Me mudo a razón de 5 o 6 veces por año desde hace 3 años, pero el departamento donde vivo actualmente me gusta tanto que podría quedarme aquí por tiempo indefinido. No es sólo vivir con gente que además de querida tiene la rara cualidad de ser inteligente, sino que la ruta a mi trabajo se hace en tiempo récord para esta ciudad, los gastos no son tales que me tengan al borde de la aterradora fame, como en otras ocasiones, y he sido adoptado por dos gatas hembra que me hacen compañía de un modo discreto, frío en ocasiones, pero que en todo caso va muy bien con mi necesidad de espacio.
Sin embargo, mudarse para mí es lo que podríamos llamar una condición espiritual. Si creyera en esa tontería de las vidas pasadas, podría pensar que en otra reencarnación fui un prófugo de la justicia y que la costumbre permaneció a través del proceso metempsicótico hasta esta carne que se siente encerrada luego de pocos días en los mismos espacios, las mismas rutas y los mismos nombres. Ante la imposibilidad de dar cuenta del mencionado proceso, me voy por la hipótesis de que simplemente me aburro con facilidad, y el aburrimiento es algo que me aterra genuinamente, casi tanto como el hambre.
Por eso, y a la espera conjunta de que Nancy se mude conmigo, he comenzado un juego formal para responder a mi necesidad de vistas y espacios nuevos, que es lo que ocurre básicamente cuando uno se muda, y que es como decir que mudarse de espacio es mudarse de ojos y mudarse de vida. El juego consiste en mudarse, pues, dentro de la propia habitación. No es una tarea titánica realmente, dado que por el mismo rasgo paranoico que me ha hecho mudarme tantas veces (aunque no ha sido siempre por aburrimiento, y en algo el azar aporta su cuota de incertidumbre) mis posesiones caben siempre en una camioneta no muy grande, con el fin inconsciente de poder escapar durante la noche --como ha ocurrido alguna vez-- sin que nadie escuche los ruidos propios de la fuga. Así, no es lo mismo despertar cerca de la ventana que del otro lado de la habitación (no muy grande, a todo esto), ni tomar los libros del pequeño librero con un movimiento de poco esfuerzo que tener que levantarse del escritorio y dar un par de pasos hasta ellos.
La mudanza intra-habitacional se resume en una dinámica de gestos. Recuerdo de pronto un cuento de Milorad Pavic, "La jaula blanca de Túnez en forma de Pagoda", contenido en el libro Siete pecados capitales. El narrador de este cuento se muda imaginariamente a diferentes casas que observa por la calle; las amuebla en su imaginación durante sus largos periodos de insomnio. El narrador se propone la difícil tarea de amueblar una casa específicamente para empatar con los movimientos de JM; para ello, realiza un "diccionario de movimientos". Atención: no es un inventario, pues un inventario sería únicamente la computación de cada movimiento. El valor del diccionario (como en la obra --obras, en rigor-- más conocida de Pavic, El diccionario jázaro) estriba en que hay una intención cualitativa, interpretativa en lo que de otro modo sería mera acumulación. Valdría más un pequeño ejemplo de las múltiples posibilidades gestuales:
Ordené los picaportes y cerraduras del maestro Lunich, cuyo taller estaba cerca de Kalemegdan. De él ordeno todo el latón cuando trabajo en edificios reales. Pero aquí los pedidos eran especiales. Ni siquiera dos picaportes debían ser iguales. La razón era simple. Cada uno de los picaportes induciría un ademán diferente en los largos dedos de JM. (...) Uno tenía la forma de un pájaro que estaría en la mano de JM cada vez que abriera la puerta de la sala de baile en el piso superior, otro era como el mango de un arco de violín, el tercero como un abanico chino.
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