lunes, 6 de mayo de 2013

"Me niego a dar explicaciones..."

"Mira, esto es demasiado cursi. Me niego a dar explicaciones de mis actos, me niego a tener esta discusión precisamente contigo, me niego a recordarte que la manera en que se expresa la gente tiene cierto atractivo para mí y es posible que en el cuaderno de notas me ocupe precisamente de eso. He imaginado una relación amorosa, cosa que hago una y otra vez, no como suele hacerlo la mayoría de los hombres, mientras se la jalan, sino porque es mi trabajo. "
Philip Roth
Deception, p. 163-4.

sábado, 4 de mayo de 2013

Número fijo

Echar a andar la mecánica del aire.
Estoy marcando del aire un número fijo.
Timbra. Agotar la esperanza. Desesperar.
Manténgase en la línea, Raya.
Chiste malo, señorita, estamos
procesando su solicitud el número
que usted marcó no existe o se encuentra
fuera del área de servicio, y mejor váyaselo
pensando bien, caballero, que nada bueno deja
quedarse en el umbral si no va arriesgarse
a ser el huésped entero ya no sea jodón,
me dice, que los rogones en todos lados
caen mal, pero señorita yo no hay pero
que valga, póngame con su gerente
con el supervisor con alguien con quien se pueda
hablar
y me contestas tú.

sábado, 27 de abril de 2013

Lectura y convalecencia

Mi cuarto --no importa en qué casa ni en qué momento-- siempre tiene un aire de convalecencia. Una atmósfera postoperatoria. Tal vez no podría ser de otra forma. Los médicos que vi de niño decían que iban a instalar una puerta giratoria para sus consultorios, pues tardaban más en diagnosticarme algo que en tenerme de vuelta. Con el tiempo aprendí que lo más conveniente era dejar de visitarlos --pues aunque el diagnóstico no sea equivalente a la cura, la enfermedad, al menos algunas, sólo existen en la medida en que se diagnostican, como un monstruo que sólo existiera a condición de que alguien reconozca su existencia.

Mi diagnóstico terminal es este: afán por las mudanzas. Una verdadera vocación por la portabilidad. No por el viaje necesariamente, no se me malentienda: he viajado poco y brevemente. Mis verdaderos desplazamientos tienen una órbita limitada a la rotación de mi silla y mi escritorio. Las mudanzas se van espaciando y llevo ya en esta postal del centro del DF casi un año. Me gusta la vista desde aquí. La renta es barata. Los vagabundos me cuentan sus cosas. Siempre hay algo abierto para comer, no importa la hora. Como en un hospital.

El recuerdo de la lectura para mí es indiscernible de la convalecencia. Recuerdo la sensación de leer El principito con fiebre, las gotas que resbalaban de la toalla que mi madre me ponía en la frente y cómo me empapaban las cejas, las volvían pesadas, me dificultaban leer. El juego de acuarelas y la enciclopedia de dinosaurios en la apendisectomía. Dante, Dumas, Nietszche y mi primera guitarra eléctrica después mi primera laparotomía. Pensándolo bien, estar en el hospital era como estar en Navidad: incluso la convalecencia de mi primera incursión quirúrgica, una amigdalectomía de rutina a los 3 años, tuvo como corolario la orden médica de comer toda la nieve de limón que quisiera. Y me encantaba la nieve de limón.

Hace muy poco entendí que me conceptualizo a mí mismo como artista marcial más que como escritor o cualquier otra cosa, antes que hombre, incluso. La sorpresa duró poco: en realidad siempre lo supe. Mi cuerpo aprendió a pensar en el movimiento, en la administración de la fuerza, en las posiciones, las figuras, los encadenamientos y velocidades, la mecánica del cuerpo en el karate, el aikido, el wu sú. Por eso mi cuerpo sufría en al menos dos niveles los periodos de convalecencia, fueran por heridas y sobre todo por cirugías, que eventualmente me impedirían seguir entrenando: por una parte, el dolor físico, del cuál podría dar cátedra; por otra, la nostalgia o el desperdicio o el desaprovechamiento de la energía que mi cuerpo se acostumbró a desarrollar. ¿Dónde volcar la minuciosa atención con la que mi cuerpo aprendía y superaba sus propios límites de fuerza y flexibilidad? 

Será por eso que las pequeñas pilas de libros me dan una sensación convaleciente, como si en cualquier momento fuera a entrar una enfermera a tomarme la temperatura y la presión, a preguntar cómo me siento, si he comido, el color de la mierda, si el médico ya ha pasado a verme hoy, a ventilar la herida, a cambiar la gasa, a echar yodo, a remover hilo o ajustar las grapas, a decirme que no puede administrarme más analgésicos pero que va a preguntar. Mesa de libros junto con té, agua, caldo de pollo y las gelatinas que odio en todas sus presentaciones.

Será por eso que viajo tan poco, y si viajo es para cosas que tienen que ver con libros, lecturas o similares: los convalecientes no pueden viajar por viajar. Se "trasladan", técnicamente. Pero el movimiento sienta bien para cerrar heridas, para que la circulación no se entorpezca. Por eso los paseos en torno al cuarto como si buscara una cosa perdida definitivamente, describiendo surcos similares a los de ese tigre de López Velarde, cuya cola al chocar contra los barrotes sangra de un sólo sitio. Es la máquina soltera revolviendo sobre sí misma el espacio sin lograr abolirlo, con los mismos metros cuadrados a cuestas dentro de los que viajará toda la vida, con un reloj hecho de cicatrices, con los coágulos de la memoria encima, a punto de sufrir un ataque de esperanza.

No hay tradición sin contradicción.

En este hueco va la esperanza.

martes, 23 de abril de 2013

Mínima teoría del disfraz



Los ninjas cinematográficos son muy diferentes a los ninjas de los que tenemos noticia histórica. Todo maestro del sigilo sabe que enfundarse en una pijama negra es por lo menos sospechoso; es como disfrazarse a priori de culpable, colocarse en una situación de suma vulnerabilidad si somos descubiertos. Los verdaderos ninjas no se disfrazan: son ninjas todo el tiempo. No se quitan el disfraz de ninja y dejan de ser ninjas, simplemente no pueden dejar de ser lo que son.


A diferencia de la gente, los ninjas no deben pretender ser ninjas. La gente adopta —o cree adoptar— una personalidad, un estilo, un yo, una personae, en fin, nombres intercambiables para decir: máscara. El ninja, naturalmente, se inscribe dentro de la gran tradición de magos y falsificadores, de mercaderes de apariencias —de artistas. En la historia de Japón, durante el periodo feudal, los ninjas no eran los acróbatas que vemos corriendo por las azoteas de los palacios en las películas de Hollywood, dejando a su paso un reguero de sangre como migajas de pan; en eso se parecen los ninjas a los fantasmas: sólo podemos creer que los hemos visto, pues su arte, más que el espanto o el combate, es la desaparición.

El trabajo y el arte del o la ninja (kunoichi, en ese caso) era estar sin ser notado, era estar sin estar. Los ninjas eran tan ninjas que uno no pensaría que el jardinero o la nodriza de los hijos del shogun era en realidad un asesino entrenado física y mentalmente para estar presente en la realidad desde varios planos diferentes al mismo tiempo. El jardinero es un jardinero, que puede abrirle la garganta al shogun enemigo en caso necesario con sus instrumentos de trabajo, así como la cocinera, en el momento apropiado, tenía al alcance todos los instrumentos necesarios para eliminar a cualquier testigo. Sí, soy el ser que puede realizar labores de inteligencia, sabotaje, contrainformación y asesinato —sí, también puedo mantener en orden los jardines y participar del hanami, observando cómo se abren los cerezos, además de reportar los movimientos de los convidados del shogun. Ser ninja, por tanto, es disfrazarse de lo que verdaderamente se es. Lo que quiero decir con esta introducción —además de que me gustan los ninjas— es: el ser, para ser, se disfraza de lo que es.


El disfraz

El disfraz no es un engaño propiamente. Para que una mentira sea tal primero debe ser comprobado que se trata de una mentira; debe existir una referencia en el orden de la verdad que desacredite la mentira. En la jerga judicial a esto se le llama evidencia, algo que es visible, que al mostrar demuestra y da certeza con respecto a algo; es decir, que aporta una referencia sobre la que no recae la menor sospecha.
Sin embargo, el disfraz se inserta justamente en la grieta mínima, en la asíntota si lo prefieren, entre la verdad y la mentira, porque moviliza ambas funciones a la vez. El disfraz es una referencia de la cual no cabe dudar: ese hombre no es el diablo, es un hombre disfrazado del diablo. Estaríamos locos si durante una fiesta de Halloween pensáramos que efectivamente esa chica es una policía, este buen amigo es Napoleón y el de más allá es un jefe apache —o tal vez no estaríamos en una fiesta de disfraces sino en un manicomio, donde todas estas identidades serían asumidas y recreadas, vividas con estatuto de verdad por quienes las actúan.

Últimamente me he preguntado lo siguiente: ¿qué pasa cuando esta mujer despierta por la mañana después de un largo sueño y, sin reparar demasiado en ello, sabe que es Madonna? Tiene una agenda apretada, es cierto. Apariciones en conferencias de prensa, reuniones con gente de la disquera, sesiones de fotos, grabación de algún video, conciertos durante la noche. ¿Es que es normal que alguien se despierte y sin más sea, por poner un caso, Madonna? ¿O es que eventualmente Madonna, para ser Madonna, debe disfrazarse de Madonna?

En este caso, el disfraz es una referencia indudable: la identidad también es, en cierto sentido, disfrazarse de lo que realmente se es. Así, cada día, la ingente tropa de los hombres saca su piel del ropero: camisas, corbatas, trajes sastre, capas de maquillajes como ocultando los rastros de la escena del crimen que es todo rostro. Estamos listos para salir al mundo, para asumir el papel que cada uno juega en lo que Balzac llamaba la Comedia humana: somos el Señor Licenciado, la Señora Delegada, el Dentista, la Bailarina, la Activista de Derechos Humanos, la Estudiante, el Domador de Leones. El Ciudadano Presidente.

Pero hay algunas diferencias, sin duda. En el caso del disfraz, el exceso, o digámoslo así, el truco, debe ser lo suficientemente obvio para que otros sepan que estamos disfrazados. Por eso las fiestas de disfraces son tan divertidas para algunos: pueden hacer un poco de magia para asumir de manera inofensiva la identidad de alguien más, de un personaje o un arquetipo, dejando una diferencia mínima para que “su verdadero yo” aparezca como sugerido en las hendiduras y costuras del disfraz. Es el caso de los travestis, por ejemplo. No creo que esos machos que dicen haber notado “el paquete” justo en el último momento hayan sido engañados —no siempre, o nunca. Sin embargo, se hacen creer a sí mismos que han sido engañados; y los travestis, en su desbordante generosidad, no serían capaces de mentirles a esos hombres, es decir, de decirles la verdad.

El travesti no es un hombre que quiere ser mujer, sino un hombre que, sin dejar de ser hombre, se disfraza de mujer, hace una caricatura artística de la mujer, de un tipo de mujer suficientemente alejado de una mujer “real” para constituir un atractivo particular para algunas personas. El hombre y la mujer en el travesti no están anulados, sino tensionados. Esa tensión que muestra alternativamente uno y otro sin fundirlos ni disolverlos es la esencia del disfraz.

El disfraz nunca oculta. No es para ocultarnos que nos disfrazamos. Es para revelar algo específico, algo que sabemos de antemano y que no dejamos para el azar. En este sentido estricto, el disfraz es una trampa: está puesta ahí no para ocultar, sino para ofrecer una referencia que el otro creerá verdadera aunque nosotros sepamos que no lo es del todo. Y lo hacemos todos los días: piénsese en el disfraz que adoptamos al redactar un curriculum vitae. Como cazadores que ocultan trampas en el bosque bajo montículos de hojas o como camaleones que adoptan los colores del árbol para eludir las garras de los pájaros, en la escritura del curriculum nos disfrazamos de una versión de nosotros mismos apta para un fin particular: conseguir trabajo. No podríamos afirmar a ciencia cierta que mentimos en nuestro curriculum, pero sí sugerir que mostramos una parte específica de nuestra experiencia, una que es necesaria para la supervivencia social.

Nos dejamos a nosotros mismos escritos como un rastro que, sin ser falso, no es propiamente verdadero. Nos disfrazamos de nosotros mismos según el nosotros mismos que queremos que los demás perciban. A nuestro empleador le damos la versión que trabaja; a la chica que nos gusta le damos una versión aún más falsa. Y tal vez en raros momentos, a los amigos les mostramos una versión más cercana a los que somos cuando estamos a solas con nosotros mismos. Pero es precisamente cuando estamos con nosotros mismos que ocultarnos se vuelve más difícil. Por eso la soledad es insoportable para muchos: porque deben encarar (volverse su cara, convertirse en su propia cara, enfrentar su rostro vacío) el fin del estadio del espejo, donde el otro ya no nos da la medida de lo que somos, donde nadie nos garantiza. Si se tiene la fortuna de ser creyente religioso, podemos dejar que sea ese ente huidizo que llamamos Dios el verdadero destinatario de la escena de nuestra soledad; en el caso de, no sé, Fidel Castro, es la Historia con mayúscula el garante último de sus actos (al menos a sus propios ojos). Pero en nuestra modesta intimidad, el que somos está irremediablemente condenado a sí mismo, a adoptar una diferencia mínima con respecto a lo propio y a seguir nuestro propio juego. El otro que somos nos mira cómplice desde el espejo, observando cómo tratamos inútilmente de escondernos tras nosotros mismos.




[Publicado originalmente en Historia de la literatura ninja, columna de periodicidad no variable: azarosa, en el blog de Telecápita.]

jueves, 11 de abril de 2013

Lo que no

La fuerza de lo que no. De lo que 
en el umbral. Puertas 
del horno. El ahí del ahora. La cara 
del disfraz a medio. Panes 
quemados. Alimento de 
los fantasmas. Un aplauso. 
Una mancha de sangre. Entre 
las manos. Se acordaba. Yo 
me acuerdo. Recordar, poner 
cuerdas nuevas. Afinar un grito. Antes 
de. Umbral. Umbralarse. Meter 
la cara. Al sueño, por ejemplo. Un paso. 
Ni pequeño ni grande, pero mío.
Donde son los dragones. Por 
ejemplo. Lo aprendido. Del agua. 
Un rostro hace muecas desde. Esa piedra 
que me traje. La que tiene 
cara. La risa que le ves. Se 
ríe. Duro. Voy a poner aquí 

este espacio donde 
iba tu nombre. 

Para que el fantasma. Dejado 
aquí. A sus anchas. Me acuerdo. 
Aquí va. 
Donde no.

lunes, 8 de abril de 2013

The hornet


a DGI
There isn't a hornet humming in the top of my name,
I'm not a fool, woman.
But sometimes when you call me
I see these yellow dashes bove the corners
of my eye, and these cellophan wings scratching
the thin layers of breath among us, and your mouth
pierced with needles and the terrible sound
of this hornet humming fiercely hind your closed lips.

(Soñado entre Saltillo y Matehuala, 6 de abril.)

domingo, 24 de febrero de 2013

24 horas con Nadie

Como me dijo alguna vez DG, teorizo mucho sobre la desaparición, pero no estoy dispuesto a desaparecer. No tengo, tal vez, lo que se necesita. Vocación de humo, un paso más leve, un desaprender de las huellas.

Puedo fantasear con ser Nadie. Imaginar lo que haría si no hubiera. ¿Qué? ¿Sujeto, presencia? Archivar mapas del Tibet, conocer las rutas de los sherpas, afilar rudimentos de hindi. Pero pesa demasiado la presencia, el nombre de uno, los afectos.

En la órbita de una desaparición doméstica, un breve viaje puede ser un simulacro de esa desaparición a la que acaso no nos atrevamos nunca. El celular se apagó, como suele pasar. No hubo remedio. Horas sin saber la hora, sin saber qué pasa en el mundo, sin platicar con los amigos, sin recibir ninguna noticia. Ningún pendiente. Ninguna prisa. Feliz olvido de todo.

Caminar en medio del desierto con la música de una fiesta muy shandy a lo lejos. Las estrellas parecen más cercanas, y el cielo aún más grande. El frío sabe nuestro nombre, lo pronuncia en voz baja en nuestros huesos. Feliz olvido del cuerpo. Beber, bailar. Nos llamamos bailando. Nos llamamos cuéntame de dónde eres. Nos llamamos no sé cómo regresar a casa.

En esta ciudad de provincias nadie conoce nuestro nombre, pero platicamos con los taxistas con esa familiaridad local que conseguimos en todos lados. Somos de todas partes. Nunca me siento tan extranjero como en mi propia casa. Pero allá no. Allá, a ratos, fui local, jugué de local. El francés se me agotó. El inglés se me afiló. El español se le agotó a ella. El inglés fue el salvavidas. Y el desierto que sabe callar en todos los idiomas.

Conectar el celular llegando a casa. Tomar un baño, por fin. Notificaciones, notificaciones, alarmas, noticias, mensajes, ruidos. ¿Y si no contestamos? ¿Y si apagamos el celular definitivamente? ¿Y si hacemos de la disponibilidad un bien precioso que compartimos apenas con los más cercanos? ¿Si ni siquiera con ellos? ¿Y si nos presentamos como Nadie?

Así, como esta palabra oculta en la blancura. Estar de este modo en el mundo.

viernes, 15 de febrero de 2013

La posibilidad de un horizonte



El siglo xix brindaba una oportunidad real de fuga, de evasión, nombres antiguos para designar la posibilidad de la aventura. El viaje de exploración, la conquista (con toda su incorrección política, si se quiere), suponía un horizonte real, es decir, un horizonte desconocido. La tormenta perfecta del capitalismo implica la domesticación del horizonte. El mundo se fue haciendo cada vez más pequeño, más cercano, literalmente "al alcance de la mano". No hay más que leer a Paul Virilio para ver esto.

El horizonte cabe literalmente en la mano, pues el iPhone o lo que se quiera nos permite llevar el horizonte a cualquier lugar, en nuestro bolsillo. Agotamos la posibilidad de la experiencia y del testimonio sustituyéndolas por la información; el dato sustituye la visión. No hay visionarios: este nombre alguna vez designó a alguien que podía ver lo que estaba más allá del horizonte, lo que no era visible desde el puerto, desde el punto de partida. Lo lejos ha quedado cancelado definitivamente.

No hay lejos real, pues el punto de origen está interconectado y está en cualquier parte. No hay punto de referencia para medir lo lejos; todo sitio es terminal de ida y vuelta. No hay hic svnt dracones, no hay espacio imaginario para que habiten los monstruos, sino acaso algunas zonas suburbanas que pueblan las pesadillas de los burgueses.

Estamos atrapados en el planeta, por eso el meteorito que ha caído esta noche en Cheliabinsk abrió, aunque fuera por un momento, la posibilidad de un horizonte. Este objeto mortífero nos hizo vulnerables otra vez, nos hizo olvidarnos de que somos la especie que produjo a Bruce Willis y la bomba atómica, que somos unos simios a los que la genética les jugó la mala broma del lenguaje, que fatigamos la Tierra con nuestros pasos esperando nada más que la catástrofe final.

Un joven del siglo xix, incluso del novísimo siglo xx tenía varias perspectivas reales de aventura. La migración, el mar, la guerra. Hoy no. Lo que tenemos es el sistema, el sistema del que hablamos como si pudiéramos evitar ser parte de él, como si se tratara de un ente autónomo o imaginario, un animal mítico del que se habla de oídas pero que nadie ha visto y que se conoce únicamente por los rastros de sangre a la salida del pueblo; un sistema que toma algo hermoso y le estampa un logotipo en la frente, y le hace una campaña de comunicación y le construye a la medida una pauta en redes sociales. Lo que tenemos es la celebración de la estupidez rampante y videos de niñas que se apuntan con una pistola porque sus madres no las dejan ir a una fiesta. Lo que tenemos es una infancia anestesiada por el olor a plástico, pálida, doméstica, vegetativa. Lo que tenemos es la puta campaña de Victoria's Secret para saber que ya es navidad otra vez. La única épica de la clase media es el amor y la tragedia es que el deseo no se coordine. Lo que tenemos es un puto blog para decirle al mundo (compuesto de un puñado de lectores u observadores casuales, como en un accidente de tránsito) cuánta repugnancia nos provoca. Lo que tenemos es el puto Tuiter.

Si no se cancela definitivamente la inteligencia, tal vez en el futuro alguien recuerde cómo en el siglo xix hubo uno que realmente vio venir este marasmo de porquería, esta retórica de publicistas y diseñadores. Alguien que hizo suya la tarea de emprender la última revolución metafísica, la última aventura. Un hombre que se transformó en Peter Pan y que nunca creció. Un hombre que, viendo que la literatura era una piscina de mierda donde todos beben margaritas bajo el sol, decidió dedicarse a la única labor verdaderamente honesta que tenía a mano, la única lo suficientemente cínica para no necesitar un manual de procedimientos, una pauta de estilo, una negociación con ONGs, convirtiéndose en el único hombre moderno que no quería salvar al mundo. El último hombre que pudo verse en el espejo sin escupirse. Entonces Arthur Rimbaud caminó la ruta que se interna en el África negra y se dedicó a traficar con esclavos y armas hasta el fin de sus días.

Putos todos.

miércoles, 13 de febrero de 2013

El sueño de la cura

Durante los últimos dos días he vivido en el país de los enfermos. En la última siesta larga que tomé he soñado lo siguiente: caminaba por la calle y encontraba a mucha gente que conozco, amigos y no, pero no me acercaba a ninguno; antes me escondía o los burlaba. Además no quería que me vieran así, todo enfermo y tal. Quién sabe cuánto le duela, además de su salud, al enfermo perder su vanidad. En fin. Que al dar vuelta a una esquina decidí "ir a mi café favorito", por lo que empecé a elevarme en el aire, sin prisa, silbando incluso. Temí por un momento que el viento me estrellara contra los edificios. El café estaba a ras de la calle, pero las mesas estaban situadas a una altura considerable, unos 100 metros. La única reservación para ese café es llegar volando. Subo a "mi mesa de siempre" pero la veo ocupada por un individuo con pinta de borracho o muerto. Hay una pareja en la otra mesa, que no dice nada y sólo miran los platos vacíos. Me siento en la mesa del muerto que en realidad es mi mesa. El mesero llega volando y yo le pido "ojo de aluvión". 

Mientras espero sigo mirando al muerto, cuya presencia es a la vez la de un niño, la de un borracho y la de Ernest Hemingway. Un mesero no volador me grita desde el suelo que mi orden está lista y me la lanza. Es algo así como un filete de salmón (que detesto) mezclado con huevo y huesos de paloma. Lo atrapo y le grito al mesero no volador que yo no pedí esto. Entonces el muerto despierta y me dice que esa no es mi orden, sino suya; me siento muy apenado porque he manoseado su comida, así que se la dejo en el plato, haciendo un esfuerzo inútil porque se vea un poco menos repugnante. "Era avezado en el uso de 27 tipos de armas", me dice el muerto, y yo sé que se refiere a sí mismo y a Hemingway, pero también que se trata de dos personas distintas que confluyen en él y están presentes. Es el Hemingway joven, el soldado, no el iniciador del estereotipo del turista gringo de las gafas oscuras y suéter tortuga, un viejo, podríamos decir, que se ve cada día más joven; pero también se refiere a que cada año que tengo es un arma. La edad es un arsenal. "... en el uso de 27 tipos de armas", dice un par de veces más, mirando al vacío que nos separaba de la calle.

Tiene sentido que fuera Hemingway porque antes de dormir estuve revisando las hojas mecanografiadas que empecé en enero. De Hemingway (aunque hay otras presencias en ese ejercicio de mecanografía, sobre todo Philip Roth y Stendhal) imito el escribir de pie, cada mañana, y tratar lo que salga en esas páginas como algo sagrado. No es una escritura automática, simplemente una ascética, una mecanografía ritual, 20 lignes par jour, génie ou pas. Pero ayer rompí ese acuerdo, tuve un exabrupto e hice un berrinche en la página (consistente en interrumpir un pensamiento para poner en mayúsculas algo como "PUTA MADRE NO ME QUIERO ENFERMAR", etc.) Creo que por eso me enfermé. 

La señorita E. entró al cuarto para preguntarme si quería comer. Me despertó y me alarmé un poco, pero pude retener la conciencia del sueño hacia la vigilia, así que fue como nadar de la parte honda del río a la ribera Al despertar comencé a escribir esto mientras comía, sintiéndome mucho mejor. Justo antes de dormirme recibí tu mensaje de que los pájaros que esta mañana desfilaron por la cornisa de mi ventana -nunca ocurrió antes- eran tus emisarios y que venías a curarme. Y pues gracias, me siento mejor. Tú sabes quien eres.

domingo, 10 de febrero de 2013

La (pen)última y nos vamos

Este texto abre la columna Historia de la literatura ninja, alojado generosamente, y con periodicidad quincenal, en el blog del proyecto Telecapita.


, Pretender que una enfermedad contraída a través de las palabras sea curada por las palabras: la literatura es la alucinación que, como si se tratase de la medicina de los venenos, permite que un veneno se convierta en su propia cura.


, Tal vez la literatura no siga sino el rumbo de la adicción. Uno se acuerda aquí de Deleuze y su diccionario donde "B" es de "beber": el alcoholismo es una cuestión de cantidad y de compromiso, dice; de cantidad, por un lado, porque la sumatoria de las bebidas no es caótica sino acumulativa, y paradójicamente tiende a cero. Todo verdadero alcohólico sabe que no se bebe cualquier cosa. Un borrachito vulgar beberá lo que sea, cuando sea, y efectivamente podrá dejar de beber en el momento que sea. El alcohólico no: el alcohólico bebe como una especie de compromiso, puede ser, con una bebida, su favorita, es cierto, cuya cuenta se pierde en el tiempo —pero sobre todo bebe como un compromiso de llegar al último vaso, dice Deleuze, al vaso que en retrospectiva le dará la medida del conjunto: su propia medida. Sin embargo no se trata sino de una estratagema: llegar al último vaso en verdad (para decirlo en términos de física) haría colapsar la función de la bebida, es decir, lo dejaría incapacitado para beber, lo cual sería intolerable; por lo tanto, lo que el alcohólico busca es el penúltimo vaso, el que le permitirá aproximarse al colapso sin colapsar, como un funambulista que camina entre dos océanos, uno de fuego y otro de vómito. La literatura, pues, funcionaría bajo este esquema como la tentativa de agotar un campo o una posibilidad, paradójicamente, extendiéndola indefinidamente.



, ¿Pero qué decimos cuando decimos literatura? Siempre me han dado pereza esas discusiones. Discurso escrito, letra, interpretación de la letra… He preferido por lo regular referirme a escritura, cuyas posibilidades no se agotan en el horizonte de los géneros literarios y permiten integrar las lecturas que comúnmente se le han dado a la literatura, poniendo especial énfasis en sus procesos de producción. Para decirlo con el epitafio de Byron a su perro, la escritura como concepto, provisionalmente, parece tener todas las virtudes de la literatura sin tener ninguno de sus defectos.



, La escritura, pues, será ese penúltimo vaso que el adicto a la literatura está buscando incesantemente, cuya búsqueda se le ha dado como una orden y a la cual no es libre de renunciar (la anterior fórmula proviene de Kafka). Sin embargo hay enfermedad: la producción de sentidos, la utilización productiva de las palabras se vuelve siniestramente contra sí misma, amenaza con destruir el mundo y no sólo el mundo sino la posibilidad de que exista un mundo, claro, como sentido. El escritor, como el alcohólico (y qué maravillosa variante la del escritor que escribe borracho y corrige sobrio, es decir, que vive intensamente su síntoma, como Gide o Hemingway o Verlaine), se acerca peligrosamente al límite para vislumbrarlo, para avizorarlo en la distancia, para saber que existe el horizonte en que escribir deja de ser necesario. Necesidad que lo atrae y que a la vez lo aterra: la admiración del ojo del huracán desde la proa del barco, donde todas las imágenes monstruosas de la imaginación se dan rienda suelta para decir el fenómeno de la ola que, como una montaña móvil, viene hacia él para destruirlo.



, En el segundo libro de poesía de Gonzalo Rojas, Contra la muerte, se lee una "Advertencia al poeta Guillermo Sucre cuando quiso dejar la poesía", cuya primera parte termina con los versos: "Porque el que nace en él, ya es otro. El que ya empieza,/ ya empieza a ser del sol, ya no tiene escritura:/ ya no tiene escritura porque tiene palabra." En esa acumulatoria donde el yo se vuelve otro, donde se despersonaliza radicalmente, el ejercicio acumulatorio toca su fin sin colapsarse: la disciplina, el compromiso con el trabajo literario se convierten en una forma ineludible de responsabilidad (chamánica, se diría) y que se confunde sin cancelarse con el grado supremo de la posibilidad, cuando esta se torna imposibilidad, o negación de toda posibilidad: se dice de alguien que es íntegro que tiene palabra, que su palabra empeñada vale lo mismo que el acto ya consumado. Sospecho que ese es precisamente el límite, el borde al que el trabajo literario nos avecina, con el peso de una adicción que va minando los cimientos de todas nuestras certezas: la responsabilidad no necesariamente ligera del vidente, de una actividad humana que podemos analizar en coloquios y ensayos, que puede o no —sobre todo no— merecer premios y becas, que puede consignarse en diversos medios impresos y electrónicos: la responsabilidad social de buscar una forma de verdad. Pero la comunidad que un libro produce es muy distinta en nuestros días a la que había posible en el pasado.



, Recientemente, por ejemplo, leía unos versos del poeta ruso Yevgeni Yevtushenko a propósito del campo de trabajo de Babi Yar que, aunque abordan el fascismo y la muerte de miles de personas por el antisemitismo del estado estalinista, francamente me pasaron de largo. Yevtushenko mismo advierte de esto en su Autobiografía precoz, cuando se dirige al lector occidental con la admonición de que en Rusia ser poeta es muy diferente a lo que se entiende por ser poeta en el margen occidental del Volga: el poeta ruso tiene (al menos en los 50, en la época que Yevtushenko describe) la responsabilidad social de ser una suerte de guía moral para la gente. ¿Pero de qué tipo de responsabilidad estamos hablando? ¿De qué tipo de sociedad? Ana Ajmátova clarifica un poco esta cuestión en Réquiem, cuando cuenta que, esperando en la nieve junto a otras madres por noticias de sus hijos encarcelados, alguien la reconoce y la llama por su nombre. El rostro de la señora que estaba detrás, entonces, se ilumina en medio de esa espera infernal: al haber una poeta involucrada, la memoria no se perderá; la presencia misma de Ajmátova funciona como una especie de garante ético diferido: si el dios de los judíos no ha intercedido por ellos, al menos la poesía prevalecerá como garante de que el evento ha tenido lugar. Es cierto, la sociedad ha cambiado desde entonces, y podemos blandir nuestros nietszches y nuestros blanchots a diestra y siniestra —sobre todo siniestra—pero, para esa desconocida señora rusa en medio de la nieve, junto a la Ajmátova, la presencia de la poeta era suficiente consuelo, y el consuelo en tiempos duros no puede escatimarse.



, No se espera, pues, que el poeta diga —remedando a Lenin— qué hacer sino qué ha sido, qué ha pasado: es el que nos cuenta nuestra propia historia —o si hace demasiado ruido la función histórica del poema (a pesar de que existen civilizaciones enteras que conocemos solamente por un puñado polvoso de canciones), el poeta es la presencia que garantiza la transmisibilidad del evento. Ese contar, al menos en Yevtushenko, se vuelve un tener palabra cuando se le escucha leer (incluso en traducción, incluso siguiendo la lectura en ruso, incluso no siendo hablante de ruso) Babi Yar, obra de la cual sus versos son únicamente rieles o partituras para el monumental tranvía de su voz, para sus contrastes, para su capacidad casi mediúmnica de dar palabra a los que no la tienen, como si fuesen ellos mismos los que la dijeran, como si dijeran incluso aquello —y esta es la verdadera magia del poema— que no saben que saben