Mostrando entradas con la etiqueta imprecación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta imprecación. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de agosto de 2017

Respuesta a un anónimo sobre el acoso callejero

Esta es una respuesta extendida a una pregunta que me hicieron anónimamente en el CuriousCat sobre el acoso callejero. Prefiero publicar mi respuesta tal cual la escribí que limitar lo que trato de exponer a un formato más breve.

Los hombres tendemos a interpretar el acoso callejero como una especie de fenómeno climático (en ese sentido [qué fuerte]: natural) que sólo experimentan las mujeres. Por eso nos es no sólo difícil empatizar sino acompañar y responder frente al acoso callejero que sufren ellas, especialmente cuando son nuestras parejas. 

Primero: no todo el acoso que sufre una mujer en la calle ocurre de la misma manera, por lo que la forma de empatizar con una mujer que te lo cuenta es diferente en cada ocasión. No es lo mismo la molestia "distante" del catcalling (chiflidos, piropos) que un tocamiento en el transporte público donde ella sintió miedo por su integridad física. Además, cuando te lo cuentan ya es un hecho (un crimen) consumado. Lo segundo: creer en lo que te cuentan. No sé en otras personas, pero a mí me sorprende lo fácil que los hombres ponen en entredicho los relatos de las mujeres, incluso de quienes denuncian (cf. caso Plaqueta, caso Porkys). ¿Por qué nos es tan difícil escuchar que una mujer se sintió agredida, por qué la cuestionamos a ella por sentirse agredida y no a los agresores? No es una pregunta retórica: es el privilegio masculino.

Podemos romper este ciclo de impunidades si reconocemos que están pasando siempre a nuestro alrededor. Una vez estaba esperando a Tania en la banca de un parque; la vi venir a lo lejos y me tocó ver cómo tres adolescentes le hacían catcalling. Ella los confrontó, así que me acerqué y los confronté también. Se fueron con la cola entre las patas. Pudieron habernos agredido, pero en el caso de acoso callejero no hay algo personal en la conducta del agresor que lo lleve a elegir cierta mujer frente a otra, no quiere asaltarla necesariamente ni tiene una motivación ulterior que lo motive para insistir después de la confrontación: es la disponibilidad y la garantía de impunidad lo que les permite seguir, literalmente, tan campantes caminando por la calle.

Creo que algo que pueden hacer los hombres, parejas o no, frente al acoso que sufren las mujeres, es desnormalizarlo. No hay nada en la forma en que una mujer habita el espacio público que la haga legítimo blanco de la frustración y agresividad de un hombre. Dicho de otro modo, nada de lo que una mujer haga en la calle amerita que alguien la agreda. El acoso callejero parecería una especie de impuesto a las mujeres por el paso franco por el espacio público. La experiencia de la ciudad de una mujer y un hombre son radicalmente distintas, y algo que podemos hacer con el privilegio masculino en el espacio público es señalar y confrontar ese tipo de prácticas; con esto podemos contrapesar la aprobación que producen estas acciones en los hombres que las cometen. Los acosadores no siempre son donjuanes solitarios no solicitados, sino pares o grupos que se protegen y se recompensan esos comportamientos (léase, los hombres acosan para excitar no la líbido propia, sino la de otros hombres), así que como hombres, creo que se trata de no volvernos cómplices o testigos silenciosos de la violencia sistémica que sufren las mujeres (y no sólo en el espacio público). 

jueves, 23 de octubre de 2014

Formas de arruinar un libro

De camino a la oficina pasé por un tenderete de libros al que se podría decir que soy asiduo, de los que llaman "libros de ocasión" (como si el libro pudiera ser otra cosa que ocasional). Tomé de la sección de rebajas un volumen académico, Huida a la libertad: fugitivos y cimarrones africanos en el Caribe de Alvin O. Thompson, editado por la Unesco, Siglo XXI y la Universidad de Quintana Roo. El tema de los esclavos libertos en América, de un extremo a otro, me ha fascinado durante años (Edgar Khonde sabe por qué), así que empecé a hojear el volumen mientras el tendero se acercaba.

40 años, rubio, ojos azules, barba, un pronunciado defecto del habla. Comenzó a construir el discurso de ventas del librero oportunista, ese que --como el reseñista de libros-- habla de lo que no sabe. En general escucho o finjo escuchar, pero hoy simplemente no estaba de humor.

-No me arruine el libro, le dije.
-Dizculpe, me dijo, como quien acostumbra disculparse aunque no sepa bien por qué. Yo zolamente...

Y luego tuvo lugar un curioso diálogo. Le expliqué que, para mi entender, un libro es como un regalo, pero que no todos los regalos nos corresponden. 

-¿Usted abriría un regalo que no es suyo?

Se quedó pasmado, atornillado en su sitio, defendiéndose incómodamente tras su sonrisa.

-¿O una carta que no es para usted?
-¡No, de ninguna manera...!

Traté de explicarle sin ser excesivamente pedante que lo que a mí me gusta de hojear los libros es saber si son para mí o no, si me corresponden o no. Echar un ojo al índice, detenerse a la mitad de algún capítulo como espiando una conversación ajena, eso es lo que me gusta. 

Luego me dijo que tenía varios libros de la misma colección, lo que de hecho me pareció un dato interesante. Pudimos conversar a respecto de algo que él, en su papel de tendero, efectivamente sabía, aunque como librero dejara mucho que desear; es que el librero debe ser algo así como un psicoanalista: debe escuchar más de lo que habla, e intervenir sólo en casos extremos. Me dejó a solas con el libro y vi que sí, que efectivamente habían un par de páginas de Huida a la libertad: fugitivos y cimarrones africanos en el Caribe que efectivamente me corresponden. 

Cuando trabajaba en la hoy extinta Librería Internacional estuve muchas veces en esa posición. ¿Aventurar comentarios sobre libros que no he leído o sumarme a la pesquisa del probable lector? Pero si el librero ofrece libros como quien ofrece naranjas, el libro se vuelve mercancía, y eso me parece intolerable.

El libro tiene que seducir a su lector, tiene que convencerlo de que vale la pena comprarlo o correr el riesgo de robárselo o de hacerse de él como buenamente pueda. Si la recomendación corre a cargo de un lector, de un amigo o de un crítico cuya opinión toleramos, su comentario puede enriquecer nuestra lectura: puede servir de envoltura, dar cuerpo al misterio, servir de pista para encontrar el libro que nos corresponde. Pero si el comentario lo realiza un mercader, un reseñista o la propia editorial, nuestra lectura queda viciada de antemano, como si leyéramos con un lente ajeno. 

Si el libro no se nos presenta como un destino, probablemente estamos usurpando la lectura de alguien más. O probablemente no y simplemente --es mi caso-- prefiero los libros que me hablan a mí, que pareciera que estaban ahí, esperándome, en una cita que no sé cuándo acordé, pero a la que acudo a tiempo.

domingo, 9 de octubre de 2011

Utopía

El carácter de diario se convierte en un carácter específico de la literatura...
es el único diálogo posible que existe en el Estado total.
-Ernst Jünger.

, El maestro Federico Álvarez nos dijo una vez: tratar de leer unas 80 o 100 páginas al día, y escribir unas 2 o 3. Eso parecen hacer los escritores, básicamente, at its purest. La proporción de páginas puede variar, es cierto, pero se ejerce un alfabetismo funcional, y muchas veces es por simple mor de disciplina. Eso creo. Hoy me pasé casi todo el día leyendo y fui feliz (a la Cavarero, a la Butler, al Yaxkin, poquito Eliade), pero hacía días en que tenía los ojos demasiado cansados para leer. ¿Escribir? Ni pensarlo. Pero siempre leo y siempre escribo, aunque esté muy cansado. Porque nadie va a hacer tu trabajo por ti. Este es tu trabajo: no habrá consecuencias si no lo haces, pero no eres enteramente libre para abandonarlo.

, Curioso que Incendios de Hugo Arrevillaga y Incendies de Denis Villeneuve difieran tanto en momentos y episodios clave. Son maneras únicamente de presentar el proces anagnorítico, pero rescato la posibilidad de contar la misma historia de muchas formas y que siga siendo genial. Tan oulipesca que parece mi explicación que le queda muy corta a lo que infructuosamente explica. Estoy en shock aún por esas obras. Obras paralelas: una obra de teatro y una película. Ninguna abreva de la otra. Cuentan la misma historia, comparten imaginarios, pero son poderosísimas formas de decir de otro modo (maravilloso) lo mismo.

, Ayer vimos Un prophète otra vez. ¿La vi con Estrella o con Manchitas la primera vez? La vi hace mucho. Escuchar árabe ayer y escuchar árabe hoy, qué lujo.

El árabe y su temblor,
su salvaje elegancia,
su rumor de pájaros
(escritura de alas, de alambre)
que en el centro de las cosas
celebran un dios oculto.

, Biblioteca Central, UNAM. Frustrante, sobrepoblada, sucia. Frustrante porque si necesito algo de los pisos superiores, cierta incompetencia mía se alía con un azar nefando y rara vez encuentro lo que busco. Pero lo que no busco me encuentra. Lo demás es sólo defecto de una población estudiantil inmensa, aún en domingos. Con todo, prefiero ir en domingo a ir entre semana. El tiempo está enredado en el árbol de aguacate del jardín los domingos. Los demás días es un jardín urgente, pero hoy no. Las ardillas pueden meditar sobre las piedras sin peligro. Uno puede hacer una chispa a la sombra de la enredadera para fumar y leer, e iluminarse un poco. Alcanzar la sabiduría, modestamente y sin prisa. Callar a placer. Callar todo lo que se quiera.

, Sucede que estoy demasiado cansado. Sucede que no tengo ganas de aguantar a nadie. Sucede que puedo ser encantador, pero que no soy el puto Buda y la paciencia se me agota. Sucede que si decido pasar tiempo con alguien no es porque deba hacerlo. Sucede que si me cancelas demasiadas veces entras a mi lista negra: no respetas mi tiempo, no tengo mayor interés en ti. Eso me lo enseñó Ed., entre otras cosas. Tengo muy poco tiempo disponible para no hacer nada, y no lo perderé esperando a nadie. Caraxo.

, Para mi empleo escribo unas 10 cuartillas diarias. En mi diario, esa forma de literatura privada o diálogo con el otro en uno mismo, escribo dos o tres. (Pantallas, pantallas. Putas pantallas. Puta luz y puta migraña.) Allá escribo sobre videojuegos. Creo que no hay público más difícil. Es una industria noble, con todo lo que tiene de voraz: nadie puede obligarte a jugar videojuegos. Pueden ponerte a Britney Spears o qué se yo en la tele, en la radio, en la comida, por amor de dios, pero no pueden ponerte un control en la mano y hacer que lo uses. [Sí pueden: hace tiempo se descubrió que hay cárceles clandestinas en China donde los prisioneros son forzados a farmear oro para World of Warcraft. Ni los videojuegos son inocentes.] El tiempo que me queda para escribir lo mío lo ocupo escribiendo lo que escribiría si escribiera. Como este post. Como este blog, en su mayoría. Espero devenir escritura alguna vez, escribir en serio.

, Almuerzo con J.K. pronto. Ojalá que D. estuviera. Que ciertas constelaciones de iniciales se encontraran.

, Todo en Twitter es ser comercial de uno mismo. Antes (donde "antes" indica hace poco más de un año), las fiestas eran divertidas y aún no se volvía esta vaina de mercadotecnia sobre públicos cautivos. Si estuviera en campañas sociales o BTL en publicidad probablemente haría lo mismo: tomar a alguien con miles de seguidores y decirles que venda cosas. Pero hay dos cosas que me cagan aquí: la idea de que tus compas (incluso algunos que consideras amigos) te vendan mierda que no necesitas. Y segundo: que crean que eres idiota y lo disfracen de "tuits" casuales. Coño, Twitter dejó de ser divertido hace tiempo, pero esto es demasiado. Un día alguien se va a cortar un pie en tuitcam por llamar la atención. Y pues ojalá le duela.

, Estoy obsesionado con esta canción:



Tomar distancia del presente. Pienso en David Lynch, claro. Está Los Ángeles, los retazos de sentido del video, su distancia emocional con la música. Vuelve glamuroso, casi épico, algo más bien vulgar: todo un logro. Si la música popular es la representación de la visión de mundo de la gente, este lugar es una utopía honesta. Utopía, hoy, es lo que fue. Pienso esto, lo escribo y me da pereza que mi generación va a reciclar hasta la nostalgia por Utopía. Ni siquiera perdimos el mundo para nosotros. Ya estaba todo perdido desde que llegamos. O en vías de. Debatíamos ayer el Meme y yo sobre si tenía los labios operados o no. Seguro que sí. Pero está bien. Es la encarnación del imaginario tumblr. Coño, debo pedir una beca para que me paguen por analizar esos 4'50. Sí funciona así, ¿no?

, Lo que está escrito debajo de muchos escritos es "ojalá no se muera nadie que quiero".

, --¿Tres colecciones de poemas publicados en un año y "quiero devenir escritura"? No me jodas, Raya --me dice mi conciencia. --Tienes material como para publicar un libro no demasiado pinche cada seis meses por cuatro años. --Calla, perra --le respondo a mi conciencia. Todavía no escribimos nada. Todo está por hacerse. Todo está por escribirse. O, como se dice, aún no hay nada escrito.

, Quiero creer que puedo hacer mi parte para construir comunidad. En las coordenadas de comunidad que viene, que dice Agamben, está una ontología relacional que ulteriormente lo que quiere es salvar al mundo. Coño, sí, yo también quiero salvar al mundo. Aunque el mundo no quiera ser salvado. También quiero hacer mi parte. Por eso es más encabronante recordar que el mundo es gente. Y que 3/4 partes del día odio personalmente a cada uno de ellos. ¿Y si comienzo a hacer mi parte intercambiando mi lugar por el lugar de mi escritura, como aconsejan el Canetti y Blanchot? ¿Cuál lugar? Utopía, siempre. El de la escritura posible.

, Heaven is a place on Earth with you.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Jurar sobre la tumba de un caballo muerto

Uno de mis primeros empleos fue haciendo corrección de estilo para un periódico fundado y cerrado poco después por cierto político de provincias para impulsar su fallida candidatura. Lo mejor que me pasó ahí fue obtener un cheque de liquidación, con el cuál hice un pequeño viaje. Esa noche me informé sobre cómo llegar a Real de Catorce y a la mañana siguiente, al amanecer, me fui.


De Real no me atraían las drogas (el único peyote que vi durante mis días en el pueblo estaba como adorno dentrto de una maceta, en una pequeña tienda de baratijas). Me atraía el desierto, la experiencia del desierto. Era el 2005, tenía 20 años y estaba atorado con la redacción de mi segundo cuaderno de poemas. Por alguna razón pensé que en el desierto podría dedicarme a escribir durante un par de semanas, así que M. me llevó a la terminal de autobuses, de donde salí en un camión hacia San Luis Potosí, de ahí a Matehuala bordeando las montañas y luego en otro camión hasta la entrada a Real de Catorce. 


El túnel era impresionante. Podría googlear el nombre del túnel o ver mis cuadernos de esa época, pero prefiero quedarme con la imagen de un túnel largo y oscuro, anónimo en su peso abstracto de garganta ciega, de montaña sostenida con varillas apenas unos metros por encima de mi cabeza, como anónima la hora o poco más que tarda el destartalado autobús en cruzar de la oscuridad a la plena luz de un pueblo abandonado. Relativo el tiempo en la angustia, en el encierro, se sabe. Un poco, imagino, como nacer.


He tratado de contar esta historia varias veces desde entonces y la verdad no se me ha dado bien. Hay una tendencia exagerada a contar con imágenes, las cuáles a la distancia me parecen demasiado irreales para ser creídas, como la descripción anterior del túnel. Es lo que digo cuando digo que en el lugar de los eventos coloco la escritura, porque si contara los eventos que me ocurren tal como ocurrieron nadie me creería. El túnel cualquiera puede constatarlo, pero progresivamente la historia va tomando un tono que ni a mí me convence. Dudo de la existencia de algunos eventos, del nombre de algunos personajes y del tiempo total que pasé en Real de Catorce. A veces me parecen un par de días, a veces se sienten como meses. Me tomaré todo el espacio necesario para contarla, además, esperando que el lector se canse de leer en pantalla y la abandone. Que deje encerrado al desierto dentro del desierto. 


Del primer día recuerdo cuánto me impresionó lo pequeño del pueblo, un par de calles polvosas como líneas en una mano muy seca. Me conseguí el cuarto más barato que encontré y salí a comer. No recuerdo bien a bien la comida de los demás días, pero el primer día comí en un restaurante italiano para turistas: berenjenas con ajo, filete y vino tinto. Las berenjenas estaban bien, y casi puedo decir que fueron las mejores que comí nunca. El vino era pésimo. Al bajar la tarde me senté en un barranco donde el pueblo termina y comienza el desierto. Con el sol doblándose, recuerdo el desierto azul, pero es un detalle que no puedo confirmar, o puede tratarse de que confundía el desierto con el cielo. Recuerdo mucho mejor, en cambio, la sensación de frío inmediato cuando el sol dejó de verse tras una montaña. Fue como un apagador de luz para activar el frío. Ya. Ahí. Justo entonces Montalvo subió por el barranco. 


No recuerdo el nombre de mucha gente; practico la cortesía como una manera de mantener a la gente a la distancia: descubrí que mientras más amable eres, más inaccesible te vuelves. Funciona por un tiempo, claro. Pero con Montalvo pasó que se hizo mi amigo en cuestión de minutos. Es una de las personas de ese tiempo que genuinamente extraño. Era brasileño, chamán según su propia descripción y artesano como descubrí con los días. En un portuñol bastante torpe dimos a entender un agradecimiento común: estábamos de lo más felices de estar, cada quien por sus razones, justo en medio de la nada.


La "nada", con todo, no describe precisamente a Real. Puedo describir Real de Catorce como un vagón de tren que se quedó varado y luego fue acondicionado para atraer turistas. Nunca entré a la iglesia del lugar, pero era común ver a viajeros, turistas y hippies de todas nacionalidades en train de la iluminación, menos en la iglesia que en las plazas o en las dos o tres cantinas, planeando expediciones nocturnas al desierto, rentando caballos o apalabrando camionetas. La gente va por el peyote. "Peyote solidities", que decía Ginsberg. La experiencia de la soledad delirante de hikuri, como llaman en lengua huichol al peyote. El venado azul, el ciervo vulnerado que elige a su cazador. 


Mi experiencia mística, para pronta decepción del lector, fue la del tiempo: tener todo este tiempo para escribir. Recuerdo que la mano me dolía después de estar sentado unas diez horas diarias durante días escribiendo en los cuadernos blancos que llevé. Terminé el poemario, que no valía nada ni entonces ni ahora, y tomé muchas notas para una novela la cual, por supuesto, nunca publicaré. Después de escribir unas horas en la mañana bajaba a buscar algo de comer, y siendo el pueblo tan pequeño no había necesidad de que Montalvo y yo nos pusiéramos de acuerdo sobre la hora y el lugar para vernos. Simplemente bajaba, andaba un poco y ahí estaba, en su puesto portátil de collares y pulseras, el cuál recogía para que fuéramos a comer a la cantina. No lo vi beber nunca, eso sí. De él recuerdo realmente su risa, su acento indistinguible ya como marca de ninguna nacionalidad, sus rastas muy largas y sus dientes de caballo. Fue en la cantina donde conocimos a un par de músicos gringos. Montalvo juraba que podía hablar inglés, but basically I did the talking


No es que hubiera demasiado que contar tampoco. Con los músicos nos quedábamos en la plaza (si a esa plancha pavimentada puede llamársele plaza o kiosco) tocando canciones hasta que un policía (si a esos gordos desagradables puede llamárseles policías) llegaba y amenazaba con arrestarnos si no bajábamos el volumen. Según entendí, el único crimen realmente grave tenía que ver con portar o transportar peyote. Entiendo que además de que su consumo es ilegal fuera de las comunidades que practican ritos religiosos en torno a él (pues las comunidades huicholas están protegidas por el artículo 24 de la constitución mexicana [¿por qué coño sé eso?] con respecto a la libertad de culto), resulta que es una especie vegetal en extinción, protegida por algún elegante tratado conservacionista, por lo que la multa puede ser muy costosa. No sé. El caso es que regresaba borracho de madrugada al cuarto que rentaba y me ponía a escribir unas cuatro o cinco horas más, hasta que amanecía y caía rendido. Hasta que comenzaba otra vez. Así por días.


No recuerdo cuándo fue que Montalvo y yo conocimos al matrimonio McComb. Helen y Rudolph McComb eran una pareja de jubilados escoceses que recorrían el mundo en sus años dorados. Recuerdo que Rud me dio la tarjeta de su negocio de compra y venta de autos usados, misma que debí perder en alguna mudanza. Con ellos fuimos a ver las minas abandonadas. Como no es difícil investigar, Real de Catorce fue un pueblo minero que se quedó sin minas, o propiamente, sin metales qué explotar. De la mina recuerdo un agujero donde tirabas una piedra y tardaba varios segundos en caer, provocando un eco atroz, aunque infernal no sería un calificativo inapropiado. Igual que con Montalvo, nunca nos poníamos de acuerdo para ver a los McComb, y simplemente nos encontrábamos. Por eso mismo no hubo manera de despedirse. Y qué mejor.


Parece que esa estrategia le funciona bastante bien a Montalvo. Decía tener unos 37 años, pero aparentaba muchos menos. Había una chica en el pueblo (qué clase de historia sería esta si no hubiera por lo menos una chica), con la cuál, en un viaje previo, había tenido el buen tino de hacer un recuerdo en la trastienda del negocio de souvenires de la chica. El recuerdo se llamaba Kin y tenía seis años. No podría decir que heredó los dientes de caballo de su padre, pero el parecido era innegable. Y no era que tratara de negarse nada, realmente. Durante los últimos días en Real pasamos mucho tiempo con Kin, que iba y venía del negocio de su madre hasta el puesto callejero de su padre, en el cuál estaba yo temporalmente empleado. O para decirlo en jerga corporativa, "en capacitación".


Habrán sido unos cinco o seis días que viví virtualmente de lo que vendíamos en el puesto, además de ahorrar un poco para rentar un caballo y hacer alguna expedición al desierto. Resulta que tengo talento para tejer collares, pulseras y complicadas gargantillas de alambre, habilidad que está más que sepultada hoy en día. Un día mientras tejía algo con un hilo transparente, plástico y elástico, llegó un actor de Hollywood haciendo el papel de turista. Con las cosas que hice y vi durante esos días, mismas que me reservaré al igual que el nombre del actor, me pareció de lo más natural ver pasar frente a mí a alguien que acababa de ver recientemente en alguna película. You're an actor, le dije, seguido de su nombre propio. Tuvo un pequeño pero significativo gesto de pánico y asintió. Sonreí y volví a lo mío. Preguntó por alguna cosa pero no compró nada. ¿Se habrá decepcionado de que no le pidiera un autógrafo? ¿Será que fue, como yo, a desaparecer, y confrontado con su nombre propio reapareció de pronto en medio de la calle polvosa de un viejo pueblo mexicano? 


¿Será que este post se está extendiendo demasiado? Bueno, para la brevedad está Twitter, dirían los puristas. Pero esta no es una historia breve, aunque estoy descontando muchos episodios por que temo enterarme, al escribirlos, de que realmente nunca ocurrieran.


Tuve que escapar de mi lugar de escape. Un repentino momento de desesperación fue sucedido por una extraña sensación de libertad, naturalmente, en sentido existencialista: el ser es ser frente a la situación. Montalvo se iría más al norte, probablemente a la frontera, y me sugirió que lo acompañara. Me negué, por M. Cuando me di cuenta de que me hubiera gustado que M. estuviese ahí conmigo, sintiendo ese frío que se activa automáticamente cuando cae el sol, caminando por el desierto, cuando terminé el collar que hice para ella (con una enorme piedra morada cuyo nombre, claro, he olvidado) supe, pues, que era hora de volver. Además de que un evento inesperado apresuró mi salida del pueblo. Encontré a Montalvo cerca del túnel, antes del amanecer. Vio mis manos, mi prisa, mi mochila y mi sombrero y comprendió todo. Montalvo me dijo "vengo". Entendí que era un modo cortés de despedirse.


Atravesar el túnel a pie me dejó bastante agotado. Me sentía muy ridículo con el sombrero que usaba en Real, pero agradecí llevarlo mientras caminaba por la carretera, con el pulgar hacia el cielo como había visto en las películas o leído en las historias sobre Neal Cassady o Jack Kerouac. Salí del pueblo después del amanecer y para medio día aún no conseguía aventón. Mi prisa se debía a que mis perseguidores me dieran alcance. Llegué a pensar que el autostop era una suerte de guiño entre iniciados, y que un novato como yo simplemente no tenía cupo en una cofradía de autoestopistas mundiales y secretos. Afortunadamente una pick up se detuvo. En esta parte del camino de este largo post voy a esconder todo lo que extraño a Mauya, mientras subo a la camioneta por la carretera empinada que baja de Real, al amanecer. Dudo que alguien haya llegado hasta aquí, así que voy a poner aquí el nombre de Mauya, que naturalmente no es el nombre de Mauya ni de la M. del principio ni el final de esta historia, sino simplemente un animal de desierto, un bellísimo animal humano, la hembra que me falta todos los días. Y junto al nombre de Mauya, mientras recuerdo la línea recortada de las montañas contra el cielo de mediodía desde una pick up en el desierto, voy a enterrar toda esperanza de verla otra vez. Voy a darla tan perdida como la novela que escribí en Real de Catorce y quemé hace poco, al prepararme para esta última mudanza. Voy a soportar pensando que su cuerpo y su voz son tan irreales como el caballo que renté para una breve incursión al desierto, el cuál de pronto se desplomó, muerto, en medio, ahora sí, de la nada. Voy a suponer que Mauya es tan irreal como la víbora o el alacrán que no vi que picara al caballo. Que Mauya es tan etérea como el peso del silencio en la noche del desierto. Que Mauya es una luz que no cesa, como las estrellas detenidas en una luz que tampoco existe, pero que existió, hace millones de años, fija en su insistencia de brillar, fijas como las patas del caballo en la rigidez de la muerte, con las moscas que se filtraban zumbándole por la nariz y los ojos mientras yo cavaba en la dura arena con mis manos peladas una tumba, con las montañas alrededor y los fálicos cactos. Que Mauya es tan irreal, en suma, como esta historia.


Me quedé en Matehuala un par de horas para comer algo y volví a la carretera. Recuerdo llegar a San Luis Potosí ya de noche, en otra pick up, sosteniendo instintivamente mi sombrero con una mano mientras trataba de dormir. Recuerdo el frío de la carretera, pero sobre todo las estrellas. Un viaje al norte en esas condiciones sería en estos días algo poco recomendable por la peligrosidad que han tomado los caminos de unos años a la fecha. Sería por lo menos tardado, mucho más, debido a los retenes militares; pero entonces, hace seis años no sólo era posible, sino necesario. No sé cómo ve las estrellas la gente en un viaje de peyote, y no sé si frente a la violencia de estos días la gente podrá volver a viajar tranquila durante la noche por las carreteras del norte, o será que el narco ha secuestrado también el desierto, y junto al desierto, el cielo del desierto y las estrellas, pero a mi me bastan las estrellas tal como son, lo que es decir, como las recuerdo.


No sé por qué conté esta historia justo hoy, justo ahora. Tal vez porque hace justo un año aterricé en Tijuana, a donde pensé volver este año, pero me fue imposible. Tengo pequeños cuadernos de todos los viajes que he hecho desde los 14 años, cuando viajaba con un maletín que contenía mi libreta de dibujo (la razón por la que dejé de dibujar merecería un post aparte), algunos cómics, algún libro, libreta para escribir, lápices de diversos tipos y plumas de tinta china. Ese es el problema de no recordar por qué cuenta uno las cosas. ¿Conté Real debido a mi imposibilidad de contar Tijuana? ¿Conté Real por el embrujo reciente que dejaron en mi J. y D. R. con sus historias de iroqueses y cantos, y cuyos nombres entierro también, aquí, en las arenas del texto, en el lugar de la absoluta hospitalidad? ¿Conté Real porque no es real? Conté Taxco hace poco. Tengo muchos apuntes de Xalapa, otros numerosos de mi temporada chiapaneca y otros del tiempo que me disloqué el hombro surfeando en el Pacífico, cuando pensaba que no volvería nunca a la ciudad. Nunca he salido del país. Nunca ha sido necesario, y con todo j'ai connu chaque fils de famille! Recuerdo que M. me recogió en la terminal cuando volví de Real. Una señora me prestó unas monedas para poder llamarla y que fuera por mí. Es una deuda que recuerdo constantemente, no sé por qué, como si debiera buscar por el mundo a esa señora para devolverle sus cinco pesos.


Cuando digo que no sé algo, es por que en el fondo lo sé, pero sencillamente no quiero desarrollarlo. Conté esta historia para que D. la lea, aunque sé que es muy poco probable que lo haga. Conté esta historia porque la extraño. Porque hay que contar cosas aunque no se sepa bien a bien ni por qué ni a quién las cuenta uno. No sé. Lo que sí sé es que juré sobre la tumba de un caballo muerto no viajar si no tenía algo que hacer en el sitio al que viajo, lo cuál ha funcionado muy bien hasta ahora. Nunca seré turista, lo sé. Y claro, sobre la tumba de ese caballo muerto juré tampoco volver a usar sombreros después de llegar a casa. Y no lo he hecho desde entonces.


.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Iniciales

, Hay que escribir sólo para forzarse a escribir. La musiquilla, este pataleo de teclas, este ronroneo. Hay algo animal a respecto de los dedos cuando se escriben: hacen formas modestamente salvajes, como pulpos o arañas. Obvia, la imagen, pero es cierto. Algo inicia siempre cuando se escribe, aunque no importe. Escribo, hoy, porque no tengo nada que decir. Pero hacerlo es sumamente importante.

, Leo un cuaderno del 2009: quise mucho a E. Me dolió mucho que nos distanciáramos. Hay muchas iniciales en mi cabeza estos días: toda la falta que me hace D.; todo lo irreparable que quedará con M.; todo lo que odio a la otra M.; los textos que quiero comentarle a R.; los encargos secretos de C. que me emocionan y para los que no hallo tiempo. E.T.C. En este sentido, no seré nunca un hombre de letras; a lo mucho, de unas pocas iniciales.

, En el 2009 vivía donde me dejaban quedarme. Pocas veces me faltó de comer, pero a veces me faltó. Tenía miedo, pero no sé a qué. K. fue decisiva en ese proceso. Ella, la Woolf, y P. Ese año escribí en casa de G. Por los rasgos una bayoneta, cuyos ejemplares acabo de recibir esta misma semana. D. me ayudó a corregirlos. Oye: nos quedó bien. Gracias.

, Hoy terminé de releer El proceso, donde, justamente, el protagonista es una inicial. Recuerdo de cierta carta de Kafka donde dice que un libro no debe darnos felicidad, sino algo así como un golpe en la cabeza. Lo recuerdo espontáneamente, a cuento de nada. Esta relectura fue sustanciosa porque pude corroborarla con los comentarios de Elias Canetti sobre la correspondencia de Kafka con Felice Bauer; el germen de El proceso está ahí, en ese otro proceso de verse no como agente de la propia vida, sino como confluencia de las determinaciones externas. Una vida como un accidente.  De tránsito, claro. Como Ch. que llega y me reclama alguna cosa. ¿Qué manía de vivir con gente? Había sido un fin de semana tan pacífico. ¿Preferiría a la señora Grubach? Sin duda no. Pero hasta ahora había honrado ese dictum kafkiano este domingo de lluvia:

"No es necesario que salgas de casa. Quédate junto a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera. Pero ni siquiera esperes, quédate completamente quieto y solo. Se te ofrecerá el mundo para el desenmascaramiento, no puede hacer otra cosa, extasiado se retorcerá ante ti." [Aforismos, apéndice a 109.]

, Así, muy quieto y muy solo me quedé todo el día frente a mi mesa, con valientes irrupciones en la cama sólo para estirar la espalda un poco. El mundo no se me reveló ciertamente, pero cumplí con mi parte. Tal vez mañana. ¿Escribir no es estar a la espera, a disponibilidad, como ponen en las cartillas militares, sencillamente, a que tal vez mañana ocurra en esta misma mesa algo de la talla de un ofrecimiento? ¿Que, si uno hace su parte y se pone en su mesa, el mundo, o tal vez algo más modesto, una huella o inicial, se ofrezca frente a nosotros?

, Lo de estar muy solo realmente no fue tan exacto: desde hace días vienen cuatro o cinco albañiles a hacer reparaciones por todas partes. Le conté a F. la historia de la señora Winchester, que, temiendo que los espíritus de los muertos por el fatal invento de su esposo vinieran a cobrarse con ella, por consejo de una bruja tenía día y noche a gente en su casa haciendo reparaciones. Una noche particularmente lluviosa, como esta misma en DF, aunque la de ella ocurriese en Texas, creo, los obreros tuvieron que suspender las labores nocturnas y la señora Winchester murió. Pero a diferencia de ella, mi carácter me lleva a preferir mil veces a los fantasmas que a las personas; al menos aquellos son infinitamente sutiles en sus, así llamadas, manifestaciones, mientras que estas otras no hacen sino manifestarse. Sí: espontáneamente me siento más cerca de los fantasmas que de las personas, por la sencilla razón de que su manera de estar es un no estando en voz alta.

, A sugerencia de E. de G. le di la plaquette a D.H., con singular vergüenza. Hace un par de años, Raúl Zurita se decepcionó modestamente, o simplemente se sonrió decimonónicamente, cuando le dije que no había publicado aún en forma de libro. Se decepcionó porque fue más como salir de su radar antes de haber entrado del todo. Ese mismo día conocí a J., mi querida abuela, quien me regaló su libro apenas conocerme. Secretamente creí desde entonces que había que escribir libros sólo para regalarlos. Ayer le di una plaquette a S. y me sentí tranquilo de que no pidiera dedicatoria. Una cortesía muy rara opera en ese ritual. Una vez lo discutí con C., en un parque mientras bebíamos whisky en botellas de agua mineral: ¿se debe leer la dedicatoria en presencia del autor o no? Hay dedicatorias medio forzadas, cabe aclarar. V. descubrió una hace poco en un librito mío de JEP, por ejemplo. Aunque las hay gratas y abundantes, como las de Y. La que le hice a D.H., ruborizado y bajo una lluvia aún más feroz que esta, que ya escampa, decía "Tenga piedad", pero lo que quise decir fue "misericordia." La diferencia es que la piedad es el trato con lo otro, lo cuál, como gran lector, encontrará acaso aburrido con mi librito, pero no problemático; y la misericordia, en cambio, es en primera instancia una apelación al sufrir compartido, a la compasión, a decir "mire que fue lo mejor que pude hacer. Sea benévolo. No me condene tan pronto." Aunque, como vemos en el caso de Josef K., la condena depende de cuántas cosas ajenas a nosotros. Yo me ahorro el proceso, gracias: soy culpable de mi librito.

, M.P. me dio una excelente noticia esta semana: viene pronto J.K. (¡vaya respondencia!) y podré hablar con él. Creo que hace mucho no estaba genuinamente feliz por conocer a alguien que sólo he leído, y con cuánto gusto.

, A veces siento que escribo como personaja de Jane Austen, pero ebria.

, F. me pidió El libro de Pixie, para una posible reedición. El único ejemplar que tuve se lo di a N. recién conocerla. No me arrepiento, como sí debería de tantas otras cosas respecto a ella.

, Madre me pidió que fuera a misa, o "que la viera por Internet." Le respondí que leería, en cambio, algo de la  Biblia. El problema es que mi libro favorito de la Biblia siempre ha sido Job, lo cuál es muy apropiado después de una semana kafkiana (este aroma perenne de barniz y pintura, como el estudio bochornoso de Titorelli...), así que siento que no he cumplido del todo con su encargo. Ir a misa siempre me ha parecido (y digo "siempre" con conciencia del tiempo: dejé de acompañar a mis padres a la iglesia para quedarme a jugar Super Nintendo) aceptar de antemano la culpa de algo. El algo, claro, es el pecado original. Y el constructo teleológico llamado Dios sabe que no soy una persona lo que se dice "buena", pero no ha sido defecto de fabricación: si me he ido pudriendo fue por un esfuerzo constante y razonado.  Por ello siento que no he cumplido con el encago de Madre: en vez de ir a sentirme culpable en público me quedé a ser feliz en privado con mi biblos favorito del Antiguo Testamento. No puedo evitar sentirme un poco como Leopold Bloom ante su madre. Él sí que estaba podrido.

, Pasarme por la facultad me dejó en un estado inconveniente por varios días. Esta especie de conciencia de que no me doctoraré nunca, y de que eso debería ser malo. De que debería sentirme mal por algo. Pero desde entonces puedo leer lo que yo quiera: incluso me descubrí leyendo hace unos días una antología de sociolingüística simplemente porque algo me interesó siempre de ahí. Pero pude también repasar un pequeño manual de métrica árabe para mi traducción de Adonis; pude releer Soledades en soledad, y no en un salón lleno de gente; pude sobre todo ver un par de películas de Woody Allen y leerme dos libros de Vila-Matas en absoluta paz. ¿En serio necesito doctorarme? ¿Necesito aprobación para escribir lo que yo quiera? Madre, debo confesar que he pecado de soberbia: en mi escritura me exijo mucho más de lo que me exigirá nunca ningún doctorado.

, Estoy aprendiendo latín por mi cuenta para traducir unos poemas puercos de Catulo, además de las Heroidas de Ovidio, que me contentaría con poder leer en el original, porque la traducción del maestro Alatorre es maravillosa. Nunca disfruté latín en la facultad, con todo lo que M. y P. se esforzaron en hacerme entender las declinaciones. Ya entendí: simplemente no tenía una buena razón para aprenderlo. Tuve una buena razón para acercarme al francés, en cambio: Rimbaud y Mallarmé. Al italiano: Dante y Leopardi. Al portugués: Pessoa. Al alemán: Hölderlin, Rilke. Pero al llegar a la facultad conocía de literatura latina sólo la Epistola a los Pisones de Horacio, el discurso de la amistad de Cicerón y un par de libros de la historia de Roma de Tito. No me habían ocurrido las Heroidas, esa obrita brutal, con ripio y todo. Quisiera leer la carta de Briseida a Aquiles en el original. Quisiera leerla con D., en latín, en español, en lo que sea. Es más que suficiente razón.

, Odio esta casa. Odio a la gente. Jack White: I got moving on my mind.

jueves, 24 de marzo de 2011

Instrucciones para ver películas con gente

 A Victoria Guerra

Amo el cine pero nunca voy al cine. Mi problema, doctor, es ver películas con gente. No es un problema menor. He tenido grandes discusiones y una ruptura amorosa (durante The Darjeeling Limited (Anderson, 2007), que me la arruinó para siempre) por mi dificultad para ver películas con gente. Empezaré por lo que tengo más cerca, que soy yo, para ver si puedo entender esta repulsión. Si no, sirva lo siguiente para que se lo piensen dos (tres, cuatro, cuatro punto un) veces antes de ver una película conmigo.

Paul Valéry decía que en el momento en que el arco del cello toca las cuerdas, se instala en la sala una atmósfera de magia, donde la incredulidad se desvanece y podemos acceder a una relación con la obra que tenemos enfrente, disfrutarla u odiarla, pero cohabitar en su espacio; si alguien tose o una silla se cae, pongamos, durante la suite No. 1 para cello de Bach, la incredulidad vuelve, hay una interrupción definitiva y la obra, casi diríamos, está arruinada. Por supuesto no siempre ocurre así. John Cage en 4'33'' pone en evidencia precisamente la obra de arte como una forma de la percepción (la obra, por si alguien no la ha escuchado --chiste-- se compone de cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. Existe una partitura y un compás, por supuesto, el cuál debe seguir quien la ejecuta; el "sonido" en sí se compone de lo aleatorio: las hojas dando vuelta, el caballero que tose y la silla que se cae, el ruido que viene de los corredores, todo eso que Valéry hubiera desterrado de su idea de la música...)

En el cine, por supuesto, tenemos todas estas variables y más. Solía ir al cine con una novia de hace muchos años (de otra vida, casi), e invariablemente tenía que volver a ver las películas que realmente me interesaban porque no podía disociarme completamente del hecho de estar en una sala llena de gente. Ella, conciliadora, me decía que imaginara que estábamos ella y yo solamente, tarea imposible con ese crujir de palomitas por todos lados, con los perfumes de las mujeres (que, pésimo gusto, siguen creyendo que ir al cine es el equivalente a una actividad social, error no solamente femenino, pero muy común: la gente que va con otra gente al cine es porque ya se conoce, no quiere conocerse o está demasiado aterrada para exponer sus verdaderas intenciones); claro que una película con ese buen sonido, con esa pantalla hermosa donde puedes apreciar cada detalle, esa magia, en suma, que ocurre cuando entramos a la cueva del inconsciente y las luces se apagan y podemos asombrarnos otra vez, no tiene la culpa de que la gente sea sencillamente imbécil.

Uno de mis recuerdos más caros tiene que ver con un cine, con una película vista en cine, mejor dicho. Creo que Jurassic Park (Spielberg, 1993) ha sido la película que más veces he visto en cine, con un total de 16. Yo tenía ocho años y desde siempre los dinosaurios me habían (como aún) fascinado. Mis primeras lecturas son láminas ilustradas del mesozoico --no del jurásico, error que noté desde entonces--; mis primeros juguetes, esqueletos y triceratops de plástico; mi primer sueño, la paleontología; mi primera decepción --hoy hermoso recuerdo-- es que los huesos que encontré en mi jardin eran de pollo, puestos ahí por mi madre. Cuando el doctor Grant y la doctora Sattler van en el jeep (aquél modestamente emocionado, aquella francamente escéptica), el vehículo se detiene y Grant se quita las gafas de sol... Podría morir en ese momento: sólo en un cine puede sentirse verdaderamente el temblor de tierra (que es temblor interior también) provocado por el brontosaurio que ha arrancado las ramas más altas de un árbol altísimo y vuelve al suelo. Ahí estaba, ese animal de mis sueños, esa hermosa vaca (como la llama Grant más adelante) frente a mis ojos. Supe que todo era posible. Ahí. En ese momento.

La misma identificación que tuve con el doctor Grant la tengo en mayor o menor medida con cada película que veo. En una breve, brevísima temporada quise ser actor: en realidad quería explorar este rasgo de mi carácter: por un tiempo limitado podía simular con toda naturalidad la lógica de algún personaje. Cuando vi Cyrano de Bergerac (Rappeneau, 1990) terminé con el oído lleno de ritmo: no podía parar, estuve horas rimando y rimando como loco, como quien encuentra una nueva diversión, las palabras. Algo le dije a mi madre que me vio con esa mirada con que me sigue viendo cada tanto, como preguntándose si está a punto de ocurrirme algo terrible, francamente alarmada. Ahí me di cuenta que mi nuevo juguete era un juguete secreto (a esa edad, 12 o 13 años, el cuerpo también es un juguete secreto, y las similitudes con el lenguaje no terminarían ahí...), uno para el que debía hacer espacio, un espacio que eventualmente y no sin cantidad de dificultades terminaría convirtiéndose en mi vida.

Dediqué las noches de mi adolescencia a leer y a ver películas. Libros buenos y malos, películas ídem, de todo aprendí. Se me quedó el hábito de no dormir porque, niño de clase media, no tuve un cuarto propio, como aconseja la Woolf, sino hasta mucho tiempo después; aprendí a robarle horas al sueño para invertirlas en mi diversión más absoluta y más privada. Había pocos libros en mi casa y menos películas aún; nunca tuvimos cable, por lo que me hice aficionado a los videoclubes. Gastaba mis pocos dineros en revistas, algunos libros y muchas películas. Me ha ayudado siempre parecer más viejo de lo que realmente soy, por eso no me negaron nunca películas que no eran aptas para mi edad en los ya extintos Videocentro y luego en el más familiar Blockbuster. Pero querría insistir un poco en la relación "camaleónica" o de simulacro que el cine ejerce en mí.

Es muy simple: Karate Kid (Avildsen, 1984) me produjo una relación con la heroicidad asociada a la violencia, todo lo contrario al karate que había aprendido --lo estudié desde los 3 años--, y me dio mucho en qué pensar; Terminator 2 (Cameron, 1991) me hacía imitar los torpes movimientos robóticos del governator, hacerme consciente de que los robots imitan al hombre para mezclarse entre ellos sin conseguirlo nunca realmente --un poco como yo mismo--, y de hecho el monólogo final de Sarah Connor ("si una máquina aprendió el valor de la vida humana..., etc.") me hace llorar todavía. De mi infancia hay muchas películas de ninjas, por supuesto, de las que salía --cosa normal, ¿no?-- corriendo por las paredes y moviéndome entre hordas de anónimos ninjas cuyos pedazos iba dejando en invisibles regueros de sangre --de tan limpios-- en el camino de regreso a la realidad. Aprendí a imitar las voces de Jim Carrey (algunas de ellas solamente, claro), de Bill Murray, a disfrazarme de soldado, vaquero, robot o dinosaurio, por lo que pensé que lo mío era la actuación... hasta que conocí el teatro de cerca y decidí que prefería verlo desde las butacas. Participé en un par de cortometrajes infumables de pretenciosos y hoy salgo en un videoblog sobre videojuegos, donde no puedo ver mis participaciones sin ruborizarme todavía. De personajes de videojuegos (esa narrativa sin palabras, que dice Pavic) no supero mi absoluta identificación con Solid Snake de Metal Gear Solid. Empecé a fumar para tener la voz jodida como Kurt Cobain, pero ayudó para la personificación que solía hacer en la preparatoria imitando las frases más reconocibles de Snake.

Pero llevo no sé cuántos párrafos (7, claro que sé, es captatio benevolentiae) y todavía no entro al título de este post: cómo ver películas con gente. Este rodeo ha sido necesario para que el lector comprenda que mi relación con el cine es casi tan íntima como con la comida (ambas, educaciones sentimentales de M.), por ejemplo, o en todo caso muy íntima, en todo caso no una relación de "entretenimiento". En el tiempo que empecé a ver cine con alguna seriedad, entendí que todo eso que me pasaba de niño al ver películas eran cosas que ocurrían en mí, pequeñas transformaciones, si se quiere, y que las buenas películas eran esas que no te dejaban indemne, que ejercían esas transformaciones con mayor violencia o sutileza, pero sin camino de vuelta. "A partir de cierto punto no hay retorno; encontrar ese punto", dice Kafka (en mi memoria, que puede no ser precisa). Ese punto hay que buscarlo en las apreciaciones críticas sobre cualquier cosa y con mucha más ferocidad en la escritura. Otro tema. Seré más puntual a partir de ahora, pues ya empezamos con las

Instrucciones para ver películas con gente

1. Evítelo.

2. Si no puede evitarlo, procure conocer la profundidad del interés cinematográfico de la persona con la que verá la película.

2.1 Si no es una sola persona la que lo acompaña sino más de una, dése por jodido: le arruinará la película.

2.1.1 Tres personas en un mismo cuarto son una pequeña comunidad: alguien tendrá hambre, querrá ir al baño, recordará un asunto urgente, entrará en labor de parto. Vuelva al punto 1., que es el único infalible: el cine es lo que le pasa a usted cuando ve películas.

3. Procure hablar de cuánto le interesa ver esta película antes de que empiece la película. Si no le interesa la película:

a) No la vea, hay cantidad de películas que seguro le interesan de verdad.

b) Mienta. La gente tiende a dejarlo en paz a uno cuando lo ven fascinado. Muéstrese muy interesado: eso disminuirá la probabilidad de interrupciones concientes de parte de ellos.

3.1 Prefiera siempre a las personas que tienen suficiente madurez cinematográfica para estar viendo a Humprey Bogart en Casablanca (Curtiz, 1942) sin pensar en The Maltese Falcon (Houston, 1941), ni en el alcoholismo de Bogart.

3.2 Prefiera también a las personas que sepan contar historias sobre el alcoholismo de Bogart con la suficiente madurez cinematográfica para enriquecer la experiencia de lo que está viendo, sin por eso destruir el vacío de incredulidad necesario para que el arte ocurra.

3.2.1 Repítase: el cine (la magia, la poesía) es lo que pasa en mí cuando me pongo en relación con la película (obra.)

4. Trate de evitar a las personas que hablan durante las películas de asuntos ajenos a las películas (hola, P.)

4.1 Prefiera a las personas que hablan durante las películas de asuntos relativos a las películas.

5. Por mor de un ignoto dios ateo, trate de no comer durante la película.

5.1 Si usted es un cerdo de mierda que no puede evitar satisfacer su fijación anal de otro modo, procure no masticar demasiado fuerte.

5.1.2 Es en serio: hay gente que pasa muchas horas componiendo la banda sonora de las películas y pobres novatos que cargan micrófonos hipersensibles para que percibamos detalles como el peso de los personajes según su modo de caminar o el clima según el viento. También los ingenieros de efectos sonoros merecen esa forma de atención que en Occidente valoramos tan poco: el oído.

5.1.3 Si usted se identificó con la situación de 5.1, muérase.

6. La vida se interpone: si el celular de alguien --con quien evidentemente no debió ver la película-- suena, no desespere. Ponga pausa y actúe normalmente aunque quisiera rajarle la cara por la mitad.

6.1 Si el celular de usted suena, no conteste. Si es su madre, diga en voz bajísima que le devolverá la llamada.

6.2 Si es urgente y debe contestar, haga saber al interlocutor que le ha arruinado la película (aquí puede imitar ligeramente a Woody Allen en Annie Hall (Allen, 1977), aunque claro, nunca podrá).

6.3 Devuélvale la llamada a su madre. Después de la película, por supuesto. Cuéntele qué buena estuvo (las madres suelen ofenderse: trate de hacerle ver que valió la pena la espera y que no la odia --poco importa si la odia).

7. Rodéese de gente que sepa más de cine que usted. Mi gurú particular es Victoria Guerra (a quien dedico este post precisamente por eso, pero también porque hoy ha muerto Elizabeth Taylor y sé que está triste.)

8. Sólo puede pausar la película si necesita ir al baño. Si se le ocurre un tuit maravilloso, anótelo y tuiteelo después.

9. Nunca, nunca, nunca, nunca trate de imitar el wit de Orson Welles.

9.1 Nunca. No. (Hola, Herbert.)

10. El cine es el último remanso de lo sagrado que muchos tenemos aún; si el cine significa menos que todo esto para usted, haga favor de callarse y dejarnos ver la película en paz. Coño.



.

viernes, 12 de febrero de 2010

ACTA, o ¿el fin del Internet como utopía?

 Me vengo enterando, y alarmado, me informo. Así me enteré en el blog desokupados. La primera medida será la información, la discusión (¿los madrazos?) vendrán después.

Hoy en todas partes se negocia el ACTA, sí el ACTA: Anti-Counterfighting Trade Agreement o, en otras palabras, una legislación internacional contra la libre descarga e intercambio de archivos (file-sharing) por internet. Se negocia el ACTA, pero se hace en secreto, de espaldas a los usuarios, los ciudadanos. Tú / nosotros somos invisbles: nuestros argumentos no cuentan desde el punto de vista de los intereses de las grandes corporaciones mediáticas y los Estados que han convertido todo trueque cultural en piratería. ¡Todos somos criminales! Y seremos monitoreados, amonestados, perseguidos. La cacería de brujas está a punto de comenzar: hay que informarse, exigir una apertura de la discusión, actuar. La libre circulación de ideas, conocimiento, narrativas, videos, arte electrónico, poesía digital, bibliotecas virtuales, blogs, están siendo amenazados por el ACTA. El endurecimiento legislativo pone en riesgo también la libertad de experesión, el derecho a la cultura, el periodismo no oficial, el disenso y muchas cosas más.
Aquí, algunos links:

OPENACTA.ORG
Libération Francia
Stallman
Milenio: negocian ACTA en secreto
Milenio: protesta contra ACTA

lunes, 18 de enero de 2010

Historia personal de dos (o más) ciudades


No es ningún secreto entre mis pocos pero entrañables amigos que he jurado un odio ciego e irracional a la ciudad de Querétaro. Plano secuencia de mi primer exilio, sustituto de mi ciudad natal, Querétaro estaba condenado a ser una idea que me ligó desde siempre al dolor de la pérdida de la infancia. Nací en Ciudad de México y llegué a vivir aquí al principio de mi interminable adolescencia. Duré poco, me pasó de todo y ahora vivo muy feliz en una pequeña casa desde donde son visibles las garzas blancas sobre la niebla de Xochimilco, por la mañana. Aclaro que, como los mentados amigos suelen decirme, Querétaro es en sí una ciudad muy bella. No podría estar más de acuerdo. Bella y cómoda, un jardín de niños rodeado por el paisaje del semidesierto. Y su belleza es su misma maldición: no se puede vivir sobre un monumento histórico, donde todo parece recién pintado, recién instalado, con la fragilidad de lo que no perdura. Qué diferencia con la CIudad de México, que no teme mutar, reinventarse, destruirse si es preciso para sobrevivir.


Así, quedará entendido que mi odio por esta ciudad está decantado sobre unos cuantos desafectos y memorias, algunas personas que no por la lejanía les guardo menos gratitud, y sobre todo, aunque desentone, por el implacable sol vertical que todo lo erosiona -no es el sol oblicuo y sereno, templado de Ciudad de México, sino un peso de calor como en el norte sangriento, una luz como un animal de vidrio derretido sobre la espalda. Mi enemistad con esta ciudad, sin embargo, está acotada por una imagen que poco a poco se vuelve recurrente y sustituye las memorias oscuras, el tiempo perdido, la gente que me mostró la vileza y la disciplina y el amor, la frialdad de mi habitación en casa de mis padres, por todos los rasgos una tumba abierta, cuando vuelvo a pensar en Querétaro.


Desde el cuarto que aún conservo en casa de mis padres, en las afueras de la ciudad, se ve un monte de nopales, huizaches, ortigas, biznagas, garambullos, yucas y mezquites retorcidos. Hace unos años aún se veían conejos pardos y algunas serpientes; hoy se desarrollan grandes proyectos residenciales en la zona y el monte desaparecerá en pocos años. Mientras estoy en esta casa por la ventana se ven siempre colibríes, rápidos y agudos como abejas enjoyadas. Pájaros mucho más bellos que sus parientes de la ciudad, hay que decirlo: aquí son verde brillante, exagerada y precisa la comparación del jade, mientras que en el DF son opacos, grises o cafés, y mucho menos numerosos, lo que en el caso de los colibríes es un factor del asombro, acrecentado por el número de ellos. La cercanía de la campanilla o hueledenoche detrás de la cerca que separa la casa de mis padres del monte debe ser, sin duda, la razón de la preferencia de esta parvada de pájaros-insecto por el ángulo visual que coincide en altura con mi ventana. Todo lo demás de esta ciudad puedo -debo- olvidarlo.

No puedo evitar relacionarme también con esa sensación entre llanamente fría y sosegada, descrita maravillosamente por Jorge Eduardo Eielson en esa novela-poema que es Primera muerte de María. Este fragmento en especial, en uno de los capítulos intercalados donde el relato se interrumpe y un fronterizo personaje Eielson medita sobre su trabajo, se traslapa sin violencia desde su intención original, Lima, sobre la circunstancia histórica de Querétaro. Me parece, además,  muestra exacta de esa sensación distante y tranquila que Eielson ha desarrollado sobre su relación con la ciudad de Lima, y a la cual no puedo sino aspirar. Producto, por supuesto, del replanteamiento de la relación sujeto-ciudad en el tiempo y el espacio. Distancia y años son la fórmula de la paz. La madurez será, lo creo, un asunto más complicado.


" 11 de septiembre de 1980

Pero, qué es Lima para mí, hoy, se me preguntará. He aquí una respuesta: nací en Lima de casualidad, como he podido nacer en Pekín, Roma o Iquitos. No me liga a mi ciudad natal sino un recuerdo borroso como su garúa y su neblina, y una infinita abulia, seguramente generada por la esterilidad de su paisaje. (...) Mis pocos afectos familiares son igualmente tibios y tranquilos como el clima, y los dos o tres amigos que allí me quedan, sinceros y permanentes. Una suerte de tabula rasa, una horizontalidad, una discreta sonrisa geográfica -el mar que lame sus flancos- han hecho de la anémica Lima una suerte de limbo. Nada sobresale de la chatura dominante, nada detona ni desdice -aún hoy- su pequeño abolengo español, con aires de gran ciudad y alma provinciana. (...)

Sin embargo, para mí que nací exiliado y moriré exiliado, porque el exilio es mi estado natural, geográfico, social, afectivo, artístico, sexual, Lima no es una ciudad para vivir sino, al contrario, un lugar ideal para morir: un cementerio."

Jorge Eduardo Eielson
Primera muerte de María
FCE, 1988, 1a ed.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Beach or Bust

Yo por mi lado me impresiono por bien poca cosa; me asombra todavía el hecho de haber nacido. Luego uno debe aprender las ciencias y de memoria las explicaciones más complicadas para ver el mundo, para habitarlo, que queda francamente poco tiempo para cualquier otra cosa. El mundo debiera venir con un manual de uso para desubicados; uno de sobrevivencia por lo menos, para evitarnos este andar brincando entre carreras y camas y cantinas buscando
LA VERDAD,
y, como magistralmente nos recuerda Jack Nicholson desde "A few good men": no sabemos que hacer con la verdad. La ignorancia, el temor, el miedo paralizante a la acción pueden justificarse en la inseguridad, pero a la inseguridad no la justifica nada sino el miedo a adoptar o construir una imagen propia. Hoy ando infantil, y me pregunto: ¿por qué imponerme la impostura de la coherencia? Abrir la boca como Lacan, y ver qué sale, y partir de ahí para lo demás... Pero luego viene la mano de la sociedad y nos cierra la boca a puñetazos, o como esa imagen tan lograda de Raúl Zurita: nos lanza un escupo en la boca que esperaba un beso. Noto aquí cierta baba romántica... Yo Vs La Sociedad... No, no me lo creo. Debe haber algo más. Algo que me responsabilice de mi temor a ser humano. Una nota suicida parece tener la misma estructura de composición que un discurso (así sea inesperado o improvisado) de aceptación de un premio Oscar: se empieza enumerando las circunstancias que llevaron al merecedor a estar frente a un auditorio, real o supuesto, haciendo tabula rasa y diciendo: no hubo sino esto, que dio como resultado esto. Así comienza la autocrítica, partiendo del ahora para sopesar los aciertos y torpezas del pasado. En alguna parte escribí: escribir cualquier cosa con la intensidad de una nota suicida, como constancia del estar que se evapora. Hoy ya no sé cómo hacerlo, y no sé si antes lo supe. Temo estar entrando en una (otra) fase neurótica de incapacidad para regular verbalmente mi propia circunstancia. Pérdida de la capacidad narrativa, así de simple puede definirse la neurosis, porque dice la Zambrano que "nadie es completamente desdichado si puede contarse a sí mismo su propia historia". Pero me parece lejana ahora esta facultad, no sé qué me estoy negando o a qué estoy escapando. Lo estoy haciendo, sin embargo. Algo estoy evitando. Un no sé qué que queda balbuciendo. Foto: "Beach or Bust" de Anna Gay, http://www.flickr.com/photos/annagaycoan/3942153630/

domingo, 26 de julio de 2009

Cuando suficiente no es suficiente

, Suficiente amor, suficiente paz, suficiente poesía; suficiente sexo, suficiente dinero, suficiente espacio, tiempo suficiente. ¿Cuándo? En el exceso. , La suficiencia es no necesitar más de lo que se tiene; es la satisfacción exacta del deseo, balance, ¿perfección? El nivel en el que añadir o disminuir atentaría contra el todo. Todo es suficiente; más, menos, no. Pero satisfacer el deseo es también clausurar la posibilidad del deseo cumplido, volviéndolo necesidad. El deseo, cuando es real, es imposible de satisfacer. , Esta filosofería --que, como saben, pueden hallar expuesta en suficiencia y mayor belleza en Maimónides-- llega en medio del espectáculo de la insuficiencia, un espectáculo natural de la posmodernidad: las ruinas de una fiesta. , El que se queda, no ha tenido suficiente. El que se va, no es que haya tenido suficiente tampoco, ¿que no puede tener más? Tal vez. El que se va no ha tenido suficiente, como tampoco el que se queda porque la fiesta (una buena fiesta, vamos) parece ser el deseo y la consumación del deseo alimentándose a sí mismos. , La reflexión es pertinente porque necesito saber en qué momento va a callarse la música (horrible, horrible) y podré dormir un poco para levantarme temprano mañana y avanzar el trabajo. Tengo sueño y tengo una muela del juicio menos. Me cuesta trabajo, disculpen ustedes, no dar un rodeo inmenso para llegar a lo que quiero decir. Las buenas noticias son que el dolor y la sangre se mantienen dentro de lo razonable. , Volvemos al problema de la suficiencia: a pesar de que me han quitado un tercer molar, y como todos saben, es una cosa incómoda, me lo he pasado muy bien en la fiesta. He tenido suficiente. Es decir, que menos fiesta me hubiese dejado indiferente, y más, me lleva al hartazgo y a un deseo nuevo: escribir porque dormir es improbable. ¿Deseo? Condición. Condición asumida, necesidad... Alguien rapea sobre el nerd posteando en medio del mundanal ruïdo. , De alguna forma escribir ahora es un acto de escapismo y exhibicionismo. No pretendo que nadie me vea escribiendo, acaso irritarlos un poco, hacerles saber que aburren... Pero no son mis invitados, y no tengo razón para ser grosero. En otras palabras me tienen contra la pared. Mierda. , ¿Cuál es el tamaño de la suficiencia? ¿El tamaño del deseo? ¿Suficiencia es paz? ¿Suficiente es suficiente? ¿Saber dejar de desear? ¿No desear más que lo que ya se tiene? Unos salen a buscar más chela. Otros entran juntos en un cuarto para buscarse las cosquillas. Otros quedan pendientes de los mínimos cambios en el color de la pintura. Lo encontrarán cerca del amanecer, asumo. O lo seguirán buscando. , Facebook y más facebook. Pensar en lo que hace falta hacer mañana, lo que tengo que leer y entregar temprano. Terminar el último vaso de agua. Tomar analgésicos. Intentar fumar. Verse derrotado, definitivamente. Más analgésicos. Cacahuates. Leer lo que hacen los amigos (que para eso son elecciones afectivas, ¿que no?) Más facebook. Cacahuates. Mensajes. Agua. Facebook. Música muy fuerte, pero menos gente. El dolor es fuerte lo soporto porque sigo pensando en tu amor. Quiero verte, tenerte y besarte, y entregarte todo mi corazón. , Si esta fiesta no se muere pronto, habrá que matarla...

lunes, 20 de julio de 2009

Sobre la madurez, Gabriel Zaid y Paris Hilton

, Llevo algunos días pensando que la edad adulta empieza realmente cuando descubres una orfandad escencial, una que no tiene que ver con tener padres, sino con una distancia abismal entre el origen y el presente. Hay un atisbo de esperanza en esto, porque si estoy interpretando correctamente, me convertí en adulto hace 16 días, luego de un proceso largo y tortuoso de tres años. Si interpreto mal, sólo tengo blues o indigestión. , Porque crecer (estirarse) no puede ser todo el juego. Me rehúso a creer que el ser humano ocurre para pasar por la adolescencia solamente. Para fazer la lucha, tal vez; para fines de interés universal, muy poco probable; para ¿trascender?, lo dudo. Pero algo hay que hacer en lo que estamos. Y tal vez parte de esa madurez beata de los sabios consiste en la conciencia de la inherente intrascendencia de cualquier acción. Por eso se puede embarcar en grandes acciones cuando se es sabio, porque da lo mismo hacerlo que no hacerlo. , Se atraviesan los asuntos eufemizados bajo la inocua fórmula "modo de vida". Bueno, hacerse de un "modo de vida" me parece la cosa más cruel, inútil e idiota que ha hecho la especie contra sí misma. En efecto, vengo de leer los Clasificados. , Gabriel Zaid ha dicho que hacerse de un modo de vida, para el artista, no debería ser tan difícil, porque parte del supuesto de que ganar dinero es un modo de creatividad, un arte práctico. Por otro lado, afirma que no fue la locura de Van Gogh la que hizo la obra de Van Gogh, sino su salud; de lo contrario, todos los neuróticos del mundo serían grandes artistas. De lo que se deduce que si hacer dinero es una labor creativa, Paris Hilton es la gran artista de nuestros días. , Carrusel: las humanidades consisten en formar profesores que enseñen cómo volverse profesor de humanidades, pero se mantienen vivas porque es más divertido subirse a los caballos que ver cómo pasan desde el suelo.

jueves, 25 de junio de 2009

Le roi est mort, vive le roi?


, Vamos, que hasta mi mamá se impresionó, y la sra. no se impresiona fácilmente... , En un largo largo viaje familiar teníamos únicamente 2 casets en el coche (¿se acuerdan?, ¿esas cosas de plástico con cintas magnéticas adentro?): una compilación de los Beatles y el recién salido Dangerous de Michael Jackson. Con la alternancia correcta y algunas horas de sueño intermedio el viaje se convirtió en un buen recuerdo. , Uno pensaría que Michael Jackson debió haber muerto en el apogeo de su carrera, en la gloria, para volverse leyenda, en vez de agonizar lentamente durante años, penosamente, y por televisión. , Michael Jackson supera el sueño americano: no sólo es el self-made man que trasciende sus orígenes humildes, también es el que moldea el mundo a su imagen y semejanza. Rompe los determinismos genéticos al cambiar el color de su piel, las leyes de la física al bailar, y las del derecho civil, según sus más ardientes detractores, tan numerosos como sus fans, con sus numerosos escándalos. , El hombre fue una institución y su pérdida es irreparable. Su sonido ha sido influyente, sus videos son películas de alto presupuesto, y fue el hombre transracial más famoso del mundo (o como dicen en SNL: "pasó de ser un hombre negro a ser una mujer blanca"). Lo que siempre me fascinará personalmente es su arsenal de movimientos, como el moonwalk --abierta ofensa contra la sobrevalorada gravedad-- y la curiosa inclinación que adopta en Smooth criminal a través de un device patentado por él. Yo creo que Michael Jackson ya es inmortal desde hace muchos años. Uno, entonces, queda sorprendido de que a la gente le esté pegando tanto que el sr. Jackson haya muerto ayer en la noche, si en realidad ya lleva más de una década muerto, ¿o siendo inmortal? 
Foto: wikipedia. Dibujo de la patente presentada por MJ del artefacto utilizado en "Smooth Criminal".
,

martes, 12 de mayo de 2009

Máximas mínimas de Gurdjieff

, Pues sí, que rastreando las fuentes e influencias del señor Jodorowsky llegué hace unos meses a Gurdjieff. El señor Gurdjieff era una especie de cirquero mágico con cara de gángster, pero fue uno de los pensadores más radicales de su momento. ¿En qué radica su "radicalidad" (valga el trabalenguas)? En que su acercamiento a lo espiritual se dio, por decirlo así, outside the box, alimentando su pensamiento de todas las fuentes posibles, el budismo zen, el zoroastrismo, la cábala, etc., integrándolo en una serie de ejercicios e ideas que son, por lo menos, provocadores.
, ¿Por qué la gente compra libros de Osho, de Cony Méndez, o va a conferencias de gurús importados, a misa, al futbol? Uno, porque creer en algo más allá de uno mismo es una necesidad. Dos, porque no podemos aceptar que este mundo sea todo lo que hay. Los ejemplos de la pregunta con que abre esta Coma pegan en la cultura popular directamente, ¿pero qué hay de los filósofos, de los científicos, de los hermenéutas del lenguaje? Ellos tampoco pueden aceptar que lo sensible sea el mundo, que la consciencia esté en su punto ideal para entregarnos lo humano en todo momento... La necesidad es la misma, y para el hambre unos comen un filete, otros una maruchan, otros el rocío que deja un ángel cuando corre sobre la gota de la noche una vez cada 300 años, otros nada. La necesidad es la misma.
, El esoterismo, los libros o conferencias de superación personal, creo que no nacen de una intención por hacer cosas de mal gusto (¡en verdad lo creo!), sino que son un intento de acceder a lo espiritual sin tener que esforzarse demasiado. Ejemplo: uno va a hacerse una limpia, a que le lean las cartas, o lee "Los hábitos de los [inserte cualquier ocupación] altamente efectivos" porque tiene un vivo deseo de mejorar su vida, de ser un poco más feliz, de explicarse el mundo y vivir en él con menos angustia. Por las mismas razones se va al psicólogo. Pero pasa con el esoterismo o la filosofía de supermercado que (es mi caso) se desconfía de ello porque exigen una supresión del pensamiento crítico. La gente no entiende por qué funciona, pero se siente mejor. Por un tiempo. Y con el arte pasa igual: hay quien dice "¡ah, un Da Vinci!", más por el peso de la marca registrada Da Vinci como valor que por una apreciación estética. Hay valores en los libros de superación personal o en la medicina tradicional que funcionan, me parece, porque nos dicen lo que queremos oír (vg. que estamos muy mal, muy mal, pero que hay solución...), a la vez que implantan el germen de la esperanza. La necesidad de buscar respuestas es parte de terminar con la angustia. Supongo que uno acepta la angustia cuando empieza a hacerle preguntas, a relacionarse con ella (ver máxima 83). Pero es más sencillo tirarle mierda a todo que aceptar que algo duele, que el mundo a veces, y generalmente, duele.
G. ha dicho que el hombre puede renunciar voluntariamente a cualquier placer, pero que es casi imposible que renuncie a su propio sufrimiento.
, El que hizo "popular" a Gurdjieff (G. para los cuates) fue su discípulo-fanfromhell, Ouspensky. Él es el gerente de relaciones públicas que todos sueñan: cree ciegamente en que eres lo mejor está dispuesto a lo que sea para demostrarlo; incluso a disolver y transmitir las contradicciones de tu pensamiento de manera que todo quede más o menos coherente...
, G. no es dios, nos queda claro, y Kant también se contradice. Somos humanos, carajo. Pero, a mi ver, lo más rescatable de lo que conozco hasta ahora del pensamiento de G. es que el conocer, es decir, el apropiarse conscientemente de lo que se conoce no mejora en sí misma la consciencia, ni nos da una mejor comprensión del mundo. Es excitante leer algo (por ejemplo) y sentir que se absorbe una gran cantidad de conocimiento. Pero si esa pasión no transmina todos los aspectos de nuestra vida, somos parcos, hipócritas. Por eso me dicen "mamón" cuando digo que está bien ser riguroso, jugar al juego en serio... Si el señor escritor se viste de cosas bonitas para decir en sus conferencias y lecturas, pero en su vida va diciendo mierda o peleándose con la gente, ¿de dónde salió esa obra? ¿Generación espontánea? ¿Concepción in vitro? Creo que aplica a lo que mis tres lectores gusten. Lo que G. propone es un ejercicio radical de congruencia. Si vas a ser el malo de la película, sé un malo realmente genial, hasta las últimas consecuencias. Si vas a ser dios, no te olvides de ser dios todo el tiempo, incluso cuando te bañes, defeques, o le hagas el amor a tu diosa. Esta lección Dalí la tenía muy clara.
, Estas ideas que reproduzco a continuación las leí por primera vez en el librito de Jodorowsky, El maestro y las magas, pero también las encuentran en internet como "mandamientos de Gurdjieff", lo que se me hace excesivo, puesto que el señor G. no los escribió en un idioma de fuego en las tablillas de la ley; otra variante es "máximas de Gurdjieff", que tiene un regusto a compendio de frases célebres medio incómodo. Como sea son buenas ideas, muchas, más cercanas al sentido común (a eso que alguien dio en llamar sentido común y que es privilegio de unos pocos) o a una visión espiritual de una convivencia cívica entre el hombre y los otros, que a los viejos esquemas de premio-castigo con los que la religión opera sus prédicas. En mayo del 2009, los llamaríamos tweets de Gurdjieff:

1. Fija tu atención en ti mismo, sé consciente en cada instante de lo que piensas, sientes, deseas y haces.
2. Termina siempre lo que comenzaste.
3. Haz lo que estás haciendo lo mejor posible.
4. No te encadenes a nada que a la larga te destruya.
5. Desarrolla tu generosidad sin testigos.
6. Trata a cada persona como si fuera un pariente cercano.
7. Ordena lo que has desordenado.
8. Aprende a recibir, agradece cada don.
9. Cesa de autodefinirte.
10. No mientas ni robes, si lo haces te mientes y te robas a ti mismo.
11. Ayuda a tu prójimo sin hacerlo dependiente.
12. No desees ser imitado.
13. Haz planes de trabajo y cúmplelos.
14. No ocupes demasiado espacio.
15. No hagas ruidos ni gestos innecesarios.
16. Si no la tienes, imita la fe.
17. No te dejes impresionar por personalidades fuertes.
18. No te apropies de nada ni de nadie.
19. Reparte equitativamente.
20. No seduzcas.
21. Come y duerme lo estrictamente necesario.
22. No hables de tus problemas personales.
23. No emitas juicios ni críticas cuando desconozcas la mayor parte de los hechos.
24. No establezcas amistades inútiles.
25. No sigas modas.
26. No te vendas.
27. Respeta los contratos que has firmado.
28. Sé puntual.
29. No envidies los bienes o los éxitos del prójimo.
30. Habla sólo lo necesario.
31. No pienses en los beneficios que te va a procurar tu obra.
32. Nunca amenaces.
33. Realiza tus promesas.
34. En una discusión ponte en el lugar del otro.
35. Admite que alguien te supere.
36. No elimines, sino transforma.
37. Vence tus miedos, cada uno de ellos es un deseo que se camufla.
38. Ayuda al otro a ayudarse a sí­ mismo.
39. Vence tus antipatí­as y acércate a las personas que deseas rechazar.
40. No actues por reacción a lo que digan bueno o malo de ti.
41. Transforma tu orgullo en dignidad.
42. Transforma tu cólera en creatividad.
43. Transforma tu avaricia en respeto por la belleza.
44. Transforma tu envidia en admiración por los valores del otro.
45. Transforma tu odio en caridad
46. No te alabes ni te insultes.
47. Trata lo que no te pertenece como si te perteneciera.
48. No te quejes.
49. Desarrolla tu imaginación.
50. No des órdenes sólo por el placer de ser obedecido.
51. Paga los servicios que te dan.
52. No hagas propaganda de tus obras o ideas.
53. No trates de despertar en los otros emociones hacia ti como piedad, admiración, simpatía, complicidad.
54. No trates de distinguirte por tu apariencia.
55. Nunca contradigas, sólo calla.
56. No contraigas deudas, adquiere y paga en seguida.
57. Si ofendes a alguien, pi­dele perdón.
58. Si lo has ofendido públicamente, excusate en público.
59. Si te das cuenta de que has dicho algo erróneo, no insistas por orgullo en ese error y desiste de inmediato de tus propósitos.
60. No defiendas tus ideas antiguas sólo por el hecho de que fuiste tú quien las enunció.
61. No conserves objetos inútiles.
62. No te adornes con ideas ajenas.
63. No te fotografíes junto a personajes famosos.
64. No rindas cuentas a nadie, sé tu propio juez.
65. Nunca te definas por lo que posees.
66. Nunca hables de ti sin concederte la posibilidad de cambiar.
67. Acepta que nada es tuyo.
68. Cuando te pregunten tu opinión sobre algo o alguien, di sólo sus cualidades.
69. Cuando te enfermes, en lugar de odiar ese mal considéralo tu maestro.
70. No mires con disimulo, mira fijamente.
71. No olvides a tus muertos, pero dales un sitio limitado que les impida invadir toda tu vida.
72. En el lugar en que habites consagra siempre un sitio a lo sagrado.
73. Cuando realices un servicio no resaltes tus esfuerzos.
74. Si decides trabajar para los otros, hazlo con placer.
75. Si dudas entre hacer y no hacer, arriésgate y haz.
76. No trates de ser todo para tu pareja; admite que busque en otros lo que tú no puedes darle.
77. Cuando alguien tenga su público, no acudas para contradecirlo y robarle la audiencia.
78. Vive de un dinero ganado por ti mismo.
79. No te jactes de aventuras amorosas.
80. No te vanaglories de tus debilidades.
81. Nunca visites a alguien sólo por llenar tu tiempo.
82. Obtén para repartir.
83. Si estás meditando y llega un diablo, pon ese diablo a meditar…