Desde hace unos años he tenido la extraña fortuna de ser invitado para leer mis textos en diferentes foros. Comencé participando en slams de poesía, o bajo la hospitalaria modalidad del micrófono abierto, cuyos únicos requisitos son la paciencia para esperar el turno en una sesión maratónica y un poco de bravura para encarar la soledad del texto con la soledad del oyente.
Le acabo de leer a Raúl Zurita una frase similar: "Una lectura pública es siempre una soledad apelando a otra soledad."
Por la magia de las asociaciones, desemboco en otra soledad: Una soledad demasiado ruidosa, del checo Bohumil Hrabal, soledad del operario de una máquina que une y sintetiza los papeles dispersos de la cultura, soledad del trabajador apelando a la soledad de su oficio.
Una lectura pública puede ser, efectivamente, una soledad demasiado ruidosa, cuando el ruido está compuesto por soledades dispersas que no se conocen a sí mismas, que no se hacen escuchar. Cuando los escenarios están más llenos que las gradas.
Siempre he defendido que uno debe merecer el silencio que una audiencia le preste: debe ganarlo incluso, disputarlo con la vida, con el humor, con los recursos que uno tenga a mano para levantar un par de palabras frente al mundo no para formar una barrera sino un puente. Un puente invisible pero firme, que aparece milagrosamente no cuando alguien lee, sino cuando alguien escucha.
He sentido la vitalidad de ese puente al constatar que en todas partes existe ese raro ser mitológico, difícil de definir, siempre ajeno a la forma arquetipal del mero lector, a saber, el lector de poesía, o el peatón casual que pasa por un portón y se queda pegado en la cera de los altavoces, un anti-Ulises, un marinero llamado Butes que se deja apresar por el influjo de la voz que viene de las olas, que se pierde ahí.
Ese influjo, según Zurita, no es sino el de uno que "sin esperanzas de ser escuchado, alguien que no soy yo dijese por mí: me estoy muriendo y te doy lo que queda de mi vida, y que desde una galaxia lejana, alguien borroso e improbable, el lector, le respondiese: y yo te doy lo que queda de la mía."
El que lee y el que escucha comparten la vida de una voz (¿tercera?, otra, en todo caso) que los cobija y les presta nada menos que aliento: aliento vital.
En el vértigo de las lecturas, he servido a ese aliento y ese aliento me ha mantenido en pie frente al mundo cuando se convierte en ola y amenaza con romper. Sin embargo, porque todo hay que decirlo, cada vez me queda más claro que las lecturas públicas son espectáculos para nadie: proyectos sacados adelante con amor y necedad que convocan a los "poetas" a compartir el autismo de sus soledades respectivas, sin que aparezca, salvo por milagro --y los milagros ocurren todo el tiempo--, el huidizo lector.
He leído en hermosos escenarios con un sonido magnífico sólo para ser captado por las cámaras mudas que retransmitirán el documento --la imagen-- a las redes sociales; he gritado al megáfono que rompe mi voz y la convierte en ruido; he leído para dos transeúntes sobre Reforma y para los organizadores. Incluso he hablado con amigos de que las lecturas parecen hechas cada vez más para ser documentadas que presenciadas, lo que deja a esa voz-puente de la que hablaba en una posición irrelevante, inútil. Lo mismo daría leer que no leer, mientras las fotos quedaran colgadas en Facebook.
Las lecturas de poesía tienen un carácter cada vez más espectacular y propagandístico que literario: se promocionan las editoriales, el gobierno, los colectivos, y los requeridos a la lectura fungen como embajadores públicos de un mensaje con el que no siempre comulgan. Tal vez sea error de formación, pero para mí una lectura de poesía debería tratarse de la poesía misma, no de la promoción de tal o cual proyecto. Tomar postura no es lo mismo que militar: pero con todo que desconfío de las militancias --el destino del ser humano no es, no puede ser convertirse en soldado--, creo en la potencia vital de la imaginación. No estaría vivo hoy de no creerlo con todas mis fuerzas.
He leído en plazas públicas, en auditorios, en salones de clase, en mercados, en callejones, en teatros, en museos, en fronteras, en ruinas, en casas abandonadas o embrujadas, en dependencias de gobierno habitadas por fantasmas, en parques, en avenidas principales, en azoteas, en bares, en cafés, en cantinas, en restaurantes, en asilos de ancianos, en cárceles, en sanatorios mentales, en cine, radio y televisión, en jardines de niños y en universidades, en autobuses, en andenes, en vagones en marcha, en ventanas, en balcones, en desiertos, en zoológicos, con micrófono o sin él, porque me ha parecido conveniente, necesario, divertido, o porque no he sabido negarme.
Y a veces creo que me invitan incluso por eso: porque no he sabido negarme.
Llevo más o menos diez años diciendo que sí, agradeciendo, parándome en donde me citen para decir mis cosas, tomándomelo como una labor sagrada que sin embargo no es grave, ni trágica, simplemente necesaria. Sigo creyendo que leer en público es necesario, a la vez que voy aprendiendo a decir no algunas veces. Porque la cacofonía que producimos al leer sin escuchar a los demás también nos ensordece.
He tratado de curarme la sordera apelando a nuevos recursos y lenguajes: me he comido mis palabras --las he encontrado dulces y venenosas, como colmenas vivas-- y las he quemado, y me he quemado con ellas, y más de una vez he visto cómo ese puente que servía para acercar me ha alejado de los otros. "Pero Raya, tú no ocupas performance", me dijo Mavi cuando le explicaba mi última intervención. Y tal vez es cierto: tal vez se me olvidó que incluso la propia presencia, cuando no es cimiento de la voz, es estorbo.
Al negarme a participar en ciertos eventos voy a tratar de aprender a escuchar. Quiero convertirme a veces, yo también, en el mítico lector de poesía que llega y toma su lugar en el puente de la voz. Siempre me van a temblar un poco las piernas antes de subir al micrófono, y si la voz tiembla es porque el poema está temblando. Y ahora que lo sé necesito recordarlo: quiero escuchar yo también sin esperar mi turno en esa lista de fusilados frente a la pared de silencio de los auditorios vacíos. Quiero, tal vez, contribuir un poco más a llenar las tribunas despejando los escenarios.
Dice Zurita: "Leer en público es para mí como hablar en sueños." Voy a procurar no hacer mucho ruido para dejar a los soñantes soñar.
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miércoles, 28 de octubre de 2015
Espectáculos para nadie (sobre las lecturas públicas)
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Javier Raya
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lunes, 4 de mayo de 2015
Considerar
La sensación de ser, de hecho, está siempre partida y compartida y la amistad nombra este compartir.
-Giorgio Agamben, "El amigo", p. 51
, A veces siento que los libros son como instrumentos musicales, y que los lectores no son sino ejecutantes, improvisadores que le ponen su propio estilo al estilo del libro. He conocido algunos virtuosos del leer, como el Sebas, que todo lo lee como Sebas, o como Lauri, Javi, Tania, Rojo, Ed. La sensación de poder "ejecutar" un libro como si fuera una melodía es más liberadora que la dictadura de los talleres de lectura y redacción y compresión lectura, que efectivamente comprime la imaginación y asienta modos correctos e incorrectos de leer.
, Comprender y decodificar un texto, en nuestros días, ya son parte de las funciones que un buen esclavo, quiero decir, un buen trabajador, debe tener incluidas por defecto. De hecho, es una de las áreas de competitividad (competencias) elementales y necesarias para las modernas democracias competitivas. Enseñar a leer y escribir se considera un gasto de producción, por lo que la lectura y la escritura artística pasan a verse como un lujo anticuado. Vivimos en una época post-aristocrática que no puede permitirse el consumo de productos no relacionados en alguna medida con lo que ofrece el mercado, el gusto de los más. Las drogas comparten un escaño similar, entre el lujo y el gasto inútil en detrimento de la salud, uno de los más cacareados pseudo valores democráticos atacado en esta operación.
, Nico se despierta por un trueno. No dice que tiene miedo, sino que llega y te pregunta por qué no te has dormido. A lo mejor cuando somos niños creemos que el mundo entero --empezando por nuestros padres-- se suspende cuando nos vamos a dormir. Lo cargo y vamos por una galleta a la cocina. La comemos de vuelta en su cama, teniendo una fascinante conversación sobre los orígenes del clima. Es el rock and roll de Dios, decimos. Si el cielo fuese un amplificador, el trueno sería un guitarrazo, y la lluvia, un inabarcable solo de batería con infinitos tambores. En esta casa no creemos en dioses que no amen la música.
, He pasado mucho tiempo siendo analfabeta del otro. De los otros. Me desesperan todavía, a veces, los rostros, las voces, los gestos. Camino en la calle y las multitudes me fascinan y me repelen como un desastre natural. Hay cierta belleza absurda en su paso ciego y sordo por, como la que derivan ellos mismos de ver videos de tsunamis en YouTube. Un desastre constituido por millares de pies desbordados, pies sin ojos, ojos metidos en sus propias cabezas de tortuga, los menos; los más, en sus celulares. Tal vez yo mismo vaya perdido en mi propia cabeza sin considerar al otro, o considerándolo más bien una especie de inundación, de huracán, o la más insufrible especie de este planeta que disfruta de vivir hacinado entre los suyos, como las ratas o las cucarachas, pero también como los cardúmenes o las parvadas. Me fascinan y me llenan de asco las mismas cosas que a todos los demás, pero a mi propio modo. Percibir como percibimos y pensar como pensamos es lo que nos hace ser nosotros mismos; pero percibir, pensar y hacer con el otro, es lo que define propiamente el ser amigos.
, Me gusta mucho la palabra considerar. No quiero buscar su definición en los diccionarios ni su etimología. Me hace bien tenerla a la vista en la mente. O al oído en la mente. Pero también en la tripa. Y entonces veo (¿o escucho?) estrellas. Siderar me recuerda a sideral, lo que me recuerda al espacio. Pero el espacio es simplemente un mar en calma que cruzamos en un mismo barco muy quieto. Consideramos porque nos rigen estrellas similares. Las estrellas, los planetas y las lunas son las mismas para todos los que van en ese barco. Si a la tripulación se nos pierden nuestras estrellas (del latín sidera, que ha aparecido ya en una ventanita de mi diccionario integrado), concurrimos al mismo desastre, al mismo vernos privados de los instrumentos de navegación. A taparse las bocas y los oídos en el rigor más desastroso de la tormenta. Pero también a observar el propio miedo en el miedo del otro, o bien prestarle con nuestra mirada un valor que tampoco siente, pero que sabe leer en nuestro rostro, y de tanto leerlo termina por sentirlo. Por con-sentirlo. Ese con-sentimiento, diría Agamben, es a la propia existencia. Ser es decir sí al otro, o en heideggeriano, el amigo sería la mismidad del sí en nuestro sí mismo.
, A veces me veo atacado por el mismo mal que las democracias modernas: no puedo escribir sin sentir que trabajo, sin sentir que tengo que hacer un punto, redactar una nota o resolver algún problema. Y eso era lo que me gustaba del blog, esa sensación de ensayar que el ensayo confunde con poesía.
, Confundo a propósito leer con ser.
, Contextos en que usamos la palabra considerar (aka, cosas que consideramos): las estrellas, nuestra suerte, la situación, las posibilidades, las alternativas, las palabras, los amigos.
, Nerea es una de las mejores lectoras que conozco; Meme es uno de los peores. Sin embargo, no sé por qué pienso que se llevarían muy bien. Tal vez incluso se gustarían. Y creo que es porque comparten esa cualidad de "lectura expandida sobre el mundo" que me gusta en mis amigos; probablemente esta cualidad tenga un nombre, pero no lo conozco. A lo mejor Nerea le llamaría "personalidad" y Meme le llamaría "onda". Pero uno se sorprende de cuántos psicoanalistas saben leer "vibras" y cuántos diseñadores gráficos saben describir las sutilezas de su propio ego.
, La tormenta ya ha terminado y la arena en los párpados de Nico amenaza con rebosar. Antes de que se quede dormido, hablamos de las dos formas de miedo que podemos identificar en las personas. Por un lado, el miedo en los ojos, que consiste en taparse los ojos; sólo algunos, como él y los gatos, son suficientemente sensibles al miedo en los oídos. El miedo en los ojos consiste en taparse los ojos. Pero Nico reacciona al temor tapándose los oídos en vez de los ojos. No es que no sintamos miedo por lo ojos, sino que los ojos se paralizan más rápido que los oídos: los oídos no tienen párpados, por lo que les prestamos nuestras manos cuando el terror ha saturado nuestros ojos. Los que nos asustamos con los oídos nos asustamos, por así decirlo, más completamente.
, La lectura, la escritura, el sueño, el arte, el deporte, la conversación, los placeres, los vicios, las obligaciones, las neurosis: rasgos que se da uno a uno mismo para ser uno mismo.
, La humanidad es un puñado de afectos y un puñado de ideas. La humanidad de uno, la propia, la de los suyos. La humanidad de los que poseemos porque nos poseen, porque somos poseídos por ellos. Poseídos no como propiedad, sino en el sentido en que se dice que un demonio posee a alguien. Nos ponemos en el lugar de nuestros amigos porque nos gusta cómo se ve el mundo desde allí; es por eso que al sentir consideración por parte del otro, terminamos haciéndonos amigos. Nico lo sabe perfectamente. Los amigos no te lastiman, y si nosotros los lastimamos sin querer, hay que pedirles una disculpa. La humanidad personal, los humanos paradigmáticos, son aquellos a los que amamos y admiramos. Son a los que sentimos que les debemos mucho, pero con quienes no nos sentimos precisamente en deuda. Son a los que no quisiéramos ofender, a los que consideramos y por quienes somos considerados. En ese sentido, la desconsideración es uno de los peores gestos que se pueden tener con los demás, porque equivale a una miopía al ser del otro. Ser desconsiderado es asesinar metafísicamente al otro; es comportarse como si el otro en realidad no estuviera ahí.
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viernes, 20 de febrero de 2015
Títulos sin título
, Me gustan los títulos de los libros, a veces más que los mismos libros. No quiero empezar a decir puras tonterías y lugares comunes al respecto, lo cual por otra parte es inevitable cuando ya todo está dicho desde el principio. Entro a una librería con mi mujer y ella recorre estantes y mesas con agilidad, con una ligereza envidiable; , pero lo traigo fresco porque hace unos días estuvimos viendo libros mi mujer y yo, y se me ocurrió que podría dejar de leer libros y dedicarme a leer títulos. Después de todo los críticos y comentaristas literarios siempre hablan de "los nuevos títulos" o del "último título" de tal o cual autor, como si no se escribieran libros sino títulos para lorem ipsums.
, A veces me pongo a pensar que debe haber algún académico (o tal vez una rama entera de los estudios literarios) abocada por completo al estudio de los títulos. Seguramente se proponen precisas clasificaciones de todos los tipos de títulos posibles: los unimembres (Ulises), bimembres (Cumbres borrascosas), plurimembres (Salir con vida), etc; los referenciales (Usos y costumbres del castellano en la Sierra Gorda de Querétaro durante el siglo XVIII) y los metafóricos (El llano en llamas); los nominales (Anna Karenina), los toponímicos (Nocturno de Chile); pero tal vez nunca llegarán a la concreción y precisión de los bonitos y los feos, que un lector con cierto gusto identifica de inmediato. A lo mejor ese fue siempre mi problema con la academia: no la manía de las clasificaciones, sino la grosera falta de gusto.
, Llevo varios años trabajando en mi propio lorem ipsum para un título: La rebelión de los negros. El título no se me ocurrió a mí. Es un equivalente literario a un condominio (un condemonio) de tiempo compartido. Muchos lo hemos utilizado indistintamente; es, en cuanto a títulos, lo que "Luther Blissett", "Wu Ming" o "Anónimo" son en cuanto a autores: una referencia táctica sin contenido concreto; una maquinaria que cualquiera puede echar a andar. Sospecho que cualquiera sabe de qué se trata La rebelión de los negros, o se puede dar una idea fácilmente.
, Hay que celebrar que en las muchas puntadas pseudo conceptuales de los literatos flojos (ya se vislumbra desde hace tiempo que al gremio cada vez le gusta menos escribir) no se les ha ocurrido todavía titular como "Sin título" un libro.
, Luego se me ocurre que mi falta de memoria es una tara muy conveniente para no acordarme de cosas sobre las que no quiero opinar, o de gente con la que no quiero tener nada que ver, pero también de títulos de libros en los momentos más inoportunos. A veces me acuerdo de pasajes intrascendentes pero que me movieron algo en la entraña definitivamente; no puedo recordar al autor, la editorial, el año de publicación ni mucho menos el título, pero recuerdo que tenía una flor azul en la portada, o que en alguna parte una chica bajaba las escaleras con gesto de profunda estupefacción.
, Ese rasgo de olvido selectivo podría ser un recurso de lectura divertido. Apunta David Huerta que los lectores se convirtieron en presentadores oficiales de libros, esto es, de títulos, pues en ocasiones eso es lo único que tienen para preparar un comentario. ¿Qué pasaría si un presentador de libros decidiera inventarse el libro (ha ocurrido, me consta) en lugar de leerlo? ¿Y si llevamos el juego al extremo y dejamos de leer para ponernos a inventar lo que va entre tapa y tapa? Finalmente, a los mercadólogos y comerciantes de libros no parece importarles demasiado el grueso de las páginas, sino únicamente las portadas y los títulos (hola, señora loca de Amagrana). No juzgamos un libro por su portada, sino, ay, por su título.
, Imagino que sería un buen comercio el de los títulos: así no tendríamos la decepción de ver títulos hermosos en libros que no les hacen justicia. Podrían pubicarse compendios de los títulos más promisorios de cada temporada y la gente podría hablar a sus anchas de lo que le evocan los títulos que, claro, nadie leería de todas formas.
, En la preparatoria, mi mejor amigo se ligó a la chica que me gustaba. No me dolió tanto como ver, hace unos años, un poemario de una persona detestable con el mismo título que había estado trabajando yo durante un año o poco más. Lo tengo por ahí, archivado, como la molécula que no puede ocupar el mismo lugar que otra en el mismo espacio.
, "Título" también remite a los títulos nobiliarios, que involucionaron en apellidos, que involucionaron en títulos de propiedad, académicos, financieros, a lo meramente titular del número impreso en las identificaciones oficiales con fotografía, que esperan su momento para fagocitar los nombres de la gente, como contenidos estorbosos e innecesarios (títulos de sujetos) cuando la subjetividad se haya homologado por completo.
, Los libros sin tapas: tremendo título de Felisberto Hernández. A lo mejor por eso mismo podía darse el lujo de títulos genéricos como "Fulano de Tal", o mejor dicho, de elevar lo genérico al grado de título. Un escritor mediocre se propondrá objetivos mediocres, malogrando buenos títulos; pero un escritor fuera de serie como Felisberto puede darse el lujo de un título genérico para una escritura anómala. Como si el título y la escritura misma fueran un mero pretexto para el flujo narrativo; como si lo importante fuera narrar, no titular, rotular, empastar, editar, etc. Simplemente narrar.
, Narrar y narrar.
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sábado, 5 de noviembre de 2011
La casa invisible
Mi versión del turismo consiste en escuchar hablar idiomas que no domino, en películas sin subtítulos, por ejemplo. De ahí han surgido pequeñas diversiones privadas para mí: encontrar algo de la /r cantonesa en la /r del sueco; suponer que en ruso alguien siempre está disculpándose por algo que aún no hace; que la música del italiano reordena las cosas del hablante como una mesa llena de objetos de un mago, o que el francés es una lengua hecha para hablar en voz muy baja.
¿Pero es que se puede dominar un idioma como si uno fuera una especie de Napoleón lingüístico? ¿Se puede sostener una frase tan peregrina como "dominar una lengua"? Para los idiomas, acaso mucho, mucho más que para el amor, claudicar es la única forma de negociación: hay que entrar al idioma, al universo del sentido en general, con la espada extendida. El mango por delante, naturalmente.
Vivir en idiomas desconocidos como en casas muy viejas. Observar las cáscaras de pintura que se caen. Observar la pintura que otros pobladores más viejos han dejado, las pequeñas marcas que los delatan: los idiomas son casas donde han vivido muchos antes que nosotros. Podemos hallar de pronto el hueco de un clavo, que ya no sostiene el retrato de nadie; manchas de sol o de humedad, tecatas de mugre que la brisa de la ventana mece sin romper. El idioma puede verse como una ruina o como una colección de huellas: su conjunto no cuenta una historia común sino a condición de contar la historia de los hombres a través del relato de su propia historia. Esta historia no reconstruirá nada, pero construirá ruinas diferentes. Como el Distrito Federal de México, el idioma es una ruina hecha sobre incontables ruinas que la cimentan. Ruinas sagradas, cabe puntualizar.
La casa más desconocida es la propia. Notamos la extrañeza de las viejas casas de otros idiomas, pero vemos con ojos llenos de costumbre la propia. Me persuado por ello de no vivir en ningún idioma, de no tener lengua materna, de hablar y escribir desde una intemperie artificial. Me es preciso creer que el castellano que hablé esta mañana es un idioma absolutamente diferente que el castellano en que escribiré esta noche. Me persuado, pero fallo: es el idioma quien me inventa siempre, sin que yo posea ninguna potestad sobre él. El idioma es la derrota más dulce.
La casa dentro de la casa de los idiomas: la hospitalidad original del lenguaje. ¿Herramienta? Es cierto, hay gente que no se limpia los pies para entrar al idioma. Yo por mi parte trato de entrar en su casa siempre descalzo. Quiero sorprender a los fantasmas del idioma mientras duermen, ver si puedo colarme por la rendija de sus pesadillas, tenerles una tisana lista por si despiertan en sobresalto. Claro, yo también trabajo todos los días con el idioma como una herramienta; me queda al final del día una sensación parecida a cuando no podemos responder una llamada de alguien que amamos, o cuando los correos de gente querida se quedan sin contestar por muchas horas. Así vuelvo al idioma cada noche o cuando puedo encontrar un poco de tiempo que nadie usó: tratando de volverme infinitamente pequeño para que mis faltas pasen desapercibidas. Es una vanidad absoluta la que cree de mí que pedir un kilo de carne es una falta contra la belleza del idioma; aún no aprendo a ver lo fascinante que es que el gato dicho no sea igual que el gato escrito, y que ambos sean especies totalmente diferentes de la del gato que acaba de pasar por el pasillo, dejando la sombra de su nombre en el aire.
Pasamos temporadas en el idioma como si fuera nuestra casa. El idioma es casa, es cierto, pero no es de nadie. Todo lo más somos turistas. Recorremos los pasillos y galerías, encontramos armarios llenos de valijas que transportan su bagaje de polvo hacia ninguna parte, removemos algunas manchas de aceite de la pared de la cocina. Otras manchas las dejamos: somos turistas, repito. Algunas manchas han estado aquí, en el idioma, más tiempo del que estaremos cada uno de nosotros sobre el planeta. También esta devastación del idioma merece su compasión: la lengua no pide nada, y en cambio, nos da mundos como si fueran uvas.
Si la lengua pudiera hablar, imagino, sólo diría una cosa: dime. "Dime", así, como alguien que está abierto a escuchar; como alguien que exige una confesión; pero sobre todo, como alguien que desea ser dicho. Pienso de repente en Leónidas de Esparta con una petición tremendamente humilde para el viajante: recuérdanos. Súplica y orden del espíritu del idioma: ser dicho.
Formar, pues, en el centro de mí mismo, un espacio para que todo el caos del mundo pueda entrar. No le niego la entrada a ninguna cosa. Todo lo que pueda ser dicho se dirá, en su momento. En épocas más cínicas de mi vida he pensado que importa el decir y no lo dicho. Hoy sigo pensando que el decir efectivamente es más importante que lo dicho, pero que el decir mismo es mucho más importante de lo que mis pobres fuerzas me han permitido ver: que en un decir está la posibilidad aún viva del vínculo humano, de la comunidad posible.
Decir algo (dime, dime) es decir algo a alguien. Cuántas veces los otros no son el infierno, ¿cierto, Sartre?, pero si es que vivimos en el infierno entonces habrá que hacernos entender de algún modo. Habrá que mostrar nuestro carnet de condenados como quería Arthur, habrá que desearles buen día a los custodes, compartir opiniones sobre el día a día en la eternidad del sufrimiento. Algún gozo habrá que hallar ahí. Sobre todo: la conversación. ¿Y no es la lectura un modo privilegiado de conversar? Ahí Quevedo como siempre:
Me persuado en ocasiones, al oír hablar a alguien o en una plática cotidiana, de estar escuchando una lengua extinta. De pronto los ecos de mi griego tan mal aprendido rezuman en los goznes de una frase anodina, y el jugueteo de la sonaja árabe me toma desprevenido. Cuántas veces he mirado fijamente a los pasajeros del metro o a la gente de los cafés pensando en qué idioma hablan (¿serbio, portugués, quechua?), y siempre me sorprendo cuando reconstruyo de un boquete de sonidos los rasgos propios del castellano.
No se me malinterprete: el castellano es bello, pero el que yo lo hable o cualquiera de nosotros es un mero accidente. Importa, creo, la posibilidad del sentido que podemos recorrer dentro de una lengua, no cualquier dudoso y absurdo prestigio impostado ideológicamente sobre ella, como un fardo incómodo. Es ahí cuando digo que es de lo más tonto pensar que dominamos una lengua, repitiendo un gesto colonizador. Pienso que en vez de dominar con la lengua tal vez podamos construir alguna posibilidad dentro de los márgenes de esta casa vieja del idioma, de esta casa invisible que traemos colgada de la boca y los oídos y los ojos y las manos, de este cuerpo que puebla nuestro cuerpo de sentido; alguna posibilidad, pues, para que los que lleguen después de nosotros encuentren cómoda esta casa. Que puedan descansar aquí y pensar, y sobre todo enamorarse y consolarse cuando la bomba del amor les explote entre los dedos.
Construir tal vez un sitio de paz. Una palabra tan pequeña que al escribirla se me diluye entre los dedos. Yo nunca he sabido nada de paz. Pero tal vez, como quiere Elias Canetti, si la palabra puede producir guerras también puede resolverlas. El idioma, pues, es tan generoso, que tiene incluso espacio dentro de sí para el más absoluto horror. Afortunadamente, en esta casa hay espacio para mucho más: en todas las habitaciones hay retratos del único inquilino que tiene carta de nacionalidad en cualquier idioma y que, tal vez, sea el verdadero causante de la existencia misma de los idiomas (es decir, de lo humano): el asombro.
Una casa secreta a la vista de todos.
¿Pero es que se puede dominar un idioma como si uno fuera una especie de Napoleón lingüístico? ¿Se puede sostener una frase tan peregrina como "dominar una lengua"? Para los idiomas, acaso mucho, mucho más que para el amor, claudicar es la única forma de negociación: hay que entrar al idioma, al universo del sentido en general, con la espada extendida. El mango por delante, naturalmente.
Vivir en idiomas desconocidos como en casas muy viejas. Observar las cáscaras de pintura que se caen. Observar la pintura que otros pobladores más viejos han dejado, las pequeñas marcas que los delatan: los idiomas son casas donde han vivido muchos antes que nosotros. Podemos hallar de pronto el hueco de un clavo, que ya no sostiene el retrato de nadie; manchas de sol o de humedad, tecatas de mugre que la brisa de la ventana mece sin romper. El idioma puede verse como una ruina o como una colección de huellas: su conjunto no cuenta una historia común sino a condición de contar la historia de los hombres a través del relato de su propia historia. Esta historia no reconstruirá nada, pero construirá ruinas diferentes. Como el Distrito Federal de México, el idioma es una ruina hecha sobre incontables ruinas que la cimentan. Ruinas sagradas, cabe puntualizar.
La casa más desconocida es la propia. Notamos la extrañeza de las viejas casas de otros idiomas, pero vemos con ojos llenos de costumbre la propia. Me persuado por ello de no vivir en ningún idioma, de no tener lengua materna, de hablar y escribir desde una intemperie artificial. Me es preciso creer que el castellano que hablé esta mañana es un idioma absolutamente diferente que el castellano en que escribiré esta noche. Me persuado, pero fallo: es el idioma quien me inventa siempre, sin que yo posea ninguna potestad sobre él. El idioma es la derrota más dulce.
La casa dentro de la casa de los idiomas: la hospitalidad original del lenguaje. ¿Herramienta? Es cierto, hay gente que no se limpia los pies para entrar al idioma. Yo por mi parte trato de entrar en su casa siempre descalzo. Quiero sorprender a los fantasmas del idioma mientras duermen, ver si puedo colarme por la rendija de sus pesadillas, tenerles una tisana lista por si despiertan en sobresalto. Claro, yo también trabajo todos los días con el idioma como una herramienta; me queda al final del día una sensación parecida a cuando no podemos responder una llamada de alguien que amamos, o cuando los correos de gente querida se quedan sin contestar por muchas horas. Así vuelvo al idioma cada noche o cuando puedo encontrar un poco de tiempo que nadie usó: tratando de volverme infinitamente pequeño para que mis faltas pasen desapercibidas. Es una vanidad absoluta la que cree de mí que pedir un kilo de carne es una falta contra la belleza del idioma; aún no aprendo a ver lo fascinante que es que el gato dicho no sea igual que el gato escrito, y que ambos sean especies totalmente diferentes de la del gato que acaba de pasar por el pasillo, dejando la sombra de su nombre en el aire.
Pasamos temporadas en el idioma como si fuera nuestra casa. El idioma es casa, es cierto, pero no es de nadie. Todo lo más somos turistas. Recorremos los pasillos y galerías, encontramos armarios llenos de valijas que transportan su bagaje de polvo hacia ninguna parte, removemos algunas manchas de aceite de la pared de la cocina. Otras manchas las dejamos: somos turistas, repito. Algunas manchas han estado aquí, en el idioma, más tiempo del que estaremos cada uno de nosotros sobre el planeta. También esta devastación del idioma merece su compasión: la lengua no pide nada, y en cambio, nos da mundos como si fueran uvas.
Si la lengua pudiera hablar, imagino, sólo diría una cosa: dime. "Dime", así, como alguien que está abierto a escuchar; como alguien que exige una confesión; pero sobre todo, como alguien que desea ser dicho. Pienso de repente en Leónidas de Esparta con una petición tremendamente humilde para el viajante: recuérdanos. Súplica y orden del espíritu del idioma: ser dicho.
Formar, pues, en el centro de mí mismo, un espacio para que todo el caos del mundo pueda entrar. No le niego la entrada a ninguna cosa. Todo lo que pueda ser dicho se dirá, en su momento. En épocas más cínicas de mi vida he pensado que importa el decir y no lo dicho. Hoy sigo pensando que el decir efectivamente es más importante que lo dicho, pero que el decir mismo es mucho más importante de lo que mis pobres fuerzas me han permitido ver: que en un decir está la posibilidad aún viva del vínculo humano, de la comunidad posible.
Decir algo (dime, dime) es decir algo a alguien. Cuántas veces los otros no son el infierno, ¿cierto, Sartre?, pero si es que vivimos en el infierno entonces habrá que hacernos entender de algún modo. Habrá que mostrar nuestro carnet de condenados como quería Arthur, habrá que desearles buen día a los custodes, compartir opiniones sobre el día a día en la eternidad del sufrimiento. Algún gozo habrá que hallar ahí. Sobre todo: la conversación. ¿Y no es la lectura un modo privilegiado de conversar? Ahí Quevedo como siempre:
Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Me persuado en ocasiones, al oír hablar a alguien o en una plática cotidiana, de estar escuchando una lengua extinta. De pronto los ecos de mi griego tan mal aprendido rezuman en los goznes de una frase anodina, y el jugueteo de la sonaja árabe me toma desprevenido. Cuántas veces he mirado fijamente a los pasajeros del metro o a la gente de los cafés pensando en qué idioma hablan (¿serbio, portugués, quechua?), y siempre me sorprendo cuando reconstruyo de un boquete de sonidos los rasgos propios del castellano.
No se me malinterprete: el castellano es bello, pero el que yo lo hable o cualquiera de nosotros es un mero accidente. Importa, creo, la posibilidad del sentido que podemos recorrer dentro de una lengua, no cualquier dudoso y absurdo prestigio impostado ideológicamente sobre ella, como un fardo incómodo. Es ahí cuando digo que es de lo más tonto pensar que dominamos una lengua, repitiendo un gesto colonizador. Pienso que en vez de dominar con la lengua tal vez podamos construir alguna posibilidad dentro de los márgenes de esta casa vieja del idioma, de esta casa invisible que traemos colgada de la boca y los oídos y los ojos y las manos, de este cuerpo que puebla nuestro cuerpo de sentido; alguna posibilidad, pues, para que los que lleguen después de nosotros encuentren cómoda esta casa. Que puedan descansar aquí y pensar, y sobre todo enamorarse y consolarse cuando la bomba del amor les explote entre los dedos.
Construir tal vez un sitio de paz. Una palabra tan pequeña que al escribirla se me diluye entre los dedos. Yo nunca he sabido nada de paz. Pero tal vez, como quiere Elias Canetti, si la palabra puede producir guerras también puede resolverlas. El idioma, pues, es tan generoso, que tiene incluso espacio dentro de sí para el más absoluto horror. Afortunadamente, en esta casa hay espacio para mucho más: en todas las habitaciones hay retratos del único inquilino que tiene carta de nacionalidad en cualquier idioma y que, tal vez, sea el verdadero causante de la existencia misma de los idiomas (es decir, de lo humano): el asombro.
Una casa secreta a la vista de todos.
Postulado por
Javier Raya
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jueves, 13 de octubre de 2011
Próximas lecturas - octubre y noviembre
[En el link está el programa completo del Festival Iberoamericano Vértigo de los Aires 2011.]
1) MISSION ACCOMPLISHED
1) MISSION ACCOMPLISHED
Lectura junto a
Jamila Medina (Cuba) y
Wingston González (Guatemala)
Feria del Libro del Zócalo
Viernes 14 de octubre, 13:00 hrs.
2)
Presentación de mi Ordalía
(Colección Limón Partido, 2011)
Feria del Libro del Zócalo
Martes 18 de octubre, 17:00 hrs.
3)
Presentación del No. 41 de la Gaceta Literal
junto a (mi abuela) Javier Norambuena.
Cooperativa Tzikbal
(Pabellón Copilco, eje 10, local B225, 2o piso
frente a Superama de Universidad)
Miércoles 19 de octubre, 19:00 hrs.
4)
Presentación de Por los rasgos una bayoneta
(Col. La Ceibita, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2011)
Presenta Karla(tone) Olvera
Museo del Estanquillo
Jueves 20 de octubre, 19:00 hrs.
5)
Presentación de Travelling de Fernando Trejo
y mi Ordalía en
y mi Ordalía en
Casa del Poeta Ramón López Velarde
(Álvaro Obregón, algo, Col. Roma)
Lunes 21 de noviembre (por confirmar)
Y pues eso.
Lo invisible también está.
Postulado por
Javier Raya
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Ordalía
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Por los rasgos una bayoneta
miércoles, 12 de octubre de 2011
Fin de un mundo
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Javier Raya
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domingo, 2 de octubre de 2011
Horror y milagros
, El milagro es la coincidencia del azar con el deseo. El problema empieza cuando el azar, en su ser la suma de posibilidades, al cumplir el deseo, excede nuestra capacidad de recibir. Entonces nace la dignidad. Es más o menos lo que tengo que decir sobre Incendios, de Wajdi Mouawad, un evento teatral que se sigue presentando un par de semanas en el Foro Shakespeare de la ciudad de México. Pero no es lo único que diré.
, Hoy un reportero curioso del canal Cadena 3 (canal 28 en México) cito a varios exponentes de la escena de slam poetry defeña en Casa del Lago. Parece que será un reportaje a transmitirse el próximo sábado, a la una pe eme, creo. Esperé el momento para llegar "adecuadamente tarde". Antes de llegar, recibí un sms de la Señora que Sabe. Mientras contestaba, pasó junto a mí, a la mitad de Reforma, uno de los actores de Incendios. Lo saludé, le agradecí por la función de anoche, y hablamos brevemente sobre la puesta y la adaptación cinematográfica dirigida por Denis Villeneuve. Sólo hasta que contesté el sms, me di cuenta de lo absurdamente inverosímil que son este tipo de eventos. ¿Quién podría creerlo, cuáles son las probabilidades en la ciudad más poblada del mundo? Las nupcias del azar con el deseo, de maneras que superan mi comprensión. No me ocupa que nadie crea mis historias. Lo que cuento es lo que tiene una traza verificable; lo verdaderamente increíble sólo compete a los que lo viven. Son las novelas secretas.
, Sigo regalando libros como si se dieran en los árboles. Claro, son ceibitas, pienso. Técnicamente son árboles. Ayer lo vi por primera vez en una librería, la del Educal de la biblioteca Vasconcelos. Se siente raro, bonito. Se siente. Es el primero de muchos, D.
, El viernes C. me prestó Horrorism: naming contemporary violence, de la filósofo italiana Adriana Cavarero. La recepción de la violencia tanto en el cuerpo, en el llamado tejido social, y también en sus modos de representación, recibe en este lúcido ensayo un tratamiento sensible, desde la raíz de la palabra. Pensamos que el terror y el horror son formas cercanas en la constelación del miedo, sin notar que la "guerra contra el terror", y esta, nuestra guerra contra el narco, dejan sin tocar la zona de las víctimas: el horror, la parálisis frente a lo que no puede digerirse, precisamente porque atenta contra la entraña, contra lo humano. Traduzco un fragmento:
, Desde el encuentro de Puebla (del que tengo poco que decir, me emocionaron algunos con los que me encontré, me alarmó más sentirlos tan viejos, niños todos ellos), no dejo de leer a Pavic. Allá compré El último amor en Constantinopla, y regresando leí de nuevo Siete pecados, y voy empezando Segundo cuerpo. Va bien. Me asombra regresar a Italia, de donde el Vértigo de Sebald me dejó tan poco. Me dijeron que a Sebald había que tenerle paciencia. Pero ni que fuera a vivir cien años para semejante pereza. También la Cavarero me llevó de vuelta a un idioma bellísimo, que adoro. Pero por ahora, sólo Pavic. Seré serbio y me haré con rudimentos de serbio, espero, para finales de este año. Su poesía no está traducida. Lo dije por tuiter y un reportero me contactó: resulta que vivió en Montenegro y tiene una pequeña colección de literatura serbia. El deseo, de nuevo, se topa de frente con el azar.
, Poema cursi en la mañana. Creer que un poema puede ser un chaleco antibalas no detiene ninguna bala. Pero hay que anteponer al horror, a esa parálisis, el movimiento. Hay que latir, aunque a veces el latido sea torpe. Hay que querer aunque no sepamos cómo. Hay que querernos y morirnos queriendo. Aunque sea.
, Cumpleaños de la Señorita P. y de Mario Anieva. De C., ayer. De Fernanda, de su casa, de Ceniza que ya tiene un año, de ver a Nico, de hacer un fuego enorme en el centro del patio, de la visión del fuego en la madrugada, con sueño, con tanto cansancio.
, No me trabé en la entrevista. Héctor, que justamente pasaba por ahí, dijo que la estatua de León Felipe se parecía a Ginsberg. Sí es cierto.
, Mes del festival Vértigo de los aires. Semana de los MTV Game Awards, al que debo ir por mi trabajo. Fin de semana de amigos, de libros, de reencuentros. Días raros. Años raros. Vida rara. Mía. Con eso tengo para dormir en paz.
.
, Hoy un reportero curioso del canal Cadena 3 (canal 28 en México) cito a varios exponentes de la escena de slam poetry defeña en Casa del Lago. Parece que será un reportaje a transmitirse el próximo sábado, a la una pe eme, creo. Esperé el momento para llegar "adecuadamente tarde". Antes de llegar, recibí un sms de la Señora que Sabe. Mientras contestaba, pasó junto a mí, a la mitad de Reforma, uno de los actores de Incendios. Lo saludé, le agradecí por la función de anoche, y hablamos brevemente sobre la puesta y la adaptación cinematográfica dirigida por Denis Villeneuve. Sólo hasta que contesté el sms, me di cuenta de lo absurdamente inverosímil que son este tipo de eventos. ¿Quién podría creerlo, cuáles son las probabilidades en la ciudad más poblada del mundo? Las nupcias del azar con el deseo, de maneras que superan mi comprensión. No me ocupa que nadie crea mis historias. Lo que cuento es lo que tiene una traza verificable; lo verdaderamente increíble sólo compete a los que lo viven. Son las novelas secretas.
, Sigo regalando libros como si se dieran en los árboles. Claro, son ceibitas, pienso. Técnicamente son árboles. Ayer lo vi por primera vez en una librería, la del Educal de la biblioteca Vasconcelos. Se siente raro, bonito. Se siente. Es el primero de muchos, D.
, El viernes C. me prestó Horrorism: naming contemporary violence, de la filósofo italiana Adriana Cavarero. La recepción de la violencia tanto en el cuerpo, en el llamado tejido social, y también en sus modos de representación, recibe en este lúcido ensayo un tratamiento sensible, desde la raíz de la palabra. Pensamos que el terror y el horror son formas cercanas en la constelación del miedo, sin notar que la "guerra contra el terror", y esta, nuestra guerra contra el narco, dejan sin tocar la zona de las víctimas: el horror, la parálisis frente a lo que no puede digerirse, precisamente porque atenta contra la entraña, contra lo humano. Traduzco un fragmento:
, Alzatti dibuja bonito. Tiene un cuaderno bellísimo de dibujos, en técnica "bic sobre papel". Ella, Rojo y yo caminamos durante horas bajo un cielo nublado. Este cielo tan frío de octubre.
Las crónicas de estos tiempos nos proporcionan algunos casos ejemplares para el repertorio del horror. Luego de ser llamado para identificar los restos de su hija --una joven chechena quien se hizo estallar con un cinturón de explosivos-- un padre declaró: 'Todo lo que quedó de mi hija fue su cabeza. Su cabello estaba enredado, como si la hubiera despeinado el viento... Fuera de la cabeza, todo lo que quedó fue un poco de hombro, y parte de un dedo con la uña. Lo puse todo junto en un paquete. Todo lo que quedó de Ajza fueron cinco o seis kilos, nada más." Es un fenómeno bien conocido que la detonación de un explosivo pegado al cuerpo pulveriza el abdomen y separa la cabeza limpiamente; también el caos en la escena de los asesinatos masivos, que hace difícil reunir cada pedazo de los cuerpos de las víctimas para contarlas e identificarlas. Dada la dificultad de la operación, los miembros de víctimas y perpetradores frecuentemente se mezclan. El cuerpo deshecho (separado por la explosión, vuelto partes) pierde su individualidad. La violencia que lo desmiembra atenta contra la dignidad ontológica que posee la figura humana y la vuelve intolerable a la vista. Más repugnante que ninguna otra parte del cuerpo, la cabeza, de los restos, el más claramente humano, en el que un rostro individual aún puede verse.
***
La iconografía de la Revolución Francesa volvió familiar para la muchedumbre la exhibición de las cabezas separadas por el verdugo.A pesar de la repetición del acto, los horrores de la época presente rompen con la racionalidad mecánica tan valorada de la guillotina. Tomando a la víctima indefensa por el cabello, de pie, en el ángulo derecho de la cámara de televisión (y por tanto, de la audiencia mediática internacional), el verdugo moderno corta la cabeza con un cuchillo. Más que removerla sencillamente, el crimen es escenificado como una ofensa intencional contra la dignidad ontológica de la víctima. Evidentemente, la cuestión aquí no es tanto matar sino deshumanizar brutalmente lo que hay de cuerpo en un cuerpo, destruyendo su unidad figurativa, manchándola. En un acto que ataca a lo humano en tanto humano, los carniceros abrazan el horror con convicción. Como si la repugnancia que el horror provoca fuese más productiva que el uso estratégico del terror. O como si la violencia extrema, dirigida a la nulificación de los seres humanos más que a su asesinato, hubiera de recaer más en el horror que en el terror.
[Cavarero, Adriana. Horrorism: Naming Contemporary Violence. Columbia University Press, NY, 2009. p. 9.]
, Desde el encuentro de Puebla (del que tengo poco que decir, me emocionaron algunos con los que me encontré, me alarmó más sentirlos tan viejos, niños todos ellos), no dejo de leer a Pavic. Allá compré El último amor en Constantinopla, y regresando leí de nuevo Siete pecados, y voy empezando Segundo cuerpo. Va bien. Me asombra regresar a Italia, de donde el Vértigo de Sebald me dejó tan poco. Me dijeron que a Sebald había que tenerle paciencia. Pero ni que fuera a vivir cien años para semejante pereza. También la Cavarero me llevó de vuelta a un idioma bellísimo, que adoro. Pero por ahora, sólo Pavic. Seré serbio y me haré con rudimentos de serbio, espero, para finales de este año. Su poesía no está traducida. Lo dije por tuiter y un reportero me contactó: resulta que vivió en Montenegro y tiene una pequeña colección de literatura serbia. El deseo, de nuevo, se topa de frente con el azar.
, Poema cursi en la mañana. Creer que un poema puede ser un chaleco antibalas no detiene ninguna bala. Pero hay que anteponer al horror, a esa parálisis, el movimiento. Hay que latir, aunque a veces el latido sea torpe. Hay que querer aunque no sepamos cómo. Hay que querernos y morirnos queriendo. Aunque sea.
, Cumpleaños de la Señorita P. y de Mario Anieva. De C., ayer. De Fernanda, de su casa, de Ceniza que ya tiene un año, de ver a Nico, de hacer un fuego enorme en el centro del patio, de la visión del fuego en la madrugada, con sueño, con tanto cansancio.
, No me trabé en la entrevista. Héctor, que justamente pasaba por ahí, dijo que la estatua de León Felipe se parecía a Ginsberg. Sí es cierto.
, Mes del festival Vértigo de los aires. Semana de los MTV Game Awards, al que debo ir por mi trabajo. Fin de semana de amigos, de libros, de reencuentros. Días raros. Años raros. Vida rara. Mía. Con eso tengo para dormir en paz.
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Postulado por
Javier Raya
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Tú
sábado, 17 de septiembre de 2011
Jurar sobre la tumba de un caballo muerto
Uno de mis primeros empleos fue haciendo corrección de estilo para un periódico fundado y cerrado poco después por cierto político de provincias para impulsar su fallida candidatura. Lo mejor que me pasó ahí fue obtener un cheque de liquidación, con el cuál hice un pequeño viaje. Esa noche me informé sobre cómo llegar a Real de Catorce y a la mañana siguiente, al amanecer, me fui.
De Real no me atraían las drogas (el único peyote que vi durante mis días en el pueblo estaba como adorno dentrto de una maceta, en una pequeña tienda de baratijas). Me atraía el desierto, la experiencia del desierto. Era el 2005, tenía 20 años y estaba atorado con la redacción de mi segundo cuaderno de poemas. Por alguna razón pensé que en el desierto podría dedicarme a escribir durante un par de semanas, así que M. me llevó a la terminal de autobuses, de donde salí en un camión hacia San Luis Potosí, de ahí a Matehuala bordeando las montañas y luego en otro camión hasta la entrada a Real de Catorce.
El túnel era impresionante. Podría googlear el nombre del túnel o ver mis cuadernos de esa época, pero prefiero quedarme con la imagen de un túnel largo y oscuro, anónimo en su peso abstracto de garganta ciega, de montaña sostenida con varillas apenas unos metros por encima de mi cabeza, como anónima la hora o poco más que tarda el destartalado autobús en cruzar de la oscuridad a la plena luz de un pueblo abandonado. Relativo el tiempo en la angustia, en el encierro, se sabe. Un poco, imagino, como nacer.
He tratado de contar esta historia varias veces desde entonces y la verdad no se me ha dado bien. Hay una tendencia exagerada a contar con imágenes, las cuáles a la distancia me parecen demasiado irreales para ser creídas, como la descripción anterior del túnel. Es lo que digo cuando digo que en el lugar de los eventos coloco la escritura, porque si contara los eventos que me ocurren tal como ocurrieron nadie me creería. El túnel cualquiera puede constatarlo, pero progresivamente la historia va tomando un tono que ni a mí me convence. Dudo de la existencia de algunos eventos, del nombre de algunos personajes y del tiempo total que pasé en Real de Catorce. A veces me parecen un par de días, a veces se sienten como meses. Me tomaré todo el espacio necesario para contarla, además, esperando que el lector se canse de leer en pantalla y la abandone. Que deje encerrado al desierto dentro del desierto.
Del primer día recuerdo cuánto me impresionó lo pequeño del pueblo, un par de calles polvosas como líneas en una mano muy seca. Me conseguí el cuarto más barato que encontré y salí a comer. No recuerdo bien a bien la comida de los demás días, pero el primer día comí en un restaurante italiano para turistas: berenjenas con ajo, filete y vino tinto. Las berenjenas estaban bien, y casi puedo decir que fueron las mejores que comí nunca. El vino era pésimo. Al bajar la tarde me senté en un barranco donde el pueblo termina y comienza el desierto. Con el sol doblándose, recuerdo el desierto azul, pero es un detalle que no puedo confirmar, o puede tratarse de que confundía el desierto con el cielo. Recuerdo mucho mejor, en cambio, la sensación de frío inmediato cuando el sol dejó de verse tras una montaña. Fue como un apagador de luz para activar el frío. Ya. Ahí. Justo entonces Montalvo subió por el barranco.
No recuerdo el nombre de mucha gente; practico la cortesía como una manera de mantener a la gente a la distancia: descubrí que mientras más amable eres, más inaccesible te vuelves. Funciona por un tiempo, claro. Pero con Montalvo pasó que se hizo mi amigo en cuestión de minutos. Es una de las personas de ese tiempo que genuinamente extraño. Era brasileño, chamán según su propia descripción y artesano como descubrí con los días. En un portuñol bastante torpe dimos a entender un agradecimiento común: estábamos de lo más felices de estar, cada quien por sus razones, justo en medio de la nada.
La "nada", con todo, no describe precisamente a Real. Puedo describir Real de Catorce como un vagón de tren que se quedó varado y luego fue acondicionado para atraer turistas. Nunca entré a la iglesia del lugar, pero era común ver a viajeros, turistas y hippies de todas nacionalidades en train de la iluminación, menos en la iglesia que en las plazas o en las dos o tres cantinas, planeando expediciones nocturnas al desierto, rentando caballos o apalabrando camionetas. La gente va por el peyote. "Peyote solidities", que decía Ginsberg. La experiencia de la soledad delirante de hikuri, como llaman en lengua huichol al peyote. El venado azul, el ciervo vulnerado que elige a su cazador.
Mi experiencia mística, para pronta decepción del lector, fue la del tiempo: tener todo este tiempo para escribir. Recuerdo que la mano me dolía después de estar sentado unas diez horas diarias durante días escribiendo en los cuadernos blancos que llevé. Terminé el poemario, que no valía nada ni entonces ni ahora, y tomé muchas notas para una novela la cual, por supuesto, nunca publicaré. Después de escribir unas horas en la mañana bajaba a buscar algo de comer, y siendo el pueblo tan pequeño no había necesidad de que Montalvo y yo nos pusiéramos de acuerdo sobre la hora y el lugar para vernos. Simplemente bajaba, andaba un poco y ahí estaba, en su puesto portátil de collares y pulseras, el cuál recogía para que fuéramos a comer a la cantina. No lo vi beber nunca, eso sí. De él recuerdo realmente su risa, su acento indistinguible ya como marca de ninguna nacionalidad, sus rastas muy largas y sus dientes de caballo. Fue en la cantina donde conocimos a un par de músicos gringos. Montalvo juraba que podía hablar inglés, but basically I did the talking.
No es que hubiera demasiado que contar tampoco. Con los músicos nos quedábamos en la plaza (si a esa plancha pavimentada puede llamársele plaza o kiosco) tocando canciones hasta que un policía (si a esos gordos desagradables puede llamárseles policías) llegaba y amenazaba con arrestarnos si no bajábamos el volumen. Según entendí, el único crimen realmente grave tenía que ver con portar o transportar peyote. Entiendo que además de que su consumo es ilegal fuera de las comunidades que practican ritos religiosos en torno a él (pues las comunidades huicholas están protegidas por el artículo 24 de la constitución mexicana [¿por qué coño sé eso?] con respecto a la libertad de culto), resulta que es una especie vegetal en extinción, protegida por algún elegante tratado conservacionista, por lo que la multa puede ser muy costosa. No sé. El caso es que regresaba borracho de madrugada al cuarto que rentaba y me ponía a escribir unas cuatro o cinco horas más, hasta que amanecía y caía rendido. Hasta que comenzaba otra vez. Así por días.
No recuerdo cuándo fue que Montalvo y yo conocimos al matrimonio McComb. Helen y Rudolph McComb eran una pareja de jubilados escoceses que recorrían el mundo en sus años dorados. Recuerdo que Rud me dio la tarjeta de su negocio de compra y venta de autos usados, misma que debí perder en alguna mudanza. Con ellos fuimos a ver las minas abandonadas. Como no es difícil investigar, Real de Catorce fue un pueblo minero que se quedó sin minas, o propiamente, sin metales qué explotar. De la mina recuerdo un agujero donde tirabas una piedra y tardaba varios segundos en caer, provocando un eco atroz, aunque infernal no sería un calificativo inapropiado. Igual que con Montalvo, nunca nos poníamos de acuerdo para ver a los McComb, y simplemente nos encontrábamos. Por eso mismo no hubo manera de despedirse. Y qué mejor.
Parece que esa estrategia le funciona bastante bien a Montalvo. Decía tener unos 37 años, pero aparentaba muchos menos. Había una chica en el pueblo (qué clase de historia sería esta si no hubiera por lo menos una chica), con la cuál, en un viaje previo, había tenido el buen tino de hacer un recuerdo en la trastienda del negocio de souvenires de la chica. El recuerdo se llamaba Kin y tenía seis años. No podría decir que heredó los dientes de caballo de su padre, pero el parecido era innegable. Y no era que tratara de negarse nada, realmente. Durante los últimos días en Real pasamos mucho tiempo con Kin, que iba y venía del negocio de su madre hasta el puesto callejero de su padre, en el cuál estaba yo temporalmente empleado. O para decirlo en jerga corporativa, "en capacitación".
Habrán sido unos cinco o seis días que viví virtualmente de lo que vendíamos en el puesto, además de ahorrar un poco para rentar un caballo y hacer alguna expedición al desierto. Resulta que tengo talento para tejer collares, pulseras y complicadas gargantillas de alambre, habilidad que está más que sepultada hoy en día. Un día mientras tejía algo con un hilo transparente, plástico y elástico, llegó un actor de Hollywood haciendo el papel de turista. Con las cosas que hice y vi durante esos días, mismas que me reservaré al igual que el nombre del actor, me pareció de lo más natural ver pasar frente a mí a alguien que acababa de ver recientemente en alguna película. You're an actor, le dije, seguido de su nombre propio. Tuvo un pequeño pero significativo gesto de pánico y asintió. Sonreí y volví a lo mío. Preguntó por alguna cosa pero no compró nada. ¿Se habrá decepcionado de que no le pidiera un autógrafo? ¿Será que fue, como yo, a desaparecer, y confrontado con su nombre propio reapareció de pronto en medio de la calle polvosa de un viejo pueblo mexicano?
¿Será que este post se está extendiendo demasiado? Bueno, para la brevedad está Twitter, dirían los puristas. Pero esta no es una historia breve, aunque estoy descontando muchos episodios por que temo enterarme, al escribirlos, de que realmente nunca ocurrieran.
Tuve que escapar de mi lugar de escape. Un repentino momento de desesperación fue sucedido por una extraña sensación de libertad, naturalmente, en sentido existencialista: el ser es ser frente a la situación. Montalvo se iría más al norte, probablemente a la frontera, y me sugirió que lo acompañara. Me negué, por M. Cuando me di cuenta de que me hubiera gustado que M. estuviese ahí conmigo, sintiendo ese frío que se activa automáticamente cuando cae el sol, caminando por el desierto, cuando terminé el collar que hice para ella (con una enorme piedra morada cuyo nombre, claro, he olvidado) supe, pues, que era hora de volver. Además de que un evento inesperado apresuró mi salida del pueblo. Encontré a Montalvo cerca del túnel, antes del amanecer. Vio mis manos, mi prisa, mi mochila y mi sombrero y comprendió todo. Montalvo me dijo "vengo". Entendí que era un modo cortés de despedirse.
Atravesar el túnel a pie me dejó bastante agotado. Me sentía muy ridículo con el sombrero que usaba en Real, pero agradecí llevarlo mientras caminaba por la carretera, con el pulgar hacia el cielo como había visto en las películas o leído en las historias sobre Neal Cassady o Jack Kerouac. Salí del pueblo después del amanecer y para medio día aún no conseguía aventón. Mi prisa se debía a que mis perseguidores me dieran alcance. Llegué a pensar que el autostop era una suerte de guiño entre iniciados, y que un novato como yo simplemente no tenía cupo en una cofradía de autoestopistas mundiales y secretos. Afortunadamente una pick up se detuvo. En esta parte del camino de este largo post voy a esconder todo lo que extraño a Mauya, mientras subo a la camioneta por la carretera empinada que baja de Real, al amanecer. Dudo que alguien haya llegado hasta aquí, así que voy a poner aquí el nombre de Mauya, que naturalmente no es el nombre de Mauya ni de la M. del principio ni el final de esta historia, sino simplemente un animal de desierto, un bellísimo animal humano, la hembra que me falta todos los días. Y junto al nombre de Mauya, mientras recuerdo la línea recortada de las montañas contra el cielo de mediodía desde una pick up en el desierto, voy a enterrar toda esperanza de verla otra vez. Voy a darla tan perdida como la novela que escribí en Real de Catorce y quemé hace poco, al prepararme para esta última mudanza. Voy a soportar pensando que su cuerpo y su voz son tan irreales como el caballo que renté para una breve incursión al desierto, el cuál de pronto se desplomó, muerto, en medio, ahora sí, de la nada. Voy a suponer que Mauya es tan irreal como la víbora o el alacrán que no vi que picara al caballo. Que Mauya es tan etérea como el peso del silencio en la noche del desierto. Que Mauya es una luz que no cesa, como las estrellas detenidas en una luz que tampoco existe, pero que existió, hace millones de años, fija en su insistencia de brillar, fijas como las patas del caballo en la rigidez de la muerte, con las moscas que se filtraban zumbándole por la nariz y los ojos mientras yo cavaba en la dura arena con mis manos peladas una tumba, con las montañas alrededor y los fálicos cactos. Que Mauya es tan irreal, en suma, como esta historia.
Me quedé en Matehuala un par de horas para comer algo y volví a la carretera. Recuerdo llegar a San Luis Potosí ya de noche, en otra pick up, sosteniendo instintivamente mi sombrero con una mano mientras trataba de dormir. Recuerdo el frío de la carretera, pero sobre todo las estrellas. Un viaje al norte en esas condiciones sería en estos días algo poco recomendable por la peligrosidad que han tomado los caminos de unos años a la fecha. Sería por lo menos tardado, mucho más, debido a los retenes militares; pero entonces, hace seis años no sólo era posible, sino necesario. No sé cómo ve las estrellas la gente en un viaje de peyote, y no sé si frente a la violencia de estos días la gente podrá volver a viajar tranquila durante la noche por las carreteras del norte, o será que el narco ha secuestrado también el desierto, y junto al desierto, el cielo del desierto y las estrellas, pero a mi me bastan las estrellas tal como son, lo que es decir, como las recuerdo.
No sé por qué conté esta historia justo hoy, justo ahora. Tal vez porque hace justo un año aterricé en Tijuana, a donde pensé volver este año, pero me fue imposible. Tengo pequeños cuadernos de todos los viajes que he hecho desde los 14 años, cuando viajaba con un maletín que contenía mi libreta de dibujo (la razón por la que dejé de dibujar merecería un post aparte), algunos cómics, algún libro, libreta para escribir, lápices de diversos tipos y plumas de tinta china. Ese es el problema de no recordar por qué cuenta uno las cosas. ¿Conté Real debido a mi imposibilidad de contar Tijuana? ¿Conté Real por el embrujo reciente que dejaron en mi J. y D. R. con sus historias de iroqueses y cantos, y cuyos nombres entierro también, aquí, en las arenas del texto, en el lugar de la absoluta hospitalidad? ¿Conté Real porque no es real? Conté Taxco hace poco. Tengo muchos apuntes de Xalapa, otros numerosos de mi temporada chiapaneca y otros del tiempo que me disloqué el hombro surfeando en el Pacífico, cuando pensaba que no volvería nunca a la ciudad. Nunca he salido del país. Nunca ha sido necesario, y con todo j'ai connu chaque fils de famille! Recuerdo que M. me recogió en la terminal cuando volví de Real. Una señora me prestó unas monedas para poder llamarla y que fuera por mí. Es una deuda que recuerdo constantemente, no sé por qué, como si debiera buscar por el mundo a esa señora para devolverle sus cinco pesos.
Cuando digo que no sé algo, es por que en el fondo lo sé, pero sencillamente no quiero desarrollarlo. Conté esta historia para que D. la lea, aunque sé que es muy poco probable que lo haga. Conté esta historia porque la extraño. Porque hay que contar cosas aunque no se sepa bien a bien ni por qué ni a quién las cuenta uno. No sé. Lo que sí sé es que juré sobre la tumba de un caballo muerto no viajar si no tenía algo que hacer en el sitio al que viajo, lo cuál ha funcionado muy bien hasta ahora. Nunca seré turista, lo sé. Y claro, sobre la tumba de ese caballo muerto juré tampoco volver a usar sombreros después de llegar a casa. Y no lo he hecho desde entonces.
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De Real no me atraían las drogas (el único peyote que vi durante mis días en el pueblo estaba como adorno dentrto de una maceta, en una pequeña tienda de baratijas). Me atraía el desierto, la experiencia del desierto. Era el 2005, tenía 20 años y estaba atorado con la redacción de mi segundo cuaderno de poemas. Por alguna razón pensé que en el desierto podría dedicarme a escribir durante un par de semanas, así que M. me llevó a la terminal de autobuses, de donde salí en un camión hacia San Luis Potosí, de ahí a Matehuala bordeando las montañas y luego en otro camión hasta la entrada a Real de Catorce.
El túnel era impresionante. Podría googlear el nombre del túnel o ver mis cuadernos de esa época, pero prefiero quedarme con la imagen de un túnel largo y oscuro, anónimo en su peso abstracto de garganta ciega, de montaña sostenida con varillas apenas unos metros por encima de mi cabeza, como anónima la hora o poco más que tarda el destartalado autobús en cruzar de la oscuridad a la plena luz de un pueblo abandonado. Relativo el tiempo en la angustia, en el encierro, se sabe. Un poco, imagino, como nacer.
He tratado de contar esta historia varias veces desde entonces y la verdad no se me ha dado bien. Hay una tendencia exagerada a contar con imágenes, las cuáles a la distancia me parecen demasiado irreales para ser creídas, como la descripción anterior del túnel. Es lo que digo cuando digo que en el lugar de los eventos coloco la escritura, porque si contara los eventos que me ocurren tal como ocurrieron nadie me creería. El túnel cualquiera puede constatarlo, pero progresivamente la historia va tomando un tono que ni a mí me convence. Dudo de la existencia de algunos eventos, del nombre de algunos personajes y del tiempo total que pasé en Real de Catorce. A veces me parecen un par de días, a veces se sienten como meses. Me tomaré todo el espacio necesario para contarla, además, esperando que el lector se canse de leer en pantalla y la abandone. Que deje encerrado al desierto dentro del desierto.
Del primer día recuerdo cuánto me impresionó lo pequeño del pueblo, un par de calles polvosas como líneas en una mano muy seca. Me conseguí el cuarto más barato que encontré y salí a comer. No recuerdo bien a bien la comida de los demás días, pero el primer día comí en un restaurante italiano para turistas: berenjenas con ajo, filete y vino tinto. Las berenjenas estaban bien, y casi puedo decir que fueron las mejores que comí nunca. El vino era pésimo. Al bajar la tarde me senté en un barranco donde el pueblo termina y comienza el desierto. Con el sol doblándose, recuerdo el desierto azul, pero es un detalle que no puedo confirmar, o puede tratarse de que confundía el desierto con el cielo. Recuerdo mucho mejor, en cambio, la sensación de frío inmediato cuando el sol dejó de verse tras una montaña. Fue como un apagador de luz para activar el frío. Ya. Ahí. Justo entonces Montalvo subió por el barranco.
No recuerdo el nombre de mucha gente; practico la cortesía como una manera de mantener a la gente a la distancia: descubrí que mientras más amable eres, más inaccesible te vuelves. Funciona por un tiempo, claro. Pero con Montalvo pasó que se hizo mi amigo en cuestión de minutos. Es una de las personas de ese tiempo que genuinamente extraño. Era brasileño, chamán según su propia descripción y artesano como descubrí con los días. En un portuñol bastante torpe dimos a entender un agradecimiento común: estábamos de lo más felices de estar, cada quien por sus razones, justo en medio de la nada.
La "nada", con todo, no describe precisamente a Real. Puedo describir Real de Catorce como un vagón de tren que se quedó varado y luego fue acondicionado para atraer turistas. Nunca entré a la iglesia del lugar, pero era común ver a viajeros, turistas y hippies de todas nacionalidades en train de la iluminación, menos en la iglesia que en las plazas o en las dos o tres cantinas, planeando expediciones nocturnas al desierto, rentando caballos o apalabrando camionetas. La gente va por el peyote. "Peyote solidities", que decía Ginsberg. La experiencia de la soledad delirante de hikuri, como llaman en lengua huichol al peyote. El venado azul, el ciervo vulnerado que elige a su cazador.
Mi experiencia mística, para pronta decepción del lector, fue la del tiempo: tener todo este tiempo para escribir. Recuerdo que la mano me dolía después de estar sentado unas diez horas diarias durante días escribiendo en los cuadernos blancos que llevé. Terminé el poemario, que no valía nada ni entonces ni ahora, y tomé muchas notas para una novela la cual, por supuesto, nunca publicaré. Después de escribir unas horas en la mañana bajaba a buscar algo de comer, y siendo el pueblo tan pequeño no había necesidad de que Montalvo y yo nos pusiéramos de acuerdo sobre la hora y el lugar para vernos. Simplemente bajaba, andaba un poco y ahí estaba, en su puesto portátil de collares y pulseras, el cuál recogía para que fuéramos a comer a la cantina. No lo vi beber nunca, eso sí. De él recuerdo realmente su risa, su acento indistinguible ya como marca de ninguna nacionalidad, sus rastas muy largas y sus dientes de caballo. Fue en la cantina donde conocimos a un par de músicos gringos. Montalvo juraba que podía hablar inglés, but basically I did the talking.
No es que hubiera demasiado que contar tampoco. Con los músicos nos quedábamos en la plaza (si a esa plancha pavimentada puede llamársele plaza o kiosco) tocando canciones hasta que un policía (si a esos gordos desagradables puede llamárseles policías) llegaba y amenazaba con arrestarnos si no bajábamos el volumen. Según entendí, el único crimen realmente grave tenía que ver con portar o transportar peyote. Entiendo que además de que su consumo es ilegal fuera de las comunidades que practican ritos religiosos en torno a él (pues las comunidades huicholas están protegidas por el artículo 24 de la constitución mexicana [¿por qué coño sé eso?] con respecto a la libertad de culto), resulta que es una especie vegetal en extinción, protegida por algún elegante tratado conservacionista, por lo que la multa puede ser muy costosa. No sé. El caso es que regresaba borracho de madrugada al cuarto que rentaba y me ponía a escribir unas cuatro o cinco horas más, hasta que amanecía y caía rendido. Hasta que comenzaba otra vez. Así por días.
No recuerdo cuándo fue que Montalvo y yo conocimos al matrimonio McComb. Helen y Rudolph McComb eran una pareja de jubilados escoceses que recorrían el mundo en sus años dorados. Recuerdo que Rud me dio la tarjeta de su negocio de compra y venta de autos usados, misma que debí perder en alguna mudanza. Con ellos fuimos a ver las minas abandonadas. Como no es difícil investigar, Real de Catorce fue un pueblo minero que se quedó sin minas, o propiamente, sin metales qué explotar. De la mina recuerdo un agujero donde tirabas una piedra y tardaba varios segundos en caer, provocando un eco atroz, aunque infernal no sería un calificativo inapropiado. Igual que con Montalvo, nunca nos poníamos de acuerdo para ver a los McComb, y simplemente nos encontrábamos. Por eso mismo no hubo manera de despedirse. Y qué mejor.
Parece que esa estrategia le funciona bastante bien a Montalvo. Decía tener unos 37 años, pero aparentaba muchos menos. Había una chica en el pueblo (qué clase de historia sería esta si no hubiera por lo menos una chica), con la cuál, en un viaje previo, había tenido el buen tino de hacer un recuerdo en la trastienda del negocio de souvenires de la chica. El recuerdo se llamaba Kin y tenía seis años. No podría decir que heredó los dientes de caballo de su padre, pero el parecido era innegable. Y no era que tratara de negarse nada, realmente. Durante los últimos días en Real pasamos mucho tiempo con Kin, que iba y venía del negocio de su madre hasta el puesto callejero de su padre, en el cuál estaba yo temporalmente empleado. O para decirlo en jerga corporativa, "en capacitación".
Habrán sido unos cinco o seis días que viví virtualmente de lo que vendíamos en el puesto, además de ahorrar un poco para rentar un caballo y hacer alguna expedición al desierto. Resulta que tengo talento para tejer collares, pulseras y complicadas gargantillas de alambre, habilidad que está más que sepultada hoy en día. Un día mientras tejía algo con un hilo transparente, plástico y elástico, llegó un actor de Hollywood haciendo el papel de turista. Con las cosas que hice y vi durante esos días, mismas que me reservaré al igual que el nombre del actor, me pareció de lo más natural ver pasar frente a mí a alguien que acababa de ver recientemente en alguna película. You're an actor, le dije, seguido de su nombre propio. Tuvo un pequeño pero significativo gesto de pánico y asintió. Sonreí y volví a lo mío. Preguntó por alguna cosa pero no compró nada. ¿Se habrá decepcionado de que no le pidiera un autógrafo? ¿Será que fue, como yo, a desaparecer, y confrontado con su nombre propio reapareció de pronto en medio de la calle polvosa de un viejo pueblo mexicano?
¿Será que este post se está extendiendo demasiado? Bueno, para la brevedad está Twitter, dirían los puristas. Pero esta no es una historia breve, aunque estoy descontando muchos episodios por que temo enterarme, al escribirlos, de que realmente nunca ocurrieran.
Tuve que escapar de mi lugar de escape. Un repentino momento de desesperación fue sucedido por una extraña sensación de libertad, naturalmente, en sentido existencialista: el ser es ser frente a la situación. Montalvo se iría más al norte, probablemente a la frontera, y me sugirió que lo acompañara. Me negué, por M. Cuando me di cuenta de que me hubiera gustado que M. estuviese ahí conmigo, sintiendo ese frío que se activa automáticamente cuando cae el sol, caminando por el desierto, cuando terminé el collar que hice para ella (con una enorme piedra morada cuyo nombre, claro, he olvidado) supe, pues, que era hora de volver. Además de que un evento inesperado apresuró mi salida del pueblo. Encontré a Montalvo cerca del túnel, antes del amanecer. Vio mis manos, mi prisa, mi mochila y mi sombrero y comprendió todo. Montalvo me dijo "vengo". Entendí que era un modo cortés de despedirse.
Atravesar el túnel a pie me dejó bastante agotado. Me sentía muy ridículo con el sombrero que usaba en Real, pero agradecí llevarlo mientras caminaba por la carretera, con el pulgar hacia el cielo como había visto en las películas o leído en las historias sobre Neal Cassady o Jack Kerouac. Salí del pueblo después del amanecer y para medio día aún no conseguía aventón. Mi prisa se debía a que mis perseguidores me dieran alcance. Llegué a pensar que el autostop era una suerte de guiño entre iniciados, y que un novato como yo simplemente no tenía cupo en una cofradía de autoestopistas mundiales y secretos. Afortunadamente una pick up se detuvo. En esta parte del camino de este largo post voy a esconder todo lo que extraño a Mauya, mientras subo a la camioneta por la carretera empinada que baja de Real, al amanecer. Dudo que alguien haya llegado hasta aquí, así que voy a poner aquí el nombre de Mauya, que naturalmente no es el nombre de Mauya ni de la M. del principio ni el final de esta historia, sino simplemente un animal de desierto, un bellísimo animal humano, la hembra que me falta todos los días. Y junto al nombre de Mauya, mientras recuerdo la línea recortada de las montañas contra el cielo de mediodía desde una pick up en el desierto, voy a enterrar toda esperanza de verla otra vez. Voy a darla tan perdida como la novela que escribí en Real de Catorce y quemé hace poco, al prepararme para esta última mudanza. Voy a soportar pensando que su cuerpo y su voz son tan irreales como el caballo que renté para una breve incursión al desierto, el cuál de pronto se desplomó, muerto, en medio, ahora sí, de la nada. Voy a suponer que Mauya es tan irreal como la víbora o el alacrán que no vi que picara al caballo. Que Mauya es tan etérea como el peso del silencio en la noche del desierto. Que Mauya es una luz que no cesa, como las estrellas detenidas en una luz que tampoco existe, pero que existió, hace millones de años, fija en su insistencia de brillar, fijas como las patas del caballo en la rigidez de la muerte, con las moscas que se filtraban zumbándole por la nariz y los ojos mientras yo cavaba en la dura arena con mis manos peladas una tumba, con las montañas alrededor y los fálicos cactos. Que Mauya es tan irreal, en suma, como esta historia.
Me quedé en Matehuala un par de horas para comer algo y volví a la carretera. Recuerdo llegar a San Luis Potosí ya de noche, en otra pick up, sosteniendo instintivamente mi sombrero con una mano mientras trataba de dormir. Recuerdo el frío de la carretera, pero sobre todo las estrellas. Un viaje al norte en esas condiciones sería en estos días algo poco recomendable por la peligrosidad que han tomado los caminos de unos años a la fecha. Sería por lo menos tardado, mucho más, debido a los retenes militares; pero entonces, hace seis años no sólo era posible, sino necesario. No sé cómo ve las estrellas la gente en un viaje de peyote, y no sé si frente a la violencia de estos días la gente podrá volver a viajar tranquila durante la noche por las carreteras del norte, o será que el narco ha secuestrado también el desierto, y junto al desierto, el cielo del desierto y las estrellas, pero a mi me bastan las estrellas tal como son, lo que es decir, como las recuerdo.
No sé por qué conté esta historia justo hoy, justo ahora. Tal vez porque hace justo un año aterricé en Tijuana, a donde pensé volver este año, pero me fue imposible. Tengo pequeños cuadernos de todos los viajes que he hecho desde los 14 años, cuando viajaba con un maletín que contenía mi libreta de dibujo (la razón por la que dejé de dibujar merecería un post aparte), algunos cómics, algún libro, libreta para escribir, lápices de diversos tipos y plumas de tinta china. Ese es el problema de no recordar por qué cuenta uno las cosas. ¿Conté Real debido a mi imposibilidad de contar Tijuana? ¿Conté Real por el embrujo reciente que dejaron en mi J. y D. R. con sus historias de iroqueses y cantos, y cuyos nombres entierro también, aquí, en las arenas del texto, en el lugar de la absoluta hospitalidad? ¿Conté Real porque no es real? Conté Taxco hace poco. Tengo muchos apuntes de Xalapa, otros numerosos de mi temporada chiapaneca y otros del tiempo que me disloqué el hombro surfeando en el Pacífico, cuando pensaba que no volvería nunca a la ciudad. Nunca he salido del país. Nunca ha sido necesario, y con todo j'ai connu chaque fils de famille! Recuerdo que M. me recogió en la terminal cuando volví de Real. Una señora me prestó unas monedas para poder llamarla y que fuera por mí. Es una deuda que recuerdo constantemente, no sé por qué, como si debiera buscar por el mundo a esa señora para devolverle sus cinco pesos.
Cuando digo que no sé algo, es por que en el fondo lo sé, pero sencillamente no quiero desarrollarlo. Conté esta historia para que D. la lea, aunque sé que es muy poco probable que lo haga. Conté esta historia porque la extraño. Porque hay que contar cosas aunque no se sepa bien a bien ni por qué ni a quién las cuenta uno. No sé. Lo que sí sé es que juré sobre la tumba de un caballo muerto no viajar si no tenía algo que hacer en el sitio al que viajo, lo cuál ha funcionado muy bien hasta ahora. Nunca seré turista, lo sé. Y claro, sobre la tumba de ese caballo muerto juré tampoco volver a usar sombreros después de llegar a casa. Y no lo he hecho desde entonces.
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jueves, 28 de abril de 2011
Hacia un juego de respondencias
a crg, que me regaló sin querer la palabra "respondencia"
Un día leeremos los hechos como leemos palabras. Si la vida de la vida es la significación, y todo el trabajo del arte no es más que el perfeccionamiento de la expresión de las condiciones de posibilidad de una conciencia percibiendo la vida del hombre (crear/descubrir significado mientras se desaparece), las respondencias serían, a los hechos, lo que los semas a las palabras. Esto nos llevará eventualmente, sospecho, a una sintaxis del tiempo, como ya sospechan algunos físicos. Por ahora, unas respondencias:
-Trazar un mapa de respondencias es parecido a trazar el mapa de un lugar donde se ha vivido siempre: se le conoce bien, pero el primer problema radica en elegir un lugar para comenzar el trazado, lo que implica elegir un significado que detonará todos los demás. Trazar una respondencia (es decir, la acción de la memoria) se parece a la escritura de, por ejemplo, un poema.
-El asombro de las respondencias, su carácter eléctrico e imantador, a diferencia del carácter de un poema, suele ser intransferible; pero como el de los poemas, tiene sentido únicamente cuando se experimenta personalmente. La correspondencia, la unión de respondencias, es el asombro de la memoria que verifica las iteraciones del ser en el mundo. Léase "asombro" como si dijera "vida".
Ejemplo:
Eje 1
1) Busco un poema de Tomaž Šalamun en YouTube, pues tengo la intención de transcribirlo y traducirlo para Literal.
2) Lo que encuentro, en cambio, es un poema de Charles Simic que ya traduje.
3) Cuando encuentro el poema de Šalamun, veo que en el mismo ciclo de lecturas participó Gary Snyder, de quien he leído mucho a través de Jerome Rothenberg.
Eje 2
1) Durante el remate de libros del Auditorio Nacional compré una selección de los diarios de José Kozer.
2) Traigo en la cabeza no sólo lo que podríamos reducir groseramente como "sincretismo cultural" a respecto de Kozer y Rothenberg (i.e. poeta cubano, budista; poeta norteamericano que sabe mazateco), sino cómo el exilio, la extranjería, los distintos tipos de distancia son análogos a la distancia de una palabra para llegar hacia su significado, una obviedad que seguramente los lingüístas conocen bien.
Azar
Hace poco más de un año, David Huerta me regaló Stet, la traducción que Mark Weiss hizo al inglés de algunos poemas de José Kozer. Por alguna razón, hoy la tomé del librero y vi que la contratapa está escrita nada menos que por Jerome Rothenberg.
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La conexión entre estas respondencias no tiene nada de asombroso excepto cuando se les experimenta. Lo que hice aquí fue exponer un par de ejes interreferenciales y una conexión azarosa entre ellas --hay muchos más ejes y muchas más conexiones azarosas. Sospecho que si tuviera una memoria como la del Funes (en ese sentido trágica, funesta) de Borges, esos ejes podrían reconstruir si no mi vida completa, sí el mapa de mi imaginación, que es mucho más interesante porque tiene que ver con el funcionamiento de la imaginación en acto, y no con la contingencia de los hechos de un hombre cualquiera.
Sospecho también que este ejemplo de respondencias no tiene nada de peculiar desde cierta óptica: dados mis intereses y dado (¿Mallarmé?) que he hecho lo posible para ordenar el desarrollo de mi vida alrededor del acto de leer y escribir (o dicho desde la memoria: para programar en un ambiente de alta indeterminación las iteraciones de mi ser en relación con el acto de percibir escrituras; o dicho desde la construcción de la subjetividad: construir mi sujeto a través del acto de poner en relación escrituras), lo asombroso sería que este tipo de relaciones o respondencias no ocurrieran.
Sospecho algo aún más alarmante y emocionante: que la vida empieza, por lo menos en mí, a imitar el arte; no el mío, que es apenas un balbuceo, sino el que construyo a partir de la puesta en relación de otras escrituras --lo que ulteriormente será lo que escribiré cuando escriba. Lo gastado de la construcción "imitación del arte y la vida" (o al revés, con mimesis y Aristóteles, etc.) no perturba el asombro. Después de todo, ya dice Karlatone (como dice EVM, como dice Montaigne) que fortis imaginatio generat casum.
¿Pero qué pasa si la fuerte imaginación no tiene precisamente idea del acontecimiento que desea generar? Aquí la carga semántica de imaginación, para mí, tiene menos que ver con elaboración o deseo dirigido que con sorpresa: la escritura y la vida como arqueología. En ese sentido la vida y el arte se parecen a que hay que trabajar a partir de los hallazgos, de los encuentros con las reiteraciones de uno mismo a través del tiempo, con el ser en devenir siempre y cuando el ser esté en pijama. Acceder a ese trabajo de observación constante, de atención ininterrumpida (para lo que se aconseja el entrenamiento en el sueño lúcido con el objetivo de preservar la conciencia alerta; de otro ejercicio montaignesco: aprender a morir a cada instante, en todas partes, hacer simulacros imaginarios de muerte; preservar la conciencia en lo posible del exceso de estados alterados: la conciencia produce sus propias alteraciones; practicar la otredad como alteración de la conciencia y otras pautas que funcionan únicamente para mí, creo, y que conforman una "ascesis del placer", un manual de superación personal con el puro objetivo de acceder a la total desesperanza, etc.) es lo que llamo ninja y sobre lo que estoy escribiendo en secreto, incansablemente desde hace más de dos años.
Es ese otro sentido posible de respondencia, responder, lo que quiere decir también participar en el juego. ¿El juego de qué, de quién? Ciertamente no de dios, pero sí de algo cercano a lo sagrado: lo sagrado entendido como una instancia capaz de generar sentido. Así, la magdalena proustiana es un objeto sagrado, pues que contiene en sí, para el que sabe verlo, el sentido contenido; y más, la posibilidad del sentido.
Me excedo, como siempre, y no termino de darme a entender. Mission accomplished.
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Posdata: un mapa de respondencias (es decir, una correspondencia) que introdujéramos en una suerte de sintaxis lógica se parecería a un poema dadaísta y a un in xóchitl in cuicatl:
El cardamomo eriza la walther,
la luz en la ventila
verde no deja de sonar.
Un avión triangula,
un aviario se desbanda
en una taza de té.
Todo absolutamente referencial, pero descontextualizado. Puedo escribir los versos más dadaístas esta noche. Hay poesía también en la explicación de las cosas, en el pensar cómo ocurren las cosas.
En pensar que algo ocurre.
En pensar.
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Javier Raya
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