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viernes, 23 de diciembre de 2011

20 tesis contra la Iglesia y una oración desesperada

A manera de exordio

Este ejercicio comenzó hace algunos meses: Kin Navarro, buen amigo de la facultad, me pidió un ensayo "en contra" de la Iglesia Católica, el cuál sería publicado a la par de un ensayo suyo, escrito "a favor". El punto sería propiciar una especie de discusión a ciegas o un ejercicio retórico. Confieso que mi primera reacción fue el querer construir el alegato a favor de la Iglesia --for the lulz, claro, pero también porque para identificar a un "enemigo" lo mejor es conocerle de cerca. Sin embargo, aunque pudiera parecer sencillo hacer leña del árbol caído, argumentar contra uno de los poderes dominadores de Occidente, el cuál atraviesa una crisis de credibilidad acaso irreparable, se me presentó como un ejercicio en realidad difícil. Resonaba en mi cabeza Juan 8: "el que se halle libre de pecado que arroje la primera piedra." Consciente de mis (in)capacidades y acaso condicionado por el Super ego, decidí enviar a Kin este texto (una de cuyas versiones aparecerá próximamente en la revista Síncope), más como una invitación al pensamiento lúdico que como un desarrollo acabado de argumentos. Sirva este exordio perorático más como agradecimiento a Kin por el ejercicio que como verdadera justificación --se sabe que los textos buenos, si son tales, no requieren introducciones tan largas--; pero también para que el improbable lector ubique el sentido de los giros que apelan a un alegato que no está, el ensayo a favor de la Iglesia que sería publicado junto a este, en contra. Fin del miserere.

"No puedo resolver esta cuestión. Si todos deben sufrir para ayudar con su sufrimiento a la armonía eterna, ¿qué papel desempeñan los niños? No se comprende por qué deben sufrir ellos también en nombre de la armonía".
Dostoievski, Los hermanos Karamazov

1. He comenzado varias veces este ensayo y no me decido por ninguna versión. He intentado abordajes desde la epistemología y la ética sobre todo, espacios donde, creo, una forma de pensamiento laico puede dialogar en el terreno del pensamiento religioso. Pero el pensamiento religioso, para entenderse, requiere una inversión irrecuperable: la de la fe, donde toda discusión será simplemente una forma de acuerdo -no digamos tan pronto “complicidad”, pero por lo menos, sospecha. Inversión que será netamente pérdida; en el terreno de la lógica y la duda se entiende. 

El que no duda, puede sencillamente creer. Pero el ensayo, si es realmente ensayo, es una escritura en desbandada, un mapa lleno de correcciones, pero mapa al fin; y toda escritura, si es escritura, será la documentación de un proceso específico de pensamiento. No otra cosa me propongo. El territorio de lo que necesito escribir para esta colaboración está, pues, cifrado en hallar los males de la iglesia católica; pero aunque de primera vista pudieran parecer tan evidentes, ¿dónde encontrarlos? Y de encontrarlos, ¿los azuzaremos? ¿Es que debemos pensar la relación entre el mal y la divinidad (el irresoluble problema de la teodicea ya en ámbitos interminables del pensamiento religioso) o pensaremos simplemente en la tensión entre una moral laica y una moral católica, apostólica y romana (que no es, claro, ni católica [una fuente, entre otras, de la interpretación de Biblia], ni apostólica [pues el apostolado como jerarquización del estamento institucional responsabiliza a un hombre {el Papa}, falible, del destino de muchos, sin que este se enfrente nunca, ay, a sus nefandas consecuencias], ni romana [pues el Estado Vaticano, a pesar de su cercanía geográfica con Roma, es solamente el avatar simbólico {económico, político y turístico, sobre todo} de una estamentación anacrónica que reiteradamente ha demostrado la superación de su vigencia para dar consuelo fuera de la resignación, es decir, de la moral de los vencidos], pero que pervive como resto de sí misma), expresamente para condenarla?  ¿Condenarla, sí, como nos enseñaron en el catecismo? Quis qustodiet ipsos custodes

No, no condenaremos: condenar, es decir, separar el trigo de la cizaña es precisamente acceder a la pulsión interiorizada de afirmarnos frente a lo otro en términos coloniales, una estrategia plenamente católica. Intentemos, si acaso, pensar algunos aspectos de la religión organizada; vayamos más allá de sus supuestos organizacionales. Mostremos, pues, que si el hombre necesita fe, bien puede capacitársele para elegir (acaso crear) la fe que necesite y responsabilizarse por ella.

2. Cuando él la conoció ella le dijo que era casada. Más de 10 años ya. Se dio por enterado, amarrando los perros del deseo para que no la mordieran. Se terminaron soltando, los cabrones. Según Deuteronomio 22, los hombres de su casa deberían apedrearla por adúltera; según Juan 8, el que esté libre de pecado debería comenzar el apedreo. El problema es que, al final, cada hombre de su casa, al enterarse (y si fuera creyente, piensa, él rezaría para que nunca se enteraran, aunque secretamente, hombre libre pero condenado voluntariamente a ella, lo desea), deberá afrontar el peso de la decisión y el contexto de la interpretación de ambas zonas de la ley. Por eso es ateo, porque no le gusta generar consenso cuando se trata de hermosas.

3. ¿Pero será él, seré yo realmente ateo? Ha sido un debate constante en mi generación: creemos en algo, pero no queremos que nos digan en qué creer. Recuerdo por ejemplo una Semana Santa cuando mi abuela vino a casa. Ella y mis padres iban a misa todos los días, y yo me quedaba en casa leyendo y sin bañarme (hay cosas que en la vida no cambian). Ese Sabadodeglória, Abuela me preguntó si yo no creía Dios o en caso de creer, en qué creía. Le dije que creía en algo divino, pero que no creía en la liturgia católica, y para el caso, en ningún tipo de religión organizada. Entonces tenía ella unos 70 años. Mucha de la poesía que escuché de niño venía de sus letanías y cantos; estoy seguro que tiene mejor memoria bíblica que yo. Sólo dijo “bueno, mientras creas en algo está bien. Todos los dioses son el mismo dios.” Si la frase me la hubiera dicho alguien de mi edad, su eficacia retórica hubiera sido la misma; pero viniendo de una mujer que de uno u otro modo había dedicado buena parte de su vida a la iglesia, la frase me llegó con la inercia de una verdad imparable. Me sentí validado de pronto en una posición agnóstica (existe un principio organizador, pero no nos es dado conocerlo, a lo más suponerlo o inventarlo) por una interlocutora confiable.

4. Tengo para mí que hay un dios secreto en cada cosa.

5. Tendría que decir por qué la iglesia es mala, es la parte del ensayo que tengo que entregar, me digo. Es mala porque nos hace sentir culpables. No puedo creer que exista un pecado original; y si existe, equipara a nacer con un pecado. Y hacer un pecado lo que se dice original, en el sentido tan austero de “nuevo”, de novedoso, es realmente tan difícil...

6. Creer en el pecado es crearlo. Como un diagnóstico, el enfermo sólo sabe que lo está si alguien le inocula el nombre de su enfermedad.

7. Crear es siempre creer, pero creer no es necesariamente crear. Hay realidades que la Iglesia no nombra pues de este modo cree suprimirlas. Conclave: poner bajo llave, bajo complicidad, el acuerdo siniestro sobre lo real de lo real.

8. Nietszche mató a Dios; Dios mató a Nietszche, pero primero lo volvió loco. Bien podríamos traer a la esposa de Job durante la locura de Friedrich para hacerle eco de su “maldice a dios y muérete.” ¿Esa imagen va en contra de dios o de la Iglesia? No importa: Nietszche también dijo, tal vez parafraseando a Juvenal, que el que desea cazar monstruos debe cuidarse de no convertirse en uno. ¿Condenaremos pues a la Iglesia o al creyente? ¿Al indio o al que lo hace compadre? ¿Condenaremos?

9. Todo hombre es responsable de todos los demás hombres, ha dicho Sartre. Si continuamos un poco por esa línea, no será difícil ver que todo hombre dentro de una fe es responsable por la pervivencia de esa fe, es decir, es responsable de esa fe a través de los otros hombres. Si el dios católico o cristiano (tomato/tomatoe) ama individualmente a cada hombre, ¿podrá hacerse responsable cada hombre de la barbarie y la atrocidad de dos mil años de Cristianismo? ¿Puede un hombre del xxi dar cuenta de las Cruzadas, de la Inquisición, de los procesos de Evangelización brutal con fines de explotación en América, Asia y África? ¿De los contagios de enfermedades venéreas en países no desarrollados porque los misioneros no ofrecen educación sexual? ¿De los violadores de niños que son sistemáticamente protegidos por Benedicto XVI a través de una sutileza legal, a saber, que en tanto crímenes de apóstoles han de ser juzgados primero en la ley católica antes que en la ley del estado, que es donde sus crímenes impactan el tejido social? La culpa sin duda es otra estrategia ideológica sumamente efectiva: claro, todo católico asume estas culpas, ahí está la treta. Ese es el verdadero pecado original, el de los oídos sordos, el de la complicidad silenciosa, o si se prefiere en términos más formales, el de la falta de problematización de la propia fe. Por eso es siniestra la fe: te dará lo que necesitas a condición de hacer mutis frente a todo lo demás.

10. Para quitarme el absurdo temor a los muertos, mi madre me inculcó el miedo a los hombres. Para matar en mí el miedo a los hombres, aprendí arduamente el temor a los dioses. Para matar la sombra que en mí dejaron los dioses, escribo. ¿Pero quién me quita el miedo a la mirada furiosa que sale de mi caligrafía -tigres silenciosos- desde el fondo de la página?

11. Dejé de ir a misa cuando me enteré que no estaba bien visto levantar la mano y pedir la palabra.

12. Condemnare: de damnare, dañar o retirar crédito. Su acepción es netamente de origen financiero y administrativo. La condena eterna es en ese contexto el seguir pagando una deuda que nunca puede saldarse. El origen de la división paraíso-infierno, bien-mal, es el desarrollo de una ideología de transacción: el creyente se obliga a contraer esa deuda y, lo que es más perverso, a aceptar de antemano que nunca podrá pagarla. El daño al ego de Dios cometido, según la teología, en el viejo jardín, es, por tanto, irreparable.

13. M. se fue, entre otras cosas, porque no quise casarme con ella. Me parecía ridículo, le dije. Fue cuestión de principios el no acceder a persignarme, a ver al sacerdote como si estuviera de acuerdo, a responsabilizarme de esa complicidad. Casémonos en todas las religiones, me dijo, si eso te hace sentir mejor. Me negué. Creí que el amor no necesitaba legitimarse, y es cierto; ella tampoco cree que el amor se legitime, pero que puede compartirse ritualmente con la gente que es importante. No me atreví a hacerme responsable de mi amor por ella frente al mundo. Si de algo debo arrepentirme, es de eso. El pecado original me parece menor comparado al pecado contra uno mismo: el miedo.

14. Hecho: más del 90% de la población estadunidense cree que existe un dios y que ese dios los ama a cada uno individualmente [Harold Bloom: The American Religion]. El problema, supongo, es que cada uno quiere para sí el dios de los demás. Se sabe que desde hace tiempo el dios cristiano tiene el comportamiento de la propiedad privada.

15. Breve apunte hermenéutico: Jerome Rothenberg dice que el lector de la Torá en la tradición judía es un “testigo de los sentidos de un texto privado de vocales.” En términos de la performatividad del rito, la Iglesia no es sino el órgano regulador de la correcta interpretación del rito. Pero el rito, a fuerza de repetirse, cambia: el rito está tan vivo como el hombre. No es sólo el misterio de la transustanciación (el que en cada misa el cuerpo y sangre del Cristo encarne en el pan y el vino), y para pronto, lo que ocurre en el catolicismo tiene muy poco que ver con el rito. Kafka cuenta (perdónese el resumen atroz) la historia de una ofrenda que cierto pueblo hace a sus dioses en determinada fecha. El problema es que los jaguares siempre llegan a devorar las ofrendas. La solución es integrar a los jaguares en el rito. 

El rito, ante todo, es narrativa: construcción a partir de una legítima necesidad humana --esto es, necesidad que no emerge de la conciencia divina-- de sentido. La física teórica también avanza por tanteo, por prueba y error. Lo sagrado permanece latente y efectivo a pesar de que el rito cambie: necesitamos construir sentido. El problema es que rindamos nuestra propia capacidad para generar estos sentidos a un órgano censor que genera sentidos a su conveniencia. En este cariz, la Universidad es tan siniestra como la Iglesia. Etcétera.

16. Llamo milagro a la coincidencia del deseo y el azar. Si en el dios católico el azar no existe, entonces todo es milagro; el problema es que el deseo queda vacante. Se es católico a condición de rendir el deseo, operación mística. Si todos fuésemos santos, no necesitaríamos a dios.

17. Como condición social, la existencia de la ley. No importa qué ley. ¿La ley existe para regular comportamientos o los comportamientos se limitan a lo que la ley les permite? ¿Si la constitución mexicana pronta a cumplir su primer centenario ya se siente anacrónica, cuánto no lo serán los libros de Deuteronomio, Levitico o Hechos? Para consuelo de los fanáticos, aún más viejas son el Código de Ur-Nammu, el Poema de Gilgamesh y las Instrucciones de Shuruppak. Cuando Código de Hamurabi se talló, aquellas eran ya leyes e historias antiguas incluso para los contemporáneos del rey Uruk, 2600 años antes de Cristo.

18. Ejercicio:

a) Llegar a una población pre-letrada de la selva amazónica con una edición decente de La muerte de Superman (Superman Vol. 2 #75).

b) Realizar en el seno de esta población algunos milagros (en grabaciones de antropólogos recientes pueden verse hombres de esta zona asombrados por un encendedor, por una pluma, por los anteojos del camarógrafo; no se crea la imagen del buen salvaje: es lo mismo que ocurre con un occidental enceguecido al pasar por el barrio luminiscente de Akihabara en Tokyo, la misma perplejidad obnubilada, la misma secreta repulsión.) Procurarles la embriaguez; curar algunos enfermos; enfrentarlos a la visión terrorífica de los helicópteros. Eso deberá bastar.

c) Construir una narrativa donde tales capacidades curativas y de tecnología vengan dadas a los que las realizan gracias a la enseñanza de Clark Kent, un hombre de un lejano pueblo, concebido en circunstancias misteriosas lejos de nuestro mundo, que salva a este mundo donde él siempre fue extranjero investido en su faceta de Superman; donde muere en circunstancias atroces peleando contra la encarnación del mal, Doomsday, toda vez que, al dar su vida por nosotros, nos deja su enseñanza.  

d) Desarróllese una mitología alrededor de la misericordia: la persona tripartita de Superman (Clark Kent, Kal-El y Superman) podrían destruirnos, pero no lo hacen. Sobre este mito fundar las bases de la explotación sutil del crédulo por parte de los portadores del cómic, representantes de la divina “S”. Hacer memorabilia según las posibilidades. Festejar fiestas, fundar un apostolado (Batman podría ser buen candidato para Pedro.)

e) Como Superman salió de entre los muertos, así también los que crean en él tendrán vida (y visión de rayos X) y morarán en el Reino como ha sido escrito en The Reign of Superman (Action Comics #687) por los siglos de los siglos.

f) ¿La veracidad de la historia? Está escrita y dibujada. ¿Qué más pruebas necesitamos? Ajusticiar a los disidentes, a los que traigan propaganda de Marvel y otras creencias nefastas.

19. Un pequeño apunte a favor de excepciones benéficas dadas en el seno de la Iglesia Católica: San Juan de la Cruz, místico agnóstico; Santa Teresa, poeta del erotismo salvaje; Maimónides, místico de la lógica; San Agustín, teólogo de la provocación; Thomas More, que puso la sociedad perfecta en su lugar; Fray Bernardino de Sahagún, a quien le debemos los vestigios de la (pagana) religión azteca; el financiamiento del Renacimiento europeo; Johannes Sebastian Bach a quien Dios, según Cioran, debe su existencia; Mendel, el padre de la genética, que posibilitará los clones y los zombis; la música gospel; dos o tres navidades en la vida y Buck Mulligan, porque debería existir y tomar el papel del edulcorado Santa Claus.

20. Dado el caso que Dios exista y que de existir tenga un plan; y que de tener un plan, este contemple nuestras azarosas decisiones individuales en un sistema previamente autorizado, medido y contemplado; y que de contemplar estas decisiones, pueda variar el curso de nuestra vida, es decir, que nuestras decisiones formen parte del plan divino pero que Dios nos haga creer que este plan cambia en función de nuestras necesidades; y, que de acceder a los caprichos humanos, aún y todo, nos pidiera creer en Él, con todo esto, me niego a creer en un Dios que acceda a conceder tales deseos; en un Dios del ego y la vanidad humana puesto en el lugar de la responsabilidad individual de un hombre frente a sus semejantes; en un Dios que, en suma, tenga todos los defectos del hombre sin tener ninguna de sus virtudes. 

Dios, en tanto que está construido como sujeto a imagen y semejanza del hombre, es el ideal perverso del hombre: el que vive y reina en la total impunidad, el que no conoce el perdón (YHWH del Viejo Testamento) o el que ofrece redención a través de la militancia y la propaganda (Evangelios), el que no debe responder a nadie por sus actos y el que tiene la potestad de la decisión -no de la justicia. La Iglesia: el órgano que a través de la sumisión voluntaria allana el camino de la explotación; institución administrativa de la credulidad, la ignorancia y la existencia de un otro mundo paradisiaco o infernal a condición del secuestro de este mundo. Todo infierno y todo paraíso se suceden, aquí, ahora, en la pura percepción que nos hacemos de nuestra propia "realidad" (la cuál, según Nabokov, siempre debe escribirse entre comillas).

CODA (o “A manera de oración desesperada”): Creo, por otro lado, en lo sagrado de todas las cosas, especialmente de las creaciones humanas. La verdadera tragedia del hombre es no ser dios. Tristeza que si no borra, en algo ayuda a soportar el arte. Eso merecería, espero, otro lugar para desarrollarse.

Creo en ti. Eres mi paraíso y mi infierno. Eres mi otra, la que me prometieron en el viejo, improbable jardín.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Jurar sobre la tumba de un caballo muerto

Uno de mis primeros empleos fue haciendo corrección de estilo para un periódico fundado y cerrado poco después por cierto político de provincias para impulsar su fallida candidatura. Lo mejor que me pasó ahí fue obtener un cheque de liquidación, con el cuál hice un pequeño viaje. Esa noche me informé sobre cómo llegar a Real de Catorce y a la mañana siguiente, al amanecer, me fui.


De Real no me atraían las drogas (el único peyote que vi durante mis días en el pueblo estaba como adorno dentrto de una maceta, en una pequeña tienda de baratijas). Me atraía el desierto, la experiencia del desierto. Era el 2005, tenía 20 años y estaba atorado con la redacción de mi segundo cuaderno de poemas. Por alguna razón pensé que en el desierto podría dedicarme a escribir durante un par de semanas, así que M. me llevó a la terminal de autobuses, de donde salí en un camión hacia San Luis Potosí, de ahí a Matehuala bordeando las montañas y luego en otro camión hasta la entrada a Real de Catorce. 


El túnel era impresionante. Podría googlear el nombre del túnel o ver mis cuadernos de esa época, pero prefiero quedarme con la imagen de un túnel largo y oscuro, anónimo en su peso abstracto de garganta ciega, de montaña sostenida con varillas apenas unos metros por encima de mi cabeza, como anónima la hora o poco más que tarda el destartalado autobús en cruzar de la oscuridad a la plena luz de un pueblo abandonado. Relativo el tiempo en la angustia, en el encierro, se sabe. Un poco, imagino, como nacer.


He tratado de contar esta historia varias veces desde entonces y la verdad no se me ha dado bien. Hay una tendencia exagerada a contar con imágenes, las cuáles a la distancia me parecen demasiado irreales para ser creídas, como la descripción anterior del túnel. Es lo que digo cuando digo que en el lugar de los eventos coloco la escritura, porque si contara los eventos que me ocurren tal como ocurrieron nadie me creería. El túnel cualquiera puede constatarlo, pero progresivamente la historia va tomando un tono que ni a mí me convence. Dudo de la existencia de algunos eventos, del nombre de algunos personajes y del tiempo total que pasé en Real de Catorce. A veces me parecen un par de días, a veces se sienten como meses. Me tomaré todo el espacio necesario para contarla, además, esperando que el lector se canse de leer en pantalla y la abandone. Que deje encerrado al desierto dentro del desierto. 


Del primer día recuerdo cuánto me impresionó lo pequeño del pueblo, un par de calles polvosas como líneas en una mano muy seca. Me conseguí el cuarto más barato que encontré y salí a comer. No recuerdo bien a bien la comida de los demás días, pero el primer día comí en un restaurante italiano para turistas: berenjenas con ajo, filete y vino tinto. Las berenjenas estaban bien, y casi puedo decir que fueron las mejores que comí nunca. El vino era pésimo. Al bajar la tarde me senté en un barranco donde el pueblo termina y comienza el desierto. Con el sol doblándose, recuerdo el desierto azul, pero es un detalle que no puedo confirmar, o puede tratarse de que confundía el desierto con el cielo. Recuerdo mucho mejor, en cambio, la sensación de frío inmediato cuando el sol dejó de verse tras una montaña. Fue como un apagador de luz para activar el frío. Ya. Ahí. Justo entonces Montalvo subió por el barranco. 


No recuerdo el nombre de mucha gente; practico la cortesía como una manera de mantener a la gente a la distancia: descubrí que mientras más amable eres, más inaccesible te vuelves. Funciona por un tiempo, claro. Pero con Montalvo pasó que se hizo mi amigo en cuestión de minutos. Es una de las personas de ese tiempo que genuinamente extraño. Era brasileño, chamán según su propia descripción y artesano como descubrí con los días. En un portuñol bastante torpe dimos a entender un agradecimiento común: estábamos de lo más felices de estar, cada quien por sus razones, justo en medio de la nada.


La "nada", con todo, no describe precisamente a Real. Puedo describir Real de Catorce como un vagón de tren que se quedó varado y luego fue acondicionado para atraer turistas. Nunca entré a la iglesia del lugar, pero era común ver a viajeros, turistas y hippies de todas nacionalidades en train de la iluminación, menos en la iglesia que en las plazas o en las dos o tres cantinas, planeando expediciones nocturnas al desierto, rentando caballos o apalabrando camionetas. La gente va por el peyote. "Peyote solidities", que decía Ginsberg. La experiencia de la soledad delirante de hikuri, como llaman en lengua huichol al peyote. El venado azul, el ciervo vulnerado que elige a su cazador. 


Mi experiencia mística, para pronta decepción del lector, fue la del tiempo: tener todo este tiempo para escribir. Recuerdo que la mano me dolía después de estar sentado unas diez horas diarias durante días escribiendo en los cuadernos blancos que llevé. Terminé el poemario, que no valía nada ni entonces ni ahora, y tomé muchas notas para una novela la cual, por supuesto, nunca publicaré. Después de escribir unas horas en la mañana bajaba a buscar algo de comer, y siendo el pueblo tan pequeño no había necesidad de que Montalvo y yo nos pusiéramos de acuerdo sobre la hora y el lugar para vernos. Simplemente bajaba, andaba un poco y ahí estaba, en su puesto portátil de collares y pulseras, el cuál recogía para que fuéramos a comer a la cantina. No lo vi beber nunca, eso sí. De él recuerdo realmente su risa, su acento indistinguible ya como marca de ninguna nacionalidad, sus rastas muy largas y sus dientes de caballo. Fue en la cantina donde conocimos a un par de músicos gringos. Montalvo juraba que podía hablar inglés, but basically I did the talking


No es que hubiera demasiado que contar tampoco. Con los músicos nos quedábamos en la plaza (si a esa plancha pavimentada puede llamársele plaza o kiosco) tocando canciones hasta que un policía (si a esos gordos desagradables puede llamárseles policías) llegaba y amenazaba con arrestarnos si no bajábamos el volumen. Según entendí, el único crimen realmente grave tenía que ver con portar o transportar peyote. Entiendo que además de que su consumo es ilegal fuera de las comunidades que practican ritos religiosos en torno a él (pues las comunidades huicholas están protegidas por el artículo 24 de la constitución mexicana [¿por qué coño sé eso?] con respecto a la libertad de culto), resulta que es una especie vegetal en extinción, protegida por algún elegante tratado conservacionista, por lo que la multa puede ser muy costosa. No sé. El caso es que regresaba borracho de madrugada al cuarto que rentaba y me ponía a escribir unas cuatro o cinco horas más, hasta que amanecía y caía rendido. Hasta que comenzaba otra vez. Así por días.


No recuerdo cuándo fue que Montalvo y yo conocimos al matrimonio McComb. Helen y Rudolph McComb eran una pareja de jubilados escoceses que recorrían el mundo en sus años dorados. Recuerdo que Rud me dio la tarjeta de su negocio de compra y venta de autos usados, misma que debí perder en alguna mudanza. Con ellos fuimos a ver las minas abandonadas. Como no es difícil investigar, Real de Catorce fue un pueblo minero que se quedó sin minas, o propiamente, sin metales qué explotar. De la mina recuerdo un agujero donde tirabas una piedra y tardaba varios segundos en caer, provocando un eco atroz, aunque infernal no sería un calificativo inapropiado. Igual que con Montalvo, nunca nos poníamos de acuerdo para ver a los McComb, y simplemente nos encontrábamos. Por eso mismo no hubo manera de despedirse. Y qué mejor.


Parece que esa estrategia le funciona bastante bien a Montalvo. Decía tener unos 37 años, pero aparentaba muchos menos. Había una chica en el pueblo (qué clase de historia sería esta si no hubiera por lo menos una chica), con la cuál, en un viaje previo, había tenido el buen tino de hacer un recuerdo en la trastienda del negocio de souvenires de la chica. El recuerdo se llamaba Kin y tenía seis años. No podría decir que heredó los dientes de caballo de su padre, pero el parecido era innegable. Y no era que tratara de negarse nada, realmente. Durante los últimos días en Real pasamos mucho tiempo con Kin, que iba y venía del negocio de su madre hasta el puesto callejero de su padre, en el cuál estaba yo temporalmente empleado. O para decirlo en jerga corporativa, "en capacitación".


Habrán sido unos cinco o seis días que viví virtualmente de lo que vendíamos en el puesto, además de ahorrar un poco para rentar un caballo y hacer alguna expedición al desierto. Resulta que tengo talento para tejer collares, pulseras y complicadas gargantillas de alambre, habilidad que está más que sepultada hoy en día. Un día mientras tejía algo con un hilo transparente, plástico y elástico, llegó un actor de Hollywood haciendo el papel de turista. Con las cosas que hice y vi durante esos días, mismas que me reservaré al igual que el nombre del actor, me pareció de lo más natural ver pasar frente a mí a alguien que acababa de ver recientemente en alguna película. You're an actor, le dije, seguido de su nombre propio. Tuvo un pequeño pero significativo gesto de pánico y asintió. Sonreí y volví a lo mío. Preguntó por alguna cosa pero no compró nada. ¿Se habrá decepcionado de que no le pidiera un autógrafo? ¿Será que fue, como yo, a desaparecer, y confrontado con su nombre propio reapareció de pronto en medio de la calle polvosa de un viejo pueblo mexicano? 


¿Será que este post se está extendiendo demasiado? Bueno, para la brevedad está Twitter, dirían los puristas. Pero esta no es una historia breve, aunque estoy descontando muchos episodios por que temo enterarme, al escribirlos, de que realmente nunca ocurrieran.


Tuve que escapar de mi lugar de escape. Un repentino momento de desesperación fue sucedido por una extraña sensación de libertad, naturalmente, en sentido existencialista: el ser es ser frente a la situación. Montalvo se iría más al norte, probablemente a la frontera, y me sugirió que lo acompañara. Me negué, por M. Cuando me di cuenta de que me hubiera gustado que M. estuviese ahí conmigo, sintiendo ese frío que se activa automáticamente cuando cae el sol, caminando por el desierto, cuando terminé el collar que hice para ella (con una enorme piedra morada cuyo nombre, claro, he olvidado) supe, pues, que era hora de volver. Además de que un evento inesperado apresuró mi salida del pueblo. Encontré a Montalvo cerca del túnel, antes del amanecer. Vio mis manos, mi prisa, mi mochila y mi sombrero y comprendió todo. Montalvo me dijo "vengo". Entendí que era un modo cortés de despedirse.


Atravesar el túnel a pie me dejó bastante agotado. Me sentía muy ridículo con el sombrero que usaba en Real, pero agradecí llevarlo mientras caminaba por la carretera, con el pulgar hacia el cielo como había visto en las películas o leído en las historias sobre Neal Cassady o Jack Kerouac. Salí del pueblo después del amanecer y para medio día aún no conseguía aventón. Mi prisa se debía a que mis perseguidores me dieran alcance. Llegué a pensar que el autostop era una suerte de guiño entre iniciados, y que un novato como yo simplemente no tenía cupo en una cofradía de autoestopistas mundiales y secretos. Afortunadamente una pick up se detuvo. En esta parte del camino de este largo post voy a esconder todo lo que extraño a Mauya, mientras subo a la camioneta por la carretera empinada que baja de Real, al amanecer. Dudo que alguien haya llegado hasta aquí, así que voy a poner aquí el nombre de Mauya, que naturalmente no es el nombre de Mauya ni de la M. del principio ni el final de esta historia, sino simplemente un animal de desierto, un bellísimo animal humano, la hembra que me falta todos los días. Y junto al nombre de Mauya, mientras recuerdo la línea recortada de las montañas contra el cielo de mediodía desde una pick up en el desierto, voy a enterrar toda esperanza de verla otra vez. Voy a darla tan perdida como la novela que escribí en Real de Catorce y quemé hace poco, al prepararme para esta última mudanza. Voy a soportar pensando que su cuerpo y su voz son tan irreales como el caballo que renté para una breve incursión al desierto, el cuál de pronto se desplomó, muerto, en medio, ahora sí, de la nada. Voy a suponer que Mauya es tan irreal como la víbora o el alacrán que no vi que picara al caballo. Que Mauya es tan etérea como el peso del silencio en la noche del desierto. Que Mauya es una luz que no cesa, como las estrellas detenidas en una luz que tampoco existe, pero que existió, hace millones de años, fija en su insistencia de brillar, fijas como las patas del caballo en la rigidez de la muerte, con las moscas que se filtraban zumbándole por la nariz y los ojos mientras yo cavaba en la dura arena con mis manos peladas una tumba, con las montañas alrededor y los fálicos cactos. Que Mauya es tan irreal, en suma, como esta historia.


Me quedé en Matehuala un par de horas para comer algo y volví a la carretera. Recuerdo llegar a San Luis Potosí ya de noche, en otra pick up, sosteniendo instintivamente mi sombrero con una mano mientras trataba de dormir. Recuerdo el frío de la carretera, pero sobre todo las estrellas. Un viaje al norte en esas condiciones sería en estos días algo poco recomendable por la peligrosidad que han tomado los caminos de unos años a la fecha. Sería por lo menos tardado, mucho más, debido a los retenes militares; pero entonces, hace seis años no sólo era posible, sino necesario. No sé cómo ve las estrellas la gente en un viaje de peyote, y no sé si frente a la violencia de estos días la gente podrá volver a viajar tranquila durante la noche por las carreteras del norte, o será que el narco ha secuestrado también el desierto, y junto al desierto, el cielo del desierto y las estrellas, pero a mi me bastan las estrellas tal como son, lo que es decir, como las recuerdo.


No sé por qué conté esta historia justo hoy, justo ahora. Tal vez porque hace justo un año aterricé en Tijuana, a donde pensé volver este año, pero me fue imposible. Tengo pequeños cuadernos de todos los viajes que he hecho desde los 14 años, cuando viajaba con un maletín que contenía mi libreta de dibujo (la razón por la que dejé de dibujar merecería un post aparte), algunos cómics, algún libro, libreta para escribir, lápices de diversos tipos y plumas de tinta china. Ese es el problema de no recordar por qué cuenta uno las cosas. ¿Conté Real debido a mi imposibilidad de contar Tijuana? ¿Conté Real por el embrujo reciente que dejaron en mi J. y D. R. con sus historias de iroqueses y cantos, y cuyos nombres entierro también, aquí, en las arenas del texto, en el lugar de la absoluta hospitalidad? ¿Conté Real porque no es real? Conté Taxco hace poco. Tengo muchos apuntes de Xalapa, otros numerosos de mi temporada chiapaneca y otros del tiempo que me disloqué el hombro surfeando en el Pacífico, cuando pensaba que no volvería nunca a la ciudad. Nunca he salido del país. Nunca ha sido necesario, y con todo j'ai connu chaque fils de famille! Recuerdo que M. me recogió en la terminal cuando volví de Real. Una señora me prestó unas monedas para poder llamarla y que fuera por mí. Es una deuda que recuerdo constantemente, no sé por qué, como si debiera buscar por el mundo a esa señora para devolverle sus cinco pesos.


Cuando digo que no sé algo, es por que en el fondo lo sé, pero sencillamente no quiero desarrollarlo. Conté esta historia para que D. la lea, aunque sé que es muy poco probable que lo haga. Conté esta historia porque la extraño. Porque hay que contar cosas aunque no se sepa bien a bien ni por qué ni a quién las cuenta uno. No sé. Lo que sí sé es que juré sobre la tumba de un caballo muerto no viajar si no tenía algo que hacer en el sitio al que viajo, lo cuál ha funcionado muy bien hasta ahora. Nunca seré turista, lo sé. Y claro, sobre la tumba de ese caballo muerto juré tampoco volver a usar sombreros después de llegar a casa. Y no lo he hecho desde entonces.


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jueves, 28 de abril de 2011

Hacia un juego de respondencias

a crg, que me regaló sin querer la palabra "respondencia"

Un día leeremos los hechos como leemos palabras. Si la vida de la vida es la significación, y todo el trabajo del arte no es más que el perfeccionamiento de la expresión de las condiciones de posibilidad de una conciencia percibiendo la vida del hombre (crear/descubrir significado mientras se desaparece), las respondencias serían, a los hechos, lo que los semas a las palabras. Esto nos llevará eventualmente, sospecho, a una sintaxis del tiempo, como ya sospechan algunos físicos. Por ahora, unas respondencias:

-Trazar un mapa de respondencias es parecido a trazar el mapa de un lugar donde se ha vivido siempre: se le conoce bien, pero el primer problema radica en elegir un lugar para comenzar el trazado, lo que implica elegir un significado que detonará todos los demás. Trazar una respondencia (es decir, la acción de la memoria) se parece a la escritura de, por ejemplo, un poema. 

-El asombro de las respondencias, su carácter eléctrico e imantador, a diferencia del carácter de un poema, suele ser intransferible; pero como el de los poemas, tiene sentido únicamente cuando se experimenta personalmente. La correspondencia, la unión de respondencias, es el asombro de la memoria que verifica las iteraciones del ser en el mundo. Léase "asombro" como si dijera "vida".

Ejemplo:

Eje 1

1) Busco un poema de Tomaž Šalamun en YouTube, pues tengo la intención de transcribirlo y traducirlo para Literal. 

2) Lo que encuentro, en cambio, es un poema de Charles Simic que ya traduje.

3) Cuando encuentro el poema de Šalamun, veo que en el mismo ciclo de lecturas participó Gary Snyder, de quien he leído mucho a través de Jerome Rothenberg. 

Eje 2

1) Durante el remate de libros del Auditorio Nacional compré una selección de los diarios de José Kozer.

2) Traigo en la cabeza no sólo lo que podríamos reducir groseramente como "sincretismo cultural" a respecto de Kozer y Rothenberg (i.e. poeta cubano, budista; poeta norteamericano que sabe mazateco), sino cómo el exilio, la extranjería, los distintos tipos de distancia son análogos a la distancia de una palabra para llegar hacia su significado, una obviedad que seguramente los lingüístas conocen bien.

Azar

Hace poco más de un año, David Huerta me regaló Stet, la traducción que Mark Weiss hizo al inglés de algunos poemas de José Kozer. Por alguna razón, hoy la tomé del librero y vi que la contratapa está escrita nada menos que por Jerome Rothenberg. 

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La conexión entre estas respondencias no tiene nada de asombroso excepto cuando se les experimenta. Lo que hice aquí fue exponer un par de ejes interreferenciales y una conexión azarosa entre ellas --hay muchos más ejes y muchas más conexiones azarosas. Sospecho que si tuviera una memoria como la del Funes (en ese sentido trágica, funesta) de Borges, esos ejes podrían reconstruir si no mi vida completa, sí el mapa de mi imaginación, que es mucho más interesante porque tiene que ver con el funcionamiento de la imaginación en acto, y no con la contingencia de los hechos de un hombre cualquiera.

Sospecho también que este ejemplo de respondencias no tiene nada de peculiar desde cierta óptica: dados mis intereses y dado (¿Mallarmé?) que he hecho lo posible para ordenar el desarrollo de mi vida alrededor del acto de leer y escribir (o dicho desde la memoria: para programar en un ambiente de alta indeterminación las iteraciones de mi ser en relación con el acto de percibir escrituras; o dicho desde la construcción de la subjetividad: construir mi sujeto a través del acto de poner en relación escrituras), lo asombroso sería que este tipo de relaciones o respondencias no ocurrieran. 

Sospecho algo aún más alarmante y emocionante: que la vida empieza, por lo menos en mí, a imitar el arte; no el mío, que es apenas un balbuceo, sino el que construyo a partir de la puesta en relación de otras escrituras --lo que ulteriormente será lo que escribiré cuando escriba. Lo gastado de la construcción "imitación del arte y la vida" (o al revés, con mimesis y Aristóteles, etc.) no perturba el asombro. Después de todo, ya dice Karlatone (como dice EVM, como dice Montaigne) que fortis imaginatio generat casum

¿Pero qué pasa si la fuerte imaginación no tiene precisamente idea del acontecimiento que desea generar? Aquí la carga semántica de imaginación, para mí, tiene menos que ver con elaboración o deseo dirigido que con sorpresa: la escritura y la vida como arqueología. En ese sentido la vida y el arte se parecen a que hay que trabajar a partir de los hallazgos, de los encuentros con las reiteraciones de uno mismo a través del tiempo, con el ser en devenir siempre y cuando el ser esté en pijama. Acceder a ese trabajo de observación constante, de atención ininterrumpida (para lo que se aconseja el entrenamiento en el sueño lúcido con el objetivo de preservar la conciencia alerta; de otro ejercicio montaignesco: aprender a morir a cada instante, en todas partes, hacer simulacros imaginarios de muerte; preservar la conciencia en lo posible del exceso de estados alterados: la conciencia produce sus propias alteraciones; practicar la otredad como alteración de la conciencia y otras pautas que funcionan únicamente para mí, creo, y que conforman una "ascesis del placer", un manual de superación personal con el puro objetivo de acceder a la total desesperanza, etc.) es lo que llamo ninja y sobre lo que estoy escribiendo en secreto, incansablemente desde hace más de dos años. 

Es ese otro sentido posible de respondencia, responder, lo que quiere decir también participar en el juego. ¿El juego de qué, de quién? Ciertamente no de dios, pero sí de algo cercano a lo sagrado: lo sagrado entendido como una instancia capaz de generar sentido. Así, la magdalena proustiana es un objeto sagrado, pues que contiene en sí, para el que sabe verlo, el sentido contenido; y más, la posibilidad del sentido.

Me excedo, como siempre, y no termino de darme a entender. Mission accomplished.

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Posdata: un mapa de respondencias (es decir, una correspondencia) que introdujéramos en una suerte de sintaxis lógica se parecería a un poema dadaísta y a un in xóchitl in cuicatl:

El cardamomo eriza la walther, 
la luz en la ventila
verde no deja de sonar.
Un avión triangula,
un aviario se desbanda
en una taza de té.

Todo absolutamente referencial, pero descontextualizado. Puedo escribir los versos más dadaístas esta noche. Hay poesía también en la explicación de las cosas, en el pensar cómo ocurren las cosas.

En pensar que algo ocurre.

En pensar.

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