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sábado, 5 de noviembre de 2011

La casa invisible

Mi versión del turismo consiste en escuchar hablar idiomas que no domino, en películas sin subtítulos, por ejemplo. De ahí han surgido pequeñas diversiones privadas para mí: encontrar algo de la /r cantonesa en la /r del sueco; suponer que en ruso alguien siempre está disculpándose por algo que aún no hace; que la música del italiano reordena las cosas del hablante como una mesa llena de objetos de un mago, o que el francés es una lengua hecha para hablar en voz muy baja. 


¿Pero es que se puede dominar un idioma como si uno fuera una especie de Napoleón lingüístico? ¿Se puede sostener una frase tan peregrina como "dominar una lengua"? Para los idiomas, acaso mucho, mucho más que para el amor, claudicar es la única forma de negociación: hay que entrar al idioma, al universo del sentido en general, con la espada extendida. El mango por delante, naturalmente.


Vivir en idiomas desconocidos como en casas muy viejas. Observar las cáscaras de pintura que se caen. Observar la pintura que otros pobladores más viejos han dejado, las pequeñas marcas que los delatan: los idiomas son casas donde han vivido muchos antes que nosotros. Podemos hallar de pronto el hueco de un clavo, que ya no sostiene el retrato de nadie; manchas de sol o de humedad, tecatas de mugre que la brisa de la ventana mece sin romper. El idioma puede verse como una ruina o como una colección de huellas: su conjunto no cuenta una historia común sino a condición de contar la historia de los hombres a través del relato de su propia historia. Esta historia no reconstruirá nada, pero construirá ruinas diferentes. Como el Distrito Federal de México, el idioma es una ruina hecha sobre incontables ruinas que la cimentan. Ruinas sagradas, cabe puntualizar.


La casa más desconocida es la propia. Notamos la extrañeza de las viejas casas de otros idiomas, pero vemos con ojos llenos de costumbre la propia. Me persuado por ello de no vivir en ningún idioma, de no tener lengua materna, de hablar y escribir desde una intemperie artificial. Me es preciso creer que el castellano que hablé esta mañana es un idioma absolutamente diferente que el castellano en que escribiré esta noche. Me persuado, pero fallo: es el idioma quien me inventa siempre, sin que yo posea ninguna potestad sobre él. El idioma es la derrota más dulce.


La casa dentro de la casa de los idiomas: la hospitalidad original del lenguaje. ¿Herramienta? Es cierto, hay gente que no se limpia los pies para entrar al idioma. Yo por mi parte trato de entrar en su casa siempre descalzo. Quiero sorprender a los fantasmas del idioma mientras duermen, ver si puedo colarme por la rendija de sus pesadillas, tenerles una tisana lista por si despiertan en sobresalto. Claro, yo también trabajo todos los días con el idioma como una herramienta; me queda al final del día una sensación parecida a cuando no podemos responder una llamada de alguien que amamos, o cuando los correos de gente querida se quedan sin contestar por muchas horas. Así vuelvo al idioma cada noche o cuando puedo encontrar un poco de tiempo que nadie usó: tratando de volverme infinitamente pequeño para que mis faltas pasen desapercibidas. Es una vanidad absoluta la que cree de mí que pedir un kilo de carne es una falta contra la belleza del idioma; aún no aprendo a ver lo fascinante que es que el gato dicho no sea igual que el gato escrito, y que ambos sean especies totalmente diferentes de la del gato que acaba de pasar por el pasillo, dejando la sombra de su nombre en el aire.


Pasamos temporadas en el idioma como si fuera nuestra casa. El idioma es casa, es cierto, pero no es de nadie. Todo lo más somos turistas. Recorremos los pasillos y galerías, encontramos armarios llenos de valijas que transportan su bagaje de polvo hacia ninguna parte, removemos algunas manchas de aceite de la pared de la cocina. Otras manchas las dejamos: somos turistas, repito. Algunas manchas han estado aquí, en el idioma, más tiempo del que estaremos cada uno de nosotros sobre el planeta. También esta devastación del idioma merece su compasión: la lengua no pide nada, y en cambio, nos da mundos como si fueran uvas. 


Si la lengua pudiera hablar, imagino, sólo diría una cosa: dime. "Dime", así, como alguien que está abierto a escuchar; como alguien que exige una confesión; pero sobre todo, como alguien que desea ser dicho. Pienso de repente en Leónidas de Esparta con una petición tremendamente humilde para el viajante: recuérdanos. Súplica y orden del espíritu del idioma: ser dicho.


Formar, pues, en el centro de mí mismo, un espacio para que todo el caos del mundo pueda entrar. No le niego la entrada a ninguna cosa. Todo lo que pueda ser dicho se dirá, en su momento. En épocas más cínicas de mi vida he pensado que importa el decir y no lo dicho. Hoy sigo pensando que el decir efectivamente es más importante que lo dicho, pero que el decir mismo es mucho más importante de lo que mis pobres fuerzas me han permitido ver: que en un decir está la posibilidad aún viva del vínculo humano, de la comunidad posible. 


Decir algo (dime, dime) es decir algo a alguien. Cuántas veces los otros no son el infierno, ¿cierto, Sartre?, pero si es que vivimos en el infierno entonces habrá que hacernos entender de algún modo. Habrá que mostrar nuestro carnet de condenados como quería Arthur, habrá que desearles buen día a los custodes, compartir opiniones sobre el día a día en la eternidad del sufrimiento. Algún gozo habrá que hallar ahí. Sobre todo: la conversación. ¿Y no es la lectura un modo privilegiado de conversar? Ahí Quevedo como siempre:


Retirado en la paz de estos desiertos, 
con pocos, pero doctos libros juntos 
vivo en conversación con los difuntos 
y escucho con mis ojos a los muertos.

Me persuado en ocasiones, al oír hablar a alguien o en una plática cotidiana, de estar escuchando una lengua extinta. De pronto los ecos de mi griego tan mal aprendido rezuman en los goznes de una frase anodina, y el jugueteo de la sonaja árabe me toma desprevenido. Cuántas veces he mirado fijamente a los pasajeros del metro o a la gente de los cafés pensando en qué idioma hablan (¿serbio, portugués, quechua?), y siempre me sorprendo cuando reconstruyo de un boquete de sonidos los rasgos propios del castellano. 


No se me malinterprete: el castellano es bello, pero el que yo lo hable o cualquiera de nosotros es un mero accidente. Importa, creo, la posibilidad del sentido que podemos recorrer dentro de una lengua, no cualquier dudoso y absurdo prestigio impostado ideológicamente sobre ella, como un fardo incómodo. Es ahí cuando digo que es de lo más tonto pensar que dominamos una lengua, repitiendo un gesto colonizador. Pienso que en vez de dominar con la lengua tal vez podamos construir alguna posibilidad dentro de los márgenes de esta casa vieja del idioma, de esta casa invisible que traemos colgada de la boca y los oídos y los ojos y las manos, de este cuerpo que puebla nuestro cuerpo de sentido; alguna posibilidad, pues, para que los que lleguen después de nosotros encuentren cómoda esta casa. Que puedan descansar aquí y pensar, y sobre todo enamorarse y consolarse cuando la bomba del amor les explote entre los dedos. 


Construir tal vez un sitio de paz. Una palabra tan pequeña que al escribirla se me diluye entre los dedos. Yo nunca he sabido nada de paz. Pero tal vez, como quiere Elias Canetti, si la palabra puede producir guerras también puede resolverlas. El idioma, pues, es tan generoso, que tiene incluso espacio dentro de sí para el más absoluto horror. Afortunadamente, en esta casa hay espacio para mucho más: en todas las habitaciones hay retratos del único inquilino que tiene carta de nacionalidad en cualquier idioma y que, tal vez, sea el verdadero causante de la existencia misma de los idiomas (es decir, de lo humano): el asombro.

Una casa secreta a la vista de todos.

viernes, 21 de octubre de 2011

Libros de estos días

Los libros poco a poco van ocupando el lugar que antes tuvo todo lo demás.

, Los patios de la nación, de Javier Norambuena.

, Poemas para fomentar el turismo, de Mara Pastor.

, Cometas, nómadas del espacio, de Yaxkin Melchy.

, La música en un tranvía checo, de Karla(tone) Olvera.

, Del mar es el ahogo, de Lauri García Dueñas.

, Huecos de araña, de Jamila Medina Ríos.

, Tombeau, de José Kozer.

, Horrorism: naming contemporary violence, de Adriana Cavarero.

, Estudios literarios, Paul Valéry.

, El disco de Newton, de Cristina Rivera-Garza.

, Yoga, de José Manuel Barrios.

, Naturaleza muerta, de Guido Arroyo.

, Carne, de Daniel Rojas Pachas.

, La conciencia de Zeno, de Italo Svevo.

, La sociedad sin relato, de Néstor García Canclini.

, El baile de las condiciones, de Óscar de Pablo.

, ¿Escribes o trabajas?, de Eduardo Huchín Sosa.

, Poemas escogidos, de Tilsa Otta.

, Rojo y negro, de Stendhal.

, Bagrejaponés, libro colectivo de Olga Leiva, Alex Piperno, Diego de Ávila, Santiago Márquez y José Manuel Barrios.

, Mi Emily Dickinson, de Susan Howe.


Tarjados de Ezra Pound al original de La Tierra Baldía y más versos (trad. y notas de Piero Montebruno. Edición caligráfica y compendio de traductores). Regalo de mi abuelx Javier Norambuena.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Fin de un mundo

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domingo, 4 de septiembre de 2011

Iniciales

, Hay que escribir sólo para forzarse a escribir. La musiquilla, este pataleo de teclas, este ronroneo. Hay algo animal a respecto de los dedos cuando se escriben: hacen formas modestamente salvajes, como pulpos o arañas. Obvia, la imagen, pero es cierto. Algo inicia siempre cuando se escribe, aunque no importe. Escribo, hoy, porque no tengo nada que decir. Pero hacerlo es sumamente importante.

, Leo un cuaderno del 2009: quise mucho a E. Me dolió mucho que nos distanciáramos. Hay muchas iniciales en mi cabeza estos días: toda la falta que me hace D.; todo lo irreparable que quedará con M.; todo lo que odio a la otra M.; los textos que quiero comentarle a R.; los encargos secretos de C. que me emocionan y para los que no hallo tiempo. E.T.C. En este sentido, no seré nunca un hombre de letras; a lo mucho, de unas pocas iniciales.

, En el 2009 vivía donde me dejaban quedarme. Pocas veces me faltó de comer, pero a veces me faltó. Tenía miedo, pero no sé a qué. K. fue decisiva en ese proceso. Ella, la Woolf, y P. Ese año escribí en casa de G. Por los rasgos una bayoneta, cuyos ejemplares acabo de recibir esta misma semana. D. me ayudó a corregirlos. Oye: nos quedó bien. Gracias.

, Hoy terminé de releer El proceso, donde, justamente, el protagonista es una inicial. Recuerdo de cierta carta de Kafka donde dice que un libro no debe darnos felicidad, sino algo así como un golpe en la cabeza. Lo recuerdo espontáneamente, a cuento de nada. Esta relectura fue sustanciosa porque pude corroborarla con los comentarios de Elias Canetti sobre la correspondencia de Kafka con Felice Bauer; el germen de El proceso está ahí, en ese otro proceso de verse no como agente de la propia vida, sino como confluencia de las determinaciones externas. Una vida como un accidente.  De tránsito, claro. Como Ch. que llega y me reclama alguna cosa. ¿Qué manía de vivir con gente? Había sido un fin de semana tan pacífico. ¿Preferiría a la señora Grubach? Sin duda no. Pero hasta ahora había honrado ese dictum kafkiano este domingo de lluvia:

"No es necesario que salgas de casa. Quédate junto a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera. Pero ni siquiera esperes, quédate completamente quieto y solo. Se te ofrecerá el mundo para el desenmascaramiento, no puede hacer otra cosa, extasiado se retorcerá ante ti." [Aforismos, apéndice a 109.]

, Así, muy quieto y muy solo me quedé todo el día frente a mi mesa, con valientes irrupciones en la cama sólo para estirar la espalda un poco. El mundo no se me reveló ciertamente, pero cumplí con mi parte. Tal vez mañana. ¿Escribir no es estar a la espera, a disponibilidad, como ponen en las cartillas militares, sencillamente, a que tal vez mañana ocurra en esta misma mesa algo de la talla de un ofrecimiento? ¿Que, si uno hace su parte y se pone en su mesa, el mundo, o tal vez algo más modesto, una huella o inicial, se ofrezca frente a nosotros?

, Lo de estar muy solo realmente no fue tan exacto: desde hace días vienen cuatro o cinco albañiles a hacer reparaciones por todas partes. Le conté a F. la historia de la señora Winchester, que, temiendo que los espíritus de los muertos por el fatal invento de su esposo vinieran a cobrarse con ella, por consejo de una bruja tenía día y noche a gente en su casa haciendo reparaciones. Una noche particularmente lluviosa, como esta misma en DF, aunque la de ella ocurriese en Texas, creo, los obreros tuvieron que suspender las labores nocturnas y la señora Winchester murió. Pero a diferencia de ella, mi carácter me lleva a preferir mil veces a los fantasmas que a las personas; al menos aquellos son infinitamente sutiles en sus, así llamadas, manifestaciones, mientras que estas otras no hacen sino manifestarse. Sí: espontáneamente me siento más cerca de los fantasmas que de las personas, por la sencilla razón de que su manera de estar es un no estando en voz alta.

, A sugerencia de E. de G. le di la plaquette a D.H., con singular vergüenza. Hace un par de años, Raúl Zurita se decepcionó modestamente, o simplemente se sonrió decimonónicamente, cuando le dije que no había publicado aún en forma de libro. Se decepcionó porque fue más como salir de su radar antes de haber entrado del todo. Ese mismo día conocí a J., mi querida abuela, quien me regaló su libro apenas conocerme. Secretamente creí desde entonces que había que escribir libros sólo para regalarlos. Ayer le di una plaquette a S. y me sentí tranquilo de que no pidiera dedicatoria. Una cortesía muy rara opera en ese ritual. Una vez lo discutí con C., en un parque mientras bebíamos whisky en botellas de agua mineral: ¿se debe leer la dedicatoria en presencia del autor o no? Hay dedicatorias medio forzadas, cabe aclarar. V. descubrió una hace poco en un librito mío de JEP, por ejemplo. Aunque las hay gratas y abundantes, como las de Y. La que le hice a D.H., ruborizado y bajo una lluvia aún más feroz que esta, que ya escampa, decía "Tenga piedad", pero lo que quise decir fue "misericordia." La diferencia es que la piedad es el trato con lo otro, lo cuál, como gran lector, encontrará acaso aburrido con mi librito, pero no problemático; y la misericordia, en cambio, es en primera instancia una apelación al sufrir compartido, a la compasión, a decir "mire que fue lo mejor que pude hacer. Sea benévolo. No me condene tan pronto." Aunque, como vemos en el caso de Josef K., la condena depende de cuántas cosas ajenas a nosotros. Yo me ahorro el proceso, gracias: soy culpable de mi librito.

, M.P. me dio una excelente noticia esta semana: viene pronto J.K. (¡vaya respondencia!) y podré hablar con él. Creo que hace mucho no estaba genuinamente feliz por conocer a alguien que sólo he leído, y con cuánto gusto.

, A veces siento que escribo como personaja de Jane Austen, pero ebria.

, F. me pidió El libro de Pixie, para una posible reedición. El único ejemplar que tuve se lo di a N. recién conocerla. No me arrepiento, como sí debería de tantas otras cosas respecto a ella.

, Madre me pidió que fuera a misa, o "que la viera por Internet." Le respondí que leería, en cambio, algo de la  Biblia. El problema es que mi libro favorito de la Biblia siempre ha sido Job, lo cuál es muy apropiado después de una semana kafkiana (este aroma perenne de barniz y pintura, como el estudio bochornoso de Titorelli...), así que siento que no he cumplido del todo con su encargo. Ir a misa siempre me ha parecido (y digo "siempre" con conciencia del tiempo: dejé de acompañar a mis padres a la iglesia para quedarme a jugar Super Nintendo) aceptar de antemano la culpa de algo. El algo, claro, es el pecado original. Y el constructo teleológico llamado Dios sabe que no soy una persona lo que se dice "buena", pero no ha sido defecto de fabricación: si me he ido pudriendo fue por un esfuerzo constante y razonado.  Por ello siento que no he cumplido con el encago de Madre: en vez de ir a sentirme culpable en público me quedé a ser feliz en privado con mi biblos favorito del Antiguo Testamento. No puedo evitar sentirme un poco como Leopold Bloom ante su madre. Él sí que estaba podrido.

, Pasarme por la facultad me dejó en un estado inconveniente por varios días. Esta especie de conciencia de que no me doctoraré nunca, y de que eso debería ser malo. De que debería sentirme mal por algo. Pero desde entonces puedo leer lo que yo quiera: incluso me descubrí leyendo hace unos días una antología de sociolingüística simplemente porque algo me interesó siempre de ahí. Pero pude también repasar un pequeño manual de métrica árabe para mi traducción de Adonis; pude releer Soledades en soledad, y no en un salón lleno de gente; pude sobre todo ver un par de películas de Woody Allen y leerme dos libros de Vila-Matas en absoluta paz. ¿En serio necesito doctorarme? ¿Necesito aprobación para escribir lo que yo quiera? Madre, debo confesar que he pecado de soberbia: en mi escritura me exijo mucho más de lo que me exigirá nunca ningún doctorado.

, Estoy aprendiendo latín por mi cuenta para traducir unos poemas puercos de Catulo, además de las Heroidas de Ovidio, que me contentaría con poder leer en el original, porque la traducción del maestro Alatorre es maravillosa. Nunca disfruté latín en la facultad, con todo lo que M. y P. se esforzaron en hacerme entender las declinaciones. Ya entendí: simplemente no tenía una buena razón para aprenderlo. Tuve una buena razón para acercarme al francés, en cambio: Rimbaud y Mallarmé. Al italiano: Dante y Leopardi. Al portugués: Pessoa. Al alemán: Hölderlin, Rilke. Pero al llegar a la facultad conocía de literatura latina sólo la Epistola a los Pisones de Horacio, el discurso de la amistad de Cicerón y un par de libros de la historia de Roma de Tito. No me habían ocurrido las Heroidas, esa obrita brutal, con ripio y todo. Quisiera leer la carta de Briseida a Aquiles en el original. Quisiera leerla con D., en latín, en español, en lo que sea. Es más que suficiente razón.

, Odio esta casa. Odio a la gente. Jack White: I got moving on my mind.

jueves, 28 de abril de 2011

Hacia un juego de respondencias

a crg, que me regaló sin querer la palabra "respondencia"

Un día leeremos los hechos como leemos palabras. Si la vida de la vida es la significación, y todo el trabajo del arte no es más que el perfeccionamiento de la expresión de las condiciones de posibilidad de una conciencia percibiendo la vida del hombre (crear/descubrir significado mientras se desaparece), las respondencias serían, a los hechos, lo que los semas a las palabras. Esto nos llevará eventualmente, sospecho, a una sintaxis del tiempo, como ya sospechan algunos físicos. Por ahora, unas respondencias:

-Trazar un mapa de respondencias es parecido a trazar el mapa de un lugar donde se ha vivido siempre: se le conoce bien, pero el primer problema radica en elegir un lugar para comenzar el trazado, lo que implica elegir un significado que detonará todos los demás. Trazar una respondencia (es decir, la acción de la memoria) se parece a la escritura de, por ejemplo, un poema. 

-El asombro de las respondencias, su carácter eléctrico e imantador, a diferencia del carácter de un poema, suele ser intransferible; pero como el de los poemas, tiene sentido únicamente cuando se experimenta personalmente. La correspondencia, la unión de respondencias, es el asombro de la memoria que verifica las iteraciones del ser en el mundo. Léase "asombro" como si dijera "vida".

Ejemplo:

Eje 1

1) Busco un poema de Tomaž Šalamun en YouTube, pues tengo la intención de transcribirlo y traducirlo para Literal. 

2) Lo que encuentro, en cambio, es un poema de Charles Simic que ya traduje.

3) Cuando encuentro el poema de Šalamun, veo que en el mismo ciclo de lecturas participó Gary Snyder, de quien he leído mucho a través de Jerome Rothenberg. 

Eje 2

1) Durante el remate de libros del Auditorio Nacional compré una selección de los diarios de José Kozer.

2) Traigo en la cabeza no sólo lo que podríamos reducir groseramente como "sincretismo cultural" a respecto de Kozer y Rothenberg (i.e. poeta cubano, budista; poeta norteamericano que sabe mazateco), sino cómo el exilio, la extranjería, los distintos tipos de distancia son análogos a la distancia de una palabra para llegar hacia su significado, una obviedad que seguramente los lingüístas conocen bien.

Azar

Hace poco más de un año, David Huerta me regaló Stet, la traducción que Mark Weiss hizo al inglés de algunos poemas de José Kozer. Por alguna razón, hoy la tomé del librero y vi que la contratapa está escrita nada menos que por Jerome Rothenberg. 

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La conexión entre estas respondencias no tiene nada de asombroso excepto cuando se les experimenta. Lo que hice aquí fue exponer un par de ejes interreferenciales y una conexión azarosa entre ellas --hay muchos más ejes y muchas más conexiones azarosas. Sospecho que si tuviera una memoria como la del Funes (en ese sentido trágica, funesta) de Borges, esos ejes podrían reconstruir si no mi vida completa, sí el mapa de mi imaginación, que es mucho más interesante porque tiene que ver con el funcionamiento de la imaginación en acto, y no con la contingencia de los hechos de un hombre cualquiera.

Sospecho también que este ejemplo de respondencias no tiene nada de peculiar desde cierta óptica: dados mis intereses y dado (¿Mallarmé?) que he hecho lo posible para ordenar el desarrollo de mi vida alrededor del acto de leer y escribir (o dicho desde la memoria: para programar en un ambiente de alta indeterminación las iteraciones de mi ser en relación con el acto de percibir escrituras; o dicho desde la construcción de la subjetividad: construir mi sujeto a través del acto de poner en relación escrituras), lo asombroso sería que este tipo de relaciones o respondencias no ocurrieran. 

Sospecho algo aún más alarmante y emocionante: que la vida empieza, por lo menos en mí, a imitar el arte; no el mío, que es apenas un balbuceo, sino el que construyo a partir de la puesta en relación de otras escrituras --lo que ulteriormente será lo que escribiré cuando escriba. Lo gastado de la construcción "imitación del arte y la vida" (o al revés, con mimesis y Aristóteles, etc.) no perturba el asombro. Después de todo, ya dice Karlatone (como dice EVM, como dice Montaigne) que fortis imaginatio generat casum

¿Pero qué pasa si la fuerte imaginación no tiene precisamente idea del acontecimiento que desea generar? Aquí la carga semántica de imaginación, para mí, tiene menos que ver con elaboración o deseo dirigido que con sorpresa: la escritura y la vida como arqueología. En ese sentido la vida y el arte se parecen a que hay que trabajar a partir de los hallazgos, de los encuentros con las reiteraciones de uno mismo a través del tiempo, con el ser en devenir siempre y cuando el ser esté en pijama. Acceder a ese trabajo de observación constante, de atención ininterrumpida (para lo que se aconseja el entrenamiento en el sueño lúcido con el objetivo de preservar la conciencia alerta; de otro ejercicio montaignesco: aprender a morir a cada instante, en todas partes, hacer simulacros imaginarios de muerte; preservar la conciencia en lo posible del exceso de estados alterados: la conciencia produce sus propias alteraciones; practicar la otredad como alteración de la conciencia y otras pautas que funcionan únicamente para mí, creo, y que conforman una "ascesis del placer", un manual de superación personal con el puro objetivo de acceder a la total desesperanza, etc.) es lo que llamo ninja y sobre lo que estoy escribiendo en secreto, incansablemente desde hace más de dos años. 

Es ese otro sentido posible de respondencia, responder, lo que quiere decir también participar en el juego. ¿El juego de qué, de quién? Ciertamente no de dios, pero sí de algo cercano a lo sagrado: lo sagrado entendido como una instancia capaz de generar sentido. Así, la magdalena proustiana es un objeto sagrado, pues que contiene en sí, para el que sabe verlo, el sentido contenido; y más, la posibilidad del sentido.

Me excedo, como siempre, y no termino de darme a entender. Mission accomplished.

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Posdata: un mapa de respondencias (es decir, una correspondencia) que introdujéramos en una suerte de sintaxis lógica se parecería a un poema dadaísta y a un in xóchitl in cuicatl:

El cardamomo eriza la walther, 
la luz en la ventila
verde no deja de sonar.
Un avión triangula,
un aviario se desbanda
en una taza de té.

Todo absolutamente referencial, pero descontextualizado. Puedo escribir los versos más dadaístas esta noche. Hay poesía también en la explicación de las cosas, en el pensar cómo ocurren las cosas.

En pensar que algo ocurre.

En pensar.

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lunes, 11 de enero de 2010

Libros de enero, 2010

, Roberto Bolaño- Los perros románticos.
, José Kozer- Bajo este cien.
, José Lezama Lima- Paradiso.
, Roberto Bolaño- Llamadas telefónicas.
, Matsúo Basho- Senda de Oku (sí, traducción de Paz).
, Jorge Eduardo Eielson- Primera muerte de María.
, Eugenia Revueltas- José Revueltas en el banquillo de los acusados.
, Muriel Barbery- La elegancia del erizo.
, León Tolstoi- Relatos.
, Yorgos Seferis- Seis noches en la Acrópolis.
, Roberto Bolaño- Los detectives salvajes.
, Eugenia Revueltas- Vasos comunicantes.
, D. Wayne Gunn (selección)- Escritores norteamericanos y británicos en México.