jueves, 23 de octubre de 2014

Formas de arruinar un libro

De camino a la oficina pasé por un tenderete de libros al que se podría decir que soy asiduo, de los que llaman "libros de ocasión" (como si el libro pudiera ser otra cosa que ocasional). Tomé de la sección de rebajas un volumen académico, Huida a la libertad: fugitivos y cimarrones africanos en el Caribe de Alvin O. Thompson, editado por la Unesco, Siglo XXI y la Universidad de Quintana Roo. El tema de los esclavos libertos en América, de un extremo a otro, me ha fascinado durante años (Edgar Khonde sabe por qué), así que empecé a hojear el volumen mientras el tendero se acercaba.

40 años, rubio, ojos azules, barba, un pronunciado defecto del habla. Comenzó a construir el discurso de ventas del librero oportunista, ese que --como el reseñista de libros-- habla de lo que no sabe. En general escucho o finjo escuchar, pero hoy simplemente no estaba de humor.

-No me arruine el libro, le dije.
-Dizculpe, me dijo, como quien acostumbra disculparse aunque no sepa bien por qué. Yo zolamente...

Y luego tuvo lugar un curioso diálogo. Le expliqué que, para mi entender, un libro es como un regalo, pero que no todos los regalos nos corresponden. 

-¿Usted abriría un regalo que no es suyo?

Se quedó pasmado, atornillado en su sitio, defendiéndose incómodamente tras su sonrisa.

-¿O una carta que no es para usted?
-¡No, de ninguna manera...!

Traté de explicarle sin ser excesivamente pedante que lo que a mí me gusta de hojear los libros es saber si son para mí o no, si me corresponden o no. Echar un ojo al índice, detenerse a la mitad de algún capítulo como espiando una conversación ajena, eso es lo que me gusta. 

Luego me dijo que tenía varios libros de la misma colección, lo que de hecho me pareció un dato interesante. Pudimos conversar a respecto de algo que él, en su papel de tendero, efectivamente sabía, aunque como librero dejara mucho que desear; es que el librero debe ser algo así como un psicoanalista: debe escuchar más de lo que habla, e intervenir sólo en casos extremos. Me dejó a solas con el libro y vi que sí, que efectivamente habían un par de páginas de Huida a la libertad: fugitivos y cimarrones africanos en el Caribe que efectivamente me corresponden. 

Cuando trabajaba en la hoy extinta Librería Internacional estuve muchas veces en esa posición. ¿Aventurar comentarios sobre libros que no he leído o sumarme a la pesquisa del probable lector? Pero si el librero ofrece libros como quien ofrece naranjas, el libro se vuelve mercancía, y eso me parece intolerable.

El libro tiene que seducir a su lector, tiene que convencerlo de que vale la pena comprarlo o correr el riesgo de robárselo o de hacerse de él como buenamente pueda. Si la recomendación corre a cargo de un lector, de un amigo o de un crítico cuya opinión toleramos, su comentario puede enriquecer nuestra lectura: puede servir de envoltura, dar cuerpo al misterio, servir de pista para encontrar el libro que nos corresponde. Pero si el comentario lo realiza un mercader, un reseñista o la propia editorial, nuestra lectura queda viciada de antemano, como si leyéramos con un lente ajeno. 

Si el libro no se nos presenta como un destino, probablemente estamos usurpando la lectura de alguien más. O probablemente no y simplemente --es mi caso-- prefiero los libros que me hablan a mí, que pareciera que estaban ahí, esperándome, en una cita que no sé cuándo acordé, pero a la que acudo a tiempo.

domingo, 14 de septiembre de 2014

10 apuntes sobre la metáfora

1.

En el terreno del lenguaje, la metáfora es un instrumento de medición. Introduce la sospecha de que las cosas no son aprehensibles por sí mismas, sino a través de los reflejos que dejan en otras cosas que, sin embargo, tienen el poder de decirlas.

2.

Hay cosas que sólo pueden verse desenfocando los sentidos: introduciendo la ambigüedad definitoria que particulariza la relación de la percepción con sus objetos en la medida en que cada objeto guarda relación con todos los demás.

3.

¿Qué mide, de qué es indicador la metáfora en tanto instrumento de medición? La organización de una experiencia precisa de la realidad. Su función no es revelar la misteriosa facultad de los objetos para intercambiarse y contagiarse mutuamente sus propiedades, sino que, al establecer una diferencia entre la palabra y la cosa, particulariza la experiencia.

4.

En el origen de la metáfora está la mudanza, que no es sino el olvidado arte de la metamorfosis: aquello que recuerda lo que todavía no es.

5.

La efectividad de las metáforas se basa en la cohesión de sus ingredientes cuando cada uno logra persistir en el otro --y esto es fundamental-- recalcando sus diferencias más que atenuándolas: las nubes al moverse se mueven como rebaños, no como nubes.

6.

Las metáforas sólo revelan algo con respecto a las palabras con las que entendemos el mundo. Es decir que la metáfora sólo es capaz de confesar la íntima relación de las palabras con las palabras. No es una capacidad menor.

7.

La metáfora como revelación: cubrir lo que, en el mismo movimiento, descubre. La metáfora es el casi por el que la cosa misma se presenta.

8.

La literatura es un arte metafórico porque introduce una forma particular de extranjería en el discurso, el cual tiene el poder de recombinar los discursos y reincorporarlos en una nueva política emocional. La metáfora sería el fragmento vertiginoso de sentido que hace colapsar un misterio no para revelarlo, sino para comprender que a partir de cierto punto es irrevelable.

9.

La metáfora es el emisario que nos describe de la forma de un elefante de una tierra misteriosa que nunca hemos visto y que nunca veremos.

10.

La metáfora insinúa organizaciones del sistema del universo que, por la sola presencia de la metáfora, nos parece de pronto un lugar terminado, en el sentido de que se basta a sí mismo

viernes, 12 de septiembre de 2014

Notas para un antihomenaje a Octavio Paz

Leído el 11 de septiembre del 2014 en la Casa del Poeta, en la mesa "Relecturas a la obra de Octavio Paz", convocada por María Rivera. Tuve el gusto de compartir mesa con Óscar de Pablo y Roberto Cruz Arzábal. 

Palabras preliminares: los infrarrealistas nunca secuestraron a Octavio Paz. Televisa secuestró a Octavio Paz. Eso es lo que no le perdonamos.

Más que un homenaje, un exorcismo colectivo.

Flashback: 2014 fue una camada fina, qué duda cabe, de auténticos perros del alba. La vena roja de su carne daba tunas en México y corazones imantados de diamantes en Chile. Decir sus nombres de almanaque en retahíla era como leer un índice de montañas, una cordillera de asombros: Octavio Paz y la espina enjoyada de Efraín Huerta en las escamas del metro y las paradas de autobús, Nicanor Parra al otro lado del idioma y del continente, compartiendo las altas cumbres con don José Revueltas, muerto de risa, tan grande que ya nos perdonó a todos.

Y es que sí: este año la poesía estuvo hasta en la sopa. Óscar y yo la comentamos durante el plantón simbólico que sostuvimos una noche frente a Televisa Chapultepec, comiendo tacos para pasar desapercibidos, teorizando como quien cuenta un chiste secreto a propósito de la realidad. No queríamos decir El laberinto de la soledad para no encontrar al mismo cansado nombre de siempre. No convocarlo por obvio, por sobrepoblado, por necesario.

Flashback aún anterior: tengo 5 años y voy en el regazo de mi madre, medio dormido, sentado en el transporte público. Ella lee un libro verde que será de los pocos libros que veré durante los siguientes años en casa, que no abriré nunca sin embargo, pero cuya portada verde no me abandonará más. El laberinto de la soledad me encontrará por todas partes.

En 2014 me prometí llevar a cabo un homenaje privado sobre todo a José Revueltas y Nicanor Parra. Ellos se ríen de sí mismos y de la realidad, porque están más vivos que nadie, tanto que todas las estatuas que han intentado hacer de ellos han quedado movidas, estatuas fuera de foco.

En mis redes sociales todo sigue como siempre: están mis amigos que saben lidiar con las instituciones y mis amigos que no desean trato alguno con ellos. Unos y otros voltean los ojos ante la inminencia de las celebraciones. ¿Será otra vez como ese año insufrible de homenajes en cuerpo presente a Carlos Fuentes? Me desentendí desde un principio. Vi pasar columnas de opinión, diálogos, mesas redondas como flyers de una banda que ya no nos gusta. Mi mujer me contó del acto protocolario aquí y allá, del fondo reservado de Televisa para los estudios pacianos y de las largas discusiones donde los méritos de don Octavio se enumeraban, y de cuya fuente honda seguían manando, en la permanencia voluntaria de los eventos.

Corte A: Participo en un slam antihomenaje a Paz durante la Feria del Libro y la Rosa en el Centro Cultural Universitario de Tlatelolco. Yo hago una parodia de su retórica que más parece un homenaje. No tengo buena memoria, pero me puedo camuflajear fácilmente en sus trucos, reproducirlos: los conozco tan bien como los míos. Un muchacho que no conozco llega y pone Piedra de sol en medio del círculo de los participantes. El pirómano en mí acaricia el encendedor que lleva en el bolsillo siempre, pensando que vamos a inmolar ritualmente el ejemplar. El muchacho se sienta sobre Piedra de sol. Tal vez gritó alguna consigna, la verdad no lo recuerdo. Luego se levantó y el evento siguió su curso.

Fast forward al presente. Estoy preparando lo que voy a platicar hoy en esta mesa. Trato de no pensar en mi intervención como si preparara un número de stand-up comedy para un roast. Él no es Charlie Sheen, es Octavio Paz. Si hubiese un Corleone, naturalmente sería él. En el laberinto nos encontramos unos a otros: escuchamos nuestros mutuos pasos por los corredores y decimos Nadie y nos acordamos del chiste. Tantos poemas que nos gustan de él, ¿y de esos quién habla? Pero ni Roberto ni yo quisimos traer a colación al susodicho cuando salimos de una cantina bajo los cielos rubensianos de San Ángel, aludiéndolo subrepticiamente como aluden los cubanos a un Fidel de adarga antigua con un gesto así, como de la barba quijotesca del ausente.

No era para tanto. Para mí que nunca fue para tanto, Paz. Con una cuarta parte, con un puñado de poemas, con la introducción de El arco y la lira hubiéramos tenido bastante. Los especialistas tendrán otras cifras, pero a cada mudanza me pregunto por qué sigo cargando con los dos tomos de la Obra Poética, y con Cuadrivio, y con Conjunciones y disyunciones, si ya hace tiempo hicimos las paces, la Paz sea con ustedes y vuestro espíritu.

Comencé a leerlo como parte de mi formación en la SOGEM de Querétaro. El programa de historia de la poesía en español abarcaba desde los zéjeles y cantigas medievales hasta Tablada, Miguel Hernández, Gonzalo Rojas y claro, Paz. Paz era algo así como el último eslabón de la historia. Luego estaban los jóvenes maestros, la generación de los 50, las vanguardias latinoamericanas que no enseñan en la escuela, sobre todo Vallejo y Huidobro y otro puñado de nombres. Decidí en algún momento, como todos, que Octavio Paz era el enemigo. Que debía leerlo porque la ignorancia me haría militar en sus filas, cantar sus alabanzas ciegamente.

Yo lo leía impunemente de un tirón, como una epopeya teórica de ese “objeto que es el producto de una práctica, no la consecuencia de un sistema”, como se lo leímos en la presentación del primer tomo de su obra poética. Son ladrillos perniciosos porque enseñan que la poesía puede ser, también ella, una retórica. Una óntica o su búsqueda, una pregunta que no se cansa, alguien que dice Nadie en una calle vacía.

Una versión de esta charla pretendía ser un top 10 de los poemas que más me gustan. Luego cambió la óptica y pensé en hacer una vivisección renacentista en la mesa de carnicería para mostrar descarnadamente al auditorio de donde tiraban los nudos flojos, el uso perpetuo del yo autoafirmativo y dialéctico, elegante inevitablemente, vulgar comparado con sus mejores momentos, pero siempre ahí. En la SOGEM uno puede aprender a imitarlo. Luego el ejercicio consistía en quitarse la maña. En dejarle para él la fórmula profética y el ferrocarril de las definiciones: dejarle las propiedades agropecuarias de toda la península de Yucatán amarradas a un nombre de mujer, desentenderse de la tradición de la ruptura que no dejó de preconizar en las antologías y revisiones históricas y posicionamiento de una modernidad posible para el pensamiento que no me interesa. Y a veces la poesía no bastaba. El joven Paz tenía que hacerse una estatua tan grande como la del abuelo. Y lo veíamos enterrarlo también, desentenderse de él, salir bajo régimen de Libertad bajo palabra. También fue ese que fuimos, el que negó su nombre tres veces antes del alba, muerto de frío como perro mestizo, sin amo. Antes, mucho antes de las condecoraciones y de los aplausos. Mucho antes de ser acuñado en las fichas oficiales de este juego de mesa absurdo que es el dinero. Antes que ser efigie escribió incluso grandes poemas que me prometí no leer en el año de los homenajes. Salamandra, por ejemplo, que ya volví a leer. Blanco, con el que me obsesioné vivamente una semana, al igual que todos, y luego traté de olvidar. Lo conseguí muchas veces. Yo rescataría lo que me rescataba entonces también. Yo lo vería como él se vio entonces, tratando de imitar impunemente a TS Eliot en un poema que se llama “Conscriptos USA”, que de repente se permite jugar a esas cosas, a pensar que Garcilaso y Góngora y Quevedo no le están contando las sílabas y cortes naturales de los endecasílabos por encima del hombro. Cursi hasta el asco en cosas como “Entre la piedra y la flor”, una poesía agropecuaria que no tiene nada que ver con vislumbres como “Estrella interior” o “Refranes”, que son juguetes de relojería hechos como quien dice groserías en secreto.

Octavio Paz también tiene unos poemas muy buenos cuando se lo lee, cuando no se lo está tratando de intelectual oficial o lujo cultural de la administración Salinas de Gortari. Octavio Paz fue mucho más que un pisapapeles de lujo, señoras y señores. Mucho más que esos especiales de televisión donde el entonces transgresor Vargas Llosa se hizo persona non grata de la república letrada que Paz construyó en torno suyo. Mucho más que esta pirámide de vidrio que El ogro filantrópico nos enseñó a identificar con el enemigo.

Él no fue siempre el enemigo, el padre a vencer de las camadas de perros mestizos que nadie reclama, el Darth Vader de los eslameros, el archienemigo de los infras, la moneda de diez pesos. Antes eras chévere. Tenías esos ensayos buenísimos sobre la India que leí una tarde en casa de una amiga. Se los pedí prestados y nunca se los devolví. La llama doble es muy bonita, pero es demasiado didáctica para mi gusto. El amor a la India está en Conjunciones y disyunciones y en un par de poemas de Ladera Este. En su alquimia sexual en el bosque de la China, en las monedas del I Ching –superstición que le leyó a John Cage y le heredó a Salvador Elizondo--, en todos sus aburridísimos poemas sobre mujeres que encuentra como si fueran islas, como si fueran continentes o laberintos o desiertos o catedrales o nubes pero no mujeres: su pensamiento no está afilado todavía respecto a ellas. Está chavo cuando hace su incursión Árbol adentro. Árbol de frutos verdes. Para mí, tendríamos con ¼ parte de los poemas y ya está. Unos pocos Hijos del limo como frutos de pantano de cursilería y ademanes que Yépez ha analizado hace poco en una columna muy conocida.

Los homenajes que hemos visto durante este año son los tributos que paga el gremio como sacrificio / barra / examen de conciencia sobre el armado de nuestra infraestructura cultural. Octavio Paz hizo posible que la literatura en nuestro país tuviera un apóstrofe dentro del presupuesto neoliberal. El modelo económico de los últimos 30 años cambió la concepción de cultura nacional de una visión proscrita, casi un entretenimiento folclórico de exportación, a la promoción de un pequeño gueto aprovechable para la exploración artística. La “media voz” de los poemas de Paz es también el tono apropiado para comportarse en un auditorio ilustrado; la de Huerta es la voz más cercana, la que apela a nuestra propia experiencia de formación para nutrir una continuidad expresiva y un arraigo a la ciudad; la voz de Revueltas, por otra parte, resulta incómoda hoy tanto como en los 70 porque es la voz del megáfono, la voz del nosotros reunido, la prosodia del discurso sobre lo real, la voz alta. Insisto en esto: más que un yo que se sobreafirma, como la de Paz, la de Revueltas es un reverbero añejo, mítico desde el presente. No existe un patronato para escritores que deseen ser herederos de Revueltas porque México no quiere más Revueltas: México quiere Paz, y está dispuesto a pagar por ello.

Yo me quedaría con El arco y la lira, el primer manual de poética que leí. Confiesa su tradición, pero conectando tantas otras. Tiene ese poder de los libros habitados por sus lectores a los que uno vuelve siempre con provecho, o a los que se remite para recordarse cosas fundamentales acerca de su propia visión de mundo. Yo pienso por ejemplo que ahí aprendí que se podían pensar cosas como la revelación poética, y a través de la historia de estas revelaciones, ir avizorando el hilo de Ariadna que siguen todas las sombras de la literatura de varias tradiciones, incluso las incompatibles entre sí: cadena de ruptura que se le deshizo del cuello a Carmen en la gran pista de baile del siglo XX.

Palabras clave: la otra orilla, los signos en rotación. Todo estaba ahí, en El arco y la lira, desde el principio. A ratos me parece incluso mucho más bello que libros-escalera como Vuelta o Blanco, con más vocación de tránsito que de retórica. No es un libro de puro name dropping, de pasar revista a las lecturas, sino de conectar las tradiciones novohispana, española de los siglos de oro y modernistas latinoamericanos con el romanticismo francés, con la mitología griega y de la India, además del primer acercamiento que muchos tuvimos con la poesía japonesa. Sobre todo te enseña que la poesía no sólo es algo que se puede pensar, sino que es una forma de pensamiento en sí misma, en una tradición entrañable para mí que es la de María Zambrano y José Lezama Lima.

Si me propusiera encontrarle algún mérito definitivo como poeta a Octavio Paz, tendría que decir: el de que fue un gran lector, y se comportó siempre como uno. Que la efigie se grabe en las monedas, que la estética oficial siga anquilosando la ética, que las instituciones literarias sigan siendo pródigas en prodigios de relumbrón. Yo tengo poco más que decir sobre el tío rico de la Gran Familia Literaria. Yo me acercaré de vez en cuando para recordar algo que escribió sobre Mallarmé, sobre Juan Ramón Jiménez o sobre Novalis. Me acercaré a El arco y la lira cuando quiera acordarme que poetizar no es lo mismo que escribir, como vengo haciendo desde hace mucho. Como la Biblia, la obra poética de Paz no debe leerse demasiado literalmente. Le falta humor, por ejemplo, y la realidad está para morirse de risa o de pena. Incluso su carcajada es demasiado grácil, invita poco a seguir la broma.


Recuerdo que en el homenaje a Fuentes, una joven gloria de la poesía mexicana se sentó en la butaca frente a mí. Lo conocía entonces de una clase que tomé con él y le pregunté “¿no te parece un poco monumental todo esto, demasiada vocación de tótem?” Y él me dijo: yo aplaudo. Ellos abrieron brecha. Paz y Fuentes, sobre todo. Juan Rulfo es la tercia. Yo aplaudo, como diciendo el que no aplaude no figura en la foto. Y esa es la cosa, que hay muchas formas de “encarnar el verbo en la vida”, y eso también lo aprendimos en Paz. Leer bien a Paz es aprender a no aplaudir también. A no aplaudir de todo. A no ser un gremio de focas, ni a cultivar el gusto por el gesto. Sobre todo: leer a Paz es reclamarlo para los lectores, deslumbrados y con el cuello torcido por el esfuerzo de encontrarle la punta a una pirámide tan alta. Mucha luz, mucha luz, dicen que le gritaba Papasquiaro, otro monumento reciente. Lo dijo Charles Tomlinson en un poema traducido por Paz, que empieza así: “Después que me haya ido,/ dijo el viejo cacique,/ si me necesitan, me llaman./ Y se echó a lo largo, vuelto piedra”, y termina recapitulando, “Si me necesitan, me llaman./ Su singularidad domina al llano/ y a su imagen le pedimos ayuda: / Así los hombres hacen montes.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Instrucciones para masturbarse en público: la flexión Literal

Publicado originalmente en el número 7 de la revista Avispero, de Oaxaca, y lleva una dedicatoria secreta para Los amigos de César Aira. Bonus track: una entrevista con Germán García.

Si el poema es la crítica del idioma desde el interior del idioma, la flexión literal, el dispositivo formal que ordena la escritura de la revista argentina (y sólo aparentemente anónima) Literal podría leerse como la poética de una subjetividad plenamente responsable de lo que se propone al pactar con un texto, al menos en su contingencia histórica, pues las olas que dejó Narciso bailando sobre el agua no se han disipado.
La militancia contra el realismo, sin embargo, no lleva a los miembros de Literal a rechazar toda la producción literaria de la Argentina, y se reconocen en deuda frente a Macedonio, frente a Girondo, frente a Borges, en ese orden, y frente a unos pocos argentinos más encabezados por Witold Gombrowicz (de quien tradujeron Ferdydurke, también, colectivamente). Argentinos por nacimiento o accidente, como ellos mismos, muestran la sombra de su pasaporte perdido, el poema:
Hay que cuidar la relación del doble con
el cuerpo.
Tantos, por perder el doble,
sin nada se quedaron, como la intención
de decir, o con esa intención. [...]
Sin desesperaciones por el gasto,
hasta cuidar incluso el gesto:
el terror nace, pare cuando se pega un salto violento
hacia atrás y él, doble, no está
(¡oh, te quiero ver!).[1]
El pacto en Literal será, pues, con el texto y desde el texto, más allá de la nacionalidad. La palabra, dicen, pacta en el texto de dos maneras: el pacto literario, tradicional, donde un autor firma sus textos y los renglones cortados en versos son, sin más, poemas; y el pacto o flexión literal, la que nos ocupa, donde el texto existe en la medida en que el autor se ha retirado y el texto puede hablar por sí mismo, para defenderse o hundirse. Desaparición del nombre del autor como condición de posibilidad del inconsciente del texto.
Borrar el nombre del autor de un texto es borrar el nombre propio del paredón de la historia, es desautorizar su reproducción en el comercio de los prestigios y los cuerpos. Coro griego, los culpables de la gozosa hybris fueron, entre otros, German García (aka Leopoldo Fernández), Osvaldo Lamborghini, Guzmán y Lorenzo Quinteros, Jorge Quiroga, Ricardo Zelarrayán, Josefina Ludmer y otros colaboradores como Tamara Kamenszain, Martín Micharvegas, Eduardo Russo (¿el Russo que aparece disfrazado de sí mismo en La ciudad ausente de Ricardo Piglia?) y María Moreno, entre otros y otras que cedieron la autoría en favor de una comunalidad desapropiada.
Decir que Literal se trató meramente de una apuesta de creación y crítica colectiva, sería mezquino; decir que fue una vanguardia, sería traicionar la sutil ironía que los conduce. Porque si el lenguaje en Literalpuede parecer abigarrado, vago, disperso o demasiado abstracto, es porque el lector sigue buscando una estructura de significación que le restablezca la paz de los sentidos familiares. Al pan, pan, dicen. A la vanguardia, eso mismo. No hay afuera del texto, dice Derrida, desde dentro. A imagen del gesto deconstructivista y semejanza de la supresión colectiva del nombre de los colaboradores en Stilicet —dirigida, qué remedio, por Jacques Lacan—, Literal desconoció la frontera convencional de los géneros literarios, y durante sus cuatro años de vida y tres números, del año 73 al 77 del siglo xx, encontró, entre otras cosas, el hueco fundante de la argentinidad en la literalización / escenificación y puesta en marcha de la obsesión literaria por el doble, es decir, por la cosa y su sombra, haciendo responsable al lenguaje —y al lector— de su significación.

Los argentinos estamos acostumbrados, hemos leído a nuestros escritores con verdadera pasión, hemos llegado a buscar en ellos los signos distintivos de la argentinidad. Nada. (…) Cada uno de ellos era el doble de algún otro.[2]

¿Hemos dicho argentinidad? ¿No habíamos acordado dejarla fuera? He ahí otra abstracción engorrosa: la nacionalidad, que interesa no al lenguaje sino al poder, el cual asegura así la reproducción de una de las estructuras necesarias para sostener la suprema ficción del Estado. El lenguaje crea la realidad del poder; es ese poder precisamente lo que se pone en duda al hacer que la escritura re-flexione sobre sí misma, se piense otra, extranjera en todas partes; riesgo: vértigo de Narciso, enamorado de sí mismo y de su sombra. Evitar el riesgo, sin embargo, es perpetuar el lenguaje del poder, dejarlo intacto, Argentino Daneri masturbando su efigie; así, travestida la voz en coro, pactarán que la literatura es posible porque larealidad es imposible (p. 23).
Si el tema de los años posteriores a la dictadura será el exilio, Literal en su anonimato preconiza el silencio de los desaparecidos y los presos políticos al extraviar la lista de los insurgentes. Toda revista literaria, a su modo, es una conspiración. O una orgía. “Lo que nos unía era una actitud que negaba la ideologías del boom, el populismo/ realismo que nos parecía que debíamos evitar porque, entre otras cosas, nos aburrían desmedidamente”, ha dicho Jorge Quiroga[3] sobre los avatares reales del colectivo autor anónimo.
No podemos olvidar que a principios de los 70 la literatura y el pensamiento fueron campos de batalla de la ideología, y muchas veces sus rehenes. Recordemos el realismos socialista; temblemos de horror. Si la ideología informa, entonces como ahora en tanto lenguaje, a la realidad, una literatura que se pregunta por sus propias condiciones de posibilidad constituye un gesto de ruptura en la forma de un metalenguaje incapaz de tratar al lenguaje del poder sino desde una profunda y bien fundada sospecha. El nombre que se desdibuja, pero no desaparece literalmente, es Cortázar.
La clave de muchos textos (o del gran texto publicado en los tres números de la revista) reside en que el lector se mueva con cierta soltura por la jerga psicoanalítica, por la lingüística de Coseriu, por los chismes de los semiólogos de moda a finales de los 60 y por la lectura de los escritores de la generación del 68 francés, jurando tres veces antes del alba no haber oído sino de pasada el nombre de Jean-Paul Sartre. Cada texto exige su propio pacto de lectura; cada texto construye a su lector. Teoría de la realidad desde el poema; poema despierto, pensando. Aquí nuevamente la sombra de Borges: asumir que el lector siempre sabe más que nosotros. Tal vez la muerte del referente que pretendían en sus páginas no fue llevado a su extremo conceptual (¿cómo se leería un texto así, podría leerse del todo?), en tanto que el metarreferente teórico moviliza el código de significación sin cancelarlo. En el fondo de todo esto huele a panadería. Malabar de saberes, vértigo de los lenguajes especializados que se erotizan, teórico tocarse. O tal vez su juego es otro: el género literario en Literal opera como parodia o recurso de sí mismo, o para evidenciar la coartada fundamental de la escenificación en la página de esas prosas cortadas, coartadas en verso, que sólo por convención cuántas veces llamamos poemas. El objetivo de Literal, leído como poema y como acto terrorista, si no hay más remedio que destilarlo, sería oponer a la retórica de la literatura la flexión de una palabra puesta contra sí misma: sabotaje del espejo.
La “condescendencia” e “ininteligibilidad” que algunos críticos señalaron en el proyecto con nombres, entre otros, de “masturbación intelectual” (ya nos ocuparemos de esos roces en un momento), es la ineptitud, el pasivo acatamiento que ellos mismos exigen de sus lectores.  ¡Asumen que la realidad puede meterse en un texto sin pérdida! En el mercado llevarán la palabra pan, metido en la palabra bolsa. Acostumbrados a ver el texto como mordaza, les extraña que el texto dude, y de que su autor no conozca de él todas las respuestas.
La flexión literal es una operación tan simple que incluso un paisano como Sancho Panza puede aplicarla sin un doctorado en teoría crítica. Así, cuando Sancho ironiza, es decir, asume literalmente las expresiones figuradas, afectadas, metafóricas, en suma, literarias, de don Quijote, está cuestionando la autoridad de su discurso, mientras Quijote cree que lo que se cuestiona es su autoridad.
Si don Quijote dice:
—Eso haré yo… de muy buen grado y de mejor talante…Sancho devuelve un reflejo distorsionado, una (re)flexión literal:Eso no haré yo… ni de malo ni de buen talante, en ninguna manera…[4]
“Yo mismo soy literatura. Soy mis historias”, decía Kafka, ese Quijote. Borges, otro para quien la literatura no es un switch que se apaga cuando uno pretende “hablar normalmente”, afirma que una de las “obras visibles” de la fácilmente enumerable obra de Pierre Menard consistía en:
una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje común, sino ‘objetos ideales creados por una convención y esencialmente destinados a las necesidades poéticas’. (“Pierre Menard, autor del Quijote.”)
Esa promesa de obra ausente anima a-la-así-llamada generación Literal a literalizar la literatura, colocándolos como alumnos de Pierre Menard y de Monsieur Teste, no de Jorge Luis Borges ni de Paul Valéry. Si la crítica y la teoría literaria, para pensar su objeto de estudio, deben echar mano de los lenguajes especializados de otras disciplinas, una improbable ciencia de la literatura (uno de cuyos exponentes posibles es Literal) se tomaría a sí misma como objeto y sujeto. A la crítica como ordalía, presentarle la mano abierta, dispuesta a la quemadura: el vacío de la mano desarmada: mano del masturbador, juego de manos entre la realidad y su sospecha:
 Hablando de cualquier cosa decimos la realidad, porque cuando hablamos sobre la realidad decimos otra cosa. No hay nada más determinante y vacío que la forma que nos atrae en un objeto erótico; toda represión formal muestra que esta atracción misteriosa resulta bastante insoportable. ‘Masturbación (intelectual)’, se dice —como si alguien pudiese masturbarse por lo que tiene la realidad, en vez de hacerlo por lo que en realidad le falta. (…) El periodista que cambia un sueldo por palabras que remiten a una realidad reconocida por otros, pareciera no haberse masturbado nunca. (pp.23-4.)


[1] Osvaldo Lamborghini, Poemas 1960-1985, Buenos Aires, Sudamericana, 2004. Lamborghini fue el único poeta del grupo, si entendemos “versificador” donde se lee “poeta”, puesto que considero que la intervención gremial sobre el lenguaje que la revista propone los agrupa precisamente por la cercanía y convivencia de sus apuestas sobre y desde el discurso.
[2] Literal 1973-1977, comp. Héctor Libertella, Buenos Aires, Santiago Arcos editor, 2002. p. 26. Las citas dentro de este artículo donde se consigne la página provienen de esta edición, a menos que se indique lo contrario. Su autor no será nombrado, pues es parte del juego, aunque la cita anterior fue escrita por el señor que responde al nombre de Germán García y que bajo ninguna circunstancia debemos confundir con El Autor.
[3] “Los ’70 lado B”, Jorge Quiroga, Página /12, 5 de junio de 2011. Versión electrónica: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4297-2011-06-05.html
[4] Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: edición conmemorativa del IV centenario. RAE, Madrid, 2004. p. 855.

miércoles, 27 de agosto de 2014

El mapa de mi memoria

Botella de Klein (Museo de la Literatura Ninja)

1.

hoy recordé cómo recordar recordé la voz, la
posibilidad de la voz que es mía pero primero es bosque,
bosquejo sin yo joya del yo recordé que el vos no es yo
el tú no es yo, el él y el ella no es yo recordé que con todo
el que narra es el que conversa, y en otro tiempo
yo --por darme a entender de algún modo-- he sido
el que conversaba sin tregua, porque los poemas
son conversaciones que nunca hemos tenido recordé
el sol, grandísimo en la ventana mientras me dormía
entre los brazos de mi madre, cuando mi madre
era tan grande como el sol pero más abrazadora
habrá sido otro el yo dormido, el sonámbulo
zumbido del zombi abriéndose paso en el mundo
a fuerza de monosílabos arrancados con tortura,
dura lo recordado apenas un instante, pero no
se necesita más que un instante a la vez

2.

hoy recordé que para recordar algo necesitaba saberlo
previamente, consultar al susurro como un oráculo, un forastero
que habla nuestra lengua materna, porque todos
nuestros amigos fueron extranjeros también
de su propio idioma: sentí que la tenía
entre mis brazos, como esta mañana que despertamos
tarde y ella tenía que tomar un avión pero no la dejé salir
sin mancharla minuciosamente con mis besos adiós, recordé
la mañana en que regresaba de otro cuerpo y otros brazos
--el sol de los enfermos (blanco cíclope) y de los borrachos--
pensando en ella recordé que una vez le dije
estoy enamorado de ti, y de tu memoria
porque era cierto: recordé que no hay altar
para el olvido.

3.

leer no era sino tomar prestada la voz del otro para narrarnos
lo que hemos sido un dictado de carne encuadernado blanqueado
dejado en los puros huesos, libro abrazado enteramente
a sí mismo bosque despierto:recordé el crepitar de los pájaros
que me expulso de los oídos cada mañana como moscas
nerviosas meditabundas sobrevolando un soberbio
trozo de mierda entre los árboles recordé
cuanto llegué incluso a odiar la palabra pajaros
y también el impulso violento
de la escritura su coz de plumas el culatazo de las palabras
como repartida carne del dios de hoy, del recién
nacido, cómo se me volvió molesto dejar de escribir
por un momento para poner atención a los pájaros
que damos desde siempre ya por leídos

4.

recordé que la única vez que hablé con mi abuela
le pregunté quiénes fueron tus padres y quienes tus abuelos
y de dónde vino mi lengua del polvo me dijo supongo
que del polvo de abajo de las piedras, del polvillo que deja
el polvo tras su abrazo de polvo, del prevenir el hambre
comiendo piedras venimos nuestro país se llama
una piedra entre los labios un vaso de tierra de panteón
para enterrar la sed y las preguntas y recordé
que siempre me pareció indolente esta genealogía forzada
esta subversión de la evolución
alternativa no del reptil al ave al hombre al dios al hombre,
sino del polvo de los hombres disperso en las edades recordé
que en su idioma sencillo tal vez dijo mira mira qué
bonitos y gordos van a estar los higos este año negros
de tan dulces, contenta porque el volcán no le secó
finalmente la higuera ni la granada ese bombardeo
de piñata feliz o sexo grave que el viento desmorona
se parece a nosotros cuando salíamos de las piedras

5.

pasa que tengo una pereza profunda por redactar cosmogonías:
existen muchas, algunas incluso muy buenas la mía
sería un estornudo a lo más o habría terminado
como una película que conoces antes de haber sido filmada
la decoración del tiempo no la dejaría así tan
a la carrera escapando como un ladrón
en medio de la noche, inventaría un tiempo
donde entrara como por su casa el olvido
y que no fuera como este olvido
hecho groseramente de tiempo; por la parte
del espacio, francamente no sabría cómo resolverlo
nada que decir a los inversionistas del juicio final
de aquí hasta donde alcanza la vista (del Hubble)
todo eran estepas inacabables de nada y tizne
y brasa pura para que pastaran las diosas germinales
y puro hacer acrobacias con el ser para dejar de ser
puro y era volverse otra cosa mezclada y sobre todo
horizontes para que escaparan los incendios
despavoridos bajo el cuchillo que cayó de un cielo
más cielo que el de la noche y de la noche
brotaron las esquirlas fecundas del arma
--y cuando le preguntaron quién había sido
dijo Nadie para sacarse la culpa de encima
o dijo Nadie porque los cuchillos tienen ojos
o Nadie
simplemente porque no se le había ocurrido
preguntarse quién era, seriamente.


martes, 12 de agosto de 2014

Soñar Alacranes

Publicado originalmente en el Periódico de Poesía, No. 56 Febrero del 2013


1.

Corona de horror, una mano
de espinas engarzada. Los objetos,
el propio sonido de mis pasos
se han cubierto de veneno;
un alacrán es la promesa
—¿la sombra?—
del alacrán que todavía no vemos:
de su presencia siempre doble.

2.

Flor armada,
vas nadando sobre una pulida
corriente de aire —mentira
que Dios no dé alas a los alacranes:
te he visto salir volando
en posición rasante
rumbo a la baja frescura de las esquinas
donde el polvo de los fantasmas
inútilmente se acumula.

3.

El movimiento de los alacranes,
su rumor evaporado, sospecho,
es lo que los vuelve perturbadores;
estáticos
sería fácil confundirlos
con joyas o rocas
de enconada belleza
(un alacrán es también,
claro, la metáfora
de un hombre cruel,
de una madre pariendo.)

Su movimiento, ese baile
de espadas en retirada
es también la dulce cortesía
de las criaturas hechas
para matar. Su grácil
soberbia ambulante.

4. 

El miedo a los alacranes
se comprende: una terrible fama,
un veneno visual precede el asombro
de su aparición, contagio
de la vista, picadura hechizada.

Cauto rigor de pusilánimes mamíferos:
valiente evolución de escobas,
pinzas, rotundos zapatazos del baile
de la cobardía sobre sus frágiles armaduras,
fraguadas en espanto y la flexible
tela de las pesadillas.

5.

Emperador derrotado, nunca languidez
dijo mejor la leve ira que desprende
desde el vaso de alcohol
tu cuerpo exánime.

¿Pero cómo mato al otro, al doble,
a ese alacrán secreto que siempre
va más rápido que mis ojos lentos,
guarecido entre los libros y las lámparas,
habitante de las grietas y la frescura, 
máquina de guerra, asolador
de los grillos, el que en sueños cuenta 
las sílabas de un poema negro
al compás de su andadura veloz, caballero
andante de las breves visiones, cómo
atreverme a pronunciar la palabra
aguijón
sin atajar un grito en la garganta?

viernes, 27 de junio de 2014

7 apuntes sobre la voz

1.

La única lengua nativa es la voz.

2.

Todos tenemos voz antes de tener idioma.

3.

Todos nacimos de un grito. El que no grita, muere; es como un árbol que se seca de tan quieto.

4.

Lo que nos ocurre, ocurre en nuestra voz. Cuando esa voz se nos rebela, cuando la autoridad de nuestras emociones queda en disputa, decimos que estamos "fuera de nosotros".

4.1

El canto, el llanto, la imprecación, el gemido, la húmeda sílaba del orgasmo son nuestra voz empleada por otro.

4.2

Todas las operaciones anteriores se realizan con la misma brutal eficacia en un idioma como en cualquier otro.

5.

Imagino que el hombre viejo sigue oyendo en el fondo de su risa la risa que aprendió a imitar de sí mismo; el gesto preciso que produce su alegría, que la escenifica, a la que ha sido (no digamos máscara) fiel durante tanto tiempo.

5.1

Ocurre lo mismo con todas las operaciones de la voz: su espontaneidad convocada a voluntad crea ese margen de sombra que llamamos "personalidad". Una máscara hecha con las facciones de nosotros mismos que hemos aprendido a imitar.

6.

Pensamos con nuestra voz, en nuestra voz. Pero nuestra voz nunca es más nuestra que cualquier fenómeno natural que vemos (lluvia, tormenta eléctrica, la primavera) a través de la ventana.

6.1

Nuestra voz es una fuerza de la naturaleza en estado doméstico, pero nunca domesticado.

7.

Nuestra voz es el aliado inestimable que nos traiciona --que nos abandona, cuya ausencia nos interrumpe, nos corta el lazo con nosotros mismos, nos deja perplejos-- en los momentos más inoportunos. La voz es sobre todo un polizón que amenaza con sublevarse.



Grita y sabrás quién eres.


lunes, 9 de junio de 2014

Cuatro versiones de Ander Monson

Estos poemas aparecieron publicados originalmente en el número de noviembre del 2013 de la revista Tierra Adentro.

Sobre el basketball

El espacio es el mismo en Arizona,supongo, que en Michigan o en Ames, Iowa,luciérnagas indiferentes a los pases aéreos,enmarcadas por el altísimo emparrillado de maíz,
listos para ser despanojados por la blancaestupidez sin camisa. Ahí está la llanura en particular,y también están otros paisajesdivididos y subdivididos, trazados
en cuadrícula por los caminos. Aquí terminael cuadriculado en montaña y más alláaún otra llanura, luego otra montaña, arrugade la geología, la tierra moviéndose lentamente
contra sí misma. Supongoque habrán vacío y calor en cualquier parteque las produzcas, el aliento de perros jadeantesapestando hasta tu balcón,
el mundo, o tú, haciendo un bloqueo(nunca estás seguro cuál de los dos)del asfalto por la calle que lleva a la canasta,un agujero entre otros, ninguno por llenar.
El silencio dice: aquí estás y para siempreserás indigno. Tu blancura es suficientementeobvia para todos. Tu inhabilidadpara cualquier cosa ahora lo es todo.
¿O es eso demasiado? ¿No es por elloque es importante? Este impulso masculinohaciendo eco al oscurecer, repitiéndose, un gritoy luego sólo el calor de las luces. No es suficiente
decir que este no es tu juego,tu mundo, el que merezcas elogioso cualquier otra insignia de respeto. Puedesdemostrárselos después en los videojuegos, o en tu
Tandy de pantalla ámbar, la computadora menos sexyque se pueda concebir entre las compatibles con IBM,con Jordan vs. Bird: One on One.Es 1988. Probablemente eres un cretino.
El mundo está poblado de cretinoscomo tú y como esos otros chicos.Búscalos en la Wikipedia. Podríasescucharlos a través de la pantalla, calle arriba,
playeras y shorts y pieles lamentables, golpe huecode pisadas sobre el asfalto, jugando unocontra uno o media cancha con los amigosque no seguirán siendo amigos por mucho tiempo,
una tragedia minúscula, una amenaza para preocuparse,se desteje, sigue buscando pases, por el maízy luego por la guerra, tus años de fracaso y terror,y luego de eso a los campos, que se alejan.

Sermón: encriptado

Luego de pasar por la cajaque bate nuestro texto en revueltas tiras de dígitos—el velo que nos separa de nuestros secretoscomo sangrías, magnético en todos nuestros discos durosy zip disks, hemos hallado nuestro caminohacia el fondo de la pila. Amigos, consideren estouna instrucción para irse a casa y limpiarsus mezcladores, borrar el caché de su Internet Explorer,y expulsar las cookies del navegador como una enfermedadhacia la majestad de la trituradora o el basurero.No necesitamos mantener estas cosas cerca de nosotros;ellas no son nuestros nombres ni las direccionespor las que la luz podría hallar su camino hasta nosotros.
No hay centros de rehabilitación para el pecado.No habrá sonrisitas entre la multitud.No hay una tierra más allá de esta cuandola pantalla se ha vaciado y nuestras vidas han sidodesprendidas como una telaraña de los helechos,desenredándose.
Contén tu risa y la hemorragia de tus heridas.
Lo que necesitamos aquí es un torniquetepara detener la ingesta diaria de informacióno calcio en forma de leche.
Deshazte de tus Porciones de Ingesta Diaria Recomendada para los Estados Unidos.
Lo que necesitamos es reducir las muertes accidentalesde polizones en los vuelos transatlánticos demasiado largos.
Pensemos en la parábola del hombreque trata de esconderse en el huecodentro del cual el tren de aterrizaje del Airbus A320de Amsterdam rumbo a Nueva York cerrará.
Consideremos la configuración de las constelaciones que hemos formadoentre las estrellas.
No habrá más carraspera.
Habrá compre uno lleve otro gratis en el más allá.
Habrá galaxias colapsando por cada uno de los presentesen la limpieza después de la fiesta, después de la graduación, en el más alládel más allá de la celebración.
Tomemos un no como respuesta sólo esta vez.
Deshagámonos de toda la colectivaloción para después de afeitar de nuestros esposos en el excusadoo en el fregadero.
Lloremos por todos aquellos que nos han dejado por culturas más cálidaso por otras parejas, más jóvenes.
Lloremos por los pretendientes al trono, esas otras bolasde pintura o cordel o ligas elásticas o cualquier cosa que se pueda enrollar,esos miles de heroicos leñadores esparcidos por el medio oeste,atados de tristeza, atados con historias.
Lloremos por aquellos cuyas contraseñas son el nombre de sus mascotaso su apellido de solteras, o cualquier otra cosa demasiado fácil de adivinar,como las palabras del diccionario.
Hallemos nuestro camino de vuelta a la luz que aún nos espere.

Pensé que su muerte me dejaría preñado, no vacío como una tumba

Escarcha en vidrio ensangrentado, círculo de sal en una margarita.
Lee sobre cómo hacer rescates. Sellos y cómo romperlos.
Deja que esa máquina se enfurruñe hasta primavera, cuando sea barato subirla. Ahora, sin embargo,debemos subir el cuerpo para que pueda ser enterrado como un juguete en una trama acalorada.
Traje de buzo, aleja el frío y el tacto del entramado de la piel.
Traje de buzo, guárdame dentro, no dejes que me rompa.
Agua, cadáver & techo de hielo, permite que tu luz baje como cascada por las grietas, que ilumine a través de los agujeros.
El último baile bajo el agua con Liz.
Bajando para sacarla en su Atlantis de hueso y vidrio, iluminado indirectamente por el reflejo, desde la izquierda.No salgas a la superficie indiferente.
Liz mi X mi otra lengua.
Soñé con operaciones, la resucitación cardiopulmonar y boca a boca, el diezmo del aliento y el escupir de vuelta a la vida.
Soñé con ser capaz de soñar otra vez.Soñé que era capaz de actuar.

Arde, arde

Arde por X, por la pérdida, por el arder mismo,por el mantra que se repite/se balancea como una campanaen una jaula en la torre que no ha sido aceitadadurante horas pero sigue repicando,enalteciendo a su fabricante, enalteciendo el movimiento del airea través de la ventana que parece una cruz.
Haz que arda la pared que nos separa del río.
Haz que arda el signo de alto que impide que los autos se agolpen en la intersección.
Deja que la gracia del fuego se lo lleve todo y lo convierta en combustible y cenizay en olor carbonizado que se moverá en el airedurante años antes de asentarse.Haz que arda el establo aplastado bajo la nievecuando esta se derrita y se seque lo suficientepara que prenda sin problemas.
Redúcelo a ruinas, base de anotación para las ardillasque dejan rastros de puntadas en la escarcha de nieveluego que el sol la dejara crocante a enfriar.
Resta eso de X,del hueco en el hielo sobre la piel del lago,de la cicatriz dejada por el rescate,
Sustrae esto del sustrato y de las relucientes masas de rocaque merodean justo bajo la superficieque ya no dejarán ganancias para las minasy las compañías que emplean a los hombresque ennegrecen sus pulmones por ellas durante el día.