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jueves, 13 de octubre de 2011

Sobre "Cometas: nómadas del espacio", de Yaxkin Melchy



El futuro será
escribir antes
de la escritura, pensar
como se escribe.
Mara Pastor

No entiendo de qué hablan los poemas de Yaxkin Melchy. No los entendí cuando comencé a leerlos en su blog, Ciudades Electrodomésticas en el 2008, no los entendí cuando comenzamos a intercambiar comentarios que eran como críticas desde la alucinación ni cuando nos enteramos, entre risas, que a pesar de habernos conocido en la Matrix de la blogósfera estábamos físicamente caminando por los mismos linderos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde se convirtió en uno de mis pocos verdaderos interlocutores y, a nuestro modo, en un amigo.

Digo que no entiendo los poemas de Yaxkin como una evidente provocación: los suyos no son poemas que conocen, sino que saben. Diferencia sutil: la visión de largo alcance de su trabajo, esa visión que admite la intercesión de un telescopio como aparato de la transvista, del despliegue transtemporal de los ojos, digo, no se cifra en los términos de una epistemología, de un conocer el objeto, sino de una sabiduría, de un ser el objeto.

Hay que acercarse a los poemas de Yaxkin con la misma imaginación que los antiguos tuvieron para con las estrellas: la atención sostenida del ojo sobre el cielo revela relaciones únicas, que están y no están implícitas en la organización del mapa astral. Una constelación se crea como ayuda de la memoria, como bandera invisible puesta en el cielo para constatar el hallazgo. Así también el libro.

Leo del mismo modo los poemas de Yaxkin incluidos en Cometas: nómadas del espacio, uno de los libros que hoy nos convoca a la celebración de su nacimiento, y que se inserta en ese marco telescópico de largo alcance, en ese Nuevo Mundo que Yaxkin vio un día y de cuya noticia hoy participamos.

Una constelación posible en el trabajo de Yaxkin tiene que ver con la historia. La paradoja de nuestra época es que el futuro dejó de ser algo que se esperaba: el futuro fue, enfatizo fue, algo que se canceló. La historia como medida del tiempo humano implica la narración de nuestro suceder. Si es verdad, como quería Lezama Lima, que en el espacio del poema se cumple el rigor de las eras imaginarias, y todos los tiempos confluyen en la página como en un convite, su ejemplo paradigmático es precisamente El nuevo mundo. Sospecho que no es una coincidencia, como todos habrán notado, que este nuevo libro de Yaxkin se presente justamente en una fecha tan icónica como el 12 de octubre.

Sería bien sencillo agarrarme de ahí para contarles cómo Yaxkin ha descubierto no sólo nuevos mundos sino nuevas galaxias, nuevos Cometas en el caso que hoy nos convoca, pero en cambio quiero proponerles una lectura diferente: este libro no podía presentarse en otra fecha, porque al estar aquí hoy participamos precisamente de una era imaginaria, de la superposición de un tiempo mítico que enlaza el azar de la llegada de Cristobal Colón a esto que sería inventado como América con el azar de un libro, en su acepción más amplia, el libro como la obra total, el libro como el testimonio de la atención sostenida sobre el mundo, y en Yaxkin, sobre varios mundos a la vez.

Hay que leer a Yaxkin además, también, por cierto, como una reinvención no del mito sino del decir mítico. Sus poemas y dibujos son siempre la aproximación a una forma de rezo que se interrumpe y se retoma. Cuando procede por repeticiones, es decir, cuando insiste en el querer ser gitano, en el no temeré, en la enumeración de los signos del mundo, en el inventario siempre interrumpido y siempre retomado de ríos, abejas, estrellas, girasoles, bombas, automóviles y zombis, cuando Yaxkin insiste en el catálogo imposible del Emperador chino, está interrumpiendo y retomando la voz de un decir ancestral, de esos viejos que interrumpen y retoman el sentido de las palabras de la tribu en torno al fuego.

Por eso es que no pueden entenderse estos poemas, cortarse con la espada del pensamiento racional, occidentalizante: tan lejanos a ese horizonte quedan los poemas de Yaxkin como el Enuma Elish mesopotámico, como el cuento de la resurrección de Quetzalcóatl que precede a su muerte, como el cuento de la creación del hombre azteca a partir de los huesos, como la ruina antes que la creación, como el efecto precediendo las causas. Como la física cuántica.



Además, también, por cierto, Yaxkin descubre su América en una época marcada por el signo del horror, por el signo de la sangre. La palabra mítica de sus poemas, sin darnos directamente la receta de una esperanza posible como suelen hacerlo los gurús al uso, opone a la violencia de su contexto la violencia de la ternura: los mundos de los Nuevos Mundos de Yaxkin están poblados de niños que juegan y descubren también, otra vez, por cierto, el mundo. Lo descubren a medida que lo inventan: ese y no otro es el sentido del juego, inventar la realidad poniéndola a prueba, siendo creado y destruido o destruido antes que creado porque la lógica brutal de la codicia aún no se ha plantado en la imaginación infantil.

La infancia es el espacio de la generosidad, cuando el mundo se abre pues que estamos vivos. No es gratuito que el hacedor de arte sea representado en el imaginario como un niño: en él cabe la crueldad que remueve las piernas a las hormigas y el asombro por la luz que se inventa cada mañana. También por el miedo: cada noche el mundo se cancela, el temor a la oscuridad reclama al niño y puebla lo invisible de símbolos que le devuelven, redoblada, su vulnerabilidad. Yaxkin escribe también desde el miedo a la oscuridad, desde ese miedo primordial de la especie a que el fuego se extinga. Y sin bravatas, sin charlatanería, con una conciencia tremenda de su propia vulnerabilidad, Yaxkin decide que no temerá (tres puntos) que no temerá (tres puntos) que no temerá (dos puntos), que ya la noche y la oscuridad, aunque amenazantes, son el lugar propicio donde otro mundo se puebla de estrellas, donde las constelaciones pueden unirse por las líneas demarcadas por un dedo o por las rendijas y cerraduras de los caracteres tipográficos.

Dos palabras sobre el puntilloso término “generación”. Entiendo generación como el contexto en que las obras se producen en un momento histórico dado, no como la circunstancia coyuntural de los escritores cercanos en edad o procedencia geográfica. Es un mecanismo para situar una obra en la historia de la literatura, una preocupación formal desde hace décadas. Pero la historia de la literatura es también, sobre todo, por cierto, otro avatar de las eras imaginarias. Lo que ignora la crítica de solapa y catálogo lo sabe Yaxkin, cuando se dirige en primera persona tanto a su pléyade personal, Huidobro, Vallejo, García Lorca, Bolaño, Verástegui, Zurita y tantos otros, como a sus amigos, numerosos y salvajes, Manuel de J., Aurelio Mexa, Nicole Delgado, Héctor Hernández y tantos más aquí presentes o presentes en recuerdo.

Aquí, decir generación es decir constelación: conjunto de estrellas (asumiendo la carga propagandística del término) en el azar de la organización estelar; estrellas, soles, nebulosas, planetas y, claro, Cometas: caracteres en la gramática de la noche.

El trabajo de Yaxkin es también un trabajo de creación de comunidad, con lo que nos propone un modelo no para el escritor del futuro sino para el escritor del urgente, doloroso presente: escribir es descubrir e inventar el mundo a cada paso, y en esa creación y descubrimiento se cifra la comunidad que viene. El proyecto implícito surge de un modo específico de orfandad que sólo el verdadero escritor conoce: la soledad irremediable de los sentidos frente a lo otro. En la historia de la literatura se han abordado las relaciones entre pares y contemporáneos en la forma del concepto de generación o en la conformación de cúpulas de poder fáctico o soterrado que vieron surgir en las vanguardias históricas su explicitación: programas políticos, manifiestos, obras con aire de familia o con franco tufo a repetición y angustia de pertenencia. Tengo, con Blanchot, que el escritor si es tal está furiosamente solo; pero puede existir también un reconocimiento de mutuas soledades, de sujetos que comparten su soledad, cada uno la propia. Más de uno ha dado en llamar a esa soledad compartida con el nombre benigno de “familia” .

El mito del lector, el del gran público, llega objetivado de repente en la forma de un andante que se detiene a escucharlos gritonear en una cantina o bar, en la forma de un encuentro fortuito con alguno de los libros de sus varios proyectos editoriales, o simplemente no llega y acaso no llegue nunca. Tengo para mí que varias escrituras del presente, entre ellas claramente la de Yaxkin, forman otra pléyade, arcas de Noé con los recuerdos del mundo que todavía no es, con los recuerdos del porvenir que decía Elena Garro, con las ruinas de lo que será. Ruinas desde las que la comunidad que viene puede surgir, como surgió la ciudad de México de sus destrucciones periódicas, tanto en 1521 como en 1985. Generación, contexto, arca, más cercana referencialmente a los videojuegos que a las novelas de Balzac, que creció, que crecimos viendo caricaturas y películas gringas de ciencia ficción y ninjas. No se supone que la poesía pudiera ser esto, no se supone que un país sea un zombi, no se supone que haya una mitología en los dibujos animados con los que crecimos. Llegamos tarde, algunos más que otros, a la literatura, a los libros, al contexto de la cultura oficial o marginal –que tanto tiene en su margen de oficialidad-, llevando a cuestas esa otra tradición referencial y poniéndola en relación con otras formas de cultura, con otros lenguajes, con otros decires a través de un dictum que ha sido para Raúl Zurita una poética infalible: sin pena ni miedo.

En términos de una epistemología literaria, estas obras salvajes, en plena formación, en pleno reconocimiento de sus propias capacidades expresivas, provocan a veces una extrañeza cercana al repudio, o por lo menos a la indiferencia. Crecemos y escribimos entre viejos prematuros, que esperan la ilusión del poder, el reconocimiento y el aplauso, es decir, la literatura como mecanismo de poder en lugar de la literatura como forma de vida. En el imaginario, el lector tradicional aún no entiende que 01100001 01101101 01101111 01110010 en el lenguaje de las máquinas quiere decir AMOR. Lo que hacen estas obras, y de nuevo, en un lugar de primer orden, la obra de Yaxkin Melchy, no es educar sino inventar a su lector futuro. Cometas en particular está dirigido a un lector potencial, a un lector que todavía no sabe que lo es. Obras que atentan (acaso en un atentado suicida) contra el lector tradicional latente en todos nosotros, contra ese que espera que la poesía, la literatura y el arte en general sigan siendo inofensivos y decorativos; que les dice, como Marty McFly en Volver al futuro, con ternura, con fe, con una forma renovada de esperanza: “tal vez ustedes no lo entiendan, pero a sus hijos [a los niños que ustedes serán] les encantará.”

[Texto leído en la presentación del Premio Interamericano de Poesía Joven Navachiste, 2009 (a Lauri García Dueñas por Del mar es el ahogo) y 2010 (a Yaxkin Melchy por Cometas: nómadas del espacio), el 12 de octubre de 2011 en el Centro de Lectura Xavier Villaurrutia, México DF.]

Un fin del mundo en cada punto.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Piedra es perder

Llevo una piedra bajo la lengua y otra entre dos dedos. Si hablo, me trago una; si duermo, tiro la otra. Pierdo de ambas formas. Una piedra es un secreto, la otra es un sueño. 


Nada me impide deshacerme de ambas piedras, pero no soy libre de tirarlas. El secreto consiste en conservarlas y perderlas a la vez, secreto que se revela a través de un sueño. 


Hay que soñar sin soltar la piedra. Estar despierto y dormido a la vez. Decir el secreto que se sueña y grabarlo en la piedra. 


Al despertar, leer la piedra. Ella te dará otro secreto y otro sueño. Y claro, dos piedras nuevas, que no eres libre de tomar o no tomar. En realidad no importa que las tomes o no. Ambas piedras te pertenecen, la del secreto y la de sueño, pero nunca sabrás qué hacer con ellas.


La decisión es absolutamente irrelevante, pero no eres libre de no decidir: debes decidir incluso decidir no decidir. De pronto estás despierto y tienes una piedra en la lengua, que se disuelve. Has estado aquí antes, y sabes que lo olvidarás apenas despertar. Está bien. Como si la vida fuera el sueño que soñamos en el momento de morir. 


Todo lo que veo es parte de un sueño o lo será. No me es dado descifrar el secreto, pero es necesario que conviva con él, que aprenda de su silencio de piedra, que utilice su idioma inventado. Y de pronto la piedra caerá de mi mano. Listo, no hay que matar a nadie ni seguir vigilando. Podemos morir. Ya está hecho. Podemos desaparecer, que es una forma de soñar en voz baja: en el rumor de la piedra que imita el rumor del libro.


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jueves, 28 de abril de 2011

Hacia un juego de respondencias

a crg, que me regaló sin querer la palabra "respondencia"

Un día leeremos los hechos como leemos palabras. Si la vida de la vida es la significación, y todo el trabajo del arte no es más que el perfeccionamiento de la expresión de las condiciones de posibilidad de una conciencia percibiendo la vida del hombre (crear/descubrir significado mientras se desaparece), las respondencias serían, a los hechos, lo que los semas a las palabras. Esto nos llevará eventualmente, sospecho, a una sintaxis del tiempo, como ya sospechan algunos físicos. Por ahora, unas respondencias:

-Trazar un mapa de respondencias es parecido a trazar el mapa de un lugar donde se ha vivido siempre: se le conoce bien, pero el primer problema radica en elegir un lugar para comenzar el trazado, lo que implica elegir un significado que detonará todos los demás. Trazar una respondencia (es decir, la acción de la memoria) se parece a la escritura de, por ejemplo, un poema. 

-El asombro de las respondencias, su carácter eléctrico e imantador, a diferencia del carácter de un poema, suele ser intransferible; pero como el de los poemas, tiene sentido únicamente cuando se experimenta personalmente. La correspondencia, la unión de respondencias, es el asombro de la memoria que verifica las iteraciones del ser en el mundo. Léase "asombro" como si dijera "vida".

Ejemplo:

Eje 1

1) Busco un poema de Tomaž Šalamun en YouTube, pues tengo la intención de transcribirlo y traducirlo para Literal. 

2) Lo que encuentro, en cambio, es un poema de Charles Simic que ya traduje.

3) Cuando encuentro el poema de Šalamun, veo que en el mismo ciclo de lecturas participó Gary Snyder, de quien he leído mucho a través de Jerome Rothenberg. 

Eje 2

1) Durante el remate de libros del Auditorio Nacional compré una selección de los diarios de José Kozer.

2) Traigo en la cabeza no sólo lo que podríamos reducir groseramente como "sincretismo cultural" a respecto de Kozer y Rothenberg (i.e. poeta cubano, budista; poeta norteamericano que sabe mazateco), sino cómo el exilio, la extranjería, los distintos tipos de distancia son análogos a la distancia de una palabra para llegar hacia su significado, una obviedad que seguramente los lingüístas conocen bien.

Azar

Hace poco más de un año, David Huerta me regaló Stet, la traducción que Mark Weiss hizo al inglés de algunos poemas de José Kozer. Por alguna razón, hoy la tomé del librero y vi que la contratapa está escrita nada menos que por Jerome Rothenberg. 

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La conexión entre estas respondencias no tiene nada de asombroso excepto cuando se les experimenta. Lo que hice aquí fue exponer un par de ejes interreferenciales y una conexión azarosa entre ellas --hay muchos más ejes y muchas más conexiones azarosas. Sospecho que si tuviera una memoria como la del Funes (en ese sentido trágica, funesta) de Borges, esos ejes podrían reconstruir si no mi vida completa, sí el mapa de mi imaginación, que es mucho más interesante porque tiene que ver con el funcionamiento de la imaginación en acto, y no con la contingencia de los hechos de un hombre cualquiera.

Sospecho también que este ejemplo de respondencias no tiene nada de peculiar desde cierta óptica: dados mis intereses y dado (¿Mallarmé?) que he hecho lo posible para ordenar el desarrollo de mi vida alrededor del acto de leer y escribir (o dicho desde la memoria: para programar en un ambiente de alta indeterminación las iteraciones de mi ser en relación con el acto de percibir escrituras; o dicho desde la construcción de la subjetividad: construir mi sujeto a través del acto de poner en relación escrituras), lo asombroso sería que este tipo de relaciones o respondencias no ocurrieran. 

Sospecho algo aún más alarmante y emocionante: que la vida empieza, por lo menos en mí, a imitar el arte; no el mío, que es apenas un balbuceo, sino el que construyo a partir de la puesta en relación de otras escrituras --lo que ulteriormente será lo que escribiré cuando escriba. Lo gastado de la construcción "imitación del arte y la vida" (o al revés, con mimesis y Aristóteles, etc.) no perturba el asombro. Después de todo, ya dice Karlatone (como dice EVM, como dice Montaigne) que fortis imaginatio generat casum

¿Pero qué pasa si la fuerte imaginación no tiene precisamente idea del acontecimiento que desea generar? Aquí la carga semántica de imaginación, para mí, tiene menos que ver con elaboración o deseo dirigido que con sorpresa: la escritura y la vida como arqueología. En ese sentido la vida y el arte se parecen a que hay que trabajar a partir de los hallazgos, de los encuentros con las reiteraciones de uno mismo a través del tiempo, con el ser en devenir siempre y cuando el ser esté en pijama. Acceder a ese trabajo de observación constante, de atención ininterrumpida (para lo que se aconseja el entrenamiento en el sueño lúcido con el objetivo de preservar la conciencia alerta; de otro ejercicio montaignesco: aprender a morir a cada instante, en todas partes, hacer simulacros imaginarios de muerte; preservar la conciencia en lo posible del exceso de estados alterados: la conciencia produce sus propias alteraciones; practicar la otredad como alteración de la conciencia y otras pautas que funcionan únicamente para mí, creo, y que conforman una "ascesis del placer", un manual de superación personal con el puro objetivo de acceder a la total desesperanza, etc.) es lo que llamo ninja y sobre lo que estoy escribiendo en secreto, incansablemente desde hace más de dos años. 

Es ese otro sentido posible de respondencia, responder, lo que quiere decir también participar en el juego. ¿El juego de qué, de quién? Ciertamente no de dios, pero sí de algo cercano a lo sagrado: lo sagrado entendido como una instancia capaz de generar sentido. Así, la magdalena proustiana es un objeto sagrado, pues que contiene en sí, para el que sabe verlo, el sentido contenido; y más, la posibilidad del sentido.

Me excedo, como siempre, y no termino de darme a entender. Mission accomplished.

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Posdata: un mapa de respondencias (es decir, una correspondencia) que introdujéramos en una suerte de sintaxis lógica se parecería a un poema dadaísta y a un in xóchitl in cuicatl:

El cardamomo eriza la walther, 
la luz en la ventila
verde no deja de sonar.
Un avión triangula,
un aviario se desbanda
en una taza de té.

Todo absolutamente referencial, pero descontextualizado. Puedo escribir los versos más dadaístas esta noche. Hay poesía también en la explicación de las cosas, en el pensar cómo ocurren las cosas.

En pensar que algo ocurre.

En pensar.

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miércoles, 21 de octubre de 2009

El diario íntimo, Tolstoi, et. al.





, El diario íntimo es una forma de escritura siempre parcial, que busca fijar lo que no puede fijarse, a saber, el presente. Parcial por la naturaleza misma de ese presente, el movimiento, como se da en nuestro igualmente parcial entendimiento de la fuerza del tiempo. 

, Guardo especial estima y admiración por esas obras que se construyen de mañana en mañana, antes del amanecer; que son la coyuntura misma donde experiencia y posibilidad se encuentran y se hacen explícitas. Lo que fui determinando lo que soy. Escritura en gerundio. En otra parte he escrito mi asombro al verme frente a los numerosos volúmenes de los Cahiers de Paul Valéry, en la biblioteca de la Facultad. Grandes diaristas han sido Franz Kafka, Fernando Pessoa, Michel de Montaigne, Alfonso Reyes... Nos dice Blanchot: un hombre, mañana tras mañana, se levanta antes que el sol y pone lo primero que se le ocurre en la cabeza. Así durante cincuenta o más años, aderezado todo con eventos más o menos afortunados y ya está: tiene usted algo así como una obra.

, Sin duda habrá diaristas sin obra. Es decir: entendiendo el diario íntimo como marginal a la obra "como tal", habrá escritores o artistas que llevan a su vez notas de sus propios procesos interiores para el solo ejercicio de clarificarse intelectualmente ante ellos, y esa otra escritura, la pública, la que se da a conocer pretendiéndole algún interés para los demás. Pero por muy ingenuos que seamos no podemos pensar que este hipotético escritor a la vez de diarios y (a falta de otro nombre para diferenciarlas) "obras públicas" -publicables, se entiende- no crea en alguna mínima medida que lo que escribe en sus diarios puede a su vez tener cierto impacto o, en un sentido más mesurado, interés para los demás. Esta impresión tuve al leer la edición mexicana de los Diarios de Lev Tolstoi (2 vol., traducción y selección de Selma Ancira, Conaculta-Fonca, Era, 2001)

, Se entiende también que el autor de Guerra y paz no comenzó anotando las reglas para su vida futura en la misma elevada y poderosa prosa con que describe a Bolkonski frente a los franceses. El diario parece ser así una suerte de escuela de escritura, un lugar seguro, locus amoenus, donde el incipiente escritor desarrolla sus modestas facultades, aprendiendo, como se aprende cualquier cosa en la vida, realizándolas. Seguro por la pretendida "intimidad" del diario. Me parece ya fija en el imaginario la imagen del diario íntimo de la colegiala con un candado protegiendo el contenido, uniendo las solapas de manera más bien simbólica. La conciencia de lo privado nos genera el sentimiento de la seguridad, de que en este lugar podemos ser sin más nosotros mismos, sin jueces, sin críticos que ataquen al ser a través de la expresión escrita de ese ser. A room of one's own

Ahí todos los errores se permiten. Y más: pareciera que una motivación para escribir un diario fuera esa misma insistencia -con algún tinte masoquista- de descubrirnos cometiendo el error, y que mediante su identificación, quedemos salvos de su influjo. Hablo no sólo de errores a nivel de oficio, sino más bien de esos que buscan el perfeccionamiento de la vida personal. De ese modo se recrimina Tolstoi su afición -compartida con Dostoievski y con nuestro caro Hank Bukowski- por el juego y las apuestas (donde llegó a perder hasta cierta extensión de sus propiedades de Yásnaia Polaina), esa entrevista con Rilke que lo dejó más bien indiferente, o esa enfermedad venérea contraida en la juventud, bueno, "por la única manera como puede contraerse".

, Diario, obra y vida personal. Tolstoi llevó su diario personal desde los 18 años hasta su muerte, en 1912, a los 82. Más tiempo que el que duró casado con su mujer. No sé por qué esto me parece relevante.

, Si el diario íntimo ventila inconsistencias de carácter también revela inconsistencias de vocación. Escribe Tolstoi, el 21 de diciembre de 1850: No leer novelas.

, Si partimos de la arbitrariedad saussuriana del signo lingüístico, convendremos sin empellones en que toda escritura es mimética, y por tanto representacional, ficticia. A pesar del alto grado de referencialidad del discurso en el diario íntimo (cercano, por otra parte, al texto hisórico en su acumulación y referenciación factual, en esta como "lealtad" a los hechos) a través de la escritura entendida como interpretación el diarista se interpreta a sí mismo tal cual se percibe. No hay mucha diferencia en decir que esta percepción es tanto un trabajo de observación moral (Montaigne) como una construcción de carácter, parecido a la elaboración de un personaje de ficción. Podríamos aventurar que el diario es una novela siempre inconclusa donde un narrador en primera persona se refiere en la realidad referencial a la vez que se construye como incidente de esa realidad. En el diario íntimo no es tanto que el diarista se conozca, sino que pareciera más bien construirse como personalidad a través de la evidencia de los hechos y de la proyección de sus deseos. 

, Situación fronteriza la de la correspondencia, con un lector implicado solamente, pero de igual valor en su llegada al público. La escritura epistolar la dejo para otro día.

, El lector del diario íntimo de alguien más parece llevar a cabo una operación subversiva, hasta cierto punto morbosa. Porque el diario íntimo es una obra que no tiene receptor, que no esta pensada, menos aún que ninguna otra, para hacerse pública. En alguna parte he leído (creo que a propósito de Pessoa) que no puede existir literatura privada, que la literatura no es tal si no se hace pública (Ortega y Gasset... Blanchot... no puedo recordar). Esta visión de la literatura parte de que una obra es tal cuando es recibida y apreciada. Fenómeno de interpretación parecido al de ver las pinturas prehistóricas de Lascaux como formas primitivas ya de "arte" (que el fauvismo aprovecharía, sin embargo, a través de esa interpretación, para sus propios propósitos). 

Es mi parecer que la escritura (el hecho mismo de blanco sobre negro, mano que se mueve, dedo que oprime teclas) es un producto cultural -no necesariamente en una acepción comercial, sino como efecto o expresión de una cultura-, con mayor o menor incidencia en la mentada cultura, por supuesto, pero innegablemente cultura desde su gérmen oculto de cajón. Legitimamos estos productos a partir de su recepción solamente, pero este proceso tiene más que ver con la Historia que con el carácter ontológico de tales productos, de lo que esas cosas son. Sólo así podemos entender la literatura privada de Pessoa, las anotaciones de aquella monja portuguesa que escribía ardorosas cartas de amor en su convento y cuyo nombre se me escapa, o la de esa otra monja civil, Emily Dickinson, epígono de la literatura discreta.



Imagen: http://freepages.books.rootsweb.ancestry.com/~rgrosser/19crlit.htm




martes, 4 de agosto de 2009

La vida y la letra, 6

, Se piensa desde la poesía o se piensa mal, pienso. Pero de repente la poesía nos piensa; entonces escribimos.

, Se escribe desde una intuición: la famosa inspiración es la percepción entera, fugaz, de la obra. El trabajo de escribir no es sino el de traducir la percepción a forma (y la forma, según Valéry, es lo único que el escritor tiene de suyo, irrenunciable). "Dar forma", sin embargo, es tan improbable como "dar muerte" como lo entiendía Blanchot: un vacío --una construcción hueca-- no es algo que pueda otorgarse. La forma del poema, la bala recorriendo el espacio entre la pistola y la sien, en estricto sentido, no existen.

, "Dar forma" no puede ser tampoco elaborar de acuerdo a un plan previo, sino seguir la huella de esa percepción inicial que desencadena todo. Escribir un poema se parece al trabajo de esos astrónomos que le siguen la pista al viejo pájaro del big bang a través de esa forma vacía, todo el hueco del universo.

, Seguramente la percepción se nutrirá del trabajo: la paciencia, la disciplina, la perseverancia, esas formas raras que adopta la esperanza para las sociedades progresistas. Pero un viejo sabio escribió que Un coup de dés jamais n'abolira le hasard...

, Lo que llamamos 'instante' es la existencia completa de la obra --el espacio de tiempo que toma la percepción en construirse y borrarse por entero. Escribir es reelaborar los destellos de ese instante; armar la torre con las ruinas.

, Una puerta se abre; al momento se cierra. El poema a escribir se constituye por la memoria del vistazo que dimos. Extraño procedimiento metonímico: reconstruir la mujer entera por el color absurdo de la toalla.

, Borges, otro viejo sabio, cuenta esta historia:

Coleridge

El fragmento lírico Kubla Khan (cincuenta y tantos versos rimados e irregulares, de prosodia exquisita) fue soñado por el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, en uno de los días del verano de 1797. Coleridge escribe que se había retirado a una granja en el confín de Exmoor; una indisposición lo obligó a tomar un hipnótico; el sueño lo venció momentos después de la lectura de un pasaje de Purchas, que refiere las edificaciones del palacio de Kublai Khan, el emperador cuya fama occidental labró Marco Polo. En el sueño de Coleridge, el texto casualmente leído procedió a germinar y a multiplicarse; el hombre que dormía intuyó una serie de imágenes visuales y, simplemente, de palabras que las manifestaban; al cabo de unas horas se despertó con la certidumbre de haber compuesto, o recibido, un poema de unos trescientos versos. Los recordaba con singular claridad y pudo transcribir el fragmento que perdura en sus obras. Una visita inesperada lo interrumpió y le fue imposible después recordar el resto. «Descubrí con no pequeña sorpresa y mortificación —cuenta Coleridge—, que si bien retenía de un modo vago la forma general de la visión, todo lo demás, salvo unas ocho o diez líneas sueltas, había desaparecido como las imágenes en la superficie de un río en el que se arroja una piedra, pero, ay de mí, sin la ulterior restauración de estas últimas».

jueves, 5 de febrero de 2009

Recortes

"Pronto vemos que la obra de arte no es dominada por el dominio, que no tiene menos relación con el fracaso que con el éxito, que no es una cosa que se pueda hacer trabajando... En la obra el hombre habla, pero la obra da voz, en el hombre, a lo que no habla, a lo innombrable, a lo inhumano, a lo que es sin verdad, sin justicia, sin derecho, donde el hombre no se reconoce, no se siente justificado, donde ya no está presente, donde no es hombre para él, ni hombre ante Dios, ni dios ante sí mismo." Maurice Blanchot