Desde hace unos años he tenido la extraña fortuna de ser invitado para leer mis textos en diferentes foros. Comencé participando en slams de poesía, o bajo la hospitalaria modalidad del micrófono abierto, cuyos únicos requisitos son la paciencia para esperar el turno en una sesión maratónica y un poco de bravura para encarar la soledad del texto con la soledad del oyente.
Le acabo de leer a Raúl Zurita una frase similar: "Una lectura pública es siempre una soledad apelando a otra soledad."
Por la magia de las asociaciones, desemboco en otra soledad: Una soledad demasiado ruidosa, del checo Bohumil Hrabal, soledad del operario de una máquina que une y sintetiza los papeles dispersos de la cultura, soledad del trabajador apelando a la soledad de su oficio.
Una lectura pública puede ser, efectivamente, una soledad demasiado ruidosa, cuando el ruido está compuesto por soledades dispersas que no se conocen a sí mismas, que no se hacen escuchar. Cuando los escenarios están más llenos que las gradas.
Siempre he defendido que uno debe merecer el silencio que una audiencia le preste: debe ganarlo incluso, disputarlo con la vida, con el humor, con los recursos que uno tenga a mano para levantar un par de palabras frente al mundo no para formar una barrera sino un puente. Un puente invisible pero firme, que aparece milagrosamente no cuando alguien lee, sino cuando alguien escucha.
He sentido la vitalidad de ese puente al constatar que en todas partes existe ese raro ser mitológico, difícil de definir, siempre ajeno a la forma arquetipal del mero lector, a saber, el lector de poesía, o el peatón casual que pasa por un portón y se queda pegado en la cera de los altavoces, un anti-Ulises, un marinero llamado Butes que se deja apresar por el influjo de la voz que viene de las olas, que se pierde ahí.
Ese influjo, según Zurita, no es sino el de uno que "sin esperanzas de ser escuchado, alguien que no soy yo dijese por mí: me estoy muriendo y te doy lo que queda de mi vida, y que desde una galaxia lejana, alguien borroso e improbable, el lector, le respondiese: y yo te doy lo que queda de la mía."
El que lee y el que escucha comparten la vida de una voz (¿tercera?, otra, en todo caso) que los cobija y les presta nada menos que aliento: aliento vital.
En el vértigo de las lecturas, he servido a ese aliento y ese aliento me ha mantenido en pie frente al mundo cuando se convierte en ola y amenaza con romper. Sin embargo, porque todo hay que decirlo, cada vez me queda más claro que las lecturas públicas son espectáculos para nadie: proyectos sacados adelante con amor y necedad que convocan a los "poetas" a compartir el autismo de sus soledades respectivas, sin que aparezca, salvo por milagro --y los milagros ocurren todo el tiempo--, el huidizo lector.
He leído en hermosos escenarios con un sonido magnífico sólo para ser captado por las cámaras mudas que retransmitirán el documento --la imagen-- a las redes sociales; he gritado al megáfono que rompe mi voz y la convierte en ruido; he leído para dos transeúntes sobre Reforma y para los organizadores. Incluso he hablado con amigos de que las lecturas parecen hechas cada vez más para ser documentadas que presenciadas, lo que deja a esa voz-puente de la que hablaba en una posición irrelevante, inútil. Lo mismo daría leer que no leer, mientras las fotos quedaran colgadas en Facebook.
Las lecturas de poesía tienen un carácter cada vez más espectacular y propagandístico que literario: se promocionan las editoriales, el gobierno, los colectivos, y los requeridos a la lectura fungen como embajadores públicos de un mensaje con el que no siempre comulgan. Tal vez sea error de formación, pero para mí una lectura de poesía debería tratarse de la poesía misma, no de la promoción de tal o cual proyecto. Tomar postura no es lo mismo que militar: pero con todo que desconfío de las militancias --el destino del ser humano no es, no puede ser convertirse en soldado--, creo en la potencia vital de la imaginación. No estaría vivo hoy de no creerlo con todas mis fuerzas.
He leído en plazas públicas, en auditorios, en salones de clase, en mercados, en callejones, en teatros, en museos, en fronteras, en ruinas, en casas abandonadas o embrujadas, en dependencias de gobierno habitadas por fantasmas, en parques, en avenidas principales, en azoteas, en bares, en cafés, en cantinas, en restaurantes, en asilos de ancianos, en cárceles, en sanatorios mentales, en cine, radio y televisión, en jardines de niños y en universidades, en autobuses, en andenes, en vagones en marcha, en ventanas, en balcones, en desiertos, en zoológicos, con micrófono o sin él, porque me ha parecido conveniente, necesario, divertido, o porque no he sabido negarme.
Y a veces creo que me invitan incluso por eso: porque no he sabido negarme.
Llevo más o menos diez años diciendo que sí, agradeciendo, parándome en donde me citen para decir mis cosas, tomándomelo como una labor sagrada que sin embargo no es grave, ni trágica, simplemente necesaria. Sigo creyendo que leer en público es necesario, a la vez que voy aprendiendo a decir no algunas veces. Porque la cacofonía que producimos al leer sin escuchar a los demás también nos ensordece.
He tratado de curarme la sordera apelando a nuevos recursos y lenguajes: me he comido mis palabras --las he encontrado dulces y venenosas, como colmenas vivas-- y las he quemado, y me he quemado con ellas, y más de una vez he visto cómo ese puente que servía para acercar me ha alejado de los otros. "Pero Raya, tú no ocupas performance", me dijo Mavi cuando le explicaba mi última intervención. Y tal vez es cierto: tal vez se me olvidó que incluso la propia presencia, cuando no es cimiento de la voz, es estorbo.
Al negarme a participar en ciertos eventos voy a tratar de aprender a escuchar. Quiero convertirme a veces, yo también, en el mítico lector de poesía que llega y toma su lugar en el puente de la voz. Siempre me van a temblar un poco las piernas antes de subir al micrófono, y si la voz tiembla es porque el poema está temblando. Y ahora que lo sé necesito recordarlo: quiero escuchar yo también sin esperar mi turno en esa lista de fusilados frente a la pared de silencio de los auditorios vacíos. Quiero, tal vez, contribuir un poco más a llenar las tribunas despejando los escenarios.
Dice Zurita: "Leer en público es para mí como hablar en sueños." Voy a procurar no hacer mucho ruido para dejar a los soñantes soñar.
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miércoles, 28 de octubre de 2015
Espectáculos para nadie (sobre las lecturas públicas)
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Javier Raya
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jueves, 23 de octubre de 2014
Formas de arruinar un libro
De camino a la oficina pasé por un tenderete de libros al que se podría decir que soy asiduo, de los que llaman "libros de ocasión" (como si el libro pudiera ser otra cosa que ocasional). Tomé de la sección de rebajas un volumen académico, Huida a la libertad: fugitivos y cimarrones africanos en el Caribe de Alvin O. Thompson, editado por la Unesco, Siglo XXI y la Universidad de Quintana Roo. El tema de los esclavos libertos en América, de un extremo a otro, me ha fascinado durante años (Edgar Khonde sabe por qué), así que empecé a hojear el volumen mientras el tendero se acercaba.
40 años, rubio, ojos azules, barba, un pronunciado defecto del habla. Comenzó a construir el discurso de ventas del librero oportunista, ese que --como el reseñista de libros-- habla de lo que no sabe. En general escucho o finjo escuchar, pero hoy simplemente no estaba de humor.
-No me arruine el libro, le dije.
-Dizculpe, me dijo, como quien acostumbra disculparse aunque no sepa bien por qué. Yo zolamente...
Y luego tuvo lugar un curioso diálogo. Le expliqué que, para mi entender, un libro es como un regalo, pero que no todos los regalos nos corresponden.
-¿Usted abriría un regalo que no es suyo?
Se quedó pasmado, atornillado en su sitio, defendiéndose incómodamente tras su sonrisa.
-¿O una carta que no es para usted?
-¡No, de ninguna manera...!
Traté de explicarle sin ser excesivamente pedante que lo que a mí me gusta de hojear los libros es saber si son para mí o no, si me corresponden o no. Echar un ojo al índice, detenerse a la mitad de algún capítulo como espiando una conversación ajena, eso es lo que me gusta.
Luego me dijo que tenía varios libros de la misma colección, lo que de hecho me pareció un dato interesante. Pudimos conversar a respecto de algo que él, en su papel de tendero, efectivamente sabía, aunque como librero dejara mucho que desear; es que el librero debe ser algo así como un psicoanalista: debe escuchar más de lo que habla, e intervenir sólo en casos extremos. Me dejó a solas con el libro y vi que sí, que efectivamente habían un par de páginas de Huida a la libertad: fugitivos y cimarrones africanos en el Caribe que efectivamente me corresponden.
Cuando trabajaba en la hoy extinta Librería Internacional estuve muchas veces en esa posición. ¿Aventurar comentarios sobre libros que no he leído o sumarme a la pesquisa del probable lector? Pero si el librero ofrece libros como quien ofrece naranjas, el libro se vuelve mercancía, y eso me parece intolerable.
El libro tiene que seducir a su lector, tiene que convencerlo de que vale la pena comprarlo o correr el riesgo de robárselo o de hacerse de él como buenamente pueda. Si la recomendación corre a cargo de un lector, de un amigo o de un crítico cuya opinión toleramos, su comentario puede enriquecer nuestra lectura: puede servir de envoltura, dar cuerpo al misterio, servir de pista para encontrar el libro que nos corresponde. Pero si el comentario lo realiza un mercader, un reseñista o la propia editorial, nuestra lectura queda viciada de antemano, como si leyéramos con un lente ajeno.
Si el libro no se nos presenta como un destino, probablemente estamos usurpando la lectura de alguien más. O probablemente no y simplemente --es mi caso-- prefiero los libros que me hablan a mí, que pareciera que estaban ahí, esperándome, en una cita que no sé cuándo acordé, pero a la que acudo a tiempo.
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Javier Raya
domingo, 8 de septiembre de 2013
Inventario de pérdidas
Primero noté que la cerradura se veía diferente, pero al principio no pude saber por qué. Raro. Al entrar al departamento noté un par de puertas abiertas que no suelen estarlo. Entré con cautela. Nada nos prepara para notar las pequeñas diferencias más que la convivencia con lo cotidiano: el hábito, la costumbre, la distancia entre los objetos y su lugar invariable, incluso dentro del orden caótico en que tengo las pocas cosas que tengo, conforman la red de movimientos en el espacio de lo propio. Pero esa costumbre de lo propio y de los objetos con que habitamos lo propio puede venirse abajo en un segundo.
Al entrar a mi habitación me di cuenta que ese orden --a medias desconocido hasta que se ve perturbado-- ya no existía.
Los ladrones se robaron dos computadoras, dinero en efectivo, mi Kindle y el dos de oros de mi Tarot, además de muchas pequeñas cosas de poco valor económico, pero mucho valor emocional. Por ejemplo, un viejo teléfono con fotos y grabaciones de textos que ya nunca voy a recuperar. Otro viejo celular con un video que tomé en Cuba a un poeta de San Martín, cuyo nombre no recuerdo. Una pluma fuente que ronroneaba y no se tapaba nunca. El robo es un movimiento de reapropiación económica, de redistribución de capitales. Los capitales económicos, para el ladrón, sólo siguen el flujo de capitales económicos; pero los simbólicos son irreparables, incluyendo la sensación de lo propio del espacio: mi lugar fue violado, ¿cómo volver a sentirlo mío? ¿Lo sentía como mío antes, del todo, o bien el saqueo --económico y simbólico-- al radicalizar la pérdida, me otorga la propiedad de mi espacio y mis objetos precisamente por el hecho de haberlos perdido?
Como si uno sólo fuera dueño de lo que pierde.
A medida que la memoria se va acostumbrando ("se hace a la idea") a las pérdidas más urgentes y dolorosas, cuando lo práctico y lo inmediato queda más o menos resarcido, las pequeñas pérdidas van subiendo a la superficie y toman su lugar en el verdadero inventario de la pérdida: nos damos cuenta que perdimos cosas que dábamos por sentadas, e incluso otras que, de tan postergadas, en realidad habíamos perdido a plazos ya durante mucho tiempo. Es el caso de mis discos duros donde tenía muchos textos sin revisar, borradores que buscaban su momento para concretarse en textos, en fin, el trabajo de muchos años convertidos en humo, en polvo, en sombra, en nada. Textos que buscaban su concreción y su forma, que estaban enfriándose y permitiéndome tomar distancia con respecto a ellos, tal vez para evaluarlos nuevamente y reescribirlos o bien para olvidarlos y borrarlos, como también suele hacerse. Textos que ya son el recuerdo de lo que nunca van a ser.
Y se siente bien. De pronto me siento ligero, porque los rastros --el archivo, al menos en parte-- de mi identidad se han perdido. Es como si no hubiera escrito todo ese montón de cosas que a fin de cuentas ya no escribiré, porque escribiré otras. Y me provoca más curiosidad lo que no he escrito que lo que ya escribí.
Me duele no poder seguir trabajando en textos que estaba disfrutando escribir. Uno entiende de pronto la magnitud del sentido de la palabra irreparable: las cosas se pueden recuperar --incluso la minuciosa colección de ebooks que tenía almacenados en el Kindle--, pero un texto incluso al nacer aparece como pérdida pura, como discriminación de versiones, como la insistencia de una versión sobre otras. Como pura necedad, y si tenemos un poco de templanza, como insistencia. El espacio textual no puede tasarse ni valorarse en términos económicos: es una instancia de vida. Eso no es mío, por eso no pueden quitármelo. Eso me es. Esa insistencia no se roba, no se presta, no se puede encarcelar ni mutilar: es toda o nada, o mejor dicho, toda y nada. Se aprende pero no hay forma de enseñarla. Sobre todo no se puede decir que uno posee una insistencia de este tipo --la escritura--, sino que la ejerce (decir que uno "es poseído por ella" sería acaso un exceso). En todo caso no hay apropiación: escribir es olvidar. Es ser otro a medida que las pérdidas se acumulan y llegamos con nuestros dolores y nuestro rostro de ministerio público a la página en blanco. Y cuando la ves te das cuenta de que en esa página está todo lo que necesitas. Si pudieras tener algo, te dices a ti mismo, sería esto. Y con esto es suficiente.
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Javier Raya
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martes, 10 de julio de 2012
Plantarse: órbita de la Acampada Revolución 132
La Acampada Revolución 132 es la réplica de uno de los actos de protesta que obtuvieron la atención internacional el año pasado a través de los movimientos Occupy en diferentes ciudades de Estados Unidos. Está en juego no sólo la recuperación ciudadana del espacio público y su re-simbolización, su vuelta al carácter significativo dentro de la gramática del espacio urbano: están en juego también, sobre todo, nociones como "utopía", "democracia", "comunidad".
Otras experiencias de ocupación y revaloración del espacio urbano (entendido este como una práctica social y no sólo como la osificación de la memoria a través de monumentos o plazas), como el Grupo de Arte Callejero o el movimiento Iconoclasistas en Argentina han conformado modelos de organización de los que el caso mexicano puede nutrirse creativamente. Sin embargo, me gustaría puntualizar un par de semejanzas entre el amplio movimiento Occupy y YoSoy132, concretamente a respecto de la Acampada Revolución y el grupo que, mientras escribo, se encuentra afuera de las instalaciones del IFE (Instituto Federal Electoral) en la Ciudad de México. (Un resumen comentado de los movimientos de protesta más relevantes de los últimos tiempos puede leerse aquí.)
Llama la atención, por ejemplo, el que la Acampada Revolución esté situada en la explanada oriente del Monumento a la Revolución del Distrito Federal: la zona agrupa en torno a dicho monumento las sedes de distintas organizaciones sindicales, algunas tan antiguas como la de ferrocarrileros, además de comités del PRI, cuyo edificio aporta una presencia si no amenazante, al menos constante sobre la Acampada. De igual modo, en torno al monumento se encuentra el edificio sede de una enorme compañía de telemarketing, la cuál emplea jóvenes bilingües para atender la demanda de soporte técnico de proveedores de televisión por cable... en Estados Unidos.
La localización de Occupy Wall Street tenía características similares, al menos en el nivel simbólico (o en lo que más arriba llamé la "gramática del espacio urbano") con la Acampada Revolución: también los grupos que articularon expresiones de descontento social en el circuito financiero más importante del mundo en Nueva York tenían sobre sí la presencia de los poderes fácticos de la economía y los medios de comunicación. También tuvieron que mantenerse moralizados a través de una simbología que llamara a la acción, que combatiera los signos de cansancio moral y físico de toda protesta duracional, y también tuvieron que llevar a cabo in situ, sin ensayo previo, modelos de organización comunitaria.
Otra similitud es el carácter de "nodo" o centro gravitacional de protestas descentralizadas en otros espacios, en otras ciudades. Las réplicas de Occupy Wall Street, como si se tratase de las réplicas de un terremoto, atravesaron el territorio de los Estados Unidos hasta Los Ángeles, pasando por todas las ciudades económicamente poderosas entre ambas costas del país. De igual modo, YoSoy132 tiene claro que el movimiento debe descentralizarse (comenzando por la articulación de células delegacionales y luego comités en todas las ciudades de México), aunque en la práctica la capital mexicana siga siendo un referente. Una causa de esto claramente es la coyuntura postelectoral: un movimiento "espontáneo" de universitarios se conforma en torno a una situación política que aún está lejos de resolverse.
Si YoSoy132 se desacelera ahora (cosa que no pasará, al menos en el corto plazo) quedará como referente del sondeo de medios y el señalamiento del traje nuevo del emperador; sólo que el emperador, en el caso mexicano, no son los partidos políticos (desnudos y en ese sentido, desacreditados, para cualquier observador), sino el del imperio de los medios de comunicación. La modesta victoria --que no victoria menor-- que hasta el momento ha tenido YoSoy132, además de provocar una mirada diferente de la sociedad sobre sí misma, fue la de ser un referente obligado para entender el proceso electoral en México durante el 2012.
Por último, la Acampada sirve para aprovechar la energía producida en el descontento ciudadano por una situación sociopolítica a través de una nueva articulación, es decir, un nuevo pacto con la dinámica de la ciudad. Muchos recordarán los disturbios generados el año pasado en Londres, de los cuáles, en un principio, incluso los medios ingleses culparon a los videojuegos por el grado de violencia aparentemente gratuita que los jóvenes produjeron en las calles; o aún antes en París, donde las imágenes de vehículos quemados se hicieron más y más frecuentes. La respuesta sencilla sería decir que los brotes de violencia y descontento son provocados por agitadores o por jóvenes con graves problemas psicológicos. La respuesta larga y compleja, la verdadera respuesta que debe articularse a través de la participación de la sociedad en su propia conformación, sólo vendrá del análisis de la situación sociopolítica de cada caso teniendo en cuenta el contexto global en que se han generado. La respuesta vendrá cuando se atiendan los urgentes problemas de educación y empleo para la población más joven, de manera integral, y no con placebos como el de la empresa de telemarketing que mediante el modelo de outsourcing ofrece cubículos donde las mejores mentes de mi generación arreglan desperfectos técnicos de las señales de cable de otros países. Es en este punto que la acción de la Acampada Revolución cobra fuerza: su situación dentro de la gramática del espacio urbano los coloca como una partícula mediadora entre la memoria simbólica (representada por el monumento, donde esta noche dormirán, como ayer y antes de ayer, decenas de personas), y los poderes del Estado y la economía de mercado. El neoliberalismo ya no es sólo un término en boca de los críticos especializados de los sistemas económicos: entender su funcionamiento y la incidencia de las prácticas económicas de la población general en el sustento de una macroestructura económica con alcances globales, se vuelven cada vez más necesarios. Plantarse en el eje tanto referencial como simbólico donde las fuerzas del neoliberalismo se articulan es el sentido de la protesta, a mi parecer, de la Acampada Revolución. Plantarse para no olvidar que lo que necesitamos es la respuesta larga, la que el Estado en sus términos actuales no ha podido proveer. Plantarse para servir como un separador incómodo en un libro de Historia que ya nadie abre: quedarse ahí para recordarnos que hay pendientes inaplazables. Plantarse para contrastar el tiempo de la hiperaceleración de los mercados y el consumo con una vuelta a las formas más básicas de organización, el grado cero de la comunidad en el centro de la hipercomunidad alienada.
Quedan muchos otros cuestionamientos en el aire. A últimas fechas, sobre todo, la creciente percepción de que YoSoy132 está pretendiendo promoverse como el único agenciador legitimado de la protesta pública, "voceros oficiales de la indignación" y similares. Al menos desde lo que yo he podido ver, desde una órbita cercana a ellos, me parecen de lo más abiertos a recibir propuestas de organizaciones, grupos o simpatizantes casuales con causas comunes en cuanto a ejes de acción política, económica, de comunicación, de cultura e incluso del uso consciente de los recursos ambientales, elemento que enfatizo al ver que en el medio político mexicano el "Partido Verde" genera, por ejemplo, tanta basura (material y mediática) como cualquier otro partido político. Es por eso que digo que la Acampada funcionará (en un escenario optimista) como un nodo que logre poner en contacto a distintos agentes de cambio y actores de la sociedad en torno a una nueva forma de relacionarse con la vida pública. Si la Acampada (como centro visible del movimiento) y el movimiento en sí logran resolver sus problemas internos de organización y comunicación, de los cuáles son más que conscientes, están llamados a cultivar el capital político que les dio la coyuntura electoral: el de servir como un un interlocutor privilegiado entre los actores políticos y la sociedad civil; el de constituirse como un órgano de vigilancia permanente de los procesos de la administración del Estado, y de conformar un contrapeso visible --que no necesariamente unívoco-- de lo que se perfila como una virtual e imparable vuelta del partido único al poder, el PRI. Es casi seguro que el PRI vuelva, pero se encontrará con una sociedad sumamente distinta a la que existía en el 2000, cuando desalojó por primera vez en su historia el palacio de gobierno. Una sociedad consciente de sí misma, una sociedad que poco a poco va perdiendo el miedo al cambio.
Otras experiencias de ocupación y revaloración del espacio urbano (entendido este como una práctica social y no sólo como la osificación de la memoria a través de monumentos o plazas), como el Grupo de Arte Callejero o el movimiento Iconoclasistas en Argentina han conformado modelos de organización de los que el caso mexicano puede nutrirse creativamente. Sin embargo, me gustaría puntualizar un par de semejanzas entre el amplio movimiento Occupy y YoSoy132, concretamente a respecto de la Acampada Revolución y el grupo que, mientras escribo, se encuentra afuera de las instalaciones del IFE (Instituto Federal Electoral) en la Ciudad de México. (Un resumen comentado de los movimientos de protesta más relevantes de los últimos tiempos puede leerse aquí.)
Llama la atención, por ejemplo, el que la Acampada Revolución esté situada en la explanada oriente del Monumento a la Revolución del Distrito Federal: la zona agrupa en torno a dicho monumento las sedes de distintas organizaciones sindicales, algunas tan antiguas como la de ferrocarrileros, además de comités del PRI, cuyo edificio aporta una presencia si no amenazante, al menos constante sobre la Acampada. De igual modo, en torno al monumento se encuentra el edificio sede de una enorme compañía de telemarketing, la cuál emplea jóvenes bilingües para atender la demanda de soporte técnico de proveedores de televisión por cable... en Estados Unidos.
La localización de Occupy Wall Street tenía características similares, al menos en el nivel simbólico (o en lo que más arriba llamé la "gramática del espacio urbano") con la Acampada Revolución: también los grupos que articularon expresiones de descontento social en el circuito financiero más importante del mundo en Nueva York tenían sobre sí la presencia de los poderes fácticos de la economía y los medios de comunicación. También tuvieron que mantenerse moralizados a través de una simbología que llamara a la acción, que combatiera los signos de cansancio moral y físico de toda protesta duracional, y también tuvieron que llevar a cabo in situ, sin ensayo previo, modelos de organización comunitaria.
Otra similitud es el carácter de "nodo" o centro gravitacional de protestas descentralizadas en otros espacios, en otras ciudades. Las réplicas de Occupy Wall Street, como si se tratase de las réplicas de un terremoto, atravesaron el territorio de los Estados Unidos hasta Los Ángeles, pasando por todas las ciudades económicamente poderosas entre ambas costas del país. De igual modo, YoSoy132 tiene claro que el movimiento debe descentralizarse (comenzando por la articulación de células delegacionales y luego comités en todas las ciudades de México), aunque en la práctica la capital mexicana siga siendo un referente. Una causa de esto claramente es la coyuntura postelectoral: un movimiento "espontáneo" de universitarios se conforma en torno a una situación política que aún está lejos de resolverse.
Si YoSoy132 se desacelera ahora (cosa que no pasará, al menos en el corto plazo) quedará como referente del sondeo de medios y el señalamiento del traje nuevo del emperador; sólo que el emperador, en el caso mexicano, no son los partidos políticos (desnudos y en ese sentido, desacreditados, para cualquier observador), sino el del imperio de los medios de comunicación. La modesta victoria --que no victoria menor-- que hasta el momento ha tenido YoSoy132, además de provocar una mirada diferente de la sociedad sobre sí misma, fue la de ser un referente obligado para entender el proceso electoral en México durante el 2012.
Por último, la Acampada sirve para aprovechar la energía producida en el descontento ciudadano por una situación sociopolítica a través de una nueva articulación, es decir, un nuevo pacto con la dinámica de la ciudad. Muchos recordarán los disturbios generados el año pasado en Londres, de los cuáles, en un principio, incluso los medios ingleses culparon a los videojuegos por el grado de violencia aparentemente gratuita que los jóvenes produjeron en las calles; o aún antes en París, donde las imágenes de vehículos quemados se hicieron más y más frecuentes. La respuesta sencilla sería decir que los brotes de violencia y descontento son provocados por agitadores o por jóvenes con graves problemas psicológicos. La respuesta larga y compleja, la verdadera respuesta que debe articularse a través de la participación de la sociedad en su propia conformación, sólo vendrá del análisis de la situación sociopolítica de cada caso teniendo en cuenta el contexto global en que se han generado. La respuesta vendrá cuando se atiendan los urgentes problemas de educación y empleo para la población más joven, de manera integral, y no con placebos como el de la empresa de telemarketing que mediante el modelo de outsourcing ofrece cubículos donde las mejores mentes de mi generación arreglan desperfectos técnicos de las señales de cable de otros países. Es en este punto que la acción de la Acampada Revolución cobra fuerza: su situación dentro de la gramática del espacio urbano los coloca como una partícula mediadora entre la memoria simbólica (representada por el monumento, donde esta noche dormirán, como ayer y antes de ayer, decenas de personas), y los poderes del Estado y la economía de mercado. El neoliberalismo ya no es sólo un término en boca de los críticos especializados de los sistemas económicos: entender su funcionamiento y la incidencia de las prácticas económicas de la población general en el sustento de una macroestructura económica con alcances globales, se vuelven cada vez más necesarios. Plantarse en el eje tanto referencial como simbólico donde las fuerzas del neoliberalismo se articulan es el sentido de la protesta, a mi parecer, de la Acampada Revolución. Plantarse para no olvidar que lo que necesitamos es la respuesta larga, la que el Estado en sus términos actuales no ha podido proveer. Plantarse para servir como un separador incómodo en un libro de Historia que ya nadie abre: quedarse ahí para recordarnos que hay pendientes inaplazables. Plantarse para contrastar el tiempo de la hiperaceleración de los mercados y el consumo con una vuelta a las formas más básicas de organización, el grado cero de la comunidad en el centro de la hipercomunidad alienada.
Quedan muchos otros cuestionamientos en el aire. A últimas fechas, sobre todo, la creciente percepción de que YoSoy132 está pretendiendo promoverse como el único agenciador legitimado de la protesta pública, "voceros oficiales de la indignación" y similares. Al menos desde lo que yo he podido ver, desde una órbita cercana a ellos, me parecen de lo más abiertos a recibir propuestas de organizaciones, grupos o simpatizantes casuales con causas comunes en cuanto a ejes de acción política, económica, de comunicación, de cultura e incluso del uso consciente de los recursos ambientales, elemento que enfatizo al ver que en el medio político mexicano el "Partido Verde" genera, por ejemplo, tanta basura (material y mediática) como cualquier otro partido político. Es por eso que digo que la Acampada funcionará (en un escenario optimista) como un nodo que logre poner en contacto a distintos agentes de cambio y actores de la sociedad en torno a una nueva forma de relacionarse con la vida pública. Si la Acampada (como centro visible del movimiento) y el movimiento en sí logran resolver sus problemas internos de organización y comunicación, de los cuáles son más que conscientes, están llamados a cultivar el capital político que les dio la coyuntura electoral: el de servir como un un interlocutor privilegiado entre los actores políticos y la sociedad civil; el de constituirse como un órgano de vigilancia permanente de los procesos de la administración del Estado, y de conformar un contrapeso visible --que no necesariamente unívoco-- de lo que se perfila como una virtual e imparable vuelta del partido único al poder, el PRI. Es casi seguro que el PRI vuelva, pero se encontrará con una sociedad sumamente distinta a la que existía en el 2000, cuando desalojó por primera vez en su historia el palacio de gobierno. Una sociedad consciente de sí misma, una sociedad que poco a poco va perdiendo el miedo al cambio.
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miércoles, 14 de marzo de 2012
El escritor es Nadie: 62 provocaciones sobre la escritura en redes sociales (en 140 caracteres o menos)
[Esta pretende ser la primera conferencia tuiteraria del mundo mundial. Fue dictada a un auditorio de estudiantes durante el XI Encuentro Nacional de Escritores de Tierra Adentro, en la ciudad de Puebla. Se supone que en algún lado se publicaría. Y pues eso.]
Utilizando como punto de partida la estructura de un TimeLine de Twitter (una sucesión de entradas que se actualizan en tiempo real), traté de reproducir la sensación de interés y dispersión que por igual despierta la experiencia de lectura en esta red social. Este formato pretende ser congruente con la estrategia que Twitter presenta como interfaz, tanto de lectura como de escritura. Como suele ocurrir con autores como Tólstoi, Dante, Homero o Cervantes, es más lo que se dice acerca de ellos que lo que se les lee efectivamente; Twitter y otras redes sociales, así como otras tantas interfaces de edición de la personalidad en el universo 2.0 (provocación que espero desarrollar en un futuro próximo), no están ni más ni menos inclinadas a favorecer la creación artística que los medios tradicionales de producción: en tanto tecnología, es decir, en tanto herramienta, todo depende del usuario, del uso. Claro, hay matices, condicionantes, prácticas que necesitan revisarse detenidamente y conforme a casos: hablar de Twitter en general es igual de torpe y parco que hablar de literatura rusa en general. Los puntos que expongo a continuación no son ni mucho menos extensivos, pero pretenden trazar un mapa de coordenadas rizomáticas en torno a la lectura en medios digitales y a la escritura misma que es, en la tablilla sumeria o en la hipermoderna tablilla iPad, siempre su propio basamento, su propio pastiche. Todos los puntos siguientes no están ordenados por ninguna jerarquía, y están conformados en 140 caracteres o menos, por si el (improbable) lector se lo preguntaba.
- El libro es otro modo de decir "interfaz". Un libro es un medio interactivo.
- La virtualidad del libro, impreso o digital, no está definida por la interfaz.
- Un libro impreso, en una biblioteca, es tan virtual y lejano como 20GB de e-books sin leer.
- Temor de que la memoria se pierda en formato electrónico. Rebate: la cultura sobrevivió a pesar del fuego de la biblioteca de Alejandría.
- Frente a la absurda pugna que opone medios impresos a digitales como prácticas escriturales contradictorias, apostar por la escritura.
- No romper lanzas por el libro impreso ni por el e-book, pero romper todas las necesarias por la escritura.
- Escribir en tanto mecanismo performático es elegir una palabra en vez de otra, así como su orden, para promover un sentido posible.
- La escritura siempre es virtual, siempre está por ser.
- Actualizar: llevar al acto; lo virtual de la escritura implica una elección, un acto que no se consuma, que según Valéry sólo se interrumpe.
- Editorializar: elegir.
- Twitter implica una función editorial: la creación de una antología o libro vivo, en constante alimentación y modificación.
- Más que de escritura, sospecho que el meollo de Twitter es la edición.
- Un timeline es un contexto de sentido. Es donde puede ocurrir la escritura colaborativa, los cadáveres exquisitos, los juegos de palabras.
- Twitter es al siglo xxi lo que los salones literarios eran al siglo xvii.
- Twitter tiene el mayor índice de palindromistas en cualquier red social. [Información no verificada, ni siquiera por wikipedia.]
- Twitter como película de contraste que revela al redactor de guarradas, al aforista dormido, al pedante moralino, al pedante a secas.
- Merecer “el alto honor de la tipografía” que decía Borges, es una actitud. Publicar en Twitter o hacer libros no hace de nadie un escritor.
- Las tecnologías de la información suprimieron (¿fusionaron?) la escritura de la edición: escribir en Twitter es publicar.
- Leídos de manera aislada, muchos tuits no tienen sentido: su sentido se conformó por el contexto de un momento.
- Perdido el instante, el tuit se perdió. Es cierto, el instante los ha vencido. Pero ha sido un gran instante.
- Toda escritura es una posición política. Escribir en Twitter es, entre otras cosas, apostar por una política de la desaparición.
- Acaso desaparecer no es sino apostar, en lugar de por la trascendencia, por una más modesta vigencia.
- ¿Diferencia del escritor impreso contra el escritor mínimo? Proyecto: espectros temporales, públicos diferentes, carácter (nomádico o no).
- Todo acto de lenguaje implica un grado de ficcionalidad. El lenguaje es ficción. Toda palabra comenzó como metáfora, como poema.
- Facebook implica una editorialización de la vida privada: seleccionar las partes de nuestra narrativa personal que hacemos públicas.
- Oprimir “enviar” ya es publicar un contenido. Con menor o menor fortuna, escribir en Twitter es publicar en Twitter.
- Escritores secretos: Fernando Pessoa, Robert Walser, Emily Dickinson, Georg Christoph Lichtenberg.
- Asumir que el lector siempre sabe más que el escritor (Borges). Apostar por un tipo de escritura que construya y merezca un mejor lector.
- La escritura no es inocente: un evento en Twitter, según la nueva ley promovida por el gobernador de Veracruz, Javier Duarte, vale por su lejanía con la ficción.
- Un Estado que penaliza la libertad de expresión ha perdido la capacidad de proyectarse en el futuro. Mata utopía.
- En tiempos de fascismo político, el primer enemigo es la ficción, pues la verdad es cuestión de Estado (¿de Facebook?).
- Twitter no es fragmento: un tuit es su ámbito de significación entero.
- Twitter es fragmento: piezas de un discurso para armar.
- Un escritor “tradicional” con Twitter, no es un escritor de Twitter necesariamente. Suelen, de hecho, ser los más aburridos de leer.
- Autopromoción: pena ajena de ser agente de uno mismo en lugar de ser agente de la escritura.
- En términos comerciales, el tuit puede ser la muestra gratis para llegar al lector.
- La definición de un género literario condiciona y no condiciona la producción y la recepción de una obra.
- Obras interesantes, las que problematizan sus condiciones de producción, sus formatos: las que son conscientes de sí mismas.
- El tuit es consciente de que un tuit es un tuit es un tuit es un tuit.
- A un escritor “tradicional” se le convoca para aparecer en su papel de escritor. Sartre y Zaid están de acuerdo en este punto.
- La presencia del escritor es una representación de sí mismo. Un avatar.
- El escritor que yo veo, y no sólo en Twitter, sino a secas, es el que desaparece para dejar en su lugar vacío la escritura.
- El escritor, si es tal, es Nadie.
- Twitter no amenaza las prácticas escriturales ni sociales de la ciudad letrada.
- Twitter reproduce los mecanismos de reconocimiento y exclusividad de la ciudad letrada.
- Para decirlo pronto, Twitter reproduce las mejores y peores prácticas de la ciudad letrada.
- La condición de la literatura, según Terry Eagleton, es el contexto de significación con que el lector recibe una práctica de escritura.
- De otro modo: si alguien lee literariamente un texto, es literatura, aunque se oiga un rechinar de dientes al fondo de la sala.
- Una cuenta de Twitter existe a través de una línea editorial reconocible, por la cuál otras cuentas la “siguen”, la leen.
- No se siguen 100 cuentas, nos suscribimos a 100 líneas editoriales.
- Segmentación: es claro que de los millones de cuentas existentes no todas tienen intenciones literarias o culturales.
- Según mi modesto cálculo, en español no son más de 1000 o 1500 las que producen contenido original.
- Un retuit pertinente es contenido original.
- Yo sigo (leo) a 160 que me parecen, a veces, demasiadas.
- La imbricada cortesía del follow y unfollow sólo se conoce estando en Twitter. Estas pueden condicionar prácticas de escritura y lectura.
- Twitter: performance de la escritura, abolición de la brecha entre escritura y publicación.
- Temor a la masificación de la intimidad. Rebate: importancia desmedida de lo propio. Tus 70 contactos de FB no son propiamente una masa.
- Temor a la masificación: tus 5,000 seguidores de Twitter sí conforman una masa, pero tú alimentas su curiosidad, su asombro o su morbo.
- Como los lectores de siempre han sabido, todos tenemos derecho a la curiosidad, al asombro y al morbo.
- La escritura no necesita consenso ni legitimidad para operar. Una obra problemática es más interesante que la que no duda de sus supuestos.
- El procedimiento obedece a la intención de la obra.
- Una lanza rota: escribir en Twitter es hacer desaparecer al escritor para que la escritura aparezca. Y luego, naturalmente, se disuelva.
La escritura invisible también tiene lugar.
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Javier Raya
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jueves, 24 de noviembre de 2011
Últimas lecturas del año
1.
Spoken Kinético
Viernes 25 de noviembre - 15:00-18:30 hrs.
Casa de la Cultura “Enrique Ramírez y Ramírez”.
Spoken Kinético
Viernes 25 de noviembre - 15:00-18:30 hrs.
Casa de la Cultura “Enrique Ramírez y Ramírez”.
Av. Vidal Alcocer #280 Col. Morelos esq. Peña y Peña
a dos cuadras de metro Tepito.
[Donde presentaré un cover kinetoperformático, o una variación, si lo prefieren, sobre un tema de Rojo Córdova.]
2.
con apariciones multimedia de Sahara de Alex Piperno y Travelling de Fernando Trejo.
Lunes 28 de noviembre - 19:00 hrs.
Casa del Poeta Ramón López Velarde
Álvaro Obregón número tal, Col. Roma,
metro Niños Héroes o Metrobús Álvaro Obregón.
.
3.
Latitud desconocida en el Pacífico mexicano
26 al 31 de diciembre
Lectura con asistencia de mar y magos.
Que los fantasmas se queden en tierra, yo soy un animal de mar.
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Javier Raya
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jueves, 10 de noviembre de 2011
Mudarse: quedarse mudo
, Una mudanza nunca es precisamente lo más discreto, es decir, lo más callado: cajas y maletas por todas partes, la intimidad abierta a la verificación del otro, del que buenamente está, así sea como espectador, presenciando el espectáculo del movimiento; cambio de casa, cambio de vida.
, Mudarse es una forma discreta de quedarse, de permanecer muy callado en el centro de uno mismo. Una forma de neutralizar el ruido circundante, cambiar de espacio, de zona, de tendero, de hábitos. Acomodar todo de manera que todo permanezca igual.
, Recuerdo que la primera y única vez que vi a Tomás Segovia fue en la Casa Abierta al Tiempo, el centro cultural de la UAM, muy cerca de la Condesa. Lo vi, recuerdo, siendo entrevistado en la librería, respondiendo de manera afable pero con una voz ya muy callada, por decirlo así, muy cansada. Después de los elogios y presentaciones de rigor, simplemente dijo, con el tomo de su poesía completa en la mano, "¿qué quieren escuchar?"
, Mudarse: quedarse mudo, poner la residencia al interior del lenguaje y bajar las persianas. "Muda la admiración habla callando", que decía Góngora. El asombro no tiene palabra; en cambio, la palabra se asombra: se vuelve la opacidad de la cualidad fulgurante del asombro.
, Recuerdo que Segovia coordinó la lectura de ese día con las condiciones climáticas. Recuerdo un verso, "De este largo viaje hacia la lluvia", y recuerdo que llovía, efectivamente.
, Creo ser alguien que en realidad recuerda muy pocas cosas. No sé si recuerdo, pero definitivamente no olvido uno de sus sonetos, señalado en la edición de la Fundación Inquietudes con el número XVI (bis), una variación sobre el XVI que a su vez difiere con la numeración incluída en Poesía. La mudanza dentro de la mudanza.
, Formas de leer a Segovia: Poética y profética después de meditar; sus ensayos sobre traducción, cuando queramos tomar la traducción en serio; Anagnórisis para llenarse el oído de ritmo; Personajes mirando una nube, rigurosamente en metro; Cantata a solas, en la adolescencia o de vacaciones; la Colección reservada de sonetos votivos, siempre que se pueda y de preferencia en compañía.
, La muerte no es una mudanza porque, hasta donde sabemos, nada nos llevamos. Hay objetos que podemos traer desde los sueños (aunque suponga un peligro inimaginable este traslado), pero nada puede traerse de la muerte. Orfeo fracasó precisamente en remontar el Hades junto a Eurídice. De repente la muerte se me presenta como una mudanza muy ligera.
, Iraí fue conmigo a ver a Segovia. Para no cansarlo, brevemente le pregunté por algunas erratas en los Sonetos votivos y comparé algunas referencias -en lo que mi memoria fue capaz- entre varias ediciones. Me explicó que la edición española que yo tengo está plagada de errores. Como recuerdo -es decir, como regalo para la memoria- me dejó una bellísima dedicatoria, a cuenta solamente de la paciencia que tuvo para escuchar mis devaneos: "A Javier. Que me enseña mis propios poemas, Tomás."
, Una mudanza donde nada se muda -es decir, donde nada cambia de lugar- no es un cambio de residencia sino una huída. ¿Pero de qué huye la luna? Recordar: "O Fortuna/ velut luna/ status variabilis". ¿Será que la luna huye de sí misma, cambia, pero permanece igual? ¿Y si mudarse es una forma variable de la presencia, la mudanza como el estado de trayecto perpetuo de uno mismo hacia sí mismo? Y me asombro -es decir, me vuelvo un poco sombra tras el lenguaje- de que esta misma cuestión tan fatigada por todas las mitologías me siga pareciendo maravillosa.
, Mi única casa -no sé si abierta al tiempo, espero que sí- es el asombro. Estos últimos meses han sido raros y fatídicos, definitivos y gozosos, pero siento que he perdido un poco esa capacidad de ver todo siempre nuevo, como recién creado, creándose. Con todo no me repongo aún de ciertas cosas que me han ocurrido en la vida: la primera, el mar; la segunda y acaso la más definitiva de todas, el lenguaje. La tercera, naturalmente, tú.
, Para leer esto, hay que ensombrecer el texto. Es decir, asombrarlo: poner atención.
, Mudarse es una forma discreta de quedarse, de permanecer muy callado en el centro de uno mismo. Una forma de neutralizar el ruido circundante, cambiar de espacio, de zona, de tendero, de hábitos. Acomodar todo de manera que todo permanezca igual.
, Recuerdo que la primera y única vez que vi a Tomás Segovia fue en la Casa Abierta al Tiempo, el centro cultural de la UAM, muy cerca de la Condesa. Lo vi, recuerdo, siendo entrevistado en la librería, respondiendo de manera afable pero con una voz ya muy callada, por decirlo así, muy cansada. Después de los elogios y presentaciones de rigor, simplemente dijo, con el tomo de su poesía completa en la mano, "¿qué quieren escuchar?"
, Mudarse: quedarse mudo, poner la residencia al interior del lenguaje y bajar las persianas. "Muda la admiración habla callando", que decía Góngora. El asombro no tiene palabra; en cambio, la palabra se asombra: se vuelve la opacidad de la cualidad fulgurante del asombro.
, Recuerdo que Segovia coordinó la lectura de ese día con las condiciones climáticas. Recuerdo un verso, "De este largo viaje hacia la lluvia", y recuerdo que llovía, efectivamente.
, Creo ser alguien que en realidad recuerda muy pocas cosas. No sé si recuerdo, pero definitivamente no olvido uno de sus sonetos, señalado en la edición de la Fundación Inquietudes con el número XVI (bis), una variación sobre el XVI que a su vez difiere con la numeración incluída en Poesía. La mudanza dentro de la mudanza.
El breve trecho, pero sorprendente,
que va desde la voz fresca y alada
de tu clara garganta a la callada
monocordia del coño hondo y ferviente
basta para que así me represente
lo que hay en ti de náyade o de hada
que en lo alto vuela y en lo limpio nada,
pero fundada tenebrosamente.
Imborrable es la grieta hacia el abismo,
de largo trazo recto y decidido,
que tu entrepierna valerosa alberga
y que hace que te conozca a un tiempo mismo
volátil e infantil con el oído
y mujer y temible con la verga.
, Formas de leer a Segovia: Poética y profética después de meditar; sus ensayos sobre traducción, cuando queramos tomar la traducción en serio; Anagnórisis para llenarse el oído de ritmo; Personajes mirando una nube, rigurosamente en metro; Cantata a solas, en la adolescencia o de vacaciones; la Colección reservada de sonetos votivos, siempre que se pueda y de preferencia en compañía.
, La muerte no es una mudanza porque, hasta donde sabemos, nada nos llevamos. Hay objetos que podemos traer desde los sueños (aunque suponga un peligro inimaginable este traslado), pero nada puede traerse de la muerte. Orfeo fracasó precisamente en remontar el Hades junto a Eurídice. De repente la muerte se me presenta como una mudanza muy ligera.
, Iraí fue conmigo a ver a Segovia. Para no cansarlo, brevemente le pregunté por algunas erratas en los Sonetos votivos y comparé algunas referencias -en lo que mi memoria fue capaz- entre varias ediciones. Me explicó que la edición española que yo tengo está plagada de errores. Como recuerdo -es decir, como regalo para la memoria- me dejó una bellísima dedicatoria, a cuenta solamente de la paciencia que tuvo para escuchar mis devaneos: "A Javier. Que me enseña mis propios poemas, Tomás."
, Una mudanza donde nada se muda -es decir, donde nada cambia de lugar- no es un cambio de residencia sino una huída. ¿Pero de qué huye la luna? Recordar: "O Fortuna/ velut luna/ status variabilis". ¿Será que la luna huye de sí misma, cambia, pero permanece igual? ¿Y si mudarse es una forma variable de la presencia, la mudanza como el estado de trayecto perpetuo de uno mismo hacia sí mismo? Y me asombro -es decir, me vuelvo un poco sombra tras el lenguaje- de que esta misma cuestión tan fatigada por todas las mitologías me siga pareciendo maravillosa.
, Mi única casa -no sé si abierta al tiempo, espero que sí- es el asombro. Estos últimos meses han sido raros y fatídicos, definitivos y gozosos, pero siento que he perdido un poco esa capacidad de ver todo siempre nuevo, como recién creado, creándose. Con todo no me repongo aún de ciertas cosas que me han ocurrido en la vida: la primera, el mar; la segunda y acaso la más definitiva de todas, el lenguaje. La tercera, naturalmente, tú.
, Para leer esto, hay que ensombrecer el texto. Es decir, asombrarlo: poner atención.
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sábado, 5 de noviembre de 2011
La casa invisible
Mi versión del turismo consiste en escuchar hablar idiomas que no domino, en películas sin subtítulos, por ejemplo. De ahí han surgido pequeñas diversiones privadas para mí: encontrar algo de la /r cantonesa en la /r del sueco; suponer que en ruso alguien siempre está disculpándose por algo que aún no hace; que la música del italiano reordena las cosas del hablante como una mesa llena de objetos de un mago, o que el francés es una lengua hecha para hablar en voz muy baja.
¿Pero es que se puede dominar un idioma como si uno fuera una especie de Napoleón lingüístico? ¿Se puede sostener una frase tan peregrina como "dominar una lengua"? Para los idiomas, acaso mucho, mucho más que para el amor, claudicar es la única forma de negociación: hay que entrar al idioma, al universo del sentido en general, con la espada extendida. El mango por delante, naturalmente.
Vivir en idiomas desconocidos como en casas muy viejas. Observar las cáscaras de pintura que se caen. Observar la pintura que otros pobladores más viejos han dejado, las pequeñas marcas que los delatan: los idiomas son casas donde han vivido muchos antes que nosotros. Podemos hallar de pronto el hueco de un clavo, que ya no sostiene el retrato de nadie; manchas de sol o de humedad, tecatas de mugre que la brisa de la ventana mece sin romper. El idioma puede verse como una ruina o como una colección de huellas: su conjunto no cuenta una historia común sino a condición de contar la historia de los hombres a través del relato de su propia historia. Esta historia no reconstruirá nada, pero construirá ruinas diferentes. Como el Distrito Federal de México, el idioma es una ruina hecha sobre incontables ruinas que la cimentan. Ruinas sagradas, cabe puntualizar.
La casa más desconocida es la propia. Notamos la extrañeza de las viejas casas de otros idiomas, pero vemos con ojos llenos de costumbre la propia. Me persuado por ello de no vivir en ningún idioma, de no tener lengua materna, de hablar y escribir desde una intemperie artificial. Me es preciso creer que el castellano que hablé esta mañana es un idioma absolutamente diferente que el castellano en que escribiré esta noche. Me persuado, pero fallo: es el idioma quien me inventa siempre, sin que yo posea ninguna potestad sobre él. El idioma es la derrota más dulce.
La casa dentro de la casa de los idiomas: la hospitalidad original del lenguaje. ¿Herramienta? Es cierto, hay gente que no se limpia los pies para entrar al idioma. Yo por mi parte trato de entrar en su casa siempre descalzo. Quiero sorprender a los fantasmas del idioma mientras duermen, ver si puedo colarme por la rendija de sus pesadillas, tenerles una tisana lista por si despiertan en sobresalto. Claro, yo también trabajo todos los días con el idioma como una herramienta; me queda al final del día una sensación parecida a cuando no podemos responder una llamada de alguien que amamos, o cuando los correos de gente querida se quedan sin contestar por muchas horas. Así vuelvo al idioma cada noche o cuando puedo encontrar un poco de tiempo que nadie usó: tratando de volverme infinitamente pequeño para que mis faltas pasen desapercibidas. Es una vanidad absoluta la que cree de mí que pedir un kilo de carne es una falta contra la belleza del idioma; aún no aprendo a ver lo fascinante que es que el gato dicho no sea igual que el gato escrito, y que ambos sean especies totalmente diferentes de la del gato que acaba de pasar por el pasillo, dejando la sombra de su nombre en el aire.
Pasamos temporadas en el idioma como si fuera nuestra casa. El idioma es casa, es cierto, pero no es de nadie. Todo lo más somos turistas. Recorremos los pasillos y galerías, encontramos armarios llenos de valijas que transportan su bagaje de polvo hacia ninguna parte, removemos algunas manchas de aceite de la pared de la cocina. Otras manchas las dejamos: somos turistas, repito. Algunas manchas han estado aquí, en el idioma, más tiempo del que estaremos cada uno de nosotros sobre el planeta. También esta devastación del idioma merece su compasión: la lengua no pide nada, y en cambio, nos da mundos como si fueran uvas.
Si la lengua pudiera hablar, imagino, sólo diría una cosa: dime. "Dime", así, como alguien que está abierto a escuchar; como alguien que exige una confesión; pero sobre todo, como alguien que desea ser dicho. Pienso de repente en Leónidas de Esparta con una petición tremendamente humilde para el viajante: recuérdanos. Súplica y orden del espíritu del idioma: ser dicho.
Formar, pues, en el centro de mí mismo, un espacio para que todo el caos del mundo pueda entrar. No le niego la entrada a ninguna cosa. Todo lo que pueda ser dicho se dirá, en su momento. En épocas más cínicas de mi vida he pensado que importa el decir y no lo dicho. Hoy sigo pensando que el decir efectivamente es más importante que lo dicho, pero que el decir mismo es mucho más importante de lo que mis pobres fuerzas me han permitido ver: que en un decir está la posibilidad aún viva del vínculo humano, de la comunidad posible.
Decir algo (dime, dime) es decir algo a alguien. Cuántas veces los otros no son el infierno, ¿cierto, Sartre?, pero si es que vivimos en el infierno entonces habrá que hacernos entender de algún modo. Habrá que mostrar nuestro carnet de condenados como quería Arthur, habrá que desearles buen día a los custodes, compartir opiniones sobre el día a día en la eternidad del sufrimiento. Algún gozo habrá que hallar ahí. Sobre todo: la conversación. ¿Y no es la lectura un modo privilegiado de conversar? Ahí Quevedo como siempre:
Me persuado en ocasiones, al oír hablar a alguien o en una plática cotidiana, de estar escuchando una lengua extinta. De pronto los ecos de mi griego tan mal aprendido rezuman en los goznes de una frase anodina, y el jugueteo de la sonaja árabe me toma desprevenido. Cuántas veces he mirado fijamente a los pasajeros del metro o a la gente de los cafés pensando en qué idioma hablan (¿serbio, portugués, quechua?), y siempre me sorprendo cuando reconstruyo de un boquete de sonidos los rasgos propios del castellano.
No se me malinterprete: el castellano es bello, pero el que yo lo hable o cualquiera de nosotros es un mero accidente. Importa, creo, la posibilidad del sentido que podemos recorrer dentro de una lengua, no cualquier dudoso y absurdo prestigio impostado ideológicamente sobre ella, como un fardo incómodo. Es ahí cuando digo que es de lo más tonto pensar que dominamos una lengua, repitiendo un gesto colonizador. Pienso que en vez de dominar con la lengua tal vez podamos construir alguna posibilidad dentro de los márgenes de esta casa vieja del idioma, de esta casa invisible que traemos colgada de la boca y los oídos y los ojos y las manos, de este cuerpo que puebla nuestro cuerpo de sentido; alguna posibilidad, pues, para que los que lleguen después de nosotros encuentren cómoda esta casa. Que puedan descansar aquí y pensar, y sobre todo enamorarse y consolarse cuando la bomba del amor les explote entre los dedos.
Construir tal vez un sitio de paz. Una palabra tan pequeña que al escribirla se me diluye entre los dedos. Yo nunca he sabido nada de paz. Pero tal vez, como quiere Elias Canetti, si la palabra puede producir guerras también puede resolverlas. El idioma, pues, es tan generoso, que tiene incluso espacio dentro de sí para el más absoluto horror. Afortunadamente, en esta casa hay espacio para mucho más: en todas las habitaciones hay retratos del único inquilino que tiene carta de nacionalidad en cualquier idioma y que, tal vez, sea el verdadero causante de la existencia misma de los idiomas (es decir, de lo humano): el asombro.
Una casa secreta a la vista de todos.
¿Pero es que se puede dominar un idioma como si uno fuera una especie de Napoleón lingüístico? ¿Se puede sostener una frase tan peregrina como "dominar una lengua"? Para los idiomas, acaso mucho, mucho más que para el amor, claudicar es la única forma de negociación: hay que entrar al idioma, al universo del sentido en general, con la espada extendida. El mango por delante, naturalmente.
Vivir en idiomas desconocidos como en casas muy viejas. Observar las cáscaras de pintura que se caen. Observar la pintura que otros pobladores más viejos han dejado, las pequeñas marcas que los delatan: los idiomas son casas donde han vivido muchos antes que nosotros. Podemos hallar de pronto el hueco de un clavo, que ya no sostiene el retrato de nadie; manchas de sol o de humedad, tecatas de mugre que la brisa de la ventana mece sin romper. El idioma puede verse como una ruina o como una colección de huellas: su conjunto no cuenta una historia común sino a condición de contar la historia de los hombres a través del relato de su propia historia. Esta historia no reconstruirá nada, pero construirá ruinas diferentes. Como el Distrito Federal de México, el idioma es una ruina hecha sobre incontables ruinas que la cimentan. Ruinas sagradas, cabe puntualizar.
La casa más desconocida es la propia. Notamos la extrañeza de las viejas casas de otros idiomas, pero vemos con ojos llenos de costumbre la propia. Me persuado por ello de no vivir en ningún idioma, de no tener lengua materna, de hablar y escribir desde una intemperie artificial. Me es preciso creer que el castellano que hablé esta mañana es un idioma absolutamente diferente que el castellano en que escribiré esta noche. Me persuado, pero fallo: es el idioma quien me inventa siempre, sin que yo posea ninguna potestad sobre él. El idioma es la derrota más dulce.
La casa dentro de la casa de los idiomas: la hospitalidad original del lenguaje. ¿Herramienta? Es cierto, hay gente que no se limpia los pies para entrar al idioma. Yo por mi parte trato de entrar en su casa siempre descalzo. Quiero sorprender a los fantasmas del idioma mientras duermen, ver si puedo colarme por la rendija de sus pesadillas, tenerles una tisana lista por si despiertan en sobresalto. Claro, yo también trabajo todos los días con el idioma como una herramienta; me queda al final del día una sensación parecida a cuando no podemos responder una llamada de alguien que amamos, o cuando los correos de gente querida se quedan sin contestar por muchas horas. Así vuelvo al idioma cada noche o cuando puedo encontrar un poco de tiempo que nadie usó: tratando de volverme infinitamente pequeño para que mis faltas pasen desapercibidas. Es una vanidad absoluta la que cree de mí que pedir un kilo de carne es una falta contra la belleza del idioma; aún no aprendo a ver lo fascinante que es que el gato dicho no sea igual que el gato escrito, y que ambos sean especies totalmente diferentes de la del gato que acaba de pasar por el pasillo, dejando la sombra de su nombre en el aire.
Pasamos temporadas en el idioma como si fuera nuestra casa. El idioma es casa, es cierto, pero no es de nadie. Todo lo más somos turistas. Recorremos los pasillos y galerías, encontramos armarios llenos de valijas que transportan su bagaje de polvo hacia ninguna parte, removemos algunas manchas de aceite de la pared de la cocina. Otras manchas las dejamos: somos turistas, repito. Algunas manchas han estado aquí, en el idioma, más tiempo del que estaremos cada uno de nosotros sobre el planeta. También esta devastación del idioma merece su compasión: la lengua no pide nada, y en cambio, nos da mundos como si fueran uvas.
Si la lengua pudiera hablar, imagino, sólo diría una cosa: dime. "Dime", así, como alguien que está abierto a escuchar; como alguien que exige una confesión; pero sobre todo, como alguien que desea ser dicho. Pienso de repente en Leónidas de Esparta con una petición tremendamente humilde para el viajante: recuérdanos. Súplica y orden del espíritu del idioma: ser dicho.
Formar, pues, en el centro de mí mismo, un espacio para que todo el caos del mundo pueda entrar. No le niego la entrada a ninguna cosa. Todo lo que pueda ser dicho se dirá, en su momento. En épocas más cínicas de mi vida he pensado que importa el decir y no lo dicho. Hoy sigo pensando que el decir efectivamente es más importante que lo dicho, pero que el decir mismo es mucho más importante de lo que mis pobres fuerzas me han permitido ver: que en un decir está la posibilidad aún viva del vínculo humano, de la comunidad posible.
Decir algo (dime, dime) es decir algo a alguien. Cuántas veces los otros no son el infierno, ¿cierto, Sartre?, pero si es que vivimos en el infierno entonces habrá que hacernos entender de algún modo. Habrá que mostrar nuestro carnet de condenados como quería Arthur, habrá que desearles buen día a los custodes, compartir opiniones sobre el día a día en la eternidad del sufrimiento. Algún gozo habrá que hallar ahí. Sobre todo: la conversación. ¿Y no es la lectura un modo privilegiado de conversar? Ahí Quevedo como siempre:
Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Me persuado en ocasiones, al oír hablar a alguien o en una plática cotidiana, de estar escuchando una lengua extinta. De pronto los ecos de mi griego tan mal aprendido rezuman en los goznes de una frase anodina, y el jugueteo de la sonaja árabe me toma desprevenido. Cuántas veces he mirado fijamente a los pasajeros del metro o a la gente de los cafés pensando en qué idioma hablan (¿serbio, portugués, quechua?), y siempre me sorprendo cuando reconstruyo de un boquete de sonidos los rasgos propios del castellano.
No se me malinterprete: el castellano es bello, pero el que yo lo hable o cualquiera de nosotros es un mero accidente. Importa, creo, la posibilidad del sentido que podemos recorrer dentro de una lengua, no cualquier dudoso y absurdo prestigio impostado ideológicamente sobre ella, como un fardo incómodo. Es ahí cuando digo que es de lo más tonto pensar que dominamos una lengua, repitiendo un gesto colonizador. Pienso que en vez de dominar con la lengua tal vez podamos construir alguna posibilidad dentro de los márgenes de esta casa vieja del idioma, de esta casa invisible que traemos colgada de la boca y los oídos y los ojos y las manos, de este cuerpo que puebla nuestro cuerpo de sentido; alguna posibilidad, pues, para que los que lleguen después de nosotros encuentren cómoda esta casa. Que puedan descansar aquí y pensar, y sobre todo enamorarse y consolarse cuando la bomba del amor les explote entre los dedos.
Construir tal vez un sitio de paz. Una palabra tan pequeña que al escribirla se me diluye entre los dedos. Yo nunca he sabido nada de paz. Pero tal vez, como quiere Elias Canetti, si la palabra puede producir guerras también puede resolverlas. El idioma, pues, es tan generoso, que tiene incluso espacio dentro de sí para el más absoluto horror. Afortunadamente, en esta casa hay espacio para mucho más: en todas las habitaciones hay retratos del único inquilino que tiene carta de nacionalidad en cualquier idioma y que, tal vez, sea el verdadero causante de la existencia misma de los idiomas (es decir, de lo humano): el asombro.
Una casa secreta a la vista de todos.
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viernes, 21 de octubre de 2011
Libros de estos días
Los libros poco a poco van ocupando el lugar que antes tuvo todo lo demás.
, Los patios de la nación, de Javier Norambuena.
, Poemas para fomentar el turismo, de Mara Pastor.
, Cometas, nómadas del espacio, de Yaxkin Melchy.
, La música en un tranvía checo, de Karla(tone) Olvera.
, Del mar es el ahogo, de Lauri García Dueñas.
, Huecos de araña, de Jamila Medina Ríos.
, Tombeau, de José Kozer.
, Horrorism: naming contemporary violence, de Adriana Cavarero.
, Estudios literarios, Paul Valéry.
, El disco de Newton, de Cristina Rivera-Garza.
, Yoga, de José Manuel Barrios.
, Naturaleza muerta, de Guido Arroyo.
, Carne, de Daniel Rojas Pachas.
, La conciencia de Zeno, de Italo Svevo.
, La sociedad sin relato, de Néstor García Canclini.
, El baile de las condiciones, de Óscar de Pablo.
, ¿Escribes o trabajas?, de Eduardo Huchín Sosa.
, Poemas escogidos, de Tilsa Otta.
, Rojo y negro, de Stendhal.
, Bagrejaponés, libro colectivo de Olga Leiva, Alex Piperno, Diego de Ávila, Santiago Márquez y José Manuel Barrios.
, Mi Emily Dickinson, de Susan Howe.
, Tarjados de Ezra Pound al original de La Tierra Baldía y más versos (trad. y notas de Piero Montebruno. Edición caligráfica y compendio de traductores). Regalo de mi abuelx Javier Norambuena.
, Los patios de la nación, de Javier Norambuena.
, Poemas para fomentar el turismo, de Mara Pastor.
, Cometas, nómadas del espacio, de Yaxkin Melchy.
, La música en un tranvía checo, de Karla(tone) Olvera.
, Del mar es el ahogo, de Lauri García Dueñas.
, Huecos de araña, de Jamila Medina Ríos.
, Tombeau, de José Kozer.
, Horrorism: naming contemporary violence, de Adriana Cavarero.
, Estudios literarios, Paul Valéry.
, El disco de Newton, de Cristina Rivera-Garza.
, Yoga, de José Manuel Barrios.
, Naturaleza muerta, de Guido Arroyo.
, Carne, de Daniel Rojas Pachas.
, La conciencia de Zeno, de Italo Svevo.
, La sociedad sin relato, de Néstor García Canclini.
, El baile de las condiciones, de Óscar de Pablo.
, ¿Escribes o trabajas?, de Eduardo Huchín Sosa.
, Poemas escogidos, de Tilsa Otta.
, Rojo y negro, de Stendhal.
, Bagrejaponés, libro colectivo de Olga Leiva, Alex Piperno, Diego de Ávila, Santiago Márquez y José Manuel Barrios.
, Mi Emily Dickinson, de Susan Howe.
, Tarjados de Ezra Pound al original de La Tierra Baldía y más versos (trad. y notas de Piero Montebruno. Edición caligráfica y compendio de traductores). Regalo de mi abuelx Javier Norambuena.
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domingo, 4 de septiembre de 2011
Iniciales
, Hay que escribir sólo para forzarse a escribir. La musiquilla, este pataleo de teclas, este ronroneo. Hay algo animal a respecto de los dedos cuando se escriben: hacen formas modestamente salvajes, como pulpos o arañas. Obvia, la imagen, pero es cierto. Algo inicia siempre cuando se escribe, aunque no importe. Escribo, hoy, porque no tengo nada que decir. Pero hacerlo es sumamente importante.
, Leo un cuaderno del 2009: quise mucho a E. Me dolió mucho que nos distanciáramos. Hay muchas iniciales en mi cabeza estos días: toda la falta que me hace D.; todo lo irreparable que quedará con M.; todo lo que odio a la otra M.; los textos que quiero comentarle a R.; los encargos secretos de C. que me emocionan y para los que no hallo tiempo. E.T.C. En este sentido, no seré nunca un hombre de letras; a lo mucho, de unas pocas iniciales.
, En el 2009 vivía donde me dejaban quedarme. Pocas veces me faltó de comer, pero a veces me faltó. Tenía miedo, pero no sé a qué. K. fue decisiva en ese proceso. Ella, la Woolf, y P. Ese año escribí en casa de G. Por los rasgos una bayoneta, cuyos ejemplares acabo de recibir esta misma semana. D. me ayudó a corregirlos. Oye: nos quedó bien. Gracias.
, Hoy terminé de releer El proceso, donde, justamente, el protagonista es una inicial. Recuerdo de cierta carta de Kafka donde dice que un libro no debe darnos felicidad, sino algo así como un golpe en la cabeza. Lo recuerdo espontáneamente, a cuento de nada. Esta relectura fue sustanciosa porque pude corroborarla con los comentarios de Elias Canetti sobre la correspondencia de Kafka con Felice Bauer; el germen de El proceso está ahí, en ese otro proceso de verse no como agente de la propia vida, sino como confluencia de las determinaciones externas. Una vida como un accidente. De tránsito, claro. Como Ch. que llega y me reclama alguna cosa. ¿Qué manía de vivir con gente? Había sido un fin de semana tan pacífico. ¿Preferiría a la señora Grubach? Sin duda no. Pero hasta ahora había honrado ese dictum kafkiano este domingo de lluvia:
, Así, muy quieto y muy solo me quedé todo el día frente a mi mesa, con valientes irrupciones en la cama sólo para estirar la espalda un poco. El mundo no se me reveló ciertamente, pero cumplí con mi parte. Tal vez mañana. ¿Escribir no es estar a la espera, a disponibilidad, como ponen en las cartillas militares, sencillamente, a que tal vez mañana ocurra en esta misma mesa algo de la talla de un ofrecimiento? ¿Que, si uno hace su parte y se pone en su mesa, el mundo, o tal vez algo más modesto, una huella o inicial, se ofrezca frente a nosotros?
, Lo de estar muy solo realmente no fue tan exacto: desde hace días vienen cuatro o cinco albañiles a hacer reparaciones por todas partes. Le conté a F. la historia de la señora Winchester, que, temiendo que los espíritus de los muertos por el fatal invento de su esposo vinieran a cobrarse con ella, por consejo de una bruja tenía día y noche a gente en su casa haciendo reparaciones. Una noche particularmente lluviosa, como esta misma en DF, aunque la de ella ocurriese en Texas, creo, los obreros tuvieron que suspender las labores nocturnas y la señora Winchester murió. Pero a diferencia de ella, mi carácter me lleva a preferir mil veces a los fantasmas que a las personas; al menos aquellos son infinitamente sutiles en sus, así llamadas, manifestaciones, mientras que estas otras no hacen sino manifestarse. Sí: espontáneamente me siento más cerca de los fantasmas que de las personas, por la sencilla razón de que su manera de estar es un no estando en voz alta.
, A sugerencia de E. de G. le di la plaquette a D.H., con singular vergüenza. Hace un par de años, Raúl Zurita se decepcionó modestamente, o simplemente se sonrió decimonónicamente, cuando le dije que no había publicado aún en forma de libro. Se decepcionó porque fue más como salir de su radar antes de haber entrado del todo. Ese mismo día conocí a J., mi querida abuela, quien me regaló su libro apenas conocerme. Secretamente creí desde entonces que había que escribir libros sólo para regalarlos. Ayer le di una plaquette a S. y me sentí tranquilo de que no pidiera dedicatoria. Una cortesía muy rara opera en ese ritual. Una vez lo discutí con C., en un parque mientras bebíamos whisky en botellas de agua mineral: ¿se debe leer la dedicatoria en presencia del autor o no? Hay dedicatorias medio forzadas, cabe aclarar. V. descubrió una hace poco en un librito mío de JEP, por ejemplo. Aunque las hay gratas y abundantes, como las de Y. La que le hice a D.H., ruborizado y bajo una lluvia aún más feroz que esta, que ya escampa, decía "Tenga piedad", pero lo que quise decir fue "misericordia." La diferencia es que la piedad es el trato con lo otro, lo cuál, como gran lector, encontrará acaso aburrido con mi librito, pero no problemático; y la misericordia, en cambio, es en primera instancia una apelación al sufrir compartido, a la compasión, a decir "mire que fue lo mejor que pude hacer. Sea benévolo. No me condene tan pronto." Aunque, como vemos en el caso de Josef K., la condena depende de cuántas cosas ajenas a nosotros. Yo me ahorro el proceso, gracias: soy culpable de mi librito.
, M.P. me dio una excelente noticia esta semana: viene pronto J.K. (¡vaya respondencia!) y podré hablar con él. Creo que hace mucho no estaba genuinamente feliz por conocer a alguien que sólo he leído, y con cuánto gusto.
, A veces siento que escribo como personaja de Jane Austen, pero ebria.
, F. me pidió El libro de Pixie, para una posible reedición. El único ejemplar que tuve se lo di a N. recién conocerla. No me arrepiento, como sí debería de tantas otras cosas respecto a ella.
, Madre me pidió que fuera a misa, o "que la viera por Internet." Le respondí que leería, en cambio, algo de la Biblia. El problema es que mi libro favorito de la Biblia siempre ha sido Job, lo cuál es muy apropiado después de una semana kafkiana (este aroma perenne de barniz y pintura, como el estudio bochornoso de Titorelli...), así que siento que no he cumplido del todo con su encargo. Ir a misa siempre me ha parecido (y digo "siempre" con conciencia del tiempo: dejé de acompañar a mis padres a la iglesia para quedarme a jugar Super Nintendo) aceptar de antemano la culpa de algo. El algo, claro, es el pecado original. Y el constructo teleológico llamado Dios sabe que no soy una persona lo que se dice "buena", pero no ha sido defecto de fabricación: si me he ido pudriendo fue por un esfuerzo constante y razonado. Por ello siento que no he cumplido con el encago de Madre: en vez de ir a sentirme culpable en público me quedé a ser feliz en privado con mi biblos favorito del Antiguo Testamento. No puedo evitar sentirme un poco como Leopold Bloom ante su madre. Él sí que estaba podrido.
, Pasarme por la facultad me dejó en un estado inconveniente por varios días. Esta especie de conciencia de que no me doctoraré nunca, y de que eso debería ser malo. De que debería sentirme mal por algo. Pero desde entonces puedo leer lo que yo quiera: incluso me descubrí leyendo hace unos días una antología de sociolingüística simplemente porque algo me interesó siempre de ahí. Pero pude también repasar un pequeño manual de métrica árabe para mi traducción de Adonis; pude releer Soledades en soledad, y no en un salón lleno de gente; pude sobre todo ver un par de películas de Woody Allen y leerme dos libros de Vila-Matas en absoluta paz. ¿En serio necesito doctorarme? ¿Necesito aprobación para escribir lo que yo quiera? Madre, debo confesar que he pecado de soberbia: en mi escritura me exijo mucho más de lo que me exigirá nunca ningún doctorado.
, Estoy aprendiendo latín por mi cuenta para traducir unos poemas puercos de Catulo, además de las Heroidas de Ovidio, que me contentaría con poder leer en el original, porque la traducción del maestro Alatorre es maravillosa. Nunca disfruté latín en la facultad, con todo lo que M. y P. se esforzaron en hacerme entender las declinaciones. Ya entendí: simplemente no tenía una buena razón para aprenderlo. Tuve una buena razón para acercarme al francés, en cambio: Rimbaud y Mallarmé. Al italiano: Dante y Leopardi. Al portugués: Pessoa. Al alemán: Hölderlin, Rilke. Pero al llegar a la facultad conocía de literatura latina sólo la Epistola a los Pisones de Horacio, el discurso de la amistad de Cicerón y un par de libros de la historia de Roma de Tito. No me habían ocurrido las Heroidas, esa obrita brutal, con ripio y todo. Quisiera leer la carta de Briseida a Aquiles en el original. Quisiera leerla con D., en latín, en español, en lo que sea. Es más que suficiente razón.
, Odio esta casa. Odio a la gente. Jack White: I got moving on my mind.
, Leo un cuaderno del 2009: quise mucho a E. Me dolió mucho que nos distanciáramos. Hay muchas iniciales en mi cabeza estos días: toda la falta que me hace D.; todo lo irreparable que quedará con M.; todo lo que odio a la otra M.; los textos que quiero comentarle a R.; los encargos secretos de C. que me emocionan y para los que no hallo tiempo. E.T.C. En este sentido, no seré nunca un hombre de letras; a lo mucho, de unas pocas iniciales.
, En el 2009 vivía donde me dejaban quedarme. Pocas veces me faltó de comer, pero a veces me faltó. Tenía miedo, pero no sé a qué. K. fue decisiva en ese proceso. Ella, la Woolf, y P. Ese año escribí en casa de G. Por los rasgos una bayoneta, cuyos ejemplares acabo de recibir esta misma semana. D. me ayudó a corregirlos. Oye: nos quedó bien. Gracias.
, Hoy terminé de releer El proceso, donde, justamente, el protagonista es una inicial. Recuerdo de cierta carta de Kafka donde dice que un libro no debe darnos felicidad, sino algo así como un golpe en la cabeza. Lo recuerdo espontáneamente, a cuento de nada. Esta relectura fue sustanciosa porque pude corroborarla con los comentarios de Elias Canetti sobre la correspondencia de Kafka con Felice Bauer; el germen de El proceso está ahí, en ese otro proceso de verse no como agente de la propia vida, sino como confluencia de las determinaciones externas. Una vida como un accidente. De tránsito, claro. Como Ch. que llega y me reclama alguna cosa. ¿Qué manía de vivir con gente? Había sido un fin de semana tan pacífico. ¿Preferiría a la señora Grubach? Sin duda no. Pero hasta ahora había honrado ese dictum kafkiano este domingo de lluvia:
"No es necesario que salgas de casa. Quédate junto a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera. Pero ni siquiera esperes, quédate completamente quieto y solo. Se te ofrecerá el mundo para el desenmascaramiento, no puede hacer otra cosa, extasiado se retorcerá ante ti." [Aforismos, apéndice a 109.]
, Así, muy quieto y muy solo me quedé todo el día frente a mi mesa, con valientes irrupciones en la cama sólo para estirar la espalda un poco. El mundo no se me reveló ciertamente, pero cumplí con mi parte. Tal vez mañana. ¿Escribir no es estar a la espera, a disponibilidad, como ponen en las cartillas militares, sencillamente, a que tal vez mañana ocurra en esta misma mesa algo de la talla de un ofrecimiento? ¿Que, si uno hace su parte y se pone en su mesa, el mundo, o tal vez algo más modesto, una huella o inicial, se ofrezca frente a nosotros?
, Lo de estar muy solo realmente no fue tan exacto: desde hace días vienen cuatro o cinco albañiles a hacer reparaciones por todas partes. Le conté a F. la historia de la señora Winchester, que, temiendo que los espíritus de los muertos por el fatal invento de su esposo vinieran a cobrarse con ella, por consejo de una bruja tenía día y noche a gente en su casa haciendo reparaciones. Una noche particularmente lluviosa, como esta misma en DF, aunque la de ella ocurriese en Texas, creo, los obreros tuvieron que suspender las labores nocturnas y la señora Winchester murió. Pero a diferencia de ella, mi carácter me lleva a preferir mil veces a los fantasmas que a las personas; al menos aquellos son infinitamente sutiles en sus, así llamadas, manifestaciones, mientras que estas otras no hacen sino manifestarse. Sí: espontáneamente me siento más cerca de los fantasmas que de las personas, por la sencilla razón de que su manera de estar es un no estando en voz alta.
, A sugerencia de E. de G. le di la plaquette a D.H., con singular vergüenza. Hace un par de años, Raúl Zurita se decepcionó modestamente, o simplemente se sonrió decimonónicamente, cuando le dije que no había publicado aún en forma de libro. Se decepcionó porque fue más como salir de su radar antes de haber entrado del todo. Ese mismo día conocí a J., mi querida abuela, quien me regaló su libro apenas conocerme. Secretamente creí desde entonces que había que escribir libros sólo para regalarlos. Ayer le di una plaquette a S. y me sentí tranquilo de que no pidiera dedicatoria. Una cortesía muy rara opera en ese ritual. Una vez lo discutí con C., en un parque mientras bebíamos whisky en botellas de agua mineral: ¿se debe leer la dedicatoria en presencia del autor o no? Hay dedicatorias medio forzadas, cabe aclarar. V. descubrió una hace poco en un librito mío de JEP, por ejemplo. Aunque las hay gratas y abundantes, como las de Y. La que le hice a D.H., ruborizado y bajo una lluvia aún más feroz que esta, que ya escampa, decía "Tenga piedad", pero lo que quise decir fue "misericordia." La diferencia es que la piedad es el trato con lo otro, lo cuál, como gran lector, encontrará acaso aburrido con mi librito, pero no problemático; y la misericordia, en cambio, es en primera instancia una apelación al sufrir compartido, a la compasión, a decir "mire que fue lo mejor que pude hacer. Sea benévolo. No me condene tan pronto." Aunque, como vemos en el caso de Josef K., la condena depende de cuántas cosas ajenas a nosotros. Yo me ahorro el proceso, gracias: soy culpable de mi librito.
, M.P. me dio una excelente noticia esta semana: viene pronto J.K. (¡vaya respondencia!) y podré hablar con él. Creo que hace mucho no estaba genuinamente feliz por conocer a alguien que sólo he leído, y con cuánto gusto.
, A veces siento que escribo como personaja de Jane Austen, pero ebria.
, F. me pidió El libro de Pixie, para una posible reedición. El único ejemplar que tuve se lo di a N. recién conocerla. No me arrepiento, como sí debería de tantas otras cosas respecto a ella.
, Madre me pidió que fuera a misa, o "que la viera por Internet." Le respondí que leería, en cambio, algo de la Biblia. El problema es que mi libro favorito de la Biblia siempre ha sido Job, lo cuál es muy apropiado después de una semana kafkiana (este aroma perenne de barniz y pintura, como el estudio bochornoso de Titorelli...), así que siento que no he cumplido del todo con su encargo. Ir a misa siempre me ha parecido (y digo "siempre" con conciencia del tiempo: dejé de acompañar a mis padres a la iglesia para quedarme a jugar Super Nintendo) aceptar de antemano la culpa de algo. El algo, claro, es el pecado original. Y el constructo teleológico llamado Dios sabe que no soy una persona lo que se dice "buena", pero no ha sido defecto de fabricación: si me he ido pudriendo fue por un esfuerzo constante y razonado. Por ello siento que no he cumplido con el encago de Madre: en vez de ir a sentirme culpable en público me quedé a ser feliz en privado con mi biblos favorito del Antiguo Testamento. No puedo evitar sentirme un poco como Leopold Bloom ante su madre. Él sí que estaba podrido.
, Pasarme por la facultad me dejó en un estado inconveniente por varios días. Esta especie de conciencia de que no me doctoraré nunca, y de que eso debería ser malo. De que debería sentirme mal por algo. Pero desde entonces puedo leer lo que yo quiera: incluso me descubrí leyendo hace unos días una antología de sociolingüística simplemente porque algo me interesó siempre de ahí. Pero pude también repasar un pequeño manual de métrica árabe para mi traducción de Adonis; pude releer Soledades en soledad, y no en un salón lleno de gente; pude sobre todo ver un par de películas de Woody Allen y leerme dos libros de Vila-Matas en absoluta paz. ¿En serio necesito doctorarme? ¿Necesito aprobación para escribir lo que yo quiera? Madre, debo confesar que he pecado de soberbia: en mi escritura me exijo mucho más de lo que me exigirá nunca ningún doctorado.
, Estoy aprendiendo latín por mi cuenta para traducir unos poemas puercos de Catulo, además de las Heroidas de Ovidio, que me contentaría con poder leer en el original, porque la traducción del maestro Alatorre es maravillosa. Nunca disfruté latín en la facultad, con todo lo que M. y P. se esforzaron en hacerme entender las declinaciones. Ya entendí: simplemente no tenía una buena razón para aprenderlo. Tuve una buena razón para acercarme al francés, en cambio: Rimbaud y Mallarmé. Al italiano: Dante y Leopardi. Al portugués: Pessoa. Al alemán: Hölderlin, Rilke. Pero al llegar a la facultad conocía de literatura latina sólo la Epistola a los Pisones de Horacio, el discurso de la amistad de Cicerón y un par de libros de la historia de Roma de Tito. No me habían ocurrido las Heroidas, esa obrita brutal, con ripio y todo. Quisiera leer la carta de Briseida a Aquiles en el original. Quisiera leerla con D., en latín, en español, en lo que sea. Es más que suficiente razón.
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Javier Raya
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domingo, 31 de julio de 2011
De las librerías a prueba de lectores
El paraíso para Borges es una biblioteca, se sabe, pero el método para ordenarla es algo en lo que se repara, creo, poco. En el orden de los libros hay una metafísica, o, si se prefiere, una intención de lectura. No iré por lo pronto tan lejos para afirmar que hay un trabajo curatorial (palabra tan de moda), pero en tanto intención, la organización de un conjunto de libros crea sentido en sí mismo, acaso extensión de la presencia latente de los libros.
Antes, se me disculpará una errancia anecdótica, espero pertinente: escribí una vez unas Instrucciones para ver películas con gente, que el improbable, interesado lector hallará en este mismo blog. Hoy intenté ponerlas a prueba: lo logré. Es decir, seguí fielmente el primer punto. Salí corriendo de un cine atestado antes que someterme a la tortura masoquista que me supondría haberme quedado, y al salir de ahí lo primero que vi fue una librería. Un poco demasiado cliché: opongamos al vértigo inmóvil de la multitud (pues que la multitud es estática, como los cardúmenes) el silencio benéfico de la librería. Craso error.
Entré en una librería del Fondo de Cultura Económica como pidiendo santuario. Horror. Ya desde las barras metálicas de la entrada eso parece un supermercado. Pronto la gente entrará a pedir un kilo de novela, medio kilo, tres cuartos, o el despistado que preguntará "de a cómo los libros." Así de vertiginosas las mesas de novedades. Antes de entrar incluso tienen lockers, como en algunos supermercados. Les faltan solamente los carritos y las demostradoras de las editoriales, leyendo fragmentos de novelas o poemas en los pasillos; "muestras gratis". Esto último no me parece del todo malo; cursi, claro, pero preferible. ¿Preferible a qué? Preferible al brutal dispositivo de seguridad desplegado al interior de la librería. Me explico.
Mientras me cuento los billetes en la bolsa y (h)ojeo unos ensayitos de Apollinaire, un vigilante malencarado me mira. Tengo chamarra ancha. He trabajado en librerías, así que sé cómo funciona esto; esta vigilancia es normal y hasta cierto punto, tolerable. Lo que me saca la piedra es que el fulano se ponga a musitar no sé qué cosa en su radio. Sigo su mirada: hay una chica vigilante en la entrada. Yo puedo escuchar sus voces, pero no les entiendo, sólo escucho esos pitidos enervantes y esa estática que es como las nubes de las conversaciones por radio. No me molesta el ruido, coño, sino esta pérdida de la calidad aurática del espacio. Lo que decía en un principio: el acomodo y la disposición de libros es en sí mismo significante, y a riesgo de exponer una prematura demencia senil, diré que parece que la interconectividad ha tomado el lugar del espacio; los espacios ahora son interfaces, zonas de mediación entre emisores y receptores: medios. No se va a un restaurante o librería por el simple gusto de ir, sino por un badge de Foursquare; la gente en el cine parece que va a recibir llamadas, qué horror; y estos vigilantes que forman parte de un nuevo mobiliario de las cadenas de librerías, el que completan las cámaras de seguridad, las muchas cajas, las interminables mesas de novedades, etc.
No idealizo ni romantizo el libro ni las bibliotecas: sé que el libro impreso debe desaparecer. Es necesario, o lo será; ecológicamente será insostenible y nos adaptaremos, como cuando Sócrates se aterraba de que la escritura desplazara a la memoria y cuando se temió que la imprenta desplazara la literatura oral. Me entusiasma tener un reader y acceder a cientos de libros difíciles de conseguir, en el idioma que yo quiera, cuando yo quiera. Trabajo en una página web, por amor de dios. Pero también trabajo en una editorial de libros impresos (sí, gente del futuro, como los de antes.) Esta queja dirigida al improbable lector que tolera grandes parrafadas en una interfaz electrónica (i.e. este blog) tiene como asunto el lugar, el espacio, no el libro en sí. Continuemos, pues.
Las librerías amarillas
Trabajé en la Librería Internacional, ubicada en la calle de Sonora, entre Insurgentes y Amsterdam (Carlos Fuentes la menciona como "librería alemana" en Los años con Laura Díaz, pues la comunidad alemana de la colonia Hipódromo pedía ahí sus libros, sobre todo de medicina). Cuando yo entré ya no era la eficiente librería que mandaba traer títulos de varias editoriales e idiomas desde los años 40: era una bodega (des)organizada en secciones, muchas, a través de dos pisos, pero conservaba todavía el encanto de viejas glorias.
Como acabo de leer la crónica de Julio Trujillo sobre El Parnaso de Coyoacán (gracias, Roberto Cruz Arzabal), estoy tentado a enumerar al fascinante personal con el que pude convivir durante casi un año, pero para no desviarme demasiado concordaré en que siempre está ese que Trujillo llama bouncer, un fornido que identifica a los robalibros, así como varios personajes y personajas interesantes: en la Internacional, los hermanos que tenían 30 años trabajando en librerías, el hombre que pasó de vigilante a gerente, el políglota de la sección de idiomas, o Moisés, que organizaba conmigo la sección principal, literatura, historia, filosofía, ciencias sociales, etc., un judío converso que tenía en la mente un mapa de toda la zona, unos 5 mil volúmenes, siendo conservadores y que, como yo, conservaba una fascinación francamente talmúdica por los libros. Pero por ahora doy por buenos todos los clichés: los he visto. Mi asunto es otro.
La Internacional tiene altos libreros en las paredes y mesas más pequeñas, organizadas en islas. Uno podía moverse a sus anchas y respirar. Leer. Estaba en la frontera de una librería de viejo y una sucursal "moderna" (hace poco se reestructuró y ahora distribuye solamente material especializado en psicología y medicina, como en sus orígenes de hace más de medio siglo); acudían tanto lectores consumados, a los que es mejor dejar hacer que confrontar con el diálogo de ventas, y también gente buscando libros de texto o novedades. Las novedades, como suele ser el caso, atacaban al desprevenido lector recién franqueando la entrada. Un visitante asiduo de librerías sabe que es un mero obstáculo, que se puede echar un ojo sin mucha esperanza y continuar. Digo que la Internacional estaba en la "frontera" de librería de viejo y moderna porque en los estantes revolvíamos libros cuyas devoluciones muchas veces llevaban pendientes décadas, así como novedades del mismo tema. Casos aparte eran editoriales cuyo catálogo y corte editorial se presentan por sí mismos, como Trotta o Gredos, incluso Sepan Cuántos o Paidós, todos con sus propias secciones. Pero bien sabe Borges, como sabe Foucault, que la organización de las cosas siempre es arbitraria, por lo menos.
Pero algo maravilloso de la Internacional era una franca preocupación por que cada persona que entrara pudiera revisar los textos de su interés. Teníamos una sala en el segundo piso donde la gente podía llevarse los libros y quedarse leyendo si lo deseaba. Eso ocurre un poco todavía en la Rosario Castellanos, en la salita del medio, pero en vez de sala de lectura parece pecera, con un montón de gente circulando alrededor de ti, viéndote desde varios niveles, etc. En la Internacional no: la gente podía incluso abrir los libros embalados aunque no los comprara, simplemente para verlos. Porque sí. Porque eso es lo que se hace con la mayoría de los libros en una visita a la librería. Esa fue otra parte de mi encabronamiento hoy en el FCE: una chica pidió permiso para abrir un libro y se lo negaron. Quise hacer la revolución ahí mismo. Me salió una revolución de espuma de los belfos: este texto.
Hay, decía, una metafísica en esa organización de la lectura: la librería como el espacio donde un lector se pone en contacto con un libro. Poniéndonos kantianos, la librería es la condición de posibilidad de la lectura, porque no garantiza solamente la disponibilidad del libro (cuántos ya se pueden comprar por internet...), sino porque crea el vínculo entre el lector y el libro. Antes de Google estaba un librero bien informado, que no sólo te decía dónde estaba lo que buscas, sino que lo discute contigo. Pronto habrá una app que haga lo mismo (de hecho la hay, se llama Goodreads), pero no dejo de pensar que esta nueva tecnología (en el sentido de forma de hacer) de lectura aleja al lector del libro, es decir, atenta contra aquello que debería promover. La librería como metafísica no es sino la relación que vuelve posible entre un libro y su lector.
Tal vez en unos 50 años los libreros serán una antiguedad, como los aguamaniles, y los libros se volverán muy caros, un divertimento exótico --que, acaso, a su modo, ya son. Yo confío en que el libro electrónico desacralizará un poco el objeto-libro para concentrarse en la difusión de la información, hacerlo asequible para quien ya lee, aunque dificultando esa lectura de hallazgo que sólo el libro permite: ¿cómo (h)ojear un libro electrónico? Basta, tengamos fe. O no: pesimista a fin de cuentas, sé que esa disponibilidad de la información también será un eventual obstáculo frente a la sobredisponibilidad: la pregunta de siempre, ¿qué leer? La respuesta de siempre: todo.
Escribiré alguna vez sobre la tecnología de lectura implícita en el libro, pero siento que apenas entraba al tema del espacio y los libros cuando ya leo que este texto quiere terminarse. Tiene cara de derrota. Pero a lo largo de esta parrafada he sentido la misma, cómo llamarla, pulsión histórica: las "librerías" en cadena encadenan, son el enemigo de los lectores, y los libreros, la gente que se dedica a los libros, está desapareciendo. Claro, Gandhi tiene esas bonitas campañas publicitarias y todo, pero vuelvo: no te dejan abrir los pinches libros dentro de la librería. En la lógica de la disponibilidad de la oferta, el modelo del capitalismo amarillo está comenzando a adueñarse a su vez de los modelos de negocios de las cadenas de librerias. Capitalismo amarillo: producción en serie, referenciada perversamente a "lo chino" (¿amarillo...como Gandhi?): en serie, de temporada, de moda, novedad condenada a vivir en su desfase, libros con fecha de caducidad, como leche. Las editoriales que satisfacen esta demanda son otra parte de la ecuación. Imposible abordarlo ahora. Acabemos, pues: la librería como turística no es sino la relación que vuelve posible entre el lector y el libro a través del espectáculo, o, dicho de otro modo: la librería como turística es la imposibilidad de la relación entre un lector y un libro. Una forma no menor de fascismo.
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domingo, 26 de diciembre de 2010
La sencilla importancia de unos lentes rojos
Este post se lee mejor con la siguiente canción sonando.
Gracias a Victoria Guerra por la recomendación involuntaria.
Durante el 2010 me dediqué a jugar con la aparición y desaparición del yo. Di cauce formal a distintos proyectos (algunos enteramente anónimos) que forman parte de una investigación interminable sobre el modo en que el yo -el mío, si me apresuran- se articula y opera. Llevo desde el 2008 un álbum fotodocumental en Facebook llamado "Mon semblable", en alusión, ni qué decirlo, al famoso verso de Baudelaire. En ese álbum he recogido imágenes de personas que, bajo la premisa de una contraseña secreta, eran retratadas para articular -sin saberlo- una lectura de mi yo a través del recurso metonímico de ser yo a través de mis lentes, unos lentes que me han acompañado por dos años y me han dado algunas aventuras muy curiosas que habrá que contar un día.
La contraseña secreta para figurar en "Mon semblable" es sencillamente pedir mis lentes. Son un objeto que suele llamar la atención, y es extraño ahora que lo pienso que un objeto haya servido para resumir o abstraer una imagen total de un "yo mismo" exportable. Es decir, no soy el tipo de persona nerudiana que "ama los objetos". Colecciono pocas cosas. Me mudo mucho, así que trato de mantener las maletas ligeras. Estos lentes vienen del pasado, claro, y parecen una especie de souvenir de un lugar donde nunca estuvimos. Tal vez por eso me gustaron tanto cuando los vi, porque parecían una postal de un lugar imposible, de la Unión Soviética, por ejemplo, un lugar que no podría ser visitado sino en la imaginación y cuya única evidencia eran precisamente estos lentes rojos que, hasta donde sé, no son para nada de carey sino de traslúcido plástico.
Estoy convencido de la importancia de los lentes porque quienes requerimos de ellos no tenemos otro modo de ver el mundo. Está la operación láser y los lentes de contacto, claro, pero usar lentes te permite toda una gama gestual que se clausura con la sobriedad turbadora de un rostro limpio, sin lentes. Funcionan, claro, para ayudar a llevar un defecto oftálmico, pero me gusta más pensar, me parece más seductor pensar que funcionan como una prótesis de la mirada: a través de diferentes lentes somos diferentes personas. "Todo depende del cristal con que se mire", suele decirse. Podríamos añadir que también "depende del cristal con que se sea."
He usado anteojos por 10 años ya, pero mi fascinación por los lentes y las prótesis, los disfraces, ha estado en mi horizonte desde que recuerdo. También desde cuando no recuerdo: hace poco encontré una foto donde yo tendría unos 3 años; estoy sentado en un hermoso e irrecuperable sofá de la primera casa donde viví; llevo un suéter guinda con cuadriculado blanco -bastante elegante, si me lo permiten-, con distintas letras blancas dentro de los espacios cuadriculados. Mi pose es relajada, aunque evidentemente sobreactuada: con una imposible concentración para esa edad, pretendo una afable sorpresa al notarme inocentemente distraído de la lectura de un grueso volumen. Llevo unos enormes anteojos de marco metálico con lentes muy ligeramente oscurecidos. Mi impresión actual es que ese niño que fui está mirando un mundo a través de unos anteojos que a todas luces no serían adecuados para él. Evidencian un exceso, y en ello radica su potencial imaginario: el exceso del que toda ficción se nutre. Exceso de sentido, podríamos decir. Ese niño que fui está haciendo su primer ejercicio de autoficción al asumir la personalidad tal vez no otra, sino de un objeto: los significantes implícitos culturalmente en unos enormes anteojos para leer.
Son anteojos precisamente porque van antepuestos a los ojos, pero funcionan también como una frontera o filtro entre la mirada y el mundo mirado. La mirada se ve fuertemente seducida a adoptar la estrategia de filtración que le presenta esa prótesis, a fijar la atención en ciertos aspectos de la realidad descartando otros. Esta mirada seducida es, a su vez,fuertemente imaginaria. En la sospecha de esta cadena lógica compré mis lentes traslúcidos-rojos en el verano del 2008 en una óptica que aún existe, en Insurgentes y Sonora, cerca de donde trabajaba entonces y por un extraño azar, a unos minutos de donde trabajo actualmente. Los anteojos previos (y los previos) eran aburridos modelos metálicos o incluso sin marco que sientan bien a personalidades más limitadas: el campo visual se ve acotado apenas un poco por encima de la nariz. Si mi problema óptico fuese más severo, con ellos no hubiera podido distinguir mucho alrededor de los pequeños marcos. Quería por entonces unos anteojos que me permitieran abarcar un radio considerable en todas direcciones. Estos lentes no eran todo lo perfectos que quería para ese propósito; mi prototipo ideal hubiera sido uno modelo parecido a los de Omar Rodríguez de The Mars Volta, que permiten esa extensión visual que se parece a una mirada que abre los brazos, a un búho en atenta, inmóvil cacería.
La gente comenzó a sentirse atraída por el objeto en sí, los anteojos, que no por mí mismo, por demás con muy poco que ofrecer. Comenzaron a pedirlos y comencé a fotografiarlos. Me parecía muy curioso que hombres y mujeres de distintas edades se sintieran atraídos, acaso como yo mismo, a un objeto si bien particular, perfectamente cotidiano, y que dieran a su vez cauce a esa curiosidad rompiendo el pudor y solicitando mis lentes para ponérselos. Es un rito común entre la gente que usa lentes el comparar el grado de ceguera del que se adolece a través de los lentes del otro. "¿Me veo como tú?", dicen entre ellos. Pero sería más apropiado afirmar "veo como tú". Me gusta pensar que tal vez los que me piden los lentes querrían "ver como yo", pero ciertamente no he inventado aún un modo inédito de mirar -un modo, pienso, análogo al que inventó John Cage, inédito de escuchar. Más cierto es decir que no tengo ninguna pretensión al respecto de la búsqueda de tal modo inédito, y sólo me ocupa, para fines prácticos, un modo mío. Este modo tiene que ver hasta ahora con ese desdoblamiento que consiste en verme mirado como me miran. El último integrante de esta colección de miradas, @ChumelTorres, se puso a ensayar un largo monólogo como -creo- supone que yo lo haría, analizando alguna invisible cosa de la que nadie tiene idea qué es. Han habido otros que adoptan una pose de pseudo intelectual sesudo e irremontable; otros, otras, de personalidades tan potentes que no se dejan seducir por el objeto y me miran como siempre, desde ellos, o tal vez un poco borroso a causa de la graduación de los lentes.
Si puedo hablar de una estrategia formal en este pequeño experimento, debo decir que es sólo parte de un plan mayor para descentrarme de la posibilidad de identificarme con un yo enteramente mío. No hay nada que me asuste más que ser alguien, un alguien perfectamente intercambiable, sin atributos, a decir de Musil, con gustos generales: una persona sin más. No sé por ahora si quiero ser una estrategia de mirada o de escritura, pero definitivamente no quiero ser alguien. Para perseguir este propósito, este año que termina he trabajado duramente en el proyecto de no saber quién soy, y he sido, para tales efectos, estos otros:
Ninja
(Con otra estrategia añadida de escritura ninja
que merecerá mención pronto.)
Guerrillero poético
Docente de universidad
Experto en tecnología
Psicoanalista
Performer privado
Mago
Mendigo
Fotógrafo
Conspirador político
Argentino
Analista financiero
Conferencista
Cabe decir que apenas soy cada una de esas ocupaciones o modos de ser, pero me he divertido muchísimo no siéndolas activamente. Quién sabe quién no seré el próximo año; quién sabe quién no seré mañana. Pero eso me gusta.
Quién, sabe.
Postulado por
Javier Raya
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