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sábado, 3 de febrero de 2018

La escritura de Hugo García Manríquez, o del arsenal como archivo

Formas de vida y formas de muerte se pasean cotidianamente por la retina.
Roberto Bolaño


El adversativo del título puede parecer engañoso: uno u otro, el autor o su lógica. El nombre importa. Y en el caso de un escritor, más que la resonancia misma del nombre, importan las apuestas contraídas en ese nombre, es decir, en esa garantía. En el caso del último poema de Hugo García Manríquez (HGM), Realismos (web, 2017, de próxima publicación en el universo 1.0 de papel), la investigación comenzada en Anti-Humboldt. Una lectura del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Aldvs) como la radicalización no de la escritura, sino de la lectura, del uso literario del archivo, incluso, del texto legal, donde literario quiere decir una potencia que depende del lector, parece corresponder también a la potencia de una lectura literaria sobre los textos que cifran la historia reciente, concretamente la historia de México.

Y es correspondiente también con un estado de cosas (un enrarecido clima político, una crisis de violaciones de derechos humanos, crimen organizado rampante, pocas posibilidades de un verdadero diálogo crítico entre actores culturales, etc.) la cual no es fácilmente susceptible de volverse relato, especialmente en una época de hipocresía y fake news, donde lo literario deviene inofensivo a fuerza de normalización, por la fuerza del patrocinio o del uso oficial de la palabra. Las operaciones estéticas lidian en esa frontera difusa, demasiado cercana y demasiado inasible a la vez, donde las prácticas sociales topan con el callejón sin salida de su legibilidad. Se dice que el texto que compone un poema es “hermético”, difícil, por decir lo menos, complicado. Horizonte de lectura que comparte el poema con los tratados de derecho internacional, con las leyes que configuran los márgenes de acción de los integrantes de una sociedad. Dificultad del lector/ciudadano de nuestros días, año 18 del siglo XXI: ni los poemas ni las leyes le dicen nada. Y al no decirle nada lo confrontan con el límite de la decibilidad: de la conmoción del poema a la vez que del sentido de la ley como garante de la vida humana.

*

Este índice de legibilidad o de sentido me recuerda una broma repetida por el filósofo Slavoj Zizek cuenta que en numerosas conferencias y libros, una de cuyas versiones es esta:

En un viejo chiste de la difunta República Democrática Alemana, un trabajador consigue un trabajo en Siberia; consciente de cómo toda la correspondencia sería leída por los censores, le dice a sus amigos: “Vamos a establecer un código: si la carta que les mando está escrita en tinta azul normal, es verdadera; si está escrita en tinta roja, es falsa.” Luego de un mes, sus amigos reciben la primera carta, escrita en tinta azul: “Todo es maravilloso aquí: las tiendas están llenas, la comida es abundante, los departamentos son grandes y con calefacción afecuada, los cines pasan películas occidentales, hay muchas chicas hermosas listas para la aventura –lo único que no se consigue es tinta roja.”

¿Y no es esta nuestra situación hoy en día? Todos tenemos las libertades que queremos –lo único que falta es la “tinta roja”: nos “sentimos libres” porque nos falta precisamente el lenguaje capaz de articular nuestra falta de libertad [unfreedom]. Lo que esta falta de tinta roja significa es que, hoy en día, todos los términos principales que utilizamos para designar el presente conflicto --“guerra contra el terror”, “democracia y libertad”, “derechos humanos”, etc.-- son falsos términos, que mistifican nuestra percepción de la situación en lugar de permitirnos pensarla. La tarea de hoy es darle a los manifestantes tinta roja.”


*

Frente a la ilegible realidad mexicana de una guerra no declarada que, sin embargo, sigue cobrando muertxs, desaparecidxs, y desplazadxs, el texto de la justicia revela su impotencia. Frente a la realidad desbordante de una guerra sin guerra, de una ley sin ley, el poema se vuelve no una forma de escribir, sino de leer. La producción de una forma de leer nueva, más que la escritura misma que le confiere posibilidad/materialidad a lo leído, es la operación propiamente estética, el surgimiento de una nueva subjetividad, de un nuevo sujeto: lo propiamente poético es una nueva forma de vida, como si de un organismo nuevo se tratase.

La idea (¿el tema?) de la forma de vida y la extinción se encuentra presente ya en Los materiales (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2008):

Carrizos, grandes masas oscuras cargadas
Negras /

Lirios de una orilla a otra meciéndose /
Una forma de vida sostenida

............(p. 35)

Así como en:

cielo de tiépolo/ en las costillas
de noviembre
sembrado de citas

dónde se deposita el excedente de nosotros
como historia

sobre la superficie,
dices, donde se escribe lo que se escribe

historia es la única materia que excreta
eso que muere

(p. 41)

Ya desde este libro, publicado hace 10 años, HGM asienta la materia prima (los materiales, en efecto) para un proyecto de escritura que es, valga la aparente tautología, un proyecto de lectura. Una lectura tal que nos confrontaría con el hecho de que una guerra declarada no es menos guerra, capaz de llevarnos por los entresijos de los tratados internacionales en los que supuestamente se sustentan las formas de vida sociales sólo para subrayar, remarcar, y resaltar “sobre la superficie (...) donde se escribe lo que se escribe (...) eso que muere”, esa unfreedom para la que carecemos de una tinta roja; una maniobra de lectura capaz de mostrarnos lo demasiado evidente, el tipo de violencia más normalizado que pueda existir: las leyes mexicanas y su codificación de formas de vida subordinadas política, económica, militar y culturalmente. Una dispositivo de lectura que nos permite leer lo que no se puede escribir, aquello de lo cual no se puede hablar: el hecho de que, si no existe en México una declaración de guerra como tal (esto es, un texto que indique claramente la naturaleza de un conflicto armado, sus oponentes, los términos del cese al fuego, las capitulaciones, etc.), no quiere decir que la guerra de la última década no haya tenido lugar, para utilizar un tópico de Baudrillard, ni que una guerra sea menos guerra si deja a su paso un rastro, o en palabras de HGM, “una cartografía de intersecciones entre posicionalmientos, personales y colectivos de diáspora del hemisferio”; esa cartografía (mencionada en el texto con el que el autor cierra Anti-Humboldt, página 73 de la edición de Litmus Press/Matadero) también puede describirse como una forma de leer el archivo atroz en el que se basa la subordinación económica de México y Latinoamérica hacia Estados Unidos a través del TLCAN.

Pero una vez descubierto el dispositivo de lectura, HGM se aparta del artefacto poético (suerte de pieza de arte contemporáneo o word art que interviene estéticamente el texto del TLCAN), aunque no de la maniobra del archivo, en la que parece leer las condiciones de una subordinación que sugiere la extinción en masa de una forma de vida, concretamente la humana.

*

En Realismos, HGM trata de construir lo que llama “indexicalidades” a partir de la confrontación y superposición de varios códigos o lenguajes simultáneos: el de la crítica de arte y cultural con el de la memoria y el relato, y estos a su vez con la descripción técnica de otro tipo de objetos que podrían considerarse “no líricos”, como las partidas presupuestarias de la Secretaría de Defensa Nacional, que el autor (¿devenido editor/lector?) invita a considerar como una continuidad susceptible de ser indexada, organizada en un mecanismo burocrático, sistematizada a través de operaciones estéticas, en fin, leída. En el quinto apartado de Realismos, HGM escribe:

Un poema es parte documental
parte infierno

Pero primero algo
sobre nuestras vidas privadas

Algo sobre extracción

El presupuesto de la Sedena

a favor de la abstracción

a favor de la forma

a favor de la libertad:


2007= 32 mil 200 millones, 896 mil 500 pesos
2008= 34 mil 861 millones, 005 mil 900 pesos
2009= 43 mil 623 millones, 321 mil 860 pesos
2010= 43 mil 632 millones, 410 mil 311 pesos
2011= 50 mil 039 millones, 456 mil 571 pesos
2012= 55 mil, 610 millones, 589 mil 782 pesos



La frialdad de las cifras contrasta a su vez con la descripción pormenorizada del palacio de Bellas Artes, conformada a su vez por el tono arquitectónico descriptivo en tensa continuidad con el arsenal de la Sedena; así, por ejemplo, HGM nos invita a leer en la contabilidad y el inventario del archivo físico del Estado (de las partidas presupuestarias asignadas al gasto en armamento militar y del símbolo arquitectónico de la cultura oficial por excelencia), una lógica común; el poema no es ni pretende ser su solución dialéctica, sino simplemente explorar la cartografía del campo de batalla, restituir a lo legible los términos del conflicto en que nos encontramos; los materiales de esta lectura no son los discursos propios de la política, sino los de la aparente neutralidad del inventario, de la cifra estadística, del modelo pedagógico implícito en el catálogo, el noticiero y el libro de poemas en sus acepciones más inofensivas, con resultados muy diferentes:

El Palacio de Bellas Artes fue inaugurado 
de forma oficial el 29 de septiembre de 1934
 con la obra teatral 'La verdad sospechosa'
 de Juan Ruiz de Alarcón

La lámpara circular en el techo de la sala principal,
diseñada por el húngaro Geza Marotti
representa al dios griego Apolo y está rodeada
por el Sikorsky UH-60 Black Hawk
para Ataque,
Escolta y Reconocimiento

La lámpara circular está rodeada
por las importaciones de armamento
de México que crecieron un 300%
en el período 2011-2015.

La lámpara circular está rodeada 
por los 212 mil 208 efectivos de la Sedena

y está rodeada por los 18 helicópteros 
Cougar EC725

con valor de 27.5 millones de euros, unos 500
millones de pesos

La lámpara circular es indistinguible de los
695 Vehículos blindados de combate 
y las 362 Aeronaves y de los 143 Buques.

A un lado la historia
Nuestra propia indexicalidad


El palacio de Bellas Artes puede leerse, así, como una máquina de guerra por otros medios, y el inventario de la Sedena, con la misma frialdad pragmática con la que lleva el inventario de una bodega de libros o del vestuario de una compañía de teatro. Y es a través de los mismos recursos estilísticos que Realismos se mueve al terreno de la extinción o amenaza de extinción de 221 animales que viven en territorio mexicano. Al jugar con la inversión estratégica de términos como “extinción” y “liberación”, HGM reelabora el tópico ilustrado de la posición del ser humano con respecto al universo como una cuestión no saldada, algo así como el punto de inflexión donde la retórica del proyecto civilizatorio se enfrenta con el colapso de su real(ismo), es decir, con su desaparición, como su ausencia, o para decirlo de otro modo, con su insignificancia, propiamente, con su imposibilidad para significar. Ser hablante sin palabra, el sujeto a quien protegen esas cifras y a quien culturizan esos palacios es un sujeto sin tinta roja para señalar exactamente dónde termina su libertad y dónde comienza su subordinación.

*

Las construcciones humanas, desde la palabra hasta la máquina de guerra, incluidas las formas de archivar y reproducir la memoria común (eso que llamamos Historia), pueden pensarse lateralmente como una gran entrada y salida en y al lenguaje desde el lenguaje; al entrar en el lenguaje –como al entrar en la vida una forma, sea un ocelote, una ballena, un lobo o un ser humano que escribe un poema– entramos también en un proceso entrópico, sin vuelta atrás; ahí donde la mímesis, el crédito a la palabra deja de funcionar, HGM apuesta por una documentación de la extinción, si bien no abiertamente por la sobrevivencia, en una lectura literaria de lo más literal, del lenguaje de las partidas presupuestarias, de las cifras estadísticas, del catálogo y bestiario de los nombres científicos de las especies en peligro de extinción: se trata de ver ese hueco significante donde podemos leer la silueta de nuestra propia salida del lenguaje, de la forma específica en que, durante la presente fase de nuestra historia (capitalismo tardío, antropoceno, “era de la información”), los seres humanos hemos dejado de comunicarnos entre nosotros. El poema, así, replica el realismo de la incomunicación, de la ilegibilidad de nuestros propios códigos y normas:

El colapso de 27 columnas 
como el colapso progresivo del Cabassous
centtrralis se extiende
piso a piso hasta el
Ocelote Leopardus pardalis

Se extiende hasta el silencio alrededor del Tejón
o tlalcoyote jeffersoni
(Taxidea taxus jeffersoni)
        
           La orilla 
           el peso de lo concreto
           su liberación


*
Al plantear caminos de continuidad y discontinuidad con otros hitos de vanguardismos de retaguardia, la obra de HGM se plantea no tanto como una carrera aditiva de títulos, sino como una exploración sobre los confines de la legibilidad, especialmente del espacio literario cuando se ve confrontado por una realidad para la cual no cuenta aún con un lenguaje para describir. He tratado de subrayar y señalar apenas algunas de estas exploraciones y conexiones en este breve texto. Más que una reseña de Realismos (proyecto interrumpido en septiembre de 2017 por los penosos eventos del día 19), quise preguntarme acerca de algunos “momentos constantes” en la producción poética de HGM, aunque un estudio más detallado debería tomar en cuenta a su vez su trabajo como traductor. Como una visión de conjunto, la forma de vida presente en la escritura de HGM sugiere una subjetividad en resistencia frente a las expectativas del lector, o frente a lo que se le ofrece como producto cultural; una confrontación con los supuestos de base de su propia legibilidad de la realidad, misma que la literatura, en los momentos en que puede llamársele tal, consigue expresar a su vez las tensiones y resistencias en las que participa el lector. La resistencia, en este caso, consiste en dar por sentada la permanencia del ser humano como especie capacitada para sobrevivir en el mundo, y de impedir que cuaje en la certeza de su propia suficiencia con un procedimiento verbal capaz de hacerle imaginar su propia salida del lenguaje, su propia incomunicación, la pérdida de su supuesta y cacareada ventaja evolutiva, la fosilización prematura de su existencia. Tal vez, como quería el poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas, HGM podría decir: “Sí. Ya sé./ Ya sé yo que lo que os gustaría es una Obra Maestra./ Pero no la tendréis./ De mí no la tendréis.”


A través de Realismos, HGM propone un tipo de escritura que, como el trabajo de Sara Uribe con el luto, el archivo y el periodismo en Antígona González (Sur+, 2012)o el de Víctor Cabrera con la juglarización de la experiencia y su remix en libros/procedimientos como Widescreen (Bonobos, 2009) Mística del hastío (Mano Santa/Bonobos, 2017), invita a reconsiderar la tinta azul de la poesía en clave de tinta roja. Los materiales, Anti-Humboldt Realismos no conforman, me parece, una secuencia, ni siquiera una noción de progreso, sino una radicalidad, un viraje hacia las raíces del cuestionamiento de la escritura como testigo y cómplice de una realidad política insostenible; sus “momentos constantes” son el señalamiento de las inconsistencias a las que el archivo burocrático, los medios de comunicación, la industria del entretenimiento devenida secretaría de Cooltura, en suma, la weaponization del lenguaje, someten a la memoria, especialmente a la que se configura como Historia y Cultura, a la vez que tratar de sacar un poco de su plácida anestesia al pensamiento crítico en y sobre la poesía mexicana. Se trata, a mi parecer, de una poesía política que no está sustentada en la retórica de la denuncia, sino en la erotización (en la puesta-en-cuerpo) de esas realidades/realismos, como si de hacer hablar al archivo muerto se tratase. La operación de HGM en Realismos (como invitación o provocación final a su lectura) es justamente la de tratar de producir el efecto de la tinta roja –el visibilizar o enunciar nuestra falta de libertad para hacer frente a nuestra propia salida del lenguaje en tanto especie, a nuestra incomunicación que permite máquinas de guerra y extinción de una estilización y crueldad sin precedentes--, a pesar de que sólo tengamos a nuestra disposición tinta azul.

viernes, 14 de enero de 2011

Memoria de lecturas

-La reclusión solitaria, Tahar Ben Jelloun.
-Libro de Manuel, Julio Cortázar.
-Escritos sobre psicoanálisis, Louis Althusser.
-Jardín: novela lírica, Dulce María Loynaz.
-Complete plays, Sarah Kane.
-Severiana, Ricardo Chávez Castañeda.
-Les mots, Jean-Paul Sartre.
-La muerte de Iván Ilich, Lev Tolstoi.
-La maquinaria ilimitada, José Kozer.
-Romances de Coral Gables (1939-1942), Juan Ramón Jiménez.
-Todos los fuegos el fuego, Julio Cortázar.
-Si una noche de invierno un viajero, Italo Calvino.
-Ensayos sobre crítica literaria, Antonio Alatorre.
-Pastilla camaleón, Julián Herbert.
-Gilles de Raiz, Vicente Huidobro.
-Prosa de transiberiano y de la pequeña Juana de Francia, Blaise Cendrars.
-Breviario de los vencidos, Emile Cioran.
-La conjura contra América, Philip Roth.
-Elegías de Duino, Rainer Maria Rilke.

jueves, 19 de agosto de 2010

De por qué no soy un "devorador" de libros ni de tweets

La imagen del bibliófago histérico, egoísta, anal, compulsivo, siempre me ha parecido una suerte de exageración o hipérbole para una forma de relacionarse con la literatura que por alguna razón genera culpa y cierto orgullo de la culpa. Este texto será un comentario de este largo y sinuoso enunciado.

El primer día de Facultad y como todo lector que se precie, visité la biblioteca antes que el departamento de admisión, por ejemplo. El asombro por los volúmenes facsimilares de los Cahiers de Valéry no ha disminuido, a dos años de la primera impresión. Irremediable, he comprendido que no los leeré nunca por completo, que a lo más podré pasar algunas horas divagando en sus matrices y fórmulas, en sus retazos de texto y caligrafía caprichosa (¿qué caligrafía verdadera no lo es?) sin devorar el sentido completo, es decir, sin comprender el hecho de que un hombre se levante con el alba, durante 50 años a poner en claro lo que ocurre en su inteligencia --eso, antes de ponerse a escribir, ya con el sol arriba. La primera escritura es exigencia; la segunda, disciplina.

La Biblioteca Central produce un asombro similar: estantes y más estantes, pisos y pisos de "material" clasificado, organizado, puesto al alcance de la mano. ¿Pero cuándo fatigar, no ya digamos el conjunto, sino una muestra representativa, algo importante y definitivo, nuestros propios clásicos? En un ensayo que se me escapa, incluido en el volumen La poesía en la práctica, Gabriel Zaid ha determinado con sencillos cálculos la imposibilidad de leer, ya no digamos todos los libros del mundo, sino una arbitraria porción suficiente; los "clásicos", cuya misma clasificación e inclusión recuerda los meandros de animales que son del emperador, etc., reducidos a un canon más o menos conservador por ese juego formal de las categorías, caras a Borges como a Foucault, por contagio, tomarían demasiados años en estricto tiempo de lectura, lo que nos impediría, por ejemplo, leer autores noveles, artículos, revistas, novelas policíacas y todo lo que no sea, rigurosamente GRAN arte, etc. Sabemos hallar en la enorme biblioteca nuestro Shakespeare, nuestro Montaigne, pero nada nos dispone para el pequeño libro de entrevistas que nos revelará a Genet en su infantil complejidad, por ejemplo, o para una curiosidad que exige exploración y deriva, como la traducción de Beckett al náhuatl. El libro es "material" hasta que se lee. Entonces, "devorar libros", sí. ¿Pero cuáles? ¿Cuándo?

Leer implica una considerable inversión de tiempo. Considerable vista al sesgo, es decir, suponiendo que se tienen mejores cosas que hacer que leer, una visión económica del tiempo. Bien: necesitamos tiempo para hacernos de dinero, para cultivar algunas relaciones personales nutritivas, para beber con amigos, tiempo para planear qué leer. Leer ocurre en el tiempo y en la memoria. ¿Qué quedará de todo lo leído? ¿Qué recordaremos, cuándo y para qué?

Esa visión económica del tiempo se traslada al ámbito de la lectura sobrevalorando la extensión sobre la profundidad: el bibliófago conocerá de oídas a los autores que dice haber leído, porque su lectura, para utilizar otra metáfora borgeana, será como la puesta en claro del mapa sin, ay, haber recorrido nunca el territorio. 

En cierto artículo aparecido recientemente en The Guardian el autor se pregunta si los modos actuales de lectura en línea no nos predisponen negativamente para afrontar la lectura "tradicional" con mayor pereza. Haga cada quien la exégesis de su propio hábito de lectura. En mi caso, Twitter ha sido un ejercicio de lectura primariamente, y después de escritura, que me ha permitido acercarme a prácticas verbales propias del formato mismo. 140 caracteres, lo sé, son suficientes para contener la mayoría de las frases lapidarias y hermosas, categorizadas así groseramente como aforismos, de Paul Valéry; suficientes para jugar al poema en serie, donde cada tweet deberá funcionar autónomamente; suficientes para compartir canciones, videos, enlaces a lecturas, en un intertexto diseñado exclusivamente según las afinidades del lector con aquellos que decide, siempre por razones oscuras, seguir. La novedad, además, de este modo de lectura colinda con lo que más arriba dijimos sobre la lectura, que esta ocurriría en el tiempo y en la memoria: el instante es el tiempo del tweet, la pertinencia, la relación con otros usuarios/lectores/escritores, su relación con el ahora. Recuerdo mi asco cuando @Frank_lozanodr me platicó, cervezas de por medio, que el "archivo Twitter", aquello que todos escribimos, fue comprado recientemente por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica. La monstruosa Babel (y de nuevo recordamos el cuento del gran ciego, con sus interminables estantes de información infatigable que lo contienen todo, así ordenado pero inaccesible por la disponibilidad misma del tiempo de una vida humana) se nos revela como el gran servidor que contiene todas nuestras palabras, de las cuales es propietario legal un grupo de gente que no podrá reconstruir nunca lo que ocurre en un TimeLine, en cualquiera. No soy ingenuo: sé que sus motivos obedecen a lógicas siempre paranoicas de control de la información, la tecnocracia de la que la realidad no hace sino darnos evidencias y de la que ya Lyotard nos había advertido hace tanto. Lo que no puede comprarse, sin embargo, es esa misma relación que he caracterizado así someramente: los juegos de palabras, los replies sin arroba (entiendan los que saben entender), el hervidero de testimonios después de un temblor o durante un juego de futbol, los poemas comunales, repito, esa relación intertextual es lo que no puede comprarse ni almacenarse porque tiene que ver con un factor experiencial del texto, no con un factor de memoria entendida como acumulación. En la memoria como tal puede o no haber experiencia; pero la lectura es solamente experiencia.

El tweet no está hecho para durar sino para entregar su golpe de asombro y luego desaparecer. Clientes de Twitter como @Favstar permiten la duración y seguimiento de ciertos tweets aprobados por otros usuarios a través del "fav", el acuse de recibo de la lectura en Twitter, así como un argumento silencioso que en su discreción ironiza, secunda y revela afinidad y simpatía. Los libros, en cambio, se nos ha dicho, están hechos para durar; acaso no el objeto libro de la galaxia Gutenmberg, pero sí la relación entre un libro y una cultura. No tenemos ni que agotar lo que todos saben del impacto de libros como el Corán, Ilíada, la Toráh, Don Quijote de la Mancha o los Evangelios cristianos sobre las culturas que los produjeron y recibieron. Harold Bloom ha ido tan lejos como afirmar que los personajes de Shakespeare han moldeado la manera en que la personalidad de los occidentales se estructura en la modernidad. Estos libros han conformado idioma y cultura allí donde han sido leídos y comentados. Entre la literatura hecha para el instante (negar la cualidad literaria del tweet es el matrimonio de la necedad con la ignorancia) y la literatura que ha sobrevivido la dudosa apuesta de los siglos está el lector, ente absoluto que mediante su participación en la lectura hace pervivir u olvidar, por acuerdo o malevolencia, lo que sobrevive y lo que no. Estamos viendo en ese lector tiránico y omnipotente el conjunto de lectores que han sido y serán, por supuesto; pero lo que no puede escapársenos es que ese acto de lectura es también un acto de elección.

El lector elige que leer. El lector especializado, académico o de medios editoriales debe leer como parte de su trabajo, es cierto. Pero la lectura como mecanismo de placer y aprendizaje, la lectura individual, silenciosa o en grupo, la escucha que se presta en la recitación o la literatura oral (que mi generación redescubre con asombro creciente) es sin duda un acto de elección: apertura a verse relacionado con algo que aún no se conoce. Aunque se conozca la trama de Anthony and Cleopatra nada nos prepara para ver morir al general romano bajo los ojos de la que tanto amó; de igual modo, existen críticos literarios o comentadores tan eficientes que su propia lectura de un libro dado es un pretexto para aportar una visión literaria sobre cualquier otra cosa más interesante que el propio libro. 

No soy un devorador de libros porque aprendí que leer un libro al día no me haría mejor lector. En cambio vuelvo siempre a mis clásicos, que definidos someramente, serían aquellos que llevamos siempre con nosotros de manera implícita en el modo mismo en que funciona nuestra imaginación. Elijo por ejemplo pasarme todo un día comparando distintas ediciones de un mismo soneto de Shakespeare que leer un libro que lo comente, traduzca o explique. Elijo a veces mi ignorancia como condición de posibilidad de un asombro más mío. Elijo seguir a 98 cuentas (escritores) de Twitter que seguir a 400 que me sería imposible leer con rigor, es decir, con respeto. Devorar libros o tweets es leer deprisa, es poner en riesgo la comprensión y, aún más grave, el disfrute; no cometeré la ingenuidad de proponer una lectura como "saboreo", contrastado así frente a la "devoración", pero sí una lectura con el mayor cuidado que uno sea capaz. Mis elecciones están, por supuesto, condicionadas por mi capacidad de lectura y por la profundidad que puedo darle a esta: de nada sirve "devorar" un libro de sonetos en una tarde, desde mi perspectiva, sin analizar el asombro que producen las palabras particulares de cada uno, como de nada sirve seguir una cantidad ingente de escritores de Twitter si uno sabe que, pese a desearlo, como en esa gran biblioteca del Paraíso, será incapaz de leerlos más que de pasada, sin respeto. Mal.

lunes, 26 de julio de 2010

Leer "Paradiso" de José Lezama Lima


Leer una novela como Paradiso es, como con las buenas novelas, descubrir -acaso inventar- un modo inédito de leer. Las grandes obras exigen grandes modos de ser leídas, porque detrás de las aparentes dificultades que ofrece un texto late la reticencia de lo nuevo, de lo que nos es poco familiar y por eso mismo tanto más perturbador y peligroso.

Paradiso es la saga familiar de Lezama (esa obsesión por construir metafóricamente el sentido de lo genealógico que impregna la narrativa latinoamericana del siglo pasado --exigencia, además, de su madre misma, consignada en unos versos donde la escritura de la saga se patentiza y toma el grado de ordenanza, de deber moral), pero su gran logro no estriba en la historia misma -notable, por lo demás- sino en el modo en que esa historia se produce en el lector. Una manera de comprender ese lugar donde efectivamente el libro entrega sus efectos podría rastrearse haciendo notar la función del ritmo en la lectura misma.

Una prosa narrativa "tradicional" se sostiene en la posibilidad del lector para restituir el significado parcial anclado en la sintaxis y el continuum narrativo; lo que es decir que uno como lector puede "leerla" en el sentido de un mensaje que el texto mismo guarda en sí, en latencia. Con Paradiso ocurre que los fragmentos, pongamos por caso una descripción, la de las cepas asirias de limones o la del texturizado propio de la miel de palma, aportan su sentido sí a través del significado de las frases, pero también en relación con el ritmo inmanente de la secuencia narrativa (que es como yo llegué a perderme en mis primeras lecturas de este libro). Para decirlo así: Paradiso es una novela enorme construida desde la filigrana de poemas-frase, poemas-descripción, poemas-interpelación al lector: poema+recurso narrativo.

Estos poemas funcionarían en sí mismos como unidades casi autónomas. Este margen del casi es lo dependiente de cada fragmento con respecto a la narrativa global que se desarrolla. El lector, pues, no "lee" el sentido del mensaje, sino que "descifra" una pista de sentido al poner en relación el fragmento con el contexto.

Es una narración basada en imágenes. Si el lector pierde de vista la relación entre la imagen y el contexto que la explicita, la lectura se disuelve y la obra toma esa espesura de dificultad que suele adjudicarse no sólo a Lezama, sino a Elizondo o a Joyce mismo. Un libro es difícil en la medida de la patentización de nuestra incapacidad para acceder a su mensaje; pero el mismo bardo de la calle Trocadero nos ponía en guarda: sólo lo difícil es estimulante.

Este modo de escritura implica un reto a la atención; o aún más: exige un absoluto estado de atención del lector. No se puede hablar de leer a Lezama en una sala de espera como no se puede escuchar una misa de Bach, el Stabat Mater, por caso, mientras se charla con los amigos. Esa experiencia es posible por supuesto, pero algo se pierde definitivamente: estas obras exigen su propio espacio; si el lector transige a la exigencia de la obra, este espacio autónomo donde el significado deviene posibilidad accesible, se crea, de modo casi mágico, en el interior de ese receptor, nosotros, dando pleno sentido a esa palabra: receptor, continente paradojal que recibe la posibilidad del sentido de la obra a través de la disposición para provocarla. Leer, en este sentido, sería dejar que la obra ocurriera en nosotros.

Por la imagen: http://hoteljuntoalavia.blogspot.com/2008/12/la-materia-artizada-i.html

viernes, 26 de marzo de 2010

Saul Bellow y la dificultad


Y así, debemos preguntarnos por qué la música es tan perpetuamente fértil, nueva, ingeniosa, inagotable; por qué es capaz de decirnos muchas cosas más que los otros lenguajes y por qué se nos da con esa facilidad, con tanta soltura, tan gratuitamente. Porque no es fruto del esfuerzo. Nos hace ver que hay cosas que deben hacerse sin dificultad. Fácilmente o nada: esa es la verdad del arte. La concentración sin esfuerzo, eso es lo esencial. La voluntad y el deseo se silencian (como tantos místicos han comprendido*) y el trabajo se convierte en juego.
Saul Bellow, "Mozart: una obertura"; en Todo cuenta. De Bolsillo. pp. 27-8.

* Cfr. "música callada", "un no sé qué que queda balbuciendo", San Juan de la Cruz, Cántico espiritual. (La nota es mía.)

Crédito de la imagen.

jueves, 11 de febrero de 2010

George Steiner: sobre la hipertextualidad

Una cosa fascinante es que los medios interactivos, susceptibles de corrección e interrupción, de los procesadores de textos, las textualidades electrónicas de Internet y la Red [sic.], equivalen tal vez a una vuelta -lo que Vico denominaría un ricorso- a la oralidad. Los textos en pantalla son, en cierto sentido, provisionales y abiertos. Estas condiciones pueden quizá restablecer los factores de la auténtica enseñanza tal como Sócrates la cultivó y como Platón la puso en forma dialogada. Al mismo tiempo, no obstante, el analfabetismo electrónico, con su ilimitada capacidad de almacenamiento y búsqueda de información, con sus bases de datos, incide negativamente en la memoria. Y el rostro que aparece en la pantalla no es nunca ese semblante vivo que Platón o Lévinas juzgan indispensable en todo encuentro fructífero entre Maestro y discípulo.
George Steiner, Lecciones de los maestros. Siruela, FCE, México 2004. p. 39.

Libros de ya.

, El lamento de Portnoy- Philip Roth.

, Vocación por la sombra: la razón confesada de María Zambrano- Greta Rivara Kamaji.

, La Numancia- Miguel de Cervantes.

, Lecciones de los maestros- George Steiner.

, Los poemas que vi por un telescopio- Yaxkin Melchy.

, Vasos comunicantes, Eugenia Revueltas.

domingo, 24 de enero de 2010

Jimi Hendrixs' Lonely Hearts Club Band


Tres días después del lanzamiento del álbum Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, The Jimi Hendrix Experience presenta el primero de varios shows de despedida del Reino Unido antes de partir hacia su primera gira en EU. Media hora antes del concierto (en el Saville Theater, propiedad de Brian Epstein, manager de los Beatles) Jimi entró al camerino y puso el primer track del Sgt. Pepper's...: "Abrimos con esta", les dijo. Noel Redding y Mitch Mitchell, a quienes debemos imaginar medio atónitos, memorizaron las instrucciones de Hendrix y salieron a tocar. 


Si bien los Beatles eran fans de Hendrix, la apuesta fue totalmente arriesgada por donde se quiera ver. ¿Qué apuesta no lo es? Las consecuencias pudieron haber sido catastróficas para Hendrix y su banda -McCartney fue pieza clave para incluirlos en el cartel para el legendario Monterey Rock Festival...


El concierto acaba. Fiesta en el departamento de Epstein. Jimi Hendrix toca la puerta y es recibido por Paul McCartney con un porro en la boca, that was fucking great man! Años más tarde, McCartney afirmaría que el cover de Hendrix al Sgt. Peppers... fue one of the greatest honors of my carreer.


El libro que hay que leer es Room full of mirrors: A biography on Jimi Hendrix de Charles R. Cross. Aquí la rolita legendaria:





lunes, 11 de enero de 2010

Libros de enero, 2010

, Roberto Bolaño- Los perros románticos.
, José Kozer- Bajo este cien.
, José Lezama Lima- Paradiso.
, Roberto Bolaño- Llamadas telefónicas.
, Matsúo Basho- Senda de Oku (sí, traducción de Paz).
, Jorge Eduardo Eielson- Primera muerte de María.
, Eugenia Revueltas- José Revueltas en el banquillo de los acusados.
, Muriel Barbery- La elegancia del erizo.
, León Tolstoi- Relatos.
, Yorgos Seferis- Seis noches en la Acrópolis.
, Roberto Bolaño- Los detectives salvajes.
, Eugenia Revueltas- Vasos comunicantes.
, D. Wayne Gunn (selección)- Escritores norteamericanos y británicos en México.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Libros de fin de año

, Lo que 'Cuadernos del Viento' nos dejó: Huberto Batis.

, Room full of mirrors, a biography of Jimi Hendrix: Charles R. Cross.

, Cosas de mi pueblo (Estampas de Yucatán): Ermilo Abreu Gómez.

, La vie mode de emploi: Georges Pèrec.

, El Libro de Monelle: Marcel Schwob.

, Vidas imaginarias: Marcel Schwob.

, Paradiso: José Lezama Lima.

, Los enigmas permanentes (selección sobre Rimbaud, Valéry, Mallarmé y Pascal): José Lezama Lima.

, Dichos de Luder: Julio Ramón Ribeyro.

, Alquimia de tendajón: Charles Simic.

domingo, 8 de noviembre de 2009

La guerra que viene está aquí, de Rogelio Guedea

El único imperialismo a combatir, aquí desde adentro, es el Estado mexicano. No hay otro. Mientras no se sanee corrupción, autoritarismo y represión, no podremos ni siquiera pensar en luchar contra cualquier otro imperialismo, que ningún otro tiene la culpa de que seamos incapaces de organizarnos, planear y reinar, como ellos. Todos los que han intentado combatir el Imperialismo han terminado, vaya paradoja, en dictadores o –si bien les fue- en mártires. Mártires cuya imagen se vende en ferias y circos, ahora, nomás. No: el enemigo del bienestar social mexicano tiene un solo nombre y lo saben bien los capos del narcotráfico: es el Estado. Hartos de tanta desvergüenza, y “teniendo con qué”, los narcotraficantes han decidido (ya lo hemos visto) no sólo hacerse venganza por su propia mano sino también, de paso, vengar al pueblo apaleado y ninguneado que es México. Sólo falta que maten al presidente para ver si ya entendemos que lo que estamos viviendo y celebraremos en 2010 es una segunda revolución. Los capos que no han sido santificados por el pueblo, como Jesús Malverde, tienen, por lo menos, el rostro de Pancho Villa o Emiliano Zapata, narcocorridos y narconovelas aparte. Si así los ven “los de abajo”, ¿por qué “los de arriba” se hacen los desentendidos? Repitamos, pues: nuestro Sistema no funciona ya (y está desenchufado de toda realidad) porque ha perdido lógica y sentido común, y la sociedad civil vive tan resignada a la ilógica y al sinsentido del gobierno mexicano que toda lógica y sentido común le resulta un espejismo. Hasta la Cultura oficial, a la que quisiéramos incorruptible, ya no sólo es autoritaria sino sorda y ciega. Las cosas más simples (sacar una licencia, pedir un taxi, solicitar una rectificación de acta de nacimiento, comprar un lápiz, pedir permiso para entrar al baño) se vuelven, aquí, un escollo. Y lo peor: el Sistema lo sabe. Su filosofía es: no le hagas caso a ese pendejo, déjalo que se canse. ¿Cuántos son los hastiados? ¿Cuántos los que estamos a punto de hastiarnos? ¿Cuántos los que ya ni lo uno ni lo otro? Esta breve nota está condenada también a perderse en el tsunami de protestas que cada día aparecen en los periódicos o revistas y, cada día, poco antes del anochecer, agonizan en un bote de basura o en una bandeja de correos no deseados. Y el Sistema lo sabe. Su filosofía es, otra vez: no le hagas caso a ese pendejo, déjalo que se canse. Y, aunque a veces lo consigue, yo sólo espero que esta mano (y otras nuevas que vengan) no se cansen. Que no se cansen. http://www.rogelioguedea.com/blog/personal/la-guerra-que-viene-esta-aqui/

Libros de estos días

, Valéry Larbaud: Fermina Márquez. , T.S. Eliot: Criticar al crítico y otros ensayos. , Stephen Gilman: La novela según Cervantes. , J.G. Frazer: La rama dorada. , Marianne Costa, Alejandro Jodorowsky: La vía del Tarot. , Sergio Loo: Sus brazos labios en mi boca rodando. , María Zambrano: Filosofía y poesía. , Mircea Eliade: Tratado de historia de las religiones. , Julia Cameron: The artist's way. , Virginia Woolf: Un cuarto propio. , Tristan Corbière: Les amours jaunes.

miércoles, 21 de octubre de 2009

El diario íntimo, Tolstoi, et. al.





, El diario íntimo es una forma de escritura siempre parcial, que busca fijar lo que no puede fijarse, a saber, el presente. Parcial por la naturaleza misma de ese presente, el movimiento, como se da en nuestro igualmente parcial entendimiento de la fuerza del tiempo. 

, Guardo especial estima y admiración por esas obras que se construyen de mañana en mañana, antes del amanecer; que son la coyuntura misma donde experiencia y posibilidad se encuentran y se hacen explícitas. Lo que fui determinando lo que soy. Escritura en gerundio. En otra parte he escrito mi asombro al verme frente a los numerosos volúmenes de los Cahiers de Paul Valéry, en la biblioteca de la Facultad. Grandes diaristas han sido Franz Kafka, Fernando Pessoa, Michel de Montaigne, Alfonso Reyes... Nos dice Blanchot: un hombre, mañana tras mañana, se levanta antes que el sol y pone lo primero que se le ocurre en la cabeza. Así durante cincuenta o más años, aderezado todo con eventos más o menos afortunados y ya está: tiene usted algo así como una obra.

, Sin duda habrá diaristas sin obra. Es decir: entendiendo el diario íntimo como marginal a la obra "como tal", habrá escritores o artistas que llevan a su vez notas de sus propios procesos interiores para el solo ejercicio de clarificarse intelectualmente ante ellos, y esa otra escritura, la pública, la que se da a conocer pretendiéndole algún interés para los demás. Pero por muy ingenuos que seamos no podemos pensar que este hipotético escritor a la vez de diarios y (a falta de otro nombre para diferenciarlas) "obras públicas" -publicables, se entiende- no crea en alguna mínima medida que lo que escribe en sus diarios puede a su vez tener cierto impacto o, en un sentido más mesurado, interés para los demás. Esta impresión tuve al leer la edición mexicana de los Diarios de Lev Tolstoi (2 vol., traducción y selección de Selma Ancira, Conaculta-Fonca, Era, 2001)

, Se entiende también que el autor de Guerra y paz no comenzó anotando las reglas para su vida futura en la misma elevada y poderosa prosa con que describe a Bolkonski frente a los franceses. El diario parece ser así una suerte de escuela de escritura, un lugar seguro, locus amoenus, donde el incipiente escritor desarrolla sus modestas facultades, aprendiendo, como se aprende cualquier cosa en la vida, realizándolas. Seguro por la pretendida "intimidad" del diario. Me parece ya fija en el imaginario la imagen del diario íntimo de la colegiala con un candado protegiendo el contenido, uniendo las solapas de manera más bien simbólica. La conciencia de lo privado nos genera el sentimiento de la seguridad, de que en este lugar podemos ser sin más nosotros mismos, sin jueces, sin críticos que ataquen al ser a través de la expresión escrita de ese ser. A room of one's own

Ahí todos los errores se permiten. Y más: pareciera que una motivación para escribir un diario fuera esa misma insistencia -con algún tinte masoquista- de descubrirnos cometiendo el error, y que mediante su identificación, quedemos salvos de su influjo. Hablo no sólo de errores a nivel de oficio, sino más bien de esos que buscan el perfeccionamiento de la vida personal. De ese modo se recrimina Tolstoi su afición -compartida con Dostoievski y con nuestro caro Hank Bukowski- por el juego y las apuestas (donde llegó a perder hasta cierta extensión de sus propiedades de Yásnaia Polaina), esa entrevista con Rilke que lo dejó más bien indiferente, o esa enfermedad venérea contraida en la juventud, bueno, "por la única manera como puede contraerse".

, Diario, obra y vida personal. Tolstoi llevó su diario personal desde los 18 años hasta su muerte, en 1912, a los 82. Más tiempo que el que duró casado con su mujer. No sé por qué esto me parece relevante.

, Si el diario íntimo ventila inconsistencias de carácter también revela inconsistencias de vocación. Escribe Tolstoi, el 21 de diciembre de 1850: No leer novelas.

, Si partimos de la arbitrariedad saussuriana del signo lingüístico, convendremos sin empellones en que toda escritura es mimética, y por tanto representacional, ficticia. A pesar del alto grado de referencialidad del discurso en el diario íntimo (cercano, por otra parte, al texto hisórico en su acumulación y referenciación factual, en esta como "lealtad" a los hechos) a través de la escritura entendida como interpretación el diarista se interpreta a sí mismo tal cual se percibe. No hay mucha diferencia en decir que esta percepción es tanto un trabajo de observación moral (Montaigne) como una construcción de carácter, parecido a la elaboración de un personaje de ficción. Podríamos aventurar que el diario es una novela siempre inconclusa donde un narrador en primera persona se refiere en la realidad referencial a la vez que se construye como incidente de esa realidad. En el diario íntimo no es tanto que el diarista se conozca, sino que pareciera más bien construirse como personalidad a través de la evidencia de los hechos y de la proyección de sus deseos. 

, Situación fronteriza la de la correspondencia, con un lector implicado solamente, pero de igual valor en su llegada al público. La escritura epistolar la dejo para otro día.

, El lector del diario íntimo de alguien más parece llevar a cabo una operación subversiva, hasta cierto punto morbosa. Porque el diario íntimo es una obra que no tiene receptor, que no esta pensada, menos aún que ninguna otra, para hacerse pública. En alguna parte he leído (creo que a propósito de Pessoa) que no puede existir literatura privada, que la literatura no es tal si no se hace pública (Ortega y Gasset... Blanchot... no puedo recordar). Esta visión de la literatura parte de que una obra es tal cuando es recibida y apreciada. Fenómeno de interpretación parecido al de ver las pinturas prehistóricas de Lascaux como formas primitivas ya de "arte" (que el fauvismo aprovecharía, sin embargo, a través de esa interpretación, para sus propios propósitos). 

Es mi parecer que la escritura (el hecho mismo de blanco sobre negro, mano que se mueve, dedo que oprime teclas) es un producto cultural -no necesariamente en una acepción comercial, sino como efecto o expresión de una cultura-, con mayor o menor incidencia en la mentada cultura, por supuesto, pero innegablemente cultura desde su gérmen oculto de cajón. Legitimamos estos productos a partir de su recepción solamente, pero este proceso tiene más que ver con la Historia que con el carácter ontológico de tales productos, de lo que esas cosas son. Sólo así podemos entender la literatura privada de Pessoa, las anotaciones de aquella monja portuguesa que escribía ardorosas cartas de amor en su convento y cuyo nombre se me escapa, o la de esa otra monja civil, Emily Dickinson, epígono de la literatura discreta.



Imagen: http://freepages.books.rootsweb.ancestry.com/~rgrosser/19crlit.htm




lunes, 20 de julio de 2009

Libros para ahorita

, Zuckerman encadenado, de Philip Roth. Contiene tres novelas cortas con Nathan Zuckerman, cáscara o máscara o nombre de un mismo personaje sin nombre, pero de apellido Roth. , Canicas, de Enrique Carniado. Una rara primera edición que me prestó Mónica, de 1928. Poemas de aliento largo, con esa música como anacrónica, sin embargo rara en cuanto a que no idealiza la infancia ni la vida retirada, sino que la celebra con una especie de tristeza. Me recordó algunos poemas de La pieza oscura de Lihn. , Los reinos combatientes, de Jaime García Terrés. Aliento nerudioso-deslavado, empero potente. , Razón y revolución, de Herbert Marcuse. Porque revolución o muerte. , Vocación por la sombra. La razón confesada de María Zambrano, coordinado por Greta Rivara Kamaji. Una colección rarísima de filosofía, "Estancias" editada por Édere, que no tiene desperdicio. Ensayos alrededor de la gran Zambrano. , Equinoccios, de Francisco Tario. Un clásico injustamente menor de la poesía mexicana. Me lo pasaron en pdf pero no hallo el link a rapidshare. No creo exagerar si pienso en Tario como un lugar extraño entre Deniz y Girondo.

martes, 12 de mayo de 2009

Máximas mínimas de Gurdjieff

, Pues sí, que rastreando las fuentes e influencias del señor Jodorowsky llegué hace unos meses a Gurdjieff. El señor Gurdjieff era una especie de cirquero mágico con cara de gángster, pero fue uno de los pensadores más radicales de su momento. ¿En qué radica su "radicalidad" (valga el trabalenguas)? En que su acercamiento a lo espiritual se dio, por decirlo así, outside the box, alimentando su pensamiento de todas las fuentes posibles, el budismo zen, el zoroastrismo, la cábala, etc., integrándolo en una serie de ejercicios e ideas que son, por lo menos, provocadores.
, ¿Por qué la gente compra libros de Osho, de Cony Méndez, o va a conferencias de gurús importados, a misa, al futbol? Uno, porque creer en algo más allá de uno mismo es una necesidad. Dos, porque no podemos aceptar que este mundo sea todo lo que hay. Los ejemplos de la pregunta con que abre esta Coma pegan en la cultura popular directamente, ¿pero qué hay de los filósofos, de los científicos, de los hermenéutas del lenguaje? Ellos tampoco pueden aceptar que lo sensible sea el mundo, que la consciencia esté en su punto ideal para entregarnos lo humano en todo momento... La necesidad es la misma, y para el hambre unos comen un filete, otros una maruchan, otros el rocío que deja un ángel cuando corre sobre la gota de la noche una vez cada 300 años, otros nada. La necesidad es la misma.
, El esoterismo, los libros o conferencias de superación personal, creo que no nacen de una intención por hacer cosas de mal gusto (¡en verdad lo creo!), sino que son un intento de acceder a lo espiritual sin tener que esforzarse demasiado. Ejemplo: uno va a hacerse una limpia, a que le lean las cartas, o lee "Los hábitos de los [inserte cualquier ocupación] altamente efectivos" porque tiene un vivo deseo de mejorar su vida, de ser un poco más feliz, de explicarse el mundo y vivir en él con menos angustia. Por las mismas razones se va al psicólogo. Pero pasa con el esoterismo o la filosofía de supermercado que (es mi caso) se desconfía de ello porque exigen una supresión del pensamiento crítico. La gente no entiende por qué funciona, pero se siente mejor. Por un tiempo. Y con el arte pasa igual: hay quien dice "¡ah, un Da Vinci!", más por el peso de la marca registrada Da Vinci como valor que por una apreciación estética. Hay valores en los libros de superación personal o en la medicina tradicional que funcionan, me parece, porque nos dicen lo que queremos oír (vg. que estamos muy mal, muy mal, pero que hay solución...), a la vez que implantan el germen de la esperanza. La necesidad de buscar respuestas es parte de terminar con la angustia. Supongo que uno acepta la angustia cuando empieza a hacerle preguntas, a relacionarse con ella (ver máxima 83). Pero es más sencillo tirarle mierda a todo que aceptar que algo duele, que el mundo a veces, y generalmente, duele.
G. ha dicho que el hombre puede renunciar voluntariamente a cualquier placer, pero que es casi imposible que renuncie a su propio sufrimiento.
, El que hizo "popular" a Gurdjieff (G. para los cuates) fue su discípulo-fanfromhell, Ouspensky. Él es el gerente de relaciones públicas que todos sueñan: cree ciegamente en que eres lo mejor está dispuesto a lo que sea para demostrarlo; incluso a disolver y transmitir las contradicciones de tu pensamiento de manera que todo quede más o menos coherente...
, G. no es dios, nos queda claro, y Kant también se contradice. Somos humanos, carajo. Pero, a mi ver, lo más rescatable de lo que conozco hasta ahora del pensamiento de G. es que el conocer, es decir, el apropiarse conscientemente de lo que se conoce no mejora en sí misma la consciencia, ni nos da una mejor comprensión del mundo. Es excitante leer algo (por ejemplo) y sentir que se absorbe una gran cantidad de conocimiento. Pero si esa pasión no transmina todos los aspectos de nuestra vida, somos parcos, hipócritas. Por eso me dicen "mamón" cuando digo que está bien ser riguroso, jugar al juego en serio... Si el señor escritor se viste de cosas bonitas para decir en sus conferencias y lecturas, pero en su vida va diciendo mierda o peleándose con la gente, ¿de dónde salió esa obra? ¿Generación espontánea? ¿Concepción in vitro? Creo que aplica a lo que mis tres lectores gusten. Lo que G. propone es un ejercicio radical de congruencia. Si vas a ser el malo de la película, sé un malo realmente genial, hasta las últimas consecuencias. Si vas a ser dios, no te olvides de ser dios todo el tiempo, incluso cuando te bañes, defeques, o le hagas el amor a tu diosa. Esta lección Dalí la tenía muy clara.
, Estas ideas que reproduzco a continuación las leí por primera vez en el librito de Jodorowsky, El maestro y las magas, pero también las encuentran en internet como "mandamientos de Gurdjieff", lo que se me hace excesivo, puesto que el señor G. no los escribió en un idioma de fuego en las tablillas de la ley; otra variante es "máximas de Gurdjieff", que tiene un regusto a compendio de frases célebres medio incómodo. Como sea son buenas ideas, muchas, más cercanas al sentido común (a eso que alguien dio en llamar sentido común y que es privilegio de unos pocos) o a una visión espiritual de una convivencia cívica entre el hombre y los otros, que a los viejos esquemas de premio-castigo con los que la religión opera sus prédicas. En mayo del 2009, los llamaríamos tweets de Gurdjieff:

1. Fija tu atención en ti mismo, sé consciente en cada instante de lo que piensas, sientes, deseas y haces.
2. Termina siempre lo que comenzaste.
3. Haz lo que estás haciendo lo mejor posible.
4. No te encadenes a nada que a la larga te destruya.
5. Desarrolla tu generosidad sin testigos.
6. Trata a cada persona como si fuera un pariente cercano.
7. Ordena lo que has desordenado.
8. Aprende a recibir, agradece cada don.
9. Cesa de autodefinirte.
10. No mientas ni robes, si lo haces te mientes y te robas a ti mismo.
11. Ayuda a tu prójimo sin hacerlo dependiente.
12. No desees ser imitado.
13. Haz planes de trabajo y cúmplelos.
14. No ocupes demasiado espacio.
15. No hagas ruidos ni gestos innecesarios.
16. Si no la tienes, imita la fe.
17. No te dejes impresionar por personalidades fuertes.
18. No te apropies de nada ni de nadie.
19. Reparte equitativamente.
20. No seduzcas.
21. Come y duerme lo estrictamente necesario.
22. No hables de tus problemas personales.
23. No emitas juicios ni críticas cuando desconozcas la mayor parte de los hechos.
24. No establezcas amistades inútiles.
25. No sigas modas.
26. No te vendas.
27. Respeta los contratos que has firmado.
28. Sé puntual.
29. No envidies los bienes o los éxitos del prójimo.
30. Habla sólo lo necesario.
31. No pienses en los beneficios que te va a procurar tu obra.
32. Nunca amenaces.
33. Realiza tus promesas.
34. En una discusión ponte en el lugar del otro.
35. Admite que alguien te supere.
36. No elimines, sino transforma.
37. Vence tus miedos, cada uno de ellos es un deseo que se camufla.
38. Ayuda al otro a ayudarse a sí­ mismo.
39. Vence tus antipatí­as y acércate a las personas que deseas rechazar.
40. No actues por reacción a lo que digan bueno o malo de ti.
41. Transforma tu orgullo en dignidad.
42. Transforma tu cólera en creatividad.
43. Transforma tu avaricia en respeto por la belleza.
44. Transforma tu envidia en admiración por los valores del otro.
45. Transforma tu odio en caridad
46. No te alabes ni te insultes.
47. Trata lo que no te pertenece como si te perteneciera.
48. No te quejes.
49. Desarrolla tu imaginación.
50. No des órdenes sólo por el placer de ser obedecido.
51. Paga los servicios que te dan.
52. No hagas propaganda de tus obras o ideas.
53. No trates de despertar en los otros emociones hacia ti como piedad, admiración, simpatía, complicidad.
54. No trates de distinguirte por tu apariencia.
55. Nunca contradigas, sólo calla.
56. No contraigas deudas, adquiere y paga en seguida.
57. Si ofendes a alguien, pi­dele perdón.
58. Si lo has ofendido públicamente, excusate en público.
59. Si te das cuenta de que has dicho algo erróneo, no insistas por orgullo en ese error y desiste de inmediato de tus propósitos.
60. No defiendas tus ideas antiguas sólo por el hecho de que fuiste tú quien las enunció.
61. No conserves objetos inútiles.
62. No te adornes con ideas ajenas.
63. No te fotografíes junto a personajes famosos.
64. No rindas cuentas a nadie, sé tu propio juez.
65. Nunca te definas por lo que posees.
66. Nunca hables de ti sin concederte la posibilidad de cambiar.
67. Acepta que nada es tuyo.
68. Cuando te pregunten tu opinión sobre algo o alguien, di sólo sus cualidades.
69. Cuando te enfermes, en lugar de odiar ese mal considéralo tu maestro.
70. No mires con disimulo, mira fijamente.
71. No olvides a tus muertos, pero dales un sitio limitado que les impida invadir toda tu vida.
72. En el lugar en que habites consagra siempre un sitio a lo sagrado.
73. Cuando realices un servicio no resaltes tus esfuerzos.
74. Si decides trabajar para los otros, hazlo con placer.
75. Si dudas entre hacer y no hacer, arriésgate y haz.
76. No trates de ser todo para tu pareja; admite que busque en otros lo que tú no puedes darle.
77. Cuando alguien tenga su público, no acudas para contradecirlo y robarle la audiencia.
78. Vive de un dinero ganado por ti mismo.
79. No te jactes de aventuras amorosas.
80. No te vanaglories de tus debilidades.
81. Nunca visites a alguien sólo por llenar tu tiempo.
82. Obtén para repartir.
83. Si estás meditando y llega un diablo, pon ese diablo a meditar…

martes, 23 de diciembre de 2008

La vida y la letra, 5

, Extraño placer: separar las hojas pegadas de ciertos libros. ¿Por qué las dejarán así? Me pasó con este "Últimos trenes" de Nacho Padilla que compré ayer. Pero también antes con Sharon Olds, Whitman, Jabés y algún otro. ¿Estrategia de ahorro en el suaje de los bordes? No importa: es como un sello de garantía de que el libro está intacto, que, como las esposas del Rajá, no han sido miradas por impuros; o cinturón de castidad que retiramos, firmes, y como agradecidos. , Así, la primera lectura del que separa las hojas será la original, la irrepetible verdadera; la ceremonia previa a la lectura se vuelve promesa. Al cumplirse en la lectura, donación de secreto, apertura, posesión total del espacio blanco entre las palabras, lo que por fugaz se evade como todo placer cierto. Y como cierto, surge una resonancia: toda lectura auténtica es remover un sello invisible buscando la emoción original. , "Últimos trenes" (UNAM, 1996) no es nuevo. No quiero hablar del Crack que es como ponerse una camiseta para siempre. Es un excelente libro de narraciones breves y ya; el mejor ejemplar del género, para mí, es "El que espera" de Andrés Neuman. Están los pobremente valorados "Gog" y "Magog" de Giovanni Papini, también. Estos libros me parece que tienen en común una belleza descubierta por exceso: los personajes --tipos humanos de lo más familiares-- salen de lo esperado (me caga últimamente la palabra "cotidiano", disculpen mi francés) para desbordar lo real que les toca: la víctima se vuelve asesino; el taxista, chofer; el minotauro, arquitecto. Son cuentos que me gustan, creo, porque se leen como poemas: dejan una vibración más que una certeza, uno no cree haber terminado la lectura del todo. Esa incertidumbre feliz permite volver y verificar que, efectivamente, la micro-ficción también opera según una disposición precisa de las palabras con respecto a sus efectos, con una estructura suficientemente compacta para dar la sensación de totalidad en poco espacio discursivo. Chale, prometo dejar de abaratar el asombro el próximo año. , La lectura de novelas es una experiencia que se funde con la vida de otra manera. Más allá de estadísticas de lectura rápida, una novela, podemos convenir, toma más tiempo en leerse que un libro de poemas. Entonces se queda más tiempo formando parte de nuestra (agh) cotidianidad. Uno se descubre pensando en la estrategia para matar al jefe del partido, el peso de las bombas en el portafolio es mayor al de los libros, las imágenes de la hermosa vista al anochecer en Pyongiang vuelven durante el trayecto... Luego termina la novela, muera el jefe del partido o no. Pero uno ha de volver a lo suyo, a tomar posesión de su trayecto como siempre, a recordar otra hermosa más local... , Separar géneros es una mierda: hay poesía o no. Tengo para mí que la hay cuando la impresión permanece habitante del lector, se niega a desalojar el recinto del ojo; a entender que la función terminó. , Pero la función no termina nunca realmente. Quiero creer que en el futuro diremos "novela" o "coreografía" o "sonata para piano" en la manera sencilla y cercana en que los colores nos parecen familiares y como miembros de una misma cohorte de luz. La función ya no definirá al artista; no será 'escritor' o 'bailarín' o 'músico' como condicionado por su lenguaje, sino que libremente pasará de una técnica a otra, de una disciplina a otra como por cuartos de una misma casa. Decir "multidisciplinario" será pleonasmo, porque será el día de la absoluta contaminación, de la abolición de la búsqueda de la pureza para dar paso a una búsqueda pura, pensar más en el camino que en el formato. , Contagiado por esta quincena desastrosa de navidades, uno se deja llevar más de lo normal y desea cosas como ésa. Pero bueno, como dice Zaid, se toma el juego en serio o no se juega.

jueves, 6 de noviembre de 2008

La tragedia del ahora

Sin buscarlo, pero no fortuitamente, encontré el número 86 de Vuelta (Enero, 1984) Sin buscarlo porque no me propuse encontrarlo; tampoco fortuitamente porque no pude sino encontrarlo, lo que es decir, no pude evitar una cierta forma de destino, cierta forma de cumplimiento, hallándola. Acaso lo que experimentamos al leer cualquiera de esos textos irremplazables en que asistimos al encuentro de nosotros mismos, no sea sino la constatación de que hemos coincidido brevemente con nuestro destino, la evidencia de la suprema (que no necesariamente divina) indeterminación de las cosas. Y la prueba de lo irremediable de esta clase de encuentros es que se producen sin buscarlos, pero no parecen venidos sin más del azar: no pudieron haber sido de otra manera: ocurrieron así. En aquel número fue incluido un relato corto de Jean-Marie Gustave le Clézio (Niza, 1940) y premio Nobel de Literatura 2008. Esta fama reciente de le Clézio (de quien confieso no haber escuchado sino hasta hace poco –así como antes no había sabido ni de la adorable Doris Lessing, ni de Pamuk, ni de la insufrible Jelinek, aunque sí de Pinter, por lo que me alegré mucho de verle entrar en su silla de ruedas al Olimpo…) fue determinante para que decidiera (¿alguien decide algo en realidad?) comprar este número de Vuelta y no otro. Porque si algo tiene de bueno el Nobel es provocar la atención, y en ocasiones, la lectura voraz del homenajeado, así como reediciones y traducciones exprés, en fin, discusiones, teorías conspiradoras, el asunto de la justicia; amén a estas consecuencias, en audaces ocasiones, incluso le otorgan el premio a buenos escritores. Los relatos de mar y piratas no han sido determinantes en mis lecturas. He disfrutado a Conrad, y el Moby Dick de Melville fijó algo definitivo en mi carácter. “Diario de un buscador de oro” de J. M. G. le Clézio es el relato en cuestión, y agente de mi fascinación absoluta. Muchas vertientes convergen en el relato del buscador: el mito familiar (“Vine a Comala…”), esa reconstrucción, esa indagatoria que acaso sea la más importante que puede hacer un hombre; el mito “estructural”: el abuelo le Clézio-Jasón buscando el tesoro del pirata en ínsulas remotas donde el viento en vez de ir, vuelve; y la búsqueda personal: claro, todo viaje es viaje hacia uno mismo, así como todo sueño, todo indicio de tesoro y mapa o cofre enterrado nos pone en la ruta de nosotros mismos. “Destino” es una palabra peligrosa. En este, mi tiempo, equivale a consentir una derrota, a sabernos derrotados por la fatalidad; fatalidad que un tiempo progresista, post-positivista, no puede permitirse: hay que planear. Un tiempo de indeterminación histórica (el posmodernismo que pareciera ser la compilación misma de intentos por definirlo) sólo puede producir una visión de mundo indeterminada, donde lo indeterminado es lo real; donde, sí, todo es posible, pero la posibilidad se atenúa en esa fijeza de lo indeterminado, de lo que no tiene forma, al no tener el hombre ningún horizonte frente a sí, no otro que el de la pura sobrevivencia. Parece que no avanzamos mucho desde el homo-erectus, asolador de la tierra infinita; debemos aprender a relativizar los logros, ¿qué estamos ganando realmente? Seguimos siendo la bastardía de los dioses, después (literalmente) de todo. Como en todos los relatos maravillosos (además de una princesa), en el de le Clézio importa más la manera en que está contado que la misma materia narrativa; y como en todos los relatos maravillosos, una y otra son indiscernibles. Alternando con el personaje Jean-Marie sobre las islas volcánicas del Índico, el abuelo le Clézio, otrora flamante abogado mauritano (sumergido en un mar de deudas, expulsado junto a su familia de la casa donde nació), por el hallazgo de una carta (hallazgo que debemos imaginar fortuito) donde un sobreviviente de cierto navío pirata consigna la ubicación de un magnífico tesoro (único calificativo que admiten los tesoros que vale la pena buscar) se hace a la mar infinita, poblada de peligros y espejos, en una desangelada, pero no menos esperanzante, Argos-comercial. Sus andanzas de geómetra lo llevan a trazar puntos imaginarios sobre una extensión más bien modesta de terreno, donde según el mapa, habría de hallarse el tesoro enterrado; su mayor hallazgo en días será un cangrejo. Las relaciones de su trazado (líneas imaginarias, andamios invisibles y abstractos como números, tensión que da sentido a las constelaciones) son el laberinto donde se pierde treinta años. Pero debemos saber que estar perdidos es un decir, porque nadie se pierde si no sabe precisamente a dónde va. El abuelo le Clézio-Jasón sabe que hay líneas del mundo que llevan a tesoros, y que la línea que lo ocupa es sólo una entre muchas posibles; pero más importante que esto, sabe que lo que debe hacer es buscar la coincidencia de su línea terrestre con la otra línea, áurea del tesoro. Debe buscar la coincidencia del tesoro con su posibilidad de hallarlo; pero apenas tiene traza de su ubicación, un ramillete de suposiciones: cierta inclinación de pedruscos, la posición relativa de un tamarindo con la estrella polaris, rocas, indicios, con suerte, dejados por el pirata. Pero la suerte no tiene nada que ver con hallar un tesoro. Uno coincide con la línea del tesoro o no (¿el tache de los mapas de caricatura sería la intersección metafísica de la que intento hablar?) Si se da la coincidencia, la sincronía, le Clézio-Jasón pagará sus deudas, recuperará su casa, será un hombre rico y acaso feliz; si no, su nieto Jean-Marie reunirá sus papeles y le seguirá la pista por geografías reales e imaginarias, a través del tiempo, se reconocerá y se hallará el mismo y otro; escribirá un gran relato. En mis días, la función de los dioses parece más invisible que nunca. Nuestra relación con ellos no es ya incluso la de dudarlos, esa forma desesperada de la esperanza. Es de absoluta indiferencia; la negación de toda posibilidad en un mundo donde, alternativamente, todo y nada son formas abiertas de posibilidad. Pero todos nuestros actos nos están destinados; no de una manera predeterminada, “desde el principio de los tiempos”, sino al revés, desde el ahora que áridamente se vuelve pasado y nunca. O siempre. Los absolutos se relativizan en sus contrarios a través del acto humano, tentación a la suerte, reincidencia, elección; destino es construcción, pero cuesta pensar que se construye destino con el acto de aquí, con este movimiento, con estas palabras. El presente es trágico por irremediable. Buscamos evadirnos por las ramas de lo posible, pero estamos condenados al aquí permanente, al ahora que es lo cierto. Somos héroes.