martes, 9 de octubre de 2012

De la poesía como un fight club

Este texto apareció originalmente en la página de Mutante. 

Narrator: When people think you’re dying, they really, really listen to you, instead of just…
Marla Singer: —instead of just waiting for their turn to speak?
Fight Club, (Fincher, 1999.)

, Una lectura de poesía y una misa católica se parecen en que reúnen a un grupo que espera que un tercero, portador temporal de la palabra, se calle.
, La palabra es posible gracias a un tipo de violencia de naturaleza sutil, pero innegable: una cosa, al ser puesta en palabras, de algún modo, es destruida. Lo no dicho, al permanecer oculto, permanece seguro. Hablar equivale a una forma de nacimiento. La palabra parte: divide, hace nacer. Y Dios dijo ‘hágase la luz’.
, Cuando en un lugar se reúnen más de tres personas, aquello solo puede resultar en una eventual conspiración; tal conspiración, según las circunstancias, tomará la forma de una orgía, un golpe de Estado, un complot electoral, una anodina tuitcam. Si las circunstancias son funestas y tenemos a los dioses en contra, el grupo tendrá intenciones artísticas, por lo que el resultado será una revista literaria, una vanguardia artística, una lectura de poemas. Todas, empresas hijas del aburrimiento destinadas a modos más discretos o más olímpicos de fracaso.
, “No me interesa pertenecer a ningún club que me aceptara como miembro”, fue más o menos la frase de Groucho Marx. La escritura no nos pondrá nunca en ese aprieto: un club tan extremadamente selecto no reconocerá nunca a nadie como legítimo miembro; sus verdaderos miembros nunca serán parte de él. Serán miembros fantasmas, si lo prefieren, para utilizar un término anatómico: todo lo más, tratarán de ser un intangible dolor en el cuerpo de la escritura.
, En la vulnerabilidad, nos dice Adriana Cavarero, se negocia el daño o el cuidado de un cuerpo. Al ponernos en contacto con un poema, asumimos el espacio de vulnerabilidad que negociará nuestra protección o nuestra destrucción, sin conocer el resultado previamente. El salto mortal hacia el poema lo hace el lector, a través de la agencia de viajes Ícaro tours.
, El verdadero riesgo de la poesía no consiste tanto en organizar la vida en torno a la escritura tanto como en permanecer disponible para su irrupción. El verdadero riesgo de la poesía, por tanto, es más patente en el lector o el escucha que en el supuesto escritor.
, Un escritor puede ser un impostor, pero un lector siempre es un lector.
, Una lectura con fines literarios no consiste sino en la fatal comparación de soledades colindantes entre los asistentes. Este proceso, a diferencia de la frenética o mesurada actividad verbal en la mesa o el escenario, generalmente presididos por una voz, ocurre en silencio —del modo, imaginemos, como el libro ocurre justamente entre los espacios callados de las palabras.
, Reunido un grupo mayor o menor de gente, algún bravo depone el silencio circundante. Lo que los asistentes escuchan no es el poema, sino el cálculo del tiempo restante para que sea el turno de alguien más para dirigirse al público —esto aplica incluso para aquellos que no escriben y que acaso no escribirán nunca.
, Las voces son un cuerpo.
, La reunión de los asistentes a cualquier tipo de lectura literaria, ese conjunto de subjetividades contingentes, está puesto en el lugar que dejara vacante la vieja fogata de los cavernícolas sabios. Las bacantes, por otro lado, llegan siempre, aún sin confirmar asistencia.
, Escribir es decir lo que alguien que no conoces, a quien no has visto y a quien probablemente nunca verás, no se atreve a decir.
, Lo que los asistentes escuchan no es el poema; lo que les ocurre mientras escuchan puede ser (o no) el poema. Eso, apenas depende del que lee en voz alta; hay un poco más de responsabilidad en el poema, naturalmente, pero la eficacia del poema depende únicamente del lector. Se dice que la mayor influencia literaria de Robert Walser (el Kafka suizo) fueron simples revistas para señoras.
, Si el silencio es el espacio por excelencia de la hospitalidad, el simulacro de silencio que supone la escucha de una lectura es toda la confianza que podemos permitirnos aún, algunos, de que la ciudad no se encuentra enteramente poblada por fantasmas.
, La diferencia entre un grupo de apoyo y un deporte extremo ocurre solamente en esa resbalosa categoría del espíritu: la actitud. Hay monjes zen que se comportan como burócratas y coleccionistas de vajilla que asumen su pasatiempo con la intensidad de una misión dictada por dios mismo.
, Para que esa famosa etimología de “religión” funcione (aquella donde religión deriva del latín religare, re=de nuevo y ligare=unir), es necesario, primero, contar con una escisión fundamental, previa. La ilusión de la “reunión” debe ser precedida por la ilusión de la ruptura. Es mi parecer que durante un slam de poesía, ambos elementos confluyen: algo se rompe, algo se une, pero sólo los asistentes saben de qué se trata.
“It was on the tip of everyone’s tongue. Tyler and I just gave it a name.” 
, En la lectura silenciosa del libro, el libro está puesto en el lugar de una voz ausente. En la lectura en voz alta, no es quien lee o dice de memoria el que está puesto en el lugar de un libro ausente: es la reunión misma de los escuchas lo que garantiza la configuración de un libro ya no ausente, sino imposible del todo, del cuál todos, en parte, participan.
, En ocasiones, parece que el poema fuera un mero pretexto para que una multitud de extraños se reúna para verificar cuánto, sin saberlo, tienen en común.
, El estatuto del que lee en voz alta, por otro lado, se parece al de un ventrílocuo o médium: toda la razón que puede darse de él o ella vendrá de esa presencia inasible que lo habita y que asume, de manera contingente, los rasgos que una voz le presta.
, La voz es el verdadero agente de la religión, entendida como “unión de lo que había permanecido separado”. Difícil, acaso imposible, saber si el que habla es lo roto de nosotros o el agente que une los pedazos fragmentados de una comunidad aún posible.
, Muchos alegatos pueden hacerse a favor y en contra de un slam de poesía: que no se trata de lo que hasta hace poco las academias reconocían como “poesía” verdadera; que es el único tipo de poesía “verdadera”; que los referentes son caducos —que reflejan un mundo que cambió más rápido que la sociedad; que los estilos son endógenos, pobres; que echa mano de lenguajes ajenos a la literatura, evidenciando así las limitaciones de la palabra escrita; que los recursos de la voz son limitados; que la página impresa es el pasado. Esta pelea es vital, y está lejos de resolverse en un sólo round. Como todas las buenas peleas, durarán lo que tengan que durar.

Siempre es tu primera noche en un slam de poesía. Siempre da miedo. Ganar o perder, da lo mismo. La verdadera pelea es frente a uno mismo.

domingo, 7 de octubre de 2012

Sobre las fotos con gente, por así decirlo, famosa

, Me da no sé qué (sí sé, es retórico) ver fotos que se sacan con gente "famosa". Como si algo de esa fama les llegase por osmosis, es decir, como si alguna cualidad que conforma el capital simbólico que mediante la repetición vuelve célebre a alguien se tradujera, a través de la imagen, en capital simbólico para el no-célebre de la foto.

, Pedir esa foto es vampirizar dicho capital simbólico; otorgarla, legitima la plusvalia imaginaria de la propia imagen -aunque esto es más complejo en realidad, ¿aceptar que alguien se tome una foto no con nosotros, sino con la imagen idealizada que se tiene de ese nosotros, es admitir la existencia y la puesta en circulación del propio -delirado- capital simbólico o, por el contrario, es la prueba más clara de que para el famoso-retratado no hay nada más trivial que su propia imagen, desplazando así su imagen del sistema de circulación del capital de los objetos? Cfr. Vila-Matas con una gabardina llena de sus propias fotos.

, Más que una muestra de admiración, las fotos con gente, por así llamarla, famosa, me parecen la fetichización de cualquier cualidad que volviese famoso al retratado, la trivialización de esa supuesta admiración. Si borgeanamente decimos que escribir como Shakespeare es una desmesura, pero que ser Shakespeare es una banalidad, la foto con gente famosa desactiva todo aquello que podría tener de admirable el retratado.

, Me encanta que sólo existan -hasta donde sé- dos fotos de Maurice Blanchot, y en ambas se niegue a ver a la cámara, es decir, que muestre mediante la discreción (esa tristeza elegante, como la define Bolaño) su rechazo al papel que su imagen jugaría en la puesta en escena que articula todo retrato. Me encanta porque es la negativa de Blanchot a formar parte de la economía de la imagen.

, Sonreír para la foto es creer que uno existe --es admitir, sin saberlo, que ya todo está perdido. Digan whisky.

, Whisky.

viernes, 5 de octubre de 2012

Réquiem

1.

La muerte debe ser simple,
como unas largas vacaciones de las que no se vuelve nunca.
No creo que la muerte se apoye en una complicada maquinaria,
no hay relojeros secretos ni engranajes precisos.
La muerte es simple
como entrar por una puerta abierta; así, sin llamar.

2.

La muerte siempre tiene la puerta abierta.
No hay timbres ni campanas en su casa.
La casa de la muerte está hecha de puertas sin goznes,
ni postigos ni aldabas ni ventanas;
todo en ella es pasar, todo en esa casa es tránsito.

Un pájaro atraviesa entera la casa de la muerte
de un sólo aleteo.

3.

Hay unos que no pueden sino seguir andando
porque no tienen dónde caerse muertos.
Si cayeran muertos en la calle
los policías les dirían que no pueden morirse así
como si tal cosa,
en ese pedazo de país.
Los mandan levantar a los muertos,
los mandan sembrar en campos profundos,
en fosas comúnes, parecidas a multifamiliares,
apilados unos encima de otros,
genealogías de muertos apretujados,
los mandan regar con aguas negras o gasolina
para que den sus flores de muertos,
o para que no se mueran simplemente en las calles,
porque qué de mal gusto morirse así
como si tal cosa
a la vista de todo el mundo.

Hay muertos caminando por las calles
buscando un lugar para caerse.

4.

Además de que la muerte es cosa simple
hay que decir que nada de descanso
--de réquiem, precisamente-- puede haber en ella.
No creo que la muerte sea un resort de lujo,
un viaje todo pagado, una playita del Pacífico.
No creo que haya descanso.
Creo que hay lo que hay
cuando parpadeas y no vuelves a abrir los ojos.
No una sensación opresiva, ni una angustia atroz,
ni siquiera el vacío que vanamente tratamos de imaginar,
un vacío tan hondo que dejaría vacía
nuestra imaginación tan pobre, tan limitada.
Ni siquiera eso.
Creo que la muerte es simple como estar
y luego no estar. Como pisar el pasto
y luego pararse en la banqueta.
Como entrar en un cuarto vacío.

5.

Funerales y otros ritos son para los vivos.
A los muertos poco pueden importarles
las formas obtusas del duelo.
Afortunada palabra, duelo:
como batirse a muerte so pena de no olvidar
precisamente lo que ya murió.
Debe ser por eso que las palabras
me parecen mucho más interesantes
que la muerte.
La muerte se acaba pronto, aunque no se acabe nunca,
y las palabras nunca se acaban, aunque toda escritura sea finita.

6.

Es cosa muy patética penar por la muerte del otro.
Al otro poco le importa ya morir o no haber muerto.
Ya no tiene opinión, ni voz. Tal vez nunca la tuvieron.
Pero es precisamente lo que más me apena de la muerte,
esa clausura de facto de la voz.

Hay muertos que hablan hasta por las orejas, claro.
Generalmente a esos los leemos, por ejemplo.
Pero hay muertos más modestos que nunca tuvieron
nada que decir.
Que nunca tuvieron oportunidad.
Muertos tan pequeños
que son del tamaño de un puño.
Muertos que mueren en el vientre, muertos que,
estrictamente,
no son muertos, si pensamos que sólo muere
lo que ha nacido previamente.
Muere entonces, al menos, el vértigo inacabado
de una vida que no llegó a su cumplimiento.
Y me parece una pena cercana a la definición de nostalgia
el penar por lo que nunca existió ni existirá:
el recuerdo de un ser mayormente imaginario.

7.

¿Muere lo que nunca nació?
¿Mueren, preguntado así, retóricamente,
los niños que nunca nacieron?
¿Los niños que no nacieron
y murieron sin nombre?
¿Los que tienen una cuna por tumba?
¿Los que se movieron aún levemente
como para decir aquí estoy, tengo voz,
no me mates?
¿Los que no pueden moverse?
¿Los que mueren en la antesala de la vida?
¿A los que la vida los ahoga?
¿A los preñados de muerte?
¿A los que, sin más, dejan de moverse,
como soles que se apagan, se quedan fríos?
¿Se puede morir lo que no era alguien?
¿Puede alguien que no es alguien
tener voz, tener movimiento?
¿Se puede quedar dormido, en vilo,
en el sueño profundo de la muerte
un puño de carne que nunca
tuvos ojos
para despertar?
¿Se necesitan ojos para despertar?
¿Se puede soñar sin párpados?
¿Se puede sentir una pena profunda
por algo que nunca ha existido,
que nunca existirá?
¿Hubo alguna diferencia para él,
para ella,
en el sueño elacional
donde (dicen) nunca nos falta nada?
¿Fue la muerte para él,
para ella,
como continuar el sueño sensorial
que antecede a la conciencia?
¿Hay una palabra tan grande
que pueda ponerse en el lugar
de este hueco en el centro de la vida?
¿Que pueda tapar esta tumba de Nadie?

¿Se puede decir que fuiste Nadie?


miércoles, 12 de septiembre de 2012

Dissentiments of the nation - Traducción de Logan Phillips


Comencé a participar en eventos de spoken word y slam poetry en el DF durante el 2008, cuando los organizaba la querida Cara Cummings de MicroFlujos. Hace unos años la escena de este tipo de poesía performática en México ya tenía algunos exponentes considerables, pero si buscabas en YouTube veías que prototradiciones como la gringa, la argentina, la alemana y la española nos llevaban varios años de adelanto en exploraciones y recursos. Fue durante esas incursiones virtuales donde conocí el trabajo de Logan Phillips. Logan ha sido compa y guía en diferentes situaciones, de quien he (mal)aprendido y con quien ni en mis más salvajes fantasías hubiera pensado colaborar. Thanks, carnal.
A continuación está la pequeña introducción que Logan hizo para su traducción de los Disentimientos de la nación (acá el original en español) y su tremenda intervención sobre el texto después, con un video de su interpretación en vivo al final. El texto fue publicado en julio pasado en el sitio de CultureStrike, a quienes agradezco sus atenciones. –Javier Raya.

I was in Mexico City last month, prior to the July 1 presidential election, and had the chance to catch a set by one of my favorite poets, Javier Raya. He performed a beautiful and devastating new poem about what is happening in Mexico today. I recorded his performance, and back in Tucson, I translated it into Spanglish and debuted it last week at a Flor y Canto open mic for Tucson Freedom Summer.
At the heart of Javier Raya’s poem, “Disentimientos de la nación,” is a Spanish-language verb that has no exact translation into English. Disentir is both dissent and disagreement, and it has the same root as the verb sentir––to feel. Therefore disentir is the feeling of disagreement carried into action through dissent, a sort of praxis born of the heart. This Spanglish version of the poem intentionally maintains the use of disentir in the hope that the concept will be useful to those speakers of English who, like Raya, are “no longer afraid to be alive.” Disentímonos, pues. –Logan Phillips, translator. 

The upheaval begins like this: yo disiento.
Yo disiento when I stop believing in your hymn:
no, patria, I am not a soldier born of every son,
I am not the son of any national concept.
And even as the earth trembles at its centers, Masiosare,
I cannot be in favor of such bellicose accents.
When you say that the poverty index
is dropping while the señor who sells mazapanes
around the corner from my office
yells to me I am hungry as if it were my fault,
right there, yo disiento.
When the image of the señor
selling mazapanes becomes confused
in my head with el señor de los cielos,
with the (drug)Lord of the Skies,
and you tell me we’re winning
the civil war, the war on drugs,
the fight against the narco, yo disiento.
When I see that it is easier in this country
to score weed, blow, pills, crank, crack
than it is to score an admission slip to the hospital,
than it is to score a seat at the university,
yo disiento.
Yo disiento with your version of health
as being a sickness best cured with gunshots.
Yo disiento with your version of education
that leaves the brightest minds
of my generation
condemned to telemarketing jobs
or living with their parents until they’re thirty,
trying not to make too much noise while they’re fucking,
because––for years now––people have become accustomed to feeling
that it’s better not to make much noise,
that it’s better to pass by strangers
in the streets without saying hello, without a buenos días,
that it’s better not to look at anyone in the streets,
in the subway or on the highway,
that being without morals makes us chingones,
that ignoring each other makes us stronger,
that fear is the best preparation
for facing the social war
that you’ve provoked in us by criminalizing
the youth, especially at night,
when ladies cross to the other sidewalk
because they see our long hair
and our university backpacks.
The only luxury for young people has been hope,
including the expensive hope that you sell us on credit,
nos ven la cara como se la vieron a nuestros padres
a sucker is born every minute, we were born like our parents,
and you’ve stuck us in the mud of a middle class,
very middle and mediocre, like chickens heaped
in cages sucking on television
until we’re fat, until we’re zombies,
until we desire only a bigger TV
and a bigger TV to be able to see bigger lies
in HD, and a bigger car
to be able to go nowhere, because the highways are gridlocked,
and a fear that grows bigger and bigger, sold and then paid for
in small installments to only have to pay small payments
until all of us learn that it’s safer
not to make noise,
sit here quietly, no running,
no screaming, no pushing,
in order to feel equal, to feel in our bones
a fear that is equal and deaf.
Politics has robbed us of words:
pueblo has been bodybagged,
along with comunidad, 
commitment and solidarity.
Anymore politics isn’t about opinions
that we create and share amongst ourselves,
because anymore we don’t know how to think
for ourselves.
Anymore society isn’t about speaking with each other,
about creating community with each other,
rather it’s a state welfare program
of planning and scheduling
for community-based organizations composed
of intergovernmental and interorganizational networks
for the restructuring and the rotting
of the conscience.
Yo disiento when you tell me that
the 70,000 dead (and counting)
are collateral damage.
Stalin thought like you do,
when he said that
the death of one man is a tragedy,
the death of millions is a statistic. 
Yo disiento when you tell me that
the dead fit inside a number, inside a cost,
a production cost paid for peace,
that peace can only be produced
using the fear of children
who are bent under their desks, singing songs
as bullets graze the walls and plunge into the chalkboard.
Yo disiento when you tell me that violence
is the price of peace.
Yo disiento when you tell me that violence
is escalated in the name of happiness.
Yo disiento when you make me walk
with a knife in my pocket
through dark streets
watching through the corner of my eye the shadows
of others who are as afraid of me as I am of them.
Yo disiento when you make one person
afraid of another.
Disiento when you tell me that you respect
the diversity of opinion
while meanwhile we’re closing in on winning first place
for the number of journalists assassinated per square meter.
When you call the youth porros,
huevones, ignorantes, 
when you tell us to get a job
because we go into the streets
to take the streets
that were always ours to begin with.
Yo disiento because your plan isn’t perfect,
because you didn’t count on our cunning,
distinguished Mr. President, distinguished syndicate leader,
distinguished oil-coated charro,
distinguished bureaucrat keeping time on tedium.
You want to teach me to feel like everything’s ok,
that everything is gonna be ok because you say it is.
Yo disiento.
I know that everything’s gonna be ok
because I’m not alone
because we are many,
because there are many of us
who are gonna make everything be ok. 
We’ll take a census of dissent,
we’ll raise our fists so that they can be counted, cada uno
uno y diferente, gente no acarreada, no abanderada
people taking the streets for the first time,
learning the slogans that’ll bring down your orders,
dissenting––as we are more than able––
while wearing office clothes, carrying children,
carrying bags from the mercado,
las bolsas de mandado,
sin miedo porque estamos entre gente,
fearless as we are among so many people,
I am no longer afraid of people,
there are so many people are no longer afraid of people
and we’re no longer afraid to be alive.
Because to be alive in Mexico
is an act of subversion.
Because to be alive in Mexico
is a conspiracy of life,
an insurrection of life,
a dissent-iment when I say that my country
begins here, in this square meter,
and you are my country,
and you are my country
y tú eres mi país
and for this square meter I’m taking responsibility
and through this square mile they shall not pass.
In this square meter I am a danger to Mexico,
a danger to your Mexico of collateral damage
which we will never forget,
standing in this square meter of my country yo disiento
and from so many square meters of dissent
you’re no longer going to be able to take us away.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Insistencias

, La memoria es una máquina limitada. Al menos mi memoria produce recuerdos, o los guarda en bodegas mal administradas, con una eficacia fina para lo irrelevante, torpe para lo indispensable. Así, como ocurrirá también en otros, me encuentro recordando a veces detalles inútiles e insignificantes, a la vez que se me olvidan puntualmente cosas que quisiera no olvidar nunca.

, Caminando con Mariana con un parque luego de no vernos seis meses, recordamos que eso era exactamente lo que hacíamos la última vez que nos vimos: caminar por un parque, charlar, hablar de sueños, de símbolos, de cosas sin importancia asignándoles la mayor de las importancias; ser felices en la dicha fugaz de la conversación. Recuerdo (o imagino que recuerdo) cosas que le hubiera dicho sobre el acto de recordar: que la voluntad apenas va implicada, que aún en el siglo XXI hay personas en el campo que utilizan "recordar" como sinónimo de "despertar" (p. ej.: de una siesta). Y recuerdo o imagino que se lo dije, pero aunque no lo recuerdo con precisión, sé que volvería a decirle lo que ya dije.

, Pasé la tarde del domingo tratando de recordar estos cuatro versos

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

Pero aunque el Poema de los dones de Borges, como tantos de él mismo y de tantos otros, ocupe un lugar importante en mi memoria sensorial, memorizarlos, es decir, despertar a ellos o despertarlos de entre las capas de olvidos que conforman la memoria, me sobrepasa. Y es triste, porque la única vez que tuve que acordarme de un poema y lo logré fue en una circunstancia extrema, en una circunstancia que paradójicamente querría olvidar y que he contado en otra parte. Y más triste, en cierto modo, porque releyendo esa entrada me doy cuenta de que ya traté de decir antes lo que trato de decir aquí: que la memoria es fascinante incluso --o acaso precisamente debido-- a pesar de sus limitaciones.

, Ver una dirección de e-mail y recordar que una vez le escribimos. Que esa dirección es un nombre, un apellido, un afecto. Recordar (sin palabras) lo que escribimos, lo que quisimos decir, lo que fracasamos en transmitir, en fin, la sensación única de cada interlocutor: los pequeños acuerdos, los contextos fugaces, los motivos, los atentamentes, los queda de usted, los chistes locales (las lecturas privadas), el motivo de la presente: fórmulas que son la retórica de darse a entender, de ofrecerle al otro un trazo, una huella, un rastro de intención. Luego ver la dirección meses, años después, y recordar los acuerdos, contextos y atentamentes como si se les reescribiera, como si la memoria corroborara la insistencia de la imaginación para dar forma a los sentidos de un modo fiel a sí misma. Que la imaginación, descubrimos, va aprendiendo, después de todo, que sólo hay una manera suya de decir lo que quiere decir, correcta o no, no importa. Insistencia que es necedad, también, pues nadie está llamando en nuestro auxilio a la palabra "congruencia".

, Un hombre, pongamos en favor de la brevedad que es un hombre cualquiera, escribe. Vemos al hombre escribir, pero no lo que escribe. Desde lejos se le ve la frente muy cerca del lápiz, la espalda encorvada, el gesto tranquilo, ligeramente ceñudo, en una pose inconfundible de concentración. El problema es que está solo, ¿entonces para quién posa? ¿A quién le ofrece este hombre la escena de su escritura? Pero es que, ¿está solo verdaderamente este hombre? ¿No son dos, siempre dos, al menos? ¿No insisten uno en el otro, no son dos desconocidos que se acompañan, que se empeñan en reflejarse monstruosamente uno en el otro? ¿Él y su escritura?



miércoles, 5 de septiembre de 2012

Cobrar

, Lo primero que aparece es una cobra, una serpiente coronada. En la noche de la etimología, un cazador se comporta como una cobra: no basta acechar ni tener determinación para matar a la presa, también hay que recobrarla, recibirla. La cobra tiene --según los documentales sobre cobras-- la cortesía de prevenir a su presa, de informarle con su cuerpo que será asesinada muy pronto; la presa puede o no darse cuenta de que su suerte está echada, puede tratar de escapar o puede agradecer el suave siseo de la serpiente, la mariposa mortal que se abre en el pecho de la cobra, puede entregarse; puede cobrar su muerte en la entrega.

, En Duck Hunt para NES encontramos el primer perro cazador digital, el perro de cobranza. Los cazadores hablan del cobro que efectúan sus perros cuando encuentran a la presa entre arbustos o entre lagos en el caso de patos y aves silvestres. De nada sirve la precisión del cazador sin el cobro correspondiente. Se antoja pensar que la caza sin el cobro no es diferente de la vulgaridad del asesinato. Aunque no comparto la supuesta "nobleza" en el gusto por la caza deportiva, puedo apreciar que en el origen el cobro es el que establece la diferencia entre cazar y matar. El que mata en defensa propia no cobra una víctima, pero tal vez cobra su propia vida, la vida del que mata, al matar al otro: “proteger” es aquí el sentido de la violencia, pero no hay un cobro; la caza, en cambio, necesita del cobro, no hay participación en el rito de muerte en términos de igualdad con la presa: se le acecha, se le acorrala, se le mata, pero necesariamente se cobra, es decir, se recoge el “premio”, el sueldo, el saldo de la cacería. He aquí también el sentido del trofeo de caza, de la exhibición de las cabezas de los animales que el cazador ha cobrado.

, La -por llamarla con su ominoso nombre oficial- "guerra contra el narco" no es una guerra: es una carnicería disfrazada de cacería. El gobierno quiere cazar a los delincuentes, mostrar sus cabezas en picas televisivas, exhibir delincuentes como se exhibe un marlín o la cabeza de un búfalo de aguas. Calderón precisa demostrar una superioridad en términos violentos, los únicos con los que --a su pacato modo de ver-- puede negociar con el crimen organizado. Esto no es una guerra contra el narco, es una conversación entre criminales: una conversación cuyos únicos interlocutores son ellos. ¿Pero quiénes son “ellos”?

, El "ellos" y "nosotros" son los pronombres implícitos en toda política pública. Está el Estado (un ellos que presuntamente formamos nosotros) y están los criminales (una parte apócrifa del nosotros, un ellos que debe ser perseguido en protección del nosotros.) Pero, a diferencia del relato oficial, el Estado mexicano no es ese nosotros supuesto que persigue al ellos criminalizado: crimen organizado y fuerzas de seguridad del Estado conforman un mismo ellos amenazador que ha cobrado miles de víctimas inocentes. ¿Pero las han cobrado en realidad? ¿Cuál es el estatuto de víctima de los muertos si les está negada incluso la más vana dignidad del número, del reconocimiento de la cifra de una ausencia (pues en el relato oficial, los muertos siempre son menos que los que se publican en los medios)? ¿O será que durante el último sexenio, como nos quieren hacer creer ellos, efectivamente se han abatido a 60 mil criminales en las calles del país, como presas de una operación coordinada eficientemente por el Estado? ¿O será que lo que cambia no es el estatuto de víctima, sino el del criminal, a saber, que se es criminal por colocar el propio cuerpo, sin querer, en la trayectoria de las balas? ¿Será que en México uno se vuelve criminal automáticamente al ser asesinado violentamente? ¿La muerte es el estatuto que, en el marco legal, funge como evidencia de la criminalidad? Pero los muertos que no tienen voz callan con todas sus fuerzas. La venganza, dicen, se cobra.

, En el errático aparato semántico del Estado, "víctima" es otro nombre para "daño colateral". Quien ha vivido en México durante estos años no podrá --es su obligación-- olvidar esta ominosa construcción del presidente de la república para referirse a las víctimas: “daños colaterales”. Vayamos por partes (el descuartizamiento, ya se sabe, es la figura privilegiada de la criminalidad, su mayor evidencia, la composición de un fragmento a partir de un cuerpo): "daño colateral" querría implicar un daño efectuado sin dolo, sin premeditación, inconscientemente --en su sentido más lato, no psicoanalítico--. Esta falta de conciencia, mal que nos pese, podría sostenerse teóricamente cuando los esfuerzos correctamente dirigidos del Estado en contra del crimen organizado rebasaran la capacidad de planeación de quienes los ejecutan. La zona semántica en que "daños colaterales" se convierte en eufemismo (en el decir agradablemente una verdad incómoda) es la misma donde esta "lateralidad" se ve rebasada: como si el daño que el Estado ejerce legalmente contra los cuerpos de los criminales (tratándolos como presas) desbordara sus propias intenciones y extendiera el daño también a los cuerpos que están más allá de esa lateralidad que conforma la zona donde el daño que produce el Estado para “protegernos”. Co-lateral es, en este sentido, una extensión obscena, excesiva, de la zona donde el Estado podría producir daño efectivamente. Es el exceso en las funciones del Estado cuya ciega y mal dirigida intención se desborda y rebasa su zona legítima de influencia (dentro de la definición del Estado como el único detentador autorizado de la violencia) destruyendo lo que debería proteger.

El problema está en que esa ostentación de la fuerza del Estado, de esa inconsciencia que el Estado pretende hacer pasar por fuerza, es la fuerza que escapa al control mismo del Estado. Con todo, el ejército sigue gozando de notable aceptación: siguen siendo la parte del Estado que custodia el nosotros de los "buenos", en el que cada ciudadano se incluye inconscientemente (ahora sí en sentido psicoanalítico.) El Estado es sólo tan cazador como lo es el operador de un rastro matando reses. Esto no es una guerra, es una masacre cuyos efectos excesivos se manifiestan ya no colateralmente, ya no como excepción, sino como la condición misma del conflicto.

, El Estado, a pocos meses de la salida de Felipe Calderón del poder ejecutivo, comienza a tomar cada vez más la forma de un ellos en donde la población deja de sentirse representada. Basta escuchar las protestas públicas en cada ciudad del país contra la imposición de Enrique Peña Nieto. Basta escuchar el otro espectro de la población que desconfía legítimamente del financiamiento de Morena y de AMLO, de su forma de hacer política, diciendo que tiene pruebas de las que carece --y que, pésenos otra vez, muchos quisiéramos ver. Hoy el nosotros de la ciudadanía también se fragmenta en oposición a la clase política, que se cohesiona sobre sí misma. Pero esa fragmentación puede tener efectos benéficos: implica un nuevo pacto social de la ciudadanía para consigo misma, como un nosotros cada vez más politizado, con mayor participación en la vida pública de sus comunidades.

Si la "clase política" ha sido un ellos aparte desde hace décadas, ese ellos ahonda su diferencia con cada incoherencia entre los procesos de comunicación y lo que nosostros percibimos como real. Prueba de ello será la fiesta de spots, autocelebraciones y autohomenajes que el presidente de la República celebrará para sí mismo en los meses que le quedan en el cargo. Pero esa zona de incoherencia puede ser reapropiada: a la manera en que las pirámides de Gizeh (tumbas, memoriales de los muertos) se convierten en atracción turística, primero para Napoleón Bonaparte, luego para los viajeros del XIX y ahora para los recién casados que las visitan, la Estela de Luz en el Paseo de la Reforma pasará de ser un objeto que nace como una atracción turística a ser un memorial para los muertos, una enorme tumba que será reapropiada en la memoria de sus visitantes. La lucha de muchos de nosotros será por la memoria, por la de no olvidar que ese gesto arquitectónico fue realizado con enorme dispendio del erario público y con un propósito propagandístico. Esa no será nuestra venganza, sino un acto de justicia: restablecer en la memoria lo que la realidad de ellos pretende enmascarar. El verdadero monumento de este sexenio será el mausoleo de la memoria.

martes, 4 de septiembre de 2012

Los hospitalarios

a la Andrea,
cómo no

En lugar de asumir dudosas
confidencias de mapa,
volverse territorio
para dejarse recorrer.

Que el cuerpo sea
una etapa en tránsito,
una posta para el que viaja,
posta móvil, naturalmente,
como un planeta
que vuelve el rostro
muy despacio.

Lo primero será respirar,
siempre respirar
como inaugurando el aire,
bestia pura
recién inventada.
El que se desboca
amanece sin dientes.

Luego,
todo lo más,
volverse
infinitamente
huésped.

Dar sea darse.

Que no turista: viajero
que deje
las coreografías parcelarias,
las visitas anatómicas
con mapa, cronómetro,
brújula y clepsidra
para pulir
como orando
y horadando,
reloj sin horas,
con su cuerpo
los tiernos huesos tendidos
como en un simulacro
sepulcral:

imaginar

que lo que los antiguos
llamaban
alma

está /inserto
/oculto
/prendado
/evidenciado
/dormido

o esperando
en algún miembro
poco frecuentado
o zona neutra
que por común

(estoy pensando en la humildad
de una pareja de rodillas)

por no tener el prestigio exótico
del sexo invisibilizado
de los maniquíes

se da por sentado:

de lo que se trata
es de habitar
una alameda de tendones
como cables de alta tensión,
el barco hundido del costillar,
las cuencas de la clavícula,
granja de ninfas,

donde el etcétera
del inventario
sea trabajo de los belfos:

barrer la hermosura toda,
habitarla sin evidencia,

conocerla de memoria
y como si no se la hubiera
tocado nunca
como un océano
como la palabra sol,
como deriva de cuerpos,

naufragio,
el cuerpo como isla
a punto de inventarse.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Soñar soldados

Del modo en que la fe debe imitarse hasta que la práctica santifique al santo; del modo en que un santo debe convencerse de ejercer una santidad que no le es propia, que no tiene manera de conocer antes de haberla imitado; del modo, pues, en que el carácter se compone interpretando con el mayor rigor todos los rasgos de los que carece en un sentido celosamente histriónico, el valor para mí no consiste sino en actuar como Marco Antonio, como Leónidas de Esparta, como Doroteo Arango, como, en fin, los dos o tres nombres que han servido de sombra a los dos o tres hombres valientes que han caminado por el mundo. Es por eso que para un cobarde como yo es preciso cubrirse (apurada, torpemente como de una lluvia irremediable como toda lluvia, pero a la vez una lluvia tan poco lluvia que el paraguas es más un gesto de protección, una obscenidad de la cobardía) bajo un inconsciente militar, bajo una sintáctica del pensamiento que lo obligue a desempeñar la bravura ausente de su naturaleza, a escribir como combatiendo contra un enemigo invisible pero igualmente implacable, que amenaza con destruirlo a cada momento, apenas deje de pensar en él; para que un tibio, escupo de Dios como yo pueda plantar su breve paso sobre el polvo es preciso que se sueñe de vez en cuando, por ejemplo, como un alfiletero de carne donde las flechas médicas han reposado, o que despierte aún con el vago sabor de Cleopatra entre los belfos.

Soy más lo que no se ve que lo evidente. En lo invisible estoy.

martes, 21 de agosto de 2012

Presentación de Dolerse, de Cristina Rivera Garza

En su poema “Hechos”, Juan Gelman escribe:

él tomó el endecasílabo y
con mano hábil lo abrió en dos cargando
de un lado más belleza y más
belleza del otro / cerró el endecasílabo / puso
el dedo en la palabra inicial / apretó
la palabra inicial apuntando al dictador o burócrata
salió el endecasílabo / siguió el discurso / siguió
la lucha de clases / el duro trabajo / la estupidez / la represión /
la muerte /
En líneas posteriores, Gelman afirmará que efectivamente ningún dictador o burócrata fue muerto de muerte definitiva en la ejecución de este endecasílabo, pero que, pese a esto, los versos pueden nacer de los más variados encuentros, pues no cesan los / disparos de la belleza incesante. 

El poema de Gelman muestra, entre otras cosas, que un poema no se comporta como un arma, aunque como un arma se cargue, se apunte contra un blanco fijo o móvil y suela dispararse. Que un poema sobre todo no mata, aunque sea, a su modo, un arma. Porque al final, ¿qué pueden las modestas armas de la palabra contra la artillería del crimen organizado o del Estado que se propone conducir las políticas públicas de su administración en términos del único lenguaje que parecen tener en común con sus adversarios, el lenguaje de la violencia?

En la mortal gramática de disparos a través de la cuál el Estado mexicano y el crimen organizado tejen una negociación en la que está en juego la paz pública, quedan atrapados entre balazos nombres y apellidos; pero más que nombres y apellidos, ciudadanos de carne y hueso, y más que ciudadanos de carne y hueso, primeramente, cuerpos. La historia que esos cuerpos heridos, dañados o muertos que el Estado no admite en su programa de políticas públicas, la historia de esos cuerpos que para el crimen organizado adoptan con infame precisión la calidad de objetos de cambio, o en una acepción nunca más precisa, la calidad de siniestra carne de cañón, esa historia que también se teje en el texto, es precisamente la historia que Cristina Rivera Garza se ha propuesto contar en Dolerse: textos desde un país herido, el libro que hoy felizmente nos convoca.

Digo “felizmente”, y se lo dije a Cristina antes, porque si bien este libro y estos textos son de lectura necesaria y urgente para dar cuenta de nuestra situación actual, es mi parecer que ciertos aspectos del libro atentan contra el país mismo que lo ha producido, el país que revela como su contexto. Este libro es, como dije, necesario para abonar al diálogo sobre la guerra infame contra el narcotráfico, pero cuyo simiente más profundo es sin duda alguna la paz. Este libro es, de algún modo, la puesta en práctica de los dos principios alquímicos: solve, la disolución, el pensamiento, la crítica, y coagula, la reunión, la síntesis, la construcción: la creación. La pregunta es si un libro escrito en tiempos de guerra podría ayudar, en alguna medida, al establecimiento de una paz duradera en nuestro país, y por qué no, en el mundo.

Soy consciente de abrir una gama amplia de problemas en muy pocos enunciados. Primero, el problema del libro en Occidente que, como sabemos, comienza con las exequias de Héctor, a quien Homero tilda de domador de caballos, el valiente príncipe troyano hijo de Píndaro y muerto con singular crueldad a manos del hermoso Aquiles, de pies veloces. ¿Será que una literatura que comienza con un funeral está de antemano condenada a repetir este gesto? A partir de este problema, el del tejido de una historia en términos nacionales, o por lo menos, colectivos. Pensemos en unas pocas estrofas del himno nacional mexicano: decasílabo tras decasílabo de guerra y guerra, tierras que retumban, extraños enemigos que amenazan y soldados que nacen en cada generación de hijos, producidos en serie, para alimentar las filas de la pobreza en el ejército o en el narcotráfico, como tiene a bien apuntar Diego Osorno en el epílogo de Dolerse. Aquí otro problema: una coyuntura histórica en nuestro país, sin precedentes al menos desde la Revolución a principios del siglo xx, y todo un nuevo repertorio de formas de tejer historias en la prensa, en las imágenes fotográficas, en Internet, en la creciente politización de la sociedad mexicana. Ciertamente no trataré de revisar uno a uno cada línea de análisis y construcción que Dolerse nos propone, al menos no en esta ocasión, por lo que me limitaré a pensar si lo que Dolerse nos ofrece es en sí mismo parte de esa literatura occidental que orbita las formas en que los cuerpos han sido destruidos a lo largo de nuestra historia, o si bien se propone, si no crear una nueva literatura en su mezcla de poesía, crónica y ensayo, entender ya no con la cabeza, sino con el cuerpo. Si este Dolerse por escrito (disculpen si la expresión les hace ruido), no es también de algún modo, qué va, por qué no, dolerse con el corazón.

Así como la fenomenología clásica afirma que la consciencia es siempre consciencia de algo, el dolor al que Cristina nos acerca es siempre dolor de algo, dolor de alguien: dolor por la pérdida, dolor por el estado de cosas, dolor de las causas profundas y coyunturales, dolor por los pretextos, dolor por las soluciones insuficientes, dolor: síntoma de un cuerpo que se duele. Como Susan Sontag afirma en Ante el dolor de los demás, “las fotografías de lo atroz ilustran y también corroboran.” Debemos preguntarnos, ¿ilustran y corroboran el dolor? ¿El dolor puede del todo ilustrarse y corroborarse? Y de ser posible, ¿esta operación no tendería a acrecentar el radio en que ese dolor produce sus efectos, a perpetuarlos? Nuestra respuesta la compartirán Susan y Cristina: una imagen, así como una palabra (es decir, toda forma de representación), se quedan siempre en el umbral mismo donde el dolor empieza. La empatía recoge sus flancos inútiles, y da muestras de su insuficiencia en las lágrimas impotentes que se dejan caer, por ejemplo, frente a Luz María Dávila, madre de Marcos y José Luis Piña Dávila de 19 y 17 años de edad, asesinados en una fiesta en Villas de Salvárcar, en Ciudad Juárez, Chihuahua. La empatía y la palabra no son, no serán nunca suficientes ahí donde el “ponerse en el lugar del otro” muestra sus francas limitaciones frente a 70 mil cuerpos (y contando) que han sido como nunca destruidos y amenazados, adoloridos, y cuyos dolores irradian a la sociedad en su conjunto. Donde ningún pésame abraza, donde ningún endecasílabo consuela, la escritura deberá mostrar su verdadera fuerza.

¿Pero será que la escritura, en el caso que nos ocupa, no puede sino tomar distancia frente a la barbarie, o es justo en la barbarie donde la escritura se vuelve más que nunca necesaria? Siguiendo a María Zambrano y al psicoanálisis, pero también, pero sobre todo, a la poesía, debemos decir que “no es completamente desdichado quien puede contarse a sí mismo su propia historia.” Porque el libro de Cristina no se construye desde el discurso colonizador que asume la voz cantante para el dolor del Otro, de ese Otro que ya no podrá ser sino víctima desde el momento en que su voz queda sofocada y secuestrada por quienes se apropian de ella; el libro de Cristina se construye, su nombre lo indica, desde un país herido, encarando con valor diferentes maneras de escribir con el otro, para el otro, junto al otro en pos de ese nosotros todavía posible en que se cifra el difuso concepto de país.

Cristina cuenta una historia intelectual, política y emocional del dolor del otro, que es en alguna medida su propio dolor, y el de muchos otros que ven en la escritura y en las tecnologías de la representación una manera de vincular, de construir comunidad desde esta ruina de país, desde este fantasma de comunidad al que las circunstancias históricas nos orillan día a día.

Espero no ofender a nadie con lo que sigue, pero a su modo, este libro es un libro bello, si por belleza entendemos la evidencia de una verdad particular en el proceso de su desarrollo y expresión, bello porque uno no puede hacer mucho más a veces, Agripina, que tejer palabras bellas sobre el tejido del dolor, porque uno no puede hacer mucho más a veces que persuadirse de que la palabra puede ser aún puente entre las personas, y que sobre la base de algunas pocas palabras reunidas, puede construirse una convivencia aún posible.

Como se sabe, no hay texto que de un modo u otro no esté contenido ya en algún pasaje de Borges. Cristina sabe que este caso no es la excepción. Quiero cerrar mi participación citando la cita que cita Cristina en uno de los primeros capítulos, y que nos da una clave certera de por qué el dolor que se teje en estas páginas no es el dolor colonizado, no es el dolor minimizado, no es el dolor políticamente correcto y ciertamente no es el dolor del placer masoquista. Dice Borges:
Los hombres siempre han buscado la afinidad con los troyanos derrotados y no con los griegos victoriosos. Quizá sea porque hay una dignidad en la derrota que a duras penas corresponde a la victoria.
La dignidad es, pues, el lugar desde donde la palabra se planta para hacer frente al dolor, el cuál, qué duda cabe, es también la dolorosa verdad que uno encara espontáneamente de las más variadas formas, y del cuál podemos extraer formas duraderas de crear civilización, más duraderas para el inconsciente colectivo de los que ninguna efímera victoria podría dar cuenta. In-dignación, como un compartir la dignidad, esa dignidad como el lugar donde uno puede dolerse, es decir, experimentar el dolor, con la confianza ya esperanzada, ya, en menor medida resignada, de que no hay mal que dure cien años, y de que este dolor, como los demás, también pasará. De que el dolor del que Cristina se ha dolido en estas páginas es el de un cuerpo textual por el que diversas historias han sangrado, y acaso, se han sanado. Dolerse es un capítulo hermoso en el que este país en general, y esta escritora en particular, para no ser frente al dolor completamente desdichados, comienzan a contarse a sí mismos su propia historia.

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Leído en El Péndulo de la Roma, el 21 de agosto de 2012. Acompañamos a la autora John Gibler, Verónica Gerber y yo.