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jueves, 8 de diciembre de 2016

Patrimonios y matrimonios literarios (comentario a un artículo de Jorge Carrión)

En su artículo "Las otras apropiaciones de Borges y Bolaño", el escritor Jorge Carrión propone leer --siguiendo a Bordieu-- la obra de dos grandes narradores dentro de sus contextos de recepción y circulación; ejercicio lúcido y necesario en una época donde la literatura y el mercado parecen confundirse o ignorarse mutuamente. 

Su recuento sobre lo que podríamos llamar "la ceguera" de Kodama con respecto a la obra de Borges (incluyendo los últimos pormenores del caso Katchadjian) me parece impecable y no tendría nada que agregar. Sin embargo, a partir de la noción de "obra maestra", que Carrión utiliza para diferenciar la trilogía póstuma de Bolaño (El Tercer Reich, Los sinsabores del verdadero policía y El espíritu de la ciencia ficción) de sus novelas previas, la argumentación me parece un poco más problemática.

Creo que la intención de inscribir a las viudas/albaceas de Borges y Bolaño dentro de la tradición de artistas de la apropiación (como Duchamp y Benjamin, a quienes Carrión menciona, aunque personalmente hubiera elegido a Kenneth Goldsmith o incluso a Jeff Koons, por sus afinidades más cercanas al mercado que al ejercicio artístico) hubiera sido objeto de un gran texto si su autor se hubiese permitido llevar la provocación hasta las últimas consecuencias: leer los gestos y actos de María Kodama y Carolina López como los de unas verdaderas artistas de la apropiación ("estrategas conceptuales que se vengaron del heteropatriarcado, del canon masculino, de la tonta fe de nuestra época en la autoría"), más allá de su papel de viudas en la trama de sus maridos.

¿Y es que se puede hablar de "apropiación" en el contexto de las viudas? Sólo si en ese mismo sentido podemos hablar de Max Brod como "viuda apropiadora" de la obra de Kafka. El arte de la apropiación patrimonial colinda con la matrimonial, porque los votos de esta institución problemática, incómoda, conservadora y en crisis perpetua (el matrimonio) no caducan con la muerte de sus contrayentes: la muerte no siempre los separa, sino al contrario.

El caso de Anna Gregorievna es ejemplar. Luego de la muerte de su marido (un escritor de novelas por entregas que gracias --en gran medida-- a las diligencias de su viuda reconocemos por la sola mención de su apellido: Dostoievski), Anna se entregó en cuerpo y alma al cuidado de sus archivos. Una carta suya en Dostoievski de Henry Troyat, nos permite atisbar un poco el papel de viuda-artista de la apropiación que jugó Anna en la trama de su marido: "No vivo en el siglo XX, en 1916, sino en el XIX por los años setenta. Mis amigos son los amigos de Fiodor Mijailovich, mi mundo es el mundo de los contemporáneos ya desaparecidos de Dostoievski. Vivo de esa atmósfera."

La última frase me parece digna de apreciar en más de un sentido: "vivo de esa atmósfera" no remite únicamente al estado de enclaustramiento que Anna sufrió desde la muerte de Dostoievski en 1881, hasta su propio deceso en junio de 1918, probablemente a causa de malestares intestinales producto del hambre; la frase también remite a un presente puesto entre paréntesis al servicio del pasado. Aprobar nuevas ediciones, traducciones, permitir que estudiosos, lectores y curiosos pasen las manos por los papeles inéditos de la persona amada (que en algunos casos resulta ser también un gran artista) es en sí misma una tarea poética aunque ingrata en la cuenta larga de la historia literaria. Las viudas no tienen vacaciones.

Si no, habría que preguntarle a Sofia Bers (Sofía Tólstoi, de casada), quien también "vivía en esa atmósfera" viciada de la cercanía con el artista incluso desde antes de su muerte, o a Vera Nabokov, que al igual que Bers, fungió como administradora, compiladora, amanuense y traductora (¡vaya que el cursi y acartonado papel de "musa" literaria es todo menos pasivo y contemplativo!). Pero la otra acepción de "vivir de esa atmósfera" compete a esa piedrita en el zapato de la literatura, esa con la que pueden edificarse bibliotecas o que compromete la vida de los libros, apresurando su publicación o impidiéndola del todo: el dinero.

Según nos recuerda Carrión, la pugna de Kodama contra Katchadjian no es una cuestión de capital económico sino de capital simbólico (para seguir operando en la terminología de Bordieu), y por tanto aquí sí cabría hablar de una auténtica apropiación, en el momento en que Kodama no sólo gestiona los intereses materiales sobre la obra de Borges, sino que cree (en su fantasía) ser capaz de gestionar también el prestigio borgeano. Esa conversión, en efecto, es lo que Carrión denuncia como una incomprensión de Kodama de la poética de Borges, y lo que crearía las condiciones de posibilidad de leerla perversa y lúdicamente como una "artista de la apropiación" --como alguien que juega y crea con "las leyes de la propiedad intelectual, aprobadas en un mundo sin internet", y de juzgarla como una artista anacrónica, conservadora, que viene de un mundo ajeno a "los modos en que creamos hoy." 

Pero ahí donde Kodama exige una dietética de las obras derivadas, una censura, incluso, apelando a leyes de otro siglo, Carolina López sería una apropiadora mucho más radical y moderna, pues firma con un nombre ajeno una obra propia. ¿A qué me refiero? A que si es verdad que, como dice Carrión, obras como El espíritu de la ciencia ficción deberían haber sido editadas no como novedades sino como obras inacabadas o truncas (restituyendo así cierta dignidad al autor para con sus propias tentativas y errores, es decir, restituyéndole cierta humanidad, que queda destruida con la figura del autor consagrado, inmortal, perenne productor al mayoreo de obras maestras), el ofrecerlas al mercado como libros acabados es equivalente a apropiarse del mayor gesto que puede tener un autor para con su propia obra; el gesto mismo por el cual se hace autor de su obra, que complementa el "trámite" y el engorro de escribirla: el gesto de firmarla. Así, los libros póstumos de Bolaño, aunque se vendan firmados por Bolaño, son obra de Carolina López.

Carolina López y quien sea que esté detrás de esas ediciones nuevas de Bolaño, firma en nombre de Bolaño obras que en efecto él escribió, pero que nunca firmó. Esa firma es lo que autoriza al autor en tanto autor de su propia obra; la misma firma que se simboliza en el gesto de firmar un contrato de edición, y que un muerto jamás podría llevar a cabo. ¿Esto debería ser un impedimento para que no se editen libros interesantes que, por azares de la vida y de la muerte, no vieron la luz en vida de sus autores? Me parece que no, pero como vivimos en una época abocada a la velocidad sin freno, donde el escritor cultiva más sus prestigios (y sus enemistades, que también son harto redituables), no parece haber tiempo para pensar en estas cosas.

El caso de Carolina López no me parece tan transparente ni tan lúdico, en realidad, como el de Kodama. Me parece que si Bolaño estuviera vivo, López tendría una pesada plática con él a respecto de Carmen Pérez, y sus discusiones y conclusiones serían (como deberían serlo también hoy, con él muerto) un asunto privado. Carecer de "un nivel alto de redacción", para Carrión, descalifica a López para editar la obra póstuma de Bolaño; es cierto, no todas las viudas escriben cartas ni diarios como los de Sofía Bers y los de Anna Griegorievna, o cartas eróticas como Nora Joyce (quien alguna vez dijo que hubiera preferido casarse con un músico en vez de un escritor) pero me parece que las tramas de los matrimonios forman un texto que los lectores podemos observar, pero que sería fútil juzgar. Curiosamente no puedo pensar en un caso contrario, donde a un viudo se le fiscalice hasta la sintaxis y la vida personal para legitimar su capacidad para administrar la obra de una artista fallecida. 

¿Nora hubiera sido más feliz con el destino de Yoko Ono o Courtney Love?


viernes, 20 de febrero de 2015

Títulos sin título


, Me gustan los títulos de los libros, a veces más que los mismos libros. No quiero empezar a decir puras tonterías y lugares comunes al respecto, lo cual por otra parte es inevitable cuando ya todo está dicho desde el principio. Entro a una librería con mi mujer y ella recorre estantes y mesas con agilidad, con una ligereza envidiable; , pero lo traigo fresco porque hace unos días estuvimos viendo libros mi mujer y yo, y se me ocurrió que podría dejar de leer libros y dedicarme a leer títulos. Después de todo los críticos y comentaristas literarios siempre hablan de "los nuevos títulos" o del "último título" de tal o cual autor, como si no se escribieran libros sino títulos para lorem ipsums.

, A veces me pongo a pensar que debe haber algún académico (o tal vez una rama entera de los estudios literarios) abocada por completo al estudio de los títulos. Seguramente se proponen precisas clasificaciones de todos los tipos de títulos posibles: los unimembres (Ulises), bimembres (Cumbres borrascosas), plurimembres (Salir con vida), etc; los referenciales (Usos y costumbres del castellano en la Sierra Gorda de Querétaro durante el siglo XVIII) y los metafóricos (El llano en llamas); los nominales (Anna Karenina), los toponímicos (Nocturno de Chile); pero tal vez nunca llegarán a la concreción y precisión de los bonitos y los feos, que un lector con cierto gusto identifica de inmediato. A lo mejor ese fue siempre mi problema con la academia: no la manía de las clasificaciones, sino la grosera falta de gusto.

, Llevo varios años trabajando en mi propio lorem ipsum para un título: La rebelión de los negros. El título no se me ocurrió a mí. Es un equivalente literario a un condominio (un condemonio) de tiempo compartido. Muchos lo hemos utilizado indistintamente; es, en cuanto a títulos, lo que "Luther Blissett", "Wu Ming" o "Anónimo" son en cuanto a autores: una referencia táctica sin contenido concreto; una maquinaria que cualquiera puede echar a andar. Sospecho que cualquiera sabe de qué se trata La rebelión de los negros, o se puede dar una idea fácilmente.

, Hay que celebrar que en las muchas puntadas pseudo conceptuales de los literatos flojos (ya se vislumbra desde hace tiempo que al gremio cada vez le gusta menos escribir) no se les ha ocurrido todavía titular como "Sin título" un libro. 

, Luego se me ocurre que mi falta de memoria es una tara muy conveniente para no acordarme de cosas sobre las que no quiero opinar, o de gente con la que no quiero tener nada que ver, pero también de títulos de libros en los momentos más inoportunos. A veces me acuerdo de pasajes intrascendentes pero que me movieron algo en la entraña definitivamente; no puedo recordar al autor, la editorial, el año de publicación ni mucho menos el título, pero recuerdo que tenía una flor azul en la portada, o que en alguna parte una chica bajaba las escaleras con gesto de profunda estupefacción.

, Ese rasgo de olvido selectivo podría ser un recurso de lectura divertido. Apunta David Huerta que los lectores se convirtieron en presentadores oficiales de libros, esto es, de títulos, pues en ocasiones eso es lo único que tienen para preparar un comentario. ¿Qué pasaría si un presentador de libros decidiera inventarse el libro (ha ocurrido, me consta) en lugar de leerlo? ¿Y si llevamos el juego al extremo y dejamos de leer para ponernos a inventar lo que va entre tapa y tapa? Finalmente, a los mercadólogos y comerciantes de libros no parece importarles demasiado el grueso de las páginas, sino únicamente las portadas y los títulos (hola, señora loca de Amagrana). No juzgamos un libro por su portada, sino, ay, por su título.

, Imagino que sería un buen comercio el de los títulos: así no tendríamos la decepción de ver títulos hermosos en libros que no les hacen justicia. Podrían pubicarse compendios de los títulos más promisorios de cada temporada y la gente podría hablar a sus anchas de lo que le evocan los títulos que, claro, nadie leería de todas formas. 

, En la preparatoria, mi mejor amigo se ligó a la chica que me gustaba. No me dolió tanto como ver, hace unos años, un poemario de una persona detestable con el mismo título que había estado trabajando yo durante un año o poco más. Lo tengo por ahí, archivado, como la molécula que no puede ocupar el mismo lugar que otra en el mismo espacio.

, "Título" también remite a los títulos nobiliarios, que involucionaron en apellidos, que involucionaron en títulos de propiedad, académicos, financieros, a lo meramente titular del número impreso en las identificaciones oficiales con fotografía, que esperan su momento para fagocitar los nombres de la gente, como contenidos estorbosos e innecesarios (títulos de sujetos) cuando la subjetividad se haya homologado por completo. 

, Los libros sin tapas: tremendo título de Felisberto Hernández. A lo mejor por eso mismo podía darse el lujo de títulos genéricos como "Fulano de Tal", o mejor dicho, de elevar lo genérico al grado de título. Un escritor mediocre se propondrá objetivos mediocres, malogrando buenos títulos; pero un escritor fuera de serie como Felisberto puede darse el lujo de un título genérico para una escritura anómala. Como si el título y la escritura misma fueran un mero pretexto para el flujo narrativo; como si lo importante fuera narrar, no titular, rotular, empastar, editar, etc. Simplemente narrar.

,  Narrar y narrar.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Apuntes para una definición de la respondencia o Sábado

, C. me regaló la palabra "respondencia" en un restaurante mientras terminábamos una segunda orden de tostadas de atún. Hablábamos de poesía -¿de qué más hablamos, C.?- y hablábamos de la poesía no como una irrupción de la voluntad en el curso de la vida, sino como de una lectura posible de la vida misma, de algo ya implícito en el curso de la vida misma frente a lo cuál la escritura era particularmente reactiva. La escritura es particularmente reactiva, sí, pero sólo si se entiende la escritura como un modo particular, contingente, de la atención, no como, por así decir, el medio prevalente de la atención.

, Uno estaría tentado a escribir que, por definición, el acto de escritura es privativo frente a cualquier otra acción; es decir, que uno no escribe mientras conduce un auto, mientras se baña, mientras tiene sexo o mientras recoge ropa de la lavandería, aunque nada lo impida en realidad. Tal vez yo no sea un escritor y nunca pueda serlo, me digo, porque para mí escribir es siempre una acción que ocupa -que inocula- un espacio que no le pertenece, infectándolo, por así decir, y extendiéndose en ese espacio que no le es propio. Creo que sólo mediante esa postura irruptiva, mediante ese gesto que podríamos llamar colonialista de la escritura frente al espacio propio de otra cosa, es que la escritura es posible.

, Tomé clases con Huberto Batis más allá de los créditos necesarios para aprobar tal o cuál materia que impartía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Lo hacía porque, a diferencia de la transmisión de un saber, a diferencia del desarrollo "natural" de un curso universitario cualquiera (si puede haber un contexto menos "natural" que ninguno sin duda es una clase, una situación académica), en sus clases, Batis daba libre curso a la asociación de ideas e imágenes, citas y anécdotas. Esto, lo supe ahora como entonces, es algo que pocas veces puede experimentarse en un aula: el estar expuesto a y el ver la exposición de, un inconsciente libre de toda reserva del yo; o, paradójicamente, una ficcionalización y editorialización tal del yo que la frontera entre lo real y su testimonio se difumina de tal modo que uno es incapaz de notar tal diferencia, si existe del todo. Lo que nadie puede enseñar y, con todo, Batis muestra -no enseña-, es un método para imaginar.


, Respondencia deriva de una ruptura en la palabra "correspondencia", en el centro de su asumida, frágil unidad. Una correspondencia es un camino de ida y vuelta, algo que al corresponderse se estabiliza, se vuelve discernible. La respondencia en el sentido en que yo la entiendo es sólo un camino, un movimiento que se afirma a sí mismo sin finalidad -por así decirlo, sin destinación. Así, una respondencia es sobre todo un riesgo y se parece a una respuesta que obtenemos por gracia, frente a la cuál, el rastreo de la pregunta es apenas una modalidad accesoria para acceder a la dirección que toda respondencia que se precie de tal, plantea.

, La última vez que hablé por teléfono con Batis para informarme sobre su estado de salud, la conversación -o diría, el monólogo- se extendió durante poco más de una hora. Se habló de los tipos de cáncer y su quirúrgica, de Efraín Bartolomé, del movimiento zapatista del 94, de la novela por entregas, de Melville, del jamón conocido como bola de cerveza, de la destilación del whisky, de Christo -el artista-, de Sophie Calle, de Salvador Elizondo, de la cortesía, de Cristo -el profeta-, de vírgenes medievales y de venus prehistóricas.


Intermedio:


Canines roped

Hoy sábado decidí no asistir a una cita que tenía a las 10 am y dedicarme a leer desde temprano. Me senté en un café y me puse a leer. Como siempre pasa en los cafés, uno accede a un espacio límbico de suspensión del tiempo; una chica desayunaba con su madre mientras una perra negra, no sé si labrador, pero más pequeña, descansaba a sus pies, visiblemente aburrida. De una veterinaria cercana salió una perra muy parecida, llevando a cuestas a una señora muy habladora. La primera perra, a quien llamaremos Nena, reaccionó frente a la irrupción de la segunda perra, a quien llamaremos Pedrisco porque, como nos enteraremos, Pedrisco es perro y no perra.

Como Nena no tenía correa corrió a encontrarse con Pedrisco, o a reencontrarse, pues sus dueñas se reconocieron de un escarceo previo de sus mascotas. El problema fue cuando la dueña de Pedrisco quiso llevárselo: luego de unas cuantas vueltas y correrías calle arriba y abajo, Pedrisco y Nena eran virtualmente indistinguibles, al menos a la distancia. Cuando regresaron, la dueña de Nena trató de amarrar a Pedrisco, quien la miró con extrañeza. Nena tampoco se dejó llevar por la dueña de Pedrisco. Fue posible identificarlas, salomónica solución, al observar el sexo respectivo de los perros. Como madres irresponsables, las dueñas rieron nerviosas y dejo de escribir, pensando que he narrado una pieza intermediaria en un arte de comedia para matemáticos.

Fin del intermedio


, Fantasía de otredad: no ser yo y, a la vez, tampoco ser otro. No me interesa la identificación sino la desidentidad, es decir, el paso de una identidad a otra; lo que el ser es mientras está en devenir. El estado límbico del ser, por así decirlo: al verse privado de la eterna mirada de Dios, el habitante del Limbo se priva de la mayor gloria pero, a la vez, desconoce esa misma gloria de la que está por siempre privado. Citando libremente a Giorgio Agamben, el habitante del Limbo no echa de menos la contemplación de Dios más de lo que un hombre sensato se lamenta por su incapacidad para volar.

, Una respondencia es el espacio propio para la hospitalidad de la contingencia.

, Siempre he dicho que soy incapaz de escribir ficción por una imposibilidad diría genética de creer en la palabra, si no, lo que es peor, por una inclinación moral hacia la verdad. Lo cual, claro, es mentira: si un talento tengo es el de la mentira. Pero el que yo no pueda escribir ficción del tipo que es más familiar -es decir, en los "géneros literarios" del cuento o la novela, siguiendo esa parcelización de la escritura cuyo agrietamiento es innegable-, no significa que la ficción no pueda escribirnos. Lo digo en un sentido más filosófico que poético: al participar del delirio colectivo que constituye el uso del lenguaje, opuesto este a la experiencia "pura", entendiendo esta como una experiencia no verbal, digo, al participar de la palabra participamos no de lo que nosotros queremos que el lenguaje diga, sino de lo que el lenguaje dice a través de nosotros. Es Derrida y Lacan for dummies, claro; pero en un punto de un trabajo serio frente al lenguaje hay que encarar la siniestra posibilidad de que el lenguaje sea el que habla y que el sujeto sea apenas una ficción creada por él. La respondencia, pues, es el mecanismo de la atención que muestra precisamente esa imposibilidad del lenguaje para esconderse a sí mismo, para escondernos de él. Una respondencia es una ilatencia, en el sentido en que hace que un contenido latente deje de serlo, sin prestarse por ello a su total manifestación. Una respondencia es la mitad perdida no de algo, sino de nada.

, Una respondencia es el estornudo del azar.


, Huberto Batis estuvo al frente del suplemento cultural Sábado! del periódico unomásuno durante 25 años. Otra manera de contar esa historia, fuera de la rigurosamente hemerográfica, sería decir que Batis es testigo privilegiado de la historia literaria y cultural de México durante la última mitad del siglo xx. Otra manera más sería decir que sus clases en la facultad son el b-side de la historia de la literatura mexicana. Algunos creen -lo escuché más de una vez de mis, por así decirlo, compañeros- que se trata sólo de chismes de la ciudad letrada. El problema es ver con acritud el chisme. No me tomaré mucho tiempo en ello, pero creo que cierto chisme es una de las formas principales de la curiosidad. Claro, no es lo mismo escuchar el insípido relato de las inseguridades de alguien que no conocemos que saber el tipo de cerveza que le gustaba beber a Goethe, o el efecto devastador que producían en García Ponce los paisajes naturales. Menos que la mitificación de la vida privada de los escritores, lo que está en juego es el modo de configuración de una imaginación -relatada, además, por boca de un magistral narrador oral como es Batis.

, La respondencia no es sólo una libre asociación de ideas y referencias culturales, sino un modo de identificar y guardar registro del asombro. En realidad se trata sólo de un nombre para designar algo que de todas maneras la gente suele hacer al reconfigurar una coincidencia. Cualquier forma de relato respondencial podría comenzar por "vas a creer que lo inventé, pero...", etc., que es un gesto que busca evidenciar la perturbadora simetría que las caracteriza. Algunos llaman a ese estado modestamente delirante con el nombre de "sincronía", lo que limita el asombro a un encuentro en el tiempo. Podríamos decir que una respondencia es la implantación de una duda radical en la textura de la realidad, algo como un "mostrarse" de las costuras mediante una sutil suspensión de la incredulidad. Esta definición bien podría servir también para definir el arte Dadá, el arte objeto de Nicanor Parra y el teatro, dejando felizmente a las respondencias como tal sin definición propia.

, Este es el espacio de la respondencia: el espacio que deja vacante la irrupción de la nada.

martes, 19 de julio de 2011

La mejor manera de esconderse es a la vista de todos

, Hallazgo de los diarios de Julien Green. En Crítica 144 hay una selección cuidada y no puedo suponer que mal traducida, de Green. No conozco nada más de él, pero me sentí como en casa al poco tiempo al encontrarme con André Gide. Fue una sensación rarísima. Fuera de Corydon y los Sotanos del Vaticano, lo que más me gusta de Gide son sus diarios. De hecho los tengo en mi mesa de noche siempre, justo al lado de los de José Kozer. El de Gide es el libro con más papelitos, post-its y anotaciones que tengo, y eso que es apenas una selección no exhaustiva de los Diarios. Alegría que Green me lo retratara a Gide ya tan viejo, con esos ojos que los periodistas pintan agudos pero que son más bien de una opaca transparencia.

, Maravilloso encontrar también que Green prefería a Flaubert sobre Balzac. Yo conocí primero a Balzac, recuerdo perfectamente el instante patético en que termina Le Père Goriot y dónde estaba yo al leerlo. A Flaubert he aprendido a quererlo eventualmente, ¿pero será coincidencia que, como con Gide, lo que más me impresione de él son sus diarios? Cuando Green retoma en los suyos un pasaje de Salambó, con los ricos fenicios haciéndose acondicionar terrazas para beber en la clara noche, con los diamantes de sus dedos imitando estrellas... Bueno, uno podría ponerse socialista. Pero mi recuerdo más inmediato de Flaubert es su descripción de una noche estrellada, precisamente, bajo el cielo estrellado de Karnak, me parece; recuerdo las estrellas, muy brillantes, y los mausoleos de reyes muertos en la penumbra rojiza. Ambos, Gide y Flaubert, fueron viajeros consumados que atravesaron, curiosamente, cruentos periodos de guerras. Como si Green hiciera una anotación concerniente a ambos, asienta en sus diarios que las páginas que envejecen más pronto son las escritas durante la guerra, con tantos sentimientos "comúnes" en el aire. Me pregunto qué sobrevivirá de las escrituras de esta absurda guerra civil en México.

, Green pasa por otro que conozco, pero con quien no me llevo tan bien, Lev Bloy. Hubiera preferido sin duda encontrarme con otro Lev: claro, Tolstoi. No es necesario que nadie se entere que durante este verano, el más largo de la historia, soy de algún modo Yasnaia Poliana, y aunque me llamo Fyodor, me levanto también con el sol a trabajar con mis manos y a rezar en la pantalla, a veces, más por miedo que por verdadera devoción. Green era un escritor católico; eso me sorprendió bastante. Todas mis burlas están transcritas por él mismo, pero en boca de Gide. La religión es tanto una sugestión como una herencia, y me pregunto si eso no lo habré leído en el mismo Gide tiempo atrás, y se asentó en mí y se me disfraza de una convicción propia. Fascinante el análisis de la vocación sacerdotal que el mismo Green realiza para justificar el no haber tomado los votos. Pero Gide y yo sabemos de qué hablamos: ambos rehusamos un destino sacerdotal, y experimentamos la culpa a una edad en que debería disfrutarse lo que se llamaba antes inocencia.

, En una cena con "hombres de letras" que, como se sabe, no es ni por mucho lo mismo que escritores, Julien Green se queda azorado al ver con qué campechanía denuestan a Valéry. Valéry, claro, otro viejo conocido mío. En él se vuelve concreto uno de mis temores más abstractos: no ser capaz de leer nunca todo lo que quisiera leer. Paso a ver cada tanto los tomos facsimilares de sus diarios en la biblioteca Samuel Ramos de la Facultad de Filosofía, sólo para ver que siguen ahí, sólo para seguir constatando que el infinito se entrega sólo a quien se ve acorralado, idea que no le molestaría en absoluto a Kafka. Green no puede dejar de sentirse incómodo entre estos "hombres de letras", más ocupados, dice, "en el poder que en las musas". A mí me dan tanta desconfianza los métodos de los niños de las estrellas para hacer la Revolución poética en las calles, tanta como la de novelistas y editores en torno a a la mesa de un restaurante caro, hablando de gente en lugar de hablar de libros, ya no digamos de ideas, como comadres. Qué horror. Me siento tan fuera de lugar en la calle como en las oficinas y redacciones. Se me presentan como dos abismos paralelos.

, Otro viejo conocido: Jean Cocteau. Su diario es uno de los más fascinantes que haya leído. La lucidez que le dota la abstención del opio deja reluciente el hueso de la inteligencia, que suele confundirse con el de la locura. Sabe lo que le pasa siempre en cada momento de su brutal rehabilitación; sufre, pero no teme sufrir. Green lo describe perfectamente cuando habla de la capacidad de Cocteau para no dejar caer el monólogo, compuesto de frases tan acabadas que uno no puede sino levantarse en medio de la conversación para aplaudir; aplauso que Cocteau recibiría en su fuero interno, pero que disminuiría frente a su auditorio. La grandeza sólo puede ser reconocida tangencialmente, casi como deferencia al otro, pero asumida únicamente por el poseedor en secreto. Me pregunto que diría Hugo al respecto.

, Además de Gide, mi encuentro más feliz en estos fragmentos de diario de Green fue ver su recurrencia, su casi lealtad a Shakespeare. Espero que las siguientes frases se pierdan entre estas parrafadas: hace poco pensé especialmente en Shakespeare al revisar la última versión de mi Ordalía, que ya debe haber entrado a imprenta. Me dio un poco de pena ajena utilizar un epígrafe de Shakespeare para un poema. Es infinitamente pretencioso, como si yo pudiera convocar el estado de ánimo de ese verso en el lector y luego dejarlo de lado para decir mis cosas. Qué espanto. Como si uno pudiera usar a Shakespeare de ese modo. Lástima que ya lo mandé. El verso es These lines that I before have writ do lie. Pero hubo un momento en que me supe de memoria Romeo y Julieta, y no pasan seis meses sin que vuelva a Lear y Hamlet. La última vez que leí a Shakespeare fue en una edición muy maltratada, en una librería de viejo. Fue The Tempest y la leí de un tirón, porque no podía comprarla. No me sorprendió nada que Green le mencione a Gide, a respecto de su Teseo, una despedida muy parecida a la de Prospero en The Tempest.

, Entre las predilecciones poéticas de Julien Green están Keats, Hölderlin y Rilke. Hace unos días hice una grabación de Ode on a grecian urn de Keats. Un buen amigo me comentó que mi acento es neutral, lo cuál me da gusto, porque es fácil (y me pregunto si no necesario) leer esto "afectadamente". Se están diciendo cosas terribles en ese poema. Los amantes que no podrán tocarse, las ramas que no darán frutos, pero tampoco se marchitarán... Un hermoso escudodeaquiles, esta urna. Green aprecia en la poesía, me parece, sobre todo la sonoridad. Menciona a Milton también y un sermón (involuntariamente cómico) de Donne. Y vuelve, una y otra vez, a Otello y Lear para analizar un pasaje o simplemente para fascinarse a sus anchas, que es una de las ventajas que dan los diarios, la secreta y paciente fascinación. Ejercicio que rompo al transcribir estas páginas de mi diario en un lugar donde cualquiera podría verlo. Es un acto de fe: confío en que tengo, en realidad, tan pocos lectores, que nadie repararía en que estas líneas que he escrito, mienten.

, Hay una curiosa idea extraída por Green a respecto de las cartas de Hölderlin; siente que se habla de los jóvenes durante los años previos a la Revolución Francesa de la misma manera en que se hablaba en su juventud de las juventudes hitlerianas. El Terror y la Shoah tienen unos armónicos a los que hay que prestar atención. Hay que pedir lo imposible, una revolución que no termine en el horror. ¿Estaremos en una revolución o en una guerra? ¿Difiere realmente un decapitado por Robespierre a uno decapitado por el narco? ¿No están, cada uno, en sus momentos históricos, estableciendo órdenes sociales por via de la fuerza? Lo que me aterra es la normalización de este estado de cosas. Soy absolutamente egoísta aquí: no quiero tener que gastar empatía y atención en miles de muertos, sólo quiero leer en paz. Fue el argumento con el que pude pasar más o menos neutralmente por la facultad. Pero no, la literatura, la poesía, no son instrumentos de paz solamente; hay que afirmarlos más que nunca en épocas sangrientas. Acaso podamos conservar ahí todavía algo remotamente humano.

, Uno de los poemas que más me impresionan y que volví a leer recientemente es de Roberto Bolaño y dice:

Soñé que después de la tormenta un escritor ruso y también sus amigos franceses optaban por la felicidad. Sin preguntar ni pedir nada. Como quien se derrumba sin sentido sobre su alfombra favorita.

 Nada me impide pensar que, en mi papel de escritor ruso del siglo xix (y por fortuna o desgracia, este punto será comprensible únicamente para C.), pasada, claro, la tempestad y las despedidas, puedo reunirme con mis amigos franceses, Paul Valéry, André Gide y Julien Green (creo que ellos no soportarían que invitara a Lacan, pero es mi interpretación y lo invito si quiero), y podríamos sencillamente optar por la felicidad. Entonces me derrumbo sobre mi alfombra, aún con sentido, aunque mis días últimamente parezcan sin sentido, precisamente, por exceso de sentido; me derrumbo sobre mi alfombra y sé que me escondo cada vez que me presento por mi nombre.

.

lunes, 11 de enero de 2010

Libros de enero, 2010

, Roberto Bolaño- Los perros románticos.
, José Kozer- Bajo este cien.
, José Lezama Lima- Paradiso.
, Roberto Bolaño- Llamadas telefónicas.
, Matsúo Basho- Senda de Oku (sí, traducción de Paz).
, Jorge Eduardo Eielson- Primera muerte de María.
, Eugenia Revueltas- José Revueltas en el banquillo de los acusados.
, Muriel Barbery- La elegancia del erizo.
, León Tolstoi- Relatos.
, Yorgos Seferis- Seis noches en la Acrópolis.
, Roberto Bolaño- Los detectives salvajes.
, Eugenia Revueltas- Vasos comunicantes.
, D. Wayne Gunn (selección)- Escritores norteamericanos y británicos en México.