miércoles, 19 de octubre de 2016

Manifiesto del payaso tenebroso, de Sam Kriss

Me topé con A Creepy Clown Manifesto investigando para una nota sobre los recientes avistamientos de personas vestidas de payaso. No soy especialmente afecto a las historias de terror, pero no pude dejar de leer hasta el final este manifiesto, imaginando la voz de mi cabeza como la de Alan Moore o una versión muy perversa de Orson Welles. Que lo disfruten (en sus pesadillas).

***
clowns

Sólo queríamos divertirte. Sólo queríamos hacerte reír. Sólo queríamos ver felicidad, niños sonriendo en el tumulto vertiginoso de la carpa de circo; sólo queríamos ponernos nuestras máscaras, tan delgadas como la imagen en la pantalla de TV, y hacerte feliz. Míranos tropezar, míranos caer por las escaleras, míranos mandar besos y globos: todo lo que siempre quisimos fue divertirte.

El otoño ha llegado, y nos habrás visto a la orilla del bosque. Vivimos en la orilla del bosque; como al resto de tus desechos el viento húmedo nos ha lanzado a la orilla del bosque. Medramos por los bordes. Pueblochico Estados Unidos, todo nuevo y todo roto. Los bosques han sido talados y han crecido otra vez aún peor, y los árboles hoy son solamente ramajes blancos y delgados, ramificándose como dedos flacos y pálidos: el crujir de los árboles afuera de tu ventana por la noche es como sabes que hay alguien afuera de tu casa. Estos bosques están huecos por dentro, demasiado jóvenes y astillados para contener algo así como el folklore, donde la naturaleza parece una escenografía de película barata, donde las ninfas y los duendes quedarían atrapados en latas de Coca-Cola y morirían de hambre, donde todos los animales están batidos de lodo, pre-empacados, y desesperados. Desde que ya no dejas pornografía aquí afuera ya no tienes nada que hacer en estos bosques, y se han vuelto el hogar de los payasos. Nos vienen bien. Nuestra maldad no es antigua; no tenemos profundidad y estamos fuera de la historia. 

Se acerca Halowe'en: las hojas comienzan a embozar la suciedad, apilándose en la entrada de la gasolinería, deformes y orgánicas contra las filas cuadradas de limpiador para baños y laxantes. Las hojas se dejan llevar contra la iglesia, donde vive Dios entre paredes de triplay. Antes o después alguien va a tener que venir con una enorme máquina ruidosa para soplar todas las hojas de regreso a la orilla del bosque. Y después volverá a casa, y no tendrá que preocuparse de qué podrán comer los payasos del bosque. Tiene suerte. No hay trabajos ni tampoco esperanza; algunas personas están en heroína y la mayoría están en Netflix, impasibles a través de horas de diversión estandarizada especialmente para ti, conectados a Estados Unidondesea. Ya no vas a ver al circo itinerante. El circo itinerante ha encajado su tienda justo en tu casa, y ha venido para llevarte con él.

El primero que nos vio este año fue un jovencito de Greenvile, Carolina del Sur. De pie entre los matojos entre Greenville y lo que sea que lo rodea, vio dos figuras a la orilla del bosque, uno con una brillante peluca roja, el otro con una estrella negra pintada sobre su rostro, en silencio, sin moverse. Corrió a contarle a su madre. No fue el último. En el mismo pueblo otro payaso apareció en los bosques detrás de un edificio de departamentos, y otro fue visto mirando impasiblemente afuera de una lavandería. Esto fue a finales de agosto, cuando las noches son demasiado calurosas para que tantos payasos anden chapoteando en el lodo: nuestra pintura facial se corre en gotas sudorosas, nos marchitamos. En septiembre, comenzamos a florecer. A través del estado, luego hacia Carolina del Sur, luego a Georgia y Virginia, hasta que pudimos rondar de costa a costa, mirando con malicia a través de la frontera con Canadá, tropezando con nuestras bufonadas hasta Europa. Una epidemia de payasos tenebrosos, pánico a través de la nación, y nadie sabe por qué. Han visto payasos con cuchillos en Kistler, Pennsylvania; con machetes en Tchula, Mississippi; con un arma de fuego en Monroe, New Jersey. 

Los payasos empezaron a aparecer fuera de las escuelas. Payasos mirando lascivamente a un lado de la carretera, mirando cómo vas y vienes de un lugar a otro, enraizados entre los árboles húmedos de manchas agotadas. Hay personas que fueron despedidas de sus trabajos por usar disfraces ordinarios de payasos no-tenebrosos en fotografías de redes sociales; se ha vuelto el signo de una criminalidad oscura e indefinible. Cada avistamiento genuino trae una docena de avistamientos fantasmáticos; las escuelas cierran, los linchadores se agrupan, los ciudadanos comunes y corrientes se compran un arma. Estos payasos están a la caza de un demográfico muy particular: familias blancas, puritanas, jóvenes, conservadoras, lejos de las grandes ciudades, alguna vez acomodadas pero hoy en decadencia, la baja burguesía moribunda. Gente que a pesar de sí misma siente la sutil atracción que viene desde la orilla del bosque, el llamado de la podredumbre y el declive, el gozo que viene cuando todo se llena de hongos y se derrite en el suelo esparcido de basura. Gente que teme a los payasos, y gente cuyos miedos son escuchados. 

Somos por naturaleza indiferentes al Estado, pero ha sido entretenido ver sus excentricidades y meteduras de pata: los policías armados estableciendo un perímetro alrededor de una escuela en Flomaton, Alabama, revisando los salones de clase en busca de signos de travesuras relacionadas con payasos; los hombres acusados de terrorismo por usar disfraces de payaso; los helicópteros a la espera y las bases militares en alerta constante; la tensión mientras un vasta maquinaria se prepara para la guerra contra sus propios payasos, y cuando se abren los depósitos de misiles sólo encuentran la corteza húmeda y aplastada de un pastel contra el suelo.

Es tan aburrido que conviertas todo esto en política, cuando lo mismo podrías culpar al calentamiento global por darnos una superabundancia de gusanos de qué alimentarnos, o a los alineamientos astrales por hacer hoyitos en el entramado de tu universo. ¿Por qué payasos? ¿Por qué ahora? ¿No está contendiendo a la presidencia una enorme y triste cara de payaso? ¿No tienes miedo, más seguro de lo que nunca has estado en tu casa rodeada de tres líneas de policías con armamento militar, pero aterrado por los refugiados, por los terroristas, por los criminales, por lo que sea que medra en la oscuridad a la orilla de los bosques? Incluso es peor cuando metes la psicología. El horror del payaso es el del hombre triste detrás de la sonrisa pintada, esa desesperada necesidad, que se remonta al viejo Grimaldi, de que los más tristes hagan reír a los demás. Debes saber la verdad: no somos infelices. No hay nada detrás de nuestras máscaras. Fíjate cómo en tantos noticieros los payasos no son un él ni un ella sino un eso. ¿Por qué te dan miedo los payasos? ¿No te gusta que te diviertan? ¿No se hicieron guerras, no volvieron ciudades escombros, no se quemaron niños vivos para defender la sociedad libre en la que vives sin miedo para ser entretenido? 

Pero hay una preocupación: una sensación vaga, a medida que los créditos del episodio ocho aparecen y sabes sin siquiera pensarlo que no importa cuanto quieras hacer algo más, el episodio nueve es tan inevitable como la puesta de sol, que estás desperdiciando tu vida; que incluso bien podría haber terminado ya. Y en ese mismo momento, un payaso se mueve a trompicones por la orilla del bosque detrás de tu casa, una enorme sonrisa plástica en su rostro, y un cuchillo en su mano.

No pretendemos asustarte. No queremos causarte ningún daño. Llevamos armas, pero te encantan las armas; tú las pones en nuestras manos. Esto es lo que haremos. Vamos a pararnos en la orilla del bosque sin decir una palabra. Esperaremos pacientemente hasta que bajes tus armas, que la policía se vaya, y que termine este pánico absurdo. Esperaremos hasta que, por tu propia voluntad, nos sigas hasta el bosque, hasta esos árboles grises sin profundidad donde todo lo nuevo se pudre. Te llevaremos al bosque, y luego vamos a armar una pequeña función para ti. Y te vas a reír.

viernes, 1 de julio de 2016

Apuntes, de Jericho Brown

No voy a darme un tiro
en la cabeza, y no voy a darme un tiro
por la espalda, y no voy a colgarme
con una bolsa de basura, y de hacerlo,
te prometo, no voy a hacerlo
esposado en una patrulla de policía
o en la celda de algún pueblo
que sólo conozco de oídas
porque debo manejar por ahí
para llegar a casa. Sí, puedo estar en peligro,
pero te prometo, confío que los gusanos
y las hormigas y las cucarachas
que viven bajo las duelas
de mi casa van a hacer lo que deben
con mi pellejo más de lo que confío
en un oficial de la ley mundana
para cerrar mis ojos como un hombre
de Dios haría, o para cubrirme con una sábana
tan limpia que mi madre pudo haber usado
para cobijarme. Cuando me mate, me voy a matar
como hacen la mayoría de los estadunidenses,
lo prometo: con humo de cigarro
o asfixiado con un trozo de carne
o congelado en la miseria
en uno de esos inviernos que seguimos
llamando el peor. Te prometo que si escuchas
que morí en algún lugar cerca
de un policía, ese policía me mató. Me alejó
de entre nosotros y dejó mi cuerpo, que es,
no importa qué nos hayan dicho,
mayor que la compensación que la ciudad puede
pagar a una madre para que deje de llorar, y más
hermoso que la bala nuevecita

pescada de entre los pliegues de mis sesos.

miércoles, 13 de enero de 2016

Teoría y praxis de la pereza

Para evitar malentendidos (inevitables, de cualquier modo) aclaremos lo siguiente: no estoy en contra del trabajo, ni es este un texto que pretenda demeritarlo; pero no sería tan ingenuo tampoco como para afirmar que el trabajo "dignifica" (lo que implica que los desempleados son algo así como ciudadanos indignos, de segunda), o que es parte de una atávica pena ("ganarás el pan con el sudor de tu frente", Génesis, libro tal versículo tal) ligada a una no menos ominosa y anacrónica lista de "Pecados capitales". No. Lo que pretendo acá es hablar sobre la pereza, pero no sobre la pereza en general, sino de aquella que ejerzo, a buen ritmo y sin desplantes, más o menos desde que me acuerdo.

Para empezar hay que definir nuestros términos: ¿qué es la pereza? La voz pigritia indica la calidad del flojo, del piger. Esto no nos hace avanzar mucho. ¿Qué indica lo "flojo"? Puede ser el antónimo de "tenso", por ejemplo, sinónimo de "relajado" cuando hablamos de la firmeza de un nudo. A su vez, "flojo" proviene de fluxus, de lo fluído pero también de lo inconsistente, de lo que no toma otra forma u otra fuerza sino de lo que viene de fuera. Aquí podríamos aclarar que lo flojo --lo fluído-- no es necesariamente débil, ni hueco, mucho menos estático. Pensemos en los ríos, fluidos y caudalosos. ¿Qué sería de un río firme? ¿Qué sería de una nube tensa?  

Siempre fui un niño flojo. O eso decían las maestras. "Es un niño muy listo, señora, pero flojo." No ponía atención, casi nunca hice tareas, y a pesar de todo siempre encontré la forma de pasar de grado  sin esfuerzos extenuantes, entregando trabajos finales y presentando buenos exámenes. Con el tiempo me di cuenta de que no era flojo, sólo tenía malos hábitos de sueño y poco interés por las obviedades escolares. Mi mente no funciona mediante ejercicios de tensión, la disciplina me parece una dudosa virtud de soldado, casi nunca tenso mi memoria tratando de fijarle palabras cuya naturaleza es dúctil y cambiante. 

Llamamos "flojera" a la actitud del perezoso. También "hueva", que es la indisposición a realizar una tarea, no necesariamente porque dicha tarea implique un grado de concentración o de energía o de trabajo para el que no estamos preparados, sino por una inercia del estado lánguido que no se interrumpe salvo contadas ocasiones. La curiosidad, por ejemplo, puede ejercerse perfectamente tumbado y acostado en cama. ¿Qué rompe dicha inercia? Una necesidad externa, de índole fisiológica o social, siendo esta última siempre la más penosa de cumplir, porque implica tensar la atención para oponer una resistencia --una escucha-- a la demanda de un otro. 

No es mi intención ponerme esencialista, pero se me ocurre que el estado natural de la atención es fluido, divagante, peregrino. Sólo cuando una tensión --interna o externa-- apela fuertemente a la atención es que esta pierde su natural fluidez para dirigirse a aquello que la convoca. Ilustro con una digresión: no sé por qué, pero tengo la extraña fortuna de encontrarme naipes tirados en la calle, a donde quiera que voy. Los conservo todos, a manera de tesoros. ¿Cómo es posible que, caminando por la calle, con una atención fluida y perezosa, un pequeño rectángulo de papel reclame poderosamente mi atención de ese modo? No trataré ni siquiera de suponer qué acuerdo secreto hace que ciertas personas encuentren sombrillas olvidadas, billetes de 20 pesos, tesoros brillantes y valiosos, y en cuyo reparto a mí me tocaron los simples y manoseados naipes. Pero sé que se trata de algo que no puedo sino llamar "mágico" porque sé que si saliera de mi casa a caminar por la calle con la expresa vocación de buscar naipes tirados, no encontraría ni uno. Además siempre vienen en series de tres. Pero tal vez eso sea tema de otra investigación.

Continuando con la historia de mi pereza, diré también que de niño me daba mucho miedo dormir. Hay quienes tienen un "talento" natural para dormir que yo no poseo. Al recostarme, esa cualidad fluida y alegre, casi caprina de mi atención, se volvía un hervidero de imágenes y sugerencias --muy amenazantes incluso en su inmaterialidad-- que me mantenían en vilo hasta muy tarde, con el resultado esperable de no tener ganas de levantarme por la mañana para ir a la escuela. Mis padres siempre decían que la noche es para dormir y el día para trabajar, pero yo no le encontraba mucha lógica. El día, con sus luces y sus demandas y sus escándalos me repele --el día, en las antípodas de la noche, de la que debería aprender su calma y su reposo y su flojera. Luego de pasar la mayor parte de mi vida escolar en estado de sonambulismo, empecé a interesarme en las ventajas del sueño lúcido y su práctica, en las que casi siempre encontramos demasiado esoterismo como para tomarlo en serio. Lo que me interesaba era conseguir dormirme temprano para no andar por ahí como zombi. Por principio es necesario recordar a lo largo del día la intención de despertar durante los sueños; existen numerosos procedimientos para esto sobre los que hay información suficiente en Pijama Surf. Meditar un poco antes de dormir, tomar un té de tila, una tableta de melatonina cada tanto para regular el ciclo circadiano, etc. Después, al despertar, es recomendable llevar una bitácora de sueños. Esta fue la clave para levantarme temprano (aunque no para deshacerme de mi pereza ni mucho menos), pues me fui acostumbrando a que despertar movilizara mi atención hacia el cuaderno y las imágenes urgentes del sueño, que se van borrando conforme más tiempo llevemos despiertos. 

Como las virtudes del trabajo, la dedicación, el esfuerzo y otros atributos propios de animales de carga me fueron vedadas, me concentré de manera extrema en cultivar el arte de la pereza. Mi armario está lleno de pijamas, sudaderas, chanclas y toda la colección primavera-verano-otoño-invierno de Ropa de Quedarse en Casa. Al trabajo (si eres uno de mis empleadores tal vez no quieras leer lo siguiente) le dedico el menor tiempo posible, tratando de despejar rápidamente los pendientes para dedicarme a no hacer nada, o aún menos. Hace mucho me di cuenta de que soy incapaz de cumplir con una rutina de 8 horas, pero eso no me condenó al pillaje ni a la hambruna (aunque dedique poco tiempo a ello y defienda hasta la muerte mi pereza, lo cierto es que me considero bastante trabajador); el no poder hacer eso que para tantos es lo más común --levantarse, ducharse, correr en el frío a un centro de trabajo, salir de noche y regresar a dormir-- no me hace un trabajador menos valioso, simplemente tuve que aprender a vivir a partir de mis limitaciones, de los imperativos de mi atención.

Admiro a los que albergan sueños de grandeza y se levantan todos los días sin recordar ninguno, se limpian los grumos de saliva de las comisuras, y salen a encarar al mundo como gladiadores en el coliseo. Admiro a los (y las) que pueden disponer de su atención como de una herramienta más en la caja de las maravillas de la mente, y pueden comandarla y ponerla ahí donde la necesitan, como un rottweiler, y a los que nada se les escapa. Yo, lamentablemente, no poseo ninguna de esas virtudes. A lo más que puedo aspirar es a dormir bien, a borronear un sueño en la mañana, y a permitir que mi divagante atención se concentre poco a poco como una nube de tormenta o como la cresta más alta de una ola a punto de romper. Ahí, en ese punto de tensión máxima, lo fluido en mí se descarga completamente en una o dos tareas muy básicas (una traducción, un artículo, una noticia), y termino exhausto, más o menos a medio día, pero listo para aprovechar el resto del tiempo en ejercicios perezosos y divagantes, fluidos, como es el pensamiento cuando deambulamos entre calles recién llovidas o entre los engranes que dibujan sobre una superficie las formas contrastantes de las letras impresas. Mi héroe personal es el Bartleby de Melville, un leguleyo que no era impotente ni mucho menos, pero que tenía una relación bastante disfuncional con su propia pereza. De él aprendí que está bien decir "Preferiría no hacerlo", pues en esto se encuentra la feliz languidez de la pereza. Digamos de pasada que no hay que confundir pereza con tedio, que es tautológico y aburrido, mientras la pereza está colmada de impresiones pasajeras y gratas, que en ocasiones se transforman, por su misma condensación, en obras acogedoras, fluidas y hospitalarias, como una cama mullida. Existen muchas otras virtudes de la pereza, pero me excuso a mí mismo de enumerarlas: son fácilmente encontrables y al alcance de todos, como democráticos naipes dispersos entre los charcos del mundo.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Espectáculos para nadie (sobre las lecturas públicas)

Desde hace unos años he tenido la extraña fortuna de ser invitado para leer mis textos en diferentes foros. Comencé participando en slams de poesía, o bajo la hospitalaria modalidad del micrófono abierto, cuyos únicos requisitos son la paciencia para esperar el turno en una sesión maratónica y un poco de bravura para encarar la soledad del texto con la soledad del oyente.

Le acabo de leer a Raúl Zurita una frase similar: "Una lectura pública es siempre una soledad apelando a otra soledad."

Por la magia de las asociaciones, desemboco en otra soledad: Una soledad demasiado ruidosa, del checo Bohumil Hrabal, soledad del operario de una máquina que une y sintetiza los papeles dispersos de la cultura, soledad del trabajador apelando a la soledad de su oficio.

Una lectura pública puede ser, efectivamente, una soledad demasiado ruidosa, cuando el ruido está compuesto por soledades dispersas que no se conocen a sí mismas, que no se hacen escuchar. Cuando los escenarios están más llenos que las gradas.

Siempre he defendido que uno debe merecer el silencio que una audiencia le preste: debe ganarlo incluso, disputarlo con la vida, con el humor, con los recursos que uno tenga a mano para levantar un par de palabras frente al mundo no para formar una barrera sino un puente. Un puente invisible pero firme, que aparece milagrosamente no cuando alguien lee, sino cuando alguien escucha.

He sentido la vitalidad de ese puente al constatar que en todas partes existe ese raro ser mitológico, difícil de definir, siempre ajeno a la forma arquetipal del mero lector, a saber, el lector de poesía, o el peatón casual que pasa por un portón y se queda pegado en la cera de los altavoces, un anti-Ulises, un marinero llamado Butes que se deja apresar por el influjo de la voz que viene de las olas, que se pierde ahí.

Ese influjo, según Zurita, no es sino el de uno que "sin esperanzas de ser escuchado, alguien que no soy yo dijese por mí: me estoy muriendo y te doy lo que queda de mi vida, y que desde una galaxia lejana, alguien borroso e improbable, el lector, le respondiese: y yo te doy lo que queda de la mía."

El que lee y el que escucha comparten la vida de una voz (¿tercera?, otra, en todo caso) que los cobija y les presta nada menos que aliento: aliento vital.

En el vértigo de las lecturas, he servido a ese aliento y ese aliento me ha mantenido en pie frente al mundo cuando se convierte en ola y amenaza con romper. Sin embargo, porque todo hay que decirlo, cada vez me queda más claro que las lecturas públicas son espectáculos para nadie: proyectos sacados adelante con amor y necedad que convocan a los "poetas" a compartir el autismo de sus soledades respectivas, sin que aparezca, salvo por milagro --y los milagros ocurren todo el tiempo--, el huidizo lector.

He leído en hermosos escenarios con un sonido magnífico sólo para ser captado por las cámaras mudas que retransmitirán el documento --la imagen-- a las redes sociales; he gritado al megáfono que rompe mi voz y la convierte en ruido; he leído para dos transeúntes sobre Reforma y para los organizadores. Incluso he hablado con amigos de que las lecturas parecen hechas cada vez más para ser documentadas que presenciadas, lo que deja a esa voz-puente de la que hablaba en una posición irrelevante, inútil. Lo mismo daría leer que no leer, mientras las fotos quedaran colgadas en Facebook.

Las lecturas de poesía tienen un carácter cada vez más espectacular y propagandístico que literario: se promocionan las editoriales, el gobierno, los colectivos, y los requeridos a la lectura fungen como embajadores públicos de un mensaje con el que no siempre comulgan. Tal vez sea error de formación, pero para mí una lectura de poesía debería tratarse de la poesía misma, no de la promoción de tal o cual proyecto. Tomar postura no es lo mismo que militar: pero con todo que desconfío de las militancias --el destino del ser humano no es, no puede ser convertirse en soldado--, creo en la potencia vital de la imaginación. No estaría vivo hoy de no creerlo con todas mis fuerzas.

He leído en plazas públicas, en auditorios, en salones de clase, en mercados, en callejones, en teatros, en museos, en fronteras, en ruinas, en casas abandonadas o embrujadas, en dependencias de gobierno habitadas por fantasmas, en parques, en avenidas principales, en azoteas, en bares, en cafés, en cantinas, en restaurantes, en asilos de ancianos, en cárceles, en sanatorios mentales, en cine, radio y televisión, en jardines de niños y en universidades, en autobuses, en andenes, en vagones en marcha, en ventanas, en balcones, en desiertos, en zoológicos, con micrófono o sin él, porque me ha parecido conveniente, necesario, divertido, o porque no he sabido negarme.

Y a veces creo que me invitan incluso por eso: porque no he sabido negarme.

Llevo más o menos diez años diciendo que sí, agradeciendo, parándome en donde me citen para decir mis cosas, tomándomelo como una labor sagrada que sin embargo no es grave, ni trágica, simplemente necesaria. Sigo creyendo que leer en público es necesario, a la vez que voy aprendiendo a decir no algunas veces. Porque la cacofonía que producimos al leer sin escuchar a los demás también nos ensordece.

He tratado de curarme la sordera apelando a nuevos recursos y lenguajes: me he comido mis palabras --las he encontrado dulces y venenosas, como colmenas vivas-- y las he quemado, y me he quemado con ellas, y más de una vez he visto cómo ese puente que servía para acercar me ha alejado de los otros. "Pero Raya, tú no ocupas performance", me dijo Mavi cuando le explicaba mi última intervención. Y tal vez es cierto: tal vez se me olvidó que incluso la propia presencia, cuando no es cimiento de la voz, es estorbo.

Al negarme a participar en ciertos eventos voy a tratar de aprender a escuchar. Quiero convertirme a veces, yo también, en el mítico lector de poesía que llega y toma su lugar en el puente de la voz. Siempre me van a temblar un poco las piernas antes de subir al micrófono, y si la voz tiembla es porque el poema está temblando. Y ahora que lo sé necesito recordarlo: quiero escuchar yo también sin esperar mi turno en esa lista de fusilados frente a la pared de silencio de los auditorios vacíos. Quiero, tal vez, contribuir un poco más a llenar las tribunas despejando los escenarios.

Dice Zurita: "Leer en público es para mí como hablar en sueños." Voy a procurar no hacer mucho ruido para dejar a los soñantes soñar.

domingo, 18 de octubre de 2015

Nietzsche y la voluntad de estilo (10 consejos de escritura)


En una serie de cartas escritas por Friedrich Nietzsche en agosto de 1882 a Lou Andreas-Salomé nos topamos con un brevísimo aunque nada improvisado manual de estilo. Unos 20 años después, Andreas-Salomé publicó el manual en Nietzsche, bajo el título de "Hacia la enseñanza del estilo". A decir de ella, "cada aforismo circunda ceñidamente pensamiento y emoción, como un anillo de oro. Nietzsche creó, por así decirlo, un nuevo estilo de escritura filosófica, que hasta entonces se había apoltronado en tonos académicos o poesía efusiva: él creo un estilo personalizado; Nietzsche no sólo dominó el lenguaje sino trascendió sus insuficiencias. Lo que había estado mudo adquirió gran resonancia." Además de la famosa "voluntad de poder", podemos ver aquí lo que Antonio Alatorre llamaba "voluntad de estilo", una "lucha por la expresión original [que] combate contra el lenguaje configurado que ofrece resistencia a la expresión fresca y nueva."

"Hacia la enseñanza del estilo"

  1. Lo primero debe ser la vida: un estilo debe estar vivo.
  2. El estilo debe ser adecuado específicamente a la persona con la que deseas comunicarte. (La ley de la relación mutua.)
  3. Primeramente, uno debe saber con exactitud "qué y qué se desea decir y presentar", antes de escribir. La escritura debe ser mimetismo.
  4. Puesto que el escritor carece de muchos de los medios del orador, debe por lo general presentar su modelo de un modo altamente expresivo, frente al cual la copia escrita habrá de palidecer. 
  5. La riqueza de la vida se revela a sí misma a través de la riqueza de gestos. Uno debe aprender a sentir cada aspecto --la longitud y demora de cada frase, la puntuación, la elección de palabras, las pausas, la secuencia de argumentos-- como si fuesen gestos.
  6. ¡Cuidado con los puntos! Solamente aquellos que poseen un aliento de larga duración al hablar tienen derecho a los puntos. Para la mayoría, el punto no es más que amaneramiento.
  7. El estilo ha de probar que uno cree en una idea; no sólo que uno la piensa, sino que la siente.
  8. Mientras más abstracta sea la verdad que deseamos demostrar, con más urgencia habremos de apelar a los sentidos.
  9. La estrategia a favor del buen escritor de prosa consiste en elegir los medios que más lo acerquen a la poesía, sin llegar jamás a posarse en ella.
  10. No es recomendable ni sensato privar a nuestro lector de las refutaciones más obvias. En cambio, es recomendable y muy sensato permitirle a dicho lector pronunciarse en último término acerca del valor de nuestra sabiduría.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Presentación de "La balada de Mr. P Mosh...", por Alejandro Albarrán


Leído el 9 de septiembre de 2015 en la librería Wiser Books & Coffee.

1.
Comienzo a leer La balada de Mr. P Mosh o siete sonidos para peluquería de Javier Raya  y viene a mí la imagen de un niño sentado, esperando (completamente atormentado) su turno en la silla giratoria, con alguien de fondo haciendo sonar unas tijeras:

Comienzo a leer La balada de Mr. P Mosh o siete sonidos para peluquería de Javier Raya  y leo:

Sala de espera de parto y reparto: la obra comienza
en el momento en que la espera
empieza a sentirse
como un agua estancada,
a ras de barbilla, lecho
de río se vuelva al volver
para lavarnos con su misma
leche de piedras los manchones de semen
de la ropa,
que la tortura cobre su todo anegado, como una corbata
que ahoga de azogue     el agua reflejante,
que la revista saque del revistero                     con lo sido,
que le toque su turno de costillas y rastrojos
o que
sin más un loto se cruce de piernas.
    Crustáceo el estilista de estilete,
    sin llegar, no hay ambiente
para epifanías,
todo es rito de Dalila y Sansón
sin sol.
Toda canción
es nacimiento, me digo,
modestamente
canturreando un bolero sabio.

2.
Pocas veces he estado en peluquerías, tal vez por eso conservo la imagen y la sensación intactas.

La imagen de una persona sentada en una silla giratoria frente a un enorme espejo puede ser también la imagen de una persona sentada en una silla giratoria frente a un enorme montón de papeles.

Leo:
El día martes
se pone de pie, con su cara de pesebre,
que le gusta verse ahí,
dice, enmarcado en el espejo
como por el mundo,
como poniéndose al mundo
de sombrero o marco,
chamarra de piel y todo.
Una lección.

Después de estas líneas, la imagen de el hombre enfrentado en el espejo me viene repetidamente a la cabeza. ¿Quién es ese hombre y qué busca?

Releo y la poesía de Raya me hace pensar en la elección de las palabras, y en todas las otras elecciones de un escritor:

Uno va eligiendo, seleccionando, convenientemente, sus recuerdos. Como un estilista, vamos haciéndole un corte a la memoria, eligiendo qué mechón cortar qué mechón no, darle estilo, uno que se ajuste a lo que queremos ver reflejado en el espejo, cuando la espera termine y el estilista (que también somos nosotros), nos muestre los detalles de la nuca y veamos el reflejo de nuestro cuello repetido al infinito, mientras sentimos que algo poco a poco se desanuda en la garganta y la bata blanca con nuestro restos ondee depositando lo que no quisimos en el suelo.

George Frazer habla sobre las antiguas costumbres de los germanos, y relata que entre los chati, los guerreros jóvenes nunca se cortaban el pelo o la barba hasta haber matado un enemigo.  

El enemigo es la memoria. O mejor dicho: el enemigo es uno mismo confrontado en la memoria. El enemigo es lo que está frente al espejo, cuando decides sentarte en una silla giratoria.   

Pienso que la poesía de Raya es el resultado de una confrontación con él mismo, de una constante elección de lo que se quiere reflejar, de los que se quiere decir. Porque lo que Raya nos quiere decir se lo está diciendo primero él mismo.

No encuentro ambiente más enrarecido y místico como el de la peluquería, quise decir poesía, perdón, quise decir: lenguaje.


3. Esos raros peinados nuevos

La homogenización de un estilo hace escuela. En la escuela, en México, durante mucho tiempo se acostumbró llevar el llamado corte de casquillo.

Incluso en estos tiempos, guarda cierto rasgo de rebeldía dejarse crecer el pelo o no cortarlo con frecuencia.

Incluso en estos tiempos, guarda cierto rasgo de rebeldía no cortarse el pelo en la escritura, más en un país donde la mayoría de su poesía usa el llamado corte de casquillo.

Raya ha decidido no cortarse el pelo en la escritura, al contrario, deja que crezca, desatando en el lenguaje un ensortijado discurso reflexivo, cuasi aforístico, para mostrarnos uno de los reflejos más fieles de la atrofia compartida de una generación: la dispersión, la multiplicidad, el multitasking en el que nos vimos concebidos.

Raya no puede quedarse quieto mirando hacia el espejo, al contrario, como un niño, el niño de la imagen que me vino al comenzar a leer sus poemas, busca cualquier pretextos para escapar de su contexto, para recontextualizarlo en otro. Esta digresión o irrupción es uno de los elementos que operan con frecuencia en las construcción de los poemas de La balada de Mr. P Mosh o siete sonidos para peluquería.

El terror del terror: su grito ciego
desborda el párpado sin mirada,
la sala de espera donde las madres
guardan
su papelito,
como en las carnicerías,
para que les entreguen los restos
de sus hijos
embolsados.
Las momias posmo se visten de plástico, sí.
Es como un don, solía decirle su madre:
todo lo que ve lo convierte en aeropuerto.
El mundo
es una dona
y tú eres el centro ausente
que le da sentido, sin ti
el mar perdería sus bordes,
se derramaría
como una copa rebosante,
como una cabeza decapitada
despeinada.

4.
Dice Frazer acerca de los antiguos tabúes sobre el pelo: “El salvaje cree que la conexión simpatética que existe entre él y cada una de las partes de su cuerpo continúa existiendo después de romperse la conexión física y, por consiguiente, él sufrirá cualquier daño que pueda sobreviene a las partes separadas de su cuerpo, como el corte de pelo”.

El corte de pelo también podría verse como metáfora de la corrección de estilo, en ese sentido, como en algunas tradiciones primitivas, habría que cortarnos el pelo con nuestras propias manos. Cuando escribe, Raya deja crecer su pelo y si acaso decide cortarlo, lo hace con sus propias manos, esto se nota porque su corte no busca la perfección, la simetría, sino el ritual, la asimetría.     
 
Otra metáfora del pelo está en la obra. Es decir, separarse de un poema o de una serie de poemas, separarlos de nosotros para olvidarlos, también es cortar una extensión de nosotros.

En algunas partes de Nueva Zelanda, el día más sagrado del año la gente se reunía, como hoy, en gran número, procedentes de todos los alrededores. Ese día sacro era el señalado para el corte de pelo.


lunes, 14 de septiembre de 2015

El nombre de la novela

Quién la hubiera visto así
rostizándose --a la ternura.
El abrigo blanco del conejo
servirá de gorro para el niño
que mientras tanto pregunta
"¿a dónde se fue el conejito?"

Le contamos que se fue de viaje
con un mago famoso --se fue
a hacer fortuna en los cumpleaños,
a exponer las vísceras
en los museos de anatomía.
Llegará tarde si llega, en todo caso,
como el deseo --justo a tiempo
como lo real. Cuando ve

a los niños gringos
se pregunta por el conejo de Pascua.
Los conejos no son pájaros,
no son primos de los cuervos:
igual que los otros niños
ha visto el mal a la cara, pero
sin voltear el rostro, sin pretexto alguno
presentándole un ceño
desafiante --por eso le parece desoladora
la ingenuidad de los adultos, disfrazados
de vaqueros y de vampiros, jugando
a policías disfrazados de ladrones
y a ladrones disfrazados de fiputados
deferales --desafiante, como todos
los astronautas de cinco años, a mí
no me pueden engañar: ese vampiro
está disfrazado de mago, su conejo
es negro, come carne podrida, su paciencia
--su venganza-- es implacable.

viernes, 28 de agosto de 2015

Elogio de los borradores


Una vez me preguntaron, "Escribes poesía, ensayo, y se dice que tienes por ahí un par de novelas inconclusas, ¿pero qué género literario te interesa más que otros y por qué?", a lo que contesté inmediatamente, sin pausa dramática "El borrador".


No lo pensé demasiado. Igual pude haber mentido y decir que la poesía me interesa más que otra cosa, porque está en todas partes aunque no la veamos, como las ondas de radio emitidas en los primeros instantes del Big Bang, o la novela, por su posibilidad de ensayar cualquier cosa, o el ensayo, por su capacidad de volver la vida un laboratorio lúdico, pero lo cierto es que la respuesta me sigue pareciendo certera: si tuviera que cultivar un sólo género literario en lo que me resta de vida sería ese, el borrador.

De la galería de mi mente salen los críticos literarios y los maestros de la facultad: "Buena puntada, Raya, pero el borrador no es propiamente un género literario: no tiene reglas, no tiene una estructura definida. Es simplemente un estado provisional del texto antes de su recepción pública." Exacto, es exactamente eso.

Borges y Reyes dijeron cada uno a su singular modo que uno publica para dejar de corregir borradores. Pero puede pensarse también que un libro no es sino un borrador que ha atravesado un proceso de edición. ¿Qué nos autoriza para darlo por terminado? ¿En qué momento se realiza la milagrosa operación que transustancia --en el sentido de la metempsicosis católica-- un borrador en un libro, en un producto cultural? A lo mejor tiene que ver con la intervención del editor o con las opiniones de los reseñistas o con la forma en que, mucho o poco, al leerlo, cambia la vida de sus lectores. Pero no me convenzo.

Me gusta el borrador porque es --según yo-- lo que más se parece al instante de la lectura: cuando vas avanzando por la página sin saber a dónde vas, sin intención de llegar tampoco; un instante de apertura frente a lo inesperado. Entonces me viene a la cabeza la famosa frase de Valéry sobre los poemas: que no se terminan sino que se abandonan. Pero tal vez hay otro abandono (¿previo, paralelo, complementario?) que ocurre en el escritor al ir avanzando, retrocediendo, moviéndose en ese espacio textual con absoluta libertad: la deadline, la temida fecha de entrega, no existe cuando uno se plantea simplemente escribir. Abandonado a su suerte, el escritor simplemente se mueve por la página, y la escritura es como la rebaba de ese movimiento interior de un sujeto abandonado a la imperiosa necesidad de no quedarse quieto. Borrador: una inquietud.

La publicación complica todo; el tiempo del borrador se parece a los ciclos de la tierra y las estaciones: un borrador se cultiva, se poda, a veces se extrae de él una caja de frutas y se lleva a vender al mercado, pero el borrador sigue ahí, tan campante. El libro no: el libro siempre se va a parecer a sí mismo, lo que permite el milagro de la relectura, en el cual el libro se ofrece diferente porque el lector ya es diferente. En mi práctica me veo enfrentándome día a día a una misma parcela de borradores que simplemente se renueva según las estaciones del día. La mente funciona como un cielo, a veces despejado, a veces tormentoso. A mí también me parecen chocantes estas metáforas agropecuarias, pero provengo de una familia de campesinos, y aunque nunca he sembrado ni siquiera una maceta de cilantro me siento más atraído por los ritmos de la tierra que por los de la máquina.

Miento, como siempre. Pronto publicaré un librito de ensayos titulado La maquinaria de la escritura donde me refiero a ese proceso diario de programar cuartillas y cuartillas obedeciendo a distintos intereses: el libro de sueños, el diario íntimo, los poemas, los avances de novela, el ghostwriting, y el escritor en el centro de la pista, viendo desfilar frente a él a los payasos y a los leones.

Borrador: esbozo, tentativa, tanteo, gestación, improvisación. 

Me gusta el borrador, en fin, porque permite precisamente ese tipo de "infidelidades", de cambios o virajes de opinión: ese librito tiene dos años "abandonado" y está bien como está; hace dos años pensaba eso, o me sentía así, como un malabarista de deadlines, pero hoy escribiría una cosa completamente distinta: una entrada en mi blog, por ejemplo. Algo que nadie ha pedido y que nadie espera. Sin problema de género o clasificación, sin etiqueta ni lugar en el anaquel de ninguna parte, un pedazo de escritura fortuito y alegre, como un paseo o como una ejecución pública vista desde los ojos de un niño.

Borrador: lo interminable e interminado, lo que avanza a medida que se borra, lo que no tiene forma sino hasta que adquiere una, como el deseo mismo a secas, o como el deseo de escribir, al cual todos los demás deseos se supeditan.



sábado, 18 de julio de 2015

Poesía política, épica privada

Publicado originalmente en la columna "Historia de la literatura ninja" dentro de Telecápita.


¿Cuáles serían las condiciones en las cuales un ente móvil y sólo parcialmente apresable como el lenguaje pudiera verse comprendido dentro de las relaciones de apropiación y propiedad en el marco del capitalismo global? Objeto difícil de reducir a definiciones, viento que no se deja encerrar, el lenguaje escapa a la pertenencia individual, gremial o local—a pesar de los remilgos de sus censores— insistiendo en su ser, incluso en soledad, público. Si bien es cierto que el idioma es la forma en que un lenguaje verbal se localiza —es decir, se sitúa topológicamente en un imaginario familiar, volviéndose local— y permite la transmisión de la memoria de los pueblos, hay tantos idiomas como hablantes, y tantas maneras de ejercer el derecho de la palabra como implicaciones en su ejercicio.

A pesar de esto o tal vez precisamente por esto, los gobiernos y la publicidad de los medios de comunicación han secuestrado los campos de significación de palabras como “pueblo”, “solidaridad”, “compromiso” o “moral”, palabras que asociamos inconsciente e inmediatamente con la retórica de programas asistencialistas del Estado, con el discurso de los demagogos de turno o con la jerga de los procuradores del buen gusto y las relaciones laborales, todas tendientes a producir una sociedad de mercenarios sutiles, abejas trabajadoras en pos de la sobrevivencia, en lugar de un verdadero marco de colectivización del trabajo y la participación política de la gente. Qué duda cabe que la misma posibilidad de comunidad está íntimamente vinculada a la temperatura del lenguaje que posibilita sus relaciones. Todo lenguaje es una forma de hacer política.

Si los criterios para hablar del lenguaje se atomizan y disgregan según el punto de vista del observador, ojo siempre móvil y subjetivo, cuando intentamos situar nuestra atención en el aspecto literario del lenguaje y su simbiosis con lo político, nuestra dificultad no es menor. Aquí opera nuevamente el secuestro semántico del poder sobre la palabra “política”, recluyéndola en el marco de los organismos gubernamentales y la retórica del sistema partidista, tiñendo la palabra misma de una significación negativa, o por lo menos, que provoca una no velada sospecha. Esta sospecha, producto de la utilización de un sólo aspecto de la palabra “política”, contagia a todas las demás y genera una virtual privatización de la palabra en detrimento de su significación.

Decimos de alguien hipócrita, zalamero o diplomático en exceso que tiene un modo “muy político” de expresarse, o que su manera de comunicarse es políticamente correcta. Esto desactiva significados mucho más interesantes de lo político, entendido como las relaciones y negociaciones entre los miembros de una misma colectividad, y no solamente como una administración engañosa del poder. Política es lo que se le hace al de junto. Y políticas son, por la condición social del lenguaje, todas las manifestaciones artísticas en su apelar a un aspecto de la tribu o de la ciudad, incluso cuando sus autores busquen desvincularse, ingenua o inconsciente, de las implicaciones sociales del trabajo artístico. Si los escritores no se preguntan por la naturaleza del discurso que producen, están condenados a la repetición ideológica de patrones de significado establecidos por las fuerzas hegemónicas. Trabajar con el idioma es cuestionar críticamente el estado histórico en que se encuentra el lenguaje. El trabajo del escritor, en épocas difíciles (y la historia del mundo sólo ha conocido un breve intervalo de paz general a finales del siglo XIX) siempre ha sido poner estos discursos en duda, y en casos notables, en crisis, es decir, en el horizonte de su posibilidad para dar cuenta de los cambios que el hombre y las sociedades atraviesan.
Épica para tiempos sin dioses

Gioconda Belli decía en el diario El País hace unas semanas que la poesía ha perdido su impulso revolucionario. La cita dice: “Ahora los cambios políticos van a ser mucho más lentos, ya no son procesos románticos, porque las revoluciones eran procesos románticos, heroicos, épicos”. Es cierto: en nuestros días, la épica que está disponible es, para las clases medias y altas, el aspiracionismo de clase, la escalada social y el consumo, mientras que los pobres sólo tienen una forma de épica, y harto diferida y filtrada a través de los medios de comunicación y las telenovelas: el amor.

Si la poesía no puede cantar más las gestas de un mundo sin dioses, su épica, en nuestros días, es la de cuestionar el estado de los discursos que cotidianamente rigen nuestra vida en comunidad y que someten sistemáticamente a millones de personas en todo el mundo a la normalización de la violencia simbólica que, desde los lenguajes, permiten la explotación laboral, la suspensión de derechos políticos del pensamiento de oposición, o incluso la inercia de la violencia de género, motivada por los medios de información. Al hacer esto, la poesía se aleja de la posición ornamental que usualmente se le atribuye y se radicaliza al preguntarse por el lenguaje que utilizamos para permitir que todas estas cosas ocurran y, desde su privilegiada situación utópica en la imaginación, cambiarlas.

Pero la poesía, en su poner en crisis el lenguaje, cuestiona también la noción filosófica de sujeto de discurso; y en su aspecto político, construye a través del discurso al ciudadano o sujeto político al cual se dirige, así se trate del propio autor. La poesía, campo de la excepción y terreno fértil de la contradicción nos ha dado casos de poetas “secretos”, como Emily Dickinson o Fernando Pessoa, y de escritores que gozaron de una visibilidad sumamente ingrata, por decisión propia o por las condiciones de recepción de su trabajo, como Carlos Martínez Rivas o Roque Dalton. Pero el poema, como una máquina del tiempo, nos restituye intacta su lectura aunque los textos, pensados como ejercicios para la reflexión individual, no escaparan de su aparición pública, como el caso paradigmático de la poesía de Roberto Bolaño, o los versos inéditos de José de Jesús Sampedro, Julio Inverso o Walt Whitman.

Lo que quiero decir es que, en tanto lenguaje, incluso los versos privados llevan en sí la posibilidad de la participación del otro. El escondite y el anonimato no sustraen al poema de su vínculo social. Ninguna coartada puede producir la apropiación totalitaria del lenguaje o su privatización. Incluso la poesía secreta o no pública se mantiene en calidad desapropiada, emancipada del circuito de movilización de los discursos, unida a su ser social y cuestionando su propia vinculación. La poesía aparece, pues, en este campo de tensiones entre el uso particular y altamente subjetivo de un lenguaje y la imposibilidad de su vinculación con el registro de lo social, a lo que la propia condición del lenguaje se obliga a sí mismo irremediablemente.

Arrogarse la incierta función, no sin arrogancia, no sin extremo pudor, de decir lo que el otro diría si tuviera un decir: esa imposibilidad es el poema.

Cuando este vínculo es asumido conscientemente por los autores, la literatura puede generar visiones lúcidamente críticas de la realidad o folletos panfletarios que hagan las veces de voceros del poder. La lista de evidencias para el primer caso, por fortuna, es tan extensa que desactiva nuestras desconfianzas para los segundos. Tenemos así la poesía de Ernesto Cardenal, Juan Gelman y Dolores Dorantes en nuestro auxilio, y para ilustrar el segundo, tenemos al caballo rojo que tiró de su grupa a Pablo Neruda. La necesidad de ambas perspectivas, sin embargo, obedece a la vocación del poema para dar sentido a la experiencia colectiva de lo real, aunque lo real esté invadido de condiciones imaginarias que hacen que su articulación objetiva resulte imposible. Ya se trate de versos contra el tirano o del amor y sus tormentas o de los asombros cotidianos, el autor de los poemas descubre dentro de su propia experiencia de escritura individual vínculos y relaciones que pueden nutrir la experiencia colectiva de lo real.

Más que de militancias o proselitismos, el trabajo del escritor no puede escapar de su voluntaria subordinación al trabajo mismo. Julio Cortázar lo explica maravillosamente cuando dice que la lealtad del escritor está con su escritura antes que con cualquier proyecto de cambio social al que, por otra parte, el escritor se vincule. Disentir en cuanto a las condiciones del orden social en el que nuestro trabajo se desarrolla viene, a la vez, de un cuestionamiento sobre el discurso del poder y de nuestra posición subjetiva con respecto al acomodo de esas condiciones.

sábado, 11 de julio de 2015

La balada de Mr. P Mosh o 7 sonidos para peluqueerías (1/2)


Invitación

Dentro del psychofestival GAME OVER hoy presento la primera parte de La balada de Mr. P Mosh o 7 sonidos para peluquerías, una serie acerca de la espera, el sonido y su representación en el imaginario a través del texto y la acción. 

La presentación tendrá lugar a las 4:00 pm en la azotea de Acto (Piña #179, col. Nueva Sta. María), y durante el mismo, se invitará a los asistentes a intervenir el cuerpo (particularmente el cabello y barba) del autor con instrumentos y herramientas asociados al proceso productivo de las estéticas y peluquerías, que mediante procedimientos técnicos (re)producen en el espejo el ideal del yo: navajas, tijeras, máquinas de rasurar, pinzas, etc. 

En tiempos antiguos, la cosmética no era sólo un arte del embellecimiento corporal, sino una filosofía del cuidado del alma relativa al kosmós. El platonismo nos hizo creer que la imagen que tenemos de nosotros mismos existe de manera ajena a la imagen concreta, real, que presentamos al mundo a pesar de nosotros mismos

En la era del look, lo que miramos es el vacío dejado por la desaparición del otro. Nuestro arsenal particular de gestos es una performática que ofrecemos inconscientemente al mundo, sin que la relación entre lo visible y lo real quede debidamente condensada en la mera aparición de versiones reproducidas de nosotros mismos (selfies), donde más que representarnos, nos construimos.

Lo que me interesa en un nivel formal es desarrollar una escucha activa por sobresaturación sensorial, mientras que en el plano personal, sigo explorando los dispositivos de control social, que comenzó en Ordalía (Literal, 2011), a través de la dialéctica humillación/celebración, castigo/ofrenda, pena capital/emancipación colectiva.

El poema lo escribí en 2012 en la ciudad de Monterrey, en una suerte de residencia artística, y será presentado en fecha próxima en forma impresa gracias al trabajo de Lorena López y Viktor Ibarra de Niño Down Editores.