conversación puntualiza “las risas” para evidenciar que se trata de la transcripción de una comunicación oral, o el hecho de no obviar las similitudes entre crímenes (rotura del hueso hioides, violación por conducto anal y/o vaginal, etc.), consignando su repetición sin remarcarla, además de cierta objetividad para referir la vigilancia íntima de los involucrados, incluyendo sus sueños, sus prácticas más inconfesables, sus obsesiones íntimas.
El narrador-detective da parte al lector-cliente de cada sección de la novela, como si este lo hubiera comisionado para tal efecto. La palabra parte (en las ya referidas cinco partes en que está dividida2666) no está únicamente utilizada en su acepción de fragmento, capítulo o sección. Se trata también de un dar parte, dar fe de la operación jurídica del testimonio. Damos parte a las autoridades, nos transformamos en testigos. Después del libro no seremos tampoco inocentes, no podremos acusar ignorancia. Lo hemos visto todo.
Podemos admitir incluso una acepción más de parte si pensamos que ésta también admite el sentido de parlamento, de diálogos y didascalias, de textos en la grieta de la lectura y de la representación teatral. El testigo en que nos hemos convertido hace un momento se transforma, a su vez, en un actor que desempeña la parte del testigo. Creo que ese es uno de los tesoros de la obra: que a pesar de la presencia sugerida del testigo y el detective, cada caso se va enfriando a su propio ritmo, las pistas se confunden, los jueces se corrompen y los crímenes quedan sin resolver frente a nuestros ojos cada vez más habituados o indiferentes al crimen. Más aptos también para justificar nuestra derrota frente al alcance de lo que Susan Sontag ha llamado el “conjunto de preocupaciones y ansiedades sobre el orden y el ánimo públicos que no es posible nombrar”, en lo referente a la exposición de la violencia con fines informativos.
Este dar parte en tanto procedimiento narrativo (cuyos orígenes se rozan con el periodismo de ficción y el precedente canónico de In Cold Blood de Truman Capote) ha sido utilizado de un modo muy similar por el narrador de City of Glass, la primera parte de la no menos famosa Trilogía de Nueva York de Paul Auster, donde —juego de espejos encontrados— un narrador-detective relata las pesquisas de otro narrador que a su vez se desdobla en un falso detective. Pero aunque la estructura general de 2666 siga este patrón de manera consistente, “La parte de los crímenes” presenta importantes diferencias formales con respecto a las otras cuatro partes.

Si nuestra atención, nuestra memoria y sangre fría vacilan para llevar a cabo nuestra parte en la novela como testigos, la precisión del narrador-detective permanece incólume a través de páginas y páginas de peritaje novelado, de manera que nos vemos orillados al desborde cuando se trata de referir las circunstancias de las víctimas en esa cuarta parte de la novela. Como si revisáramos el archivo muerto que se amarilla en el sótano de un ministerio público en la frontera —verdadera fosa común de la historia inconclusa del estatuto legal de los cuerpos—, pasamos de expediente en expediente por declaraciones, contradicciones, testigos, sospechosos y nombres de mujer: sobre todo del nombre que es el único rastro del cuerpo que —además de haber sido brutalizado de tal forma que lo humano se le extrae, casi quirúrgicamente, como un órgano inservible— es transformado en información. Un nombre y un número como los sucedáneos del cadáver mutilado o nunca hallado al que esa materia orgánica, privada de dignidad y de justicia, tiene derecho. A veces, cuando el foso cumple su función, ni siquiera queda el nombre, la desaparición es total.
Decir que esta parte de la novela es reiterativa soslaya la impronta política que se trasluce en su ejecución: reproducir el modo en que la dignidad es neutralizada por el agotamiento del espectador, volviendo el dolor indiferente; es decir, cancelando la diferencia: un cuerpo es cualquier cuerpo y no importa. De otro modo no se explica que a 20 años de los primeros asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez nos hayamos acostumbrado a la reiterativa nota roja.
El lugar de enunciación de la noticia es muy diferente al de la literatura, se dirá. Es cierto, pero aquí estamos ante una grieta más del jarrón de porcelana reconstruido: lo que Bolaño reproduce mediante la reiteración no es la acumulación absurda de la violencia, sino precisamente nuestra —mínima— capacidad para procesarla en tanto evento en la historia de un cuerpo; y por otro lado, tal vez la verdadera denuncia que se da cuando la investigación, el peritaje y el reportaje van a parar al mismo foso común de los crímenes, al del olvido y el archivo muerto, encubriendo y volviéndose cómplices,acaso involuntarios, de lo que deberían revelar o ayudar a explicar.”
En la película El alcalde (Rossini, Altuna, Osorno, 2012), Mauricio Fernández Garza, el edil del municipio más rico de Latinoamérica, San Pedro Garza García, en el estado de Nuevo León, afirma que la proporción de los asesinatos de los que la opinión pública se entera sería apenas una quinta parte de la que en realidad tiene lugar todos los días en el país, rebasando todos los estimados estadísticos para contabilizar la violencia durante el calderonato. Más información, sin embargo, no es necesariamente más conciencia. Si hoy murieron 15 y ayer 20, no vamos “ganando”: aún murieron 15.
La verdadera brutalidad ocurre en el terreno de lo simbólico, cuando dejamos de percibir las muertes para limitarnos a contabilizarlasEn la infamia del número, la muerte se transforma en una aritmética inofensiva, una forma con la que podemos lidiar: una estadística. La pérdida de esa diferencia, es decir, de la diferencia narrativa, histórica y particular de las circunstancias de la desaparición de un cuerpo es el verdadero triunfo de la violencia. Así como la represión protege a la mente del trauma del cual no puede hacerse cargo, el número es el mecanismo con el que la sociedad mexicana lidia con la violencia día a día, incluso mucho después de publicada 2666, que admitiría en esa coyuntura una lectura profética.
Cristina Rivera Garza ha dicho que es responsabilidad del Estado garantizar el cuidado del cuerpo y prevenir su destrucción. Esto se inserta en la justificación misma de la existencia del Estado, en los orígenes de las formas primarias de organización social. Pero esta función se ha vuelto meramente decorativa, ejercida por una burocracia y un poder judicial corruptos y rebasados, táctica y estratégicamente, para responder adecuadamente a su papelen el teatro de lo social. Esta tensión se transparenta en 2666 con la fantasía de la policía (decida el lector si sólo en las novelas o también en lavida real), de que la causa de esta violencia demencial en Santa Teresa al correr de los años sea obra de un asesino serial, una corporación criminal, un garante último de sentido que justifique desde su invisibilidad la reiteración “natural” de la violencia.
Como en las teorías de conspiración, la noción de un plan que permanece oculto nos aporta la fantasía de que el mundo, a pesar de su horror, sigue teniendo sentido. La verdad tal vez sea mucho más brutal: lo que hay es el caos y la capacidad de cada hombre de tomar decisiones, incluso a costa del otro, de ese otro cada vez más deslavado, al borde de la desaparición.
2666 encarna en su inconclusión (tal vez a pesar de las intenciones de su autor, cómo saberlo) la interrupción de los cuerpos cuya historia fue enterrada. La verdad, como dice Jack Nicholson en A Few Good Men (1992), es un aspecto insoportable de la realidad: la maldad no conoce planes, se desencadena a sí misma como en un proceso de reproducción viral autónomo e impredecible.
No quiero dejar grietas en esta apreciación, creo que 2666 es un tratado sobre la maldad, es decir, sobre la libertad; un caso donde cabe plantearse el estado de una civilización donde las acciones no tienen consecuencias, donde lo que entendemos por verdad está frente a nosotros y somos incapaces de ver: no hay teoría de conspiración ni asesino serial. Estamos condenados a cadena perpetua con el otro, con ese otro que no es cualquiera sino cada uno.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Limpieza

Publicado originalmente en Mutante, 15 de septiembre del 2013.

If you can control the meaning of words,
you can control the people who use the words.
Philip K. Dick

No bien había terminado de salir el contingente de la CNTE por Mesones hacia Eje Central, los noticieros televisivos mostraban imágenes de un pequeño ejército de barrenderos uniformados de amarillo barriendo las calles aledañas al Zócalo. Se escuchaban cohetones y helicópteros, uno de los cuáles roció gas pimienta en los alrededores de Izazaga y Arcos de Belén. Las imágenes que durante la noche subieron los medios nacionales e internacionales mostraron los pequeños restos calcinados del campamento que por 20 días mantuvo la CNTE sobre la Plaza de la Constitución, así como las tanquetas de la policía federal y los elementos de seguridad que patrullaban la zona, y también del contingente de limpieza, encargado de dejar la plaza lista para el festejo del grito de independencia, a efectuarse dos días después.
Acampar en el Zócalo tal vez no es una instancia de diálogo legítima, pero promover las apariencias como forma de gobierno tampoco. Me pregunto si el imaginario bienpensante (léase burgués, aspiracionista, amante de las apariencias bien cuidadas) identificará a los maestros con los delincuentes como hizo con los estudiantes durante décadas. Me pregunto si esa plaza vacía, limpia, en realidad podrá ser escenario de la fiesta por excelencia de la identidad nacional.El argumento para el desalojo, que horas antes los secretarios de seguridad pública y gobernación comunicaron a la prensa, era el de que los maestros estaban “recolectando proyectiles” y “armando barricadas” para provocar un enfrentamiento con la policía. Es por eso que el artículo 9 de la Constitución (que garantiza el derecho a manifestarse en lugares públicos sin autorización previa, eximiendo a los manifestantes de ser objeto del “uso legítimo de la fuerza pública”) no protegía a los maestros: las autoridades mintieron con la verdad, pues ante el fracaso de las negociaciones para resolver estructuralmente el conflicto magisterial, sabían que no durarían mucho tiempo instalados en el Zócalo, especialmente a pocos días de efectuarse la ceremonia del grito. Caracterizaron mediáticamente a los maestros como el enemigo y la retórica de los medios oficiales habló de un operativo “limpio” y bien ejecutado: otro logro más del Señor Don Licenciado PRIsidente.La limpieza ha sido utilizada en otros lugares y otros contextos como argumento para la violencia de Estado: limpieza de sangre, limpieza étnica, limpieza ideológica. La idea de “limpieza” del Zócalo implica que los maestros ocupaban el lugar de la “suciedad”. Lo sucio vs lo PRÍstino. Para la retórica del poder, la limpieza implica un control sobre el significado oficial del lenguaje simbólico: la plaza más importante del país estaba “contaminada” por los maestros revoltosos que desquiciaron el tráfico de la ciudad, que tenían sus tenderetes, sus anafres y sus casas de campaña como si tal cosa, a la vista de los turistas. Removerlos, limpiarlos, fue el equivalente a restablecer la operatividad y el control del símbolo: la plaza sirve para lo que nosotros decimos y nada más.
Hoy gris en el DF. Quédense con su Zócalo, con su ejército de barredores, con el grito mecánico de una marioneta, con su PRIvatización del espacio público –un grito que forma parte del guión, como todo en esta PRIsidencia, y que supera en las PRIoridades del gobierno al grito legítimo que los maestros de la CNTE.
Ojalá que el grito del PRImoroso impresentable que tenemos como PRIsidente se encuentre con la plaza (in)constitucional tal como la pidió: limpia, vacía, reflejo riguroso de su promoción del símbolo. Una plaza pulcra para una presidencia que se legitima desde el vacío, desde la cáscara del símbolo, desde la apariencia. Para un grito que se convirtió en símbolo, rito y reiteración del compromiso con la libertad, que tal vez tuvo un sentido urgente y valeroso en algún momento de la historia de México, y que como toda moneda demasiado usada, perdió eventualmente la efigie –un grito que será lanzado al vacío por una marioneta cuyo titiritero gusta de guardar el polvo –lo sucio– debajo de la alfombra, para que la casa parezca limpia aunque la mugre se siga acumulando.

martes, 3 de diciembre de 2013

Apunte sobre poesía y poder

Ilustración de Irving Herrera

Publicado originalmente en la edición impresa de El Jolgorio Cultural, octubre de 2013.

La palabra “empoderamiento” es espantosa. Es la grosera calca con que los psicólogos y los gerentes de desarrollo de personal han traducido el empowerment, una versión democratizada del poder que, como la libertad para los movimientos de emancipación social, se adquiere a través de su ejercicio —el funcionario emancipado parcialmente de supervisión encuentra que el poder comienza y acaba en sí mismo, y el oprimido, al ejercer su libertad, la conquista.

 ¿Qué clase de poder se cifra en la poesía, qué clase de poesía podría venir del poder? ¿El tradicional prestigio que se le asocia a la poesía está dado por un poder que le viene de su mismo ejercicio, o por el contrario, se trata de una práctica anacrónica en espera de su desaparición? 

En la generación de Garcilaso, donde la pluma era extensión de la espada, o viceversa, la literatura era escrita y leída por la nobleza y por la incipiente burguesía intelectual, además de los monjes, empoderados en sus investigaciones sobre la naturaleza de la divinidad. A los poetas les preocupaba, en cambio, la naturaleza del hombre, y las formas en que el hombre lidiaba con fuerzas que lo sobrepasaban. La escritura era una práctica de la nobleza o una manera de lidiar con el Príncipe, de ganar su favor. Sólo en fecha muy reciente el diario personal del sujeto moderno apareció como investigación íntima.

Pero la poesía también puede convertirse en una extensión servil del poder, o al menos puede ser utilizada por el Príncipe de turno para este fin: Radovan Karadzic, psiquiatra, político implacable que condujo los destinos del pueblo serbiobosnio hacia una de las más brutales limpiezas étnicas de nuestros días, era también un versificador concienzudo, narcisista, y con una visión idealizada de sí mismo. Como sucede con cualquier poeta que se desdobla en su reflejo de señor que escribe. Una joyita de Karadzic reza “El que no tenga pan se alimentará con la luz de mi sol. Pueblo, nada está prohibido en mi fe./ Se ama y se bebe./ Y se mira al Sol todo lo que uno quiera. Y este dios no os prohíbe nada./ Oh, obedeced mi llamada, hermanos, pueblo, muchedumbre”. Los versos del camarada Mao también merecieron difundida lectura en las escuelas chinas, y Stalin mismo presidía y curaba los gustos de la ominosa Asociación de Escritores de la madre Rusia.

La poesía ha sido ejercida durante la mayor parte de la civilización humana a través del canto y la participación de una comunidad de sentido en los ámbitos rituales donde el canto tiene lugar: desde ceremonias públicas hasta alabanzas a la madre, la patria o los próceres, el canto ha reproducido y normado las formas en que una sociedad construye su procedencia simbólica y se localiza en la historia humana. El libro como tecnología de lectura es relativamente reciente, pero lo que entendemos por literatura y poesía aún hoy en día está supeditado a la norma del libro, a pesar de que poco participe esta industria editorial en la economía de los países. La gente no lee, se dice, pero canta a la menor provocación: cualquiera conoce los octosílabos de alguna canción ranchera aunque desconozca el teatro de Lope, escrito en el mismo metro en que tarareaba José Alfredo Jiménez. 

El símbolo se perpetúa a través de su reproducción: cada lunes, miles de niños en las escuelas mexicanas entonan el “Himno Nacional” a través de cuyos decasílabos el poder canta y exhorta a identificarse con una imagen colectiva, fija e impermeable a la historia: una identidad nacional: “Mexicanos al grito de guerra,/ El acero aprestad y el bridón./ Y retiemble en sus centros la tierra/ Al sonoro rugir del cañón”.

Por supuesto que ningún niño con dos dedos de frente cree que esas palabras le hablan directamente a él: a él o a ella que probablemente nunca ha escuchado al cañón rugir sonoramente, y que habrá visto la guerra en los noticieros confundiéndola con un videojuego, como ocurre con la mayoría de los adultos. Desde niño siempre me llamó la atención la siguiente invocación, cuya afectación en el canto provoca aún otro equívoco curioso: “Mas si osare un extraño enemigo/Profanar con su planta tu suelo,/Piensa, oh Patria querida, que el cielo/Un soldado en cada hijo te dio”.

Frente a Masiosare, el extraño enemigo (que imaginaba las más de las veces despiadado y sin rostro), cada habitante de México se convierte en soldado —así se lo ha prometido el poeta a la patria, y el canto, como la mentira, a través de su repetición se vuelve verdad. El soldado en que todos nos convertiremos buscará borrar la ofensa que la planta de Masiosare ha efectuado en el terreno que delimita políticamente al país, creando la ilusión de que el enemigo no puede estar en casa: de que el enemigo que puede osar ofendernos siempre es un extranjero. 

¿A qué siniestro Masiosare se enfrenta la práctica de la literatura hoy en día? ¿O es que la literaturaprofesional y los amateurs que hacen micrófono abierto se otean y se evalúan como enemigos imaginarios frente a la incapacidad de ubicar la insistencia de la práctica verbal fuera del terreno de lo verbal mismo? ¿El taller de rap está peleado con las revistas de crítica y creación literaria o por el contrario su ficticia oposición busca delimitar solamente los ámbitos en que sus respectivos poderes conviven y se reproducen sin anularse y apenas considerando la existencia de los otros? Se sabe que el gusto por la taxonomía es un gusto por el poder: llamar pan al pan permite apropiárselo. Sobre todo: la forma de llamar pan al pan importa al que desea hacerse con la administración del pan, con la administración de un ámbito de poder, ya sea en la escena del arte urbano, la poesía en voz alta y el spoken word, o en el aula académica y las revistas culturales. Llamar pan al pan desde la trinchera del micrófono abierto o desde una publicación del Estado permite perpetuar, sobre todo, la estructura en que lo literario convierte capitales simbólicos en económicos, y al poeta en un funcionario de la cultura.

Ésta es la versión estándar de la reproducción del poder a través del pretexto de lo literario, pero no es la única versión. Pienso por ejemplo que la poesía permanece como instancia privilegiada del discurso porque la insistencia en crear artefactos verbales sigue teniendo sentido para algunas personas, y su lectura o escucha son relevantes para estas mismas personas. Pero el poder de la escritura le viene precisamente de su no-poder, de que el pan escrito en la página o cantado en la plaza pública no es el pan que uno efectivamente puede comer con una taza de café: toda palabra es el hueco de la realidad que denuncia, y donde se lee pan el pan ha desaparecido. Si la poesía tiene un poder acaso sea éste: el de realizar una desapropiación extrema de las cosas, el de la aspiración a una palabra neutra, como quería Blanchot, que dé cuenta de la experiencia de mundo donde el poeta es apenas un operario o médium de un contenido emocional que preexiste y rebasa el ámbito material de la palabra. El poder de la poesía, en todo caso, siempre rebasa al poder que pueda asociarse al poeta: este ser de dudosa estirpe, el Poeta, como Masiosare, depende del reconocimiento o la oposición de la sociedad para existir. Un individuo reconocido públicamente como poeta (es decir, autorizado por una comunidad que norma lo poético, que puede ser una universidad, una lectura de spoken word, una charla informal o el juicio de la historia) puede ejercer públicamente el rol de profesor, tallerista o burócrata, pero rara vez el de poeta, así sin más. La palabra incomoda y debería incomodar: es una categoría crítica a la vez que una palabra que designa a alguien que usa las palabras de un modo distinto al de la vida diaria, alguien que haneutralizado o puesto en duda los significados usuales: alguien que, como César Vallejo, se ocupa de la tensa realidad fronteriza en que la palabra ocurre, preguntándose: “Un hombre pasa con un pan al hombro./ ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?”, o incluso: “Alguien va en un entierro sollozando/ ¿Cómo luego ingresar a la Academia?”

Entre el hombre que solloza y el que ingresa a la Academia, la poesía afirma su poder desde la negación del mundo, desde una cadena de interrupciones en que el deseo redistribuye las ocupaciones mundanas: un hombre que escribe es un hombre que se interrumpe y participa de un trabajo inútil, que interrumpe la significación convencional de las palabras tal vez por la sola capacidad para hacerlo, como quien anda en bicicleta —no descartemos que por razones políticas— sin pensar en que lo hace, so pena de caerse.