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jueves, 19 de octubre de 2017

Despiértame, 1

a mis padres

, Más o menos a esta misma hora (1:00 pm) hace un mes, estaba yo sentado en esta misma mesa, con esta misma luz y este mismo sol: un hermoso día. Y ese yo que estaba aquí, sin duda, no es este mismo yo que se recuerda estando --la luz no es la misma, ni el sol es el mismo ni la planta (Harry Helecho) colgante, aunque el viento la saque a bailar, y le ponga en ese vaivén de péndulo que tanto me sigue asustando hoy, un mes después del terremoto. Ese yo ya no existe.

, No quiero escribir una crónica más del temblor, aunque sí es una crónica de un 19 de septiembre.

, El 19 de septiembre de 2016 hablé por última vez con mi ex-empleadora. Nos dimos un adiós sin pasión, propio no de amantes sino de profesionales. ¿Renuncié o me renunciaron? Creo que nunca lo sabré a ciencia cierta.  A un año de diferencia ya no importa. Lo cierto es que el 19 de septiembre del 2016, después de dormir a los niños, Tania y yo abrimos una botella de vino espumoso y celebramos el incierto devenir laboral que se abría frente a nosotros. Nos entregamos, como tantas veces, a condiciones inciertas de existencia, sin expectativas y sin esperanzas en realidad. Y brindamos frente al fin del mundo que comenzaba a partir de entonces. Ella es mi otro. Mi amor. Mi fuerza. De ese 19 quería hablar el 19 pasado. El temblor me agarró en esta misma mesa, más o menos a esta hora, hace un mes: haciendo el recuento de un año fuera de la economía formal, del goce de sueldo, de mi vida como la conocía, pero dándole gracias a ella, por rifada, por felicitarme cuando renuncié o me renunciaron. Por estar conmigo a pesar de todo, incluso a pesar de mí mismo y de las condiciones del mundo actual.

, Desde septiembre del año pasado no tengo un "empleo", pero no quiere decir que no tenga trabajo. Doy algunas clases de literatura, en bibliotecas y espacios privados y autogestivos, traduzco para revistas, hago psicoanálisis, pulo junto a mis brillantes editores el texto de mi novela, escribo poemas como si no hubiera mañana, pero nada de todo esto basta para conformar un sueldo como el que tenía antes. Ni cagando. El cambio de un año a esta parte ha sido el dejar de ser (y de cifrarme y tasarme) como un sujeto activo de la producción, y volverme un sujeto activo del cuidado, esa labor que no se cobra pero que se paga de muchas formas. Y eso, para una masculinidad tradicional, es devastador. Porque el valor del varón del mamífero humano se cifra tradicionalmente en su rentabilidad, en su capacidad para proveer económicamente a su familia, así como para insertarse en dinámicas de consumo afines a una determinada clase social a la que no puede ser del todo ajeno.

, Escribo esto aprisa, más o menos un mes después del #19SMX, porque debo preparar la comida de los niños, doblar la ropa, sacar al perro. Me parecería mezquino apropiarme de la frase de Luciana Peker, pero pienso que no, que yo tampoco tengo un cuarto propio dónde escribir. No soy una mujer, pero al igual que otros hombres que cuidan a sus hijos, me enfrento a menudo con las miradas condescendientes de quienes piensan que las labores domésticas no son dignas de un varón. Que lo "devalúan a mujer". Que lo feminizan (como si hubiera algo de malo en reconocer la parte femenina, receptiva, ávida, terrestre, acuática de la personalidad). Pienso estas cosas, pero no me detengo a pensar. No puedo detenerme. Ya es hora de levantar a los niños. De llevarlos a la escuela. De que la vida continúe.

, Hay días en que este olor tan particular a derrumbe no me deja dormir. El olor ya se disipó, pero no me lo puedo sacar de la ¿memoria? Es olor a polvo, a humo, a humedad quemada, un olor metálico, ferroso, inclasificable, inolvidable. Me revuelvo en la cama tratando de dormir y me atenaza, me presenta imágenes terribles, desesperadas, como si estuviera envuelto en ese olor, prensado por él, incapaz de alejarme de su nube mortífera. Entonces me levanto de la cama, enciendo la computadora nueva (¿cómo voy a pagar por esta computadora nueva comprada a crédito, es decir, con plata que no tengo?) y me pongo a escribir que hay días en que este olor tan particular a derrumbe no me deja dormir.

, La naturaleza parece cruel desde una perspectiva humana. Es caprichosa, violenta, desconsiderada. Como un niño. Tienen demasiada energía: corren de un lado a otro, brincan, se lanzan cosas, bailan en síncopas imposibles y salvajes. De pronto rompen a llorar. Probablemente tienen sueño, hambre o les molesta un pliegue del calcetín. Cambian: están vivos. Demasiado vivos. No se quedan quietos ni siquiera cuando duermen. A veces se quejan en sueños, hablan con alguien, se ríen de formas encantadoras, como si siguieran jugando mientras duermen. Son demasiado hermosos, mis niños, dormidos o despiertos. Incluso cuando me miran con el ceño fruncido cuando les digo que es hora de acostarse, que es hora de guardar los juguetes, que es hora de bajar del triciclo y sentarse a cenar. Justo antes de prorrumpir en quejas, negociaciones o francas escenas de llanto, tiemblan de furia por un instante. Cuando jugamos a hacernos cosquillas también tiemblan de pura dicha.

, Solamente en la ciudad de México, desde hace un mes, se han contabilizado 3,800 edificios con daños, 2,000 con daños leves y 1,800 graves: 52 que deben ser demolidos y 38 más que cayeron como consecuencia del sismo. En total, unos 1,890 edificios que han debido ser desalojados. Calculando el número de pisos, el número de habitantes en promedio, y contrastando --muy a grosso modo-- con la cantidad de albergues que operan desde hace un mes, daría un estimado de 136 mil personas. Pero los +40 albergues que están operando, con alrededor de 200 personas cada uno, apenas suman 10 mil damnificados, eso sin contar a los voluntarios que siguen haciendo turnos de más de 12 horas para servir y administrar 300 mil raciones de comidas al día. Eso son 9 millones de comidas en un mes. Sin contar la resolución de problemas sanitarios, médicos y psicológicos particulares. Sin contar las necesidades especiales de la población infantil y de la tercera edad. Problemas concretos de cuidado. Labores de cuidado. Labores domésticas, si se quiere. Aún así, con todo ese esfuerzo humano, equipos de brigadistas independientes como la #BrigadaGénova estiman que 90 mil personas están durmiendo hoy a la intemperie, bajo lonas o casas de campaña. Y eso, como dije, solamente en la ciudad de México. Puebla, Morelos, Chiapas y Oaxaca tienen, cada una, sus historias de terror y de heroísmo. En Oaxaca, la tierra no ha dejado de moverse. Juchitán, desde donde llegaron las primeras imágenes de la devastación desde el siete de septiembre pasado, está prácticamente en ruinas. Piden lonas porque llueve y tiembla tanto que la gente prefiere dormir en las calles mientras deciden si desalojar o quedarse a perder lo poco que tienen. Muchas comunidades quedaron en el suelo y, a causa de su ubicación geográfica y la falta de vías de comunicación, no se supo sino hasta mucho tiempo después. Recordemos a aquellos de los que nadie se acuerda este día, cuando escuchemos discursos. Alcemos la voz durante los minutos de silencio que nos siguen exigiendo.

, La naturaleza parece cruel desde una perspectiva humana, pero los humanos son innaturalmente crueles consigo mismos: convoys de ayuda desviados por la policía o el ejército. Voluntarixs y brigadistas atacadxs --incluso sexualmente-- en el camino. Imágenes de bodegas del DIF llenas de donativos mientras la gente pasa hambre. A falta de cifras oficiales de desaparecidos y damnificados, pensemos en ese número extraído racionalmente con la información a la mano: 100 mil personas. Damnificados. Esto es, sujetos del daño. Hombres, mujeres, niños. Pero el PRIsidente es optimista: el candidato para 2018 será revelado en tiempo y forma.

, El 19 de septiembre de 2015, publiqué en la página de mis ex-empleadores un texto sobre los 30 años del terremoto de 1985. Yo lo viví así: "Esta mañana, a las 7:19 am, sonaron las campanas de la iglesia, se detonaron cohetes y sonó en las plazas el inexplicable toque de bandera, como en las ceremonias oficiales, en la conmemoración de los 30 años del terremoto. Me parece triste que cualquier ocasión solemne de naturaleza colectiva en este país, desde un partido de futbol hasta la inauguración de un edificio público, implique la música oficial, el toque de bandera y el Himno Nacional. Es increíble que nuestra imaginación, tan productiva en otros ámbitos, sea tan limitada para la celebración y el luto, esos polos de lo social. Ignacio Padilla aborda el tema en Arte y olvido del terremoto (Almadía, 2015), donde acusa la falta de narrativa literaria del suceso, el cual es clave para la renovación periodística y gráfica del período. A pesar de que falte la 'gran novela' del 85, Padilla afirma en entrevista con Excélsior que "el terremoto está implícito en todo cuanto escribimos quienes lo vivimos hace 30 años. Fue para mis contemporáneos una marca generacional indisputable, junto con otros dos derrumbes: el del Muro de Berlín, el 10 de noviembre de 1989, y el de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001'".

, ¿El 19 de septiembre de 2017 estará igualmente ligado a todo cuanto escribamos y pensemos en esta generación? ¿En la manera en que nos relacionemos socialmente? ¿En la forma en que los eventos naturales habrán de influir en nuestros comportamientos? ¿En nuestras instituciones? ¿En nuestras pesadillas? A un mes del #19SMX, ¿hemos despertado ya del estupor? ¿Escucharemos otra vez, impasibles, las palabras de los gobernantes que dicen que todo estará bien, que dejemos todo en manos del ejército, que cantemos el himno nacional o que guardemos más y más minutos de silencio por los que siguen bajo tierra, que nos movamos detrás de la cinta de precaución, que no entremos a la zona de derumbes donde están nuestros seres queridos si no tenemos equipo de seguridad, que no llevemos comida y herramientas a los pueblos más alejados que necesitan reconstruirse? 

, Así está la cosa, improbable lector o lectora: vivimos en un narcoestado criminal para quienes su vida y la vida de los suyos valen menos que nada. Vivimos una grave situación de desaparecidos, además de una violencia sin precedentes salvo en contextos de guerra. Incluso los activistas se preguntan si todo su trabajo no es más que administración de la catástrofe. No hay afuera de esto: no basta con fantasear con salir del país, con cambiar de nombre e identidad. El narcocapitalismo no tiene afuera. Y sin embargo... Y sin embargo hay que despertar a los niños para ir a la escuela. Hay que hablar con ellos cuando tienen miedo durante la noche. Hay que familiarizarlos --y nosotros con ellos-- con palabras como epicentro, placa tectónica, zona de subducción, rescate vertical, o mototrozadora de discos de diamante continuo de 1/2". Porque no hay afuera del narcoestado ni la necropolítica, y ellos se darán cuenta en su momento, pero por ahora son niños y tienen miedo. Tal vez no son hijos tuyos, pero van a sacarte del fondo de la tierra la próxima vez que la tierra se mueva, o cuando el crimen organizado (el de los carteles o el del gobierno) decidan que tu cuerpo es prescindible y lo tiren en una fosa en alguna parte. Esos niños van a aprender, como todos los niños, de lo que ven a su alrededor. Y te van a buscar. Y van a pedir que se haga justicia, incluso cuando los cínicos se burlen, incluso cuando nadie tenga interés en escucharlos. Van a seguir buscando justicia incluso aunque no la consigan. Precisamente porque no la consiguen. Porque eso hace el animal humano: cuida de los suyos a pesar de que sabe de antemano que todos estamos condenados a muerte por default. Porque hay que despertar. Porque hay que vivir.

domingo, 14 de junio de 2015

Día del padre

Star Wars: Darth Vader and Son Journal, TM LucasFilm LTD

, Amanecí pensando en una larga línea de arena que se extiende por el horizonte. Al fondo, la corona verde de un bosque o un penacho de palmeras. Detrás de mí, el ronroneo del mar que se adelanta a un azul más bien gris espumoso, hurgando campechanamente en los restos del naufragio.

, En casa nunca celebramos el día del padre, ni el de la madre. A regañadientes aceptamos durante la infancia lucir la impostada jovialidad de los cumpleaños, pero creo que ni mi hermano ni yo los disfrutábamos mucho. Mamá dice que hay que acordarnos siempre de los que queremos, no sólo en sus cumpleaños. Alguien me felicitó hoy, por ejemplo, por el día del padre, pero Lucas todavía no nace (aunque falta cada vez menos). Yo no soy el padre de Nicolás, y nuestra relación, aunque profundamente filial, está construida a partir del trato, la confianza y el amor. Nos "elegimos", por así decirlo, lo cual es un privilegio del que los padres y los hijos no gozan. No parece molestarle cuando sus abuelos dicen que soy su "padrastro": sabe que para él soy papá, simplemente porque me felicitó hoy por el día del padre.

, Los que amanecen comparten más de un rasgo con los náufragos: ambos son los recién venidos de lejanos lugares; son sobrevivientes, pues el sueño y el mar son, en otras lenguas, los nombres secretos de la muerte; con la memoria llena de olas y tormentas, de gritos anónimos perdidos en el rugido de las olas, con el cuerpo débil y hambriento, temblando, tratando con impaciencia infantil de contar una historia.

, Los náufragos vuelven a la compañía de los hombres que los reciben perplejos como autoridades del caos. Los capitanes de puerto consultan apresurados manuales, los marinos cuentan historias de muertos, los paparazzi aprovechan para llegar en bandadas. Se da aviso a la incrédula familia, que ya daba al marino por muerto, y se procede a enmendar las evidencias del relato (se quema discretamente el acta de defunción) de la muerte para hacerlo coincidir con la realidad: la familia debe aprender a contarse la historia de cómo el muerto logró regresar a la vida.

, No recuerdo si es Blanchot o Quignard quien dice que Odiseo debe convertirse luego del periplo en Homero, de modo que pueda contar su propia historia. Podríamos esbozar un rápido silogismo: todo náufrago está por convertirse en Homero, a condición, claro, de que experimente alguna forma visionaria de la luz, un exceso de mundo: una ceguera.

, Me han preguntado mucho sobre este asunto de la paternidad. Qué siento, qué pienso, si tengo miedo, etc. Creo que he preferido mantenerme ecuánime y distante frente a dichas preguntas porque no quiero tener que comerme mis palabras. De paternidad sé muy poco, pero aprendo rápido. Sobre todo estoy dispuesto a enfrentar lo desconocido con un espíritu jovial, celebratorio. Por curiosidad busco el origen de jovial: me encuentro con el otro nombre de Zeus, Iovis, o Jove. Júpiter, padre de los dioses. Lo curioso es que todos estos nombres y otros más confluyen en el indoeuropeo Diau-Pitar, que con algunos malabares se traduce como "Padre Día", identificando lo jovial con lo solar. Tal vez por eso los chilangos dicen que algo "está padre" cuando les gusta o cuando lo aprueban.

, Nadie nunca podría decir que un náufrago no ha llegado justo a tiempo. Dicho de otro modo: los náufragos nunca llegan tarde. Es como lo que decía Borges respecto a Bioy (cito apresuradamente) "mientras más tarde llegue es más seguro que llegará; de hecho, mientras más se demore más inminente es su llegada. Es más, si no llegara, es claro signo de que ha llegado."

, En lo personal, pocas cosas me parecen tan irritantes como ser despertado súbitamente. No importa la hora, si se trata de una siesta o si tengo el día más ocupado del mundo: los cumpleaños y las efemérides en general se me hacían doblemente chocantes (además de por la obviedad del onomástico, una necedad de llevar cuentas hasta para el tiempo) por la monserga de verse rodeado de seres queridos, asediado por las llamadas y las felicitaciones. He tenido una buena vida, no me puedo quejar: lo sé cuando puedo quejarme de cosas como esta. Incluso el amor, al sacarnos del sueño, se nos presenta como hostil. Los despertadores son invento de algún ingeniero demográfico fascista, de los que se expresan en términos de "recursos humanos" y "jornadas laborales". Pero el sueño es un país ajeno a todas esas cosas.

, La desfortuna del náufrago: el origen del infortunio, del desfortunio, de la afortunidad: ser el relegado, el excluido de la fortuna, pero siempre en calidad de elegido. Freud habló de él con respecto al trauma, a la angustia de los sobrevivientes que ven al barco en picada rumbo a las profundidades, con la dolorosa culpa de estar vivos. La fortuna del náufrago es informulable: dice: por qué yo y no otros: o mejor: por qué yo de entre tantos otros. Pregunta que le espeta al náufrago su propia vida en pleno rostro, como un escupo.

, La pregunta del náufrago no es, pues, por qué naufragamos (la pregunta de la caja negra), sino por qué estoy vivo cuando no debería estarlo, pues la catástrofe da fe de su propia perplejidad. Es la pregunta --acaso la única-- que Odiseo no se atreve a formular sino a manera de clamor vacío: sabe que la Diosa que blande el escudo nunca se aparta de su lado, pero la inminencia de su presencia se le manifiesta vertiginosa con el hálito de las bestias y los monstruos que lo cercan en tierra y mar. Es el clamor de quien es plenamente consciente de entregarse a un sacrificio inútil, justo antes de llevar el sacrificio a término, como Jesús el judío sobre el Gólgota: "Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?".

, Uno se pasa la vida leyendo europeos refunfuñones como Cioran o Caraco y descuida las historias luminosas, los cantos de celebración por la vida. La escuela de Frankfurt trató de proscribir la poesía por una especie de pudor histórico frente a la esperanza del proyecto humano. Pero es precisamente en un mundo deshumanizado en grado extremo donde cantar es más importante que nunca. Lo hablaba con Nico el otro día, cuando quiso saber qué cosas se cuentan los pájaros. Discutimos al respecto, intercambiamos puntos de vista. Cosas del clima, apreciaciones sobre su dios-pájaro, proximidad de comida, pajaritas y depredadores. Concluimos que tal vez sólo cantan por cantar, porque no saben hacer otra cosa. Y Nicolás sabe que hay cosas que no mueren: las canciones no mueren, los dibujos no mueren, querer a mi mamá no muere. Cantar por cantar: celebrar.

, Pero no todos los náufragos son Odiseo, ni todos los que vuelven del sueño tienen una gran historia que contar. Hay gente que no cuenta o que no sabe contar, más bien. Los que no saben contar, sin embargo, disfrutan también de las historias. Más que náufragos son marineros varados en tierra. Para ellos (para los lectores), los marineros son héroes que salen cada mañana a disputarle al mar el alimento, y su valor se mide de acuerdo a la peligrosidad de la navegación y a la inminencia del naufragio. Pero los náufragos son los que han ido más allá que los héroes. Son los perfectamente inesperados, o dicho de otro modo, los que encarnan la posibilidad del milagro, de que exista algo que literalmente no se puede ver, y que si se puede ver no se puede creer. El milagro debe existir, su posibilidad debe conservarse, aunque no sea para nosotros ni el milagro ni la posibilidad ni la esperanza misma, cuando no es preciso ver algo para saberlo --como Ítaca, como todas las utopías verdaderas. Es entonces cuando Odiseo se convierte en Homero.


lunes, 17 de febrero de 2014

Solve & Coagula


Según la fluctuación de la economía de la memoria, todo objeto está siempre al borde de ser reliquia y de ser residuo, objeto sagrado y tiliche prescindible, contenedor aurático de la memoria y caja de Pandora. Mudanza es solve: tomar distancia de lo unido, dividir, analizar.

El altar, como la basura, exigen ser implacables con el destino final de los objetos sin destino aparente (o con aquellos que ya lo cumplieron). El objeto sagrado y el objeto basura: registros de la presencia excesiva del objeto. Lo que llamamos cotidianidad podría no ser sino la continua regulación de la presencia excesiva de los objetos, el utilizarlos, el convivir con sus presencias, el leerlos desde Alfred Gell o desde Jean Baudrillard: la experiencia atestigua los cambios en sí misma (el paso del tiempo) tomando como referencia los objetos. 

Pero la condición del libro lo hace un objeto excesivo per se, excesivo por adelantado.

Lo inconsciente es el olvido ritual de la especie; es el exceso que el instinto se encarga de organizar. Pero la autonomía del inconsciente es relativa, o al menos no está exenta de intervención. Cada libro es un mapa fractal de la especie y un territorio encarnado de nuestra memoria emocional: aunque no lo hayamos leído, el libro nos espera con la promesa de un territorio (propio de antemano) aún desconocido; es la sensación de sentir que algo fue escrito justo para nosotros, o leído en el momento oportuno: "el león es oveja digerida", parafraseando a Valéry.

Se trata de un pase mágico, de naturaleza iniciática: dar un lugar en el mundo a un objeto es acomodarlo en el cajón del inconsciente que le corresponde. Coagula: nueva síntesis de lo alejado, unión, alianza, acuerdo de las diferencias.

Guardé mis libros durante dos años en distintos lugares, y hoy los veo por primera vez a todos en un mismo lugar, reunidos como viejos conocidos que tienen amigos en común. La sala es un caos, porque es la sala de espera --el último limbo de los primeros libros. Es especialmente notorio en la economía de los saberes cuando una biblioteca embodegada llega a manos de los libreros: los valores estancados, olvidados o perdidos se resignifican, adquieren nueva luz porque nuevos lectores se topan con esos saberes. Pero es casi tanto como la promesa de una genealogía cuando en vez de dividirse, dos bibliotecas se juntan.

viernes, 4 de octubre de 2013

El lugar correcto

Tengo siempre la sensación de estar en el lugar incorrecto. Tal actitud espontánea es lo contrario a la sabiduría, pienso. Es una actitud que conviene al forajido, al que cree que lo buscan y por lo tanto, anticipándose al detective que ya va tras su pista, deja pistas falsas para construirle un laberinto.

Incluso un laberinto rectilíneo, como el que Scarlach promete a Lönrot.

Curiosamente, estar en el lugar correcto (y sobre todo en el momento correcto) es una actitud que le conviene precisamente al criminal. Tengo para mí que el sabio acepta el lugar que le es dado; acoge, por así decirlo, al presente en la forma en que se presenta, en que el presente se hace presente, y la convivencia con la presencia lo sitúa en un lugar adecuado siempre, sin posibilidad de que se le encuentre in fraganti en el error, pues el error es el punto de partida del sabio, un nuevo comienzo.

Ahí está Sócrates, muy apoltronado y conforme con su pellejo, catando la cicuta, no en el mejor lugar, sino en el que le pertenece tan sólo a él.

El criminal puede ser sabio por un momento, en tanto actúa maximizando la conveniencia de su situación, pero, imposibilitado para volver el presente un lugar permanente, se evade del presente. Vive en subjuntivo, en el dominio de las posibilidades sin realizar, mientras el sabio actualiza, realiza sólo la posibilidad conveniente, sin fatigar inútilmente lo imposible.

Es por eso que la del sabio me parece --de lejos, mientras escapo-- la antípoda de cualquier posición donde pudiera situarme, porque el lugar correcto es siempre el otro, ahí donde no me encuentro --y sobre todo donde no puedo encontrarme, pues mi presencia convierte precisamente mi actitud frente a la situación en un error.

Creo que no siempre fue así. Y en honor a la verdad y la memoria, he tenido momentos --si bien breves y pasajeros-- en que he sentido que estaba justo donde debía estar. Pero en general no. Y estar planeando todos los escapes de todas las situaciones todo el tiempo es absolutamente agotador.

Estar es un arte que, irónicamente, al escapar, se me escapa.

Es justamente esa la posición --la localización, debiera decir-- que conviene al utópico, al que no puede estar precisamente ahí donde está, o el que está donde no puede permanecer, pues aproximarse al lugar imposible, imaginarlo incluso, lo vuelve inhabitable.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Inventario de pérdidas

Primero noté que la cerradura se veía diferente, pero al principio no pude saber por qué. Raro. Al entrar al departamento noté un par de puertas abiertas que no suelen estarlo. Entré con cautela. Nada nos prepara para notar las pequeñas diferencias más que la convivencia con lo cotidiano: el hábito, la costumbre, la distancia entre los objetos y su lugar invariable, incluso dentro del orden caótico en que tengo las pocas cosas que tengo, conforman la red de movimientos en el espacio de lo propio. Pero esa costumbre de lo propio y de los objetos con que habitamos lo propio puede venirse abajo en un segundo.

Al entrar a mi habitación me di cuenta que ese orden --a medias desconocido hasta que se ve perturbado-- ya no existía.

Los ladrones se robaron dos computadoras, dinero en efectivo, mi Kindle y el dos de oros de mi Tarot, además de muchas pequeñas cosas de poco valor económico, pero mucho valor emocional. Por ejemplo, un viejo teléfono con fotos y grabaciones de textos que ya nunca voy a recuperar. Otro viejo celular con un video que tomé en Cuba a un poeta de San Martín, cuyo nombre no recuerdo. Una pluma fuente que ronroneaba y no se tapaba nunca. El robo es un movimiento de reapropiación económica, de redistribución de capitales. Los capitales económicos, para el ladrón, sólo siguen el flujo de capitales económicos; pero los simbólicos son irreparables, incluyendo la sensación de lo propio del espacio: mi lugar fue violado, ¿cómo volver a sentirlo mío? ¿Lo sentía como mío antes, del todo, o bien el saqueo --económico y simbólico-- al radicalizar la pérdida, me otorga la propiedad de mi espacio y mis objetos precisamente por el hecho de haberlos perdido? 

Como si uno sólo fuera dueño de lo que pierde.

A medida que la memoria se va acostumbrando ("se hace a la idea") a las pérdidas más urgentes y dolorosas, cuando lo práctico y lo inmediato queda más o menos resarcido, las pequeñas pérdidas van subiendo a la superficie y toman su lugar en el verdadero inventario de la pérdida: nos damos cuenta que perdimos cosas que dábamos por sentadas, e incluso otras que, de tan postergadas, en realidad habíamos perdido a plazos ya durante mucho tiempo. Es el caso de mis discos duros donde tenía muchos textos sin revisar, borradores que buscaban su momento para concretarse en textos, en fin, el trabajo de muchos años convertidos  en humo, en polvo, en sombra, en nada. Textos que buscaban su concreción y su forma, que estaban enfriándose y permitiéndome tomar distancia con respecto a ellos, tal vez para evaluarlos nuevamente y reescribirlos o bien para olvidarlos y borrarlos, como también suele hacerse. Textos que ya son el recuerdo de lo que nunca van a ser.

Y se siente bien. De pronto me siento ligero, porque los rastros --el archivo, al menos en parte-- de mi identidad se han perdido. Es como si no hubiera escrito todo ese montón de cosas que a fin de cuentas ya no escribiré, porque escribiré otras. Y me provoca más curiosidad lo que no he escrito que lo que ya escribí. 

Me duele no poder seguir trabajando en textos que estaba disfrutando escribir. Uno entiende de pronto la magnitud del sentido de la palabra irreparable: las cosas se pueden recuperar --incluso la minuciosa colección de ebooks que tenía almacenados en el Kindle--, pero un texto incluso al nacer aparece como pérdida pura, como discriminación de versiones, como la insistencia de una versión sobre otras. Como pura necedad, y si tenemos un poco de templanza, como insistencia. El espacio textual no puede tasarse ni valorarse en términos económicos: es una instancia de vida. Eso no es mío, por eso no pueden quitármelo. Eso me es. Esa insistencia no se roba, no se presta, no se puede encarcelar ni mutilar: es toda o nada, o mejor dicho, toda y nada. Se aprende pero no hay forma de enseñarla. Sobre todo no se puede decir que uno posee una insistencia de este tipo --la escritura--, sino que la ejerce (decir que uno "es poseído por ella" sería acaso un exceso). En todo caso no hay apropiación: escribir es olvidar. Es ser otro a medida que las pérdidas se acumulan y llegamos con nuestros dolores y nuestro rostro de ministerio público a la página en blanco. Y cuando la ves te das cuenta de que en esa página está todo lo que necesitas. Si pudieras tener algo, te dices a ti mismo, sería esto. Y con esto es suficiente.


lunes, 3 de diciembre de 2012

Legitimidad de la protesta pública


Invitación/provocación

El presente es un fragmento de un texto más extenso que aparecerá próximamente en la revista "Diálogos A", coeditada entre otras instituciones por el Instituto de Estudios de las Culturas Andinas, en un número dedicado a los movimientos de protesta del último año en distintos países de Latinoamérica. Deseo rescatar este fragmento a la luz de los acontecimientos del pasado 1 de diciembre (1DMX) en el Distrito Federal, Guadalajara y otras ciudades del país: parecería muy sencillo que uno de los más grandes logros de la sociedad civil mexicana del 2012 se fuera por la borda tan rápido como llegó, a saber, la descriminalización de la protesta pública.

La represión y persecución policiaca, paradójicamente, son los elementos faltantes en la actuación del movimiento YoSoy132 durante el año pasado: si pudiera hacer la glosa del inconsciente colectivo durante los meses pasados, diría que mucha gente no creyó que el 132 fuese un movimiento "serio" o "real" pues le faltaba el elemento que legitimaba movimientos similares en el pasado: la persecución por parte del Estado. Esto fue especialmente evidente en el caso de la Acampada Revolución 132 en la explanada del Monumento a la Revolución de la Ciudad de México, quienes en estos momentos están siendo desalojados por la policía luego de meses de llevar a cabo un importantísimo proyecto de participación y vinculación comunitaria, así como de ser una sede simbólica del movimiento mismo.

En una lectura ingenua podríamos decir que el "nuevo PRI" (que, entre paréntesis, comenzó su sexenio haciendo uso de las tácticas agresivas y represoras del viejo PRI) ha dejado clara la importancia del 132 y de la protesta pública al atacar no sólo los cuerpos de los manifestantes sino también, y de manera más significativa, el último recurso de participación política de la sociedad civil y de los frentes históricamente despolitizados de la clase media, el derecho a la protesta, criminalizándolo. ¿No es extraño que durante los meses pasados de marchas y protestas en todos los puntos del país nunca se hubieran presentado destrucciones en la escala del sábado pasado? ¿Que no se hubieran presentado destrucciones del todo? En el centro de la ciudad, la destrucción de la fachada de varios bancos y comercios ha mermado la confianza de la población en los estatutos pacíficos con los que las protestas y marchas se desarrollaron a lo largo del 2012. ¿Se trata de que los contingentes que en meses pasados aprendieron a marchar en paz, súbitamente, y sin obedecer a ninguna provocación, se lanzaron a crear destrozos en puntos estratégicos y simbólicamente relevantes como los antes mencionados o como el hemiciclo a Juárez? ¿Es que la toma de protesta como presidente de Enrique Peña Nieto "mágicamente" cambió la temperatura de la protesta de un punto inclusivo y comunitario hacia uno violento y destructor? ¿La vuelta del PRI implicó, en tan pocas horas, echar por la borda todos los aprendizajes de este año y un viaje en el tiempo a los días en que estudiante era sinónimo de criminal? ¿Olvidaremos todo lo construido tan pronto?

Mientras escribo estas líneas aún hay mucha gente detenida y desaparecida como resultado de las protestas del 1DMX. Aunque no estoy a favor de las imágenes que muestran una batalla campal entre elementos de la policía e individuos pertenecientes a distintos contingentes afuera de la sede del poder legislativo, creo que la respuesta de la policía salió de toda proporción, y a fin de cuentas no logró instaurar esa "restitución del orden público" con el que EPN justificó ante alumnos de la Ibero en mayo pasado la entrada de las fuerzas del orden en Atenco. Probablemente la decepción más grande de esta jornada de principio de sexenio fuera la tibieza de Marcelo Ebrard, ex jefe de gobierno de la ciudad, para proponer interpretaciones del conflicto vagamente distintas a las de sus contrapartes de la prensa y personajes de derecha: la de tildar a los manifestantes de "revoltosos" o "violentos", metiendo al contingente entero en el mismo saco, tal y como el viejo PRI solía hacerlo.

Tengo que la conquista de la descriminalización de la protesta pública no es algo que deba ser negociado ni perdido. Lograr la movilización de una clase que históricamente ha sido políticamente apática y articular su visibilidad bajo estatutos no violentos debe ser el foco en los meses por venir. No se tratará de protestar y protestar, sino de proponer alternativas de visibilidad y participación en las decisiones de gobierno: lo que la represión provoca es que los organismos de la sociedad civil pierdan poco a poco el crédito social que los garantiza como interlocutores representativos de los intereses de la sociedad para con el Estado. Enfatizar en el carácter pacífico de estos movimientos y organizarse mediante estrategias de comunicación efectiva será crucial.

Yo no sé, como digo en el texto que sigue, si el PRI está usando infiltrados en las marchas y manifestaciones (como, por otro lado, atestiguan algunas imágenes de individuos vestidos con pantalón beige y playera negra, usando un guante), pero me queda claro que al interior de los contingentes a los manifestantes les ha sido más difícil llamar a la manifestación pacífica. Lo vi el sábado frente a Palacio Nacional. El minúsculo frente de unos 200 individuos se centraban frente a la puerta de la sede del ejecutivo, gritando, chiflando, lanzando algunos objetos a la valla de granaderos y policía federal apostados al frente del edificio. Era un espectáculo muy diferente al de la línea que en distintos momentos ha sido posible realizar frente a las mismas fuerzas del orden en lugares como Televisa Chapultepec o la sede del PRI, donde la manifestación pacífica y organizada ha dado numerosas muestras de eficacia. El sábado no. El sábado se trataba de una mezcla de hombres y mujeres de todas las edades y gritos que no solían escucharse en los meses previos, preconizando la muerte del Estado y provocando abiertamente a los granaderos. Yo no me creo que "el pueblo" sea incapaz de destrozar propiedad pública, pero me resulta mucho más difícil creer que los contingentes no están intervenidos por grupos de provocadores. Si dijéramos que un oficinista o un ama de casa lanzaron piedras o cohetones contra Bancomer, tal vez sería difícil de creer, pero posible; si decimos, en cambio, que un estudiante de una escuela pública de nivel medio superior lanzó una bomba molotov contra la policía, la identificación histórica estudiante/criminal encuentra menos obstáculos para reactivarse, a pesar de que durante todo el año por concluir diéramos muestras de lo contrario.

Es preciso que la protesta pública se ejerza, y más que nunca, no solamente como el rostro visible de la sociedad frente al gobierno, sino para afianzar las posibilidades de la participación comunitaria en eventos relevantes para la sociedad civil. El enojo es una gran olla de presión, y si bien cuando explote no será en la conformación de un movimiento armado de ningún tipo, sí explotará en la forma de frustración y apatía generalizada en la participación pública, características muy deseables en una población en condiciones de "gobernabilidad" según los parámetros a la orden. Esa frustración y desesperanza son los sellos del viejo/nuevo PRI, y sus métodos para conseguirlos, aunque han sido efectivos en el pasado, se enfrentan en este caso con una sociedad civil que ha dado claras muestras de su capacidad de organización y participación pacífica. El verdadero enemigo, fuera de lo que puede creerse, no es el PRI, sino la deslegitimización de las iniciativas de la sociedad civil frente a sí misma, río revuelto del que abrevarán los pescadores políticos. Dar muestras de que estas iniciativas son pacíficas y se encaminan a la construcción de un orden social duradero es, más que nunca, relevante, necesario y urgente.

#YoSoy132 y una leve, breve, verde mancha en el rostro de Calderón
(fragmento)



Los movimientos de protesta estudiantil en México desde la segunda mitad del siglo XX se organizan, con una mezcla de temor y orgullo, a la sombra de la represión estudiantil de 1968 y 1971, matanzas que el gobierno mexicano ha comenzado a asumir lejana y tibiamente como parte del legado de los gobiernos represores del PRI (por ejemplo, a través de la creación de un museo memorial en el lugar donde ocurrió la matanza del 68 en la unidad habitacional Tlatelolco, en la Ciudad de México.) Sin embargo, los movimientos del siglo pasado --que buscaban reivindicar derechos civiles, a la educación, a la apertura cultural-- tuvieron como saldo indeseable la criminalización de la protesta estudiantil.
En México, uno crece escuchando sobre los “porros”, grupos de choque infiltrados dentro de las marchas de estudiantes y/o asociaciones civiles cuyo único propósito es generar altercados con la policía, dañar propiedad pública o privada, en fin, restar peso a la intención de la manifestación y provocar ese “uso legítimo de la fuerza que corresponde al Estado” para sofocar las protestas.
Aunque las manifestaciones estudiantiles (de reivindicación, de solidaridad con causas sociales, etc.) en México siguieron existiendo, directa o indirectamente se asociaban con estudiantes pertenecientes a los niveles medio y medio superior de las instituciones de educación pública del Estado, concretamente a la UNAM, la UAM o el IPN. Existe un elemento altamente clasista en cuanto a la percepción de la protesta pública en México. Me refiero concretamente al Distrito Federal, donde ocurre esta historia y de donde soy originario: las “marchas” son equivalentes al entorpecimiento de vialidades principales, a generación de un clima de inseguridad en las calles, y al desfogue de “revoltosos”, “mugrosos”, o “nacos” sin trabajo que interfieren con las actividades laborales de la ciudadanía de clase media. El cuadro anterior se completa con la percepción de oportunismo que suelen tener las manifestaciones públicas de sectores obreros y campesinos así como los antiguos sindicatos petroleros, electricistas, ferrocarileros y demás, en las calles del Distrito Federal, asociados en el imaginario peatonal a formas “profesionales” de protesta, versados en mecanismos como paros programados y huelgas generales a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI.
Es por esto que las manifestaciones subsiguientes al nacimiento de los 132 como organización rizomática, convocadas a través de redes sociales como Facebook o Twitter, gozaron de enorme aceptación entre sectores poblacionales que no hacían suyas las causas de los actores de participación social: al haberse originado en “la Ibero” y haber convocado a un comité interuniversitario incluyente, que no hizo distinción entre universidades públicas y privadas, el 132 comenzó el lento camino de la organización que continúa hasta el momento de escribir estas líneas.
Otro factor influyente para que los sectores de clase media (los menos politizados) en las ciudades más distantes del país se sumaran a las manifestaciones públicas convocadas por el movimiento #YoSoy132, fue sin duda la coyuntura electoral de julio pasado. Partiendo de la deslegitimización que recibieron de Coldwell y de la nula atención mediática que generó la protesta en la Ibero, la cuál fue tachada precisamente de “revoltosa”, el 132 comienza a organizarse bajo estatutos apartidistas (es decir, sin posicionarse explícitamente a favor de ninguno de los candidatos presidenciales), así como de la democratización de los medios de información, en los cuáles se nota una marcada tendencia a posicionar positivamente la imagen de Peña Nieto en las preferencias electorales de los sectores poblacionales más pobres y menos informados.
Las acciones del 132 durante el periodo de campañas electorales se orientaron a un monitoreo continuo de la información reflejada en los medios de comunicación masiva, sondeos independientes, protestas públicas, en fin, acciones que contribuyeran a despertar la participación política de un electorado históricamente conservador (1). El resultado de estas acciones puede o no ser medible en términos de participación del electorado (uno de los porcentajes más altos de los últimos años), pero ha contribuído a la incipiente conformación de un clima de politización constante entre la población, y no solamente de los sectores académicos o políticamente activos. La prueba de fuego será el involucramiento activo de la sociedad en las decisiones de gobierno durante el sexenio que está por comenzar, además de que el 132 se constituya en una organización visible, participativa, plural y rizomática, cuya adherencia esté marcada por la participación de todos los actores de la sociedad para generar un verdadero contrapeso a la distorsión de la manipulación mediática y de interlocución con el gobierno entrante (2).
Una explicación de tipo económico del surgimiento del 132 como movilizador de la participación social de sectores históricamente despolitizados tendría que ver con el ejercicio de la capacidad de protesta, es decir, del ejercicio político en la forma acaso desesperada de manifestación pública. Apunta Slavoj Žižek (3):


En tiempo de crisis [económica], los candidatos obvios para “ajustarse el cinturón” son los niveles inferiores de la burguesía asalariada: puesto que el superávit de sus salarios [con respecto al “mítico” parámetro del salario mínimo] no juega un rol económicamente inmanente, lo único que los separa de unirse al proletariado es su poder de protesta política.


En el contexto del surgimiento del 132, los sectores tradicionalmente despolitizados de la clase media atendieron el llamado de --lo que parecía-- una afrenta invisible para su nivel de vida: si los estudiantes de una de las universidades más exclusivas del país (con colegiaturas mensuales que sobrepasan los $1,300 USD), es decir, representantes de la clase privilegiada, se unen para enfrentarse simbólicamente contra un candidato presidencial que perciben como una amenaza, tal vez no se adhirieran por la empatía súbita con las demandas del movimiento (demandas que asociaciones obreras y campesinas llevan décadas exigiendo), sino por ver amenazado el statu quo al tambalearse el soporte de la estratificación de clases.
Lo anterior es visible en el que tal vez sea el logro más importante del 132 hasta el momento: la descriminalización de la protesta estudiantil a los ojos de la opinión pública. Durante las marchas masivas de junio del 2012 era visible la participación de sectores “no profesionalizados” de la protesta (los frentes obreros, campesinos y sindicales a los que hemos aludido). Sería difícil caracterizar el ambiente vivido durante esos días: desde la espontánea solidaridad de los transeúntes, los improvisados materiales con que grandes contingentes de la población exigían transparencia en los medios de información y en el proceso electoral, en fin, en la imagen de un oficinista saliendo del trabajo para comprar una cartulina, pintarrajear una frase pseudo subversiva y gritar a voz en cuello una consigna aprendida al vuelo. La protesta pública, al menos en su carácter más inmediato, deja de ser, por así decirlo, una prerrogativa de las clases históricamente politizadas y se unifica en la fantasía de una sociedad civil desclasada.


Todos somos Espartaco, ¿pero hasta cuándo?


El carácter rizomático del 132 es equiparable al del colectivo de hacktivistas Anonymous (4) o al del héroe griego Espartaco: a la manera de un acto performativo, es un movimiento que cobra adherentes mediante la participación directa, sin un filtro burocrático visible. El peligro de los movimientos cuya militancia se articula de acuerdo a las simpatías momentáneas es que pueden no trascender las coyunturas históricas que los desaceleran tan pronto como pierden visibilidad en la agenda pública.
El lector no mexicano probablemente sea incapaz de dimensionar con precisión la magnitud simbólica de la protesta del 15 de septiembre pasado. El relato mítico del México independiente comienza la noche del 15 de septiembre de 1810, cuando el conspirador insurgente y cura del pueblo de Dolores, Miguel Hidalgo, llama al levantamiento armado. Hay que insistir en el carácter simbólico del “Grito de Dolores”, pues aunque el movimiento insurgente de emancipación de la corona española llevaba meses organizando los recursos y esperando las condiciones necesarias para llamar al levantamiento armado, el inicio mítico del movimiento de independencia mexicano, su “inauguración”, está fijada en el imaginario la noche del 15 de septiembre (que, como en muchos otros países de Latinoamérica a lo largo del siglo XIX, desembocaría en la adopción de un sistema democrático, que al menos en México pasaría por muchas etapas hasta ser finalmente instaurado --no sin matices-- hasta bien entrado el siglo XX.)
Es por ello que la fecha del 15 de septiembre cobra relevancia para la protesta pública aún en nuestros días, pues la fecha sigue siendo algo así como “el cumpleaños” de México, y coincide con la última ocasión en que el presidente Calderón presidía la ceremonia, demostrando (me permito especular) que el movimiento buscará trascender la coyuntura electoral que lo vio surgir para volverse un contrapeso eficaz a lo que diarios como The Spiegel o Le Monde han llamado “la presidencia televisiva” de Enrique Peña Nieto, una versión mexicana de lo que el impresentable Silvio Berlusconi fue para los italianos.
La mancha verde en el rostro de Felipe Calderón (producida por apuntadores láser que pueden conseguirse fácilmente por el equivalente a $5 USD) pretendía y tal vez consiguiera visibilizar al movimiento, a los espartacos (5) anónimos, irónicamente, entorpeciendo la vista del mandatario saliente. Calderón será recordado como el fallido “presidente del empleo”, como estratega menorcísimo de una fracasada “guerra” contra el narcotráfico que analistas como Eduardo Buscaglia diagnosticaron de “limitada” (pues se enfoca al comercio de narcóticos en lugar de sofocar la industria del crimen organizado en México, que se exporta poco a poco a otras regiones), así como un cínico capaz de decir que los 60 mil muertos (y contando) que dejó como saldo su sexenio fueron “bajas colaterales”, perspectiva con la que Iosif Stalin estaría muy de acuerdo; pero los presidentes pasan y la sociedad civil sigue su lento camino de construcción.
El movimiento #YoSoy132 tiene frente a sí el reto de descalificar a sus críticos (que les reclaman el sobreprotagonismo o la privatización de facto de la protesta pública) mediante la acción y la organización, de ser un interlocutor impostergable de los poderes de facto (medios de comunicación, concretamente los consorcios mediáticos Televisa y TV Azteca), y de continuar enfatizando el empoderamiento político de la sociedad civil frente a las inminentes reformas de Peña Nieto en la agenda laboral, energética y económica.

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Notas

(1) Cfr. La democracia cristiana en América Latina, Mainwaring, Scully, FCE, México, 2010.

(2) La búsqueda de nuevas formas de organización que hicieran visible la separación del 132 de formas más tradicionales como el partido político o la asociación civil queda de manifiesto en proyectos como la Acampada Revolución 132, que replica algunas de las acciones que en paralelo llevan a cabo los movimientos Occupy alrededor del mundo. Para un breve análisis de la Acampada léase en línea “Plantarse: órbita de la Acampada Revolución 132”, publicado el 10 de julio del 2012, consultado el 19 de septiembre de 2012.

(3) En The Year of Dreaming Dangerously, Verso Books, NY, 2012, p. 11 (la traducción presentada es mía, pues no existe aún traducción al español.)

(4) El “hacktivismo” es una forma de protesta que involucra el know how de especialistas en redes y sistemas que acuerdan boicotear el funcionamiento de una página web, la cual representa la forma simbólica de un “enemigo” político, ya sea un gobierno o una compañía privada. Diversos sitios y sistemas de información así como bases de datos han sido blanco de los ataques de Anonymous al menos desde el 2010, como Sony, Visa, Mastercard, City Bank, el FBI, la CIA y sitios de las sedes de gobierno de Italia, Francia, España, Brasil, Chile, Venezuela y México. Los ataques van desde la saturación de la capacidad de respuesta del sitio (a través de ataques DDoS, lo que inhabilita el sitio para permanecer en línea), el robo y distribución de bases de datos en sitios gubernamentales o de entretenimiento de pago, hasta la presencia de individuos con la característica máscara de Guy Fawkes (V for Vendetta) en protestas públicas de todo el mundo.

(5) No confundir con los miembros de la Liga Espartaco.

lunes, 22 de octubre de 2012

Demasiado tarde

Demasiado tarde. La dulzura de las penas y del amor. Que ella me sonriese a mí en la barca. Eso era lo más bello de todo. El deseo constante de morir, y el de seguir resistiendo, sólo eso es amor.

Franz Kafka, Diarios, 22 de octubre de 1913 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Cobrar

, Lo primero que aparece es una cobra, una serpiente coronada. En la noche de la etimología, un cazador se comporta como una cobra: no basta acechar ni tener determinación para matar a la presa, también hay que recobrarla, recibirla. La cobra tiene --según los documentales sobre cobras-- la cortesía de prevenir a su presa, de informarle con su cuerpo que será asesinada muy pronto; la presa puede o no darse cuenta de que su suerte está echada, puede tratar de escapar o puede agradecer el suave siseo de la serpiente, la mariposa mortal que se abre en el pecho de la cobra, puede entregarse; puede cobrar su muerte en la entrega.

, En Duck Hunt para NES encontramos el primer perro cazador digital, el perro de cobranza. Los cazadores hablan del cobro que efectúan sus perros cuando encuentran a la presa entre arbustos o entre lagos en el caso de patos y aves silvestres. De nada sirve la precisión del cazador sin el cobro correspondiente. Se antoja pensar que la caza sin el cobro no es diferente de la vulgaridad del asesinato. Aunque no comparto la supuesta "nobleza" en el gusto por la caza deportiva, puedo apreciar que en el origen el cobro es el que establece la diferencia entre cazar y matar. El que mata en defensa propia no cobra una víctima, pero tal vez cobra su propia vida, la vida del que mata, al matar al otro: “proteger” es aquí el sentido de la violencia, pero no hay un cobro; la caza, en cambio, necesita del cobro, no hay participación en el rito de muerte en términos de igualdad con la presa: se le acecha, se le acorrala, se le mata, pero necesariamente se cobra, es decir, se recoge el “premio”, el sueldo, el saldo de la cacería. He aquí también el sentido del trofeo de caza, de la exhibición de las cabezas de los animales que el cazador ha cobrado.

, La -por llamarla con su ominoso nombre oficial- "guerra contra el narco" no es una guerra: es una carnicería disfrazada de cacería. El gobierno quiere cazar a los delincuentes, mostrar sus cabezas en picas televisivas, exhibir delincuentes como se exhibe un marlín o la cabeza de un búfalo de aguas. Calderón precisa demostrar una superioridad en términos violentos, los únicos con los que --a su pacato modo de ver-- puede negociar con el crimen organizado. Esto no es una guerra contra el narco, es una conversación entre criminales: una conversación cuyos únicos interlocutores son ellos. ¿Pero quiénes son “ellos”?

, El "ellos" y "nosotros" son los pronombres implícitos en toda política pública. Está el Estado (un ellos que presuntamente formamos nosotros) y están los criminales (una parte apócrifa del nosotros, un ellos que debe ser perseguido en protección del nosotros.) Pero, a diferencia del relato oficial, el Estado mexicano no es ese nosotros supuesto que persigue al ellos criminalizado: crimen organizado y fuerzas de seguridad del Estado conforman un mismo ellos amenazador que ha cobrado miles de víctimas inocentes. ¿Pero las han cobrado en realidad? ¿Cuál es el estatuto de víctima de los muertos si les está negada incluso la más vana dignidad del número, del reconocimiento de la cifra de una ausencia (pues en el relato oficial, los muertos siempre son menos que los que se publican en los medios)? ¿O será que durante el último sexenio, como nos quieren hacer creer ellos, efectivamente se han abatido a 60 mil criminales en las calles del país, como presas de una operación coordinada eficientemente por el Estado? ¿O será que lo que cambia no es el estatuto de víctima, sino el del criminal, a saber, que se es criminal por colocar el propio cuerpo, sin querer, en la trayectoria de las balas? ¿Será que en México uno se vuelve criminal automáticamente al ser asesinado violentamente? ¿La muerte es el estatuto que, en el marco legal, funge como evidencia de la criminalidad? Pero los muertos que no tienen voz callan con todas sus fuerzas. La venganza, dicen, se cobra.

, En el errático aparato semántico del Estado, "víctima" es otro nombre para "daño colateral". Quien ha vivido en México durante estos años no podrá --es su obligación-- olvidar esta ominosa construcción del presidente de la república para referirse a las víctimas: “daños colaterales”. Vayamos por partes (el descuartizamiento, ya se sabe, es la figura privilegiada de la criminalidad, su mayor evidencia, la composición de un fragmento a partir de un cuerpo): "daño colateral" querría implicar un daño efectuado sin dolo, sin premeditación, inconscientemente --en su sentido más lato, no psicoanalítico--. Esta falta de conciencia, mal que nos pese, podría sostenerse teóricamente cuando los esfuerzos correctamente dirigidos del Estado en contra del crimen organizado rebasaran la capacidad de planeación de quienes los ejecutan. La zona semántica en que "daños colaterales" se convierte en eufemismo (en el decir agradablemente una verdad incómoda) es la misma donde esta "lateralidad" se ve rebasada: como si el daño que el Estado ejerce legalmente contra los cuerpos de los criminales (tratándolos como presas) desbordara sus propias intenciones y extendiera el daño también a los cuerpos que están más allá de esa lateralidad que conforma la zona donde el daño que produce el Estado para “protegernos”. Co-lateral es, en este sentido, una extensión obscena, excesiva, de la zona donde el Estado podría producir daño efectivamente. Es el exceso en las funciones del Estado cuya ciega y mal dirigida intención se desborda y rebasa su zona legítima de influencia (dentro de la definición del Estado como el único detentador autorizado de la violencia) destruyendo lo que debería proteger.

El problema está en que esa ostentación de la fuerza del Estado, de esa inconsciencia que el Estado pretende hacer pasar por fuerza, es la fuerza que escapa al control mismo del Estado. Con todo, el ejército sigue gozando de notable aceptación: siguen siendo la parte del Estado que custodia el nosotros de los "buenos", en el que cada ciudadano se incluye inconscientemente (ahora sí en sentido psicoanalítico.) El Estado es sólo tan cazador como lo es el operador de un rastro matando reses. Esto no es una guerra, es una masacre cuyos efectos excesivos se manifiestan ya no colateralmente, ya no como excepción, sino como la condición misma del conflicto.

, El Estado, a pocos meses de la salida de Felipe Calderón del poder ejecutivo, comienza a tomar cada vez más la forma de un ellos en donde la población deja de sentirse representada. Basta escuchar las protestas públicas en cada ciudad del país contra la imposición de Enrique Peña Nieto. Basta escuchar el otro espectro de la población que desconfía legítimamente del financiamiento de Morena y de AMLO, de su forma de hacer política, diciendo que tiene pruebas de las que carece --y que, pésenos otra vez, muchos quisiéramos ver. Hoy el nosotros de la ciudadanía también se fragmenta en oposición a la clase política, que se cohesiona sobre sí misma. Pero esa fragmentación puede tener efectos benéficos: implica un nuevo pacto social de la ciudadanía para consigo misma, como un nosotros cada vez más politizado, con mayor participación en la vida pública de sus comunidades.

Si la "clase política" ha sido un ellos aparte desde hace décadas, ese ellos ahonda su diferencia con cada incoherencia entre los procesos de comunicación y lo que nosostros percibimos como real. Prueba de ello será la fiesta de spots, autocelebraciones y autohomenajes que el presidente de la República celebrará para sí mismo en los meses que le quedan en el cargo. Pero esa zona de incoherencia puede ser reapropiada: a la manera en que las pirámides de Gizeh (tumbas, memoriales de los muertos) se convierten en atracción turística, primero para Napoleón Bonaparte, luego para los viajeros del XIX y ahora para los recién casados que las visitan, la Estela de Luz en el Paseo de la Reforma pasará de ser un objeto que nace como una atracción turística a ser un memorial para los muertos, una enorme tumba que será reapropiada en la memoria de sus visitantes. La lucha de muchos de nosotros será por la memoria, por la de no olvidar que ese gesto arquitectónico fue realizado con enorme dispendio del erario público y con un propósito propagandístico. Esa no será nuestra venganza, sino un acto de justicia: restablecer en la memoria lo que la realidad de ellos pretende enmascarar. El verdadero monumento de este sexenio será el mausoleo de la memoria.

martes, 10 de julio de 2012

Plantarse: órbita de la Acampada Revolución 132

La Acampada Revolución 132 es la réplica de uno de los actos de protesta que obtuvieron la atención internacional el año pasado a través de los movimientos Occupy en diferentes ciudades de Estados Unidos. Está en juego no sólo la recuperación ciudadana del espacio público y su re-simbolización, su vuelta al carácter significativo dentro de la gramática del espacio urbano: están en juego también, sobre todo, nociones como "utopía", "democracia", "comunidad".

Otras experiencias de ocupación y revaloración del espacio urbano (entendido este como una práctica social y no sólo como la osificación de la memoria a través de monumentos o plazas), como el Grupo de Arte Callejero o el movimiento Iconoclasistas en Argentina han conformado modelos de organización de los que el caso mexicano puede nutrirse creativamente. Sin embargo, me gustaría puntualizar un par de semejanzas entre el amplio movimiento Occupy y YoSoy132, concretamente a respecto de la Acampada Revolución y el grupo que, mientras escribo, se encuentra afuera de las instalaciones del IFE (Instituto Federal Electoral) en la Ciudad de México. (Un resumen comentado de los movimientos de protesta más relevantes de los últimos tiempos puede leerse aquí.)

Llama la atención, por ejemplo, el que la Acampada Revolución esté situada en la explanada oriente del Monumento a la Revolución del Distrito Federal: la zona agrupa en torno a dicho monumento las sedes de distintas organizaciones sindicales, algunas tan antiguas como la de ferrocarrileros, además de comités del PRI, cuyo edificio aporta una presencia si no amenazante, al menos constante sobre la Acampada. De igual modo, en torno al monumento se encuentra el edificio sede de una enorme compañía de telemarketing, la cuál emplea jóvenes bilingües para atender la demanda de soporte técnico de proveedores de televisión por cable... en Estados Unidos.

La localización de Occupy Wall Street tenía características similares, al menos en el nivel simbólico (o en lo que más arriba llamé la "gramática del espacio urbano") con la Acampada Revolución: también los grupos que articularon expresiones de descontento social en el circuito financiero más importante del mundo en Nueva York tenían sobre sí la presencia de los poderes fácticos de la economía y los medios de comunicación. También tuvieron que mantenerse moralizados a través de una simbología que llamara a la acción, que combatiera los signos de cansancio moral y físico de toda protesta duracional, y también tuvieron que llevar a cabo in situ, sin ensayo previo, modelos de organización comunitaria.

Otra similitud es el carácter de "nodo" o centro gravitacional de protestas descentralizadas en otros espacios, en otras ciudades. Las réplicas de Occupy Wall Street, como si se tratase de las réplicas de un terremoto, atravesaron el territorio de los Estados Unidos hasta Los Ángeles, pasando por todas las ciudades económicamente poderosas entre ambas costas del país. De igual modo, YoSoy132 tiene claro que el movimiento debe descentralizarse (comenzando por la articulación de células delegacionales y luego comités en todas las ciudades de México), aunque en la práctica la capital mexicana siga siendo un referente. Una causa de esto claramente es la coyuntura postelectoral: un movimiento "espontáneo" de universitarios se conforma en torno a una situación política que aún está lejos de resolverse.

Si YoSoy132 se desacelera ahora (cosa que no pasará, al menos en el corto plazo) quedará como referente del sondeo de medios y el señalamiento del traje nuevo del emperador; sólo que el emperador, en el caso mexicano, no son los partidos políticos (desnudos y en ese sentido, desacreditados, para cualquier observador), sino el del imperio de los medios de comunicación. La modesta victoria --que no victoria menor-- que hasta el momento ha tenido YoSoy132, además de provocar una mirada diferente de la sociedad sobre sí misma, fue la de ser un referente obligado para entender el proceso electoral en México durante el 2012.

Por último, la Acampada sirve para aprovechar la energía producida en el descontento ciudadano por una situación sociopolítica a través de una nueva articulación, es decir, un nuevo pacto con la dinámica de la ciudad. Muchos recordarán los disturbios generados el año pasado en Londres, de los cuáles, en un principio, incluso los medios ingleses culparon a los videojuegos por el grado de violencia aparentemente gratuita que los jóvenes produjeron en las calles; o aún antes en París, donde las imágenes de vehículos quemados se hicieron más y más frecuentes. La respuesta sencilla sería decir que los brotes de violencia y descontento son provocados por agitadores o por jóvenes con graves problemas psicológicos. La respuesta larga y compleja, la verdadera respuesta que debe articularse a través de la participación de la sociedad en su propia conformación, sólo vendrá del análisis de la situación sociopolítica de cada caso teniendo en cuenta el contexto global en que se han generado. La respuesta vendrá cuando se atiendan los urgentes problemas de educación y empleo para la población más joven, de manera integral, y no con placebos como el de la empresa de telemarketing que mediante el modelo de outsourcing ofrece cubículos donde las mejores mentes de mi generación arreglan desperfectos técnicos de las señales de cable de otros países. Es en este punto que la acción de la Acampada Revolución cobra fuerza: su situación dentro de la gramática del espacio urbano los coloca como una partícula mediadora entre la memoria simbólica (representada por el monumento, donde esta noche dormirán, como ayer y antes de ayer, decenas de personas), y los poderes del Estado y la economía de mercado. El neoliberalismo ya no es sólo un término en boca de los críticos especializados de los sistemas económicos: entender su funcionamiento y la incidencia de las prácticas económicas de la población general en el sustento de una macroestructura económica con alcances globales, se vuelven cada vez más necesarios. Plantarse en el eje tanto referencial como simbólico donde las fuerzas del neoliberalismo se articulan es el sentido de la protesta, a mi parecer, de la Acampada Revolución. Plantarse para no olvidar que lo que necesitamos es la respuesta larga, la que el Estado en sus términos actuales no ha podido proveer. Plantarse para servir como un separador incómodo en un libro de Historia que ya nadie abre: quedarse ahí para recordarnos que hay pendientes inaplazables. Plantarse para contrastar el tiempo de la hiperaceleración de los mercados y el consumo con una vuelta a las formas más básicas de organización, el grado cero de la comunidad en el centro de la hipercomunidad alienada.

Quedan muchos otros cuestionamientos en el aire. A últimas fechas, sobre todo, la creciente percepción de que YoSoy132 está pretendiendo promoverse como el único agenciador legitimado de la protesta pública, "voceros oficiales de la indignación" y similares. Al menos desde lo que yo he podido ver, desde una órbita cercana a ellos, me parecen de lo más abiertos a recibir propuestas de organizaciones, grupos o simpatizantes casuales con causas comunes en cuanto a ejes de acción política, económica, de comunicación, de cultura e incluso del uso consciente de los recursos ambientales, elemento que enfatizo al ver que en el medio político mexicano el "Partido Verde" genera, por ejemplo, tanta basura (material y mediática) como cualquier otro partido político. Es por eso que digo que la Acampada funcionará (en un escenario optimista) como un nodo que logre poner en contacto a distintos agentes de cambio y actores de la sociedad en torno a una nueva forma de relacionarse con la vida pública. Si la Acampada (como centro visible del movimiento) y el movimiento en sí logran resolver sus problemas internos de organización y comunicación, de los cuáles son más que conscientes, están llamados a cultivar el capital político que les dio la coyuntura electoral: el de servir como un un interlocutor privilegiado entre los actores políticos y la sociedad civil; el de constituirse como un órgano de vigilancia permanente de los procesos de la administración del Estado, y de conformar un contrapeso visible --que no necesariamente unívoco-- de lo que se perfila como una virtual e imparable vuelta del partido único al poder, el PRI. Es casi seguro que el PRI vuelva, pero se encontrará con una sociedad sumamente distinta a la que existía en el 2000, cuando desalojó por primera vez en su historia el palacio de gobierno. Una sociedad consciente de sí misma, una sociedad que poco a poco va perdiendo el miedo al cambio.