Esos embarradores...
Tienes qué preparar tu muro,
ni siquiera terminó.
Está el silicón, we, y ya
no le puse cinta,
y lo que tapé de las boquillitas
o sea, ya cuando él
me reporta, ya tienes el tuyo,
¿no?
Me lo como ya,
ahí.
Esa no es tu chamba, la vamos
a pintar ahorita. Tú reportas,
¿sale? Este muro
lo pintamos primero,
el que le puso yeso,
¿qué tal dejaste el yeso?,
¿lo dejaste pulido?
Entonces,
prepara tantita parafina
donde está el cubo, me falta
hacer esa pinche partecita,
le voy a pegar
la tablarroca al dese,
checamos mañana, esos weyes
ni son
pintores:
son embarradores.
Lo puedes rolear tú, ¿no?
No.
Me refiero nomás
al amarillo,
azul.
Pero si tienes la luz prendida
no se ve. El azul
yo sé
que le falta:
quieren perfecto.
Se veía bien peinado
el amarillo, no mames,
quieres dejar todo perfecto,
wey. Yo ya quiero
acabar. Al chile,
al morro ya se le pagó:
si el morro no sabe pintar,
¿por qué
tengo
que
ver
yo
esos
detalles,
wey?
Pintar el amarillo.
Pintar el azul.
Pintar el negro.
¿Qué crees que soy,
un pinche supersaiyayín?
Quisiera contar con ustedes.
La brocha
la aventaron
así.
La dejaron
embarrada
por todo el muro.
Te va a descontar a ti.
Lo que hicieron
valió verga. Quieren
regalar
su pinche dinero.
¿Y quién tuvo la pinche
culpa,
wey?
Con ese pinche dinero
se hizo bien pinche
pendejo.
jueves, 28 de junio de 2012
Intervenciones del escucha, 2
Postulado por
Javier Raya
Etiquetas:
Intervenciones del escucha
,
poemas
miércoles, 27 de junio de 2012
Intervenciones del escucha, 1
No enciendas los colgantes, escúchame:
es la garra de la mano del puma,
la garra,
no, escúchame:
la garra de la mano del puma.
Acuérdate.
Hay que ir con el señor que arregla
los colgantes, tenía
tres tenía
dos garras
y el escudo.
Pero tú no usas las cosas
porque no usas las cosas,
¿vas a usar lo que te doy?
Todo está guardado, no usas
nada.
Bueno.
Bueno.
Ahí luego te compro otro.
Como el de Pepe, como el de
Bastian, ¿tú crees
que le haya pasado algo
en esos tres años?
¿Tú crees que se le haya
terminado la pila?
Supuestamente venían empacadas,
sí.
Ya cambiándolas. A ver
si bajas
el sábado.
¿Entonces no hiciste jabón...?
¿No dices que Aristóteles te hizo
tragar
mucho
jabón?
Podía haber una vagina.
Es lo que te digo,
podría haber tenido
una vagina,
¿no obraste
jabón?
¿Obraste bien?
¿Sangre?
¿No?
¿Cuándo nos vemos?
Sale pues.
¿Qué anotaciones hiciste?
Ni regalar nada
ni prestar nada
ni dejar nada.
Que la garra del puma
no enciende
y con ella puedes entrar
a navegar
a Internet.
Pero hay un manual,
hay un manual,
hay un manual,
¿por qué no lees el manual?
Ahora que vaya,
como te guste,
voy a ir el sábado,
el sábado leemos el manual
y ya lo ponemos
como te guste.
A tu gusto.
Y leemos el manual.
¿Y en la escuela cómo te fue?
¿Qué es lo que no te gusta?
¿Quién?
es la garra de la mano del puma,
la garra,
no, escúchame:
la garra de la mano del puma.
Acuérdate.
Hay que ir con el señor que arregla
los colgantes, tenía
tres tenía
dos garras
y el escudo.
Pero tú no usas las cosas
porque no usas las cosas,
¿vas a usar lo que te doy?
Todo está guardado, no usas
nada.
Bueno.
Bueno.
Ahí luego te compro otro.
Como el de Pepe, como el de
Bastian, ¿tú crees
que le haya pasado algo
en esos tres años?
¿Tú crees que se le haya
terminado la pila?
Supuestamente venían empacadas,
sí.
Ya cambiándolas. A ver
si bajas
el sábado.
¿Entonces no hiciste jabón...?
¿No dices que Aristóteles te hizo
tragar
mucho
jabón?
Podía haber una vagina.
Es lo que te digo,
podría haber tenido
una vagina,
¿no obraste
jabón?
¿Obraste bien?
¿Sangre?
¿No?
¿Cuándo nos vemos?
Sale pues.
¿Qué anotaciones hiciste?
Ni regalar nada
ni prestar nada
ni dejar nada.
Que la garra del puma
no enciende
y con ella puedes entrar
a navegar
a Internet.
Pero hay un manual,
hay un manual,
hay un manual,
¿por qué no lees el manual?
Ahora que vaya,
como te guste,
voy a ir el sábado,
el sábado leemos el manual
y ya lo ponemos
como te guste.
A tu gusto.
Y leemos el manual.
¿Y en la escuela cómo te fue?
¿Qué es lo que no te gusta?
¿Quién?
jueves, 14 de junio de 2012
Disentimientos de la nación (spoken remix)
Una lucha empieza así: disiento.
Disiento cuando dejo de creer en tu himno:
no, patria, no soy un soldado que en cada hijo te dio,
no soy un hijo de ningún concepto nacional
aunque retumben en sus centros la tierra, Masiosare,
porque no puedo estar a favor de tanto
bélico acento.
Cuando dices que los índices de pobreza
están bajando, mientras el señor de los mazapanes
a la vuelta de mi oficina
me grita “tengo hambre”, como si me culpara,
justamente, yo disiento.
Cuando la imagen del señor
de los mazapanes se me confunde
en la cabeza con la del señor
de los cielos, y me dices que vamos ganando
la guerra civil, la lucha contra el narco, yo disiento.
Cuando veo que es más fácil en este país
conseguir mota, perico, pastas, polvo, piedra
que una hoja rosa del IMSS,
que una ficha para la universidad,
yo disiento.
Yo disiento de tu versión de la salud
como enfermedad que se cura a balazos.
Yo disiento de tu versión de la educación
que deja a las mentes más brillantes
de mi generación
condenados a empleos de telemarketing
o viviendo con sus padres hasta los 30,
cogiendo sin hacer mucho ruido,
porque la gente se acostumbró a sentir
desde hace muchos años
que no debe hacer mucho ruido:
que es mejor pasar frente a los extraños
en las calles sin saludar, sin decir “buenos días”,
que es mejor no voltear a ver a nadie en la calle,
en el metro, en las carreteras,
que ser inmorales nos vuelve chingones,
que ignorarnos nos hace más fuertes,
que el miedo nos prepara mejor
para enfrentar una guerra social
que tú nos provocaste criminalizando
a los jóvenes, especialmente de noche,
cuando las señoras se cambian de banqueta
porque te ven con el pelo largo
y con tu morral de la UNAM.
El único lujo de los jóvenes ha sido la esperanza
e incluso la esperanza nos la venden a crédito y cara,
nos ven la cara como se la vieron a nuestros padres
y los dejaron embarrados en una clase media
más media y mediocre, como pollos hacinados
en sus jaulas mamando televisión
hasta ponerse gordos, hasta volverse zombis,
deseando una tele más grande,
una tele más grande
para ver unas mentiras más grandes
en alta definición, y un coche más grande
para no tener a dónde ir, porque las carreteras
son intransitables,
y un miedo más y más grande vendido y cobrado
en abonos chiquitos para pagar poquito
hasta que todos aprendieron que era más seguro
no hacer ruido,
quedarse calladitos sin correr,
sin gritar, sin empujar,
para sentir igual, para sentir en los huesos
el miedo sordo igual.
La política nos ha robado las palabras:
se ha metido al saco la palabra pueblo,
la palabra comunidad, la palabra
compromiso, la palabra solidaridad.
Política ya no es intercambiar opiniones
creadas, pensadas por uno mismo
porque ya no sabemos pensar
por nosotros mismos.
Sociedad ya no es hablar con el otro,
construir comunidad con el otro,
sino un programa estatal de mejoramiento
y planeación y planificación
para la organización comunitaria
de redes intergubernamentales
e interinstitucionales
para el saneamiento y la pudrición
de la conciencia.
Disiento, cuando me dices que los
70 mil muertos
y contando
son bajas colaterales.
Stalin pensaba como tú,
cuando les decía que
“la muerte de un hombre es una tragedia
y la de millones, estadística.”
Disiento cuando me dices que los muertos
caben en una cifra, en un coste,
en un gasto de producción de la paz,
que la paz sólo se produce
con el miedo de los niños
acodados y cantando debajo de las bancas
mientras las balas pasan rasando por las paredes
y se meten en el pizarrón.
Disiento cuando me dices que la violencia
es el precio de la paz.
Disiento cuando me dices
que la escalada de violencia
es en nombre de la felicidad.
Disiento cuando me haces caminar
con una navaja en la bolsa
por las calles oscuras
cuidando en el rabillo del ojo las sombras
de otros que tienen tanto miedo de mí
como yo de ellos.
Disiento cuando haces que una persona
tenga miedo de otra persona.
Disiento cuando dices que respetas
la diversidad de opiniones
y vamos cada vez más cerca del primer lugar
en periodistas asesinados por metro cuadrado.
Cuando llamas a los jóvenes “porros,
huevones, flojos, ignorantes”
porque salen a la calle
a tomar las calles
que siempre fueron suyas.
Disiento porque tu plan no es perfecto,
porque no contabas con nuestra astucia,
estimado presidente, estimado dirigente sindical,
estimado líder charro y petrolero,
estimado burócrata que ves el reloj del tedio.
Me quieres enseñar a sentir que todo está bien,
que todo va a estar bien porque tú lo dices.
Yo disiento.
Yo sé que todo va a estar bien
porque no estoy solo,
porque somos muchos,
los que vamos a hacer
que todo esté bien,
ve mandando hacer un disenso
de población con el Inegi,
les prestamos nuestras manos
para que nos cuenten, cada uno
uno y diferente, gente
no acarreada, no
abanderada, saliendo a la calle
por primera vez,
aprendiéndose las consignas
en tu contra,
disintiendo, como bien pueden,
con traje de oficinista, con los niños cargados,
con la bolsa del mandado,
sin miedo porque estamos entre gente
y yo ya no le tengo miedo a la gente,
y mucha gente ya no tiene miedo de la gente,
y ya no tenemos miedo de estar vivos
porque estar vivo en México
es un acto subversivo,
porque estar vivo en México
es una conspiración de la vida
una insurgencia de vida,
un disentimiento cuando digo que mi país
empieza aquí, en este metro cuadrado,
y tú eres mi país, y tú eres mi país, y tú eres mi país
y de este metro cuadrado me voy a hacer cargo yo,
y en este metro cuadrado no pasarás,
en este metro cuadrado soy un peligro para México,
para tu México de daños colaterales
que no se nos va a olvidar,
sobre este metro cuadrado de país yo disiento
y de tantos y tantos metros cuadrados de disentimiento
ya no nos vas a quitar.
sábado, 12 de mayo de 2012
Acto y síntoma
1.
Hace un rato escribí: “El único modo de usar las palabras responsablemente es no usándolas”, y pocos minutos después me vino una sordera total del oído izquierdo. No es la primera vez que me pasa. En el 2010 estaba terminando Ordalía y fui a casa de mis padres. Recuerdo perfectamente que estaba en un café escuchando la Novena con mis audífonos enormes; es una pieza de música que he internalizado mejor que muchos otros poemas: en mis sueños veo (la palabra es precisa: no escucho, veo) fragmentos de la Novena en forma de alegorías, de asociaciones, de golpes de asombro. Fue durante la flauta al inicio del cuarto movimiento: uno de los audífonos me traía la voz del tenor, pero la flauta en el otro audífono estaba opaca, empañada, mohína. Esa no era la flauta de la Novena, esa flauta alegre y dulce como un día donde los dioses no existieran. Temí estarme quedando sordo; estaba aquedándome, sin duda, volviendo quedo. Al igual que esta mañana, el oído se revirtió: comenzó a “escuchar hacia adentro” en lugar de recibir la voz de las cosas. La voz: esa cosa con alas que no existe.
2.
Nico me regaló un Android. Había funcionado perfectamente hasta hace unas semanas, cuando comenzó a aparecer un error en la pantalla cuando alguien trataba de llamarme. El mensaje decía que la aplicación phone.android había colapsado, mientras veía cómo vibraba o sonaba sin poder saber quién era, si se trataba de una cuestión de vida o muerte, si eran mis padres o mis amigos los que estaban en una situación desesperada, si eras tú, tú, llamando sólo para saludar. Luego me di cuenta de que la total disponibilidad en que nos ponen los smartphones (teléfono, mail, Twitter, Facebook, WhatsApp...) me había provocado esa neurosis de disponibilidad, de permanecer contactable a cualquier hora, en cualquier momento. Pero también entendí que se trataba de una trampa: el aparato es la posibilidad de estar disponible, solamente, y hace buen tiempo que yo no estoy disponible en realidad para otra cosa que no sea la escritura. ¿Por qué debemos permanecer disponibles? Entonces vibra, pero ya no lo escucho. He dejado de escuchar, a menos que quiera escuchar. Opongo un acto de sordera a la abrumadora cantidad de información que llega por todas partes; salud mental, hay que establecer un ritmo de disponibilidad, mediar la disponibilidad con aislamiento. Luego de mi teléfono, mi oído también dejó de funcionar.
3.
Cuando he trabajado desde mi casa en ocasiones pasaban días enteros sin hablar con otro ser humano. Todos los días estoy en contacto con los que quiero, pero por escrito. Cuando A. estaba, durante los primeros días me noté un dolor de garganta: no estoy acostumbrado a hablar tanto. Me gusta hablar, me gusta el tren de ritmo de la voz, las conversaciones en contrapunto, en armonía, en ritornello, en improvisación. Probablemente mi conversación más larga la haya tenido con D.G.I., a quien he visto una sola vez en la vida: 14 horas con amplios espectros de silencio mientras caminábamos por la ciudad.
En fin, que el dolor de garganta cuando hablo mucho (mucho ya es más de dos horas) se va tan rápido como llegó. Pero sé que eso es lo que sigue: el martes pasado me comí mis palabras en una lectura dentro del ciclo Encuentro de Poetas Universitarios (whatever that means), organizado por el Seminario de Literatura Mexicana en la UNAM. Supongo que habrá videos pronto, pero el caso es que durante ese acto cancelé mi voz de alguna forma, simbólicamente. Fue el fin del ciclo iniciado en 2009 con varios slams: la Bayoneta se escribió en gran parte dentro de la FFyL.
¿Y si me quedo sin habla un rato, pienso? ¿Y si asumo el síntoma histérico del oído y lo contagio concientemente a otros mecanismos de disponibilidad? ¿A la voz, al sexo, a la mirada? ¿Y si hago de mi cuerpo una política de la indisponibilidad, un ascetismo, una frugalidad de la disponibilidad? Solía decirse que el enfermo es el que está indispuesto. Yo no conozco mi enfermedad, pero estoy lleno de síntomas: mi escritura, mi neurosis, mi parcial y cíclica sordera, tú; síntomas, al final, de una enfermedad de la cuál uno no desea curarse nunca.
Hace un rato escribí: “El único modo de usar las palabras responsablemente es no usándolas”, y pocos minutos después me vino una sordera total del oído izquierdo. No es la primera vez que me pasa. En el 2010 estaba terminando Ordalía y fui a casa de mis padres. Recuerdo perfectamente que estaba en un café escuchando la Novena con mis audífonos enormes; es una pieza de música que he internalizado mejor que muchos otros poemas: en mis sueños veo (la palabra es precisa: no escucho, veo) fragmentos de la Novena en forma de alegorías, de asociaciones, de golpes de asombro. Fue durante la flauta al inicio del cuarto movimiento: uno de los audífonos me traía la voz del tenor, pero la flauta en el otro audífono estaba opaca, empañada, mohína. Esa no era la flauta de la Novena, esa flauta alegre y dulce como un día donde los dioses no existieran. Temí estarme quedando sordo; estaba aquedándome, sin duda, volviendo quedo. Al igual que esta mañana, el oído se revirtió: comenzó a “escuchar hacia adentro” en lugar de recibir la voz de las cosas. La voz: esa cosa con alas que no existe.
2.
Nico me regaló un Android. Había funcionado perfectamente hasta hace unas semanas, cuando comenzó a aparecer un error en la pantalla cuando alguien trataba de llamarme. El mensaje decía que la aplicación phone.android había colapsado, mientras veía cómo vibraba o sonaba sin poder saber quién era, si se trataba de una cuestión de vida o muerte, si eran mis padres o mis amigos los que estaban en una situación desesperada, si eras tú, tú, llamando sólo para saludar. Luego me di cuenta de que la total disponibilidad en que nos ponen los smartphones (teléfono, mail, Twitter, Facebook, WhatsApp...) me había provocado esa neurosis de disponibilidad, de permanecer contactable a cualquier hora, en cualquier momento. Pero también entendí que se trataba de una trampa: el aparato es la posibilidad de estar disponible, solamente, y hace buen tiempo que yo no estoy disponible en realidad para otra cosa que no sea la escritura. ¿Por qué debemos permanecer disponibles? Entonces vibra, pero ya no lo escucho. He dejado de escuchar, a menos que quiera escuchar. Opongo un acto de sordera a la abrumadora cantidad de información que llega por todas partes; salud mental, hay que establecer un ritmo de disponibilidad, mediar la disponibilidad con aislamiento. Luego de mi teléfono, mi oído también dejó de funcionar.
3.
Cuando he trabajado desde mi casa en ocasiones pasaban días enteros sin hablar con otro ser humano. Todos los días estoy en contacto con los que quiero, pero por escrito. Cuando A. estaba, durante los primeros días me noté un dolor de garganta: no estoy acostumbrado a hablar tanto. Me gusta hablar, me gusta el tren de ritmo de la voz, las conversaciones en contrapunto, en armonía, en ritornello, en improvisación. Probablemente mi conversación más larga la haya tenido con D.G.I., a quien he visto una sola vez en la vida: 14 horas con amplios espectros de silencio mientras caminábamos por la ciudad.
En fin, que el dolor de garganta cuando hablo mucho (mucho ya es más de dos horas) se va tan rápido como llegó. Pero sé que eso es lo que sigue: el martes pasado me comí mis palabras en una lectura dentro del ciclo Encuentro de Poetas Universitarios (whatever that means), organizado por el Seminario de Literatura Mexicana en la UNAM. Supongo que habrá videos pronto, pero el caso es que durante ese acto cancelé mi voz de alguna forma, simbólicamente. Fue el fin del ciclo iniciado en 2009 con varios slams: la Bayoneta se escribió en gran parte dentro de la FFyL.
¿Y si me quedo sin habla un rato, pienso? ¿Y si asumo el síntoma histérico del oído y lo contagio concientemente a otros mecanismos de disponibilidad? ¿A la voz, al sexo, a la mirada? ¿Y si hago de mi cuerpo una política de la indisponibilidad, un ascetismo, una frugalidad de la disponibilidad? Solía decirse que el enfermo es el que está indispuesto. Yo no conozco mi enfermedad, pero estoy lleno de síntomas: mi escritura, mi neurosis, mi parcial y cíclica sordera, tú; síntomas, al final, de una enfermedad de la cuál uno no desea curarse nunca.
Indiferencia
, Volví a leer y escribir teoría. Soy el animal indiferente con el que me identifico.
, Indiferencia: no la desobligación frente a lo público y privado, sino su indiferenciación; de algún modo, su identidad.
, La identidad es el régimen de diferenciación que construimos y nos apropiamos. La utopía de la identidad es ser indiferente.
, Ser indiferente es dejar que el juego de miradas, reflejos y espejismos que nos conforma se lleve a cabo, sin nosotros.
, Sería el equivalente a montar una obra de teatro y representarla a condición de que no hubiera un sólo espectador presente.
, Otra relación: la Casa Farnsworth de Mies van der Rohe: una casa de condición inhabitable según un régimen clásico de mirar.
, ¿Qué mirada se pone sobre lo propio? Una prestada, del otro, de la sociedad. La mirada propia debería empezar por la indiferencia.
, Sólo la radical diferencia frente a la identidad de lo propio, digo, podría permitirnos mirar lo propio como indiferente, como relevante o no por sí mismo. ¿Pero dónde queda todo ese espectro de la existencia que adquiere visibilidad únicamente por su relación con lo propio, es decir, con la narrativa del yo? ¿Es posible imaginar que puede renunciarse a ella? ¿Que es posible subvertirla? ¿Que podemos decidir nuestro grado de participación en la simulación que constituye el espacio de la vida social del hombre?
, ¿Que podemos ser radicalmente Nadie?
, Ante la imposibilidad de ser Nadie, ensayar la indiferencia como la he descrito en el espacio de lo que antes se conocía como "géneros literarios."
, Ensayar la radical indiferencia entre modelos de escritura.
, Hipótesis: en esa indiferencia radica la escritura posible como sujeto de sí misma.
, Esta hipótesis ya ha sido "comprobada", por así decirlo (vanguardias, conceptualismo, uncreative writing, etc.); pero asumir una "hipótesis" en escritura (no sé qué es y no me interesa más el ente "literatura") sería tanto como asumir un marco de trabajo científico. Un modo indiferente de asumir una hipótesis sería asumir lo comprobado como hipótesis, el resultado perpetuamente puesto de vuelta en el lugar anterior a su representación. El punto final es una ilusión.
,Este es el punto final.
, Indiferencia: no la desobligación frente a lo público y privado, sino su indiferenciación; de algún modo, su identidad.
, La identidad es el régimen de diferenciación que construimos y nos apropiamos. La utopía de la identidad es ser indiferente.
, Ser indiferente es dejar que el juego de miradas, reflejos y espejismos que nos conforma se lleve a cabo, sin nosotros.
, Sería el equivalente a montar una obra de teatro y representarla a condición de que no hubiera un sólo espectador presente.
, Otra relación: la Casa Farnsworth de Mies van der Rohe: una casa de condición inhabitable según un régimen clásico de mirar.
, ¿Qué mirada se pone sobre lo propio? Una prestada, del otro, de la sociedad. La mirada propia debería empezar por la indiferencia.
, Sólo la radical diferencia frente a la identidad de lo propio, digo, podría permitirnos mirar lo propio como indiferente, como relevante o no por sí mismo. ¿Pero dónde queda todo ese espectro de la existencia que adquiere visibilidad únicamente por su relación con lo propio, es decir, con la narrativa del yo? ¿Es posible imaginar que puede renunciarse a ella? ¿Que es posible subvertirla? ¿Que podemos decidir nuestro grado de participación en la simulación que constituye el espacio de la vida social del hombre?
, ¿Que podemos ser radicalmente Nadie?
, Ante la imposibilidad de ser Nadie, ensayar la indiferencia como la he descrito en el espacio de lo que antes se conocía como "géneros literarios."
, Ensayar la radical indiferencia entre modelos de escritura.
, Hipótesis: en esa indiferencia radica la escritura posible como sujeto de sí misma.
, Esta hipótesis ya ha sido "comprobada", por así decirlo (vanguardias, conceptualismo, uncreative writing, etc.); pero asumir una "hipótesis" en escritura (no sé qué es y no me interesa más el ente "literatura") sería tanto como asumir un marco de trabajo científico. Un modo indiferente de asumir una hipótesis sería asumir lo comprobado como hipótesis, el resultado perpetuamente puesto de vuelta en el lugar anterior a su representación. El punto final es una ilusión.
,Este es el punto final.
domingo, 6 de mayo de 2012
Desgaste
, Nací cansado. Gestarme, entrar en materia, literalmente, me dejó agotado. No me he repuesto ni creo reponerme. Soy la posibilidad desgastada, desgastándose, del ser. Soy, sobre todo, un tipo cansado con cierto talento para la semántica.
, Todo acto de escritura implica una realización con respecto a algo que rebasa el campo del texto mismo, es decir, que escribir es siempre hacer acto una parte de lo que no puede decirse: es desgastar la materia de lo indecible, sin agotarla. En este sentido formal, no existe, no puede existir, un acto exhaustivo de escritura, un acto realmente agotador, un vaciamiento completo: todo lo que hay es cansancio y parcialidad, acumulación de cansancios y acumulación de parcialidades.
, La noción de agotamiento sólo se entiende en términos de cantidad, es decir, de abstracción; en este caso, de una abstracción energética. Hay una potencia para hacer cosas; luego esa potencia es cíclica, cambiante, se llena y se agota. Pero no conozco el pleno de mi energía. Probablemente sólo soy un perezoso, sólo me gusta no hacer nada y leer. Me aterra pensar que le exijo a mi cuerpo más de lo que puede dar: que mi mente sabe que tengo demasiados pendientes que resolver, pero que mi cuerpo tenga otras prioridades; dormir, por ejemplo. Por otro lado, muchas tradiciones ascéticas han visto en el desgaste del cuerpo una via de exploración espiritual. Ampliaremos.
, Interpretar cansa. El sentido es dirección pero también el participio de una sensación. Lo sentido cansa. Interpretar, esto es, determinar la direccion de las percepciones sensoriales a través de la razón, cansa. Medra. Agota. Desgasta. Y además está el trabajo, los amigos, tú, por supuesto (que me agotas en ocasiones con tus berrinches) y en general el mundo. Por extraño que parezca, la rutina a veces me revitaliza: tuve un periodo feliz de varios meses en 2010 cuando hacía exactamente lo mismo todas las mañanas, empezando por el café, por alimentar a las gatas, por escribir mientras veía el amanecer. Pero desde entonces ningún día ha sido igual a otro, y en lugar de estar cansado de la monotonía estoy cansado de la inestabilidad. de las mudanzas, de la gente. Eso sí y aquí seré intransigente: hasta ahora no me he cansado de mí mismo. Aunque no suelo estar de acuerdo conmigo en todo, sé que siempre puedo hacerme plática o quedarme en silencio, como una palma abierta.
, Sueño: alguien que representó mucho tiempo un modelo escritural para mí se aparece en la forma de una enorme piedra. Está burdamente modelado como un samurai. Estamos en el centro de una arena y hay muchas miradas de viejos maestros alrededor. Debo enfrentarlo en un duelo de espadas. Tengo un sable chino (un arma con la que entrené pero que nunca dominé): ataco. Mis embates no medran al enemigo. Me agoto. Sólo cuando estoy verdaderamente cansado la piedra habla. Sólo en el agotamiento absoluto viene la revelación del sueño, su secreto.
, Ahora, por ejemplo, no quiero escribir. No quiero terminar esta entrada. Los ojos duelen: es sábado y media noche, pero llevo despierto desde las 9 am. Dormí generosamente después de una noche de fiesta: 7 horas. Por lo general duermo 5 o 6. "Por lo general" son varios meses, tampoco es para tanto. Pero para mantenerme económicamente produzco tanto texto todos los días que me queda muy poca energía para escribir, para lo que se dice escribir, así, en itálicas. Hoy vi dos documentales, asistí al seminario teórico de dos horas y media con mi queridx abuelx Javier Norambuena, edité para Mutante, hice un primer borrador para una colaboración en Barricada, te extrañé (a ti, sí, a ti) y toqué mi guitarra mucho rato. Y ahora, por ejemplo, no quiero escribir.
, En esta inscripción, a la vista, no hay nada. Lo que se ve es un saldo por venir.
, Todo acto de escritura implica una realización con respecto a algo que rebasa el campo del texto mismo, es decir, que escribir es siempre hacer acto una parte de lo que no puede decirse: es desgastar la materia de lo indecible, sin agotarla. En este sentido formal, no existe, no puede existir, un acto exhaustivo de escritura, un acto realmente agotador, un vaciamiento completo: todo lo que hay es cansancio y parcialidad, acumulación de cansancios y acumulación de parcialidades.
, La noción de agotamiento sólo se entiende en términos de cantidad, es decir, de abstracción; en este caso, de una abstracción energética. Hay una potencia para hacer cosas; luego esa potencia es cíclica, cambiante, se llena y se agota. Pero no conozco el pleno de mi energía. Probablemente sólo soy un perezoso, sólo me gusta no hacer nada y leer. Me aterra pensar que le exijo a mi cuerpo más de lo que puede dar: que mi mente sabe que tengo demasiados pendientes que resolver, pero que mi cuerpo tenga otras prioridades; dormir, por ejemplo. Por otro lado, muchas tradiciones ascéticas han visto en el desgaste del cuerpo una via de exploración espiritual. Ampliaremos.
, Interpretar cansa. El sentido es dirección pero también el participio de una sensación. Lo sentido cansa. Interpretar, esto es, determinar la direccion de las percepciones sensoriales a través de la razón, cansa. Medra. Agota. Desgasta. Y además está el trabajo, los amigos, tú, por supuesto (que me agotas en ocasiones con tus berrinches) y en general el mundo. Por extraño que parezca, la rutina a veces me revitaliza: tuve un periodo feliz de varios meses en 2010 cuando hacía exactamente lo mismo todas las mañanas, empezando por el café, por alimentar a las gatas, por escribir mientras veía el amanecer. Pero desde entonces ningún día ha sido igual a otro, y en lugar de estar cansado de la monotonía estoy cansado de la inestabilidad. de las mudanzas, de la gente. Eso sí y aquí seré intransigente: hasta ahora no me he cansado de mí mismo. Aunque no suelo estar de acuerdo conmigo en todo, sé que siempre puedo hacerme plática o quedarme en silencio, como una palma abierta.
, Sueño: alguien que representó mucho tiempo un modelo escritural para mí se aparece en la forma de una enorme piedra. Está burdamente modelado como un samurai. Estamos en el centro de una arena y hay muchas miradas de viejos maestros alrededor. Debo enfrentarlo en un duelo de espadas. Tengo un sable chino (un arma con la que entrené pero que nunca dominé): ataco. Mis embates no medran al enemigo. Me agoto. Sólo cuando estoy verdaderamente cansado la piedra habla. Sólo en el agotamiento absoluto viene la revelación del sueño, su secreto.
, Ahora, por ejemplo, no quiero escribir. No quiero terminar esta entrada. Los ojos duelen: es sábado y media noche, pero llevo despierto desde las 9 am. Dormí generosamente después de una noche de fiesta: 7 horas. Por lo general duermo 5 o 6. "Por lo general" son varios meses, tampoco es para tanto. Pero para mantenerme económicamente produzco tanto texto todos los días que me queda muy poca energía para escribir, para lo que se dice escribir, así, en itálicas. Hoy vi dos documentales, asistí al seminario teórico de dos horas y media con mi queridx abuelx Javier Norambuena, edité para Mutante, hice un primer borrador para una colaboración en Barricada, te extrañé (a ti, sí, a ti) y toqué mi guitarra mucho rato. Y ahora, por ejemplo, no quiero escribir.
, En esta inscripción, a la vista, no hay nada. Lo que se ve es un saldo por venir.
miércoles, 25 de abril de 2012
Opción múltiple
Antes era más feliz porque pensaba que había experiencias que se transformaban en poemas. Ahora estoy triste: no estoy seguro de que haya alguna experiencia que, a su modo, no lo sea.
☟
A los 16 años uno tiene claro lo que es un poema. Algunos iluminados como Rimbaud lo tienen claro mucho antes, a los 7. Pero el lugar donde ocurre un poema (es decir, donde se produce, donde se recibe, donde ese intercambio es posible, e incluso, en otra acepción, donde aparece --ocurre-- como aletheia, esa región salvaje del instinto) es una geografía cuyo mapa voy perdiendo.
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¿Será cierto lo que decía ese poeta viejo del que leí y odié cada poema, lo de que sólo se escriben poemas en la juventud? Si al menos la palabra "poema" conservara alguna cualidad descriptiva para referirse a una actividad específica de eso que los antiguos llamaban espíritu; si al menos no tuviera la impresión, tantas veces reforzada, de que la misma actividad del espíritu es ya, ella misma, poética.
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Habría que llegar al lugar donde se escribe como si se abordara una ocupación ocasional, una casualidad; como un ocio que nos otorgáramos incluso sin gusto, sin placer casi, en el borde mismo del aburrimiento y sin demasiada importancia; como si otras actividades pudieran esperarnos mientras escribimos, como si pudiéramos hacer cualquier otra cosa y eligiéramos escribir como una mera distracción, como si esperáramos que algo llegara a interrumpirnos para dejar de escribir; como si no escribir en serio fuese una opción disponible.
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Me gusta lo que pasa conmigo cuando escribo. Habría qué preguntarle a lo que escribo qué opina del accidente de haber sido escrito por mí. Adelanto una suposición: el resultado no será recíproco.
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Leo cosas de gente que me parecía detestable hace tiempo y veo con sorpresa que se han vuelto muy buenos, a mi parecer. Leo lo mío y me confronto como haría alguno más delicado con su buen amigo que dio una conferencia aburridísima: "muy interesante, luego lo platicamos."
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Me persuado de que todo tiempo en que no escribo es precisamente eso, un momento en que no escribo. Cuando escribo, por otro lado, no tengo una conciencia clara --ni siquiera una intuición-- de que el tiempo exista del todo.
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Regresar al lugar donde nos es familiar la idea de que la escritura en realidad no importa, de que escribir no es, nunca puede ser para tanto. Escribir porque es necesario. Apostar por la escritura una y otra vez. Escribir como apostar en una ruleta rusa con todas las recámaras del revólver ocupadas.
Que escribir sea un ver y un no ver: educación de la mirada.
domingo, 22 de abril de 2012
Volver al futuro: apuntes para una revolución anónima
[Esta "conferencia", por así llamarla, fue escrita para participar en un ciclo de poetas jóvenes, por así llamarlos, durante la Feria del Libro de Minería del 2010. Hoy cambiaría toda la introducción, algunos gestos ingenuos, algunas taras demasiado evidentes, algunos embaucos teóricos que, confío, el improbable lector sabrá identificar; suscribiría sin embargo, ahora como entonces, tal vez con la misma inocencia la misma posibilidad de la revolución anónima, esa "insurrección solitaria" de la poesía, que dijo Carlos Martínez Rivas, y que a pesar de los nombres y los colectivos sigue siendo un trabajo escrito, a mi parecer, desde el pronombre personal nadie.]
Si el pasado es todo aquello que se vive y olvida, y el presente un lugar inasible en vertiginosa sucesión de instantes, el futuro es el lugar y el momento de la oportunidad, de la posibilidad; un tiempo y un espacio por esencia inapresables, móvil como un horizonte que desaparece al buscarlo. La condición del futuro es permanecer como expectativa, como lugar de la necesidad siempre aplazada que por su carácter a la vez, inminente y evanescente, no termina de materializarse. El verdadero fantasma es el futuro, pues a él hemos confiado desde antaño literalmente la posibilidad del porvenir. El futuro es el lugar de la esperanza.
Sin embargo, hace unos años el futuro nos alcanzó de improviso. No teníamos coches voladores ni hacíamos viajes espaciales a la velocidad de la luz. Desafiando todo lo que creíamos saber sobre él y todo lo que como esperanza siempre latente proyectábamos en él, el futuro vino a sorprendernos como el desenlace perverso de la modernidad, un lugar sin intenciones, un lugar de relativización de la verdad, un lugar donde el tiempo mismo fue abolido. Para la literatura con la que nosotros, nacidos en las décadas 80 y 90, hemos crecido, esta relativización ha significado olvidar que uno aprende a conjugar los verbos en presente, pasado, futuro y sus variaciones. Para muchos de nosotros, la llegada del futuro implicó aprender a conjugar en un nuevo tiempo gramatical: el tiempo de lo instantáneo, el de la inmediatez sin origen, sin desarrollo, sin consecuencia.
Partiendo de que el tiempo en la llamada posmodernidad –sea lo que sea que eso signifique- ha sido abolido, la relación de la poesía con ese tiempo sin desarrollo, estático pero a la vez trepidante es conflictiva y a la vez extrañamente familiar. Como en la historia del arte en occidente (en el Renacimiento, en los Siglos de Oro, en las Vanguardias históricas), asistimos a una revalorización de los modelos formales de representación artística; sin embargo, me parece notar que en esta siempre reiniciada conversación con el arte del pasado subyace un matiz que puede tornarse perturbador o conciliador (he ahí la relativización de la verdad): el de la puesta en duda del arte mismo para ser garante de la representación afectiva y efectiva de la realidad.
La desconfianza de poetas, artistas plásticos e intelectuales en la delimitación de las disciplinas artísticas como formas expresas de ver el mundo, iniciada a mediados del siglo pasado, nos llega hoy como la ola de un lejano tsunami, con su aluvión de naufragios y desmembramientos. Chicas de preparatoria adoptan como segundos apellidos el del rockstar de moda y el del marqués de Sade; pensamos en Grecia y Roma con la inmediatez de las monografías de primaria y los documentales del Discovery Channel; se pone en duda la castidad de Jesucristo y la de los vicarios de su iglesia, con una siniestra sistematicidad. Y la intervención de nuestro momento histórico frente a esta Historia con mayúsculas no es redescubrir que todo eso ya estaba ahí, sino la conciencia simultánea y perversa de que todo ese pasado convive trabajosamente sin digerir con nuestro presente, pero además, de que el pasado, ése cuento, por verlo operando todos los días, ya nos lo contaron. Me parece que la fórmula profética de Octavio Paz, en nuestro momento histórico adquiere la plenitud de su vigor: Todos los siglos son este presente, y aún, todos los siglos están siendo este presente, incluso los siglos que aún no llegan, pero de los que pareciéramos, en nuestra orgullosa superioridad tecnocrática, tener ya alguna memoria.
Imposible hablar en nuestros días de nacionalismos. ¿El azar de una geografía nos determina como proyecto histórico y político a pesar de que trabajamos en compañías transnacionales, utilizando electrodomésticos japoneses, comprando piratería china, leyendo poetas sudamericanos, escuchando música en todos los idiomas del mundo, apesadumbrados moralmente desde niños por la inimaginable pobreza de África y testificando la pobreza inmediata y brutal de los indígenas que conversan entre sí por las calles de la ciudad, mientras pasamos, en idiomas de los que no tenemos noticia de su existencia? ¿El hecho fortuito a todas luces de haber nacido en este –así llamado- país, implica, para los nuevos poetas, seguir haciendo el mismo poema costumbrista que se viene escribiendo con cien manos distintas desde hace cien años, y permanecer ciegos y sordos a las influencias literarias que nos llegan de Sudamérica, Estados Unidos y Europa, tanto como de la poesía coreana y japonesa, en pos de la supervivencia de un constructo fantasmático y nostálgico que, por falta de otro nombre, llamamos México? No es por cierto nuestra intención, en el año del Bicentenario de las Revoluciones, levantarnos en armas –otra vez- o hacer un llamado público a la histeria colectiva –otra vez- para derrocar un gobierno con el que, como siempre, nos es difícil relacionarnos. Pero ciertos de que el arte en general y la poesía en particular no son actividades inocentes, es decir, ciertos de que un poema es un posicionamiento político frente a la realidad y que tiene la facultad de actuar en ella, la llamada Tercera Revolución Mexicana no ha necesitado manifiestos, ni marchas, ni programas: está actuando hoy, en esta sala, en las calles que nos rodean y en las ciudades de todo el país.
Es una revolución de la conciencia que no es menos subversiva por no salir echando balazos. Una revolución que consiste en asumir las condiciones de producción del arte sin cuestionamientos hueros a un Estado que no está en posibilidades de ser un verdadero proveedor cultural, un Estado que ante su urgente necesidad de reinventarse no puede sustentar ni dialogar con obras y movimientos artísticos críticos de su presente. Una revolución carroñera, que toma lo que tiene enfrente y lo asume y lo transforma: una calle, un espacio, un bar, una escuela, en ocasiones un centro cultural, con más frecuencia un jardín o un parque, y ese parque infinito (en ambos sentidos, lugar de esparcimiento y arsenal de municiones) del internet como plataforma ubicua y desinteresada.
Esa revolución que ha tomado pocas prensas pero muchas bandejas de entrada de correo electrónico. Esa revolución que sale poco en la sección de cultura de los periódicos pero es la realidad cotidiana en diferentes espacios públicos de esta ciudad, alimentada por la frenética actividad de artistas y una inusitada variedad de terroristas culturales. Una revolución sin líderes, sin enemigos claros, sin mártires y sin proclamas: una revolución de la actividad diaspórica. Una revolución sin héroes: una revolución anónima.
La poesía de la que queremos platicarles hoy se produce en un contexto como el que sumariamente he intentado exponerles. Hablar de impasses, de estancamientos, de reiteraciones en el contexto de la poesía mexicana más reciente, es hacer acuse de miopía y de una incapacidad soberana para leer el presente desde sus perspectivas más inmediatas. Haría falta discutir mucho más, por supuesto, pero me gustaría plantar aquí la semilla del árbol de la dinamita, la que tal vez vivamos para ver crecer como árbol de fuego: si hay Revolución, y si esa Revolución sirve para algo, ya empezó, está aquí, ustedes son directamente responsables de ella tanto como nosotros y los que ni la sospechan. Tal vez ustedes no lo entiendan, pero a sus hijos les encantará. Los verbos del futuro se conjugarán en yo, tú, él, ella, nosotros, ustedes y nadie.
Ciudad de México, febrero y 2010.
domingo, 8 de abril de 2012
Aquí enseñamos vida, señor - Rafeeh Ziadah
Hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión.
Hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión
que hicieron encajar
en la edición de sonido
y en un límite de palabras
ilustradas con suficientes estadísticas,
conteos, medidas, respuestas
para las que he tenido que aprender inglés
perfectamente,
y he debido estudiar mis resoluciones
de las Naciones Unidas--
y con todo, él me pregunta señorita Ziadah,
¿no cree que todo se arreglaría
si dejasen de enseñarles
a los niños
a odiar?
Pausa.
Busqué dentro de mí la fuerza
para ser paciente,
pero no tengo paciencia
a la mano
mientras siguen cayendo bombas
sobre Gazah.
Mi paciencia ha escapado.
Pausa.
Sonríe.
Aquí enseñamos vida, señor.
Rafeed, recuerda sonreír.
Pausa.
Aquí enseñamos vida, señor.
Nosotros, los palestinos, enseñamos vida,
a pesar de que han ocupado nuestros cielos.
Nosotros enseñamos vida
a pesar de que han venido a construir
sus asentamientos, y sus muros del Apartheid
sobre el último de nuestros cielos.
Aquí enseñamos vida, señor,
pero hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión
que tuvo que encajar
en la edición de sonido
y en el límite de palabras,
pero sólo danos una historia,
una historia humana, ya sabes,
esto no es política:
nosotros
sólo queremos
contarle a la gente
de tí y de los tuyos, así que
danos una historia humana,
no menciones esas palabras
APARTHEID y OCUPACIÓN,
esto no es política,
tienes que ayudarme, como periodista,
a ayudarte a contar tu historia
la cual
no es una historia política hoy
mi cuerpo
fue una masacre por televisión qué te parece
si nos cuentas la historia
de una mujer en Gazah
que necesita medicamentos
qué hay de ti
ya tienes suficientes
huesos rotos
para cubrir
el cadáver
de tu hijo,
ya puedes
entregarme tus muertos
y darme la lista
de sus nombres
en 1200 palabras o menos hoy
mi cuerpo
fue una masacre por televisión
que tuvo que encajar
en la edición de sonido
y en el límite de palabras,
y conmover
a los que ya no se conmueven
con la sangre de los terroristas.
Pero se sienten culpables.
Culpables por el asedio sobre Gazah.
Así que les di
las resoluciones de Naciones Unidas
y estadísticas
y condenamos
y nos lamentamos
y lo rechazamos
estos no son dos bandos iguales
ocupante y ocupado
y un centenar de muertos
dos centenares de muertos
un millar de muertos
y en medio de esos
crímenes de guerra y masacres
he construido palabras
y una sonrisa
no demasiado exótica
una sonrisa no terrorista
y conté
y volví a contar
un centenar de muertos
dos centenares de muertos
y un
millar
de muertos hay
alguien
ahí afuera habrá
alguien
que nos escuche
Desearía solamente poder llorar
sobre sus cuerpos,
desearía simplemente poder correr
hasta ellos, a cada campo
de refugiados,
y abrazar a cada niño,
taparles los oídos
para que no tengan que escuchar
el sonido de las bombas
por el resto de sus vidas
como yo.
Hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión
y déjenme decirles
que no hay nada que esas
resoluciones de Naciones Unidas
hayan podido hacer jamás
sobre esto.
Y no hay edición de sonido,
no importa qué tan buena sea
la edición de sonido,
no importa
qué tan bueno sea mi inglés
ninguna edición
ninguna edición
ninguna edición
ninguna edición
los traerá de vuelta
a la vida no hay edición
que pueda arreglar esto nosotros
aquí
enseñamos vida, señor,
nosotros los palestinos
nos levantamos cada mañana
para enseñarle al resto del mundo
la vida,
señor.
[Versión de J.R.]
mi cuerpo fue una masacre por televisión.
Hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión
que hicieron encajar
en la edición de sonido
y en un límite de palabras
ilustradas con suficientes estadísticas,
conteos, medidas, respuestas
para las que he tenido que aprender inglés
perfectamente,
y he debido estudiar mis resoluciones
de las Naciones Unidas--
y con todo, él me pregunta señorita Ziadah,
¿no cree que todo se arreglaría
si dejasen de enseñarles
a los niños
a odiar?
Pausa.
Busqué dentro de mí la fuerza
para ser paciente,
pero no tengo paciencia
a la mano
mientras siguen cayendo bombas
sobre Gazah.
Mi paciencia ha escapado.
Pausa.
Sonríe.
Aquí enseñamos vida, señor.
Rafeed, recuerda sonreír.
Pausa.
Aquí enseñamos vida, señor.
Nosotros, los palestinos, enseñamos vida,
a pesar de que han ocupado nuestros cielos.
Nosotros enseñamos vida
a pesar de que han venido a construir
sus asentamientos, y sus muros del Apartheid
sobre el último de nuestros cielos.
Aquí enseñamos vida, señor,
pero hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión
que tuvo que encajar
en la edición de sonido
y en el límite de palabras,
pero sólo danos una historia,
una historia humana, ya sabes,
esto no es política:
nosotros
sólo queremos
contarle a la gente
de tí y de los tuyos, así que
danos una historia humana,
no menciones esas palabras
APARTHEID y OCUPACIÓN,
esto no es política,
tienes que ayudarme, como periodista,
a ayudarte a contar tu historia
la cual
no es una historia política hoy
mi cuerpo
fue una masacre por televisión qué te parece
si nos cuentas la historia
de una mujer en Gazah
que necesita medicamentos
qué hay de ti
ya tienes suficientes
huesos rotos
para cubrir
el cadáver
de tu hijo,
ya puedes
entregarme tus muertos
y darme la lista
de sus nombres
en 1200 palabras o menos hoy
mi cuerpo
fue una masacre por televisión
que tuvo que encajar
en la edición de sonido
y en el límite de palabras,
y conmover
a los que ya no se conmueven
con la sangre de los terroristas.
Pero se sienten culpables.
Culpables por el asedio sobre Gazah.
Así que les di
las resoluciones de Naciones Unidas
y estadísticas
y condenamos
y nos lamentamos
y lo rechazamos
estos no son dos bandos iguales
ocupante y ocupado
y un centenar de muertos
dos centenares de muertos
un millar de muertos
y en medio de esos
crímenes de guerra y masacres
he construido palabras
y una sonrisa
no demasiado exótica
una sonrisa no terrorista
y conté
y volví a contar
un centenar de muertos
dos centenares de muertos
y un
millar
de muertos hay
alguien
ahí afuera habrá
alguien
que nos escuche
Desearía solamente poder llorar
sobre sus cuerpos,
desearía simplemente poder correr
hasta ellos, a cada campo
de refugiados,
y abrazar a cada niño,
taparles los oídos
para que no tengan que escuchar
el sonido de las bombas
por el resto de sus vidas
como yo.
Hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión
y déjenme decirles
que no hay nada que esas
resoluciones de Naciones Unidas
hayan podido hacer jamás
sobre esto.
Y no hay edición de sonido,
no importa qué tan buena sea
la edición de sonido,
no importa
qué tan bueno sea mi inglés
ninguna edición
ninguna edición
ninguna edición
ninguna edición
los traerá de vuelta
a la vida no hay edición
que pueda arreglar esto nosotros
aquí
enseñamos vida, señor,
nosotros los palestinos
nos levantamos cada mañana
para enseñarle al resto del mundo
la vida,
señor.
[Versión de J.R.]
domingo, 1 de abril de 2012
Aquí nos quedamos - Tawfiq Zayyad
En Lod, en Ramallah y en Galilea
nos quedamos
como un muro sobre tu pecho,
en tu garganta
como una astilla de vidrio,
espina de cacto,
y en tus ojos
una tormenta de arena.
Aquí nos quedamos:
un muro sobre tu pecho
a lavar platos en tus restaurantes,
a servir tragos en tus bares,
a barrer los pisos de tu cocina,
a sacar un bocado de comida para nuestros niños
de tus fauces azules.
Aquí vamos a quedarnos,
a cantar nuestras canciones,
a salir a las calles furiosas,
a llenar dignamente las cárceles.
En Lod, en Ramallah y en Galilea
nos quedamos,
a cuidar la sombra de la higuera
y los olivos,
a fermentar la rebelión en nuestros niños
como la levadura en el pan.
[Versión de J.R.]
nos quedamos
como un muro sobre tu pecho,
en tu garganta
como una astilla de vidrio,
espina de cacto,
y en tus ojos
una tormenta de arena.
Aquí nos quedamos:
un muro sobre tu pecho
a lavar platos en tus restaurantes,
a servir tragos en tus bares,
a barrer los pisos de tu cocina,
a sacar un bocado de comida para nuestros niños
de tus fauces azules.
Aquí vamos a quedarnos,
a cantar nuestras canciones,
a salir a las calles furiosas,
a llenar dignamente las cárceles.
En Lod, en Ramallah y en Galilea
nos quedamos,
a cuidar la sombra de la higuera
y los olivos,
a fermentar la rebelión en nuestros niños
como la levadura en el pan.
[Versión de J.R.]
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