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domingo, 8 de septiembre de 2013

Inventario de pérdidas

Primero noté que la cerradura se veía diferente, pero al principio no pude saber por qué. Raro. Al entrar al departamento noté un par de puertas abiertas que no suelen estarlo. Entré con cautela. Nada nos prepara para notar las pequeñas diferencias más que la convivencia con lo cotidiano: el hábito, la costumbre, la distancia entre los objetos y su lugar invariable, incluso dentro del orden caótico en que tengo las pocas cosas que tengo, conforman la red de movimientos en el espacio de lo propio. Pero esa costumbre de lo propio y de los objetos con que habitamos lo propio puede venirse abajo en un segundo.

Al entrar a mi habitación me di cuenta que ese orden --a medias desconocido hasta que se ve perturbado-- ya no existía.

Los ladrones se robaron dos computadoras, dinero en efectivo, mi Kindle y el dos de oros de mi Tarot, además de muchas pequeñas cosas de poco valor económico, pero mucho valor emocional. Por ejemplo, un viejo teléfono con fotos y grabaciones de textos que ya nunca voy a recuperar. Otro viejo celular con un video que tomé en Cuba a un poeta de San Martín, cuyo nombre no recuerdo. Una pluma fuente que ronroneaba y no se tapaba nunca. El robo es un movimiento de reapropiación económica, de redistribución de capitales. Los capitales económicos, para el ladrón, sólo siguen el flujo de capitales económicos; pero los simbólicos son irreparables, incluyendo la sensación de lo propio del espacio: mi lugar fue violado, ¿cómo volver a sentirlo mío? ¿Lo sentía como mío antes, del todo, o bien el saqueo --económico y simbólico-- al radicalizar la pérdida, me otorga la propiedad de mi espacio y mis objetos precisamente por el hecho de haberlos perdido? 

Como si uno sólo fuera dueño de lo que pierde.

A medida que la memoria se va acostumbrando ("se hace a la idea") a las pérdidas más urgentes y dolorosas, cuando lo práctico y lo inmediato queda más o menos resarcido, las pequeñas pérdidas van subiendo a la superficie y toman su lugar en el verdadero inventario de la pérdida: nos damos cuenta que perdimos cosas que dábamos por sentadas, e incluso otras que, de tan postergadas, en realidad habíamos perdido a plazos ya durante mucho tiempo. Es el caso de mis discos duros donde tenía muchos textos sin revisar, borradores que buscaban su momento para concretarse en textos, en fin, el trabajo de muchos años convertidos  en humo, en polvo, en sombra, en nada. Textos que buscaban su concreción y su forma, que estaban enfriándose y permitiéndome tomar distancia con respecto a ellos, tal vez para evaluarlos nuevamente y reescribirlos o bien para olvidarlos y borrarlos, como también suele hacerse. Textos que ya son el recuerdo de lo que nunca van a ser.

Y se siente bien. De pronto me siento ligero, porque los rastros --el archivo, al menos en parte-- de mi identidad se han perdido. Es como si no hubiera escrito todo ese montón de cosas que a fin de cuentas ya no escribiré, porque escribiré otras. Y me provoca más curiosidad lo que no he escrito que lo que ya escribí. 

Me duele no poder seguir trabajando en textos que estaba disfrutando escribir. Uno entiende de pronto la magnitud del sentido de la palabra irreparable: las cosas se pueden recuperar --incluso la minuciosa colección de ebooks que tenía almacenados en el Kindle--, pero un texto incluso al nacer aparece como pérdida pura, como discriminación de versiones, como la insistencia de una versión sobre otras. Como pura necedad, y si tenemos un poco de templanza, como insistencia. El espacio textual no puede tasarse ni valorarse en términos económicos: es una instancia de vida. Eso no es mío, por eso no pueden quitármelo. Eso me es. Esa insistencia no se roba, no se presta, no se puede encarcelar ni mutilar: es toda o nada, o mejor dicho, toda y nada. Se aprende pero no hay forma de enseñarla. Sobre todo no se puede decir que uno posee una insistencia de este tipo --la escritura--, sino que la ejerce (decir que uno "es poseído por ella" sería acaso un exceso). En todo caso no hay apropiación: escribir es olvidar. Es ser otro a medida que las pérdidas se acumulan y llegamos con nuestros dolores y nuestro rostro de ministerio público a la página en blanco. Y cuando la ves te das cuenta de que en esa página está todo lo que necesitas. Si pudieras tener algo, te dices a ti mismo, sería esto. Y con esto es suficiente.


miércoles, 5 de septiembre de 2012

Cobrar

, Lo primero que aparece es una cobra, una serpiente coronada. En la noche de la etimología, un cazador se comporta como una cobra: no basta acechar ni tener determinación para matar a la presa, también hay que recobrarla, recibirla. La cobra tiene --según los documentales sobre cobras-- la cortesía de prevenir a su presa, de informarle con su cuerpo que será asesinada muy pronto; la presa puede o no darse cuenta de que su suerte está echada, puede tratar de escapar o puede agradecer el suave siseo de la serpiente, la mariposa mortal que se abre en el pecho de la cobra, puede entregarse; puede cobrar su muerte en la entrega.

, En Duck Hunt para NES encontramos el primer perro cazador digital, el perro de cobranza. Los cazadores hablan del cobro que efectúan sus perros cuando encuentran a la presa entre arbustos o entre lagos en el caso de patos y aves silvestres. De nada sirve la precisión del cazador sin el cobro correspondiente. Se antoja pensar que la caza sin el cobro no es diferente de la vulgaridad del asesinato. Aunque no comparto la supuesta "nobleza" en el gusto por la caza deportiva, puedo apreciar que en el origen el cobro es el que establece la diferencia entre cazar y matar. El que mata en defensa propia no cobra una víctima, pero tal vez cobra su propia vida, la vida del que mata, al matar al otro: “proteger” es aquí el sentido de la violencia, pero no hay un cobro; la caza, en cambio, necesita del cobro, no hay participación en el rito de muerte en términos de igualdad con la presa: se le acecha, se le acorrala, se le mata, pero necesariamente se cobra, es decir, se recoge el “premio”, el sueldo, el saldo de la cacería. He aquí también el sentido del trofeo de caza, de la exhibición de las cabezas de los animales que el cazador ha cobrado.

, La -por llamarla con su ominoso nombre oficial- "guerra contra el narco" no es una guerra: es una carnicería disfrazada de cacería. El gobierno quiere cazar a los delincuentes, mostrar sus cabezas en picas televisivas, exhibir delincuentes como se exhibe un marlín o la cabeza de un búfalo de aguas. Calderón precisa demostrar una superioridad en términos violentos, los únicos con los que --a su pacato modo de ver-- puede negociar con el crimen organizado. Esto no es una guerra contra el narco, es una conversación entre criminales: una conversación cuyos únicos interlocutores son ellos. ¿Pero quiénes son “ellos”?

, El "ellos" y "nosotros" son los pronombres implícitos en toda política pública. Está el Estado (un ellos que presuntamente formamos nosotros) y están los criminales (una parte apócrifa del nosotros, un ellos que debe ser perseguido en protección del nosotros.) Pero, a diferencia del relato oficial, el Estado mexicano no es ese nosotros supuesto que persigue al ellos criminalizado: crimen organizado y fuerzas de seguridad del Estado conforman un mismo ellos amenazador que ha cobrado miles de víctimas inocentes. ¿Pero las han cobrado en realidad? ¿Cuál es el estatuto de víctima de los muertos si les está negada incluso la más vana dignidad del número, del reconocimiento de la cifra de una ausencia (pues en el relato oficial, los muertos siempre son menos que los que se publican en los medios)? ¿O será que durante el último sexenio, como nos quieren hacer creer ellos, efectivamente se han abatido a 60 mil criminales en las calles del país, como presas de una operación coordinada eficientemente por el Estado? ¿O será que lo que cambia no es el estatuto de víctima, sino el del criminal, a saber, que se es criminal por colocar el propio cuerpo, sin querer, en la trayectoria de las balas? ¿Será que en México uno se vuelve criminal automáticamente al ser asesinado violentamente? ¿La muerte es el estatuto que, en el marco legal, funge como evidencia de la criminalidad? Pero los muertos que no tienen voz callan con todas sus fuerzas. La venganza, dicen, se cobra.

, En el errático aparato semántico del Estado, "víctima" es otro nombre para "daño colateral". Quien ha vivido en México durante estos años no podrá --es su obligación-- olvidar esta ominosa construcción del presidente de la república para referirse a las víctimas: “daños colaterales”. Vayamos por partes (el descuartizamiento, ya se sabe, es la figura privilegiada de la criminalidad, su mayor evidencia, la composición de un fragmento a partir de un cuerpo): "daño colateral" querría implicar un daño efectuado sin dolo, sin premeditación, inconscientemente --en su sentido más lato, no psicoanalítico--. Esta falta de conciencia, mal que nos pese, podría sostenerse teóricamente cuando los esfuerzos correctamente dirigidos del Estado en contra del crimen organizado rebasaran la capacidad de planeación de quienes los ejecutan. La zona semántica en que "daños colaterales" se convierte en eufemismo (en el decir agradablemente una verdad incómoda) es la misma donde esta "lateralidad" se ve rebasada: como si el daño que el Estado ejerce legalmente contra los cuerpos de los criminales (tratándolos como presas) desbordara sus propias intenciones y extendiera el daño también a los cuerpos que están más allá de esa lateralidad que conforma la zona donde el daño que produce el Estado para “protegernos”. Co-lateral es, en este sentido, una extensión obscena, excesiva, de la zona donde el Estado podría producir daño efectivamente. Es el exceso en las funciones del Estado cuya ciega y mal dirigida intención se desborda y rebasa su zona legítima de influencia (dentro de la definición del Estado como el único detentador autorizado de la violencia) destruyendo lo que debería proteger.

El problema está en que esa ostentación de la fuerza del Estado, de esa inconsciencia que el Estado pretende hacer pasar por fuerza, es la fuerza que escapa al control mismo del Estado. Con todo, el ejército sigue gozando de notable aceptación: siguen siendo la parte del Estado que custodia el nosotros de los "buenos", en el que cada ciudadano se incluye inconscientemente (ahora sí en sentido psicoanalítico.) El Estado es sólo tan cazador como lo es el operador de un rastro matando reses. Esto no es una guerra, es una masacre cuyos efectos excesivos se manifiestan ya no colateralmente, ya no como excepción, sino como la condición misma del conflicto.

, El Estado, a pocos meses de la salida de Felipe Calderón del poder ejecutivo, comienza a tomar cada vez más la forma de un ellos en donde la población deja de sentirse representada. Basta escuchar las protestas públicas en cada ciudad del país contra la imposición de Enrique Peña Nieto. Basta escuchar el otro espectro de la población que desconfía legítimamente del financiamiento de Morena y de AMLO, de su forma de hacer política, diciendo que tiene pruebas de las que carece --y que, pésenos otra vez, muchos quisiéramos ver. Hoy el nosotros de la ciudadanía también se fragmenta en oposición a la clase política, que se cohesiona sobre sí misma. Pero esa fragmentación puede tener efectos benéficos: implica un nuevo pacto social de la ciudadanía para consigo misma, como un nosotros cada vez más politizado, con mayor participación en la vida pública de sus comunidades.

Si la "clase política" ha sido un ellos aparte desde hace décadas, ese ellos ahonda su diferencia con cada incoherencia entre los procesos de comunicación y lo que nosostros percibimos como real. Prueba de ello será la fiesta de spots, autocelebraciones y autohomenajes que el presidente de la República celebrará para sí mismo en los meses que le quedan en el cargo. Pero esa zona de incoherencia puede ser reapropiada: a la manera en que las pirámides de Gizeh (tumbas, memoriales de los muertos) se convierten en atracción turística, primero para Napoleón Bonaparte, luego para los viajeros del XIX y ahora para los recién casados que las visitan, la Estela de Luz en el Paseo de la Reforma pasará de ser un objeto que nace como una atracción turística a ser un memorial para los muertos, una enorme tumba que será reapropiada en la memoria de sus visitantes. La lucha de muchos de nosotros será por la memoria, por la de no olvidar que ese gesto arquitectónico fue realizado con enorme dispendio del erario público y con un propósito propagandístico. Esa no será nuestra venganza, sino un acto de justicia: restablecer en la memoria lo que la realidad de ellos pretende enmascarar. El verdadero monumento de este sexenio será el mausoleo de la memoria.

sábado, 5 de noviembre de 2011

La casa invisible

Mi versión del turismo consiste en escuchar hablar idiomas que no domino, en películas sin subtítulos, por ejemplo. De ahí han surgido pequeñas diversiones privadas para mí: encontrar algo de la /r cantonesa en la /r del sueco; suponer que en ruso alguien siempre está disculpándose por algo que aún no hace; que la música del italiano reordena las cosas del hablante como una mesa llena de objetos de un mago, o que el francés es una lengua hecha para hablar en voz muy baja. 


¿Pero es que se puede dominar un idioma como si uno fuera una especie de Napoleón lingüístico? ¿Se puede sostener una frase tan peregrina como "dominar una lengua"? Para los idiomas, acaso mucho, mucho más que para el amor, claudicar es la única forma de negociación: hay que entrar al idioma, al universo del sentido en general, con la espada extendida. El mango por delante, naturalmente.


Vivir en idiomas desconocidos como en casas muy viejas. Observar las cáscaras de pintura que se caen. Observar la pintura que otros pobladores más viejos han dejado, las pequeñas marcas que los delatan: los idiomas son casas donde han vivido muchos antes que nosotros. Podemos hallar de pronto el hueco de un clavo, que ya no sostiene el retrato de nadie; manchas de sol o de humedad, tecatas de mugre que la brisa de la ventana mece sin romper. El idioma puede verse como una ruina o como una colección de huellas: su conjunto no cuenta una historia común sino a condición de contar la historia de los hombres a través del relato de su propia historia. Esta historia no reconstruirá nada, pero construirá ruinas diferentes. Como el Distrito Federal de México, el idioma es una ruina hecha sobre incontables ruinas que la cimentan. Ruinas sagradas, cabe puntualizar.


La casa más desconocida es la propia. Notamos la extrañeza de las viejas casas de otros idiomas, pero vemos con ojos llenos de costumbre la propia. Me persuado por ello de no vivir en ningún idioma, de no tener lengua materna, de hablar y escribir desde una intemperie artificial. Me es preciso creer que el castellano que hablé esta mañana es un idioma absolutamente diferente que el castellano en que escribiré esta noche. Me persuado, pero fallo: es el idioma quien me inventa siempre, sin que yo posea ninguna potestad sobre él. El idioma es la derrota más dulce.


La casa dentro de la casa de los idiomas: la hospitalidad original del lenguaje. ¿Herramienta? Es cierto, hay gente que no se limpia los pies para entrar al idioma. Yo por mi parte trato de entrar en su casa siempre descalzo. Quiero sorprender a los fantasmas del idioma mientras duermen, ver si puedo colarme por la rendija de sus pesadillas, tenerles una tisana lista por si despiertan en sobresalto. Claro, yo también trabajo todos los días con el idioma como una herramienta; me queda al final del día una sensación parecida a cuando no podemos responder una llamada de alguien que amamos, o cuando los correos de gente querida se quedan sin contestar por muchas horas. Así vuelvo al idioma cada noche o cuando puedo encontrar un poco de tiempo que nadie usó: tratando de volverme infinitamente pequeño para que mis faltas pasen desapercibidas. Es una vanidad absoluta la que cree de mí que pedir un kilo de carne es una falta contra la belleza del idioma; aún no aprendo a ver lo fascinante que es que el gato dicho no sea igual que el gato escrito, y que ambos sean especies totalmente diferentes de la del gato que acaba de pasar por el pasillo, dejando la sombra de su nombre en el aire.


Pasamos temporadas en el idioma como si fuera nuestra casa. El idioma es casa, es cierto, pero no es de nadie. Todo lo más somos turistas. Recorremos los pasillos y galerías, encontramos armarios llenos de valijas que transportan su bagaje de polvo hacia ninguna parte, removemos algunas manchas de aceite de la pared de la cocina. Otras manchas las dejamos: somos turistas, repito. Algunas manchas han estado aquí, en el idioma, más tiempo del que estaremos cada uno de nosotros sobre el planeta. También esta devastación del idioma merece su compasión: la lengua no pide nada, y en cambio, nos da mundos como si fueran uvas. 


Si la lengua pudiera hablar, imagino, sólo diría una cosa: dime. "Dime", así, como alguien que está abierto a escuchar; como alguien que exige una confesión; pero sobre todo, como alguien que desea ser dicho. Pienso de repente en Leónidas de Esparta con una petición tremendamente humilde para el viajante: recuérdanos. Súplica y orden del espíritu del idioma: ser dicho.


Formar, pues, en el centro de mí mismo, un espacio para que todo el caos del mundo pueda entrar. No le niego la entrada a ninguna cosa. Todo lo que pueda ser dicho se dirá, en su momento. En épocas más cínicas de mi vida he pensado que importa el decir y no lo dicho. Hoy sigo pensando que el decir efectivamente es más importante que lo dicho, pero que el decir mismo es mucho más importante de lo que mis pobres fuerzas me han permitido ver: que en un decir está la posibilidad aún viva del vínculo humano, de la comunidad posible. 


Decir algo (dime, dime) es decir algo a alguien. Cuántas veces los otros no son el infierno, ¿cierto, Sartre?, pero si es que vivimos en el infierno entonces habrá que hacernos entender de algún modo. Habrá que mostrar nuestro carnet de condenados como quería Arthur, habrá que desearles buen día a los custodes, compartir opiniones sobre el día a día en la eternidad del sufrimiento. Algún gozo habrá que hallar ahí. Sobre todo: la conversación. ¿Y no es la lectura un modo privilegiado de conversar? Ahí Quevedo como siempre:


Retirado en la paz de estos desiertos, 
con pocos, pero doctos libros juntos,  
vivo en conversación con los difuntos 
y escucho con mis ojos a los muertos.

Me persuado en ocasiones, al oír hablar a alguien o en una plática cotidiana, de estar escuchando una lengua extinta. De pronto los ecos de mi griego tan mal aprendido rezuman en los goznes de una frase anodina, y el jugueteo de la sonaja árabe me toma desprevenido. Cuántas veces he mirado fijamente a los pasajeros del metro o a la gente de los cafés pensando en qué idioma hablan (¿serbio, portugués, quechua?), y siempre me sorprendo cuando reconstruyo de un boquete de sonidos los rasgos propios del castellano. 


No se me malinterprete: el castellano es bello, pero el que yo lo hable o cualquiera de nosotros es un mero accidente. Importa, creo, la posibilidad del sentido que podemos recorrer dentro de una lengua, no cualquier dudoso y absurdo prestigio impostado ideológicamente sobre ella, como un fardo incómodo. Es ahí cuando digo que es de lo más tonto pensar que dominamos una lengua, repitiendo un gesto colonizador. Pienso que en vez de dominar con la lengua tal vez podamos construir alguna posibilidad dentro de los márgenes de esta casa vieja del idioma, de esta casa invisible que traemos colgada de la boca y los oídos y los ojos y las manos, de este cuerpo que puebla nuestro cuerpo de sentido; alguna posibilidad, pues, para que los que lleguen después de nosotros encuentren cómoda esta casa. Que puedan descansar aquí y pensar, y sobre todo enamorarse y consolarse cuando la bomba del amor les explote entre los dedos. 


Construir tal vez un sitio de paz. Una palabra tan pequeña que al escribirla se me diluye entre los dedos. Yo nunca he sabido nada de paz. Pero tal vez, como quiere Elias Canetti, si la palabra puede producir guerras también puede resolverlas. El idioma, pues, es tan generoso, que tiene incluso espacio dentro de sí para el más absoluto horror. Afortunadamente, en esta casa hay espacio para mucho más: en todas las habitaciones hay retratos del único inquilino que tiene carta de nacionalidad en cualquier idioma y que, tal vez, sea el verdadero causante de la existencia misma de los idiomas (es decir, de lo humano): el asombro.

Una casa secreta a la vista de todos.

viernes, 21 de octubre de 2011

Libros de estos días

Los libros poco a poco van ocupando el lugar que antes tuvo todo lo demás.

, Los patios de la nación, de Javier Norambuena.

, Poemas para fomentar el turismo, de Mara Pastor.

, Cometas, nómadas del espacio, de Yaxkin Melchy.

, La música en un tranvía checo, de Karla(tone) Olvera.

, Del mar es el ahogo, de Lauri García Dueñas.

, Huecos de araña, de Jamila Medina Ríos.

, Tombeau, de José Kozer.

, Horrorism: naming contemporary violence, de Adriana Cavarero.

, Estudios literarios, Paul Valéry.

, El disco de Newton, de Cristina Rivera-Garza.

, Yoga, de José Manuel Barrios.

, Naturaleza muerta, de Guido Arroyo.

, Carne, de Daniel Rojas Pachas.

, La conciencia de Zeno, de Italo Svevo.

, La sociedad sin relato, de Néstor García Canclini.

, El baile de las condiciones, de Óscar de Pablo.

, ¿Escribes o trabajas?, de Eduardo Huchín Sosa.

, Poemas escogidos, de Tilsa Otta.

, Rojo y negro, de Stendhal.

, Bagrejaponés, libro colectivo de Olga Leiva, Alex Piperno, Diego de Ávila, Santiago Márquez y José Manuel Barrios.

, Mi Emily Dickinson, de Susan Howe.


, Tarjados de Ezra Pound al original de La Tierra Baldía y más versos (trad. y notas de Piero Montebruno. Edición caligráfica y compendio de traductores). Regalo de mi abuelx Javier Norambuena.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Jurar sobre la tumba de un caballo muerto

Uno de mis primeros empleos fue haciendo corrección de estilo para un periódico fundado y cerrado poco después por cierto político de provincias para impulsar su fallida candidatura. Lo mejor que me pasó ahí fue obtener un cheque de liquidación, con el cuál hice un pequeño viaje. Esa noche me informé sobre cómo llegar a Real de Catorce y a la mañana siguiente, al amanecer, me fui.


De Real no me atraían las drogas (el único peyote que vi durante mis días en el pueblo estaba como adorno dentrto de una maceta, en una pequeña tienda de baratijas). Me atraía el desierto, la experiencia del desierto. Era el 2005, tenía 20 años y estaba atorado con la redacción de mi segundo cuaderno de poemas. Por alguna razón pensé que en el desierto podría dedicarme a escribir durante un par de semanas, así que M. me llevó a la terminal de autobuses, de donde salí en un camión hacia San Luis Potosí, de ahí a Matehuala bordeando las montañas y luego en otro camión hasta la entrada a Real de Catorce. 


El túnel era impresionante. Podría googlear el nombre del túnel o ver mis cuadernos de esa época, pero prefiero quedarme con la imagen de un túnel largo y oscuro, anónimo en su peso abstracto de garganta ciega, de montaña sostenida con varillas apenas unos metros por encima de mi cabeza, como anónima la hora o poco más que tarda el destartalado autobús en cruzar de la oscuridad a la plena luz de un pueblo abandonado. Relativo el tiempo en la angustia, en el encierro, se sabe. Un poco, imagino, como nacer.


He tratado de contar esta historia varias veces desde entonces y la verdad no se me ha dado bien. Hay una tendencia exagerada a contar con imágenes, las cuáles a la distancia me parecen demasiado irreales para ser creídas, como la descripción anterior del túnel. Es lo que digo cuando digo que en el lugar de los eventos coloco la escritura, porque si contara los eventos que me ocurren tal como ocurrieron nadie me creería. El túnel cualquiera puede constatarlo, pero progresivamente la historia va tomando un tono que ni a mí me convence. Dudo de la existencia de algunos eventos, del nombre de algunos personajes y del tiempo total que pasé en Real de Catorce. A veces me parecen un par de días, a veces se sienten como meses. Me tomaré todo el espacio necesario para contarla, además, esperando que el lector se canse de leer en pantalla y la abandone. Que deje encerrado al desierto dentro del desierto. 


Del primer día recuerdo cuánto me impresionó lo pequeño del pueblo, un par de calles polvosas como líneas en una mano muy seca. Me conseguí el cuarto más barato que encontré y salí a comer. No recuerdo bien a bien la comida de los demás días, pero el primer día comí en un restaurante italiano para turistas: berenjenas con ajo, filete y vino tinto. Las berenjenas estaban bien, y casi puedo decir que fueron las mejores que comí nunca. El vino era pésimo. Al bajar la tarde me senté en un barranco donde el pueblo termina y comienza el desierto. Con el sol doblándose, recuerdo el desierto azul, pero es un detalle que no puedo confirmar, o puede tratarse de que confundía el desierto con el cielo. Recuerdo mucho mejor, en cambio, la sensación de frío inmediato cuando el sol dejó de verse tras una montaña. Fue como un apagador de luz para activar el frío. Ya. Ahí. Justo entonces Montalvo subió por el barranco. 


No recuerdo el nombre de mucha gente; practico la cortesía como una manera de mantener a la gente a la distancia: descubrí que mientras más amable eres, más inaccesible te vuelves. Funciona por un tiempo, claro. Pero con Montalvo pasó que se hizo mi amigo en cuestión de minutos. Es una de las personas de ese tiempo que genuinamente extraño. Era brasileño, chamán según su propia descripción y artesano como descubrí con los días. En un portuñol bastante torpe dimos a entender un agradecimiento común: estábamos de lo más felices de estar, cada quien por sus razones, justo en medio de la nada.


La "nada", con todo, no describe precisamente a Real. Puedo describir Real de Catorce como un vagón de tren que se quedó varado y luego fue acondicionado para atraer turistas. Nunca entré a la iglesia del lugar, pero era común ver a viajeros, turistas y hippies de todas nacionalidades en train de la iluminación, menos en la iglesia que en las plazas o en las dos o tres cantinas, planeando expediciones nocturnas al desierto, rentando caballos o apalabrando camionetas. La gente va por el peyote. "Peyote solidities", que decía Ginsberg. La experiencia de la soledad delirante de hikuri, como llaman en lengua huichol al peyote. El venado azul, el ciervo vulnerado que elige a su cazador. 


Mi experiencia mística, para pronta decepción del lector, fue la del tiempo: tener todo este tiempo para escribir. Recuerdo que la mano me dolía después de estar sentado unas diez horas diarias durante días escribiendo en los cuadernos blancos que llevé. Terminé el poemario, que no valía nada ni entonces ni ahora, y tomé muchas notas para una novela la cual, por supuesto, nunca publicaré. Después de escribir unas horas en la mañana bajaba a buscar algo de comer, y siendo el pueblo tan pequeño no había necesidad de que Montalvo y yo nos pusiéramos de acuerdo sobre la hora y el lugar para vernos. Simplemente bajaba, andaba un poco y ahí estaba, en su puesto portátil de collares y pulseras, el cuál recogía para que fuéramos a comer a la cantina. No lo vi beber nunca, eso sí. De él recuerdo realmente su risa, su acento indistinguible ya como marca de ninguna nacionalidad, sus rastas muy largas y sus dientes de caballo. Fue en la cantina donde conocimos a un par de músicos gringos. Montalvo juraba que podía hablar inglés, but basically I did the talking. 


No es que hubiera demasiado que contar tampoco. Con los músicos nos quedábamos en la plaza (si a esa plancha pavimentada puede llamársele plaza o kiosco) tocando canciones hasta que un policía (si a esos gordos desagradables puede llamárseles policías) llegaba y amenazaba con arrestarnos si no bajábamos el volumen. Según entendí, el único crimen realmente grave tenía que ver con portar o transportar peyote. Entiendo que además de que su consumo es ilegal fuera de las comunidades que practican ritos religiosos en torno a él (pues las comunidades huicholas están protegidas por el artículo 24 de la constitución mexicana [¿por qué coño sé eso?] con respecto a la libertad de culto), resulta que es una especie vegetal en extinción, protegida por algún elegante tratado conservacionista, por lo que la multa puede ser muy costosa. No sé. El caso es que regresaba borracho de madrugada al cuarto que rentaba y me ponía a escribir unas cuatro o cinco horas más, hasta que amanecía y caía rendido. Hasta que comenzaba otra vez. Así por días.


No recuerdo cuándo fue que Montalvo y yo conocimos al matrimonio McComb. Helen y Rudolph McComb eran una pareja de jubilados escoceses que recorrían el mundo en sus años dorados. Recuerdo que Rud me dio la tarjeta de su negocio de compra y venta de autos usados, misma que debí perder en alguna mudanza. Con ellos fuimos a ver las minas abandonadas. Como no es difícil investigar, Real de Catorce fue un pueblo minero que se quedó sin minas, o propiamente, sin metales qué explotar. De la mina recuerdo un agujero donde tirabas una piedra y tardaba varios segundos en caer, provocando un eco atroz, aunque infernal no sería un calificativo inapropiado. Igual que con Montalvo, nunca nos poníamos de acuerdo para ver a los McComb, y simplemente nos encontrábamos. Por eso mismo no hubo manera de despedirse. Y qué mejor.


Parece que esa estrategia le funciona bastante bien a Montalvo. Decía tener unos 37 años, pero aparentaba muchos menos. Había una chica en el pueblo (qué clase de historia sería esta si no hubiera por lo menos una chica), con la cuál, en un viaje previo, había tenido el buen tino de hacer un recuerdo en la trastienda del negocio de souvenires de la chica. El recuerdo se llamaba Kin y tenía seis años. No podría decir que heredó los dientes de caballo de su padre, pero el parecido era innegable. Y no era que tratara de negarse nada, realmente. Durante los últimos días en Real pasamos mucho tiempo con Kin, que iba y venía del negocio de su madre hasta el puesto callejero de su padre, en el cuál estaba yo temporalmente empleado. O para decirlo en jerga corporativa, "en capacitación".


Habrán sido unos cinco o seis días que viví virtualmente de lo que vendíamos en el puesto, además de ahorrar un poco para rentar un caballo y hacer alguna expedición al desierto. Resulta que tengo talento para tejer collares, pulseras y complicadas gargantillas de alambre, habilidad que está más que sepultada hoy en día. Un día mientras tejía algo con un hilo transparente, plástico y elástico, llegó un actor de Hollywood haciendo el papel de turista. Con las cosas que hice y vi durante esos días, mismas que me reservaré al igual que el nombre del actor, me pareció de lo más natural ver pasar frente a mí a alguien que acababa de ver recientemente en alguna película. You're an actor, le dije, seguido de su nombre propio. Tuvo un pequeño pero significativo gesto de pánico y asintió. Sonreí y volví a lo mío. Preguntó por alguna cosa pero no compró nada. ¿Se habrá decepcionado de que no le pidiera un autógrafo? ¿Será que fue, como yo, a desaparecer, y confrontado con su nombre propio reapareció de pronto en medio de la calle polvosa de un viejo pueblo mexicano? 


¿Será que este post se está extendiendo demasiado? Bueno, para la brevedad está Twitter, dirían los puristas. Pero esta no es una historia breve, aunque estoy descontando muchos episodios por que temo enterarme, al escribirlos, de que realmente nunca ocurrieran.


Tuve que escapar de mi lugar de escape. Un repentino momento de desesperación fue sucedido por una extraña sensación de libertad, naturalmente, en sentido existencialista: el ser es ser frente a la situación. Montalvo se iría más al norte, probablemente a la frontera, y me sugirió que lo acompañara. Me negué, por M. Cuando me di cuenta de que me hubiera gustado que M. estuviese ahí conmigo, sintiendo ese frío que se activa automáticamente cuando cae el sol, caminando por el desierto, cuando terminé el collar que hice para ella (con una enorme piedra morada cuyo nombre, claro, he olvidado) supe, pues, que era hora de volver. Además de que un evento inesperado apresuró mi salida del pueblo. Encontré a Montalvo cerca del túnel, antes del amanecer. Vio mis manos, mi prisa, mi mochila y mi sombrero y comprendió todo. Montalvo me dijo "vengo". Entendí que era un modo cortés de despedirse.


Atravesar el túnel a pie me dejó bastante agotado. Me sentía muy ridículo con el sombrero que usaba en Real, pero agradecí llevarlo mientras caminaba por la carretera, con el pulgar hacia el cielo como había visto en las películas o leído en las historias sobre Neal Cassady o Jack Kerouac. Salí del pueblo después del amanecer y para medio día aún no conseguía aventón. Mi prisa se debía a que mis perseguidores me dieran alcance. Llegué a pensar que el autostop era una suerte de guiño entre iniciados, y que un novato como yo simplemente no tenía cupo en una cofradía de autoestopistas mundiales y secretos. Afortunadamente una pick up se detuvo. En esta parte del camino de este largo post voy a esconder todo lo que extraño a Mauya, mientras subo a la camioneta por la carretera empinada que baja de Real, al amanecer. Dudo que alguien haya llegado hasta aquí, así que voy a poner aquí el nombre de Mauya, que naturalmente no es el nombre de Mauya ni de la M. del principio ni el final de esta historia, sino simplemente un animal de desierto, un bellísimo animal humano, la hembra que me falta todos los días. Y junto al nombre de Mauya, mientras recuerdo la línea recortada de las montañas contra el cielo de mediodía desde una pick up en el desierto, voy a enterrar toda esperanza de verla otra vez. Voy a darla tan perdida como la novela que escribí en Real de Catorce y quemé hace poco, al prepararme para esta última mudanza. Voy a soportar pensando que su cuerpo y su voz son tan irreales como el caballo que renté para una breve incursión al desierto, el cuál de pronto se desplomó, muerto, en medio, ahora sí, de la nada. Voy a suponer que Mauya es tan irreal como la víbora o el alacrán que no vi que picara al caballo. Que Mauya es tan etérea como el peso del silencio en la noche del desierto. Que Mauya es una luz que no cesa, como las estrellas detenidas en una luz que tampoco existe, pero que existió, hace millones de años, fija en su insistencia de brillar, fijas como las patas del caballo en la rigidez de la muerte, con las moscas que se filtraban zumbándole por la nariz y los ojos mientras yo cavaba en la dura arena con mis manos peladas una tumba, con las montañas alrededor y los fálicos cactos. Que Mauya es tan irreal, en suma, como esta historia.


Me quedé en Matehuala un par de horas para comer algo y volví a la carretera. Recuerdo llegar a San Luis Potosí ya de noche, en otra pick up, sosteniendo instintivamente mi sombrero con una mano mientras trataba de dormir. Recuerdo el frío de la carretera, pero sobre todo las estrellas. Un viaje al norte en esas condiciones sería en estos días algo poco recomendable por la peligrosidad que han tomado los caminos de unos años a la fecha. Sería por lo menos tardado, mucho más, debido a los retenes militares; pero entonces, hace seis años no sólo era posible, sino necesario. No sé cómo ve las estrellas la gente en un viaje de peyote, y no sé si frente a la violencia de estos días la gente podrá volver a viajar tranquila durante la noche por las carreteras del norte, o será que el narco ha secuestrado también el desierto, y junto al desierto, el cielo del desierto y las estrellas, pero a mi me bastan las estrellas tal como son, lo que es decir, como las recuerdo.


No sé por qué conté esta historia justo hoy, justo ahora. Tal vez porque hace justo un año aterricé en Tijuana, a donde pensé volver este año, pero me fue imposible. Tengo pequeños cuadernos de todos los viajes que he hecho desde los 14 años, cuando viajaba con un maletín que contenía mi libreta de dibujo (la razón por la que dejé de dibujar merecería un post aparte), algunos cómics, algún libro, libreta para escribir, lápices de diversos tipos y plumas de tinta china. Ese es el problema de no recordar por qué cuenta uno las cosas. ¿Conté Real debido a mi imposibilidad de contar Tijuana? ¿Conté Real por el embrujo reciente que dejaron en mi J. y D. R. con sus historias de iroqueses y cantos, y cuyos nombres entierro también, aquí, en las arenas del texto, en el lugar de la absoluta hospitalidad? ¿Conté Real porque no es real? Conté Taxco hace poco. Tengo muchos apuntes de Xalapa, otros numerosos de mi temporada chiapaneca y otros del tiempo que me disloqué el hombro surfeando en el Pacífico, cuando pensaba que no volvería nunca a la ciudad. Nunca he salido del país. Nunca ha sido necesario, y con todo j'ai connu chaque fils de famille! Recuerdo que M. me recogió en la terminal cuando volví de Real. Una señora me prestó unas monedas para poder llamarla y que fuera por mí. Es una deuda que recuerdo constantemente, no sé por qué, como si debiera buscar por el mundo a esa señora para devolverle sus cinco pesos.


Cuando digo que no sé algo, es por que en el fondo lo sé, pero sencillamente no quiero desarrollarlo. Conté esta historia para que D. la lea, aunque sé que es muy poco probable que lo haga. Conté esta historia porque la extraño. Porque hay que contar cosas aunque no se sepa bien a bien ni por qué ni a quién las cuenta uno. No sé. Lo que sí sé es que juré sobre la tumba de un caballo muerto no viajar si no tenía algo que hacer en el sitio al que viajo, lo cuál ha funcionado muy bien hasta ahora. Nunca seré turista, lo sé. Y claro, sobre la tumba de ese caballo muerto juré tampoco volver a usar sombreros después de llegar a casa. Y no lo he hecho desde entonces.


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domingo, 14 de marzo de 2010

Del amor como histeria colectiva

La expresión de un sentimiento siempre es absurda.
Paul Valéry

, Ya decía en alguna ocasión la señora Teste, que a su singular marido le parecía el amor una zona de excepción entre dos personas donde estaban autorizadas para comportarse como tontos. Eso nos deja un par de consecuencias: o el amor te vuelve tonto o, más brutal, uno es tonto en el fondo pero se esfuerza por superarlo --estado primitivo tal vez--, y lo que el amor hace es venir a dar al traste con todo el esfuerzo civilizatorio y volver al ser (al Ser con mayúscula), otrora robusto y chapeado, gelatina, un cuerpo sin esqueleto de voluntad negociable, perpleja y profundamente hedonista; en suma, el amor lo volvería a uno o idiota o suicida intelectual.
, La expresión de los sentimientos amorosos al estar apoyada en la profunda intimidad de dos personas, anula por esa misma expresión la individualidad de éstas, transformándolas en seres bícefalos y grotescos. Hay algo monstruoso en la situación de dos personas que no pueden discutir; perturbador, dos personas que se dan la razón sin reparos.

, La institución secreta pero celebrada del amor cortés, como todos saben, dio la pauta, el código, del amor como lo conocemos. Este juego ridículo del cortejo donde ambos saben que no pueden transigir demasiado pronto, so pena de hacerse poco interesantes al otro --vaya sustituto de plumas de colores, de penachos enardecidos--, pero sabiendo que la prenda debe soltarse lentamente, sin embargo, para mantener el interés del otro. El amor podría pensarse como un asunto de economía del interés. Es el reproche de Marcela ("la Bella") en El Quijote: ¿por qué si éste hombre que decía amarme se suicidó al no obtener mis favores, me llaman homicida? Nunca le di esperanza ni le hice promesas...

El amor es asumir una derrota futura como presente.

, Sobre la transitividad del verbo amar: es falso que amar necesite un objeto en qué realizar su acción. Es decir, amar no es el efecto que algo despierta en nosotros, sino algo que surge de nosotros. El amor no es una reacción inevitable (intentaré explicar esto más adelante). No creo que el amor "entre" por los ojos, por ejemplo (dejo para ustedes la evaluación de otros perímetros). El deseo, la calentura, por supuesto que es asunto sensorial. Uno puede, como los medievales, quedar "prendado" en la vista del ser deseado --que no amado. Es una ligereza decir que uno ama a otro irremediablemente: el amar es un monólogo, no requiere réplica ni participación exterior; es un acto solitario. Porque el amor no es la consecuencia inevitable del trato carnal o social con otras personas; no es un estado que se alcanza por sumatoria de experiencias compartidas. Amar es un acto de profundo egoísmo a través del cuál significamos nuestra existencia; el otro solamente es un pretexto, o por así decirlo, un significante. La lexicología no nos dejará mentir: you are my significant other.

, Esto no implica necesariamente entender el egoísmo del amor como una perversión o sustitución de una improbable pureza en la relación entre dos seres humanos. El egoísmo del amor implica una proyección del ego en el otro: es a través de ti que puedo conocerme y realizarme. Esto no me parece menor. Toda la mística trágica, romántica, absurda de la "inspiración" como movilización hacia el arte va en ese sentido; no es que tú me "inspires", es decir, que soples un aire divino que me posibilita crear gracias a tu intervención, sino que es debido a tu -de otro modo, mera- existencia que puedo explorar mis propias posibilidades. En este sentido, no lo que se entiende vulgarmente, románticamente como "inspiración" es el motor del sujeto hacia el arte, como si se tratara de un ente de otro modo pasivo, sino que "inspiración" significaría, ilustrado en términos espaciales, un dónde. Y más aún, un desde dónde a través del cuál un sujeto (amoroso) moviliza hacia sí mismo una potencia de otro modo anodina, parcial, inoperante.

Podemos notar esto en la terminología de los amantes para referirse entre ellos: desde el, casi semánticamente vacío excepto en las primeras locuciones, mi amor, hasta el empachado, ontológicamente reductivo cosa, el metafísico e idealizado mi cielo o diosa, el paternalista hija o niña (o sus complementos maternales, que implican no menores dependencias), los de referencia física como gorda o flaca, son posicionamientos subjetivos que asume el amante, los cuales dicen descriptivamente poco del sentimiento que siente -genuinamente, puede ser- hacia el otro, pero que dicen mucho más acerca de su propio posicionamiento ante ese sentimiento (que no hacia esa persona, objeto del sentimiento). Tomemos como ejemplo gorda: se ama lo que es bello y por ende, bueno, dice Platón. En nuestra sociedad la obesidad está estigmatizada como paradigma contrario a la belleza ideal, es decir, al modelo anglosajón: delgada, rubia y de preferencia voluptuosa, atributos que tienen implicaciones colonialistas evidentes. Al llamarte gorda, estoy diciéndote que sé que no eres el ideal de belleza -es decir, de bondad- que sería por definición "amable", sujeto de ser amado, susceptible de despertar amor; y mi gran amor por ti se manifiesta en el hecho de que a pesar de que eres una gorda que nadie podría ni debería amar, yo te amo; ergo, soy magnánimo y debes amarme también.

Lo que digo de ti, mi modo particular de amarte, es el lugar desde dónde te veo; por lo tanto, desde donde me veo para amarte.

, El amor es también el fantasma de la completud. La metáfora de la media naranja, del alma gemela, del andrógino primario dividido in illo tempore es otro aspecto del análisis del amor como mecanismo de significación. En el amor como en la democracia, la trampa del número: suponer que mucho es igual a mejor. El otro parecería completarme, complementarme. "Me llenas", se oye decir, como si lo que hubiera de humano antes del amor fuera un hueco fundamental (sin albúr, cerdos), una falta, un desgarre, una carencia que sólo el amor pudiera compensar. ¿Qué o de qué está compuesto ese hueco existencial? Podríamos hablar de angustia, de devenir, de no-ser, de Nada; para lo que me interesa, todo este vacío brumoso que se es -que se supone ser- sería una estructura igualmente vacía, cuyos contornos apenas diferenciados adquieren sentido, margen, continuidad cuando se ama. Ponemos al otro en el lugar de la carencia, enjaretándole como santo de iglesia de pueblo el ex-voto, el milagrito, es decir, la responsabilidad de la completud del ser; de la felicidad. Luego, si soy infeliz es porque no me sabes llenar; mi infelicidad es culpa tuya, velo sabiendo...

Esta continuidad, esta aparente armonía del ser sobre sí mismo cuando el amor hace evidencia de su artificialidad al mostrarse fácilmente sustituible. Ahí está el vox populi del ardido: "un clavo saca otro clavo", argumento a favor de la transitoriedad de cualquier relación amorosa. Entonces la regulación, la significación de nuestra, así llamada, "existencia vacía" es posible sólo en tanto el otro asuma la completa responsabilidad de nuestra vida emocional. Por eso la ruptura amorosa implica una "separación", una "destrucción": el ser queda dividido, es decir, con un significado sin significante, con una papilla metafísica, con una ruina.

, Amar implicaría aceptar, pues, el peligro de este absurdo lógico como condición de posibilidad. Absurdo porque puede caerse fácilmente en la fanatización del otro, en la idealización de su función, en la economía del interés, en las expectativas inalcanzables... Absurdo el "te amo" como f(r)ase de desarrollo de la relación donde "ya se dicen que se aman", como si se hubiera alcanzado un nuevo nivel de conciencia o un premio de lotería; "te amo", escupido sobre el otro como un ancla, como un marcaje territorial sobre el otro para hacerle saber su responsabilidad irrenunciable respecto a su importancia capital en nuestra economía emocional. Vaya, como si se le hiciera un favor al otro al comunicarle esta profunda, profundísima verdad, de índole, ay, estrictamente individual e intransferible.

, Hasta el señor Teste amaba. 

El amor es complejo, variable en objeto e intensidad, en modo, tiempo y espacio; curioso: el amor parece funcionar como un adverbio. Haciendo una grosera transpolación, el ser amado no sería el verbo de la estructura de significación de nuestra vida, i.e. no lo que nos mueve. Sería más sano pensar que el amor es el gran modificador, el gran complemento circunstancial, i.e. el modificador, el agente de precisión. Salvo la pedestre metáfora, me parece que amor=adverbio funciona para ilustrar un modelo del amor donde el énfasis estaría puesto en el sujeto y no en la relación de sujetos. La paradoja del amor es que hay que aceptar que lo vuelvan a uno loco con expectativas, neurosis, celos y toda la estúpida teatralización de los amantes, en público o en privado, que no acrecientan la libertad de los sujetos implicados en la noción "pareja", sino la dependencia castrante de uno sobre (contra) el otro. El amor actual es una forma de colonización emocional.

¿Por qué el amor debería acrecentar la libertad individual? Porque el vasallaje moderno implica hacer funciones de asistente, chofer, cocinero, acompañante de eventos sociales, guardaespaldas, terapeuta (chale con el balconazo) et caetera, para que el otro se sienta amado; luego, el amor tiene que ser algo MUCHO más interesante que eso. O no: tal vez el amor sea precisamente todas esas cosas, pero asumiendo por principio que esa esclavitud no nos es impuesta, que nuestra vida realmente es otra cosa, pero que tomamos gracilmente ése papel. Pienso en Emile Teste y en la novia británica de Jimmy Hendrix, pero no me gusta la perspectiva para nada. Por libertad individual entiendo un pleonasmo: responsabilidad intransferible; yo que no puede evitar participar en su autodeterminación, en el proyecto de su devenir (soy conciente de que dejo ceteris paribus la relación histórico-dialéctica de la cuestión). El amor sería factor de esa autodeterminación, de esa responsabilidad sobre la exploración del yo, no su componente fundamental.


, El peligro del amor es la nota roja: la frustración del otro puede parecer divertida, pero es alarmante: alguien enamorado y armado es impredecible. Ahí están los machos y sus idiotas novias/esposas matando o dejándose matar. El amor mata, o por lo menos vuelve loco, genera cuentas de psicoanalista y en suma parece muy poco deseable. Pero no podemos evitar el deseo sexual como no podemos evitar cualquier otra determinación biológica. Una salida es la respuesta cínica (uso el término sin sarcasmo): sexo deportivo. Es divertido y en la economía libidinal, equivalente a ir a un restaurante cuando el sujeto no necesita reafirmación afectiva, sino simple desahogo carnal. Freud y Lacan estuvieron aterrados de la sexualidad femenina; pero sea como sea que funciona, contrario al barbarismo burgués de que los hombres son prácticos y las mujeres sentimentales (¿Marte, Venus?) las mujeres parecen ser capaces de diferenciar mucho mejor entre relación sexual casual con fines de desahogo (sexo deportivo) y construcción de un proyecto conjunto, una relación de pareja. Parece atisbarse incluso un paradigma nuevo donde la construcción de la relación de pareja no implicaría sexo monogámico exclusivo, al reconocer que hay zonas del deseo sexual que no pueden ser satisfechas  ni exploradas enteramente a través del intercambio con una sola pareja sexual. El amor cortés diferenciaba nítidamente el proyecto de pareja con fines políticos, del intercambio sexual como pasatiempo o recreación --si bien recreación propia de clase dentro de un marco altamente codificado. Creo mucho más narcisista el secuestro emocional de una persona para que se encargue de mi economía emocional que el asumir mis propios deseos como punto de partida y hacerme responsable de ellos --al final amar sería una forma de conocimiento. No pretendo que sea evidente, pero hay que dejarlo para después.

No estamos para reivindicar nada ni para sugerir recetas. Si me apuran, este post que está disponible públicamente en internet es realmente una meditación privada y mi versión de una declaración amorosa. He intentado ser más o menos objetivo en los anteriores planteamientos,  aunque sé que he hecho un licuado terminológico bastante brutal. Las conclusiones siguientes asumen que  la teoría acusa un alto grado de subjetividad; esto no es justificación de irresponsabilidad, sino de una visión de la teoría como abstracción de la experiencia personal. Siempre es más interesante plantear un problema que agotarlo; yo lo dejo en un nivel de creencia en las siguientes conclusiones --por tanto los invito a no leerlas. 

Conclusiones

Pasado el disclaimer, terminar con la perspectiva del amor como colonización del otro (¿"mi nueva conquista"?, ¿les suena?) implica asumir la responsabilidad personal sobre la noción de felicidad o realización que funcione para nosotros, en lugar de endilgarla al otro; implica conquistarse continuamente: no domarse, conocerse. Mis vicios son para mí tan importantes como mis dudosas virtudes, y mucho más ciertos, por ejemplo. Puedo conocer a la mujer más maravillosa del mundo, y podría enamorarme de ella mientras no se meta con mis vicios. ¿Por qué? Porque en ese modelo del amor como significación donde el otro tomaría un lugar adverbial, de precisión, entiendo que amar a alguien no es modificarlo para que se parezca más a mí, para que pueda yo tener un molde perfecto en el cuál reafirmar mi ciclo narcisista. Entiendo el amor como un espejo que no me devuelve mi imagen distorsionada, es decir, como quisiera idealmente verla: el otro no me devuelve nítidamente mi imagen, no tendría por qué, pero me permite conocerme, conociendo a mi vez, al otro. Entiendo el amor como un asunto individual e intransferible: lo que ocurre en mí con respecto a mí mismo cuando estoy con ella.

Participar al otro de nuestros sentimientos y esperar reconocimiento o, ay, correspondencia es el modelo más idiota y narcisista del amor. Dice Lacan: senti/miento. Cuando digo algo estoy sintiendo otra cosa, porque la glosa de mi sentimiento está siempre sujeta a la imprecisión. Con todo, creo que puede existir el amor como relación intensa y constructiva entre dos personas que discuten. Esto es fundamental. Limitarse a reflejar o hacer eco del otro es además de aburrido, deprimente. Yo estoy por una forma de amor como soledad compartida. No ser a partir del otro, sino ser con el otro, donde tu desarrollo favorece el mío, pero no lo condiciona.

Espero que la extensión de este post así como sus medianas metáforas lo hagan ilegible y poco interesante. Es mi manera de decirte que te extrañé mucho hoy. Intenté describir lo que haces que mi ser haga en mí, y agradecer por ello. Si hay algo como el amor y ese algo es posible, debe parecerse al agradecimiento, no a la deuda, ni a la culpa: a la hospitalidad. Alí Chumacero miente o por lo menos es inexacto: antes del mundo no éramos tú y yo, pero qué bueno que seamos un asunto híbrido y complicado, un extraño tú y yo y no un vulgar nosotros, genérico-intercambiable.

Pero corrígeme si me equivoco.

domingo, 24 de enero de 2010

Jimi Hendrixs' Lonely Hearts Club Band


Tres días después del lanzamiento del álbum Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, The Jimi Hendrix Experience presenta el primero de varios shows de despedida del Reino Unido antes de partir hacia su primera gira en EU. Media hora antes del concierto (en el Saville Theater, propiedad de Brian Epstein, manager de los Beatles) Jimi entró al camerino y puso el primer track del Sgt. Pepper's...: "Abrimos con esta", les dijo. Noel Redding y Mitch Mitchell, a quienes debemos imaginar medio atónitos, memorizaron las instrucciones de Hendrix y salieron a tocar. 


Si bien los Beatles eran fans de Hendrix, la apuesta fue totalmente arriesgada por donde se quiera ver. ¿Qué apuesta no lo es? Las consecuencias pudieron haber sido catastróficas para Hendrix y su banda -McCartney fue pieza clave para incluirlos en el cartel para el legendario Monterey Rock Festival...


El concierto acaba. Fiesta en el departamento de Epstein. Jimi Hendrix toca la puerta y es recibido por Paul McCartney con un porro en la boca, that was fucking great man! Años más tarde, McCartney afirmaría que el cover de Hendrix al Sgt. Peppers... fue one of the greatest honors of my carreer.


El libro que hay que leer es Room full of mirrors: A biography on Jimi Hendrix de Charles R. Cross. Aquí la rolita legendaria:





miércoles, 14 de octubre de 2009

Escritos sobre mosquitos, 1

, Todo ángel es terrible; todo mosquito es un ángel, mensajero de un dios impertinente que sin ninguna duda, no sabe pararse temprano.
, Todo mosquito es un ángel: su mensaje es el dolor inherente a la existencia. Nos dice el Buda que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Bien. El mensajero del Buda, deificando su figura contra todos sus presupuestos, sería la tortuga, ese ser que puede vivir cien años de golpe imitando la paciencia de su hermana, la piedra de río, pero que muere al poco rato de inanición sobre el peso de su propio cuerpo si una corriente de aire o niño la voltea sobre su eje y la deja patas arriba.
, Todo mosquito es terrible: su revelación tiene la forma de un diablillo vulgar de feria; inmediato, atemorizante, vate de todos los terrores nocturnos, fundador de todas las religiones -perdón- de todas las supersticiones.
, He pensado que los mosquitos son una subespecie inofensiva, no por ello menos molesta y peligrosa, de alacrán. Una variedad de alacrán con alas.
, Francisco Tario tiene un aforismo maravilloso sobre los mosquitos; prometo pasarlo pronto.
, Mosquito, aguja hipodérmica insaciable. Mosquito, helicóptero vampiro. Mosquito, flor venenosa.
, El mosquito sabe de su peligro, de la incomodidad que provoca. Por una cruel forma de ternura, para compensar el fastidio de su presencia, mata besando.
, Me alarma saber que en México los casos de dengue (¿fièvre du moustique?, ¿moskito flu?) son tan numerosos como los de influenza AH1N1. Las autoridades previenen sobre no tener agua de flores muertas en la casa, hábitat propicio para los mosquitos transmisores del dengue. El pacto de los mosquitos con la muerte es más duradero que ningún otro: ante la mortalidad sencilla de su especie, ante su fragilidad de creatura hecha de la costilla de una porción de pelusa, el agua de la muerte alimenta su innumerable progenie chingativa.
, El mosquito es tan ligero que camina sobre el agua; el agua no parece notar su presencia evanescente, casi espiritual sobre las cosas, más que física. El dios de los cristianos parece, pues, por los rasgos, una especie superior de mosquito, un übermoskito.
Imagen: Impact-Lab.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Desde Honduras

Recibí este mail hace unas horas. El tono preocupante recuerda lo más siniestro de las dictaduras militares del siglo pasado en América Latina, recuerdo constante de una forma política del horror que parece seguir viva. Lo posteo acá como antecedente de primera mano; desconozco a quiénes se refiere como "compañeras", o de qué grupo se trate; uno no sabe lo que ocurre realmente ni lo que vendrá. Pero si hay que hacer un archivo de la infamia ningún documento es mínimo.
DESDE HONDURAS
Fwd: Urgente compañeras Andrea: Nos acaban de avisar que van a realizar un corte de energía por 48 horas a partir de las siete de la noche en el territorio nacional, así que no podremos salir a comprar comida, ni nada, van a sitiarnos. Desde San Pedro Sula reportan que los militares se han metido a las casas a sacar a la gente que venía de la manifestación, mi hermana que es dirigente magisterial está golpeada, pero pudo llegar a su casa. El ejército está en los barrios y en las colonias entrando a las casas, así que estamos esperando y listas. En San Pedro Sula están deteniendo a la gente y encerrandola en el Estadio Olímpico, aquí en Tegucigalpa en el Estadio Chochi Sosa (al más puro estilo Pinochet). El ejército está entrando en los hospitales, sacando la gente. Necesitamos estar conectadas, por favor difundan esta noticia, difundan que estamos en peligro de ser detenidas, lo de la entrada de los militares a los hospitales, la detención de la gente y de las mujeres. Si no pueden comunicarse por esta vía porque no sabemos que viene, traten de comunicarse a los celulares. Un abrazo, desde el amor, el temor y la resistencia. Jessica

domingo, 17 de mayo de 2009

Anti-elegía por Mario Benedetti

, Resulta que se murió Mario Benedetti. La muerte de autores que admiro y leo me conmueve siempre (sigo inconsolable, believe it or not, por la muerte de Baudrillard, a años de distancia). La de Benedetti no me toca de esa forma. He visto comentarios en blogues o jeisbooks de tono celebratorio: murió el ícono, acaso último, del poeta rock-star/best-selleresco, el que puede llenar estadios y conmover hasta las lágrimas a multitudes enardecidas de adolescentes y señoras que se saben de memoria sus versos. Yo no celebro su muerte, pero tampoco me apena demasiado. Mejor el cinismo que la hipocresía.

, Fuera de la muerte de un hombre, supongo que será momento de valorar en retrospectiva la obra benedittiana (la muerte no puede ser sino el punto final de cualquier obra). Pero me detengo: apenas leí, entre por accidente y compromiso algunas cosas de Benedetti, y rescato un verso: no te salves, de un poema que no me acuerdo ni cómo se llama.
, Cuando trabajé en la librería, los únicos poetas por los que la gente preguntaba eran Sabines, Neruda (los 15 poemas y para de contar...) y Benedetti. Una pena la ocasión que me pidieron algo de Dylan Thomas y no había nada, en fin. Volviendo: ¿qué hace tan accesible y/o atractiva la obra de estos tres poetas específicamente? Aventurando un respuesta, sobre Neruda por ejemplo, que lo mejor y lo peor de su poesía están en su titánico uso del lenguaje: cataratas de flores y geografías lunares para describir una piedra... Pero Neruda es grande, tan grande que se da el lujo de tener en su obra libros fundamentales de la poesía latinoamericana y mundial y universal (pienso en las Residencias, específicamente) y cosas deleznables por cursis y facilotas. Con Sabines pasa que tiene poemas MUY buenos y otros que son fotocopias de ellos; sería cruel negarle poder a la Tarumba, por ejemplo. Con Benedetti... no sé, de verdad que lo que he leído de él me parece una cosa como Neruda en chiquito, como Neruda pidiendo perdón por algo.

, Ésta aceptación pública también podría deberse, de alguna forma, a la fama y pinta de bonachones que tenían los tres. Se ven bien en sus fotos, menos severos, con menos locura o leopardos en la mirada que Baudelaire o Enrique Lihn. Se ven más como el papá de alguien que como poetas. (Que alguien, coño, me explique cómo debe verse un poeta, para entender lo que acabo de escribir...)
, El promotor de la lectura que hay en mí celebra la aceptación y consumo de estos 3 poetas por parte de las multitudes (sí, ya dijimos, de adolescentes, señoras y esposos) porque son buenas entradas a la lectura de poesía. Cuando alguien quiere empezar a leer y no sabe qué, éstas son buenas recomendaciones. Y no es una comparación del tipo "mejor Benedetti que el TVyNovelas", sino que, teóricamente, al familiarizarse el lector recién inaugurado con un lenguaje sencillo, bien hecho (que ni qué), con pretensiones formales muy predecibles, repito, teóricamente, podría desarrollar gusto por la lectura de poesía, y en última instancia seguir buscando cuando note que está leyendo la misma gata revolcada en cada libro de Benedetti. Qué generalización tan pendeja, ni siquiera lo he leído todo... Pero es la idea, creo que Benedetti cumple con hablar de cosas que le interesan a la gente, a un nivel si bien básico, pero repito, bien hecho, y por eso mismo tan accesible. Yo sé que nosotros somos poetas formales y nos embarcamos en odiseas formalistas y estructuralistas en busca del quid del ser a través del verbo... pero como decía el querido Gombrowicz, el que canta debe notar, en algún momento, antes o después, que aburre profundamente...
, Suponiendo que lo de Benedetti cumpla la función que se me ocurre adjudicarle (Curso Básico de Poemas para Dummies), con el tiempo el lector de poesía se irá alejando, más si cabe, al sentir más y más lejano lo que los libros de poemas tengan que decirle. Ya de por sí hay cierta percepción de que la poesía es una cosa de antes. En todo caso, de ocurrir, sería problema de los lectores, no de la poesía, que es otra cosa, que nadie conoce, que se sabe de oídas y que ocurre de vez en cuando. Benedetti o no Benedetti.

martes, 12 de mayo de 2009

Máximas mínimas de Gurdjieff

, Pues sí, que rastreando las fuentes e influencias del señor Jodorowsky llegué hace unos meses a Gurdjieff. El señor Gurdjieff era una especie de cirquero mágico con cara de gángster, pero fue uno de los pensadores más radicales de su momento. ¿En qué radica su "radicalidad" (valga el trabalenguas)? En que su acercamiento a lo espiritual se dio, por decirlo así, outside the box, alimentando su pensamiento de todas las fuentes posibles, el budismo zen, el zoroastrismo, la cábala, etc., integrándolo en una serie de ejercicios e ideas que son, por lo menos, provocadores.
, ¿Por qué la gente compra libros de Osho, de Cony Méndez, o va a conferencias de gurús importados, a misa, al futbol? Uno, porque creer en algo más allá de uno mismo es una necesidad. Dos, porque no podemos aceptar que este mundo sea todo lo que hay. Los ejemplos de la pregunta con que abre esta Coma pegan en la cultura popular directamente, ¿pero qué hay de los filósofos, de los científicos, de los hermenéutas del lenguaje? Ellos tampoco pueden aceptar que lo sensible sea el mundo, que la consciencia esté en su punto ideal para entregarnos lo humano en todo momento... La necesidad es la misma, y para el hambre unos comen un filete, otros una maruchan, otros el rocío que deja un ángel cuando corre sobre la gota de la noche una vez cada 300 años, otros nada. La necesidad es la misma.
, El esoterismo, los libros o conferencias de superación personal, creo que no nacen de una intención por hacer cosas de mal gusto (¡en verdad lo creo!), sino que son un intento de acceder a lo espiritual sin tener que esforzarse demasiado. Ejemplo: uno va a hacerse una limpia, a que le lean las cartas, o lee "Los hábitos de los [inserte cualquier ocupación] altamente efectivos" porque tiene un vivo deseo de mejorar su vida, de ser un poco más feliz, de explicarse el mundo y vivir en él con menos angustia. Por las mismas razones se va al psicólogo. Pero pasa con el esoterismo o la filosofía de supermercado que (es mi caso) se desconfía de ello porque exigen una supresión del pensamiento crítico. La gente no entiende por qué funciona, pero se siente mejor. Por un tiempo. Y con el arte pasa igual: hay quien dice "¡ah, un Da Vinci!", más por el peso de la marca registrada Da Vinci como valor que por una apreciación estética. Hay valores en los libros de superación personal o en la medicina tradicional que funcionan, me parece, porque nos dicen lo que queremos oír (vg. que estamos muy mal, muy mal, pero que hay solución...), a la vez que implantan el germen de la esperanza. La necesidad de buscar respuestas es parte de terminar con la angustia. Supongo que uno acepta la angustia cuando empieza a hacerle preguntas, a relacionarse con ella (ver máxima 83). Pero es más sencillo tirarle mierda a todo que aceptar que algo duele, que el mundo a veces, y generalmente, duele.
G. ha dicho que el hombre puede renunciar voluntariamente a cualquier placer, pero que es casi imposible que renuncie a su propio sufrimiento.
, El que hizo "popular" a Gurdjieff (G. para los cuates) fue su discípulo-fanfromhell, Ouspensky. Él es el gerente de relaciones públicas que todos sueñan: cree ciegamente en que eres lo mejor está dispuesto a lo que sea para demostrarlo; incluso a disolver y transmitir las contradicciones de tu pensamiento de manera que todo quede más o menos coherente...
, G. no es dios, nos queda claro, y Kant también se contradice. Somos humanos, carajo. Pero, a mi ver, lo más rescatable de lo que conozco hasta ahora del pensamiento de G. es que el conocer, es decir, el apropiarse conscientemente de lo que se conoce no mejora en sí misma la consciencia, ni nos da una mejor comprensión del mundo. Es excitante leer algo (por ejemplo) y sentir que se absorbe una gran cantidad de conocimiento. Pero si esa pasión no transmina todos los aspectos de nuestra vida, somos parcos, hipócritas. Por eso me dicen "mamón" cuando digo que está bien ser riguroso, jugar al juego en serio... Si el señor escritor se viste de cosas bonitas para decir en sus conferencias y lecturas, pero en su vida va diciendo mierda o peleándose con la gente, ¿de dónde salió esa obra? ¿Generación espontánea? ¿Concepción in vitro? Creo que aplica a lo que mis tres lectores gusten. Lo que G. propone es un ejercicio radical de congruencia. Si vas a ser el malo de la película, sé un malo realmente genial, hasta las últimas consecuencias. Si vas a ser dios, no te olvides de ser dios todo el tiempo, incluso cuando te bañes, defeques, o le hagas el amor a tu diosa. Esta lección Dalí la tenía muy clara.
, Estas ideas que reproduzco a continuación las leí por primera vez en el librito de Jodorowsky, El maestro y las magas, pero también las encuentran en internet como "mandamientos de Gurdjieff", lo que se me hace excesivo, puesto que el señor G. no los escribió en un idioma de fuego en las tablillas de la ley; otra variante es "máximas de Gurdjieff", que tiene un regusto a compendio de frases célebres medio incómodo. Como sea son buenas ideas, muchas, más cercanas al sentido común (a eso que alguien dio en llamar sentido común y que es privilegio de unos pocos) o a una visión espiritual de una convivencia cívica entre el hombre y los otros, que a los viejos esquemas de premio-castigo con los que la religión opera sus prédicas. En mayo del 2009, los llamaríamos tweets de Gurdjieff:

1. Fija tu atención en ti mismo, sé consciente en cada instante de lo que piensas, sientes, deseas y haces.
2. Termina siempre lo que comenzaste.
3. Haz lo que estás haciendo lo mejor posible.
4. No te encadenes a nada que a la larga te destruya.
5. Desarrolla tu generosidad sin testigos.
6. Trata a cada persona como si fuera un pariente cercano.
7. Ordena lo que has desordenado.
8. Aprende a recibir, agradece cada don.
9. Cesa de autodefinirte.
10. No mientas ni robes, si lo haces te mientes y te robas a ti mismo.
11. Ayuda a tu prójimo sin hacerlo dependiente.
12. No desees ser imitado.
13. Haz planes de trabajo y cúmplelos.
14. No ocupes demasiado espacio.
15. No hagas ruidos ni gestos innecesarios.
16. Si no la tienes, imita la fe.
17. No te dejes impresionar por personalidades fuertes.
18. No te apropies de nada ni de nadie.
19. Reparte equitativamente.
20. No seduzcas.
21. Come y duerme lo estrictamente necesario.
22. No hables de tus problemas personales.
23. No emitas juicios ni críticas cuando desconozcas la mayor parte de los hechos.
24. No establezcas amistades inútiles.
25. No sigas modas.
26. No te vendas.
27. Respeta los contratos que has firmado.
28. Sé puntual.
29. No envidies los bienes o los éxitos del prójimo.
30. Habla sólo lo necesario.
31. No pienses en los beneficios que te va a procurar tu obra.
32. Nunca amenaces.
33. Realiza tus promesas.
34. En una discusión ponte en el lugar del otro.
35. Admite que alguien te supere.
36. No elimines, sino transforma.
37. Vence tus miedos, cada uno de ellos es un deseo que se camufla.
38. Ayuda al otro a ayudarse a sí­ mismo.
39. Vence tus antipatí­as y acércate a las personas que deseas rechazar.
40. No actues por reacción a lo que digan bueno o malo de ti.
41. Transforma tu orgullo en dignidad.
42. Transforma tu cólera en creatividad.
43. Transforma tu avaricia en respeto por la belleza.
44. Transforma tu envidia en admiración por los valores del otro.
45. Transforma tu odio en caridad
46. No te alabes ni te insultes.
47. Trata lo que no te pertenece como si te perteneciera.
48. No te quejes.
49. Desarrolla tu imaginación.
50. No des órdenes sólo por el placer de ser obedecido.
51. Paga los servicios que te dan.
52. No hagas propaganda de tus obras o ideas.
53. No trates de despertar en los otros emociones hacia ti como piedad, admiración, simpatía, complicidad.
54. No trates de distinguirte por tu apariencia.
55. Nunca contradigas, sólo calla.
56. No contraigas deudas, adquiere y paga en seguida.
57. Si ofendes a alguien, pi­dele perdón.
58. Si lo has ofendido públicamente, excusate en público.
59. Si te das cuenta de que has dicho algo erróneo, no insistas por orgullo en ese error y desiste de inmediato de tus propósitos.
60. No defiendas tus ideas antiguas sólo por el hecho de que fuiste tú quien las enunció.
61. No conserves objetos inútiles.
62. No te adornes con ideas ajenas.
63. No te fotografíes junto a personajes famosos.
64. No rindas cuentas a nadie, sé tu propio juez.
65. Nunca te definas por lo que posees.
66. Nunca hables de ti sin concederte la posibilidad de cambiar.
67. Acepta que nada es tuyo.
68. Cuando te pregunten tu opinión sobre algo o alguien, di sólo sus cualidades.
69. Cuando te enfermes, en lugar de odiar ese mal considéralo tu maestro.
70. No mires con disimulo, mira fijamente.
71. No olvides a tus muertos, pero dales un sitio limitado que les impida invadir toda tu vida.
72. En el lugar en que habites consagra siempre un sitio a lo sagrado.
73. Cuando realices un servicio no resaltes tus esfuerzos.
74. Si decides trabajar para los otros, hazlo con placer.
75. Si dudas entre hacer y no hacer, arriésgate y haz.
76. No trates de ser todo para tu pareja; admite que busque en otros lo que tú no puedes darle.
77. Cuando alguien tenga su público, no acudas para contradecirlo y robarle la audiencia.
78. Vive de un dinero ganado por ti mismo.
79. No te jactes de aventuras amorosas.
80. No te vanaglories de tus debilidades.
81. Nunca visites a alguien sólo por llenar tu tiempo.
82. Obtén para repartir.
83. Si estás meditando y llega un diablo, pon ese diablo a meditar…