1.
Hace un rato escribí: “El único modo de usar las palabras responsablemente es no usándolas”, y pocos minutos después me vino una sordera total del oído izquierdo. No es la primera vez que me pasa. En el 2010 estaba terminando Ordalía y fui a casa de mis padres. Recuerdo perfectamente que estaba en un café escuchando la Novena con mis audífonos enormes; es una pieza de música que he internalizado mejor que muchos otros poemas: en mis sueños veo (la palabra es precisa: no escucho, veo) fragmentos de la Novena en forma de alegorías, de asociaciones, de golpes de asombro. Fue durante la flauta al inicio del cuarto movimiento: uno de los audífonos me traía la voz del tenor, pero la flauta en el otro audífono estaba opaca, empañada, mohína. Esa no era la flauta de la Novena, esa flauta alegre y dulce como un día donde los dioses no existieran. Temí estarme quedando sordo; estaba aquedándome, sin duda, volviendo quedo. Al igual que esta mañana, el oído se revirtió: comenzó a “escuchar hacia adentro” en lugar de recibir la voz de las cosas. La voz: esa cosa con alas que no existe.
2.
Nico me regaló un Android. Había funcionado perfectamente hasta hace unas semanas, cuando comenzó a aparecer un error en la pantalla cuando alguien trataba de llamarme. El mensaje decía que la aplicación phone.android había colapsado, mientras veía cómo vibraba o sonaba sin poder saber quién era, si se trataba de una cuestión de vida o muerte, si eran mis padres o mis amigos los que estaban en una situación desesperada, si eras tú, tú, llamando sólo para saludar. Luego me di cuenta de que la total disponibilidad en que nos ponen los smartphones (teléfono, mail, Twitter, Facebook, WhatsApp...) me había provocado esa neurosis de disponibilidad, de permanecer contactable a cualquier hora, en cualquier momento. Pero también entendí que se trataba de una trampa: el aparato es la posibilidad de estar disponible, solamente, y hace buen tiempo que yo no estoy disponible en realidad para otra cosa que no sea la escritura. ¿Por qué debemos permanecer disponibles? Entonces vibra, pero ya no lo escucho. He dejado de escuchar, a menos que quiera escuchar. Opongo un acto de sordera a la abrumadora cantidad de información que llega por todas partes; salud mental, hay que establecer un ritmo de disponibilidad, mediar la disponibilidad con aislamiento. Luego de mi teléfono, mi oído también dejó de funcionar.
3.
Cuando he trabajado desde mi casa en ocasiones pasaban días enteros sin hablar con otro ser humano. Todos los días estoy en contacto con los que quiero, pero por escrito. Cuando A. estaba, durante los primeros días me noté un dolor de garganta: no estoy acostumbrado a hablar tanto. Me gusta hablar, me gusta el tren de ritmo de la voz, las conversaciones en contrapunto, en armonía, en ritornello, en improvisación. Probablemente mi conversación más larga la haya tenido con D.G.I., a quien he visto una sola vez en la vida: 14 horas con amplios espectros de silencio mientras caminábamos por la ciudad.
En fin, que el dolor de garganta cuando hablo mucho (mucho ya es más de dos horas) se va tan rápido como llegó. Pero sé que eso es lo que sigue: el martes pasado me comí mis palabras en una lectura dentro del ciclo Encuentro de Poetas Universitarios (whatever that means), organizado por el Seminario de Literatura Mexicana en la UNAM. Supongo que habrá videos pronto, pero el caso es que durante ese acto cancelé mi voz de alguna forma, simbólicamente. Fue el fin del ciclo iniciado en 2009 con varios slams: la Bayoneta se escribió en gran parte dentro de la FFyL.
¿Y si me quedo sin habla un rato, pienso? ¿Y si asumo el síntoma histérico del oído y lo contagio concientemente a otros mecanismos de disponibilidad? ¿A la voz, al sexo, a la mirada? ¿Y si hago de mi cuerpo una política de la indisponibilidad, un ascetismo, una frugalidad de la disponibilidad? Solía decirse que el enfermo es el que está indispuesto. Yo no conozco mi enfermedad, pero estoy lleno de síntomas: mi escritura, mi neurosis, mi parcial y cíclica sordera, tú; síntomas, al final, de una enfermedad de la cuál uno no desea curarse nunca.
sábado, 12 de mayo de 2012
Indiferencia
, Volví a leer y escribir teoría. Soy el animal indiferente con el que me identifico.
, Indiferencia: no la desobligación frente a lo público y privado, sino su indiferenciación; de algún modo, su identidad.
, La identidad es el régimen de diferenciación que construimos y nos apropiamos. La utopía de la identidad es ser indiferente.
, Ser indiferente es dejar que el juego de miradas, reflejos y espejismos que nos conforma se lleve a cabo, sin nosotros.
, Sería el equivalente a montar una obra de teatro y representarla a condición de que no hubiera un sólo espectador presente.
, Otra relación: la Casa Farnsworth de Mies van der Rohe: una casa de condición inhabitable según un régimen clásico de mirar.
, ¿Qué mirada se pone sobre lo propio? Una prestada, del otro, de la sociedad. La mirada propia debería empezar por la indiferencia.
, Sólo la radical diferencia frente a la identidad de lo propio, digo, podría permitirnos mirar lo propio como indiferente, como relevante o no por sí mismo. ¿Pero dónde queda todo ese espectro de la existencia que adquiere visibilidad únicamente por su relación con lo propio, es decir, con la narrativa del yo? ¿Es posible imaginar que puede renunciarse a ella? ¿Que es posible subvertirla? ¿Que podemos decidir nuestro grado de participación en la simulación que constituye el espacio de la vida social del hombre?
, ¿Que podemos ser radicalmente Nadie?
, Ante la imposibilidad de ser Nadie, ensayar la indiferencia como la he descrito en el espacio de lo que antes se conocía como "géneros literarios."
, Ensayar la radical indiferencia entre modelos de escritura.
, Hipótesis: en esa indiferencia radica la escritura posible como sujeto de sí misma.
, Esta hipótesis ya ha sido "comprobada", por así decirlo (vanguardias, conceptualismo, uncreative writing, etc.); pero asumir una "hipótesis" en escritura (no sé qué es y no me interesa más el ente "literatura") sería tanto como asumir un marco de trabajo científico. Un modo indiferente de asumir una hipótesis sería asumir lo comprobado como hipótesis, el resultado perpetuamente puesto de vuelta en el lugar anterior a su representación. El punto final es una ilusión.
,Este es el punto final.
, Indiferencia: no la desobligación frente a lo público y privado, sino su indiferenciación; de algún modo, su identidad.
, La identidad es el régimen de diferenciación que construimos y nos apropiamos. La utopía de la identidad es ser indiferente.
, Ser indiferente es dejar que el juego de miradas, reflejos y espejismos que nos conforma se lleve a cabo, sin nosotros.
, Sería el equivalente a montar una obra de teatro y representarla a condición de que no hubiera un sólo espectador presente.
, Otra relación: la Casa Farnsworth de Mies van der Rohe: una casa de condición inhabitable según un régimen clásico de mirar.
, ¿Qué mirada se pone sobre lo propio? Una prestada, del otro, de la sociedad. La mirada propia debería empezar por la indiferencia.
, Sólo la radical diferencia frente a la identidad de lo propio, digo, podría permitirnos mirar lo propio como indiferente, como relevante o no por sí mismo. ¿Pero dónde queda todo ese espectro de la existencia que adquiere visibilidad únicamente por su relación con lo propio, es decir, con la narrativa del yo? ¿Es posible imaginar que puede renunciarse a ella? ¿Que es posible subvertirla? ¿Que podemos decidir nuestro grado de participación en la simulación que constituye el espacio de la vida social del hombre?
, ¿Que podemos ser radicalmente Nadie?
, Ante la imposibilidad de ser Nadie, ensayar la indiferencia como la he descrito en el espacio de lo que antes se conocía como "géneros literarios."
, Ensayar la radical indiferencia entre modelos de escritura.
, Hipótesis: en esa indiferencia radica la escritura posible como sujeto de sí misma.
, Esta hipótesis ya ha sido "comprobada", por así decirlo (vanguardias, conceptualismo, uncreative writing, etc.); pero asumir una "hipótesis" en escritura (no sé qué es y no me interesa más el ente "literatura") sería tanto como asumir un marco de trabajo científico. Un modo indiferente de asumir una hipótesis sería asumir lo comprobado como hipótesis, el resultado perpetuamente puesto de vuelta en el lugar anterior a su representación. El punto final es una ilusión.
,Este es el punto final.
domingo, 6 de mayo de 2012
Desgaste
, Nací cansado. Gestarme, entrar en materia, literalmente, me dejó agotado. No me he repuesto ni creo reponerme. Soy la posibilidad desgastada, desgastándose, del ser. Soy, sobre todo, un tipo cansado con cierto talento para la semántica.
, Todo acto de escritura implica una realización con respecto a algo que rebasa el campo del texto mismo, es decir, que escribir es siempre hacer acto una parte de lo que no puede decirse: es desgastar la materia de lo indecible, sin agotarla. En este sentido formal, no existe, no puede existir, un acto exhaustivo de escritura, un acto realmente agotador, un vaciamiento completo: todo lo que hay es cansancio y parcialidad, acumulación de cansancios y acumulación de parcialidades.
, La noción de agotamiento sólo se entiende en términos de cantidad, es decir, de abstracción; en este caso, de una abstracción energética. Hay una potencia para hacer cosas; luego esa potencia es cíclica, cambiante, se llena y se agota. Pero no conozco el pleno de mi energía. Probablemente sólo soy un perezoso, sólo me gusta no hacer nada y leer. Me aterra pensar que le exijo a mi cuerpo más de lo que puede dar: que mi mente sabe que tengo demasiados pendientes que resolver, pero que mi cuerpo tenga otras prioridades; dormir, por ejemplo. Por otro lado, muchas tradiciones ascéticas han visto en el desgaste del cuerpo una via de exploración espiritual. Ampliaremos.
, Interpretar cansa. El sentido es dirección pero también el participio de una sensación. Lo sentido cansa. Interpretar, esto es, determinar la direccion de las percepciones sensoriales a través de la razón, cansa. Medra. Agota. Desgasta. Y además está el trabajo, los amigos, tú, por supuesto (que me agotas en ocasiones con tus berrinches) y en general el mundo. Por extraño que parezca, la rutina a veces me revitaliza: tuve un periodo feliz de varios meses en 2010 cuando hacía exactamente lo mismo todas las mañanas, empezando por el café, por alimentar a las gatas, por escribir mientras veía el amanecer. Pero desde entonces ningún día ha sido igual a otro, y en lugar de estar cansado de la monotonía estoy cansado de la inestabilidad. de las mudanzas, de la gente. Eso sí y aquí seré intransigente: hasta ahora no me he cansado de mí mismo. Aunque no suelo estar de acuerdo conmigo en todo, sé que siempre puedo hacerme plática o quedarme en silencio, como una palma abierta.
, Sueño: alguien que representó mucho tiempo un modelo escritural para mí se aparece en la forma de una enorme piedra. Está burdamente modelado como un samurai. Estamos en el centro de una arena y hay muchas miradas de viejos maestros alrededor. Debo enfrentarlo en un duelo de espadas. Tengo un sable chino (un arma con la que entrené pero que nunca dominé): ataco. Mis embates no medran al enemigo. Me agoto. Sólo cuando estoy verdaderamente cansado la piedra habla. Sólo en el agotamiento absoluto viene la revelación del sueño, su secreto.
, Ahora, por ejemplo, no quiero escribir. No quiero terminar esta entrada. Los ojos duelen: es sábado y media noche, pero llevo despierto desde las 9 am. Dormí generosamente después de una noche de fiesta: 7 horas. Por lo general duermo 5 o 6. "Por lo general" son varios meses, tampoco es para tanto. Pero para mantenerme económicamente produzco tanto texto todos los días que me queda muy poca energía para escribir, para lo que se dice escribir, así, en itálicas. Hoy vi dos documentales, asistí al seminario teórico de dos horas y media con mi queridx abuelx Javier Norambuena, edité para Mutante, hice un primer borrador para una colaboración en Barricada, te extrañé (a ti, sí, a ti) y toqué mi guitarra mucho rato. Y ahora, por ejemplo, no quiero escribir.
, En esta inscripción, a la vista, no hay nada. Lo que se ve es un saldo por venir.
, Todo acto de escritura implica una realización con respecto a algo que rebasa el campo del texto mismo, es decir, que escribir es siempre hacer acto una parte de lo que no puede decirse: es desgastar la materia de lo indecible, sin agotarla. En este sentido formal, no existe, no puede existir, un acto exhaustivo de escritura, un acto realmente agotador, un vaciamiento completo: todo lo que hay es cansancio y parcialidad, acumulación de cansancios y acumulación de parcialidades.
, La noción de agotamiento sólo se entiende en términos de cantidad, es decir, de abstracción; en este caso, de una abstracción energética. Hay una potencia para hacer cosas; luego esa potencia es cíclica, cambiante, se llena y se agota. Pero no conozco el pleno de mi energía. Probablemente sólo soy un perezoso, sólo me gusta no hacer nada y leer. Me aterra pensar que le exijo a mi cuerpo más de lo que puede dar: que mi mente sabe que tengo demasiados pendientes que resolver, pero que mi cuerpo tenga otras prioridades; dormir, por ejemplo. Por otro lado, muchas tradiciones ascéticas han visto en el desgaste del cuerpo una via de exploración espiritual. Ampliaremos.
, Interpretar cansa. El sentido es dirección pero también el participio de una sensación. Lo sentido cansa. Interpretar, esto es, determinar la direccion de las percepciones sensoriales a través de la razón, cansa. Medra. Agota. Desgasta. Y además está el trabajo, los amigos, tú, por supuesto (que me agotas en ocasiones con tus berrinches) y en general el mundo. Por extraño que parezca, la rutina a veces me revitaliza: tuve un periodo feliz de varios meses en 2010 cuando hacía exactamente lo mismo todas las mañanas, empezando por el café, por alimentar a las gatas, por escribir mientras veía el amanecer. Pero desde entonces ningún día ha sido igual a otro, y en lugar de estar cansado de la monotonía estoy cansado de la inestabilidad. de las mudanzas, de la gente. Eso sí y aquí seré intransigente: hasta ahora no me he cansado de mí mismo. Aunque no suelo estar de acuerdo conmigo en todo, sé que siempre puedo hacerme plática o quedarme en silencio, como una palma abierta.
, Sueño: alguien que representó mucho tiempo un modelo escritural para mí se aparece en la forma de una enorme piedra. Está burdamente modelado como un samurai. Estamos en el centro de una arena y hay muchas miradas de viejos maestros alrededor. Debo enfrentarlo en un duelo de espadas. Tengo un sable chino (un arma con la que entrené pero que nunca dominé): ataco. Mis embates no medran al enemigo. Me agoto. Sólo cuando estoy verdaderamente cansado la piedra habla. Sólo en el agotamiento absoluto viene la revelación del sueño, su secreto.
, Ahora, por ejemplo, no quiero escribir. No quiero terminar esta entrada. Los ojos duelen: es sábado y media noche, pero llevo despierto desde las 9 am. Dormí generosamente después de una noche de fiesta: 7 horas. Por lo general duermo 5 o 6. "Por lo general" son varios meses, tampoco es para tanto. Pero para mantenerme económicamente produzco tanto texto todos los días que me queda muy poca energía para escribir, para lo que se dice escribir, así, en itálicas. Hoy vi dos documentales, asistí al seminario teórico de dos horas y media con mi queridx abuelx Javier Norambuena, edité para Mutante, hice un primer borrador para una colaboración en Barricada, te extrañé (a ti, sí, a ti) y toqué mi guitarra mucho rato. Y ahora, por ejemplo, no quiero escribir.
, En esta inscripción, a la vista, no hay nada. Lo que se ve es un saldo por venir.
miércoles, 25 de abril de 2012
Opción múltiple
Antes era más feliz porque pensaba que había experiencias que se transformaban en poemas. Ahora estoy triste: no estoy seguro de que haya alguna experiencia que, a su modo, no lo sea.
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A los 16 años uno tiene claro lo que es un poema. Algunos iluminados como Rimbaud lo tienen claro mucho antes, a los 7. Pero el lugar donde ocurre un poema (es decir, donde se produce, donde se recibe, donde ese intercambio es posible, e incluso, en otra acepción, donde aparece --ocurre-- como aletheia, esa región salvaje del instinto) es una geografía cuyo mapa voy perdiendo.
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¿Será cierto lo que decía ese poeta viejo del que leí y odié cada poema, lo de que sólo se escriben poemas en la juventud? Si al menos la palabra "poema" conservara alguna cualidad descriptiva para referirse a una actividad específica de eso que los antiguos llamaban espíritu; si al menos no tuviera la impresión, tantas veces reforzada, de que la misma actividad del espíritu es ya, ella misma, poética.
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Habría que llegar al lugar donde se escribe como si se abordara una ocupación ocasional, una casualidad; como un ocio que nos otorgáramos incluso sin gusto, sin placer casi, en el borde mismo del aburrimiento y sin demasiada importancia; como si otras actividades pudieran esperarnos mientras escribimos, como si pudiéramos hacer cualquier otra cosa y eligiéramos escribir como una mera distracción, como si esperáramos que algo llegara a interrumpirnos para dejar de escribir; como si no escribir en serio fuese una opción disponible.
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Me gusta lo que pasa conmigo cuando escribo. Habría qué preguntarle a lo que escribo qué opina del accidente de haber sido escrito por mí. Adelanto una suposición: el resultado no será recíproco.
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Leo cosas de gente que me parecía detestable hace tiempo y veo con sorpresa que se han vuelto muy buenos, a mi parecer. Leo lo mío y me confronto como haría alguno más delicado con su buen amigo que dio una conferencia aburridísima: "muy interesante, luego lo platicamos."
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Me persuado de que todo tiempo en que no escribo es precisamente eso, un momento en que no escribo. Cuando escribo, por otro lado, no tengo una conciencia clara --ni siquiera una intuición-- de que el tiempo exista del todo.
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Regresar al lugar donde nos es familiar la idea de que la escritura en realidad no importa, de que escribir no es, nunca puede ser para tanto. Escribir porque es necesario. Apostar por la escritura una y otra vez. Escribir como apostar en una ruleta rusa con todas las recámaras del revólver ocupadas.
Que escribir sea un ver y un no ver: educación de la mirada.
domingo, 22 de abril de 2012
Volver al futuro: apuntes para una revolución anónima
[Esta "conferencia", por así llamarla, fue escrita para participar en un ciclo de poetas jóvenes, por así llamarlos, durante la Feria del Libro de Minería del 2010. Hoy cambiaría toda la introducción, algunos gestos ingenuos, algunas taras demasiado evidentes, algunos embaucos teóricos que, confío, el improbable lector sabrá identificar; suscribiría sin embargo, ahora como entonces, tal vez con la misma inocencia la misma posibilidad de la revolución anónima, esa "insurrección solitaria" de la poesía, que dijo Carlos Martínez Rivas, y que a pesar de los nombres y los colectivos sigue siendo un trabajo escrito, a mi parecer, desde el pronombre personal nadie.]
Si el pasado es todo aquello que se vive y olvida, y el presente un lugar inasible en vertiginosa sucesión de instantes, el futuro es el lugar y el momento de la oportunidad, de la posibilidad; un tiempo y un espacio por esencia inapresables, móvil como un horizonte que desaparece al buscarlo. La condición del futuro es permanecer como expectativa, como lugar de la necesidad siempre aplazada que por su carácter a la vez, inminente y evanescente, no termina de materializarse. El verdadero fantasma es el futuro, pues a él hemos confiado desde antaño literalmente la posibilidad del porvenir. El futuro es el lugar de la esperanza.
Sin embargo, hace unos años el futuro nos alcanzó de improviso. No teníamos coches voladores ni hacíamos viajes espaciales a la velocidad de la luz. Desafiando todo lo que creíamos saber sobre él y todo lo que como esperanza siempre latente proyectábamos en él, el futuro vino a sorprendernos como el desenlace perverso de la modernidad, un lugar sin intenciones, un lugar de relativización de la verdad, un lugar donde el tiempo mismo fue abolido. Para la literatura con la que nosotros, nacidos en las décadas 80 y 90, hemos crecido, esta relativización ha significado olvidar que uno aprende a conjugar los verbos en presente, pasado, futuro y sus variaciones. Para muchos de nosotros, la llegada del futuro implicó aprender a conjugar en un nuevo tiempo gramatical: el tiempo de lo instantáneo, el de la inmediatez sin origen, sin desarrollo, sin consecuencia.
Partiendo de que el tiempo en la llamada posmodernidad –sea lo que sea que eso signifique- ha sido abolido, la relación de la poesía con ese tiempo sin desarrollo, estático pero a la vez trepidante es conflictiva y a la vez extrañamente familiar. Como en la historia del arte en occidente (en el Renacimiento, en los Siglos de Oro, en las Vanguardias históricas), asistimos a una revalorización de los modelos formales de representación artística; sin embargo, me parece notar que en esta siempre reiniciada conversación con el arte del pasado subyace un matiz que puede tornarse perturbador o conciliador (he ahí la relativización de la verdad): el de la puesta en duda del arte mismo para ser garante de la representación afectiva y efectiva de la realidad.
La desconfianza de poetas, artistas plásticos e intelectuales en la delimitación de las disciplinas artísticas como formas expresas de ver el mundo, iniciada a mediados del siglo pasado, nos llega hoy como la ola de un lejano tsunami, con su aluvión de naufragios y desmembramientos. Chicas de preparatoria adoptan como segundos apellidos el del rockstar de moda y el del marqués de Sade; pensamos en Grecia y Roma con la inmediatez de las monografías de primaria y los documentales del Discovery Channel; se pone en duda la castidad de Jesucristo y la de los vicarios de su iglesia, con una siniestra sistematicidad. Y la intervención de nuestro momento histórico frente a esta Historia con mayúsculas no es redescubrir que todo eso ya estaba ahí, sino la conciencia simultánea y perversa de que todo ese pasado convive trabajosamente sin digerir con nuestro presente, pero además, de que el pasado, ése cuento, por verlo operando todos los días, ya nos lo contaron. Me parece que la fórmula profética de Octavio Paz, en nuestro momento histórico adquiere la plenitud de su vigor: Todos los siglos son este presente, y aún, todos los siglos están siendo este presente, incluso los siglos que aún no llegan, pero de los que pareciéramos, en nuestra orgullosa superioridad tecnocrática, tener ya alguna memoria.
Imposible hablar en nuestros días de nacionalismos. ¿El azar de una geografía nos determina como proyecto histórico y político a pesar de que trabajamos en compañías transnacionales, utilizando electrodomésticos japoneses, comprando piratería china, leyendo poetas sudamericanos, escuchando música en todos los idiomas del mundo, apesadumbrados moralmente desde niños por la inimaginable pobreza de África y testificando la pobreza inmediata y brutal de los indígenas que conversan entre sí por las calles de la ciudad, mientras pasamos, en idiomas de los que no tenemos noticia de su existencia? ¿El hecho fortuito a todas luces de haber nacido en este –así llamado- país, implica, para los nuevos poetas, seguir haciendo el mismo poema costumbrista que se viene escribiendo con cien manos distintas desde hace cien años, y permanecer ciegos y sordos a las influencias literarias que nos llegan de Sudamérica, Estados Unidos y Europa, tanto como de la poesía coreana y japonesa, en pos de la supervivencia de un constructo fantasmático y nostálgico que, por falta de otro nombre, llamamos México? No es por cierto nuestra intención, en el año del Bicentenario de las Revoluciones, levantarnos en armas –otra vez- o hacer un llamado público a la histeria colectiva –otra vez- para derrocar un gobierno con el que, como siempre, nos es difícil relacionarnos. Pero ciertos de que el arte en general y la poesía en particular no son actividades inocentes, es decir, ciertos de que un poema es un posicionamiento político frente a la realidad y que tiene la facultad de actuar en ella, la llamada Tercera Revolución Mexicana no ha necesitado manifiestos, ni marchas, ni programas: está actuando hoy, en esta sala, en las calles que nos rodean y en las ciudades de todo el país.
Es una revolución de la conciencia que no es menos subversiva por no salir echando balazos. Una revolución que consiste en asumir las condiciones de producción del arte sin cuestionamientos hueros a un Estado que no está en posibilidades de ser un verdadero proveedor cultural, un Estado que ante su urgente necesidad de reinventarse no puede sustentar ni dialogar con obras y movimientos artísticos críticos de su presente. Una revolución carroñera, que toma lo que tiene enfrente y lo asume y lo transforma: una calle, un espacio, un bar, una escuela, en ocasiones un centro cultural, con más frecuencia un jardín o un parque, y ese parque infinito (en ambos sentidos, lugar de esparcimiento y arsenal de municiones) del internet como plataforma ubicua y desinteresada.
Esa revolución que ha tomado pocas prensas pero muchas bandejas de entrada de correo electrónico. Esa revolución que sale poco en la sección de cultura de los periódicos pero es la realidad cotidiana en diferentes espacios públicos de esta ciudad, alimentada por la frenética actividad de artistas y una inusitada variedad de terroristas culturales. Una revolución sin líderes, sin enemigos claros, sin mártires y sin proclamas: una revolución de la actividad diaspórica. Una revolución sin héroes: una revolución anónima.
La poesía de la que queremos platicarles hoy se produce en un contexto como el que sumariamente he intentado exponerles. Hablar de impasses, de estancamientos, de reiteraciones en el contexto de la poesía mexicana más reciente, es hacer acuse de miopía y de una incapacidad soberana para leer el presente desde sus perspectivas más inmediatas. Haría falta discutir mucho más, por supuesto, pero me gustaría plantar aquí la semilla del árbol de la dinamita, la que tal vez vivamos para ver crecer como árbol de fuego: si hay Revolución, y si esa Revolución sirve para algo, ya empezó, está aquí, ustedes son directamente responsables de ella tanto como nosotros y los que ni la sospechan. Tal vez ustedes no lo entiendan, pero a sus hijos les encantará. Los verbos del futuro se conjugarán en yo, tú, él, ella, nosotros, ustedes y nadie.
Ciudad de México, febrero y 2010.
domingo, 8 de abril de 2012
Aquí enseñamos vida, señor - Rafeeh Ziadah
Hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión.
Hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión
que hicieron encajar
en la edición de sonido
y en un límite de palabras
ilustradas con suficientes estadísticas,
conteos, medidas, respuestas
para las que he tenido que aprender inglés
perfectamente,
y he debido estudiar mis resoluciones
de las Naciones Unidas--
y con todo, él me pregunta señorita Ziadah,
¿no cree que todo se arreglaría
si dejasen de enseñarles
a los niños
a odiar?
Pausa.
Busqué dentro de mí la fuerza
para ser paciente,
pero no tengo paciencia
a la mano
mientras siguen cayendo bombas
sobre Gazah.
Mi paciencia ha escapado.
Pausa.
Sonríe.
Aquí enseñamos vida, señor.
Rafeed, recuerda sonreír.
Pausa.
Aquí enseñamos vida, señor.
Nosotros, los palestinos, enseñamos vida,
a pesar de que han ocupado nuestros cielos.
Nosotros enseñamos vida
a pesar de que han venido a construir
sus asentamientos, y sus muros del Apartheid
sobre el último de nuestros cielos.
Aquí enseñamos vida, señor,
pero hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión
que tuvo que encajar
en la edición de sonido
y en el límite de palabras,
pero sólo danos una historia,
una historia humana, ya sabes,
esto no es política:
nosotros
sólo queremos
contarle a la gente
de tí y de los tuyos, así que
danos una historia humana,
no menciones esas palabras
APARTHEID y OCUPACIÓN,
esto no es política,
tienes que ayudarme, como periodista,
a ayudarte a contar tu historia
la cual
no es una historia política hoy
mi cuerpo
fue una masacre por televisión qué te parece
si nos cuentas la historia
de una mujer en Gazah
que necesita medicamentos
qué hay de ti
ya tienes suficientes
huesos rotos
para cubrir
el cadáver
de tu hijo,
ya puedes
entregarme tus muertos
y darme la lista
de sus nombres
en 1200 palabras o menos hoy
mi cuerpo
fue una masacre por televisión
que tuvo que encajar
en la edición de sonido
y en el límite de palabras,
y conmover
a los que ya no se conmueven
con la sangre de los terroristas.
Pero se sienten culpables.
Culpables por el asedio sobre Gazah.
Así que les di
las resoluciones de Naciones Unidas
y estadísticas
y condenamos
y nos lamentamos
y lo rechazamos
estos no son dos bandos iguales
ocupante y ocupado
y un centenar de muertos
dos centenares de muertos
un millar de muertos
y en medio de esos
crímenes de guerra y masacres
he construido palabras
y una sonrisa
no demasiado exótica
una sonrisa no terrorista
y conté
y volví a contar
un centenar de muertos
dos centenares de muertos
y un
millar
de muertos hay
alguien
ahí afuera habrá
alguien
que nos escuche
Desearía solamente poder llorar
sobre sus cuerpos,
desearía simplemente poder correr
hasta ellos, a cada campo
de refugiados,
y abrazar a cada niño,
taparles los oídos
para que no tengan que escuchar
el sonido de las bombas
por el resto de sus vidas
como yo.
Hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión
y déjenme decirles
que no hay nada que esas
resoluciones de Naciones Unidas
hayan podido hacer jamás
sobre esto.
Y no hay edición de sonido,
no importa qué tan buena sea
la edición de sonido,
no importa
qué tan bueno sea mi inglés
ninguna edición
ninguna edición
ninguna edición
ninguna edición
los traerá de vuelta
a la vida no hay edición
que pueda arreglar esto nosotros
aquí
enseñamos vida, señor,
nosotros los palestinos
nos levantamos cada mañana
para enseñarle al resto del mundo
la vida,
señor.
[Versión de J.R.]
mi cuerpo fue una masacre por televisión.
Hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión
que hicieron encajar
en la edición de sonido
y en un límite de palabras
ilustradas con suficientes estadísticas,
conteos, medidas, respuestas
para las que he tenido que aprender inglés
perfectamente,
y he debido estudiar mis resoluciones
de las Naciones Unidas--
y con todo, él me pregunta señorita Ziadah,
¿no cree que todo se arreglaría
si dejasen de enseñarles
a los niños
a odiar?
Pausa.
Busqué dentro de mí la fuerza
para ser paciente,
pero no tengo paciencia
a la mano
mientras siguen cayendo bombas
sobre Gazah.
Mi paciencia ha escapado.
Pausa.
Sonríe.
Aquí enseñamos vida, señor.
Rafeed, recuerda sonreír.
Pausa.
Aquí enseñamos vida, señor.
Nosotros, los palestinos, enseñamos vida,
a pesar de que han ocupado nuestros cielos.
Nosotros enseñamos vida
a pesar de que han venido a construir
sus asentamientos, y sus muros del Apartheid
sobre el último de nuestros cielos.
Aquí enseñamos vida, señor,
pero hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión
que tuvo que encajar
en la edición de sonido
y en el límite de palabras,
pero sólo danos una historia,
una historia humana, ya sabes,
esto no es política:
nosotros
sólo queremos
contarle a la gente
de tí y de los tuyos, así que
danos una historia humana,
no menciones esas palabras
APARTHEID y OCUPACIÓN,
esto no es política,
tienes que ayudarme, como periodista,
a ayudarte a contar tu historia
la cual
no es una historia política hoy
mi cuerpo
fue una masacre por televisión qué te parece
si nos cuentas la historia
de una mujer en Gazah
que necesita medicamentos
qué hay de ti
ya tienes suficientes
huesos rotos
para cubrir
el cadáver
de tu hijo,
ya puedes
entregarme tus muertos
y darme la lista
de sus nombres
en 1200 palabras o menos hoy
mi cuerpo
fue una masacre por televisión
que tuvo que encajar
en la edición de sonido
y en el límite de palabras,
y conmover
a los que ya no se conmueven
con la sangre de los terroristas.
Pero se sienten culpables.
Culpables por el asedio sobre Gazah.
Así que les di
las resoluciones de Naciones Unidas
y estadísticas
y condenamos
y nos lamentamos
y lo rechazamos
estos no son dos bandos iguales
ocupante y ocupado
y un centenar de muertos
dos centenares de muertos
un millar de muertos
y en medio de esos
crímenes de guerra y masacres
he construido palabras
y una sonrisa
no demasiado exótica
una sonrisa no terrorista
y conté
y volví a contar
un centenar de muertos
dos centenares de muertos
y un
millar
de muertos hay
alguien
ahí afuera habrá
alguien
que nos escuche
Desearía solamente poder llorar
sobre sus cuerpos,
desearía simplemente poder correr
hasta ellos, a cada campo
de refugiados,
y abrazar a cada niño,
taparles los oídos
para que no tengan que escuchar
el sonido de las bombas
por el resto de sus vidas
como yo.
Hoy
mi cuerpo fue una masacre por televisión
y déjenme decirles
que no hay nada que esas
resoluciones de Naciones Unidas
hayan podido hacer jamás
sobre esto.
Y no hay edición de sonido,
no importa qué tan buena sea
la edición de sonido,
no importa
qué tan bueno sea mi inglés
ninguna edición
ninguna edición
ninguna edición
ninguna edición
los traerá de vuelta
a la vida no hay edición
que pueda arreglar esto nosotros
aquí
enseñamos vida, señor,
nosotros los palestinos
nos levantamos cada mañana
para enseñarle al resto del mundo
la vida,
señor.
[Versión de J.R.]
domingo, 1 de abril de 2012
Aquí nos quedamos - Tawfiq Zayyad
En Lod, en Ramallah y en Galilea
nos quedamos
como un muro sobre tu pecho,
en tu garganta
como una astilla de vidrio,
espina de cacto,
y en tus ojos
una tormenta de arena.
Aquí nos quedamos:
un muro sobre tu pecho
a lavar platos en tus restaurantes,
a servir tragos en tus bares,
a barrer los pisos de tu cocina,
a sacar un bocado de comida para nuestros niños
de tus fauces azules.
Aquí vamos a quedarnos,
a cantar nuestras canciones,
a salir a las calles furiosas,
a llenar dignamente las cárceles.
En Lod, en Ramallah y en Galilea
nos quedamos,
a cuidar la sombra de la higuera
y los olivos,
a fermentar la rebelión en nuestros niños
como la levadura en el pan.
[Versión de J.R.]
nos quedamos
como un muro sobre tu pecho,
en tu garganta
como una astilla de vidrio,
espina de cacto,
y en tus ojos
una tormenta de arena.
Aquí nos quedamos:
un muro sobre tu pecho
a lavar platos en tus restaurantes,
a servir tragos en tus bares,
a barrer los pisos de tu cocina,
a sacar un bocado de comida para nuestros niños
de tus fauces azules.
Aquí vamos a quedarnos,
a cantar nuestras canciones,
a salir a las calles furiosas,
a llenar dignamente las cárceles.
En Lod, en Ramallah y en Galilea
nos quedamos,
a cuidar la sombra de la higuera
y los olivos,
a fermentar la rebelión en nuestros niños
como la levadura en el pan.
[Versión de J.R.]
domingo, 25 de marzo de 2012
Salvador Elizondo y la axiomática del sueño
"Nosotros, que pertenecemos a la historia, soñamos legendariamente. Nuestras imágenes oníricas son desciframientos automáticos de paleografías insospechadas cuyo significado se ajusta a una lógica de silogismos invertidos: nos es dada la conclusión a partir de la cual, mediante la técnica del sueño, habremos de encontrar las premisas."
["Los continentes del sueño", en Cuaderno de escritura.]
Postulado por
Javier Raya
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sábado, 24 de marzo de 2012
Al final no hay nada
[Transcripción de un apunte del 29 de noviembre de 2011.]
Una noble pretensión de la escritura, a mi parecer, es la posibilidad de decir lo que otro no se atreve, pero que, al leerlo, hace suyo. Ese es el sentido de la cita; dice Wallace Stevens en la introducción a Sur plusieurs beaux sujects que al citar no convocamos la autoridad o el sentido de lo citado en nuestro favor, sino que es, por decirlo así, como si asumiéramos la identidad no de esa autoridad sino del sentido de esa cita. En dos palabras, al citar, somos nosotros quienes dicen lo citado.
¿Y si lleváramos esta posibilidad un paso más allá y delegáramos en la lectura la posibilidad de decirnos a nosotros mismos, es decir, de expresar por nosotros esa noción escurridiza de identidad? Se me ocurrió esto con las lecturas de esta mañana. Releo mi sucio ejemplar de La comunidad que viene de Giorgio Agamben, cuajado de papelitos como piñata navideña, además de The possibility of an island de Michel Houellebecq que me prestó Manchitas, libros ambos que dan cuenta de algo así como un estado mental que me atraviesa en estos momentos; un estado que, para nombrar por sus efectos más visibles, llamaré de la posguerra.
Disfruto de Agamben especialmente su presentación de la condición irreparable del mundo, extraída formalmente de la escolástica medieval, según la cuál se investiga la condición de la naturaleza y las creaturas el día posterior al juicio final (post iudici.) Es irreparable no por una imposibilidad de reparación, de volver a un estadio previo en una lógica del funcionamiento, sino porque no admite reparo posible --un estado fronterizo con la destrucción en sus rasgos formales, en lo definitivo que es como el carácter con que la destrucción se presenta. En una palabra: que es como es, pues el mundo después del juicio ha perdido su finalidad de guiar al hombre imperfecto en la via de la salvación. Los salvados son salvos y los condenados, condenados, si he entendido correctamente. Una imagen en otro capítulo lo resume maravillosamente: ese mundo es como las cartas sin destinatario, es decir, que han sido escritas para nadie.
Por su parte, esta novelita de Houellebecq es narrada por un desencantado y sobreeducado comediante. Las partes donde narra la irrupción de Esther, una belleza veinteañera que se le entrega casi como una última promesa de la vida (tiene cincuenta y tantos, el narrador), pero en cuya belleza se devasta: no se trata de una crítica a su estilo de vida, a su baile frenético, a la justificación de un comportamiento lascivo por el uso de drogas o alcohol, sino, simplemente, a la irreparable distancia que lo separa de ese mundo que ella representa y todos sus tópicos: el sexo como virtud de la juventud, el envejecimiento del cuerpo visto desde una mente que nunca se llevó bien con el envejecimiento, etc. Según mi parecer, la belleza encarna mejor que nada esa condición irreparable, en el sentido de algo que no puede ser de otro modo sino del que es: la belleza es devastadora, es amoral: es. Uno queda expuesto en un doble sentido al aparecer de la belleza; por un lado, la belleza exige toda nuestra atención al exponerse frente a nosotros. Se expone porque no la propiciamos; no se trata formalmente de la belleza como la consecuencia de la acción de un sujeto (aristotélicamente, del paso de la potencia al acto), sino que potencia y acto son indistinguibles. (Estoy analizando rápidamente y haciendo grandes elipses; sobre todo, estoy jugando.) Esta primera condición de la belleza es aletheia, es decir, es ser en su aparecer, en su ser evidente al aparecer. Por otro lado, la segunda condición de la belleza es que nos expondría a nosotros mismos o al sujeto, que seríamos nosotros mismos lo expuesto frente a nosotros, un factor de lo expresado. Pienso en esta segunda acepción de exposición como un desnudar o revelar.
No me seduce pensarlo platónicamente como que la belleza revelaría en nosotros la idea de la belleza que siempre estuvo ahí, o que en todo caso la confirmaría. No: nos expone en el sentido en que nos quita una capa de piel, nos deja expuestos; la belleza nos despelleja vivos, nos deja hechos un cuajo sangriento. De este proceso brutal, claro, la belleza no puede hacerse responsable. Tal vez la tercera condición de la belleza sería su ser como ser indiferente. Habría que pensar, claro, si la belleza es un universal o un particular, etc., línea que me da un poco de pereza por ahora. Lo que me revela este devaneo, por lo pronto, es que al pensar la belleza le he dado atributos de mujer, o que la he identificado claramente con una mujer.
[Un buen amigo mío], por ejemplo, nunca se repuso de la belleza de su mujer, de la que lo dejó hace tiempo. Era demasiado bella; tan bella que lo sigue siendo, que desde la ausencia lo sigue (sobre)determinando. No importa que ella envejezca, todas las mujeres palidecerán siempre frente a esa pelirroja. Es como si te hubieras habituado a filetes kobe (¿podrá uno habituarse realmente a algo?) y luego te pusieran en un mundo lleno de Mc'Donalds. No es que no haya belleza posible para él, supongo, sino que toda otra belleza está en referencia a esa belleza absoluta que tuvo y lo marcó definitivamente, irreparablemente. Lo dejó mohíno y como castrado, tanto que a ratos me parece que hablar con él es hablar con un santo de la desidia sexual, uno que llevara el cuerpo como una ruina a cuestas, un recuerdo que le pudre la líbido (¡u, horror, la curiosidad!) como para dejarla en sacrificio al recuerdo de esa belleza, para que desde su siempre estar perdida, lo habite. Siento que [mi amigo] ya no busca mujeres por respeto a esa mujer que perdió, que está perdiendo siempre.
Es por eso que en un inicio introduje el citar como un hablar en lugar de. Mis lecturas del último año no tienen sino ese objetivo: el ser predicados o comentarios u órbitas de un (imposible) modo de pensar una mujer. Es decir, que leo para obtener un modo específico de pensar a esa mujer, para que no se me estanque como idea. Últimamente me pareció aterrador que esto se volviera una idea fija, pero de algún modo uno no puede sino dejarse ser, es decir, de ser según las obsesiones, en mi caso. Es un cambio en mi relación conmigo mismo, pero al final sólo es. Los temas de los que uno decide escribir al final lo revelan en el sentido que lo crean. Quisiera quedarme en la feliz trivialidad de escribir por capricho, porque simplemente algo no pudiera no ser escrito; en cambio, me veo escribiendo como tabla de salvación. No me gusta, para nada. Pero es así. Si no escribo me voy a morir -o, vaya, al menos me voy a aburrir enormemente- bajo todo lo ausente de esa mujer.
¿Quedará pendiente todo lo que quería hacer? ¿La crítica a la ideología, la estructura de la "universidad doméstica", esa utópica epistemología de lo privado, los dos o tres libros de ensayo que quería hacer sobre poesía latinoamericana jovencísima, el desarrollo de la crítica a la editorialización de la vida privada en la escritura de las redes sociales? ¿El escarceo performático del libro como acto en vivo? ¿El libro de (desde, en, entre, hacia, hasta, para, por, sin, según, sobre, tras) los sueños? ¿Lo dejaré todo por escribir para entender la condición de ruina que dejó una mujer al pasar por mi vida? Y más, ¿puede entenderse algo así?
Quisiera ser Sophie Calle y delegar este entendimiento en una expresión artística comunal, que hubiera un documento como una carta de despedida que usar como leitmotiv. Pero no hay. Al final es eso: no hay nada. Al no estar ella, al seguir no-estando, al no poder citarla, no puedo ser. Y se siente de la verga.
Este es el lugar de nada. De otro modo: esto escrito está en el lugar de lo que no está.
sábado, 17 de marzo de 2012
Resignarse
, En la cabeza del resignado aparecen los primeros rasgos de la desazón, un indudable gesto abatido: el rostro paralelo al suelo, como a punto de tocarlo, los brazos colgando a los lados, sin moverse mientras camina, como mangas de un abrigo mojado, la mirada no perdida, ausente. El resignado puede o no caminar: de todas formas sabe que no va a ninguna parte, o mejor dicho, que no tiene ningún lugar a donde ir. Todo lo que ve lo signa con el monograma de la incertidumbre.
From my rotting body, flowers shall grow and I am in them and that is eternity.
Edvard Munch
, Retoño, retorno. Desde que llegamos a esta casa, veo un árbol podado por el salvaje equipo de obras públicas de la ciudad. El árbol quedó hecho un muñón de ramas. De las gruesas ramas de la jacaranda crecen palitos delgados y finos como dedos, un alfiletero disfrazado de árbol. Desde que llegamos a esta casa comenzaron a salirle retoños pequeñitos en las puntas. Esta mañana, la muchacha araucana también se pintó las uñas de verde, como una muchacha que se disfraza discretamente de árbol.
, El gesto del resignado difiere enormemente del gesto del derrotado; mientras el derrotado puede o no aceptar una derrota que se le presenta como definitiva, el resignado no busca explicación para su derrota. La incertidumbre del resignado no es la incertidumbre del filósofo, la duda fecunda, la pregunta imprudente, la curiosidad infantil; su incertidumbre es la tierra yerma, el monótono mapa del desierto que se le presenta como el grado último de la intemperie. El resignado es el gran optimista: lo acepta todo sin cuestionarlo.
, Resignarse a la cotidianidad, ese signo en movimiento, esa moneda en el aire. Ponerle buena cara a este piso limpio, a este lugar transparente. Falta ordenar los libros, pero quedaron bien, cupieron todos. El librero nuevo soportará --se resignará al peso mudo de los libros cerrados. En esta casa no hay libros en el piso. Hay un pasillo largo que separa (resignifica) el ámbito de lo público y de lo privado; se entra a la pieza como por un túnel. En esta casa hay plantas, hay fruta y hay olor de niña. Prefiero fumar en la ventana viendo el árbol porque me gusta el olor a niña que se impregna a los objetos. Ese olor me gusta más que el olor del tabaco negro, y vaya que me gusta el olor del tabaco negro. Las niñas huelen bien, lo supimos desde siempre. Son suaves, además. Son más ricas que el tabaco negro, por si fuera poco. A veces se cierran sin fisuras, como piedras, y no dicen nada. Las niñas son gente sumamente extraña, pero está bien; me he resignado hace tiempo.
, Resignar, cambiar de signo. Operar un tipo de violencia semántica que afecte el valor de un signo, que --alquimia-- lo transforme en otro. ¿Sobre el signo? ¿No será más bien una violencia sobre la lectura de ese signo, sobre su codificación? Y en todo caso, ¿qué quedará de lo que fue, del signo previo o del código previo al que ese signo estuvo sometido? ¿Quedará, si algo queda, la ruina del signo, un ante-recuerdo previo a una irrupción resignificadora? ¿Cómo hacer compatible el gesto abatido del resignado con el conquistador, el poderoso de la resignificación?
, Resignarse a la poderosa resignificación de la felicidad. Que dure lo que dure. Ya ni modo.
, En las funerarias, una palabra que circula con tanta facilidad como el café en vasitos de unicel es precisamente "resignación". Los deudos se la recomiendan mutuamente como si fuera un libro o una vitamina saludable. A los más histéricos incluso, se les impone: resígnate, les dicen, como si uno pudiera sencillamente tomar el signo que trae puesto y cambiárselo por otro, como una bufanda vieja que se reemplaza. La resignación mortuoria es también un (re)signo de una convención religiosa. La paradoja es de sobra conocida: el libre albedrío sirve para aceptar libremente esa voluntad divina. Resignado (es decir, asumiendo el signo de una fe que no se lleva bien con los temperamentos inquietos y curiosos), el creyente se aviene a poner sobre su dolor el signo de la obediencia. El que pide consuelo --es el subtexto-- no necesita dudas, necesita instrucciones, un manual para la pena.
, Resignificaciones áuticas: las serpientes que cambian de piel, los tiburones que cambian de dientes, la adolescencia toda, la araucana cuando se pone la pijama, la lluvia en general. Seres que, cambiando, se disfrazan de sí mismos.
, Resignar: mudar de signo. Resignificación: mudanza, maleta de signos, calidad portátil del sentido. Resigno: resignifico: acepto lo mutante, lo que cambia de forma, lo que, para volverse sí mismo debe permanecer en tránsito.
, Yo no me resigno. Yo te estoy perdiendo siempre, infinitamente. Aunque te tuviera te estaría perdiendo. Tan acostumbrado me tienes.
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