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viernes, 23 de diciembre de 2011

20 tesis contra la Iglesia y una oración desesperada

A manera de exordio

Este ejercicio comenzó hace algunos meses: Kin Navarro, buen amigo de la facultad, me pidió un ensayo "en contra" de la Iglesia Católica, el cuál sería publicado a la par de un ensayo suyo, escrito "a favor". El punto sería propiciar una especie de discusión a ciegas o un ejercicio retórico. Confieso que mi primera reacción fue el querer construir el alegato a favor de la Iglesia --for the lulz, claro, pero también porque para identificar a un "enemigo" lo mejor es conocerle de cerca. Sin embargo, aunque pudiera parecer sencillo hacer leña del árbol caído, argumentar contra uno de los poderes dominadores de Occidente, el cuál atraviesa una crisis de credibilidad acaso irreparable, se me presentó como un ejercicio en realidad difícil. Resonaba en mi cabeza Juan 8: "el que se halle libre de pecado que arroje la primera piedra." Consciente de mis (in)capacidades y acaso condicionado por el Super ego, decidí enviar a Kin este texto (una de cuyas versiones aparecerá próximamente en la revista Síncope), más como una invitación al pensamiento lúdico que como un desarrollo acabado de argumentos. Sirva este exordio perorático más como agradecimiento a Kin por el ejercicio que como verdadera justificación --se sabe que los textos buenos, si son tales, no requieren introducciones tan largas--; pero también para que el improbable lector ubique el sentido de los giros que apelan a un alegato que no está, el ensayo a favor de la Iglesia que sería publicado junto a este, en contra. Fin del miserere.

"No puedo resolver esta cuestión. Si todos deben sufrir para ayudar con su sufrimiento a la armonía eterna, ¿qué papel desempeñan los niños? No se comprende por qué deben sufrir ellos también en nombre de la armonía".
Dostoievski, Los hermanos Karamazov

1. He comenzado varias veces este ensayo y no me decido por ninguna versión. He intentado abordajes desde la epistemología y la ética sobre todo, espacios donde, creo, una forma de pensamiento laico puede dialogar en el terreno del pensamiento religioso. Pero el pensamiento religioso, para entenderse, requiere una inversión irrecuperable: la de la fe, donde toda discusión será simplemente una forma de acuerdo -no digamos tan pronto “complicidad”, pero por lo menos, sospecha. Inversión que será netamente pérdida; en el terreno de la lógica y la duda se entiende. 

El que no duda, puede sencillamente creer. Pero el ensayo, si es realmente ensayo, es una escritura en desbandada, un mapa lleno de correcciones, pero mapa al fin; y toda escritura, si es escritura, será la documentación de un proceso específico de pensamiento. No otra cosa me propongo. El territorio de lo que necesito escribir para esta colaboración está, pues, cifrado en hallar los males de la iglesia católica; pero aunque de primera vista pudieran parecer tan evidentes, ¿dónde encontrarlos? Y de encontrarlos, ¿los azuzaremos? ¿Es que debemos pensar la relación entre el mal y la divinidad (el irresoluble problema de la teodicea ya en ámbitos interminables del pensamiento religioso) o pensaremos simplemente en la tensión entre una moral laica y una moral católica, apostólica y romana (que no es, claro, ni católica [una fuente, entre otras, de la interpretación de Biblia], ni apostólica [pues el apostolado como jerarquización del estamento institucional responsabiliza a un hombre {el Papa}, falible, del destino de muchos, sin que este se enfrente nunca, ay, a sus nefandas consecuencias], ni romana [pues el Estado Vaticano, a pesar de su cercanía geográfica con Roma, es solamente el avatar simbólico {económico, político y turístico, sobre todo} de una estamentación anacrónica que reiteradamente ha demostrado la superación de su vigencia para dar consuelo fuera de la resignación, es decir, de la moral de los vencidos], pero que pervive como resto de sí misma), expresamente para condenarla?  ¿Condenarla, sí, como nos enseñaron en el catecismo? Quis qustodiet ipsos custodes

No, no condenaremos: condenar, es decir, separar el trigo de la cizaña es precisamente acceder a la pulsión interiorizada de afirmarnos frente a lo otro en términos coloniales, una estrategia plenamente católica. Intentemos, si acaso, pensar algunos aspectos de la religión organizada; vayamos más allá de sus supuestos organizacionales. Mostremos, pues, que si el hombre necesita fe, bien puede capacitársele para elegir (acaso crear) la fe que necesite y responsabilizarse por ella.

2. Cuando él la conoció ella le dijo que era casada. Más de 10 años ya. Se dio por enterado, amarrando los perros del deseo para que no la mordieran. Se terminaron soltando, los cabrones. Según Deuteronomio 22, los hombres de su casa deberían apedrearla por adúltera; según Juan 8, el que esté libre de pecado debería comenzar el apedreo. El problema es que, al final, cada hombre de su casa, al enterarse (y si fuera creyente, piensa, él rezaría para que nunca se enteraran, aunque secretamente, hombre libre pero condenado voluntariamente a ella, lo desea), deberá afrontar el peso de la decisión y el contexto de la interpretación de ambas zonas de la ley. Por eso es ateo, porque no le gusta generar consenso cuando se trata de hermosas.

3. ¿Pero será él, seré yo realmente ateo? Ha sido un debate constante en mi generación: creemos en algo, pero no queremos que nos digan en qué creer. Recuerdo por ejemplo una Semana Santa cuando mi abuela vino a casa. Ella y mis padres iban a misa todos los días, y yo me quedaba en casa leyendo y sin bañarme (hay cosas que en la vida no cambian). Ese Sabadodeglória, Abuela me preguntó si yo no creía Dios o en caso de creer, en qué creía. Le dije que creía en algo divino, pero que no creía en la liturgia católica, y para el caso, en ningún tipo de religión organizada. Entonces tenía ella unos 70 años. Mucha de la poesía que escuché de niño venía de sus letanías y cantos; estoy seguro que tiene mejor memoria bíblica que yo. Sólo dijo “bueno, mientras creas en algo está bien. Todos los dioses son el mismo dios.” Si la frase me la hubiera dicho alguien de mi edad, su eficacia retórica hubiera sido la misma; pero viniendo de una mujer que de uno u otro modo había dedicado buena parte de su vida a la iglesia, la frase me llegó con la inercia de una verdad imparable. Me sentí validado de pronto en una posición agnóstica (existe un principio organizador, pero no nos es dado conocerlo, a lo más suponerlo o inventarlo) por una interlocutora confiable.

4. Tengo para mí que hay un dios secreto en cada cosa.

5. Tendría que decir por qué la iglesia es mala, es la parte del ensayo que tengo que entregar, me digo. Es mala porque nos hace sentir culpables. No puedo creer que exista un pecado original; y si existe, equipara a nacer con un pecado. Y hacer un pecado lo que se dice original, en el sentido tan austero de “nuevo”, de novedoso, es realmente tan difícil...

6. Creer en el pecado es crearlo. Como un diagnóstico, el enfermo sólo sabe que lo está si alguien le inocula el nombre de su enfermedad.

7. Crear es siempre creer, pero creer no es necesariamente crear. Hay realidades que la Iglesia no nombra pues de este modo cree suprimirlas. Conclave: poner bajo llave, bajo complicidad, el acuerdo siniestro sobre lo real de lo real.

8. Nietszche mató a Dios; Dios mató a Nietszche, pero primero lo volvió loco. Bien podríamos traer a la esposa de Job durante la locura de Friedrich para hacerle eco de su “maldice a dios y muérete.” ¿Esa imagen va en contra de dios o de la Iglesia? No importa: Nietszche también dijo, tal vez parafraseando a Juvenal, que el que desea cazar monstruos debe cuidarse de no convertirse en uno. ¿Condenaremos pues a la Iglesia o al creyente? ¿Al indio o al que lo hace compadre? ¿Condenaremos?

9. Todo hombre es responsable de todos los demás hombres, ha dicho Sartre. Si continuamos un poco por esa línea, no será difícil ver que todo hombre dentro de una fe es responsable por la pervivencia de esa fe, es decir, es responsable de esa fe a través de los otros hombres. Si el dios católico o cristiano (tomato/tomatoe) ama individualmente a cada hombre, ¿podrá hacerse responsable cada hombre de la barbarie y la atrocidad de dos mil años de Cristianismo? ¿Puede un hombre del xxi dar cuenta de las Cruzadas, de la Inquisición, de los procesos de Evangelización brutal con fines de explotación en América, Asia y África? ¿De los contagios de enfermedades venéreas en países no desarrollados porque los misioneros no ofrecen educación sexual? ¿De los violadores de niños que son sistemáticamente protegidos por Benedicto XVI a través de una sutileza legal, a saber, que en tanto crímenes de apóstoles han de ser juzgados primero en la ley católica antes que en la ley del estado, que es donde sus crímenes impactan el tejido social? La culpa sin duda es otra estrategia ideológica sumamente efectiva: claro, todo católico asume estas culpas, ahí está la treta. Ese es el verdadero pecado original, el de los oídos sordos, el de la complicidad silenciosa, o si se prefiere en términos más formales, el de la falta de problematización de la propia fe. Por eso es siniestra la fe: te dará lo que necesitas a condición de hacer mutis frente a todo lo demás.

10. Para quitarme el absurdo temor a los muertos, mi madre me inculcó el miedo a los hombres. Para matar en mí el miedo a los hombres, aprendí arduamente el temor a los dioses. Para matar la sombra que en mí dejaron los dioses, escribo. ¿Pero quién me quita el miedo a la mirada furiosa que sale de mi caligrafía -tigres silenciosos- desde el fondo de la página?

11. Dejé de ir a misa cuando me enteré que no estaba bien visto levantar la mano y pedir la palabra.

12. Condemnare: de damnare, dañar o retirar crédito. Su acepción es netamente de origen financiero y administrativo. La condena eterna es en ese contexto el seguir pagando una deuda que nunca puede saldarse. El origen de la división paraíso-infierno, bien-mal, es el desarrollo de una ideología de transacción: el creyente se obliga a contraer esa deuda y, lo que es más perverso, a aceptar de antemano que nunca podrá pagarla. El daño al ego de Dios cometido, según la teología, en el viejo jardín, es, por tanto, irreparable.

13. M. se fue, entre otras cosas, porque no quise casarme con ella. Me parecía ridículo, le dije. Fue cuestión de principios el no acceder a persignarme, a ver al sacerdote como si estuviera de acuerdo, a responsabilizarme de esa complicidad. Casémonos en todas las religiones, me dijo, si eso te hace sentir mejor. Me negué. Creí que el amor no necesitaba legitimarse, y es cierto; ella tampoco cree que el amor se legitime, pero que puede compartirse ritualmente con la gente que es importante. No me atreví a hacerme responsable de mi amor por ella frente al mundo. Si de algo debo arrepentirme, es de eso. El pecado original me parece menor comparado al pecado contra uno mismo: el miedo.

14. Hecho: más del 90% de la población estadunidense cree que existe un dios y que ese dios los ama a cada uno individualmente [Harold Bloom: The American Religion]. El problema, supongo, es que cada uno quiere para sí el dios de los demás. Se sabe que desde hace tiempo el dios cristiano tiene el comportamiento de la propiedad privada.

15. Breve apunte hermenéutico: Jerome Rothenberg dice que el lector de la Torá en la tradición judía es un “testigo de los sentidos de un texto privado de vocales.” En términos de la performatividad del rito, la Iglesia no es sino el órgano regulador de la correcta interpretación del rito. Pero el rito, a fuerza de repetirse, cambia: el rito está tan vivo como el hombre. No es sólo el misterio de la transustanciación (el que en cada misa el cuerpo y sangre del Cristo encarne en el pan y el vino), y para pronto, lo que ocurre en el catolicismo tiene muy poco que ver con el rito. Kafka cuenta (perdónese el resumen atroz) la historia de una ofrenda que cierto pueblo hace a sus dioses en determinada fecha. El problema es que los jaguares siempre llegan a devorar las ofrendas. La solución es integrar a los jaguares en el rito. 

El rito, ante todo, es narrativa: construcción a partir de una legítima necesidad humana --esto es, necesidad que no emerge de la conciencia divina-- de sentido. La física teórica también avanza por tanteo, por prueba y error. Lo sagrado permanece latente y efectivo a pesar de que el rito cambie: necesitamos construir sentido. El problema es que rindamos nuestra propia capacidad para generar estos sentidos a un órgano censor que genera sentidos a su conveniencia. En este cariz, la Universidad es tan siniestra como la Iglesia. Etcétera.

16. Llamo milagro a la coincidencia del deseo y el azar. Si en el dios católico el azar no existe, entonces todo es milagro; el problema es que el deseo queda vacante. Se es católico a condición de rendir el deseo, operación mística. Si todos fuésemos santos, no necesitaríamos a dios.

17. Como condición social, la existencia de la ley. No importa qué ley. ¿La ley existe para regular comportamientos o los comportamientos se limitan a lo que la ley les permite? ¿Si la constitución mexicana pronta a cumplir su primer centenario ya se siente anacrónica, cuánto no lo serán los libros de Deuteronomio, Levitico o Hechos? Para consuelo de los fanáticos, aún más viejas son el Código de Ur-Nammu, el Poema de Gilgamesh y las Instrucciones de Shuruppak. Cuando Código de Hamurabi se talló, aquellas eran ya leyes e historias antiguas incluso para los contemporáneos del rey Uruk, 2600 años antes de Cristo.

18. Ejercicio:

a) Llegar a una población pre-letrada de la selva amazónica con una edición decente de La muerte de Superman (Superman Vol. 2 #75).

b) Realizar en el seno de esta población algunos milagros (en grabaciones de antropólogos recientes pueden verse hombres de esta zona asombrados por un encendedor, por una pluma, por los anteojos del camarógrafo; no se crea la imagen del buen salvaje: es lo mismo que ocurre con un occidental enceguecido al pasar por el barrio luminiscente de Akihabara en Tokyo, la misma perplejidad obnubilada, la misma secreta repulsión.) Procurarles la embriaguez; curar algunos enfermos; enfrentarlos a la visión terrorífica de los helicópteros. Eso deberá bastar.

c) Construir una narrativa donde tales capacidades curativas y de tecnología vengan dadas a los que las realizan gracias a la enseñanza de Clark Kent, un hombre de un lejano pueblo, concebido en circunstancias misteriosas lejos de nuestro mundo, que salva a este mundo donde él siempre fue extranjero investido en su faceta de Superman; donde muere en circunstancias atroces peleando contra la encarnación del mal, Doomsday, toda vez que, al dar su vida por nosotros, nos deja su enseñanza.  

d) Desarróllese una mitología alrededor de la misericordia: la persona tripartita de Superman (Clark Kent, Kal-El y Superman) podrían destruirnos, pero no lo hacen. Sobre este mito fundar las bases de la explotación sutil del crédulo por parte de los portadores del cómic, representantes de la divina “S”. Hacer memorabilia según las posibilidades. Festejar fiestas, fundar un apostolado (Batman podría ser buen candidato para Pedro.)

e) Como Superman salió de entre los muertos, así también los que crean en él tendrán vida (y visión de rayos X) y morarán en el Reino como ha sido escrito en The Reign of Superman (Action Comics #687) por los siglos de los siglos.

f) ¿La veracidad de la historia? Está escrita y dibujada. ¿Qué más pruebas necesitamos? Ajusticiar a los disidentes, a los que traigan propaganda de Marvel y otras creencias nefastas.

19. Un pequeño apunte a favor de excepciones benéficas dadas en el seno de la Iglesia Católica: San Juan de la Cruz, místico agnóstico; Santa Teresa, poeta del erotismo salvaje; Maimónides, místico de la lógica; San Agustín, teólogo de la provocación; Thomas More, que puso la sociedad perfecta en su lugar; Fray Bernardino de Sahagún, a quien le debemos los vestigios de la (pagana) religión azteca; el financiamiento del Renacimiento europeo; Johannes Sebastian Bach a quien Dios, según Cioran, debe su existencia; Mendel, el padre de la genética, que posibilitará los clones y los zombis; la música gospel; dos o tres navidades en la vida y Buck Mulligan, porque debería existir y tomar el papel del edulcorado Santa Claus.

20. Dado el caso que Dios exista y que de existir tenga un plan; y que de tener un plan, este contemple nuestras azarosas decisiones individuales en un sistema previamente autorizado, medido y contemplado; y que de contemplar estas decisiones, pueda variar el curso de nuestra vida, es decir, que nuestras decisiones formen parte del plan divino pero que Dios nos haga creer que este plan cambia en función de nuestras necesidades; y, que de acceder a los caprichos humanos, aún y todo, nos pidiera creer en Él, con todo esto, me niego a creer en un Dios que acceda a conceder tales deseos; en un Dios del ego y la vanidad humana puesto en el lugar de la responsabilidad individual de un hombre frente a sus semejantes; en un Dios que, en suma, tenga todos los defectos del hombre sin tener ninguna de sus virtudes. 

Dios, en tanto que está construido como sujeto a imagen y semejanza del hombre, es el ideal perverso del hombre: el que vive y reina en la total impunidad, el que no conoce el perdón (YHWH del Viejo Testamento) o el que ofrece redención a través de la militancia y la propaganda (Evangelios), el que no debe responder a nadie por sus actos y el que tiene la potestad de la decisión -no de la justicia. La Iglesia: el órgano que a través de la sumisión voluntaria allana el camino de la explotación; institución administrativa de la credulidad, la ignorancia y la existencia de un otro mundo paradisiaco o infernal a condición del secuestro de este mundo. Todo infierno y todo paraíso se suceden, aquí, ahora, en la pura percepción que nos hacemos de nuestra propia "realidad" (la cuál, según Nabokov, siempre debe escribirse entre comillas).

CODA (o “A manera de oración desesperada”): Creo, por otro lado, en lo sagrado de todas las cosas, especialmente de las creaciones humanas. La verdadera tragedia del hombre es no ser dios. Tristeza que si no borra, en algo ayuda a soportar el arte. Eso merecería, espero, otro lugar para desarrollarse.

Creo en ti. Eres mi paraíso y mi infierno. Eres mi otra, la que me prometieron en el viejo, improbable jardín.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Apuntes para una definición de la respondencia o Sábado

, C. me regaló la palabra "respondencia" en un restaurante mientras terminábamos una segunda orden de tostadas de atún. Hablábamos de poesía -¿de qué más hablamos, C.?- y hablábamos de la poesía no como una irrupción de la voluntad en el curso de la vida, sino como de una lectura posible de la vida misma, de algo ya implícito en el curso de la vida misma frente a lo cuál la escritura era particularmente reactiva. La escritura es particularmente reactiva, sí, pero sólo si se entiende la escritura como un modo particular, contingente, de la atención, no como, por así decir, el medio prevalente de la atención.

, Uno estaría tentado a escribir que, por definición, el acto de escritura es privativo frente a cualquier otra acción; es decir, que uno no escribe mientras conduce un auto, mientras se baña, mientras tiene sexo o mientras recoge ropa de la lavandería, aunque nada lo impida en realidad. Tal vez yo no sea un escritor y nunca pueda serlo, me digo, porque para mí escribir es siempre una acción que ocupa -que inocula- un espacio que no le pertenece, infectándolo, por así decir, y extendiéndose en ese espacio que no le es propio. Creo que sólo mediante esa postura irruptiva, mediante ese gesto que podríamos llamar colonialista de la escritura frente al espacio propio de otra cosa, es que la escritura es posible.

, Tomé clases con Huberto Batis más allá de los créditos necesarios para aprobar tal o cuál materia que impartía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Lo hacía porque, a diferencia de la transmisión de un saber, a diferencia del desarrollo "natural" de un curso universitario cualquiera (si puede haber un contexto menos "natural" que ninguno sin duda es una clase, una situación académica), en sus clases, Batis daba libre curso a la asociación de ideas e imágenes, citas y anécdotas. Esto, lo supe ahora como entonces, es algo que pocas veces puede experimentarse en un aula: el estar expuesto a y el ver la exposición de, un inconsciente libre de toda reserva del yo; o, paradójicamente, una ficcionalización y editorialización tal del yo que la frontera entre lo real y su testimonio se difumina de tal modo que uno es incapaz de notar tal diferencia, si existe del todo. Lo que nadie puede enseñar y, con todo, Batis muestra -no enseña-, es un método para imaginar.


, Respondencia deriva de una ruptura en la palabra "correspondencia", en el centro de su asumida, frágil unidad. Una correspondencia es un camino de ida y vuelta, algo que al corresponderse se estabiliza, se vuelve discernible. La respondencia en el sentido en que yo la entiendo es sólo un camino, un movimiento que se afirma a sí mismo sin finalidad -por así decirlo, sin destinación. Así, una respondencia es sobre todo un riesgo y se parece a una respuesta que obtenemos por gracia, frente a la cuál, el rastreo de la pregunta es apenas una modalidad accesoria para acceder a la dirección que toda respondencia que se precie de tal, plantea.

, La última vez que hablé por teléfono con Batis para informarme sobre su estado de salud, la conversación -o diría, el monólogo- se extendió durante poco más de una hora. Se habló de los tipos de cáncer y su quirúrgica, de Efraín Bartolomé, del movimiento zapatista del 94, de la novela por entregas, de Melville, del jamón conocido como bola de cerveza, de la destilación del whisky, de Christo -el artista-, de Sophie Calle, de Salvador Elizondo, de la cortesía, de Cristo -el profeta-, de vírgenes medievales y de venus prehistóricas.


Intermedio:


Canines roped

Hoy sábado decidí no asistir a una cita que tenía a las 10 am y dedicarme a leer desde temprano. Me senté en un café y me puse a leer. Como siempre pasa en los cafés, uno accede a un espacio límbico de suspensión del tiempo; una chica desayunaba con su madre mientras una perra negra, no sé si labrador, pero más pequeña, descansaba a sus pies, visiblemente aburrida. De una veterinaria cercana salió una perra muy parecida, llevando a cuestas a una señora muy habladora. La primera perra, a quien llamaremos Nena, reaccionó frente a la irrupción de la segunda perra, a quien llamaremos Pedrisco porque, como nos enteraremos, Pedrisco es perro y no perra.

Como Nena no tenía correa corrió a encontrarse con Pedrisco, o a reencontrarse, pues sus dueñas se reconocieron de un escarceo previo de sus mascotas. El problema fue cuando la dueña de Pedrisco quiso llevárselo: luego de unas cuantas vueltas y correrías calle arriba y abajo, Pedrisco y Nena eran virtualmente indistinguibles, al menos a la distancia. Cuando regresaron, la dueña de Nena trató de amarrar a Pedrisco, quien la miró con extrañeza. Nena tampoco se dejó llevar por la dueña de Pedrisco. Fue posible identificarlas, salomónica solución, al observar el sexo respectivo de los perros. Como madres irresponsables, las dueñas rieron nerviosas y dejo de escribir, pensando que he narrado una pieza intermediaria en un arte de comedia para matemáticos.

Fin del intermedio


, Fantasía de otredad: no ser yo y, a la vez, tampoco ser otro. No me interesa la identificación sino la desidentidad, es decir, el paso de una identidad a otra; lo que el ser es mientras está en devenir. El estado límbico del ser, por así decirlo: al verse privado de la eterna mirada de Dios, el habitante del Limbo se priva de la mayor gloria pero, a la vez, desconoce esa misma gloria de la que está por siempre privado. Citando libremente a Giorgio Agamben, el habitante del Limbo no echa de menos la contemplación de Dios más de lo que un hombre sensato se lamenta por su incapacidad para volar.

, Una respondencia es el espacio propio para la hospitalidad de la contingencia.

, Siempre he dicho que soy incapaz de escribir ficción por una imposibilidad diría genética de creer en la palabra, si no, lo que es peor, por una inclinación moral hacia la verdad. Lo cual, claro, es mentira: si un talento tengo es el de la mentira. Pero el que yo no pueda escribir ficción del tipo que es más familiar -es decir, en los "géneros literarios" del cuento o la novela, siguiendo esa parcelización de la escritura cuyo agrietamiento es innegable-, no significa que la ficción no pueda escribirnos. Lo digo en un sentido más filosófico que poético: al participar del delirio colectivo que constituye el uso del lenguaje, opuesto este a la experiencia "pura", entendiendo esta como una experiencia no verbal, digo, al participar de la palabra participamos no de lo que nosotros queremos que el lenguaje diga, sino de lo que el lenguaje dice a través de nosotros. Es Derrida y Lacan for dummies, claro; pero en un punto de un trabajo serio frente al lenguaje hay que encarar la siniestra posibilidad de que el lenguaje sea el que habla y que el sujeto sea apenas una ficción creada por él. La respondencia, pues, es el mecanismo de la atención que muestra precisamente esa imposibilidad del lenguaje para esconderse a sí mismo, para escondernos de él. Una respondencia es una ilatencia, en el sentido en que hace que un contenido latente deje de serlo, sin prestarse por ello a su total manifestación. Una respondencia es la mitad perdida no de algo, sino de nada.

, Una respondencia es el estornudo del azar.


, Huberto Batis estuvo al frente del suplemento cultural Sábado! del periódico unomásuno durante 25 años. Otra manera de contar esa historia, fuera de la rigurosamente hemerográfica, sería decir que Batis es testigo privilegiado de la historia literaria y cultural de México durante la última mitad del siglo xx. Otra manera más sería decir que sus clases en la facultad son el b-side de la historia de la literatura mexicana. Algunos creen -lo escuché más de una vez de mis, por así decirlo, compañeros- que se trata sólo de chismes de la ciudad letrada. El problema es ver con acritud el chisme. No me tomaré mucho tiempo en ello, pero creo que cierto chisme es una de las formas principales de la curiosidad. Claro, no es lo mismo escuchar el insípido relato de las inseguridades de alguien que no conocemos que saber el tipo de cerveza que le gustaba beber a Goethe, o el efecto devastador que producían en García Ponce los paisajes naturales. Menos que la mitificación de la vida privada de los escritores, lo que está en juego es el modo de configuración de una imaginación -relatada, además, por boca de un magistral narrador oral como es Batis.

, La respondencia no es sólo una libre asociación de ideas y referencias culturales, sino un modo de identificar y guardar registro del asombro. En realidad se trata sólo de un nombre para designar algo que de todas maneras la gente suele hacer al reconfigurar una coincidencia. Cualquier forma de relato respondencial podría comenzar por "vas a creer que lo inventé, pero...", etc., que es un gesto que busca evidenciar la perturbadora simetría que las caracteriza. Algunos llaman a ese estado modestamente delirante con el nombre de "sincronía", lo que limita el asombro a un encuentro en el tiempo. Podríamos decir que una respondencia es la implantación de una duda radical en la textura de la realidad, algo como un "mostrarse" de las costuras mediante una sutil suspensión de la incredulidad. Esta definición bien podría servir también para definir el arte Dadá, el arte objeto de Nicanor Parra y el teatro, dejando felizmente a las respondencias como tal sin definición propia.

, Este es el espacio de la respondencia: el espacio que deja vacante la irrupción de la nada.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Iniciales

, Hay que escribir sólo para forzarse a escribir. La musiquilla, este pataleo de teclas, este ronroneo. Hay algo animal a respecto de los dedos cuando se escriben: hacen formas modestamente salvajes, como pulpos o arañas. Obvia, la imagen, pero es cierto. Algo inicia siempre cuando se escribe, aunque no importe. Escribo, hoy, porque no tengo nada que decir. Pero hacerlo es sumamente importante.

, Leo un cuaderno del 2009: quise mucho a E. Me dolió mucho que nos distanciáramos. Hay muchas iniciales en mi cabeza estos días: toda la falta que me hace D.; todo lo irreparable que quedará con M.; todo lo que odio a la otra M.; los textos que quiero comentarle a R.; los encargos secretos de C. que me emocionan y para los que no hallo tiempo. E.T.C. En este sentido, no seré nunca un hombre de letras; a lo mucho, de unas pocas iniciales.

, En el 2009 vivía donde me dejaban quedarme. Pocas veces me faltó de comer, pero a veces me faltó. Tenía miedo, pero no sé a qué. K. fue decisiva en ese proceso. Ella, la Woolf, y P. Ese año escribí en casa de G. Por los rasgos una bayoneta, cuyos ejemplares acabo de recibir esta misma semana. D. me ayudó a corregirlos. Oye: nos quedó bien. Gracias.

, Hoy terminé de releer El proceso, donde, justamente, el protagonista es una inicial. Recuerdo de cierta carta de Kafka donde dice que un libro no debe darnos felicidad, sino algo así como un golpe en la cabeza. Lo recuerdo espontáneamente, a cuento de nada. Esta relectura fue sustanciosa porque pude corroborarla con los comentarios de Elias Canetti sobre la correspondencia de Kafka con Felice Bauer; el germen de El proceso está ahí, en ese otro proceso de verse no como agente de la propia vida, sino como confluencia de las determinaciones externas. Una vida como un accidente.  De tránsito, claro. Como Ch. que llega y me reclama alguna cosa. ¿Qué manía de vivir con gente? Había sido un fin de semana tan pacífico. ¿Preferiría a la señora Grubach? Sin duda no. Pero hasta ahora había honrado ese dictum kafkiano este domingo de lluvia:

"No es necesario que salgas de casa. Quédate junto a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera. Pero ni siquiera esperes, quédate completamente quieto y solo. Se te ofrecerá el mundo para el desenmascaramiento, no puede hacer otra cosa, extasiado se retorcerá ante ti." [Aforismos, apéndice a 109.]

, Así, muy quieto y muy solo me quedé todo el día frente a mi mesa, con valientes irrupciones en la cama sólo para estirar la espalda un poco. El mundo no se me reveló ciertamente, pero cumplí con mi parte. Tal vez mañana. ¿Escribir no es estar a la espera, a disponibilidad, como ponen en las cartillas militares, sencillamente, a que tal vez mañana ocurra en esta misma mesa algo de la talla de un ofrecimiento? ¿Que, si uno hace su parte y se pone en su mesa, el mundo, o tal vez algo más modesto, una huella o inicial, se ofrezca frente a nosotros?

, Lo de estar muy solo realmente no fue tan exacto: desde hace días vienen cuatro o cinco albañiles a hacer reparaciones por todas partes. Le conté a F. la historia de la señora Winchester, que, temiendo que los espíritus de los muertos por el fatal invento de su esposo vinieran a cobrarse con ella, por consejo de una bruja tenía día y noche a gente en su casa haciendo reparaciones. Una noche particularmente lluviosa, como esta misma en DF, aunque la de ella ocurriese en Texas, creo, los obreros tuvieron que suspender las labores nocturnas y la señora Winchester murió. Pero a diferencia de ella, mi carácter me lleva a preferir mil veces a los fantasmas que a las personas; al menos aquellos son infinitamente sutiles en sus, así llamadas, manifestaciones, mientras que estas otras no hacen sino manifestarse. Sí: espontáneamente me siento más cerca de los fantasmas que de las personas, por la sencilla razón de que su manera de estar es un no estando en voz alta.

, A sugerencia de E. de G. le di la plaquette a D.H., con singular vergüenza. Hace un par de años, Raúl Zurita se decepcionó modestamente, o simplemente se sonrió decimonónicamente, cuando le dije que no había publicado aún en forma de libro. Se decepcionó porque fue más como salir de su radar antes de haber entrado del todo. Ese mismo día conocí a J., mi querida abuela, quien me regaló su libro apenas conocerme. Secretamente creí desde entonces que había que escribir libros sólo para regalarlos. Ayer le di una plaquette a S. y me sentí tranquilo de que no pidiera dedicatoria. Una cortesía muy rara opera en ese ritual. Una vez lo discutí con C., en un parque mientras bebíamos whisky en botellas de agua mineral: ¿se debe leer la dedicatoria en presencia del autor o no? Hay dedicatorias medio forzadas, cabe aclarar. V. descubrió una hace poco en un librito mío de JEP, por ejemplo. Aunque las hay gratas y abundantes, como las de Y. La que le hice a D.H., ruborizado y bajo una lluvia aún más feroz que esta, que ya escampa, decía "Tenga piedad", pero lo que quise decir fue "misericordia." La diferencia es que la piedad es el trato con lo otro, lo cuál, como gran lector, encontrará acaso aburrido con mi librito, pero no problemático; y la misericordia, en cambio, es en primera instancia una apelación al sufrir compartido, a la compasión, a decir "mire que fue lo mejor que pude hacer. Sea benévolo. No me condene tan pronto." Aunque, como vemos en el caso de Josef K., la condena depende de cuántas cosas ajenas a nosotros. Yo me ahorro el proceso, gracias: soy culpable de mi librito.

, M.P. me dio una excelente noticia esta semana: viene pronto J.K. (¡vaya respondencia!) y podré hablar con él. Creo que hace mucho no estaba genuinamente feliz por conocer a alguien que sólo he leído, y con cuánto gusto.

, A veces siento que escribo como personaja de Jane Austen, pero ebria.

, F. me pidió El libro de Pixie, para una posible reedición. El único ejemplar que tuve se lo di a N. recién conocerla. No me arrepiento, como sí debería de tantas otras cosas respecto a ella.

, Madre me pidió que fuera a misa, o "que la viera por Internet." Le respondí que leería, en cambio, algo de la  Biblia. El problema es que mi libro favorito de la Biblia siempre ha sido Job, lo cuál es muy apropiado después de una semana kafkiana (este aroma perenne de barniz y pintura, como el estudio bochornoso de Titorelli...), así que siento que no he cumplido del todo con su encargo. Ir a misa siempre me ha parecido (y digo "siempre" con conciencia del tiempo: dejé de acompañar a mis padres a la iglesia para quedarme a jugar Super Nintendo) aceptar de antemano la culpa de algo. El algo, claro, es el pecado original. Y el constructo teleológico llamado Dios sabe que no soy una persona lo que se dice "buena", pero no ha sido defecto de fabricación: si me he ido pudriendo fue por un esfuerzo constante y razonado.  Por ello siento que no he cumplido con el encago de Madre: en vez de ir a sentirme culpable en público me quedé a ser feliz en privado con mi biblos favorito del Antiguo Testamento. No puedo evitar sentirme un poco como Leopold Bloom ante su madre. Él sí que estaba podrido.

, Pasarme por la facultad me dejó en un estado inconveniente por varios días. Esta especie de conciencia de que no me doctoraré nunca, y de que eso debería ser malo. De que debería sentirme mal por algo. Pero desde entonces puedo leer lo que yo quiera: incluso me descubrí leyendo hace unos días una antología de sociolingüística simplemente porque algo me interesó siempre de ahí. Pero pude también repasar un pequeño manual de métrica árabe para mi traducción de Adonis; pude releer Soledades en soledad, y no en un salón lleno de gente; pude sobre todo ver un par de películas de Woody Allen y leerme dos libros de Vila-Matas en absoluta paz. ¿En serio necesito doctorarme? ¿Necesito aprobación para escribir lo que yo quiera? Madre, debo confesar que he pecado de soberbia: en mi escritura me exijo mucho más de lo que me exigirá nunca ningún doctorado.

, Estoy aprendiendo latín por mi cuenta para traducir unos poemas puercos de Catulo, además de las Heroidas de Ovidio, que me contentaría con poder leer en el original, porque la traducción del maestro Alatorre es maravillosa. Nunca disfruté latín en la facultad, con todo lo que M. y P. se esforzaron en hacerme entender las declinaciones. Ya entendí: simplemente no tenía una buena razón para aprenderlo. Tuve una buena razón para acercarme al francés, en cambio: Rimbaud y Mallarmé. Al italiano: Dante y Leopardi. Al portugués: Pessoa. Al alemán: Hölderlin, Rilke. Pero al llegar a la facultad conocía de literatura latina sólo la Epistola a los Pisones de Horacio, el discurso de la amistad de Cicerón y un par de libros de la historia de Roma de Tito. No me habían ocurrido las Heroidas, esa obrita brutal, con ripio y todo. Quisiera leer la carta de Briseida a Aquiles en el original. Quisiera leerla con D., en latín, en español, en lo que sea. Es más que suficiente razón.

, Odio esta casa. Odio a la gente. Jack White: I got moving on my mind.

jueves, 28 de abril de 2011

Hacia un juego de respondencias

a crg, que me regaló sin querer la palabra "respondencia"

Un día leeremos los hechos como leemos palabras. Si la vida de la vida es la significación, y todo el trabajo del arte no es más que el perfeccionamiento de la expresión de las condiciones de posibilidad de una conciencia percibiendo la vida del hombre (crear/descubrir significado mientras se desaparece), las respondencias serían, a los hechos, lo que los semas a las palabras. Esto nos llevará eventualmente, sospecho, a una sintaxis del tiempo, como ya sospechan algunos físicos. Por ahora, unas respondencias:

-Trazar un mapa de respondencias es parecido a trazar el mapa de un lugar donde se ha vivido siempre: se le conoce bien, pero el primer problema radica en elegir un lugar para comenzar el trazado, lo que implica elegir un significado que detonará todos los demás. Trazar una respondencia (es decir, la acción de la memoria) se parece a la escritura de, por ejemplo, un poema. 

-El asombro de las respondencias, su carácter eléctrico e imantador, a diferencia del carácter de un poema, suele ser intransferible; pero como el de los poemas, tiene sentido únicamente cuando se experimenta personalmente. La correspondencia, la unión de respondencias, es el asombro de la memoria que verifica las iteraciones del ser en el mundo. Léase "asombro" como si dijera "vida".

Ejemplo:

Eje 1

1) Busco un poema de Tomaž Šalamun en YouTube, pues tengo la intención de transcribirlo y traducirlo para Literal. 

2) Lo que encuentro, en cambio, es un poema de Charles Simic que ya traduje.

3) Cuando encuentro el poema de Šalamun, veo que en el mismo ciclo de lecturas participó Gary Snyder, de quien he leído mucho a través de Jerome Rothenberg. 

Eje 2

1) Durante el remate de libros del Auditorio Nacional compré una selección de los diarios de José Kozer.

2) Traigo en la cabeza no sólo lo que podríamos reducir groseramente como "sincretismo cultural" a respecto de Kozer y Rothenberg (i.e. poeta cubano, budista; poeta norteamericano que sabe mazateco), sino cómo el exilio, la extranjería, los distintos tipos de distancia son análogos a la distancia de una palabra para llegar hacia su significado, una obviedad que seguramente los lingüístas conocen bien.

Azar

Hace poco más de un año, David Huerta me regaló Stet, la traducción que Mark Weiss hizo al inglés de algunos poemas de José Kozer. Por alguna razón, hoy la tomé del librero y vi que la contratapa está escrita nada menos que por Jerome Rothenberg. 

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La conexión entre estas respondencias no tiene nada de asombroso excepto cuando se les experimenta. Lo que hice aquí fue exponer un par de ejes interreferenciales y una conexión azarosa entre ellas --hay muchos más ejes y muchas más conexiones azarosas. Sospecho que si tuviera una memoria como la del Funes (en ese sentido trágica, funesta) de Borges, esos ejes podrían reconstruir si no mi vida completa, sí el mapa de mi imaginación, que es mucho más interesante porque tiene que ver con el funcionamiento de la imaginación en acto, y no con la contingencia de los hechos de un hombre cualquiera.

Sospecho también que este ejemplo de respondencias no tiene nada de peculiar desde cierta óptica: dados mis intereses y dado (¿Mallarmé?) que he hecho lo posible para ordenar el desarrollo de mi vida alrededor del acto de leer y escribir (o dicho desde la memoria: para programar en un ambiente de alta indeterminación las iteraciones de mi ser en relación con el acto de percibir escrituras; o dicho desde la construcción de la subjetividad: construir mi sujeto a través del acto de poner en relación escrituras), lo asombroso sería que este tipo de relaciones o respondencias no ocurrieran. 

Sospecho algo aún más alarmante y emocionante: que la vida empieza, por lo menos en mí, a imitar el arte; no el mío, que es apenas un balbuceo, sino el que construyo a partir de la puesta en relación de otras escrituras --lo que ulteriormente será lo que escribiré cuando escriba. Lo gastado de la construcción "imitación del arte y la vida" (o al revés, con mimesis y Aristóteles, etc.) no perturba el asombro. Después de todo, ya dice Karlatone (como dice EVM, como dice Montaigne) que fortis imaginatio generat casum

¿Pero qué pasa si la fuerte imaginación no tiene precisamente idea del acontecimiento que desea generar? Aquí la carga semántica de imaginación, para mí, tiene menos que ver con elaboración o deseo dirigido que con sorpresa: la escritura y la vida como arqueología. En ese sentido la vida y el arte se parecen a que hay que trabajar a partir de los hallazgos, de los encuentros con las reiteraciones de uno mismo a través del tiempo, con el ser en devenir siempre y cuando el ser esté en pijama. Acceder a ese trabajo de observación constante, de atención ininterrumpida (para lo que se aconseja el entrenamiento en el sueño lúcido con el objetivo de preservar la conciencia alerta; de otro ejercicio montaignesco: aprender a morir a cada instante, en todas partes, hacer simulacros imaginarios de muerte; preservar la conciencia en lo posible del exceso de estados alterados: la conciencia produce sus propias alteraciones; practicar la otredad como alteración de la conciencia y otras pautas que funcionan únicamente para mí, creo, y que conforman una "ascesis del placer", un manual de superación personal con el puro objetivo de acceder a la total desesperanza, etc.) es lo que llamo ninja y sobre lo que estoy escribiendo en secreto, incansablemente desde hace más de dos años. 

Es ese otro sentido posible de respondencia, responder, lo que quiere decir también participar en el juego. ¿El juego de qué, de quién? Ciertamente no de dios, pero sí de algo cercano a lo sagrado: lo sagrado entendido como una instancia capaz de generar sentido. Así, la magdalena proustiana es un objeto sagrado, pues que contiene en sí, para el que sabe verlo, el sentido contenido; y más, la posibilidad del sentido.

Me excedo, como siempre, y no termino de darme a entender. Mission accomplished.

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Posdata: un mapa de respondencias (es decir, una correspondencia) que introdujéramos en una suerte de sintaxis lógica se parecería a un poema dadaísta y a un in xóchitl in cuicatl:

El cardamomo eriza la walther, 
la luz en la ventila
verde no deja de sonar.
Un avión triangula,
un aviario se desbanda
en una taza de té.

Todo absolutamente referencial, pero descontextualizado. Puedo escribir los versos más dadaístas esta noche. Hay poesía también en la explicación de las cosas, en el pensar cómo ocurren las cosas.

En pensar que algo ocurre.

En pensar.

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domingo, 20 de febrero de 2011

Leteo

Me aterra no la muerte, el olvido. No de mi nombre, que por otra parte es Nadie, sino de lo que he sabido con mayor o menor fortuna en esta vida. Debe considerarse en un principio que la suma de lo que los hombres conocen puede, con el tiempo, ser considerable (le llamamos cultura), pero de ningún modo infinito. Dejemos para los teólogos las proporciones de la eternidad: a mí lo que me preocupa es olvidar de ese conocimiento el poco, poquísimo que he podido retener en mi tiempo. Esa suma de ignorancia particular, pues, constituye mi mundo, este sueño.

Quién sabe cuánto falte para que muera, si es que muero (pues, como dice aquel Isaac Laquedem, el judío errante de Apollinaire, 'tal vez usted mismo no se muera jamás'), pero debe dolerme por adelantado olvidar el frío de los alpes italianos escarchando la barba del azote de Roma, Anibal Barca, en una página de Tito; debe dolerme ya la vista del cielo egipcio desde Karnak, al pie de una columna con la efigie de Toth descrita por Flaubert en una noche de estrellas y mosquitos, de multitudes aéreas; debe dolerme, igualmente aérea, la súbita sombra en el mediodía cuando Heródoto hace subir las flechas del innumerable ejército médico y caer sobre un puñado de espartanos (aquí debemos hacer un alto, como dice la piedra, y llorar, o si el cuero da para muy poco, hacer un gesto de recuerdo como evocando el principio de las hostilidades entre Oriente y Occidente); debe dolerme olvidar este verso de Góngora: "en campos de zafiro pace estrellas"; me dolerá infinitamente, si la medida del olvido es la eternidad, el olvido de mi rostro visto por Borges bajo la escalera del comedor de la calle Garay, donde aparezco desde todos los tiempos y todas las perspectivas, al igual que todas las cosas que fueron y serán; me dolerá tal vez sólo haber parecido infinitamente pequeño, sin serlo, como Kafka quería; me dolerá no volver a oír la descripción que un romano hace a otro del cortejo marino de Cleopatra, de su barco de hojas de oro cuyo brillo Shakespeare hace duplicar al sol, dirigido por la mujer que perdió a Marco Antonio, hija última de los ptolomeos; me dolerán las canciones de Johnny Cash; me dolerá la indescifrable caligrafía de los Cahiers de Valéry; me dolerá un retrato de Joyce; me dolerá mi pobre traducción de esa primavera cruel, de ese renacimiento irreproducible cuando de la tierra muerta brotan lilas; me dolerán las lágrimas que un rey de rodillas pone a secar en las manos de Aquiles; me dolerá no escuchar otra vez la locura de García Ponce narrada por Bátiz; me dolerán (aquí me detengo y tomo un trago, porque un miedo infinito me invade, un vértigo de muerte) el segundo y el cuarto movimiento de la 9a de Beethoven; me dolerá, ya me duele, el temblor de la sala cuando el brontosaurio arranca la rama y vuelve al suelo ante los ojos atónitos de los doctores Grant y Satler y, niño aún de nueve años, tiemblo también; me dolerá la voz de Nicanor Parra en una grabación; me dolerá el solo de Bold as love de Jimmy Hendrix; me dolerá como le habrá dolido al mulo en el abismo los terrosos que Lezama le crece lagrimones como plomo podrido; me dolerá no haberme demorado suficiente como quería Rojas, el Gonzalo; me dolerá que mi polvo no esté enamorado y se disuelva en el limo, en fin, del Leteo.

La suma de la felicidad abonada en todo el tiempo que no leí puede caber apenas en un puñado de minutos, de los que en pocos años habré olvidado casi todos, casi imperceptiblemente.

viernes, 28 de enero de 2011

Helicópteros

Frente al colegio había un campo de futbol americano donde cada miércoles nos llevaban para la clase de educación física. Ese miércoles, sin embargo, el campo amaneció lleno de camiones de bomberos, patrullas y ambulancias. Al salir de clase, mi madre me contó que un helicóptero había intentado aterrizar sobre el campo, pero fuera por una corriente de aire mal calculada o la impericia del piloto, el helicóptero chocó de lleno contra una de esas H enormes —a las que desde la ignorancia llamaré "porterías"— y se hizo añicos como una mosca en una licuadora.

La historia estuvo fresca muchos días. De las versiones oficiales, si las hubo, no recuerdo ninguna, pero recuerdo una broma muy común por entonces: antes de cruzar la calle, fíjate a la izquierda, a la derecha y hacia arriba. Hasta entonces comencé a ver los helicópteros como algo "real", no sé si me entiendan. Uno ve un helicóptero sobre la ciudad —siempre precedido por su tableteo de aspas— y lo mismo podría ser un ángel o un concepto en la inmaterialidad que le confiere la distancia a todas las cosas, como el horizonte mismo. Y aunque no haya visto (o no lo recuerde, lo mismo da) ese nudo de acero retorcido sobre el campo quemado, imagino la chatarra y toda esa ruina de violencia como algo sumamente amenazador que debió imprimirse en mi imaginación infantil y persistir hasta ahora.

Hace unos meses escribí: "cuando escucho un helicóptero me gusta pensar que por fin me encontraron". Hay algo de siniestro en ello. Podemos pensar en los helicópteros de las películas, lo más cerca que muchos estaremos jamás de esos aparatos; esos helicópteros suelen ser utilizados por policías en pesquisas a toda velocidad, o por el malvado magnate que rapta a la chica y suelta un pequeño discurso para el héroe que queda frustrado e impotente viendo cómo la libélula de hierro se aleja por el aire. (¿Escribí en serio "libélula de hierro"? Vaya cursilería. Imaginen que escribí "pterodáctilo". Gracias.) Al final de otras películas, cuando la hazaña se ha completado y la policía llega (como los testigos o el pueblo en los relatos de Berceo) sólo para dar fe del milagro, no suelen faltar helicópteros que aporten drama a la escena, con sus luces que contagian el ambiente de una sensación teatral y ese ruido demencial que, paradójicamente, al opacar los demás sonidos hace que todo parezca sobreexpuesto.

Es el efecto de "descubrimiento", o, ¿cómo decirlo?, de exposición en sentido judicial lo que suele fascinarme de los helicópteros. No es difícil creer que al ver un helicóptero el helicóptero puede verlo también a uno. Para aportar a esta hipótesis podemos traer a cuento el sentido fotográfico de "expuesto", y más: sobreexpuesto: algo que de tan visible pierde visibilidad, porque lo visible debe estar en un punto medio que nos permita contrastarlo, de otro modo desaparece. Me vienen a la cabeza los velociraptors de Jurassic Park: nos cazan en parejas, con ruidos amenazantes pero con sigilosa precisión; cuando escuchas el helicóptero, así como al dinosaurio, ya es demasiado tarde para escapar, estás en el rango donde puede ejercer el filo de sus armas, nace en ti la conciencia de ser cazado, de perder humanidad súbitamente: de ser presa.

No pensamos en el piloto, claro, en que hay un piloto dentro del aparato, pensamos en una mosca gigantesca, un monstruo o una nave espacial que se dirige por sí sola sobre el aire a voluntad, como un animal o pájaro (que no es lo mismo). Desde los aviones uno puede apreciar con perspectiva lo poco que se levanta la orgullosa civilización humana sobre la Tierra; pero desde la tierra, desde donde los aviones son aún más inmateriales y son casi nubes reflejando un pedazo de sol, los helicópteros están como en un punto medio: ni tan altos como ángeles o aviones ni tan amenazantes y cercanos como autos. Los helicópteros viajan en un limbo, en una zona de indeterminación. Son los únicos que se disputan ese territorio, opaco en la teoría aunque transparente, entre la ciudad y el cielo, los polos real y metafísico.

Debo traer nuevamente la palabra "ángel" por su pertinencia para el caso: mediadores entre dos realidades, mensajeros en la mitología cristiana, los ángeles pueden participar de la presencia divina (lo alto) e intervenir en los asuntos humanos (lo bajo, claro.) ¿Pero cuál es el lugar propio (locus) de los ángeles? Habría que preguntarle a Maimónides, pero mi posición relativa al librero requiere un esfuerzo que no me siento capaz de realizar.

Tal vez esa misma indolencia propia de mi personalidad sea lo que les confiere a mis helicópteros su carácter amenazador. No hace falta haber leído a Paul Virilio (aunque ayuda) para comprender este desfase entre velocidades relativas. Un punto inmóvil que funciona como perspectiva (yo, frente a mi mesa de trabajo) y un punto evanescente, ruidoso y veloz que relativiza la posición del punto inmóvil —el helicóptero que cruza tal vez sobre la colonia Del Valle y de pronto, como si nada, pasa de la delegación Coyoacán a la Benito Juárez y se pierde sobre el cielo acotado de la delegación Cuauhtémoc—, y le otorga por su propia velocidad el sentido de su inmovilidad, así como esos ángeles —no temamos ir demasiado lejos— en el canto xxxi de la Commedia le dan a Dante la perspectiva de su inmovilidad relativa frente al baile frenético, ballet de helicópteros, que precede la aparición de dios mismo.

De pronto el asunto recuerda a la famosa carrera de Aquiles y la tortuga. No ahondaré en ella porque es de sobra conocida y porque, de nuevo, me invade una pereza invencible. Y se me ocurre esa otra velocidad, más "veloz", si se perdona la rudeza de la construcción, que es casi como la instantaneidad en física teórica, si he comprendido bien. Al apuntar con el pensamiento a los ángeles de Maimónides o de Dante, los traigo a escena en este texto sobre helicópteros, pero al no traerlos en los mismos términos en que son caracterizados por sus ilustres autores allá, observándome desde el librero que se me antoja de pronto en otro país muy lejano, los modifico, produciendo entre su presencia aquí y su presencia allá un desfase, que se parece justamente al punto medio donde hemos ubicado a los rapaces helicópteros. Su presencia impresa allá, como libros, pero aún más en mi memoria como referencias, como imágenes, les aporta la posibilidad y la utilidad de su presencia aquí, en este texto, para hacer de improbable símil de un aparato moderno —aunque de origen renacentista si recordamos los bocetos de Leonardo sobre helicópteros, o si vamos un poco más atrás en el tiempo, con aquellos frisos de Abydos que fascinan a los ufólogos aficionados que creen advertir sobre una pared de miles de años de antigüedad las formas de un cohete espacial, un barco sin velas, y claro, un helicóptero pintado o tallado en piedra, no recuerdo con exactitud.

Y de pronto hemos llegado al día de hoy con el tema egipcio. Me entero que el gobierno ha cercado electrónicamente el país, el tráfico de Internet ha caído súbitamente de la noche a la mañana y no se sabe bien a bien qué pasa en Egipto mientras escribo esto. Será que yo no sé qué pasa, pero la Revolución se está retuiteando mientras tanto: la situación está sobreexpuesta en sentido fotográfico: el cerco de noticias es tal que no podemos saber con precisión qué ocurre ni por qué, en la red egipcia o en sus calles, tan poco distantes geográficamente de esos molinos de viento que se han confundido inverosímilmente con naves espaciales y helicópteros.

Leer estas noticias es como participar de la velocidad de vigilancia de un helicóptero sobre una ciudad que ha quedado cubierta de niebla: creemos pasar sobre ella y abarcarla rápidamente, pero en realidad no vemos nada. El piloto del helicóptero tampoco ve mucho de lo que está bajo el aparato. Es poco probable que pueda participar en una escena voyeurista aunque pase rozando las ventanas de los edificios más altos de la ciudad; no tiene a su favor la presencia invisible en la noche de los binoculares del voyeur y tiene además en contra el escándalo de su helicóptero, de cuyo control no puede permitirse distracciones.

Quién sabe si aquel helicóptero estrellado de mi infancia no estaría tripulado por un grupo de voyeurs ricos con cámaras de potente zoom; tal vez le muestran al piloto un negativo de la pareja del piso 36 —ya que este equipo llevaría por fuerza un estudio de revelado portátil, con un cuarto oscuro y sales de plata en contenedores que soportaran el vaivén del vuelo—; este se distrae un segundo con la imagen y otro helicóptero pasa rozándoles el fuselaje; el piloto vira a tiempo para esquivar la embestida pero el cielo se ha hecho muy pequeño de pronto, y al abandonar su estudiada trayectoria aparecen más y más helicópteros como parvadas de moscas delatadas apenas por un par de luces, azules y rojas. El piloto querría perder altura para ganar control, pero es demasiado tarde: no ha visto la gran H —que desde la ignorancia llamé "portería"— con la que la cola ha chocado ya, y las hélices posteriores han salido disparadas, así como la mayor parte del grupo de voyeurs millonarios, y el helicóptero entra con toda su velocidad y sus toneladas a cuestas sobre el campo desierto.

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martes, 25 de noviembre de 2008

Filosofía y niños

1. Mi primo pregunta: ¿por qué Jesús es Cristo? Coño. Se llama David. Tiene 6 años y es una pirinola. Y ahora resulta que de la nada se le despertó la curiosidad teológica. A su edad, Dios era lo que más me angustiaba a mí. Acaso siga siendo mi pensamiento más extenso durante el día. ¿Pero por qué preguntarme a mí, a un cuasi hereje? Pues bueno, le expliqué lo que dice la iglesia, lo que le dicen los domingos: "Dios Padre hace que su hijo venga a la Tierra para enseñar el amor..." --¿Pero si es Dios, por qué muere? (fuck!) --Bueno, porque al venir a la Tierra era un hombre, como nosotros. --¿Y por eso lo matan? Yo no creo que Cristo sea Dios. Creo que Jesús el Nazareno era un excelente propagandista, alguien que legítimamente quería aportar felicidad a los demás, un filósofo popular, un enemigo del César que mereció la cruz como tantos otros. ¿Pero qué le contestaba a mi primo? --No importa cómo murió, piensa mejor cómo vivió, cómo le dio esperanza a la gente mediante la palabra... Luego me preguntó sobre el Mal, sobre la confesión, sobre el arrepentimiento. Es enfermo que exista un dispositivo espiritual que le genere una angustia tal a un niño. ¡Cómo se puede pensar en el mal! Y claro, yo tenía una culpa grande por cualquier cosa, por cualquier pequeño pecado de pensamiento-palabra-obra y omisión... Otra cosa: tiene dos nombres, el del rey David y Azael, ángel que "convive con las hijas del hombre", según Enoc. Es decir, ya en su nombre hay una carga simbólica muy fuerte de transferencia: está destinado inconscientemente a matar gigantes, a ser un picaflor. Le dije: Dios te dio el libre albedrío, sé lo que tú quieras mientras te sientas feliz. De acuerdo, la felicidad está sobrevalorada. Pero la búsqueda de la felicidad es más legítima que la de la verdad. La verdad podemos conocerla, si acaso, por lo bello: lo bello es bello tanto que bello. No aspiro a otra verdad realmente. Y la felicidad es tan efímera que hay que pensarla en fracciones de tiempo ínfimas. Esperaré hasta su siguiente cumpleaños para hablarle del nihilismo... 2. Hubo dos cosas maravillosas en la lectura del viernes pasado en el Claustro: 1) Que Edmée descubriera que después de todo era poeta. 2) Azul. Azul es una niña (¿4, 5 años?) hija de una de las poetas que leyeron ese día. A su madre como a ella las vi también en un evento de "Poesía y Movimiento" en el metro Bellas Artes donde también me encontré a Rojo. La pobre Azul estaba harta (¿qué es esto de que la gente en esta historia tenga nombres de colores? ¿Influencia inconsciente de "Reservoir Dogs"?), y recuerdo que pasó a nuestro lado indignada por el trato que estaba recibiendo... Pero con todo y el frío que hizo en el claustro este viernes, Azul se veía de lo más feliz. Mientras me discurría en profundas libaciones, la pequeña Azul me tomó de la mano y me pidió que la subiera al escenario. Arriba, sintió un poco de miedo escénico, que se diluyó rápidamente. Su madre le pidió que bajara. Azul me asegura que en una próxima lectura leerá ella misma sus versos. Los imagino bellos. Reencontrarse con amigos, atenazar el miedo a lo propio, fundar nuevos recuerdos. Si eso no es poesía, entonces no es nada. ¿Y una niñita llamada Azul viene y me toma de la mano? Haya esperanza.