, Ser es elección. Hamlet supo el tamaño de la elección sintiendo sobre su mano el peso del cráneo enmohecido de Yorick. Ser es plantarse en el barro del cementerio y sonreírle a la muerte.
, Ser inaugura un mundo --cancela todos los otros. Así hasta la náusea.
, ¿Qué porción de lo elegido actualizamos tras la elección? ¿A qué parte de esa decisión --siempre razonada, siempre negligente-- accedemos y qué porción permanece prohibida y como indiferente al hecho --irreversible, por demás-- de que se le ha elegido?
, La forma --habrá otras-- más sencilla en que puede observarse el devenir de esta elección es el acto de escritura.
, Escribir es elegir sin tregua, a cada momento, la posibilidad de ser. Ser desde dónde escribo lo que creo ser; el ser escrito que me elije para serlo, pero desfasado.
, Ser es desde dónde.
, En esa elección fatal y gozosa me elijo y me pierdo, me invento y me destruyo, pero no me salvo nunca.
, ¿Qué se elige, pues, cuando se escribe? ¿Qué se crea y qué se destruye? Lleno de mí, sitiado en mi epidermis..., ha dicho Gorostiza desde dónde.
, La porción del dios inasible, por ejemplo, se conjetura con respecto a la piel de quién, etc.
, Un ser ausente es el que está en posibilidad de decir yo. Yo siempre es quién. Si yo dice yo, miente.
, Todo ser que dice yo dice tú desde las sombras. Desde desde dónde.
, Yo es una sombra que, inaugurada, se repliega sobre sí misma. Un yo es un fue con prisa.
, Decir yo es elegir una desaparición.
, El yo es la mentira que nos contamos.
, Algunos oponemos resistencia a creerla. Yo la llama escritura; yo no sé quién la llama, pero a veces miro el fuego.
, Yo no anda por nuestros sueños, nuestros sueños son yo. Quién los observa soñarse.
, La mentira del yo, la traición del yo, la traducción del yo, la maravillosa ficción del yo permite que quién, generalmente en ese orden.
, Yo imagina disolverse; yo presagia a quién en los espejos; quién lo llama; yo conoce su nombre verdadero; quién cuenta la muerte de yo.
lunes, 30 de agosto de 2010
domingo, 22 de agosto de 2010
Stone - Charles Simic
Go inside a stone
That would be my way.
Let somebody else become a dove
Or gnash with a tiger's tooth.
I am happy to be a stone.
From the outside the stone is a riddle:
No one knows how to answer it.
Yet within, it must be cool and quiet
Even though a cow steps on it full weight,
Even though a child throws it in a river;
The stone sinks, slow, unperturbed
To the river bottom
Where the fishes come to knock on it
And listen.
I have seen sparks fly out
When two stones are rubbed,
So perhaps it is not dark inside after all;
Perhaps there is a moon shining
From somewhere, as though behind a hill—
Just enough light to make out
The strange writings, the star-charts
On the inner walls.
--
Piedra
Entrar en una piedra,
eso es lo que yo haría.
Que alguien más se vuelva paloma
o haga rechinar dientes de tigre.
Yo soy feliz de ser una piedra.
Vista desde fuera, una piedra es un acertijo:
nadie sabe cómo resolverla.
Pero dentro, debe estar fresca y tranquila,
aunque una vaca la oprima con todo su peso,
aunque un niño la tire al río;
la piedra se hunde, lenta, imperturbable
hasta el lecho
donde van los peces a tocarla
y escuchan.
He visto chispas salir volando
cuando se frotan dos piedras,
así que tal vez no esté oscuro ahí dentro, después de todo;
tal vez una luna brille
desde alguna parte, como detrás de una colina—
justo suficiente luz para reconocer
la extraña escritura, los arcanos
de las paredes interiores.
(versión de JR)
(versión de JR)
jueves, 19 de agosto de 2010
De por qué no soy un "devorador" de libros ni de tweets
La imagen del bibliófago histérico, egoísta, anal, compulsivo, siempre me ha parecido una suerte de exageración o hipérbole para una forma de relacionarse con la literatura que por alguna razón genera culpa y cierto orgullo de la culpa. Este texto será un comentario de este largo y sinuoso enunciado.
El primer día de Facultad y como todo lector que se precie, visité la biblioteca antes que el departamento de admisión, por ejemplo. El asombro por los volúmenes facsimilares de los Cahiers de Valéry no ha disminuido, a dos años de la primera impresión. Irremediable, he comprendido que no los leeré nunca por completo, que a lo más podré pasar algunas horas divagando en sus matrices y fórmulas, en sus retazos de texto y caligrafía caprichosa (¿qué caligrafía verdadera no lo es?) sin devorar el sentido completo, es decir, sin comprender el hecho de que un hombre se levante con el alba, durante 50 años a poner en claro lo que ocurre en su inteligencia --eso, antes de ponerse a escribir, ya con el sol arriba. La primera escritura es exigencia; la segunda, disciplina.
La Biblioteca Central produce un asombro similar: estantes y más estantes, pisos y pisos de "material" clasificado, organizado, puesto al alcance de la mano. ¿Pero cuándo fatigar, no ya digamos el conjunto, sino una muestra representativa, algo importante y definitivo, nuestros propios clásicos? En un ensayo que se me escapa, incluido en el volumen La poesía en la práctica, Gabriel Zaid ha determinado con sencillos cálculos la imposibilidad de leer, ya no digamos todos los libros del mundo, sino una arbitraria porción suficiente; los "clásicos", cuya misma clasificación e inclusión recuerda los meandros de animales que son del emperador, etc., reducidos a un canon más o menos conservador por ese juego formal de las categorías, caras a Borges como a Foucault, por contagio, tomarían demasiados años en estricto tiempo de lectura, lo que nos impediría, por ejemplo, leer autores noveles, artículos, revistas, novelas policíacas y todo lo que no sea, rigurosamente GRAN arte, etc. Sabemos hallar en la enorme biblioteca nuestro Shakespeare, nuestro Montaigne, pero nada nos dispone para el pequeño libro de entrevistas que nos revelará a Genet en su infantil complejidad, por ejemplo, o para una curiosidad que exige exploración y deriva, como la traducción de Beckett al náhuatl. El libro es "material" hasta que se lee. Entonces, "devorar libros", sí. ¿Pero cuáles? ¿Cuándo?
Leer implica una considerable inversión de tiempo. Considerable vista al sesgo, es decir, suponiendo que se tienen mejores cosas que hacer que leer, una visión económica del tiempo. Bien: necesitamos tiempo para hacernos de dinero, para cultivar algunas relaciones personales nutritivas, para beber con amigos, tiempo para planear qué leer. Leer ocurre en el tiempo y en la memoria. ¿Qué quedará de todo lo leído? ¿Qué recordaremos, cuándo y para qué?
Esa visión económica del tiempo se traslada al ámbito de la lectura sobrevalorando la extensión sobre la profundidad: el bibliófago conocerá de oídas a los autores que dice haber leído, porque su lectura, para utilizar otra metáfora borgeana, será como la puesta en claro del mapa sin, ay, haber recorrido nunca el territorio.
En cierto artículo aparecido recientemente en The Guardian el autor se pregunta si los modos actuales de lectura en línea no nos predisponen negativamente para afrontar la lectura "tradicional" con mayor pereza. Haga cada quien la exégesis de su propio hábito de lectura. En mi caso, Twitter ha sido un ejercicio de lectura primariamente, y después de escritura, que me ha permitido acercarme a prácticas verbales propias del formato mismo. 140 caracteres, lo sé, son suficientes para contener la mayoría de las frases lapidarias y hermosas, categorizadas así groseramente como aforismos, de Paul Valéry; suficientes para jugar al poema en serie, donde cada tweet deberá funcionar autónomamente; suficientes para compartir canciones, videos, enlaces a lecturas, en un intertexto diseñado exclusivamente según las afinidades del lector con aquellos que decide, siempre por razones oscuras, seguir. La novedad, además, de este modo de lectura colinda con lo que más arriba dijimos sobre la lectura, que esta ocurriría en el tiempo y en la memoria: el instante es el tiempo del tweet, la pertinencia, la relación con otros usuarios/lectores/escritores, su relación con el ahora. Recuerdo mi asco cuando @Frank_lozanodr me platicó, cervezas de por medio, que el "archivo Twitter", aquello que todos escribimos, fue comprado recientemente por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica. La monstruosa Babel (y de nuevo recordamos el cuento del gran ciego, con sus interminables estantes de información infatigable que lo contienen todo, así ordenado pero inaccesible por la disponibilidad misma del tiempo de una vida humana) se nos revela como el gran servidor que contiene todas nuestras palabras, de las cuales es propietario legal un grupo de gente que no podrá reconstruir nunca lo que ocurre en un TimeLine, en cualquiera. No soy ingenuo: sé que sus motivos obedecen a lógicas siempre paranoicas de control de la información, la tecnocracia de la que la realidad no hace sino darnos evidencias y de la que ya Lyotard nos había advertido hace tanto. Lo que no puede comprarse, sin embargo, es esa misma relación que he caracterizado así someramente: los juegos de palabras, los replies sin arroba (entiendan los que saben entender), el hervidero de testimonios después de un temblor o durante un juego de futbol, los poemas comunales, repito, esa relación intertextual es lo que no puede comprarse ni almacenarse porque tiene que ver con un factor experiencial del texto, no con un factor de memoria entendida como acumulación. En la memoria como tal puede o no haber experiencia; pero la lectura es solamente experiencia.
El tweet no está hecho para durar sino para entregar su golpe de asombro y luego desaparecer. Clientes de Twitter como @Favstar permiten la duración y seguimiento de ciertos tweets aprobados por otros usuarios a través del "fav", el acuse de recibo de la lectura en Twitter, así como un argumento silencioso que en su discreción ironiza, secunda y revela afinidad y simpatía. Los libros, en cambio, se nos ha dicho, están hechos para durar; acaso no el objeto libro de la galaxia Gutenmberg, pero sí la relación entre un libro y una cultura. No tenemos ni que agotar lo que todos saben del impacto de libros como el Corán, Ilíada, la Toráh, Don Quijote de la Mancha o los Evangelios cristianos sobre las culturas que los produjeron y recibieron. Harold Bloom ha ido tan lejos como afirmar que los personajes de Shakespeare han moldeado la manera en que la personalidad de los occidentales se estructura en la modernidad. Estos libros han conformado idioma y cultura allí donde han sido leídos y comentados. Entre la literatura hecha para el instante (negar la cualidad literaria del tweet es el matrimonio de la necedad con la ignorancia) y la literatura que ha sobrevivido la dudosa apuesta de los siglos está el lector, ente absoluto que mediante su participación en la lectura hace pervivir u olvidar, por acuerdo o malevolencia, lo que sobrevive y lo que no. Estamos viendo en ese lector tiránico y omnipotente el conjunto de lectores que han sido y serán, por supuesto; pero lo que no puede escapársenos es que ese acto de lectura es también un acto de elección.
El lector elige que leer. El lector especializado, académico o de medios editoriales debe leer como parte de su trabajo, es cierto. Pero la lectura como mecanismo de placer y aprendizaje, la lectura individual, silenciosa o en grupo, la escucha que se presta en la recitación o la literatura oral (que mi generación redescubre con asombro creciente) es sin duda un acto de elección: apertura a verse relacionado con algo que aún no se conoce. Aunque se conozca la trama de Anthony and Cleopatra nada nos prepara para ver morir al general romano bajo los ojos de la que tanto amó; de igual modo, existen críticos literarios o comentadores tan eficientes que su propia lectura de un libro dado es un pretexto para aportar una visión literaria sobre cualquier otra cosa más interesante que el propio libro.
No soy un devorador de libros porque aprendí que leer un libro al día no me haría mejor lector. En cambio vuelvo siempre a mis clásicos, que definidos someramente, serían aquellos que llevamos siempre con nosotros de manera implícita en el modo mismo en que funciona nuestra imaginación. Elijo por ejemplo pasarme todo un día comparando distintas ediciones de un mismo soneto de Shakespeare que leer un libro que lo comente, traduzca o explique. Elijo a veces mi ignorancia como condición de posibilidad de un asombro más mío. Elijo seguir a 98 cuentas (escritores) de Twitter que seguir a 400 que me sería imposible leer con rigor, es decir, con respeto. Devorar libros o tweets es leer deprisa, es poner en riesgo la comprensión y, aún más grave, el disfrute; no cometeré la ingenuidad de proponer una lectura como "saboreo", contrastado así frente a la "devoración", pero sí una lectura con el mayor cuidado que uno sea capaz. Mis elecciones están, por supuesto, condicionadas por mi capacidad de lectura y por la profundidad que puedo darle a esta: de nada sirve "devorar" un libro de sonetos en una tarde, desde mi perspectiva, sin analizar el asombro que producen las palabras particulares de cada uno, como de nada sirve seguir una cantidad ingente de escritores de Twitter si uno sabe que, pese a desearlo, como en esa gran biblioteca del Paraíso, será incapaz de leerlos más que de pasada, sin respeto. Mal.
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Javier Raya
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miércoles, 11 de agosto de 2010
Cicatriz, 2
Entereza de la herida:
no ser ni piel, ni piel besada,
ejercer un dolor insobornable.
*
Conoce las líneas de tu mano.
Conoce los muertos de tu casa.
Conoce los mapas de tu carne.
*
La cicatriz es eco
de la voz de una navaja
que pasó, como la tormenta.
*
El beso para siempre sellado
e imposible de una boca,
en el dolor, recién inaugurada.
*
Las manos de la cicatriz se hunden
en el fondo de la piel, como en el fondo
de la tierra las manos de las montañas.
no ser ni piel, ni piel besada,
ejercer un dolor insobornable.
*
Conoce las líneas de tu mano.
Conoce los muertos de tu casa.
Conoce los mapas de tu carne.
*
La cicatriz es eco
de la voz de una navaja
que pasó, como la tormenta.
*
El beso para siempre sellado
e imposible de una boca,
en el dolor, recién inaugurada.
*
Las manos de la cicatriz se hunden
en el fondo de la piel, como en el fondo
de la tierra las manos de las montañas.
domingo, 8 de agosto de 2010
Cicatriz
Un tigre no tiene piel.
La piel de un tigre es una herida que no cesa.
Una herida puede estar hecha de tigre, en cambio.
*
Piel en todo caso es lo que sobra, lo devorable,
la pista de aterrizaje para los buitres
que reclamarán para sí nuestras vísceras.
*
¿Dónde empieza y dónde acaba
el tejido intersticial
de la herida del universo?
*
Ser cuerpo, ser olfato, ser
infinitamente cuerpo
hasta sellarnos de muerte.
*
Cicatriz como reposo, como vendaje
de piel que se abraza sobre otra
piel herida. Cumplido beso.
*
Ninguna herida es superficial:
las heridas tienen genealogías, raíces,
madres y padres. Origen.
*
Soy un animal acotado
por mis cicatrices, como un mar
demarcado por sus mapas.
*
Generosidad de la cicatriz:
el silencio de su boca de polvo
cantando sobre la herida.
La piel de un tigre es una herida que no cesa.
Una herida puede estar hecha de tigre, en cambio.
*
Piel en todo caso es lo que sobra, lo devorable,
la pista de aterrizaje para los buitres
que reclamarán para sí nuestras vísceras.
*
¿Dónde empieza y dónde acaba
el tejido intersticial
de la herida del universo?
*
Ser cuerpo, ser olfato, ser
infinitamente cuerpo
hasta sellarnos de muerte.
*
Cicatriz como reposo, como vendaje
de piel que se abraza sobre otra
piel herida. Cumplido beso.
*
Ninguna herida es superficial:
las heridas tienen genealogías, raíces,
madres y padres. Origen.
*
Soy un animal acotado
por mis cicatrices, como un mar
demarcado por sus mapas.
*
Generosidad de la cicatriz:
el silencio de su boca de polvo
cantando sobre la herida.
jueves, 5 de agosto de 2010
Iggy Pop y Debbie Harry- Toronto, 1977
a Guillermo Navarrete
La adolescencia debería verse así
y durar para siempre.
La adolescencia debería ser una lengua
naciendo (flor) del fondo
de una rubia sin exigencia de beso;
la lengua besada por los ojos de Iggy
azorado por el súbito color del deseo.
Foto: Bob Gruen.
lunes, 26 de julio de 2010
Leer "Paradiso" de José Lezama Lima
Leer una novela como Paradiso es, como con las buenas novelas, descubrir -acaso inventar- un modo inédito de leer. Las grandes obras exigen grandes modos de ser leídas, porque detrás de las aparentes dificultades que ofrece un texto late la reticencia de lo nuevo, de lo que nos es poco familiar y por eso mismo tanto más perturbador y peligroso.
Paradiso es la saga familiar de Lezama (esa obsesión por construir metafóricamente el sentido de lo genealógico que impregna la narrativa latinoamericana del siglo pasado --exigencia, además, de su madre misma, consignada en unos versos donde la escritura de la saga se patentiza y toma el grado de ordenanza, de deber moral), pero su gran logro no estriba en la historia misma -notable, por lo demás- sino en el modo en que esa historia se produce en el lector. Una manera de comprender ese lugar donde efectivamente el libro entrega sus efectos podría rastrearse haciendo notar la función del ritmo en la lectura misma.
Una prosa narrativa "tradicional" se sostiene en la posibilidad del lector para restituir el significado parcial anclado en la sintaxis y el continuum narrativo; lo que es decir que uno como lector puede "leerla" en el sentido de un mensaje que el texto mismo guarda en sí, en latencia. Con Paradiso ocurre que los fragmentos, pongamos por caso una descripción, la de las cepas asirias de limones o la del texturizado propio de la miel de palma, aportan su sentido sí a través del significado de las frases, pero también en relación con el ritmo inmanente de la secuencia narrativa (que es como yo llegué a perderme en mis primeras lecturas de este libro). Para decirlo así: Paradiso es una novela enorme construida desde la filigrana de poemas-frase, poemas-descripción, poemas-interpelación al lector: poema+recurso narrativo.
Estos poemas funcionarían en sí mismos como unidades casi autónomas. Este margen del casi es lo dependiente de cada fragmento con respecto a la narrativa global que se desarrolla. El lector, pues, no "lee" el sentido del mensaje, sino que "descifra" una pista de sentido al poner en relación el fragmento con el contexto.
Es una narración basada en imágenes. Si el lector pierde de vista la relación entre la imagen y el contexto que la explicita, la lectura se disuelve y la obra toma esa espesura de dificultad que suele adjudicarse no sólo a Lezama, sino a Elizondo o a Joyce mismo. Un libro es difícil en la medida de la patentización de nuestra incapacidad para acceder a su mensaje; pero el mismo bardo de la calle Trocadero nos ponía en guarda: sólo lo difícil es estimulante.
Este modo de escritura implica un reto a la atención; o aún más: exige un absoluto estado de atención del lector. No se puede hablar de leer a Lezama en una sala de espera como no se puede escuchar una misa de Bach, el Stabat Mater, por caso, mientras se charla con los amigos. Esa experiencia es posible por supuesto, pero algo se pierde definitivamente: estas obras exigen su propio espacio; si el lector transige a la exigencia de la obra, este espacio autónomo donde el significado deviene posibilidad accesible, se crea, de modo casi mágico, en el interior de ese receptor, nosotros, dando pleno sentido a esa palabra: receptor, continente paradojal que recibe la posibilidad del sentido de la obra a través de la disposición para provocarla. Leer, en este sentido, sería dejar que la obra ocurriera en nosotros.
Por la imagen: http://hoteljuntoalavia.blogspot.com/2008/12/la-materia-artizada-i.html
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Javier Raya
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domingo, 4 de julio de 2010
El yo por tú mismo
Fabricar un yo para sí mismo como un arma de autodestrucción masiva.
*
Yo, espejo incendiado. El inquieto reflejo de lo destruido.
*
"γνωθι σεαυτόν", dices. ¿Pero quién lo dice a quién? ¿El yo, el otro, la sombra incendiada?
*
Desconócete a ti mismo, querido Sócrates.
*
Mi yo no es el tú que muestro a los otros.
*
Los otros ven el tú donde yo no está.
*
*
El yo, si existe efectivamente, es un eco de lo que ocurre en lo que no es yo.
*
Me hablo desde donde no estoy. Me escucho como traducción. Me invento hablando.
*
El yo es siempre idea del yo que fue. El ahora carece de yo, para ser ahora.
*
El yo de mí que me supones se perdió en el tú que el mí mismo asumió como piel.
*
Y agregamos: Geste, une autre.
*
No eres tú, es el gesto convenido.
*
Mi nombre es la sombra de un afuera que no conoceré nunca.
*
El yo se llama nadie.
*
Yo, espejo incendiado. El inquieto reflejo de lo destruido.
*
"γνωθι σεαυτόν", dices. ¿Pero quién lo dice a quién? ¿El yo, el otro, la sombra incendiada?
*
Desconócete a ti mismo, querido Sócrates.
*
Mi yo no es el tú que muestro a los otros.
*
Los otros ven el tú donde yo no está.
*
Je suis où je ne parle pas. Jacques Lacan.
*
El yo, si existe efectivamente, es un eco de lo que ocurre en lo que no es yo.
*
Me hablo desde donde no estoy. Me escucho como traducción. Me invento hablando.
*
El yo es siempre idea del yo que fue. El ahora carece de yo, para ser ahora.
*
El yo de mí que me supones se perdió en el tú que el mí mismo asumió como piel.
*
Je est une autre. Arthur Rimbaud*
Y agregamos: Geste, une autre.
*
No eres tú, es el gesto convenido.
*
Mi nombre es la sombra de un afuera que no conoceré nunca.
*
El yo se llama nadie.
martes, 29 de junio de 2010
Zadie Smith y la exigencia del fracaso
Comencé a leer a Zadie Smith una tarde, casi por error, cuando me topé con su novela Dientes blancos en un botadero de libros. Diez pesos es nada, y suelo comprar la mayoría de mis libros por ese precio, cuando los compro. Dejémoslo así. Smith además de una voz fresca en la narrativa (ese "justo medio" cuando una novela es inteligente, no ofrece concesiones ni facilidades, y con todo tiene el ritmo vertiginoso que fascina a nuestra impresionable madame Bovary interna) tiene cosas que vale la pena revisar al respecto de la escritura misma. La sugerencia del fracaso como condición está revisada también en una entrevista con George Steiner. La siguiente es una breve cita, casi al azar, de un ensayo más extenso de Zadie Smith, de gozosa y fecunda lectura, cuyo enlace está disponible al final.
El ensayo se llama Fracasar mejor.
Para los escritores, según lo veo yo, sólo hay un deber: el deber de expresar de modo exacto su modo de estar en el mundo. Pido perdón si esto suena genérico e impreciso. Escribir no es una ciencia y estoy hablando en los únicos términos que tengo para describir lo que intento una vez y otra (aunque falle en alcanzarlo) cuando me siento frente a la computadora.
Por la imagen.
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Javier Raya
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martes, 22 de junio de 2010
Caracol
Contenido actual de mi maleta:
Cartelera de la Cineteca Nacional de mayo de 2009; cuaderno profesional de 100 hojas, blanco; revista "Academus", de la UAQ; Las figuraciones del sentido, de José Pascual Buxó; La comunidad que viene, de Giorgio Agamben; Alquimia de Tendajón, de Charles Simic; fotocopias de La industria vence desdenes, de Mariana de Carvajal; folleto de la conferencia "Poesía y revolución: José Martí y Luis Carlos 'El Tuerto' López"; Tarot de Marsella; pluma Bic, negra; lentes Ray-Ban, modelo "Oval gold metal frame w' mirrored black diamond-hard scratch resistant bausch & lomb lenses -W0976"; armónica, Hohner; pacha de acero inoxidable, 5 oz., con 2 oz. de whisky Old McGregor; tarjeta de Diego Alayón, performer; pluma fuente Inoxcrom, acero inoxidable; audífonos, rojos (sólo el derecho es funcional); paquete de Tuk-stick, rosas; paquete de Delicados de 25, a la mitad; juego de llaves (12 piezas, 3 arillos, llavero de colibrí, traído de Xcaret por mis padres); tarjeta de débito, Bancomer; boleto de autobús MEX-QRO, junio 2008; tira de Atemperator, 600 mg, vacía; cortauñas-navaja con imagen de la virgen de Guadalupe; un boleto del metro de la Cd. de México; Perry-Ellis: 18, botella con atomizador de 15 ml. (vacía); frasco de Tamsulosina, 0.4 mg (vacío); lápiz de Batman (nuevo); lapicero Paper-Mate (verde); lapicero Zebra (imitación lápiz); Washed-Pencil HB; pluma conmemorativa 50 años Ritchie Bros. Auctioners; pluma fuente Iridium, oro (inservible, falta la tapa); tira de Atemperator, 600 mg., a medio uso; radiografías dentales; tarjeta de Angie Navarro; teléfono de Isela Fernández; llave para arcade Play-time; ficha de trabajo con sujeta-papeles negro; navaja Bucher; frasco de Tamsulosina, 0.4 mg, casi vacía; juego de llaves (7 piezas, 3 arillos, ficha de plástico como llavero); encendedor Zippo; desodorante en aerosol Brut, modelo "Classic"; encendedor Bic, ámbar; 45 pesos en monedas de distintas denominaciones.
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