lunes, 4 de mayo de 2015

Considerar


La sensación de ser, de hecho, está siempre partida y compartida y la amistad nombra este compartir.
-Giorgio Agamben, "El amigo", p. 51 
, A veces siento que los libros son como instrumentos musicales, y que los lectores no son sino ejecutantes, improvisadores que le ponen su propio estilo al estilo del libro. He conocido algunos virtuosos del leer, como el Sebas, que todo lo lee como Sebas, o como Lauri, Javi, Tania, Rojo, Ed. La sensación de poder "ejecutar" un libro como si fuera una melodía es más liberadora que la dictadura de los talleres de lectura y redacción y compresión lectura, que efectivamente comprime la imaginación y asienta modos correctos e incorrectos de leer. 

, Comprender y decodificar un texto, en nuestros días, ya son parte de las funciones que un buen esclavo, quiero decir, un buen trabajador, debe tener incluidas por defecto. De hecho, es una de las áreas de competitividad (competencias) elementales y necesarias para las modernas democracias competitivas. Enseñar a leer y escribir se considera un gasto de producción, por lo que la lectura y la escritura artística pasan a verse como un lujo anticuado. Vivimos en una época post-aristocrática que no puede permitirse el consumo de productos no relacionados en alguna medida con lo que ofrece el mercado, el gusto de los más. Las drogas comparten un escaño similar, entre el lujo y el gasto inútil en detrimento de la salud, uno de los más cacareados pseudo valores democráticos atacado en esta operación.

, Nico se despierta por un trueno. No dice que tiene miedo, sino que llega y te pregunta por qué no te has dormido. A lo mejor cuando somos niños creemos que el mundo entero --empezando por nuestros padres-- se suspende cuando nos vamos a dormir. Lo cargo y vamos por una galleta a la cocina. La comemos de vuelta en su cama, teniendo una fascinante conversación sobre los orígenes del clima. Es el rock and roll de Dios, decimos. Si el cielo fuese un amplificador, el trueno sería un guitarrazo, y la lluvia, un inabarcable solo de batería con infinitos tambores. En esta casa no creemos en dioses que no amen la música.

, He pasado mucho tiempo siendo analfabeta del otro. De los otros. Me desesperan todavía, a veces, los rostros, las voces, los gestos. Camino en la calle y las multitudes me fascinan y me repelen como un desastre natural. Hay cierta belleza absurda en su paso ciego y sordo por, como la que derivan ellos mismos de ver videos de tsunamis en YouTube. Un desastre constituido por millares de pies desbordados, pies sin ojos, ojos metidos en sus propias cabezas de tortuga, los menos; los más, en sus celulares. Tal vez yo mismo vaya perdido en mi propia cabeza sin considerar al otro, o considerándolo más bien una especie de inundación, de huracán, o la más insufrible especie de este planeta que disfruta de vivir hacinado entre los suyos, como las ratas o las cucarachas, pero también como los cardúmenes o las parvadas. Me fascinan y me llenan de asco las mismas cosas que a todos los demás, pero a mi propio modo. Percibir como percibimos y pensar como pensamos es lo que nos hace ser nosotros mismos; pero percibir, pensar y hacer con el otro, es lo que define propiamente el ser amigos.

, Me gusta mucho la palabra considerar. No quiero buscar su definición en los diccionarios ni su etimología. Me hace bien tenerla a la vista en la mente. O al oído en la mente. Pero también en la tripa. Y entonces veo (¿o escucho?) estrellas. Siderar me recuerda a sideral, lo que me recuerda al espacio. Pero el espacio es simplemente un mar en calma que cruzamos en un mismo barco muy quieto. Consideramos porque nos rigen estrellas similares. Las estrellas, los planetas y las lunas son las mismas para todos los que van en ese barco. Si a la tripulación se nos pierden nuestras estrellas (del latín sidera, que ha aparecido ya en una ventanita de mi diccionario integrado), concurrimos al mismo desastre, al mismo vernos privados de los instrumentos de navegación. A taparse las bocas y los oídos en el rigor más desastroso de la tormenta. Pero también a observar el propio miedo en el miedo del otro, o bien prestarle con nuestra mirada un valor que tampoco siente, pero que sabe leer en nuestro rostro, y de tanto leerlo termina por sentirlo. Por con-sentirlo. Ese con-sentimiento, diría Agamben, es a la propia existencia. Ser es decir sí al otro, o en heideggeriano, el amigo sería la mismidad del sí en nuestro sí mismo.

, A veces me veo atacado por el mismo mal que las democracias modernas: no puedo escribir sin sentir que trabajo, sin sentir que tengo que hacer un punto, redactar una nota o resolver algún problema. Y eso era lo que me gustaba del blog, esa sensación de ensayar que el ensayo confunde con poesía.

, Confundo a propósito leer con ser

, Contextos en que usamos la palabra considerar (aka, cosas que consideramos): las estrellas, nuestra suerte, la situación, las posibilidades, las alternativas, las palabras, los amigos.

, Nerea es una de las mejores lectoras que conozco; Meme es uno de los peores. Sin embargo, no sé por qué pienso que se llevarían muy bien. Tal vez incluso se gustarían. Y creo que es porque comparten esa cualidad de "lectura expandida sobre el mundo" que me gusta en mis amigos; probablemente esta cualidad tenga un nombre, pero no lo conozco. A lo mejor Nerea le llamaría "personalidad" y Meme le llamaría "onda". Pero uno se sorprende de cuántos psicoanalistas saben leer "vibras" y cuántos diseñadores gráficos saben describir las sutilezas de su propio ego. 

, La tormenta ya ha terminado y la arena en los párpados de Nico amenaza con rebosar. Antes de que se quede dormido, hablamos de las dos formas de miedo que podemos identificar en las personas. Por un lado, el miedo en los ojos, que consiste en taparse los ojos; sólo algunos, como él y los gatos, son suficientemente sensibles al miedo en los oídos. El miedo en los ojos consiste en taparse los ojos. Pero Nico reacciona al temor tapándose los oídos en vez de los ojos. No es que no sintamos miedo por lo ojos, sino que los ojos se paralizan más rápido que los oídos: los oídos no tienen párpados, por lo que les prestamos nuestras manos cuando el terror ha saturado nuestros ojos. Los que nos asustamos con los oídos nos asustamos, por así decirlo, más completamente.

, La lectura, la escritura, el sueño, el arte, el deporte, la conversación, los placeres, los vicios, las obligaciones, las neurosis: rasgos que se da uno a uno mismo para ser uno mismo

, La humanidad es un puñado de afectos y un puñado de ideas. La humanidad de uno, la propia, la de los suyos. La humanidad de los que poseemos porque nos poseen, porque somos poseídos por ellos. Poseídos no como propiedad, sino en el sentido en que se dice que un demonio posee a alguien. Nos ponemos en el lugar de nuestros amigos porque nos gusta cómo se ve el mundo desde allí; es por eso que al sentir consideración por parte del otro, terminamos haciéndonos amigos. Nico lo sabe perfectamente. Los amigos no te lastiman, y si nosotros los lastimamos sin querer, hay que pedirles una disculpa. La humanidad personal, los humanos paradigmáticos, son aquellos a los que amamos y admiramos. Son a los que sentimos que les debemos mucho, pero con quienes no nos sentimos precisamente en deuda. Son a los que no quisiéramos ofender, a los que consideramos y por quienes somos considerados. En ese sentido, la desconsideración es uno de los peores gestos que se pueden tener con los demás, porque equivale a una miopía al ser del otro. Ser desconsiderado es asesinar metafísicamente al otro; es comportarse como si el otro en realidad no estuviera ahí. 



viernes, 20 de febrero de 2015

Títulos sin título


, Me gustan los títulos de los libros, a veces más que los mismos libros. No quiero empezar a decir puras tonterías y lugares comunes al respecto, lo cual por otra parte es inevitable cuando ya todo está dicho desde el principio. Entro a una librería con mi mujer y ella recorre estantes y mesas con agilidad, con una ligereza envidiable; , pero lo traigo fresco porque hace unos días estuvimos viendo libros mi mujer y yo, y se me ocurrió que podría dejar de leer libros y dedicarme a leer títulos. Después de todo los críticos y comentaristas literarios siempre hablan de "los nuevos títulos" o del "último título" de tal o cual autor, como si no se escribieran libros sino títulos para lorem ipsums.

, A veces me pongo a pensar que debe haber algún académico (o tal vez una rama entera de los estudios literarios) abocada por completo al estudio de los títulos. Seguramente se proponen precisas clasificaciones de todos los tipos de títulos posibles: los unimembres (Ulises), bimembres (Cumbres borrascosas), plurimembres (Salir con vida), etc; los referenciales (Usos y costumbres del castellano en la Sierra Gorda de Querétaro durante el siglo XVIII) y los metafóricos (El llano en llamas); los nominales (Anna Karenina), los toponímicos (Nocturno de Chile); pero tal vez nunca llegarán a la concreción y precisión de los bonitos y los feos, que un lector con cierto gusto identifica de inmediato. A lo mejor ese fue siempre mi problema con la academia: no la manía de las clasificaciones, sino la grosera falta de gusto.

, Llevo varios años trabajando en mi propio lorem ipsum para un título: La rebelión de los negros. El título no se me ocurrió a mí. Es un equivalente literario a un condominio (un condemonio) de tiempo compartido. Muchos lo hemos utilizado indistintamente; es, en cuanto a títulos, lo que "Luther Blissett", "Wu Ming" o "Anónimo" son en cuanto a autores: una referencia táctica sin contenido concreto; una maquinaria que cualquiera puede echar a andar. Sospecho que cualquiera sabe de qué se trata La rebelión de los negros, o se puede dar una idea fácilmente.

, Hay que celebrar que en las muchas puntadas pseudo conceptuales de los literatos flojos (ya se vislumbra desde hace tiempo que al gremio cada vez le gusta menos escribir) no se les ha ocurrido todavía titular como "Sin título" un libro. 

, Luego se me ocurre que mi falta de memoria es una tara muy conveniente para no acordarme de cosas sobre las que no quiero opinar, o de gente con la que no quiero tener nada que ver, pero también de títulos de libros en los momentos más inoportunos. A veces me acuerdo de pasajes intrascendentes pero que me movieron algo en la entraña definitivamente; no puedo recordar al autor, la editorial, el año de publicación ni mucho menos el título, pero recuerdo que tenía una flor azul en la portada, o que en alguna parte una chica bajaba las escaleras con gesto de profunda estupefacción.

, Ese rasgo de olvido selectivo podría ser un recurso de lectura divertido. Apunta David Huerta que los lectores se convirtieron en presentadores oficiales de libros, esto es, de títulos, pues en ocasiones eso es lo único que tienen para preparar un comentario. ¿Qué pasaría si un presentador de libros decidiera inventarse el libro (ha ocurrido, me consta) en lugar de leerlo? ¿Y si llevamos el juego al extremo y dejamos de leer para ponernos a inventar lo que va entre tapa y tapa? Finalmente, a los mercadólogos y comerciantes de libros no parece importarles demasiado el grueso de las páginas, sino únicamente las portadas y los títulos (hola, señora loca de Amagrana). No juzgamos un libro por su portada, sino, ay, por su título.

, Imagino que sería un buen comercio el de los títulos: así no tendríamos la decepción de ver títulos hermosos en libros que no les hacen justicia. Podrían pubicarse compendios de los títulos más promisorios de cada temporada y la gente podría hablar a sus anchas de lo que le evocan los títulos que, claro, nadie leería de todas formas. 

, En la preparatoria, mi mejor amigo se ligó a la chica que me gustaba. No me dolió tanto como ver, hace unos años, un poemario de una persona detestable con el mismo título que había estado trabajando yo durante un año o poco más. Lo tengo por ahí, archivado, como la molécula que no puede ocupar el mismo lugar que otra en el mismo espacio.

, "Título" también remite a los títulos nobiliarios, que involucionaron en apellidos, que involucionaron en títulos de propiedad, académicos, financieros, a lo meramente titular del número impreso en las identificaciones oficiales con fotografía, que esperan su momento para fagocitar los nombres de la gente, como contenidos estorbosos e innecesarios (títulos de sujetos) cuando la subjetividad se haya homologado por completo. 

Los libros sin tapas: tremendo título de Felisberto Hernández. A lo mejor por eso mismo podía darse el lujo de títulos genéricos como "Fulano de Tal", o mejor dicho, de elevar lo genérico al grado de título. Un escritor mediocre se propondrá objetivos mediocres, malogrando buenos títulos; pero un escritor fuera de serie como Felisberto puede darse el lujo de un título genérico para una escritura anómala. Como si el título y la escritura misma fueran un mero pretexto para el flujo narrativo; como si lo importante fuera narrar, no titular, rotular, empastar, editar, etc. Simplemente narrar.

,  Narrar y narrar.

jueves, 29 de enero de 2015

Breve manual de defensa personal para señoritas


1.

Lo primero es cerrar los dedos en la clásica formación de ataque, oprimiendo con el pulgar de manera firme los cuatro dedos restantes --cuatro uñas pegadas a la palma-- recogidos sobre sí mismos, de manera que el puño forme una piedra, un misil, un desastre natural en la extremidad del cuerpo, en el linde con el mundo.

2.

Se recomienda no cerrar los ojos mientras el puño viaja en el aire: su puño, pese a lo que pudiera parecer a simple vista, no es ciego: sabe perfectamente a dónde se dirige; pero usted querrá estar lista para un segundo asalto en caso de que el primer misil no dé en el blanco. Si todo falla, piense qué haría Bruce Lee en su lugar y hágalo. Nunca falla.

3.

Abra los ojos frente al agresor: niéguele el prestigio del anonimato: asuma el riesgo de revelar sobre ese rostro, en lo percutivo y lo volador, el misterio de aquel famoso koan: el pálido pálpito de una palma.

4.

Vale la pena considerar que está usted luchando por su vida.

5.

Se trata del vagón de mujeres, puesto a la cabeza del rebaño para salvaguardar lo que le quede íntegro después de Balderas a las 8 am; se trata de su derecho a ser legendaria pero discretamente, próspera en lo anónimo, afilándose la mirada con utensilios de cocina que parecen de tortura, en fin: quiénes son los hombres para juzgarle esos ojazos claraboyantes.

6.

Se trata de su vida, después de todo, en la cámara de tortura subterránea, en el infierno móvil, en el intestino grueso de la ciudad llevando y trayendo la crema de la crema y la mierda de la mierda a 20 millones de kilómetros por segundo si contamos la velocidad con que se llenan de sardinas los metros cuadrados: once seres conté solamente en el diámetro imaginario de mis brazos.

7.

Dése espacio, no lo pida: este es un alegato a favor de reconocer violentamente la existencia de sus atacantes. Desde niña le enseñaron a darse su lugar: pues bien: tómelo: habítelo sobrevolando el helicóptero ondeante de la falda. Le chiflarán: sin duda: desde lo anónimo y desde lo abyecto le embarrarán un sonido puerco prepúber e infantil porque la saben, de un modo que nunca entenderán, divina.

8.

La suya es una vida que vale la pena ser defendida. Repitámoslo: una vida --un cuerpo, una integridad, un espacio alrededor de la carne, sobre y debajo de la cintura, cada hueso hilado al otro como una joyería minuciosa de calcio, de las falanges al cóxis a los huesos que le conforman la sonrisa-- que vale la pena ser defendida.

9.

Prefiera del rostro las zonas más sensibles: la nariz que se quiebra, cono de vidrio, la barbilla desencajada, la famosa manzana de Adán, los lóbulos rasgables de las orejas, las cuencas de los ojos, inundables. Repítase de cuando en cuando: el más fuerte de los hombres es capaz de sangrar. Repítase: ignorar al agresor no me hace mejor, no lo hace desaparecer. Repita el punto número 1 todas las veces que haga falta.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Your own. Personal. Granadero.

Ese final se levanta del sofá con una articulación efectiva del movimiento.
No menciones el Bö el sueño uno y no
Perder la dimensión de ciertos boxeadores de la dimensión semántica estaría subordinada a contemplarla y agradecer. Tumbarse en la poesía en términos muy simples Ej.
Estas elecciones del multilingüísmo continental como una camisa en el asombro no
Lo dudo. Un poquito. De repente. Por curiosidad. Está rompiendo lanzas por ejemplo.
Hay evidencias de que insiste en nuestra imagen del tiranosaurio, el velociraptor o N .
Lo dudo. Un jaguar que no
επιφάνεια Leer a cierta editora. Esperar a Coltrane, escribir lo que hace?
Chocolate es el ganador fantasma tiene FB mismo
Favor que me dijeron que la otra jarcha y poemita es
Muda la admiración habla callando, que no
Si cada noche son grammar nazis y diferentes respiraciones y no
Checando el espacio cerrado un vagón de gasolina y 25 años, acaso ni en 50, acaso ni punto
¿Dónde exhibimos las cabezas cortadas para escarmiento de existir, está El sueño se escribe en serio.
Escribir es simular que se escribe esto en el cierre del Lado de la boca llena de cuchillos. Mellados. Su paso, antes o después del mundo es
¿Y si la verdad que vi una pequeña democracia de la banda tiene sentido sobre todo las AK47 y los
El canto imposible es
Es mi parecer, es
Es el protocolo seguro, confiable y fácil de instalar para todos
No menciones el título. Escribe esto es, una pequeña democracia ateniense en acción en mi teoría del postrancherismo en Tuiter.
La muerte es
Llévenme al concierto en Colonia religiosamente, como una preferencia ingenua, *de primer grado*, devaluada por la Policía Federal afuera del Zócalo a la facultad.
Hoy hice aparición ninja en este poemita es
Ser un poco más complicados que eso.
Hay evidencias de que lo ha hecho me dijeron que todos
What if man is small, and made your will, and settled all these brutalities in Mexico a la última hora a leer usted lo que no
Dificultades con el nuevo El insomne sueña que está en la ciudad de México o siguen siendo feas?
Necesarias, inevitables. Dice Jung Las mujeres son el empleo con el anular. 4. Continúe con el lenguaje.
Y pinche llama esta protuberancia en este aspecto esencial del arte. En la semana se me canceló el estado ideal o algo
80 relaciones llámese familiares, de Defensa +20, Magia +15, Antidragón +50, Ataque +5, etc.
Lo dudo. Un hilo conductor entre apunten y fuego.
Abocar hacerme boca llena de mezcal o menos no
La moral corresponde, en la 5ª frase en tu verbo carnal, que estudia los
Quién sabe, tal vez políticamente, pero en su propia sombra. Junto al monstruo hay unos niños héroes ahí que merecen, de lunes todo el puto estructuralismo mezclando lingüística y de política, dice el sentido sobre su paso, claro
El canto o el inconsciente, se acabaron tan sabrosos sobre materiales que cuando se trata de engañarme. Salvador Elizondo.
Sin violencia, hay mucha prensa. Prendan su paso, antes aletargada ha hablado por infiernitos de la, por así que me interesaba de notas de lectura, diario, el flirteo, la cercanía afectiva con los
Seremos humanos, cada uno lee la vida de certezas se aventarían un rock stars. But we theorists are the true big Bang ocurrió hoy, todavía.
La moral corresponde, en la introducción a usté
La muerte hasta el PRI mate a EPN para trabajos urgentes se aumenta un libro como a reaction to madness that the lulz.
Casual. Hola, ustedes.

***
Texto generado a través de what-would-i-say.com. Cada "verso" es un estatus aleatorio distinto, cortado y pegado sin ningún tipo de modificación. Sin embargo, el poema no es automático ni robotizado, en tanto existe la elección como último resabio de la subjetividad, acaso de un inconsciente cuya gramática elemental puede ser enseñada a una computadora. Kenneth Goldsmith meets Sarah Connor, o algo.


domingo, 30 de noviembre de 2014

Años

Miro el mar: es grande, 
sucio y grande,
frío y grande, grande
y cuatro, ocho, dieciséis,
treinta y dos veces grande y está lleno de peces,
está vacío de todo lo que no sea agua
y seres de agua y, como a las montañas, 
que acumulan inútilmente 
su caudal de hermosura, 
también encuentro al mar repetitivo.

Puedo entrever mi propia medida: 
en el imponente universo
casi no ocupo espacio:
mi sombra y yo cabemos 
perfectamente sin estorbar en una silla, 
y mi carne y mis palabras -que no son
sino la misma cosa-
no ponen en riesgo ni restan luz
a ninguna de las estrellas individuales:
breve, fugaz, desaparezco a plazos
como las galaxias,
que nunca alumbrarán de golpe 
la eternidad entera.

El cielo salpicado de brillos
(que una pluma tapada de luz
dispersa sobre el libro infinito
de la noche) es imponente,
como se sabe, especialmente
en noches limpias como esta
donde creímos ver 
por el telescopio el ombligo
de un dios: pero el paisaje
de esta página -que no es blanca:
la blancura guarda el rastro
de todos los idiomas perdidos
y por perder-
me mira desde un pasado distante
con su pupila blanca, donde late
el primer día de un universo
finito, que siempre está por ser:

una eternidad
hecha a la medida del hombre,
esta palabra: este gesto humano
puesto sobre la naturaleza del silencio:
y los años son una medida
que el tiempo ignora, y yo soy, a secas,
ignorante de sí mismo como el tiempo.

Publicado originalmente en Vanguardia, para la campaña LEER MATA. Octubre y 2014.

lunes, 24 de noviembre de 2014

La psicología del colérico y el rendido / Minuta de conspiración


La ira (odiosa) de Aquiles, con la que da inicio la Ilíada, se vuelve incontenible frente a la pérdida del joven Patroclo, por lo que ejerce una violencia física y simbólica contra el cadáver de Héctor, príncipe de Troya, vejando su cuerpo e impidiendo los ritos sepulcrales, rompiendo así un pacto respetado incluso por los dioses. Pero en vez de procesar nuestra realidad a través del relato de la violencia, podríamos disponer de un poco más de atención para ese episodio donde Aquiles --mientras las lágrimas de un rey le escurren por las manos-- reconoce que no hay derecho más elemental que permitir que un padre entierre a su hijo. El lugar donde la furia se transforma en colaboración.

***

Me desperté pensando lo difícil que es rendirse en realidad. No se puede "no hacer" la acción de rendirse. Uno puede rendirse (Los pichiciegos de Fogwill es la épica del rendido), pero tiene que colaborar con el opresor de alguna forma u otra. No puede "rendirse" y ya, tiene que encarnar su papel de rendido. Y no creo que exista ninguna manera tan definitiva de entregar voluntariamente la voluntad que no permita al menos una brasa de resistencia.

***

Bibliografía anotada durante el café para un texto que no hice o tal vez haré:

* Primo Levi, Si esto es un hombre. Mantenerse humano a fuerza de rituales inútiles, lavarse con agua inmunda si es preciso.

* El Conde de Montecristo. Sentirse en casa en la prisión. Adoptar el discurso del amo. Escape subterráneo (Pichiciegos + los Topos que sacan a los muertos de las ruinas).

* Piglia, El último lector. Retomar artículo de Villoro sobre el gesto del Ché Guevara de corregir la errata del pizarrón de la escuela rural donde murió.

* Calasso. Rastrear el sacrificio. Acordarse del tuit de Ortuño. Señal mítica en el himno nacional, y de iguala la enseña querida. Enseña : 1) mostrar, 2) enseñar, 3) bandera.

* Martínez Rivas, La insurrección solitaria. ¿Quieren una revolución absurda? Pues eso es justo lo que (cada quien en su cabeza) va a tener.

* Jabés, El pequeño libro de la subversión... y Un extranjero con, bajo el brazo...

* Agamben. Lo del poder destituyente. Pensar el acto ético puro desde La comunidad que viene, Lacan y el Gran Otro. Se actúa sin garantías en lo real. La democracia no soluciona lo que la ética no ejerce como derecho.

* Revueltas. Los muros de agua, Sin esperanzas... La desesperanza es el único lugar donde la utopía no sólo sigue siendo imposible, sino que se vuelve, además, indispensable. (Retomar concepto de necesidad como ananké de Agamben, Las bodas de C. y A.)  

* Wajdi Mouawad. Incendies. Difundir la película. Cantar durante la tortura, como Roque Dalton. Lo de Lauri: responsabilidad ética de romper "el hilo del odio" entre las generaciones. La tragedia no es la contienda contra el dios, sino la indiferencia frente al otro (que el dios puede atestiguar o no, presidir o no, atestiguar o no, pero que en último punto es irrelevante). 

* Adonis, Concierto en Jerusalén, memorizarlo.

* Barthes, Mitologías. No existen el contribuyente, el usuario, el hombre de la calle, la tribu urbana, el colectivo, el pueblo, el contingente, el nosotros, el ustedes: todos son avatares de la lucha de clases entre la burguesía y ella misma. Actualizar: el neoliberalismo banaliza la lucha de clases procesándola como violencia. "La única clase es la esclavitud". La clase implica una moral y una estética.

* Agamben: aquello sobre la Gehenna: en el Paraíso, todos se salvan dos veces --por ellos y por su vecino que se condenó. En el Infierno, todos se condenan dos veces, por ellos y por el espacio de la hospitalidad que se debe al otro incluso en el infierno. Gnostic uppercut.

jueves, 23 de octubre de 2014

Formas de arruinar un libro

De camino a la oficina pasé por un tenderete de libros al que se podría decir que soy asiduo, de los que llaman "libros de ocasión" (como si el libro pudiera ser otra cosa que ocasional). Tomé de la sección de rebajas un volumen académico, Huida a la libertad: fugitivos y cimarrones africanos en el Caribe de Alvin O. Thompson, editado por la Unesco, Siglo XXI y la Universidad de Quintana Roo. El tema de los esclavos libertos en América, de un extremo a otro, me ha fascinado durante años (Edgar Khonde sabe por qué), así que empecé a hojear el volumen mientras el tendero se acercaba.

40 años, rubio, ojos azules, barba, un pronunciado defecto del habla. Comenzó a construir el discurso de ventas del librero oportunista, ese que --como el reseñista de libros-- habla de lo que no sabe. En general escucho o finjo escuchar, pero hoy simplemente no estaba de humor.

-No me arruine el libro, le dije.
-Dizculpe, me dijo, como quien acostumbra disculparse aunque no sepa bien por qué. Yo zolamente...

Y luego tuvo lugar un curioso diálogo. Le expliqué que, para mi entender, un libro es como un regalo, pero que no todos los regalos nos corresponden. 

-¿Usted abriría un regalo que no es suyo?

Se quedó pasmado, atornillado en su sitio, defendiéndose incómodamente tras su sonrisa.

-¿O una carta que no es para usted?
-¡No, de ninguna manera...!

Traté de explicarle sin ser excesivamente pedante que lo que a mí me gusta de hojear los libros es saber si son para mí o no, si me corresponden o no. Echar un ojo al índice, detenerse a la mitad de algún capítulo como espiando una conversación ajena, eso es lo que me gusta. 

Luego me dijo que tenía varios libros de la misma colección, lo que de hecho me pareció un dato interesante. Pudimos conversar a respecto de algo que él, en su papel de tendero, efectivamente sabía, aunque como librero dejara mucho que desear; es que el librero debe ser algo así como un psicoanalista: debe escuchar más de lo que habla, e intervenir sólo en casos extremos. Me dejó a solas con el libro y vi que sí, que efectivamente habían un par de páginas de Huida a la libertad: fugitivos y cimarrones africanos en el Caribe que efectivamente me corresponden. 

Cuando trabajaba en la hoy extinta Librería Internacional estuve muchas veces en esa posición. ¿Aventurar comentarios sobre libros que no he leído o sumarme a la pesquisa del probable lector? Pero si el librero ofrece libros como quien ofrece naranjas, el libro se vuelve mercancía, y eso me parece intolerable.

El libro tiene que seducir a su lector, tiene que convencerlo de que vale la pena comprarlo o correr el riesgo de robárselo o de hacerse de él como buenamente pueda. Si la recomendación corre a cargo de un lector, de un amigo o de un crítico cuya opinión toleramos, su comentario puede enriquecer nuestra lectura: puede servir de envoltura, dar cuerpo al misterio, servir de pista para encontrar el libro que nos corresponde. Pero si el comentario lo realiza un mercader, un reseñista o la propia editorial, nuestra lectura queda viciada de antemano, como si leyéramos con un lente ajeno. 

Si el libro no se nos presenta como un destino, probablemente estamos usurpando la lectura de alguien más. O probablemente no y simplemente --es mi caso-- prefiero los libros que me hablan a mí, que pareciera que estaban ahí, esperándome, en una cita que no sé cuándo acordé, pero a la que acudo a tiempo.

domingo, 14 de septiembre de 2014

10 apuntes sobre la metáfora

1.

En el terreno del lenguaje, la metáfora es un instrumento de medición. Introduce la sospecha de que las cosas no son aprehensibles por sí mismas, sino a través de los reflejos que dejan en otras cosas que, sin embargo, tienen el poder de decirlas.

2.

Hay cosas que sólo pueden verse desenfocando los sentidos: introduciendo la ambigüedad definitoria que particulariza la relación de la percepción con sus objetos en la medida en que cada objeto guarda relación con todos los demás.

3.

¿Qué mide, de qué es indicador la metáfora en tanto instrumento de medición? La organización de una experiencia precisa de la realidad. Su función no es revelar la misteriosa facultad de los objetos para intercambiarse y contagiarse mutuamente sus propiedades, sino que, al establecer una diferencia entre la palabra y la cosa, particulariza la experiencia.

4.

En el origen de la metáfora está la mudanza, que no es sino el olvidado arte de la metamorfosis: aquello que recuerda lo que todavía no es.

5.

La efectividad de las metáforas se basa en la cohesión de sus ingredientes cuando cada uno logra persistir en el otro --y esto es fundamental-- recalcando sus diferencias más que atenuándolas: las nubes al moverse se mueven como rebaños, no como nubes.

6.

Las metáforas sólo revelan algo con respecto a las palabras con las que entendemos el mundo. Es decir que la metáfora sólo es capaz de confesar la íntima relación de las palabras con las palabras. No es una capacidad menor.

7.

La metáfora como revelación: cubrir lo que, en el mismo movimiento, descubre. La metáfora es el casi por el que la cosa misma se presenta.

8.

La literatura es un arte metafórico porque introduce una forma particular de extranjería en el discurso, el cual tiene el poder de recombinar los discursos y reincorporarlos en una nueva política emocional. La metáfora sería el fragmento vertiginoso de sentido que hace colapsar un misterio no para revelarlo, sino para comprender que a partir de cierto punto es irrevelable.

9.

La metáfora es el emisario que nos describe de la forma de un elefante de una tierra misteriosa que nunca hemos visto y que nunca veremos.

10.

La metáfora insinúa organizaciones del sistema del universo que, por la sola presencia de la metáfora, nos parece de pronto un lugar terminado, en el sentido de que se basta a sí mismo

viernes, 12 de septiembre de 2014

Notas para un antihomenaje a Octavio Paz

Leído el 11 de septiembre del 2014 en la Casa del Poeta, en la mesa "Relecturas a la obra de Octavio Paz", convocada por María Rivera. Tuve el gusto de compartir mesa con Óscar de Pablo y Roberto Cruz Arzábal. 

Palabras preliminares: los infrarrealistas nunca secuestraron a Octavio Paz. Televisa secuestró a Octavio Paz. Eso es lo que no le perdonamos.

Más que un homenaje, un exorcismo colectivo.

Flashback: 1914 fue una camada fina, qué duda cabe, de auténticos perros del alba. La vena roja de su carne daba tunas en México y corazones imantados de diamantes en Chile. Decir sus nombres de almanaque en retahíla era como leer un índice de montañas, una cordillera de asombros: Octavio Paz y la espina enjoyada de Efraín Huerta en las escamas del metro y las paradas de autobús, Nicanor Parra al otro lado del idioma y del continente, compartiendo las altas cumbres con don José Revueltas, muerto de risa, tan grande que ya nos perdonó a todos.

Y es que sí: este año, a un siglo que se fue como un parpadeo, la poesía estuvo hasta en la sopa. Óscar y yo la comentamos durante el plantón simbólico que sostuvimos una noche frente a Televisa Chapultepec, comiendo tacos para pasar desapercibidos, teorizando como quien cuenta un chiste secreto a propósito de la realidad. No queríamos decir El laberinto de la soledad para no encontrar al mismo cansado nombre de siempre. No convocarlo por obvio, por sobrepoblado, por necesario.

Flashback aún anterior: tengo 5 años y voy en el regazo de mi madre, medio dormido, sentado en el transporte público. Ella lee un libro verde que será de los pocos libros que veré durante los siguientes años en casa, que no abriré nunca sin embargo, pero cuya portada verde no me abandonará más. El laberinto de la soledad me encontrará por todas partes.

En 2014 me prometí llevar a cabo un homenaje privado sobre todo a José Revueltas y Nicanor Parra. Ellos se ríen de sí mismos y de la realidad, porque están más vivos que nadie, tanto que todas las estatuas que han intentado hacer de ellos han quedado movidas, estatuas fuera de foco.

En mis redes sociales todo sigue como siempre: están mis amigos que saben lidiar con las instituciones y mis amigos que no desean trato alguno con ellos. Unos y otros voltean los ojos ante la inminencia de las celebraciones. ¿Será otra vez como ese año insufrible de homenajes en cuerpo presente a Carlos Fuentes? Me desentendí desde un principio. Vi pasar columnas de opinión, diálogos, mesas redondas como flyers de una banda que ya no nos gusta. Mi mujer me contó del acto protocolario aquí y allá, del fondo reservado de Televisa para los estudios pacianos y de las largas discusiones donde los méritos de don Octavio se enumeraban, y de cuya fuente honda seguían manando, en la permanencia voluntaria de los eventos.

Corte A: Participo en un slam antihomenaje a Paz durante la Feria del Libro y la Rosa en el Centro Cultural Universitario de Tlatelolco. Yo hago una parodia de su retórica que más parece un homenaje. No tengo buena memoria, pero me puedo camuflajear fácilmente en sus trucos, reproducirlos: los conozco tan bien como los míos. Un muchacho que no conozco llega y pone Piedra de sol en medio del círculo de los participantes. El pirómano en mí acaricia el encendedor que lleva en el bolsillo siempre, pensando que vamos a inmolar ritualmente el ejemplar. El muchacho se sienta sobre Piedra de sol. Tal vez gritó alguna consigna, la verdad no lo recuerdo. Luego se levantó y el evento siguió su curso.

Fast forward al presente. Estoy preparando lo que voy a platicar hoy en esta mesa. Trato de no pensar en mi intervención como si preparara un número de stand-up comedy para un roast. Él no es Charlie Sheen, es Octavio Paz. Si hubiese un Corleone, naturalmente sería él. En el laberinto nos encontramos unos a otros: escuchamos nuestros mutuos pasos por los corredores y decimos Nadie y nos acordamos del chiste. Tantos poemas que nos gustan de él, ¿y de esos quién habla? Pero ni Roberto ni yo quisimos traer a colación al susodicho cuando salimos de una cantina bajo los cielos rubensianos de San Ángel, aludiéndolo subrepticiamente como aluden los cubanos a un Fidel de adarga antigua con un gesto así, como de la barba quijotesca del ausente.

No era para tanto. Para mí que nunca fue para tanto, Paz. Con una cuarta parte, con un puñado de poemas, con la introducción de El arco y la lira hubiéramos tenido bastante. Los especialistas tendrán otras cifras, pero a cada mudanza me pregunto por qué sigo cargando con los dos tomos de la Obra Poética, y con Cuadrivio, y con Conjunciones y disyunciones, si ya hace tiempo hicimos las paces, la Paz sea con ustedes y vuestro espíritu.

Comencé a leerlo como parte de mi formación en la SOGEM de Querétaro. El programa de historia de la poesía en español abarcaba desde los zéjeles y cantigas medievales hasta Tablada, Miguel Hernández, Gonzalo Rojas y claro, Paz. Paz era algo así como el último eslabón de la historia. Luego estaban los jóvenes maestros, la generación de los 50, las vanguardias latinoamericanas que no enseñan en la escuela, sobre todo Vallejo y Huidobro y otro puñado de nombres. Decidí en algún momento, como todos, que Octavio Paz era el enemigo. Que debía leerlo porque la ignorancia me haría militar en sus filas, cantar sus alabanzas ciegamente.

Yo lo leía impunemente de un tirón, como una epopeya teórica de ese “objeto que es el producto de una práctica, no la consecuencia de un sistema”, como se lo leímos en la presentación del primer tomo de su obra poética. Son ladrillos perniciosos porque enseñan que la poesía puede ser, también ella, una retórica. Una óntica o su búsqueda, una pregunta que no se cansa, alguien que dice Nadie en una calle vacía.

Una versión de esta charla pretendía ser un top 10 de los poemas que más me gustan. Luego cambió la óptica y pensé en hacer una vivisección renacentista en la mesa de carnicería para mostrar descarnadamente al auditorio de donde tiraban los nudos flojos, el uso perpetuo del yo autoafirmativo y dialéctico, elegante inevitablemente, vulgar comparado con sus mejores momentos, pero siempre ahí. En la SOGEM uno puede aprender a imitarlo. Luego el ejercicio consistía en quitarse la maña. En dejarle para él la fórmula profética y el ferrocarril de las definiciones: dejarle las propiedades agropecuarias de toda la península de Yucatán amarradas a un nombre de mujer, desentenderse de la tradición de la ruptura que no dejó de preconizar en las antologías y revisiones históricas y posicionamiento de una modernidad posible para el pensamiento que no me interesa. Y a veces la poesía no bastaba. El joven Paz tenía que hacerse una estatua tan grande como la del abuelo. Y lo veíamos enterrarlo también, desentenderse de él, salir bajo régimen de Libertad bajo palabra. También fue ese que fuimos, el que negó su nombre tres veces antes del alba, muerto de frío como perro mestizo, sin amo. Antes, mucho antes de las condecoraciones y de los aplausos. Mucho antes de ser acuñado en las fichas oficiales de este juego de mesa absurdo que es el dinero. Antes que ser efigie escribió incluso grandes poemas que me prometí no leer en el año de los homenajes. Salamandra, por ejemplo, que ya volví a leer. Blanco, con el que me obsesioné vivamente una semana, al igual que todos, y luego traté de olvidar. Lo conseguí muchas veces. Yo rescataría lo que me rescataba entonces también. Yo lo vería como él se vio entonces, tratando de imitar impunemente a TS Eliot en un poema que se llama “Conscriptos USA”, que de repente se permite jugar a esas cosas, a pensar que Garcilaso y Góngora y Quevedo no le están contando las sílabas y cortes naturales de los endecasílabos por encima del hombro. Cursi hasta el asco en cosas como “Entre la piedra y la flor”, una poesía agropecuaria que no tiene nada que ver con vislumbres como “Estrella interior” o “Refranes”, que son juguetes de relojería hechos como quien dice groserías en secreto.

Octavio Paz también tiene unos poemas muy buenos cuando se lo lee, cuando no se lo está tratando de intelectual oficial o lujo cultural de la administración Salinas de Gortari. Octavio Paz fue mucho más que un pisapapeles de lujo, señoras y señores. Mucho más que esos especiales de televisión donde el entonces transgresor Vargas Llosa se hizo persona non grata de la república letrada que Paz construyó en torno suyo. Mucho más que esta pirámide de vidrio que El ogro filantrópico nos enseñó a identificar con el enemigo.

Él no fue siempre el enemigo, el padre a vencer de las camadas de perros mestizos que nadie reclama, el Darth Vader de los eslameros, el archienemigo de los infras, la moneda de diez pesos. Antes eras chévere. Tenías esos ensayos buenísimos sobre la India que leí una tarde en casa de una amiga. Se los pedí prestados y nunca se los devolví. La llama doble es muy bonita, pero es demasiado didáctica para mi gusto. El amor a la India está en Conjunciones y disyunciones y en un par de poemas de Ladera Este. En su alquimia sexual en el bosque de la China, en las monedas del I Ching –superstición que le leyó a John Cage y le heredó a Salvador Elizondo--, en todos sus aburridísimos poemas sobre mujeres que encuentra como si fueran islas, como si fueran continentes o laberintos o desiertos o catedrales o nubes pero no mujeres: su pensamiento no está afilado todavía respecto a ellas. Está chavo cuando hace su incursión Árbol adentro. Árbol de frutos verdes. Para mí, tendríamos con ¼ parte de los poemas y ya está. Unos pocos Hijos del limo como frutos de pantano de cursilería y ademanes que Yépez ha analizado hace poco en una columna muy conocida.

Los homenajes que hemos visto durante este año son los tributos que paga el gremio como sacrificio / barra / examen de conciencia sobre el armado de nuestra infraestructura cultural. Octavio Paz hizo posible que la literatura en nuestro país tuviera un apóstrofe dentro del presupuesto neoliberal. El modelo económico de los últimos 30 años cambió la concepción de cultura nacional de una visión proscrita, casi un entretenimiento folclórico de exportación, a la promoción de un pequeño gueto aprovechable para la exploración artística. La “media voz” de los poemas de Paz es también el tono apropiado para comportarse en un auditorio ilustrado; la de Huerta es la voz más cercana, la que apela a nuestra propia experiencia de formación para nutrir una continuidad expresiva y un arraigo a la ciudad; la voz de Revueltas, por otra parte, resulta incómoda hoy tanto como en los 70 porque es la voz del megáfono, la voz del nosotros reunido, la prosodia del discurso sobre lo real, la voz alta. Insisto en esto: más que un yo que se sobreafirma, como la de Paz, la de Revueltas es un reverbero añejo, mítico desde el presente. No existe un patronato para escritores que deseen ser herederos de Revueltas porque México no quiere más Revueltas: México quiere Paz, y está dispuesto a pagar por ello.

Yo me quedaría con El arco y la lira, el primer manual de poética que leí. Confiesa su tradición, pero conectando tantas otras. Tiene ese poder de los libros habitados por sus lectores a los que uno vuelve siempre con provecho, o a los que se remite para recordarse cosas fundamentales acerca de su propia visión de mundo. Yo pienso por ejemplo que ahí aprendí que se podían pensar cosas como la revelación poética, y a través de la historia de estas revelaciones, ir avizorando el hilo de Ariadna que siguen todas las sombras de la literatura de varias tradiciones, incluso las incompatibles entre sí: cadena de ruptura que se le deshizo del cuello a Carmen en la gran pista de baile del siglo XX.

Palabras clave: la otra orilla, los signos en rotación. Todo estaba ahí, en El arco y la lira, desde el principio. A ratos me parece incluso mucho más bello que libros-escalera como Vuelta o Blanco, con más vocación de tránsito que de retórica. No es un libro de puro name dropping, de pasar revista a las lecturas, sino de conectar las tradiciones novohispana, española de los siglos de oro y modernistas latinoamericanos con el romanticismo francés, con la mitología griega y de la India, además del primer acercamiento que muchos tuvimos con la poesía japonesa. Sobre todo te enseña que la poesía no sólo es algo que se puede pensar, sino que es una forma de pensamiento en sí misma, en una tradición entrañable para mí que es la de María Zambrano y José Lezama Lima.

Si me propusiera encontrarle algún mérito definitivo como poeta a Octavio Paz, tendría que decir: el de que fue un gran lector, y se comportó siempre como uno. Que la efigie se grabe en las monedas, que la estética oficial siga anquilosando la ética, que las instituciones literarias sigan siendo pródigas en prodigios de relumbrón. Yo tengo poco más que decir sobre el tío rico de la Gran Familia Literaria. Yo me acercaré de vez en cuando para recordar algo que escribió sobre Mallarmé, sobre Juan Ramón Jiménez o sobre Novalis. Me acercaré a El arco y la lira cuando quiera acordarme que poetizar no es lo mismo que escribir, como vengo haciendo desde hace mucho. Como la Biblia, la obra poética de Paz no debe leerse demasiado literalmente. Le falta humor, por ejemplo, y la realidad está para morirse de risa o de pena. Incluso su carcajada es demasiado grácil, invita poco a seguir la broma.


Recuerdo que en el homenaje a Fuentes, una joven gloria de la poesía mexicana se sentó en la butaca frente a mí. Lo conocía entonces de una clase que tomé con él y le pregunté “¿no te parece un poco monumental todo esto, demasiada vocación de tótem?” Y él me dijo: yo aplaudo. Ellos abrieron brecha. Paz y Fuentes, sobre todo. Juan Rulfo es la tercia. Yo aplaudo, como diciendo el que no aplaude no figura en la foto. Y esa es la cosa, que hay muchas formas de “encarnar el verbo en la vida”, y eso también lo aprendimos en Paz. Leer bien a Paz es aprender a no aplaudir también. A no aplaudir de todo. A no ser un gremio de focas, ni a cultivar el gusto por el gesto. Sobre todo: leer a Paz es reclamarlo para los lectores, deslumbrados y con el cuello torcido por el esfuerzo de encontrarle la punta a una pirámide tan alta. Mucha luz, mucha luz, dicen que le gritaba Papasquiaro, otro monumento reciente. Lo dijo Charles Tomlinson en un poema traducido por Paz, que empieza así: “Después que me haya ido,/ dijo el viejo cacique,/ si me necesitan, me llaman./ Y se echó a lo largo, vuelto piedra”, y termina recapitulando, “Si me necesitan, me llaman./ Su singularidad domina al llano/ y a su imagen le pedimos ayuda: / Así los hombres hacen montes.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Instrucciones para masturbarse en público: la flexión Literal

Publicado originalmente en el número 7 de la revista Avispero, de Oaxaca, y lleva una dedicatoria secreta para Los amigos de César Aira. Bonus track: una entrevista con Germán García.

Si el poema es la crítica del idioma desde el interior del idioma, la flexión literal, el dispositivo formal que ordena la escritura de la revista argentina (y sólo aparentemente anónima) Literal podría leerse como la poética de una subjetividad plenamente responsable de lo que se propone al pactar con un texto, al menos en su contingencia histórica, pues las olas que dejó Narciso bailando sobre el agua no se han disipado.
La militancia contra el realismo, sin embargo, no lleva a los miembros de Literal a rechazar toda la producción literaria de la Argentina, y se reconocen en deuda frente a Macedonio, frente a Girondo, frente a Borges, en ese orden, y frente a unos pocos argentinos más encabezados por Witold Gombrowicz (de quien tradujeron Ferdydurke, también, colectivamente). Argentinos por nacimiento o accidente, como ellos mismos, muestran la sombra de su pasaporte perdido, el poema:
Hay que cuidar la relación del doble con
el cuerpo.
Tantos, por perder el doble,
sin nada se quedaron, como la intención
de decir, o con esa intención. [...]
Sin desesperaciones por el gasto,
hasta cuidar incluso el gesto:
el terror nace, pare cuando se pega un salto violento
hacia atrás y él, doble, no está
(¡oh, te quiero ver!).[1]
El pacto en Literal será, pues, con el texto y desde el texto, más allá de la nacionalidad. La palabra, dicen, pacta en el texto de dos maneras: el pacto literario, tradicional, donde un autor firma sus textos y los renglones cortados en versos son, sin más, poemas; y el pacto o flexión literal, la que nos ocupa, donde el texto existe en la medida en que el autor se ha retirado y el texto puede hablar por sí mismo, para defenderse o hundirse. Desaparición del nombre del autor como condición de posibilidad del inconsciente del texto.
Borrar el nombre del autor de un texto es borrar el nombre propio del paredón de la historia, es desautorizar su reproducción en el comercio de los prestigios y los cuerpos. Coro griego, los culpables de la gozosa hybris fueron, entre otros, German García (aka Leopoldo Fernández), Osvaldo Lamborghini, Guzmán y Lorenzo Quinteros, Jorge Quiroga, Ricardo Zelarrayán, Josefina Ludmer y otros colaboradores como Tamara Kamenszain, Martín Micharvegas, Eduardo Russo (¿el Russo que aparece disfrazado de sí mismo en La ciudad ausente de Ricardo Piglia?) y María Moreno, entre otros y otras que cedieron la autoría en favor de una comunalidad desapropiada.
Decir que Literal se trató meramente de una apuesta de creación y crítica colectiva, sería mezquino; decir que fue una vanguardia, sería traicionar la sutil ironía que los conduce. Porque si el lenguaje en Literalpuede parecer abigarrado, vago, disperso o demasiado abstracto, es porque el lector sigue buscando una estructura de significación que le restablezca la paz de los sentidos familiares. Al pan, pan, dicen. A la vanguardia, eso mismo. No hay afuera del texto, dice Derrida, desde dentro. A imagen del gesto deconstructivista y semejanza de la supresión colectiva del nombre de los colaboradores en Stilicet —dirigida, qué remedio, por Jacques Lacan—, Literal desconoció la frontera convencional de los géneros literarios, y durante sus cuatro años de vida y tres números, del año 73 al 77 del siglo xx, encontró, entre otras cosas, el hueco fundante de la argentinidad en la literalización / escenificación y puesta en marcha de la obsesión literaria por el doble, es decir, por la cosa y su sombra, haciendo responsable al lenguaje —y al lector— de su significación.

Los argentinos estamos acostumbrados, hemos leído a nuestros escritores con verdadera pasión, hemos llegado a buscar en ellos los signos distintivos de la argentinidad. Nada. (…) Cada uno de ellos era el doble de algún otro.[2]

¿Hemos dicho argentinidad? ¿No habíamos acordado dejarla fuera? He ahí otra abstracción engorrosa: la nacionalidad, que interesa no al lenguaje sino al poder, el cual asegura así la reproducción de una de las estructuras necesarias para sostener la suprema ficción del Estado. El lenguaje crea la realidad del poder; es ese poder precisamente lo que se pone en duda al hacer que la escritura re-flexione sobre sí misma, se piense otra, extranjera en todas partes; riesgo: vértigo de Narciso, enamorado de sí mismo y de su sombra. Evitar el riesgo, sin embargo, es perpetuar el lenguaje del poder, dejarlo intacto, Argentino Daneri masturbando su efigie; así, travestida la voz en coro, pactarán que la literatura es posible porque larealidad es imposible (p. 23).
Si el tema de los años posteriores a la dictadura será el exilio, Literal en su anonimato preconiza el silencio de los desaparecidos y los presos políticos al extraviar la lista de los insurgentes. Toda revista literaria, a su modo, es una conspiración. O una orgía. “Lo que nos unía era una actitud que negaba la ideologías del boom, el populismo/ realismo que nos parecía que debíamos evitar porque, entre otras cosas, nos aburrían desmedidamente”, ha dicho Jorge Quiroga[3] sobre los avatares reales del colectivo autor anónimo.
No podemos olvidar que a principios de los 70 la literatura y el pensamiento fueron campos de batalla de la ideología, y muchas veces sus rehenes. Recordemos el realismos socialista; temblemos de horror. Si la ideología informa, entonces como ahora en tanto lenguaje, a la realidad, una literatura que se pregunta por sus propias condiciones de posibilidad constituye un gesto de ruptura en la forma de un metalenguaje incapaz de tratar al lenguaje del poder sino desde una profunda y bien fundada sospecha. El nombre que se desdibuja, pero no desaparece literalmente, es Cortázar.
La clave de muchos textos (o del gran texto publicado en los tres números de la revista) reside en que el lector se mueva con cierta soltura por la jerga psicoanalítica, por la lingüística de Coseriu, por los chismes de los semiólogos de moda a finales de los 60 y por la lectura de los escritores de la generación del 68 francés, jurando tres veces antes del alba no haber oído sino de pasada el nombre de Jean-Paul Sartre. Cada texto exige su propio pacto de lectura; cada texto construye a su lector. Teoría de la realidad desde el poema; poema despierto, pensando. Aquí nuevamente la sombra de Borges: asumir que el lector siempre sabe más que nosotros. Tal vez la muerte del referente que pretendían en sus páginas no fue llevado a su extremo conceptual (¿cómo se leería un texto así, podría leerse del todo?), en tanto que el metarreferente teórico moviliza el código de significación sin cancelarlo. En el fondo de todo esto huele a panadería. Malabar de saberes, vértigo de los lenguajes especializados que se erotizan, teórico tocarse. O tal vez su juego es otro: el género literario en Literal opera como parodia o recurso de sí mismo, o para evidenciar la coartada fundamental de la escenificación en la página de esas prosas cortadas, coartadas en verso, que sólo por convención cuántas veces llamamos poemas. El objetivo de Literal, leído como poema y como acto terrorista, si no hay más remedio que destilarlo, sería oponer a la retórica de la literatura la flexión de una palabra puesta contra sí misma: sabotaje del espejo.
La “condescendencia” e “ininteligibilidad” que algunos críticos señalaron en el proyecto con nombres, entre otros, de “masturbación intelectual” (ya nos ocuparemos de esos roces en un momento), es la ineptitud, el pasivo acatamiento que ellos mismos exigen de sus lectores.  ¡Asumen que la realidad puede meterse en un texto sin pérdida! En el mercado llevarán la palabra pan, metido en la palabra bolsa. Acostumbrados a ver el texto como mordaza, les extraña que el texto dude, y de que su autor no conozca de él todas las respuestas.
La flexión literal es una operación tan simple que incluso un paisano como Sancho Panza puede aplicarla sin un doctorado en teoría crítica. Así, cuando Sancho ironiza, es decir, asume literalmente las expresiones figuradas, afectadas, metafóricas, en suma, literarias, de don Quijote, está cuestionando la autoridad de su discurso, mientras Quijote cree que lo que se cuestiona es su autoridad.
Si don Quijote dice:
—Eso haré yo… de muy buen grado y de mejor talante…Sancho devuelve un reflejo distorsionado, una (re)flexión literal:Eso no haré yo… ni de malo ni de buen talante, en ninguna manera…[4]
“Yo mismo soy literatura. Soy mis historias”, decía Kafka, ese Quijote. Borges, otro para quien la literatura no es un switch que se apaga cuando uno pretende “hablar normalmente”, afirma que una de las “obras visibles” de la fácilmente enumerable obra de Pierre Menard consistía en:
una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje común, sino ‘objetos ideales creados por una convención y esencialmente destinados a las necesidades poéticas’. (“Pierre Menard, autor del Quijote.”)
Esa promesa de obra ausente anima a-la-así-llamada generación Literal a literalizar la literatura, colocándolos como alumnos de Pierre Menard y de Monsieur Teste, no de Jorge Luis Borges ni de Paul Valéry. Si la crítica y la teoría literaria, para pensar su objeto de estudio, deben echar mano de los lenguajes especializados de otras disciplinas, una improbable ciencia de la literatura (uno de cuyos exponentes posibles es Literal) se tomaría a sí misma como objeto y sujeto. A la crítica como ordalía, presentarle la mano abierta, dispuesta a la quemadura: el vacío de la mano desarmada: mano del masturbador, juego de manos entre la realidad y su sospecha:
 Hablando de cualquier cosa decimos la realidad, porque cuando hablamos sobre la realidad decimos otra cosa. No hay nada más determinante y vacío que la forma que nos atrae en un objeto erótico; toda represión formal muestra que esta atracción misteriosa resulta bastante insoportable. ‘Masturbación (intelectual)’, se dice —como si alguien pudiese masturbarse por lo que tiene la realidad, en vez de hacerlo por lo que en realidad le falta. (…) El periodista que cambia un sueldo por palabras que remiten a una realidad reconocida por otros, pareciera no haberse masturbado nunca. (pp.23-4.)


[1] Osvaldo Lamborghini, Poemas 1960-1985, Buenos Aires, Sudamericana, 2004. Lamborghini fue el único poeta del grupo, si entendemos “versificador” donde se lee “poeta”, puesto que considero que la intervención gremial sobre el lenguaje que la revista propone los agrupa precisamente por la cercanía y convivencia de sus apuestas sobre y desde el discurso.
[2] Literal 1973-1977, comp. Héctor Libertella, Buenos Aires, Santiago Arcos editor, 2002. p. 26. Las citas dentro de este artículo donde se consigne la página provienen de esta edición, a menos que se indique lo contrario. Su autor no será nombrado, pues es parte del juego, aunque la cita anterior fue escrita por el señor que responde al nombre de Germán García y que bajo ninguna circunstancia debemos confundir con El Autor.
[3] “Los ’70 lado B”, Jorge Quiroga, Página /12, 5 de junio de 2011. Versión electrónica: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4297-2011-06-05.html
[4] Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: edición conmemorativa del IV centenario. RAE, Madrid, 2004. p. 855.