domingo, 9 de enero de 2011

Ver: decir, 2



Una palabra persiste: accidente. Por sí sola esa palabra no explica nada.
Afortunadamente, contigo las explicaciones son irrelevantes.


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viernes, 7 de enero de 2011

Ver: decir

La fée verte


Ver: dar ser al mundo. 
Ver, dar: acción de verdar. 
Verdar vida. 
Verdad. 
Ver del verbo ser. 
Ver: decir. 
Verdecir. 
Ver: verte que te quiero, 
verte. 
Verter: dar.
Ver: de ti.
Ver: bendecir.


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Amoroma

El amor estorba. Pone dentro de un paréntesis (pecera) nuestros planes para el tiempo. Soy cínico, me rehúso a creer que hay destino; creo desde hace tiempo que cuando te mueres no hay más, sólo tienes violentamente esta vida, esta percepción y lo que haces con ella. Pero.

Con el amor uno teme la muerte, puede pensarse. La muerte de lo que se ama, el fin de ese atisbo de felicidad posible. ¿No será que se ama debido a la muerte? Creo que es la lección oculta del Fedro platónico: si se ha de aprender a morir, debe aprenderse a rechazar las apariencias en favor de la contemplación de la idea; pero, si se ha de aprender a vivir, ha de aprenderse a contemplar las apariencias en su ser transitorio, en su pasar irremediable. Aceptar pasar.

He estado tan cerca de morir tantas veces que la vida me parece casi un accidente (o un excedente si hubiera destino): hospitales, asaltos, accidentes vehiculares, sobre todo mi cuerpo y su precoz Todstrieb. Por eso mismo podría decir que la muerte no me asusta; me causa curiosidad, muchísima, pero en cuanto a su ser histórico. ¿Cómo moriré? ¿Dolerá? Creo que por eso desconfío de la estabilidad de la vida, de los planes a largo plazo, sin embargo hago cantidad de planes para periodos cortos, cuestión de minutos (moviéndome por las habitaciones con una precisión que imagino digna de un equipo SWAT, sin desperdicio de acciones). Pero divago. Será que me da miedo pensar la muerte de lo que se ama.

Sospecho que Quevedo sospechaba de la continuidad del amor al escribir "polvo serán, mas polvo enamorado." El amor individual termina, sí, pero el amor como puissance es una corriente subterránea mezclada con las turbias aguas del Leteo, "olvidado" de sí, mas persistente.

El amor dura para siempre, pero en sus propios términos que no son los humanos; por eso es fácil confundirlo con la idea de dios. Esa reducción simplista del amor.

Tal vez amamos porque identificamos el momento de coyuntura del yo con esa dialéctica de lo que "mueve su esfera y alegre se goza", que decía Dante, con el accidente en el tiempo de otro yo individual, que al igual que el mío, también pasará. Por eso el "amor" deriva en temprana vejez del ser: agotado de revivir un austero instante de dicha, se resiente con ese inválido yo que ha dejado seco.

El yo se sostiene de las apariencias para confirmar su sospecha de que, tanto yo, no puede morir. Incapaz de imaginarse no siendo, desarrolla infértiles esperanzas de inmortalidad en cada cosa. Eso no es amor. Amor debe parecerse más a morir en cada cosa, es decir, a asumir anticipadamente la imposibilidad del ser eterno de las cosas. Dicho de otro modo, aceptar que las cosas son, y de golpe, que mientras son, se anticipan a su no-serán. Nirvana: dejar. No hay (pecera).

Si el amor, pues, es la muerte, entonces todos, todos los caminos humanos llevan al amor.

miércoles, 5 de enero de 2011

Seducir al azar

Salir a la calle con un paraguas no es un acto de prevención, es un acto de provocación. Es decir a la lluvia "ven, si te atreves".

Hacer espacio para tu ropa en los cajones. Provisionarme de cosas que te guste desayunar. Hablar largamente de tu presencia a las gatas para que se acostumbren a ti, para que les hagas falta.

Al destilar whisky, como parte del proceso, los niveles del bidón se reducen debido a la evaporación de los primeros alcoholes. A esto, los destiladores de whisky escocés dan el nombre de "la porción del ángel". Me adecúo a este azar, por ejemplo, bebiendo mi taza de café y bebiendo seguidamente la que sería para ti.

Levantarme a la hora que meditas y meditar contigo desde acá. Este canto de la respiración, esta fuga de la conciencia donde ni siquiera tú puedes existir es el lugar más sencillo donde podemos habitar: desprendidos del yo, casi sin amor incluso para que nada nos estorbe. Libres.

Ocupar estrictamente el lado de la cama que tú no ocuparías si estuvieras. Levantarme de noche, insomne, acostumbrando mis movimientos a la presión necesaria para no despertarte, cuando duermas aquí.

El santo carece de fe. No la necesita. Sabe que su dios está en todas partes así, con más fuerza que un teorema. Yo te veo ya, humana, absolutamente humana atravesando las habitaciones y las calles hechas para el ejercicio de atravesarlas contigo; el borde de las tazas, los picaportes, las llaves de agua con su ciega prevención de objetos sugiriendo ya tus manos.

Mi boca esperando --animal invernal-- la vuelta de tu boca solar para instalarse en ella. Ver ya los heraldos verdes de tu presencia incluso en las cosas más nimias, en los semáforos por ejemplo tanto como en los árboles que bailan con el viento sin necesidad de verlo.

Con justicia, darte lo que ya te pertenece aunque sea in absentia, para cuando decidas --palabra mágica-- venir a tomarlo.

domingo, 2 de enero de 2011

Mar que no cabe en el mar

A cada duda mía, antepones felicidad. La base de tu silencio impenetrable que no permite asedio, y que sin embargo es un margen de vida perfectamente habitable.

Tantas cosas enfrente: ¿cómo pensar en dejarte entrar en este asunto difícil, de absoluta severidad, que es mi vida? ¿Lo es? ¿Mía? Mi vida es un accidente y en todo caso ya entraste con tu libertad a cuestas. 

¿Dije duda? Ni siquiera duda: lo que un occidental del xx (ser hombre de mi siglo me supera) puede hacer codiciando a una cortesana hindú del x. ¿En qué idioma hablar? No hacen falta palabras para besar, pienso.

Pensé --desde esa soberbia estoy ya de entrada, derrotado-- que se tendía a la felicidad, que se pasaba por ella como rozando una casa vacía con los ojos desde la carretera. Pero tú vives en esa otra casa de ahí, esa casa que elude toda tentativa del ojo por apresarla. Feliz distancia, desolación sin peso.

¿Cómo devolver, pues, tanto mundo dado al mundo? ¿Tanto mundo mundando, Gelman? ¿Dado para pervertir un azar, pez moteado de rodar? ¿Tanto órgano de la querencia inagotable, sudando, manido, como el trópico que separa tu norte, V., de este tanto centro y tanto sur irreparable? ¿Tanta voz colgada aún de dónde en el todavía?

Estamos haciendo un cadáver exquisito en aquella librería gigantesca: tú tienes una novela de García Márquez y yo una de Alexis Díaz Pimienta, palabrero extraordinaire. Seguiremos hasta agotar incluso diccionarios. Dejar que las palabras sean palabras; dejar que los significados se muerdan como perros allá, sin que nos ocupe su ciega rabia.

Tu paz inalcanzable que no se deja pensar, pienso. La felicidad tampoco se deja pensar. El mar, se sabe, no cabe en la palabra mar.

Una vez le dije a Yaxkin: "escribir poemas como plantar la semilla de una selva en la luna." Tú eres una selva súbita; nada hay estéril en ti. Eres el poema que n'abolirá jamais l'écriture. Eres vida.

Para fines prácticos, ser libros. Así: libres.

sábado, 1 de enero de 2011

Somos libres

No se puede querer de este modo tuyo,
mío, impunemente.
Hay que pagar el precio: esto
en todo caso
no puede ser amor;
el amor no existe:
contigo
es una cosa
que vamos a inventar.

domingo, 26 de diciembre de 2010

La tigra

Se romperá contra la pared la taza enorme y amarilla que compraremos el próximo verano en la tienda de regalos de la casa Kafka en Praga junto con algunas postales y una playera que usarás sola para dormir esa noche mientras los restos destrozados y amarillos de taza se derivan escaleras abajo con fragmentos reconocibles del Puente de Carlos sobre las aguas grises de un río para siempre irrecuperable y una leve bruma subirá por la corriente parecida no en medida menor a la tira de humo larga y azulada que se deshilará de mi cigarrillo encendido bajo la fría noche invernal a pocas calles de tu casa que habré dejado cerrada la puerta de un portazo inobjetable que hará temblar la cristalería de las estrellas y el motor blanco del auto tendrá un ligero ronronear de gato cansado y acorralado al final de un callejón poco iluminado donde pasos pesados se dejarán repetir por el silencio iluminando mis pasos bajo un jarrón transparente o farola que un transeúnte distraído podrá fácilmente confundir con la luna cercado por el bestial hedor a mierda fresca y carne podrida que se hará más y más perceptible mientras distraído y enojado se acercará a los reflejos de óxido y acero apagado de la jaula pestilente que inflamará el sonido seco de patas y garras y crujir de dientes en el callejón cerrado como una boca abierta desde donde poco a poco mis ojos se irán acostumbrando a la temblorosa luz ante la que distinguiré sin duda y sin asombro casi el estacionamiento provisional de animales de circo que partirá unos días después de la ciudad dejando tras de sí un bosque de reflejos que será visible desde la cabina del trailer del viejo conductor como pedrería de un collar iridiscente y desperdigado sobre un valle de verdes árboles y carrizos dentados como la boca de la tigra que me observará desde el fondo apenas visible de su jaula con un collar opaco y desperdigado de tripas desanudándose de los belfos ante el menor asombro de una vieja osa vecina que estará bostezando y la indiferencia igualmente impenetrable de dos hermanas lobas blancas que mirarán el humo brumoso de mi cigarrillo cosquillear a través de los pesados barrotes hacia la nariz perlada de frío de la enorme tigra que estornudará cubriéndome la cara de espesos mocos tigrunos a manera de venganza porque los tigres necesitan bien poco y casi ningún argumento para ejercer un odio grande así encerrados como suelen estar en una piel hecha de terribles barrotes cercando un centro solar o luminosos mares sanguíneos de aguas pardas sobre las que cientos de puentes atraviesan llevando cargamentos de sombras con la agilidad del instante prensado sobre el terror y un estruendo de zarpas como barcos quebrándose como tazas en la clara rompiente del escollo o jaula o incluso furia de una garra amarilla que se proyectará fatalmente contra la pared de una escalera y dejará sus iridiscentes y desperdigados fragmentos de cerámica checa como fragmentos de taza al pie de una escalera que podría llevar a una habitación donde sólo podrían vivir fantasmas.

La sencilla importancia de unos lentes rojos

Este post se lee mejor con la siguiente canción sonando.
Gracias a Victoria Guerra por la recomendación involuntaria.



Durante el 2010 me dediqué a jugar con la aparición y desaparición del yo. Di cauce formal a distintos proyectos (algunos enteramente anónimos) que forman parte de una investigación interminable sobre el modo en que el yo -el mío, si me apresuran- se articula y opera. Llevo desde el 2008 un álbum fotodocumental en Facebook llamado "Mon semblable", en alusión, ni qué decirlo, al famoso verso de Baudelaire. En ese álbum he recogido imágenes de personas que, bajo la premisa de una contraseña secreta, eran retratadas para articular -sin saberlo- una lectura de mi yo a través del recurso metonímico de ser yo a través de mis lentes, unos lentes que me han acompañado por dos años y me han dado algunas aventuras muy curiosas que habrá que contar un día.
La contraseña secreta para figurar en "Mon semblable" es sencillamente pedir mis lentes. Son un objeto que suele llamar la atención, y es extraño ahora que lo pienso que un objeto haya servido para resumir o abstraer una imagen total de un "yo mismo" exportable. Es decir, no soy el tipo de persona nerudiana que "ama los objetos". Colecciono pocas cosas. Me mudo mucho, así que trato de mantener las maletas ligeras. Estos lentes vienen del pasado, claro, y parecen una especie de souvenir de un lugar donde nunca estuvimos. Tal vez por eso me gustaron tanto cuando los vi, porque parecían una postal de un lugar imposible, de la Unión Soviética, por ejemplo, un lugar que no podría ser visitado sino en la imaginación y cuya única evidencia eran precisamente estos lentes rojos que, hasta donde sé, no son para nada de carey sino de traslúcido plástico.

Estoy convencido de la importancia de los lentes porque quienes requerimos de ellos no tenemos otro modo de ver el mundo. Está la operación láser y los lentes de contacto, claro, pero usar lentes te permite toda una gama gestual que se clausura con la sobriedad turbadora de un rostro limpio, sin lentes. Funcionan, claro, para ayudar a llevar un defecto oftálmico, pero me gusta más pensar, me parece más seductor pensar que funcionan como una prótesis de la mirada: a través de diferentes lentes somos diferentes personas. "Todo depende del cristal con que se mire", suele decirse. Podríamos añadir que también "depende del cristal con que se sea."

He usado anteojos por 10 años ya, pero mi fascinación por los lentes y las prótesis, los disfraces, ha estado en mi horizonte desde que recuerdo. También desde cuando no recuerdo: hace poco encontré una foto donde yo tendría unos 3 años; estoy sentado en un hermoso e irrecuperable sofá de la primera casa donde viví; llevo un suéter guinda con cuadriculado blanco -bastante elegante, si me lo permiten-, con distintas letras blancas dentro de los espacios cuadriculados. Mi pose es relajada, aunque evidentemente sobreactuada: con una imposible concentración para esa edad, pretendo una afable sorpresa al notarme inocentemente distraído de la lectura de un grueso volumen. Llevo unos enormes anteojos de marco metálico con lentes muy ligeramente oscurecidos. Mi impresión actual es que ese niño que fui está mirando un mundo a través de unos anteojos que a todas luces no serían adecuados para él. Evidencian un exceso, y en ello radica su potencial imaginario: el exceso del que toda ficción se nutre. Exceso de sentido, podríamos decir. Ese niño que fui está haciendo su primer ejercicio de autoficción al asumir la personalidad tal vez no otra, sino de un objeto: los significantes implícitos culturalmente en unos enormes anteojos para leer.

Son anteojos precisamente porque van antepuestos a los ojos, pero funcionan también como una frontera o filtro entre la mirada y el mundo mirado. La mirada se ve fuertemente seducida a adoptar la estrategia de filtración que le presenta esa prótesis, a fijar la atención en ciertos aspectos de la realidad descartando otros. Esta mirada seducida es, a su vez,fuertemente imaginaria. En la sospecha de esta cadena lógica compré mis lentes traslúcidos-rojos en el verano del 2008 en una óptica que aún existe, en Insurgentes y Sonora, cerca de donde trabajaba entonces y por un extraño azar, a unos minutos de donde trabajo actualmente. Los anteojos previos (y los previos) eran aburridos modelos metálicos o incluso sin marco que sientan bien a personalidades más limitadas: el campo visual se ve acotado apenas un poco por encima de la nariz. Si mi problema óptico fuese más severo, con ellos no hubiera podido distinguir mucho alrededor de los pequeños marcos. Quería por entonces unos anteojos que me permitieran abarcar un radio considerable en todas direcciones. Estos lentes no eran todo lo perfectos que quería para ese propósito; mi prototipo ideal hubiera sido uno modelo parecido a los de Omar Rodríguez de The Mars Volta, que permiten esa extensión visual que se parece a una mirada que abre los brazos, a un búho en atenta, inmóvil cacería.

La gente comenzó a sentirse atraída por el objeto en sí, los anteojos, que no por mí mismo, por demás con muy poco que ofrecer. Comenzaron a pedirlos y comencé a fotografiarlos. Me parecía muy curioso que hombres y mujeres de distintas edades se sintieran atraídos, acaso como yo mismo, a un objeto si bien particular, perfectamente cotidiano, y que dieran a su vez cauce a esa curiosidad rompiendo el pudor y solicitando mis lentes para ponérselos. Es un rito común entre la gente que usa lentes el comparar el grado de ceguera del que se adolece a través de los lentes del otro. "¿Me veo como tú?", dicen entre ellos. Pero sería más apropiado afirmar "veo como tú". Me gusta pensar que tal vez los que me piden los lentes querrían "ver como yo", pero ciertamente no he inventado aún un modo inédito de mirar -un modo, pienso, análogo al que inventó John Cage, inédito de escuchar. Más cierto es decir que no tengo ninguna pretensión al respecto de la búsqueda de tal modo inédito, y sólo me ocupa, para fines prácticos, un modo mío. Este modo tiene que ver hasta ahora con ese desdoblamiento que consiste en verme mirado como me miran. El último integrante de esta colección de miradas, @ChumelTorres, se puso a ensayar un largo monólogo como -creo- supone que yo lo haría, analizando alguna invisible cosa de la que nadie tiene idea qué es. Han habido otros que adoptan una pose de pseudo intelectual sesudo e irremontable; otros, otras, de personalidades tan potentes que no se dejan seducir por el objeto y me miran como siempre, desde ellos, o tal vez un poco borroso a causa de la graduación de los lentes.





Si puedo hablar de una estrategia formal en este pequeño experimento, debo decir que es sólo parte de un plan mayor para descentrarme de la posibilidad de identificarme con un yo enteramente mío. No hay nada que me asuste más que ser alguien, un alguien perfectamente intercambiable, sin atributos, a decir de Musil, con gustos generales: una persona sin más. No sé por ahora si quiero ser una estrategia de mirada o de escritura, pero definitivamente no quiero ser alguien. Para perseguir este propósito, este año que termina he trabajado duramente en el proyecto de no saber quién soy, y he sido, para tales efectos, estos otros:

Ninja
(Con otra estrategia añadida de escritura ninja
que merecerá mención pronto.)

Guerrillero poético

Docente de universidad

Experto en tecnología

Psicoanalista

Performer privado

Mago

Mendigo

Fotógrafo

Conspirador político

Argentino

Analista financiero

Conferencista

Cabe decir que apenas soy cada una de esas ocupaciones o modos de ser, pero me he divertido muchísimo no siéndolas activamente. Quién sabe quién no seré el próximo año; quién sabe quién no seré mañana. Pero eso me gusta.

Quién, sabe.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Tijuanínsula, 2

Tardo meses en retomar la crónica de mi única visita a Tijuana. ¿Qué hay que decir de un viaje? Escribir un viaje se contrapone un poco a la idea del viaje mismo: fijar lo móvil. Repaso las notas de septiembre en Tijuana; me forzo a imaginarme de nuevo en esa piel que fui, a ser yo mismo -otro siempre- en circunstancias irrecuperables. ¿Y no ha dicho Agamben que el espacio del pensamiento es precisamente la ipseidad (ipsum) a diferencia de la identidad (idem)? Si algo pudiera rescatar todavía de esa memoria reciente sería la memoria misma como ejercicio de arqueología textual sobre mi caligrafía de sismógrafo. And off we go.

La primera noche me recibieron Norambuena y Yohanna en el aeropuerto. Hacia mucho frío. Luego de prender un cigarro ya en el exterior lo primero que recuerdo es la valla fronteriza. Ni con todos los días que estuvimos viviendo a 10 minutos de la frontera puedo quitarme la imagen de esa valla como símbolo vacío, es decir, desde su presencia más inmediata, no límite político sino objeto puesto ahí como desde siempre, con una extraña aura de tufillo histórico, como un monumento a un prócer sin nombre.

Salimos, bebimos, bailamos. Tijuana es generosa. Con todo, me asalta un sentimiento de peligro que no se irá mientras permanezca. Siento que seré apuñalado en cualquier momento --sentimiento extraño en mi carácter poco dado a la paranoia. Me explico. Entiendo la paranoia como una excesiva identificación del yo con el self, un desmesurado apego a lo uno mismo. En el DF puedo funcionar más o menos conforme al ritmo de la ciudad, a su respiración, a su movimiento. Sé dialogar con el "peligro" de la ciudad, del centro del país. Durante un viaje, en mí por lo menos, esa velocidad se desestabiliza para entrar en otro ritmo; el correlato de ese ritmo es una sensación constante de otredad, nutrida del desfase entre la percepción del yo y su velocidad y el reacomodo ambiental al que violentamente se ve sometido, además de la mitologización -no siempre exagerada- de la inseguridad y violencia en el norte geográfico que, curiosamente, se ve reflejada por la percepción que tiene la gente de acá arriba de las ciudades de allá abajo. Ese reacomodo de ritmos y fantasmas tenía los rasgos, la primera noche, de un cabaret lleno de gente bailando.

Las primeras imágenes tijuanenses son de encuentros y reencuentros afortunados. En el cabaret me topo con Yax, con Aurelio y con David, además de un nutrido grupo que con los días se volverá entrañable. No lo son aún y estoy cansado. Mucho. Pero es 16 de septiembre por la madrugada y hay un travesti personificando a Ana Gabriel, así que la cosa va de carnavalización.

Ese estado de excepción no durará mucho. Mediante el delirio nos independizamos de la moralidad y de la lógica de corrección en términos políticos, pero hasta Breton entendía que no se puede transigir siempre frente a la posibilidad de los hermosos sacrilegios: la labor de la obscenidad es precisamente sustentar la estabilidad del sistema. La metáfora de la válvula de escape aplicada a Tijuana, de más está decirlo, le es insuficiente. No es así de simple: Tijuana no es el lugar de lo prohibido donde la gente va a hacer cosas que no se atreve en otro lado. Pero su velocidad particular es tan extraña que me desfaso más y más, lo que aunado a la sensación de que no debería estar aquí, de lo inesperado y dudoso de la invitación para hacer este viaje, hacen, por así decirlo, que mi conciencia camine como una tenue sombra de mi cuerpo casi maquinal. No quiero bailar pero no hay donde sentarse. Veo siempre a las multitudes como un accidente, un flujo; una multitud así de autoconsciente en su ser-multitud me abruma, aquí, en el DF y probablemente también en China. Me quedo dormido a ratos, moviéndome torpemente sobre la pista, mientras la cerveza gana temperatura en la mano y escucho cada vez con mayor dificultad la poca plática que los demás le hacen a un yo tan aburrido como el mío.

Por la mañana, un pequeño estante de libros en el hostal. Encuentro The best american essays 1995, seleccionados por Jamaica Kincaid, que llevaré conmigo al DF. Dedico la mañana a leer "The necessity of poetry" de Charles Simic y a observar la frontera desde el quinto (¿sexto?) piso. Escribo "la tierra es del mismo color a ambos lados", como si se pudiera decir algo en dudosísima clave poética frente al hecho mismo del muro, de su presencia indudable. Pero no hablo desde mí entonces; no veo desde yo en esa ventana. No es yo quien escucha el puro abrir y cerrar de puertas, el hormiguero de gente que ha venido al encuentro (decir "de escritores" es exageración en algunos casos) despertando pasado el medio día y las voces apagadas colgando zumbidos de las paredes como colmenas. No sé quién es el yo que habla. Entra H.H. Me habla sobre una novelita de Jamaica Kincaid, llamada Autobiografía de mi madre. La buscaré semanas después sin éxito, pero en su lugar, Rojo me pasará un texto interesante de la universidad de Harvard donde Kincaid expone cierta radicalidad en la lectura de la lírica hip-hopera. Pero entonces estoy en el cuarto, desvelado, crudo y con muchas presentaciones y lecturas qué hacer. No me han traído por pura amabilidad, así que hay que levantarse y entrar al trajín del hostal. Me da pena hablar. Conozco a pocos.

Escribo:
Es como si hubiera olvidado todo lo que se supone que sé; como si tuviera otra vez 15 años y estuviera por afrontar otra vez la destrucción de algo como una base cuyo resultado fui en un momento yo mismo.

Y después de la primera lectura pública:

...Mavi me dijo que esperaba que leyera algo como lo del espacio escultórico. No tengo idea de qué hago aquí. Estoy en un estado de subjetividad primitiva que no motivaré con ninguna sustancia. Oportunidad privilegiada para asistir a la eclosión del yo.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Muerte sin fin de José Gorostiza (Lectura)

El mejor homenaje que puede hacérsele a un poeta, se sabe, es leerlo. El pretexto para esta lectura es el aniversario 109 del nacimiento de José Gorostiza, pero es eso: pretexto, lo que antecede al texto solamente, lo que da ocasión para celebrar un gran poema, claro, leyéndolo.