viernes, 2 de abril de 2010

Apología y diatriba del vicio, de Rafael Courtoisie



El principio del placer es una de las ruedas sobre las que se mueve el mundo. El principio del dolor es la otra rueda. Son ruedas anchas, delgadas, de rayos dorados como los de una cuadriga de la antigua Roma Imperial. Sobre la cuadriga el conductor, el hombre y un extraño s´quito de figuras sólo remotamente antropomórfas: los vicios. Los vicios se mueven y hacen equilibrio entre el placer y el dolor. Empiezan por el placer, del lado de la rueda del placer y luego, usualmente, van desplazándose hacia el lado del dolor. El desplazamiento suele ser inevitable y entonces el carro, la cuadriga de la antigua Roma del Imperio se desequilibra: del lado del dolor están los traficantes, cavernas o guaridas de microbios. El lado del placer, por supuesto, es luminoso.
Fedor Dostoiewski, el célebre autor ruso que pasó noches de insomnio haciendo avanzar por sus páginas las tribulaciones de su famoso y culpable Rodia, estaba desde el mismo día de su concepción atraído inevitablemente por una de las sirenas mitológicas que habitan la isla del vicio: la locura. Fedor nació en un manicomio de la Rusia zarista, pues su padre era médico siquiatra y dispuso que su familia viviera allí. El primer berrido del joven Fedor se confundió con los desgarradores gritos de los orates que deambulaban y se babeaban en los sórdidos y largos pasillos de aquella mansión de locura.
Muchos años después, Dostoiewski, tratando de exorcizar por la escritura el terrible vicio del juego, intentando pagar deudas contraídas por su compulsión a apostar en la ruleta, se comprometió con un editor inescrupuloso a entregar una novela en tiempo récord. No podía escribir con la velocidad necesaria, por lo que contrató una tipógrafa para que le tomara dictado.
Pronto el proyecto de novela se convertiría en El jugador (cuya acción transcurre en la imaginaria ciudad de "Ruletenburg") y su secretaria se transformaría en la nueva, diligente y abnegada esposa del novelista. En este caso el vicio del juego le permitió al escritor ruso una formidable revancha. Pero lo usual es que no suceda así. Basta recordar las crisis abismales que terminaron con la vida de Kurt Cobain. La droga, como el crimen, es un vicio que termina pasando la cuenta, cobrándose el capital de la vida con intereses de usura.
Los animales no tienen vicios: ¿Alguien vio alguna vez una foca fumando? Ni las focas, ni los peces, ni los caballos, ni cualquier otra criatura del reino animal o vegetal fuman. Menos pudieran hacerlo las pobres e inertes piedras, súbditos humildes del reino mineral. Entre los organismos menos complejos de la escala zoológica sólo fuman algunas especies de batracios, algunos sapos de clima subtropical, pero hacen ese ejercicio de vicio de manera tan torpe que inhalan humo hasta hinchar totalmente la babosa submaxilar y revientan casi enseguida. Pobres sapos.
El vicio es humano, intrínsecamente humano, y es hermano de sangre de la virtud. Y la virtud tal vez no sea otra cosa que el vicio empecinado de los hombres honestos.
Rafael Courtoisie, Poesía y caracol, Biblioteca Sibila/ Fundación BBVA. Sevilla, 2008. pp. 42-3.
Imagen.

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