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lunes, 22 de octubre de 2012

Demasiado tarde

Demasiado tarde. La dulzura de las penas y del amor. Que ella me sonriese a mí en la barca. Eso era lo más bello de todo. El deseo constante de morir, y el de seguir resistiendo, sólo eso es amor.

Franz Kafka, Diarios, 22 de octubre de 1913 

sábado, 17 de diciembre de 2011

Apuntes para una definición de la respondencia o Sábado

, C. me regaló la palabra "respondencia" en un restaurante mientras terminábamos una segunda orden de tostadas de atún. Hablábamos de poesía -¿de qué más hablamos, C.?- y hablábamos de la poesía no como una irrupción de la voluntad en el curso de la vida, sino como de una lectura posible de la vida misma, de algo ya implícito en el curso de la vida misma frente a lo cuál la escritura era particularmente reactiva. La escritura es particularmente reactiva, sí, pero sólo si se entiende la escritura como un modo particular, contingente, de la atención, no como, por así decir, el medio prevalente de la atención.

, Uno estaría tentado a escribir que, por definición, el acto de escritura es privativo frente a cualquier otra acción; es decir, que uno no escribe mientras conduce un auto, mientras se baña, mientras tiene sexo o mientras recoge ropa de la lavandería, aunque nada lo impida en realidad. Tal vez yo no sea un escritor y nunca pueda serlo, me digo, porque para mí escribir es siempre una acción que ocupa -que inocula- un espacio que no le pertenece, infectándolo, por así decir, y extendiéndose en ese espacio que no le es propio. Creo que sólo mediante esa postura irruptiva, mediante ese gesto que podríamos llamar colonialista de la escritura frente al espacio propio de otra cosa, es que la escritura es posible.

, Tomé clases con Huberto Batis más allá de los créditos necesarios para aprobar tal o cuál materia que impartía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Lo hacía porque, a diferencia de la transmisión de un saber, a diferencia del desarrollo "natural" de un curso universitario cualquiera (si puede haber un contexto menos "natural" que ninguno sin duda es una clase, una situación académica), en sus clases, Batis daba libre curso a la asociación de ideas e imágenes, citas y anécdotas. Esto, lo supe ahora como entonces, es algo que pocas veces puede experimentarse en un aula: el estar expuesto a y el ver la exposición de, un inconsciente libre de toda reserva del yo; o, paradójicamente, una ficcionalización y editorialización tal del yo que la frontera entre lo real y su testimonio se difumina de tal modo que uno es incapaz de notar tal diferencia, si existe del todo. Lo que nadie puede enseñar y, con todo, Batis muestra -no enseña-, es un método para imaginar.


, Respondencia deriva de una ruptura en la palabra "correspondencia", en el centro de su asumida, frágil unidad. Una correspondencia es un camino de ida y vuelta, algo que al corresponderse se estabiliza, se vuelve discernible. La respondencia en el sentido en que yo la entiendo es sólo un camino, un movimiento que se afirma a sí mismo sin finalidad -por así decirlo, sin destinación. Así, una respondencia es sobre todo un riesgo y se parece a una respuesta que obtenemos por gracia, frente a la cuál, el rastreo de la pregunta es apenas una modalidad accesoria para acceder a la dirección que toda respondencia que se precie de tal, plantea.

, La última vez que hablé por teléfono con Batis para informarme sobre su estado de salud, la conversación -o diría, el monólogo- se extendió durante poco más de una hora. Se habló de los tipos de cáncer y su quirúrgica, de Efraín Bartolomé, del movimiento zapatista del 94, de la novela por entregas, de Melville, del jamón conocido como bola de cerveza, de la destilación del whisky, de Christo -el artista-, de Sophie Calle, de Salvador Elizondo, de la cortesía, de Cristo -el profeta-, de vírgenes medievales y de venus prehistóricas.


Intermedio:


Canines roped

Hoy sábado decidí no asistir a una cita que tenía a las 10 am y dedicarme a leer desde temprano. Me senté en un café y me puse a leer. Como siempre pasa en los cafés, uno accede a un espacio límbico de suspensión del tiempo; una chica desayunaba con su madre mientras una perra negra, no sé si labrador, pero más pequeña, descansaba a sus pies, visiblemente aburrida. De una veterinaria cercana salió una perra muy parecida, llevando a cuestas a una señora muy habladora. La primera perra, a quien llamaremos Nena, reaccionó frente a la irrupción de la segunda perra, a quien llamaremos Pedrisco porque, como nos enteraremos, Pedrisco es perro y no perra.

Como Nena no tenía correa corrió a encontrarse con Pedrisco, o a reencontrarse, pues sus dueñas se reconocieron de un escarceo previo de sus mascotas. El problema fue cuando la dueña de Pedrisco quiso llevárselo: luego de unas cuantas vueltas y correrías calle arriba y abajo, Pedrisco y Nena eran virtualmente indistinguibles, al menos a la distancia. Cuando regresaron, la dueña de Nena trató de amarrar a Pedrisco, quien la miró con extrañeza. Nena tampoco se dejó llevar por la dueña de Pedrisco. Fue posible identificarlas, salomónica solución, al observar el sexo respectivo de los perros. Como madres irresponsables, las dueñas rieron nerviosas y dejo de escribir, pensando que he narrado una pieza intermediaria en un arte de comedia para matemáticos.

Fin del intermedio


, Fantasía de otredad: no ser yo y, a la vez, tampoco ser otro. No me interesa la identificación sino la desidentidad, es decir, el paso de una identidad a otra; lo que el ser es mientras está en devenir. El estado límbico del ser, por así decirlo: al verse privado de la eterna mirada de Dios, el habitante del Limbo se priva de la mayor gloria pero, a la vez, desconoce esa misma gloria de la que está por siempre privado. Citando libremente a Giorgio Agamben, el habitante del Limbo no echa de menos la contemplación de Dios más de lo que un hombre sensato se lamenta por su incapacidad para volar.

, Una respondencia es el espacio propio para la hospitalidad de la contingencia.

, Siempre he dicho que soy incapaz de escribir ficción por una imposibilidad diría genética de creer en la palabra, si no, lo que es peor, por una inclinación moral hacia la verdad. Lo cual, claro, es mentira: si un talento tengo es el de la mentira. Pero el que yo no pueda escribir ficción del tipo que es más familiar -es decir, en los "géneros literarios" del cuento o la novela, siguiendo esa parcelización de la escritura cuyo agrietamiento es innegable-, no significa que la ficción no pueda escribirnos. Lo digo en un sentido más filosófico que poético: al participar del delirio colectivo que constituye el uso del lenguaje, opuesto este a la experiencia "pura", entendiendo esta como una experiencia no verbal, digo, al participar de la palabra participamos no de lo que nosotros queremos que el lenguaje diga, sino de lo que el lenguaje dice a través de nosotros. Es Derrida y Lacan for dummies, claro; pero en un punto de un trabajo serio frente al lenguaje hay que encarar la siniestra posibilidad de que el lenguaje sea el que habla y que el sujeto sea apenas una ficción creada por él. La respondencia, pues, es el mecanismo de la atención que muestra precisamente esa imposibilidad del lenguaje para esconderse a sí mismo, para escondernos de él. Una respondencia es una ilatencia, en el sentido en que hace que un contenido latente deje de serlo, sin prestarse por ello a su total manifestación. Una respondencia es la mitad perdida no de algo, sino de nada.

, Una respondencia es el estornudo del azar.


, Huberto Batis estuvo al frente del suplemento cultural Sábado! del periódico unomásuno durante 25 años. Otra manera de contar esa historia, fuera de la rigurosamente hemerográfica, sería decir que Batis es testigo privilegiado de la historia literaria y cultural de México durante la última mitad del siglo xx. Otra manera más sería decir que sus clases en la facultad son el b-side de la historia de la literatura mexicana. Algunos creen -lo escuché más de una vez de mis, por así decirlo, compañeros- que se trata sólo de chismes de la ciudad letrada. El problema es ver con acritud el chisme. No me tomaré mucho tiempo en ello, pero creo que cierto chisme es una de las formas principales de la curiosidad. Claro, no es lo mismo escuchar el insípido relato de las inseguridades de alguien que no conocemos que saber el tipo de cerveza que le gustaba beber a Goethe, o el efecto devastador que producían en García Ponce los paisajes naturales. Menos que la mitificación de la vida privada de los escritores, lo que está en juego es el modo de configuración de una imaginación -relatada, además, por boca de un magistral narrador oral como es Batis.

, La respondencia no es sólo una libre asociación de ideas y referencias culturales, sino un modo de identificar y guardar registro del asombro. En realidad se trata sólo de un nombre para designar algo que de todas maneras la gente suele hacer al reconfigurar una coincidencia. Cualquier forma de relato respondencial podría comenzar por "vas a creer que lo inventé, pero...", etc., que es un gesto que busca evidenciar la perturbadora simetría que las caracteriza. Algunos llaman a ese estado modestamente delirante con el nombre de "sincronía", lo que limita el asombro a un encuentro en el tiempo. Podríamos decir que una respondencia es la implantación de una duda radical en la textura de la realidad, algo como un "mostrarse" de las costuras mediante una sutil suspensión de la incredulidad. Esta definición bien podría servir también para definir el arte Dadá, el arte objeto de Nicanor Parra y el teatro, dejando felizmente a las respondencias como tal sin definición propia.

, Este es el espacio de la respondencia: el espacio que deja vacante la irrupción de la nada.

sábado, 5 de noviembre de 2011

La casa invisible

Mi versión del turismo consiste en escuchar hablar idiomas que no domino, en películas sin subtítulos, por ejemplo. De ahí han surgido pequeñas diversiones privadas para mí: encontrar algo de la /r cantonesa en la /r del sueco; suponer que en ruso alguien siempre está disculpándose por algo que aún no hace; que la música del italiano reordena las cosas del hablante como una mesa llena de objetos de un mago, o que el francés es una lengua hecha para hablar en voz muy baja. 


¿Pero es que se puede dominar un idioma como si uno fuera una especie de Napoleón lingüístico? ¿Se puede sostener una frase tan peregrina como "dominar una lengua"? Para los idiomas, acaso mucho, mucho más que para el amor, claudicar es la única forma de negociación: hay que entrar al idioma, al universo del sentido en general, con la espada extendida. El mango por delante, naturalmente.


Vivir en idiomas desconocidos como en casas muy viejas. Observar las cáscaras de pintura que se caen. Observar la pintura que otros pobladores más viejos han dejado, las pequeñas marcas que los delatan: los idiomas son casas donde han vivido muchos antes que nosotros. Podemos hallar de pronto el hueco de un clavo, que ya no sostiene el retrato de nadie; manchas de sol o de humedad, tecatas de mugre que la brisa de la ventana mece sin romper. El idioma puede verse como una ruina o como una colección de huellas: su conjunto no cuenta una historia común sino a condición de contar la historia de los hombres a través del relato de su propia historia. Esta historia no reconstruirá nada, pero construirá ruinas diferentes. Como el Distrito Federal de México, el idioma es una ruina hecha sobre incontables ruinas que la cimentan. Ruinas sagradas, cabe puntualizar.


La casa más desconocida es la propia. Notamos la extrañeza de las viejas casas de otros idiomas, pero vemos con ojos llenos de costumbre la propia. Me persuado por ello de no vivir en ningún idioma, de no tener lengua materna, de hablar y escribir desde una intemperie artificial. Me es preciso creer que el castellano que hablé esta mañana es un idioma absolutamente diferente que el castellano en que escribiré esta noche. Me persuado, pero fallo: es el idioma quien me inventa siempre, sin que yo posea ninguna potestad sobre él. El idioma es la derrota más dulce.


La casa dentro de la casa de los idiomas: la hospitalidad original del lenguaje. ¿Herramienta? Es cierto, hay gente que no se limpia los pies para entrar al idioma. Yo por mi parte trato de entrar en su casa siempre descalzo. Quiero sorprender a los fantasmas del idioma mientras duermen, ver si puedo colarme por la rendija de sus pesadillas, tenerles una tisana lista por si despiertan en sobresalto. Claro, yo también trabajo todos los días con el idioma como una herramienta; me queda al final del día una sensación parecida a cuando no podemos responder una llamada de alguien que amamos, o cuando los correos de gente querida se quedan sin contestar por muchas horas. Así vuelvo al idioma cada noche o cuando puedo encontrar un poco de tiempo que nadie usó: tratando de volverme infinitamente pequeño para que mis faltas pasen desapercibidas. Es una vanidad absoluta la que cree de mí que pedir un kilo de carne es una falta contra la belleza del idioma; aún no aprendo a ver lo fascinante que es que el gato dicho no sea igual que el gato escrito, y que ambos sean especies totalmente diferentes de la del gato que acaba de pasar por el pasillo, dejando la sombra de su nombre en el aire.


Pasamos temporadas en el idioma como si fuera nuestra casa. El idioma es casa, es cierto, pero no es de nadie. Todo lo más somos turistas. Recorremos los pasillos y galerías, encontramos armarios llenos de valijas que transportan su bagaje de polvo hacia ninguna parte, removemos algunas manchas de aceite de la pared de la cocina. Otras manchas las dejamos: somos turistas, repito. Algunas manchas han estado aquí, en el idioma, más tiempo del que estaremos cada uno de nosotros sobre el planeta. También esta devastación del idioma merece su compasión: la lengua no pide nada, y en cambio, nos da mundos como si fueran uvas. 


Si la lengua pudiera hablar, imagino, sólo diría una cosa: dime. "Dime", así, como alguien que está abierto a escuchar; como alguien que exige una confesión; pero sobre todo, como alguien que desea ser dicho. Pienso de repente en Leónidas de Esparta con una petición tremendamente humilde para el viajante: recuérdanos. Súplica y orden del espíritu del idioma: ser dicho.


Formar, pues, en el centro de mí mismo, un espacio para que todo el caos del mundo pueda entrar. No le niego la entrada a ninguna cosa. Todo lo que pueda ser dicho se dirá, en su momento. En épocas más cínicas de mi vida he pensado que importa el decir y no lo dicho. Hoy sigo pensando que el decir efectivamente es más importante que lo dicho, pero que el decir mismo es mucho más importante de lo que mis pobres fuerzas me han permitido ver: que en un decir está la posibilidad aún viva del vínculo humano, de la comunidad posible. 


Decir algo (dime, dime) es decir algo a alguien. Cuántas veces los otros no son el infierno, ¿cierto, Sartre?, pero si es que vivimos en el infierno entonces habrá que hacernos entender de algún modo. Habrá que mostrar nuestro carnet de condenados como quería Arthur, habrá que desearles buen día a los custodes, compartir opiniones sobre el día a día en la eternidad del sufrimiento. Algún gozo habrá que hallar ahí. Sobre todo: la conversación. ¿Y no es la lectura un modo privilegiado de conversar? Ahí Quevedo como siempre:


Retirado en la paz de estos desiertos, 
con pocos, pero doctos libros juntos,  
vivo en conversación con los difuntos 
y escucho con mis ojos a los muertos.

Me persuado en ocasiones, al oír hablar a alguien o en una plática cotidiana, de estar escuchando una lengua extinta. De pronto los ecos de mi griego tan mal aprendido rezuman en los goznes de una frase anodina, y el jugueteo de la sonaja árabe me toma desprevenido. Cuántas veces he mirado fijamente a los pasajeros del metro o a la gente de los cafés pensando en qué idioma hablan (¿serbio, portugués, quechua?), y siempre me sorprendo cuando reconstruyo de un boquete de sonidos los rasgos propios del castellano. 


No se me malinterprete: el castellano es bello, pero el que yo lo hable o cualquiera de nosotros es un mero accidente. Importa, creo, la posibilidad del sentido que podemos recorrer dentro de una lengua, no cualquier dudoso y absurdo prestigio impostado ideológicamente sobre ella, como un fardo incómodo. Es ahí cuando digo que es de lo más tonto pensar que dominamos una lengua, repitiendo un gesto colonizador. Pienso que en vez de dominar con la lengua tal vez podamos construir alguna posibilidad dentro de los márgenes de esta casa vieja del idioma, de esta casa invisible que traemos colgada de la boca y los oídos y los ojos y las manos, de este cuerpo que puebla nuestro cuerpo de sentido; alguna posibilidad, pues, para que los que lleguen después de nosotros encuentren cómoda esta casa. Que puedan descansar aquí y pensar, y sobre todo enamorarse y consolarse cuando la bomba del amor les explote entre los dedos. 


Construir tal vez un sitio de paz. Una palabra tan pequeña que al escribirla se me diluye entre los dedos. Yo nunca he sabido nada de paz. Pero tal vez, como quiere Elias Canetti, si la palabra puede producir guerras también puede resolverlas. El idioma, pues, es tan generoso, que tiene incluso espacio dentro de sí para el más absoluto horror. Afortunadamente, en esta casa hay espacio para mucho más: en todas las habitaciones hay retratos del único inquilino que tiene carta de nacionalidad en cualquier idioma y que, tal vez, sea el verdadero causante de la existencia misma de los idiomas (es decir, de lo humano): el asombro.

Una casa secreta a la vista de todos.

viernes, 21 de octubre de 2011

Libros de estos días

Los libros poco a poco van ocupando el lugar que antes tuvo todo lo demás.

, Los patios de la nación, de Javier Norambuena.

, Poemas para fomentar el turismo, de Mara Pastor.

, Cometas, nómadas del espacio, de Yaxkin Melchy.

, La música en un tranvía checo, de Karla(tone) Olvera.

, Del mar es el ahogo, de Lauri García Dueñas.

, Huecos de araña, de Jamila Medina Ríos.

, Tombeau, de José Kozer.

, Horrorism: naming contemporary violence, de Adriana Cavarero.

, Estudios literarios, Paul Valéry.

, El disco de Newton, de Cristina Rivera-Garza.

, Yoga, de José Manuel Barrios.

, Naturaleza muerta, de Guido Arroyo.

, Carne, de Daniel Rojas Pachas.

, La conciencia de Zeno, de Italo Svevo.

, La sociedad sin relato, de Néstor García Canclini.

, El baile de las condiciones, de Óscar de Pablo.

, ¿Escribes o trabajas?, de Eduardo Huchín Sosa.

, Poemas escogidos, de Tilsa Otta.

, Rojo y negro, de Stendhal.

, Bagrejaponés, libro colectivo de Olga Leiva, Alex Piperno, Diego de Ávila, Santiago Márquez y José Manuel Barrios.

, Mi Emily Dickinson, de Susan Howe.


, Tarjados de Ezra Pound al original de La Tierra Baldía y más versos (trad. y notas de Piero Montebruno. Edición caligráfica y compendio de traductores). Regalo de mi abuelx Javier Norambuena.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Fin de un mundo

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domingo, 2 de octubre de 2011

Horror y milagros

, El milagro es la coincidencia del azar con el deseo. El problema empieza cuando el azar, en su ser la suma de posibilidades, al cumplir el deseo, excede nuestra capacidad de recibir. Entonces nace la dignidad. Es más o menos lo que tengo que decir sobre Incendios, de Wajdi Mouawad, un evento teatral que se sigue presentando un par de semanas en el Foro Shakespeare de la ciudad de México. Pero no es lo único que diré.


, Hoy un reportero curioso del canal Cadena 3 (canal 28 en México) cito a varios exponentes de la escena de slam poetry defeña en Casa del Lago. Parece que será un reportaje a transmitirse el próximo sábado, a la una pe eme, creo. Esperé el momento para llegar "adecuadamente tarde". Antes de llegar, recibí un sms de la Señora que Sabe. Mientras contestaba, pasó junto a mí, a la mitad de Reforma, uno de los actores de Incendios. Lo saludé, le agradecí por la función de anoche, y hablamos brevemente sobre la puesta y la adaptación cinematográfica dirigida por Denis Villeneuve. Sólo hasta que contesté el sms, me di cuenta de lo absurdamente inverosímil que son este tipo de eventos. ¿Quién podría creerlo, cuáles son las probabilidades en la ciudad más poblada del mundo? Las nupcias del azar con el deseo, de maneras que superan mi comprensión. No me ocupa que nadie crea mis historias. Lo que cuento es lo que tiene una traza verificable; lo verdaderamente increíble sólo compete a los que lo viven. Son las novelas secretas.


, Sigo regalando libros como si se dieran en los árboles. Claro, son ceibitas, pienso. Técnicamente son árboles. Ayer lo vi por primera vez en una librería, la del Educal de la biblioteca Vasconcelos. Se siente raro, bonito. Se siente. Es el primero de muchos, D.


, El viernes C. me prestó Horrorism: naming contemporary violence, de la filósofo italiana Adriana Cavarero. La recepción de la violencia tanto en el cuerpo, en el llamado tejido social, y también en sus modos de representación, recibe en este lúcido ensayo un tratamiento sensible, desde la raíz de la palabra. Pensamos que el terror y el horror son formas cercanas en la constelación del miedo, sin notar que la "guerra contra el terror", y esta, nuestra guerra contra el narco, dejan sin tocar la zona de las víctimas: el horror, la parálisis frente a lo que no puede digerirse, precisamente porque atenta contra la entraña, contra lo humano. Traduzco un fragmento:


Las crónicas de estos tiempos nos proporcionan algunos casos ejemplares para el repertorio del horror. Luego de ser llamado para identificar los restos de su hija --una joven chechena quien se hizo estallar con un cinturón de explosivos-- un padre declaró: 'Todo lo que quedó de mi hija fue su cabeza. Su cabello estaba enredado, como si la hubiera despeinado el viento... Fuera de la cabeza, todo lo que quedó fue un poco de hombro, y parte de un dedo con la uña. Lo puse todo junto en un paquete. Todo lo que quedó de Ajza fueron cinco o seis kilos, nada más." Es un fenómeno bien conocido que la detonación de un explosivo pegado al cuerpo pulveriza el abdomen y separa la cabeza limpiamente; también el caos en la escena de los asesinatos masivos, que hace difícil reunir cada pedazo de los cuerpos de las víctimas para contarlas e identificarlas. Dada la dificultad de la operación, los miembros de víctimas y perpetradores frecuentemente se mezclan. El cuerpo deshecho (separado por la explosión, vuelto partes) pierde su individualidad. La violencia que lo desmiembra atenta contra la dignidad ontológica que posee la figura humana y la vuelve intolerable a la vista. Más repugnante que ninguna otra parte del cuerpo, la cabeza, de los restos, el más claramente humano, en el que un rostro individual aún puede verse.
***
La iconografía de la Revolución Francesa volvió familiar para la muchedumbre la exhibición de las cabezas separadas por el verdugo.A pesar de la repetición del acto, los horrores de la época presente rompen con la racionalidad mecánica tan valorada de la guillotina. Tomando a la víctima indefensa por el cabello, de pie, en el ángulo derecho de la cámara de televisión (y por tanto, de la audiencia mediática internacional), el verdugo moderno corta la cabeza con un cuchillo. Más que removerla sencillamente, el crimen es escenificado como una ofensa intencional contra la dignidad ontológica de la víctima. Evidentemente, la cuestión aquí no es tanto matar sino deshumanizar brutalmente lo que hay de cuerpo en un cuerpo, destruyendo su unidad figurativa, manchándola. En un acto que ataca a lo humano en tanto humano, los carniceros abrazan el horror con convicción. Como si la repugnancia que el horror provoca fuese más productiva que el uso estratégico del terror. O como si la violencia extrema, dirigida a la nulificación de los seres humanos más que a su asesinato, hubiera de recaer más en el horror que en el terror.
[Cavarero, Adriana. Horrorism: Naming Contemporary Violence. Columbia University Press, NY, 2009.  p. 9.]
, Alzatti dibuja bonito. Tiene un cuaderno bellísimo de dibujos, en técnica "bic sobre papel". Ella, Rojo y yo caminamos durante horas bajo un cielo nublado. Este cielo tan frío de octubre.


, Desde el encuentro de Puebla (del que tengo poco que decir, me emocionaron algunos con los que me encontré, me alarmó más sentirlos tan viejos, niños todos ellos), no dejo de leer a Pavic. Allá compré El último amor en Constantinopla, y regresando leí de nuevo Siete pecados, y voy empezando Segundo cuerpo. Va bien. Me asombra regresar a Italia, de donde el Vértigo de Sebald me dejó tan poco. Me dijeron que a Sebald había que tenerle paciencia. Pero ni que fuera a vivir cien años para semejante pereza. También la Cavarero me llevó de vuelta a un idioma bellísimo, que adoro. Pero por ahora, sólo Pavic. Seré serbio y me haré con rudimentos de serbio, espero, para finales de este año. Su poesía no está traducida. Lo dije por tuiter y un reportero me contactó: resulta que vivió en Montenegro y tiene una pequeña colección de literatura serbia. El deseo, de nuevo, se topa de frente con el azar.


, Poema cursi en la mañana. Creer que un poema puede ser un chaleco antibalas no detiene ninguna bala. Pero hay que anteponer al horror, a esa parálisis, el movimiento. Hay que latir, aunque a veces el latido sea torpe. Hay que querer aunque no sepamos cómo. Hay que querernos y morirnos queriendo. Aunque sea.


, Cumpleaños de la Señorita P. y de Mario Anieva. De C., ayer. De Fernanda, de su casa, de Ceniza que ya tiene un año, de ver a Nico, de hacer un fuego enorme en el centro del patio, de la visión del fuego en la madrugada, con sueño, con tanto cansancio.


, No me trabé en la entrevista. Héctor, que justamente pasaba por ahí, dijo que la estatua de León Felipe se parecía a Ginsberg. Sí es cierto.


, Mes del festival Vértigo de los aires. Semana de los MTV Game Awards, al que debo ir por mi trabajo. Fin de semana de amigos, de libros, de reencuentros. Días raros. Años raros. Vida rara. Mía. Con eso tengo para dormir en paz.


.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Jurar sobre la tumba de un caballo muerto

Uno de mis primeros empleos fue haciendo corrección de estilo para un periódico fundado y cerrado poco después por cierto político de provincias para impulsar su fallida candidatura. Lo mejor que me pasó ahí fue obtener un cheque de liquidación, con el cuál hice un pequeño viaje. Esa noche me informé sobre cómo llegar a Real de Catorce y a la mañana siguiente, al amanecer, me fui.


De Real no me atraían las drogas (el único peyote que vi durante mis días en el pueblo estaba como adorno dentrto de una maceta, en una pequeña tienda de baratijas). Me atraía el desierto, la experiencia del desierto. Era el 2005, tenía 20 años y estaba atorado con la redacción de mi segundo cuaderno de poemas. Por alguna razón pensé que en el desierto podría dedicarme a escribir durante un par de semanas, así que M. me llevó a la terminal de autobuses, de donde salí en un camión hacia San Luis Potosí, de ahí a Matehuala bordeando las montañas y luego en otro camión hasta la entrada a Real de Catorce. 


El túnel era impresionante. Podría googlear el nombre del túnel o ver mis cuadernos de esa época, pero prefiero quedarme con la imagen de un túnel largo y oscuro, anónimo en su peso abstracto de garganta ciega, de montaña sostenida con varillas apenas unos metros por encima de mi cabeza, como anónima la hora o poco más que tarda el destartalado autobús en cruzar de la oscuridad a la plena luz de un pueblo abandonado. Relativo el tiempo en la angustia, en el encierro, se sabe. Un poco, imagino, como nacer.


He tratado de contar esta historia varias veces desde entonces y la verdad no se me ha dado bien. Hay una tendencia exagerada a contar con imágenes, las cuáles a la distancia me parecen demasiado irreales para ser creídas, como la descripción anterior del túnel. Es lo que digo cuando digo que en el lugar de los eventos coloco la escritura, porque si contara los eventos que me ocurren tal como ocurrieron nadie me creería. El túnel cualquiera puede constatarlo, pero progresivamente la historia va tomando un tono que ni a mí me convence. Dudo de la existencia de algunos eventos, del nombre de algunos personajes y del tiempo total que pasé en Real de Catorce. A veces me parecen un par de días, a veces se sienten como meses. Me tomaré todo el espacio necesario para contarla, además, esperando que el lector se canse de leer en pantalla y la abandone. Que deje encerrado al desierto dentro del desierto. 


Del primer día recuerdo cuánto me impresionó lo pequeño del pueblo, un par de calles polvosas como líneas en una mano muy seca. Me conseguí el cuarto más barato que encontré y salí a comer. No recuerdo bien a bien la comida de los demás días, pero el primer día comí en un restaurante italiano para turistas: berenjenas con ajo, filete y vino tinto. Las berenjenas estaban bien, y casi puedo decir que fueron las mejores que comí nunca. El vino era pésimo. Al bajar la tarde me senté en un barranco donde el pueblo termina y comienza el desierto. Con el sol doblándose, recuerdo el desierto azul, pero es un detalle que no puedo confirmar, o puede tratarse de que confundía el desierto con el cielo. Recuerdo mucho mejor, en cambio, la sensación de frío inmediato cuando el sol dejó de verse tras una montaña. Fue como un apagador de luz para activar el frío. Ya. Ahí. Justo entonces Montalvo subió por el barranco. 


No recuerdo el nombre de mucha gente; practico la cortesía como una manera de mantener a la gente a la distancia: descubrí que mientras más amable eres, más inaccesible te vuelves. Funciona por un tiempo, claro. Pero con Montalvo pasó que se hizo mi amigo en cuestión de minutos. Es una de las personas de ese tiempo que genuinamente extraño. Era brasileño, chamán según su propia descripción y artesano como descubrí con los días. En un portuñol bastante torpe dimos a entender un agradecimiento común: estábamos de lo más felices de estar, cada quien por sus razones, justo en medio de la nada.


La "nada", con todo, no describe precisamente a Real. Puedo describir Real de Catorce como un vagón de tren que se quedó varado y luego fue acondicionado para atraer turistas. Nunca entré a la iglesia del lugar, pero era común ver a viajeros, turistas y hippies de todas nacionalidades en train de la iluminación, menos en la iglesia que en las plazas o en las dos o tres cantinas, planeando expediciones nocturnas al desierto, rentando caballos o apalabrando camionetas. La gente va por el peyote. "Peyote solidities", que decía Ginsberg. La experiencia de la soledad delirante de hikuri, como llaman en lengua huichol al peyote. El venado azul, el ciervo vulnerado que elige a su cazador. 


Mi experiencia mística, para pronta decepción del lector, fue la del tiempo: tener todo este tiempo para escribir. Recuerdo que la mano me dolía después de estar sentado unas diez horas diarias durante días escribiendo en los cuadernos blancos que llevé. Terminé el poemario, que no valía nada ni entonces ni ahora, y tomé muchas notas para una novela la cual, por supuesto, nunca publicaré. Después de escribir unas horas en la mañana bajaba a buscar algo de comer, y siendo el pueblo tan pequeño no había necesidad de que Montalvo y yo nos pusiéramos de acuerdo sobre la hora y el lugar para vernos. Simplemente bajaba, andaba un poco y ahí estaba, en su puesto portátil de collares y pulseras, el cuál recogía para que fuéramos a comer a la cantina. No lo vi beber nunca, eso sí. De él recuerdo realmente su risa, su acento indistinguible ya como marca de ninguna nacionalidad, sus rastas muy largas y sus dientes de caballo. Fue en la cantina donde conocimos a un par de músicos gringos. Montalvo juraba que podía hablar inglés, but basically I did the talking. 


No es que hubiera demasiado que contar tampoco. Con los músicos nos quedábamos en la plaza (si a esa plancha pavimentada puede llamársele plaza o kiosco) tocando canciones hasta que un policía (si a esos gordos desagradables puede llamárseles policías) llegaba y amenazaba con arrestarnos si no bajábamos el volumen. Según entendí, el único crimen realmente grave tenía que ver con portar o transportar peyote. Entiendo que además de que su consumo es ilegal fuera de las comunidades que practican ritos religiosos en torno a él (pues las comunidades huicholas están protegidas por el artículo 24 de la constitución mexicana [¿por qué coño sé eso?] con respecto a la libertad de culto), resulta que es una especie vegetal en extinción, protegida por algún elegante tratado conservacionista, por lo que la multa puede ser muy costosa. No sé. El caso es que regresaba borracho de madrugada al cuarto que rentaba y me ponía a escribir unas cuatro o cinco horas más, hasta que amanecía y caía rendido. Hasta que comenzaba otra vez. Así por días.


No recuerdo cuándo fue que Montalvo y yo conocimos al matrimonio McComb. Helen y Rudolph McComb eran una pareja de jubilados escoceses que recorrían el mundo en sus años dorados. Recuerdo que Rud me dio la tarjeta de su negocio de compra y venta de autos usados, misma que debí perder en alguna mudanza. Con ellos fuimos a ver las minas abandonadas. Como no es difícil investigar, Real de Catorce fue un pueblo minero que se quedó sin minas, o propiamente, sin metales qué explotar. De la mina recuerdo un agujero donde tirabas una piedra y tardaba varios segundos en caer, provocando un eco atroz, aunque infernal no sería un calificativo inapropiado. Igual que con Montalvo, nunca nos poníamos de acuerdo para ver a los McComb, y simplemente nos encontrábamos. Por eso mismo no hubo manera de despedirse. Y qué mejor.


Parece que esa estrategia le funciona bastante bien a Montalvo. Decía tener unos 37 años, pero aparentaba muchos menos. Había una chica en el pueblo (qué clase de historia sería esta si no hubiera por lo menos una chica), con la cuál, en un viaje previo, había tenido el buen tino de hacer un recuerdo en la trastienda del negocio de souvenires de la chica. El recuerdo se llamaba Kin y tenía seis años. No podría decir que heredó los dientes de caballo de su padre, pero el parecido era innegable. Y no era que tratara de negarse nada, realmente. Durante los últimos días en Real pasamos mucho tiempo con Kin, que iba y venía del negocio de su madre hasta el puesto callejero de su padre, en el cuál estaba yo temporalmente empleado. O para decirlo en jerga corporativa, "en capacitación".


Habrán sido unos cinco o seis días que viví virtualmente de lo que vendíamos en el puesto, además de ahorrar un poco para rentar un caballo y hacer alguna expedición al desierto. Resulta que tengo talento para tejer collares, pulseras y complicadas gargantillas de alambre, habilidad que está más que sepultada hoy en día. Un día mientras tejía algo con un hilo transparente, plástico y elástico, llegó un actor de Hollywood haciendo el papel de turista. Con las cosas que hice y vi durante esos días, mismas que me reservaré al igual que el nombre del actor, me pareció de lo más natural ver pasar frente a mí a alguien que acababa de ver recientemente en alguna película. You're an actor, le dije, seguido de su nombre propio. Tuvo un pequeño pero significativo gesto de pánico y asintió. Sonreí y volví a lo mío. Preguntó por alguna cosa pero no compró nada. ¿Se habrá decepcionado de que no le pidiera un autógrafo? ¿Será que fue, como yo, a desaparecer, y confrontado con su nombre propio reapareció de pronto en medio de la calle polvosa de un viejo pueblo mexicano? 


¿Será que este post se está extendiendo demasiado? Bueno, para la brevedad está Twitter, dirían los puristas. Pero esta no es una historia breve, aunque estoy descontando muchos episodios por que temo enterarme, al escribirlos, de que realmente nunca ocurrieran.


Tuve que escapar de mi lugar de escape. Un repentino momento de desesperación fue sucedido por una extraña sensación de libertad, naturalmente, en sentido existencialista: el ser es ser frente a la situación. Montalvo se iría más al norte, probablemente a la frontera, y me sugirió que lo acompañara. Me negué, por M. Cuando me di cuenta de que me hubiera gustado que M. estuviese ahí conmigo, sintiendo ese frío que se activa automáticamente cuando cae el sol, caminando por el desierto, cuando terminé el collar que hice para ella (con una enorme piedra morada cuyo nombre, claro, he olvidado) supe, pues, que era hora de volver. Además de que un evento inesperado apresuró mi salida del pueblo. Encontré a Montalvo cerca del túnel, antes del amanecer. Vio mis manos, mi prisa, mi mochila y mi sombrero y comprendió todo. Montalvo me dijo "vengo". Entendí que era un modo cortés de despedirse.


Atravesar el túnel a pie me dejó bastante agotado. Me sentía muy ridículo con el sombrero que usaba en Real, pero agradecí llevarlo mientras caminaba por la carretera, con el pulgar hacia el cielo como había visto en las películas o leído en las historias sobre Neal Cassady o Jack Kerouac. Salí del pueblo después del amanecer y para medio día aún no conseguía aventón. Mi prisa se debía a que mis perseguidores me dieran alcance. Llegué a pensar que el autostop era una suerte de guiño entre iniciados, y que un novato como yo simplemente no tenía cupo en una cofradía de autoestopistas mundiales y secretos. Afortunadamente una pick up se detuvo. En esta parte del camino de este largo post voy a esconder todo lo que extraño a Mauya, mientras subo a la camioneta por la carretera empinada que baja de Real, al amanecer. Dudo que alguien haya llegado hasta aquí, así que voy a poner aquí el nombre de Mauya, que naturalmente no es el nombre de Mauya ni de la M. del principio ni el final de esta historia, sino simplemente un animal de desierto, un bellísimo animal humano, la hembra que me falta todos los días. Y junto al nombre de Mauya, mientras recuerdo la línea recortada de las montañas contra el cielo de mediodía desde una pick up en el desierto, voy a enterrar toda esperanza de verla otra vez. Voy a darla tan perdida como la novela que escribí en Real de Catorce y quemé hace poco, al prepararme para esta última mudanza. Voy a soportar pensando que su cuerpo y su voz son tan irreales como el caballo que renté para una breve incursión al desierto, el cuál de pronto se desplomó, muerto, en medio, ahora sí, de la nada. Voy a suponer que Mauya es tan irreal como la víbora o el alacrán que no vi que picara al caballo. Que Mauya es tan etérea como el peso del silencio en la noche del desierto. Que Mauya es una luz que no cesa, como las estrellas detenidas en una luz que tampoco existe, pero que existió, hace millones de años, fija en su insistencia de brillar, fijas como las patas del caballo en la rigidez de la muerte, con las moscas que se filtraban zumbándole por la nariz y los ojos mientras yo cavaba en la dura arena con mis manos peladas una tumba, con las montañas alrededor y los fálicos cactos. Que Mauya es tan irreal, en suma, como esta historia.


Me quedé en Matehuala un par de horas para comer algo y volví a la carretera. Recuerdo llegar a San Luis Potosí ya de noche, en otra pick up, sosteniendo instintivamente mi sombrero con una mano mientras trataba de dormir. Recuerdo el frío de la carretera, pero sobre todo las estrellas. Un viaje al norte en esas condiciones sería en estos días algo poco recomendable por la peligrosidad que han tomado los caminos de unos años a la fecha. Sería por lo menos tardado, mucho más, debido a los retenes militares; pero entonces, hace seis años no sólo era posible, sino necesario. No sé cómo ve las estrellas la gente en un viaje de peyote, y no sé si frente a la violencia de estos días la gente podrá volver a viajar tranquila durante la noche por las carreteras del norte, o será que el narco ha secuestrado también el desierto, y junto al desierto, el cielo del desierto y las estrellas, pero a mi me bastan las estrellas tal como son, lo que es decir, como las recuerdo.


No sé por qué conté esta historia justo hoy, justo ahora. Tal vez porque hace justo un año aterricé en Tijuana, a donde pensé volver este año, pero me fue imposible. Tengo pequeños cuadernos de todos los viajes que he hecho desde los 14 años, cuando viajaba con un maletín que contenía mi libreta de dibujo (la razón por la que dejé de dibujar merecería un post aparte), algunos cómics, algún libro, libreta para escribir, lápices de diversos tipos y plumas de tinta china. Ese es el problema de no recordar por qué cuenta uno las cosas. ¿Conté Real debido a mi imposibilidad de contar Tijuana? ¿Conté Real por el embrujo reciente que dejaron en mi J. y D. R. con sus historias de iroqueses y cantos, y cuyos nombres entierro también, aquí, en las arenas del texto, en el lugar de la absoluta hospitalidad? ¿Conté Real porque no es real? Conté Taxco hace poco. Tengo muchos apuntes de Xalapa, otros numerosos de mi temporada chiapaneca y otros del tiempo que me disloqué el hombro surfeando en el Pacífico, cuando pensaba que no volvería nunca a la ciudad. Nunca he salido del país. Nunca ha sido necesario, y con todo j'ai connu chaque fils de famille! Recuerdo que M. me recogió en la terminal cuando volví de Real. Una señora me prestó unas monedas para poder llamarla y que fuera por mí. Es una deuda que recuerdo constantemente, no sé por qué, como si debiera buscar por el mundo a esa señora para devolverle sus cinco pesos.


Cuando digo que no sé algo, es por que en el fondo lo sé, pero sencillamente no quiero desarrollarlo. Conté esta historia para que D. la lea, aunque sé que es muy poco probable que lo haga. Conté esta historia porque la extraño. Porque hay que contar cosas aunque no se sepa bien a bien ni por qué ni a quién las cuenta uno. No sé. Lo que sí sé es que juré sobre la tumba de un caballo muerto no viajar si no tenía algo que hacer en el sitio al que viajo, lo cuál ha funcionado muy bien hasta ahora. Nunca seré turista, lo sé. Y claro, sobre la tumba de ese caballo muerto juré tampoco volver a usar sombreros después de llegar a casa. Y no lo he hecho desde entonces.


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domingo, 27 de marzo de 2011

Eso no es nada


Narración escénica para web en un acto, tres escenas y varios desvíos

And him whom you do not teach to fly, teach I pray you - to fall faster!

Personajes:

Huberto BATIS (editor y académico)
Antonio ALATORRE (filólogo y académico)
Un narrador
Un gorrión

ACTO ÚNICO

Escena primera


*Huberto BATIS estudia literatura en la UNAM. Fines de los años 50. Sus primeros cuentos han sido publicados en diferentes revistas literarias y criticados por plumas renombradas, encontrándolos notables, entre ellas Rosario Castellanos, Jorge Galindo y quien sería su amigo de toda la vida, Juan García Ponce. Una tarde, ufano, henchido de sí como un pavorreal, le lleva el borrador de su último cuento a Antonio ALATORRE, maestro suyo por aquel entonces. [Desvío:

 En 1955, Antonio ALATORRE tiene que ver directamente con la publicación de libros medulares en la literatura mexicana del siglo xx: Confabulario de Juan José Arreola, El llano en llamas de Juan Rulfo y El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Morirá en octubre de 2010.]

La acción se desarrolla en un camión que el espectador puede imaginar de cualquier color siempre y cuando sea amarillo. BATIS le da una carpeta a ALATORRE. Éste lee. Le devuelve la carpeta.*

BATIS: Maestro, ¿qué le pareció mi cuento?
ALATORRE: ¿Cuál cuento?
BATIS: El que acaba de leer...
ALATORRE: Eso no es un cuento.
BATIS: ¿Entonces qué es?
ALATORRE: ¿Eso? Eso no es nada. Mira, Huberto, vas a terminar tu carrera y te vas a convertir en académico. Vas a dar clases. Pero lo que se dice escribir, no. Eso déjaselo a los escritores. *Vase*
BATIS: *Apesadúmbrase. Oscuro.*

*BATIS llega a su casa y "se corta la coleta". Será co-fundador de la revista Cuadernos del Viento y trabajará años en el suplemento sábado del periódico Unomásuno, además de ser investigador e impartir cátedra en la UNAM. Escribirá crítica literaria y memorias (el género literario de BATIS es la memoria, como en Lo que "Cuadernos del Viento" nos dejó). No volverá a escribir ficción.*

Escena segunda

*Cálida tarde en la década de los noventa. BATIS y ALATORRE, colegas, se encuentran en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras. ALATORRE le pide un ride a BATIS, y éste se ofrece a llevarlo hasta su casa. ALATORRE le invita una cerveza a BATIS. Si tiene tiempo, dice, a ALATORRE le gustaría leerle el primer borrador de una novela en la que trabaja. La acción se desarrolla en el jardín de ALATORRE, en la colonia Las Águilas. ALATORRE termina de leer media centena de páginas.*

ALATORRE: Bueno, ¿qué te parece, Huberto?
BATIS: ¿Qué me parece qué, Antonio?
ALATORRE: ¡Mi novela!
BATIS: ¿Cuál novela?
ALATORRE: La que te acabo de leer.
BATIS: Eso no es una novela; eso no es nada. *Beben. Oscuro.* [Desvío:

ALATORRE nunca publicaría ficción. Su obra más conocida es 1,001 años de la lengua española, pero cuenta con una bibliografía vasta como ensayista sobre poesía moderna y de los siglos de oro, además de conferencias fundamentales como "Crítica literaria tradicional y crítica neo-académica" y "En torno al concepto de literatura 'nacional'".]
y  

Escena tercera

*La acción se desarrolla un viernes en el salón 107 de la FFyL. Un gorrión ha entrado por la ventana del salón casi vacío, pero bien puede imaginarse la escena sin el gorrión a condición de rescatar el canto, lo que es fundamental para hacerse una imagen de la hora (medio día). Nada impide igualmente imaginar un monumento de mujer que no tendrá incidencia en esta historia, pero que podría reconstruir, en caso necesario, la voz robusta de BATIS hablando desde atrás de una modesta pila de revistas y papeles en su escritorio. [Desvío:

La semana anterior a la acción, BATIS ha sufrido una intervención quirúrgica abdominal. Aunado al cáncer del que salió bien librado el verano pasado, se le ve débil; no, débil no, tal vez un poco lento solamente, como tomando grandes cantidades de aire al hablar, como un tenor ejecutando el Coral de la 9a (de Beethoven, claro). BATIS sólo es tan débil como Moby Dick con gripe. Esa mañana, los puntos de la cirugía se le han reventado, pero se niega a ser llevado al hospital. Duele, pero hablará aún largamente.]
BATIS: ...después le conté a ALATORRE que él me había hecho lo mismo hacía muchos años. Y me dijo, llorando, "te chingué". Y yo le dije "sí, me chingaste."

*Oscuro final. τελος.*




sábado, 5 de febrero de 2011

Puerta para el mundo

 Esconde a tu dios. Esconde a tu diablo.
Paul Valéry (Monsieur Teste)

1.

Si no podemos representarnos el amor sin crueldad,
tomemos por decir algo, la crueldad del mundo
como ofrenda, como película de contraste
para opacarnos artificialmente,
para oponer al avance de la felicidad
obstáculos impropios, arbitrarios,
temblores apenas simulados,
desgracias de otros, prestadas
como camisas que nos vienen
demasiado grandes.

Si no podemos redondear el tamaño del amor,
si nos hallamos incapaces de alegría perfecta,
tomemos el horror de la Historia,
el asco, la traición, la cobardía
y el meditado peso de todas las venganzas
para ponerlas juntas como un jarrón
o una piedra brillante
al lado de los libros y la lámpara,
como un amuleto de la mala suerte
para no olvidar el odio entre las sábanas,
mientras creemos ser eternos
a través del amor e indomables.

2.

El amor necesita un poco de tristeza
para ser amor y no la torpe,
idiota alegría que la costumbre desvanece.
Sonrío como un animal sagrado
a punto del sacrificio; sonrisa loca,
sonrisa que ofendería, cuando la pienso,
al dolor del mundo.
La felicidad es una forma de la injusticia,
y en la crueldad, una forma bella.
La literatura feliz es idiota.
La felicidad es aún más idiota que la fe.
Infinitamente pequeños,
felicidad desolada,
una puerta cerrada para el mundo
sea todo el mundo que necesitemos.

3.

Una carta con palabras que se corresponden
-correspondencia, sí-
llega a dos puertas que se obstinan
en su distancia incalculable.
No importa.
Las palabras correspondidas
se cierran en torno a ellos
como las dos partes de un abrazo,
como las dos hojas
de una puerta para el mundo.


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viernes, 28 de enero de 2011

César Aira sobre el azar

"Había que jugar el juego del azar y de las conexiones. En general se desconfía del azar por su cualidad de imprevisible; lo que no se tiene en cuenta es que el azar, por su funcionamiento mismo, no falla nunca."

(César Aira. Las noches de Flores. Mondadori, 2004)

miércoles, 12 de enero de 2011

2º Nonálogo de la Literatura Ninja

A Alan Mills, 
tecnoprofeta jaguar


1. Como saben los estudiosos de la Torá, los mandamientos que YHWH entregó a Moisés en el Sinaí son nueve, no diez. No hay veinte números mayas, sino 19. El cero que completa desde la ausencia, lo que no está, es ninja.

2. El futuro que conocimos siempre fue críptico y acotado: Y2K, 9/11, 2012. Futuro o pasado, el mundo existe porque termina. Frente a esto, asumir que el mundo podría no querer ser cambiado (Welttodstrieb) y asumir una fe postapocalíptica en la única expresión sincera de nuestro tiempo: los videos de gatitos.

3. Las vanguardias poéticas del xx fueron la avanzada de un ejército fantasma. Más que resistencia, hoy necesitamos ataque (Lumbreras dixit). ¿Pero desde dónde vendrá el ataque si el poeta está demasiado ocupado afianzando su fama local, decorándose el ombligo? El no estar como condición de posibilidad de la poesía del xxi. Abstenerse de figurar en la foto. Aparecer en el msn siempre como Ausente.

4. En verdad os digo que por "videos de gatitos" el poeta ninja entiende "vodka".

5. El poema del xx fue zombi, cual Jesús. Los hacedores de versos repiten el gesto zombi: sin asumir su propia muerte, blanden su escritura corrupta como un miembro podrido. El poeta ninja no tiene trato con estos seres, antes su misión es liberarlos: el espíritu crítico ha de ser implacable. Del cuerpo putrefacto de la literatura, la literatura ninja será el miembro fantasma: ese que sin estar, duele.

6. El poema del futuro será ninja o no será: agazapado en el jardín rizomático, sin lugar propio, se deja ser.

7. Podemos escribir los versos más tristes esta noche, pero –bartlebys— preferimos no hacerlo.

8. Hay industria editorial, tuiteratura, lecturas públicas, slam poetry, performance poetry, libros, plaquettes, cartoneras, blogs, grafitti, hip-hop, mensajes de texto... La ubicuidad de la literatura actual atenta contra la discreción del poema ninja. Sin embargo, como la carta robada, la literatura ninja se esconde a plena luz, a la vista de todos.

9. El arcano IX del Tarot de Marseille es un ninja que camina de espaldas: observa su pasado irremediable a través de la lámpara donde brilla su corazón. No usa máscara: su rostro es su máscara y su máscara es la luz de esa lámpara donde —colores— confluyen los rostros del pasado: son. Al dar la espalda a lo imprevisible del futuro —profeta del instante—acepta todo. Antisócrates, su ejercicio es desconocerse a sí mismo: se ríe de la vanidad de quien dice "yo". El poeta ninja es brutalmente, furiosamente, felizmente Nadie.

México D.F. a
12 del 01 del 2011 Después de Cristo
10 Chuen (Artesano, mono) y 4 Muan (pájaro muan)
4709, año del Conejo
1433 en los días del Profeta
5772 desde la creación del Mundo
y unas cuantas firmas invisibles al calce. 

1er Nonálogo de la literatura ninja
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viernes, 7 de enero de 2011

Amoroma

El amor estorba. Pone dentro de un paréntesis (pecera) nuestros planes para el tiempo. Soy cínico, me rehúso a creer que hay destino; creo desde hace tiempo que cuando te mueres no hay más, sólo tienes violentamente esta vida, esta percepción y lo que haces con ella. Pero.

Con el amor uno teme la muerte, puede pensarse. La muerte de lo que se ama, el fin de ese atisbo de felicidad posible. ¿No será que se ama debido a la muerte? Creo que es la lección oculta del Fedro platónico: si se ha de aprender a morir, debe aprenderse a rechazar las apariencias en favor de la contemplación de la idea; pero, si se ha de aprender a vivir, ha de aprenderse a contemplar las apariencias en su ser transitorio, en su pasar irremediable. Aceptar pasar.

He estado tan cerca de morir tantas veces que la vida me parece casi un accidente (o un excedente si hubiera destino): hospitales, asaltos, accidentes vehiculares, sobre todo mi cuerpo y su precoz Todstrieb. Por eso mismo podría decir que la muerte no me asusta; me causa curiosidad, muchísima, pero en cuanto a su ser histórico. ¿Cómo moriré? ¿Dolerá? Creo que por eso desconfío de la estabilidad de la vida, de los planes a largo plazo, sin embargo hago cantidad de planes para periodos cortos, cuestión de minutos (moviéndome por las habitaciones con una precisión que imagino digna de un equipo SWAT, sin desperdicio de acciones). Pero divago. Será que me da miedo pensar la muerte de lo que se ama.

Sospecho que Quevedo sospechaba de la continuidad del amor al escribir "polvo serán, mas polvo enamorado." El amor individual termina, sí, pero el amor como puissance es una corriente subterránea mezclada con las turbias aguas del Leteo, "olvidado" de sí, mas persistente.

El amor dura para siempre, pero en sus propios términos que no son los humanos; por eso es fácil confundirlo con la idea de dios. Esa reducción simplista del amor.

Tal vez amamos porque identificamos el momento de coyuntura del yo con esa dialéctica de lo que "mueve su esfera y alegre se goza", que decía Dante, con el accidente en el tiempo de otro yo individual, que al igual que el mío, también pasará. Por eso el "amor" deriva en temprana vejez del ser: agotado de revivir un austero instante de dicha, se resiente con ese inválido yo que ha dejado seco.

El yo se sostiene de las apariencias para confirmar su sospecha de que, tanto yo, no puede morir. Incapaz de imaginarse no siendo, desarrolla infértiles esperanzas de inmortalidad en cada cosa. Eso no es amor. Amor debe parecerse más a morir en cada cosa, es decir, a asumir anticipadamente la imposibilidad del ser eterno de las cosas. Dicho de otro modo, aceptar que las cosas son, y de golpe, que mientras son, se anticipan a su no-serán. Nirvana: dejar. No hay (pecera).

Si el amor, pues, es la muerte, entonces todos, todos los caminos humanos llevan al amor.

sábado, 1 de enero de 2011

Somos libres

No se puede querer de este modo tuyo,
mío, impunemente.
Hay que pagar el precio: esto
en todo caso
no puede ser amor;
el amor no existe:
contigo
es una cosa
que vamos a inventar.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Tijuanínsula, 2

Tardo meses en retomar la crónica de mi única visita a Tijuana. ¿Qué hay que decir de un viaje? Escribir un viaje se contrapone un poco a la idea del viaje mismo: fijar lo móvil. Repaso las notas de septiembre en Tijuana; me forzo a imaginarme de nuevo en esa piel que fui, a ser yo mismo -otro siempre- en circunstancias irrecuperables. ¿Y no ha dicho Agamben que el espacio del pensamiento es precisamente la ipseidad (ipsum) a diferencia de la identidad (idem)? Si algo pudiera rescatar todavía de esa memoria reciente sería la memoria misma como ejercicio de arqueología textual sobre mi caligrafía de sismógrafo. And off we go.

La primera noche me recibieron Norambuena y Yohanna en el aeropuerto. Hacia mucho frío. Luego de prender un cigarro ya en el exterior lo primero que recuerdo es la valla fronteriza. Ni con todos los días que estuvimos viviendo a 10 minutos de la frontera puedo quitarme la imagen de esa valla como símbolo vacío, es decir, desde su presencia más inmediata, no límite político sino objeto puesto ahí como desde siempre, con una extraña aura de tufillo histórico, como un monumento a un prócer sin nombre.

Salimos, bebimos, bailamos. Tijuana es generosa. Con todo, me asalta un sentimiento de peligro que no se irá mientras permanezca. Siento que seré apuñalado en cualquier momento --sentimiento extraño en mi carácter poco dado a la paranoia. Me explico. Entiendo la paranoia como una excesiva identificación del yo con el self, un desmesurado apego a lo uno mismo. En el DF puedo funcionar más o menos conforme al ritmo de la ciudad, a su respiración, a su movimiento. Sé dialogar con el "peligro" de la ciudad, del centro del país. Durante un viaje, en mí por lo menos, esa velocidad se desestabiliza para entrar en otro ritmo; el correlato de ese ritmo es una sensación constante de otredad, nutrida del desfase entre la percepción del yo y su velocidad y el reacomodo ambiental al que violentamente se ve sometido, además de la mitologización -no siempre exagerada- de la inseguridad y violencia en el norte geográfico que, curiosamente, se ve reflejada por la percepción que tiene la gente de acá arriba de las ciudades de allá abajo. Ese reacomodo de ritmos y fantasmas tenía los rasgos, la primera noche, de un cabaret lleno de gente bailando.

Las primeras imágenes tijuanenses son de encuentros y reencuentros afortunados. En el cabaret me topo con Yax, con Aurelio y con David, además de un nutrido grupo que con los días se volverá entrañable. No lo son aún y estoy cansado. Mucho. Pero es 16 de septiembre por la madrugada y hay un travesti personificando a Ana Gabriel, así que la cosa va de carnavalización.

Ese estado de excepción no durará mucho. Mediante el delirio nos independizamos de la moralidad y de la lógica de corrección en términos políticos, pero hasta Breton entendía que no se puede transigir siempre frente a la posibilidad de los hermosos sacrilegios: la labor de la obscenidad es precisamente sustentar la estabilidad del sistema. La metáfora de la válvula de escape aplicada a Tijuana, de más está decirlo, le es insuficiente. No es así de simple: Tijuana no es el lugar de lo prohibido donde la gente va a hacer cosas que no se atreve en otro lado. Pero su velocidad particular es tan extraña que me desfaso más y más, lo que aunado a la sensación de que no debería estar aquí, de lo inesperado y dudoso de la invitación para hacer este viaje, hacen, por así decirlo, que mi conciencia camine como una tenue sombra de mi cuerpo casi maquinal. No quiero bailar pero no hay donde sentarse. Veo siempre a las multitudes como un accidente, un flujo; una multitud así de autoconsciente en su ser-multitud me abruma, aquí, en el DF y probablemente también en China. Me quedo dormido a ratos, moviéndome torpemente sobre la pista, mientras la cerveza gana temperatura en la mano y escucho cada vez con mayor dificultad la poca plática que los demás le hacen a un yo tan aburrido como el mío.

Por la mañana, un pequeño estante de libros en el hostal. Encuentro The best american essays 1995, seleccionados por Jamaica Kincaid, que llevaré conmigo al DF. Dedico la mañana a leer "The necessity of poetry" de Charles Simic y a observar la frontera desde el quinto (¿sexto?) piso. Escribo "la tierra es del mismo color a ambos lados", como si se pudiera decir algo en dudosísima clave poética frente al hecho mismo del muro, de su presencia indudable. Pero no hablo desde mí entonces; no veo desde yo en esa ventana. No es yo quien escucha el puro abrir y cerrar de puertas, el hormiguero de gente que ha venido al encuentro (decir "de escritores" es exageración en algunos casos) despertando pasado el medio día y las voces apagadas colgando zumbidos de las paredes como colmenas. No sé quién es el yo que habla. Entra H.H. Me habla sobre una novelita de Jamaica Kincaid, llamada Autobiografía de mi madre. La buscaré semanas después sin éxito, pero en su lugar, Rojo me pasará un texto interesante de la universidad de Harvard donde Kincaid expone cierta radicalidad en la lectura de la lírica hip-hopera. Pero entonces estoy en el cuarto, desvelado, crudo y con muchas presentaciones y lecturas qué hacer. No me han traído por pura amabilidad, así que hay que levantarse y entrar al trajín del hostal. Me da pena hablar. Conozco a pocos.

Escribo:
Es como si hubiera olvidado todo lo que se supone que sé; como si tuviera otra vez 15 años y estuviera por afrontar otra vez la destrucción de algo como una base cuyo resultado fui en un momento yo mismo.

Y después de la primera lectura pública:

...Mavi me dijo que esperaba que leyera algo como lo del espacio escultórico. No tengo idea de qué hago aquí. Estoy en un estado de subjetividad primitiva que no motivaré con ninguna sustancia. Oportunidad privilegiada para asistir a la eclosión del yo.