jueves, 6 de mayo de 2010

El árbol que grita



Traté --tal vez ahí estuvo el error-- de hacer un ejercicio de observación que recomienda Jodorowsky para cineastas, y que dice Sartre que dice Mauppassant que su tío Flaubert le recomendaba igualmente: observación de un árbol por espacio de dos horas, para luego dedicar un tiempo similar a describirlo. Me dormí a los 15 minutos (como me consta que ocurre con muchos lectores de este blog). Sin embargo, puedo asegurar que fueron 15 minutos sumamente productivos.

Es una reducción bárbara, como nos recuerda Funes, el dar el mismo nombre genérico a cosas tan disímiles como un árbol y otro. Elegí un árbol "cualquiera" para mi observación. Pero cuando empiezas a observar realmente un árbol sus peculiaridades se vuelven tan evidentes como los rasgos que diferencian un rostro humano de otro: aún de la misma especie, mero aire de familia,  el color, la altura, el peso de las ramas, las cicatrices del tronco son distintas; por ellas suponemos, por ejemplo, la historia (biografía sería preciso) del árbol, sus podas --no iré tan lejos para llamarlas "mutilaciones", que no pretendo un post ecologista--, sus quiebres, las huellas invisibles de lagartijas, ardillas y pájaros. Un árbol es una especie de condominio, de cueva abierta.

Por otro lado está la sombra, ese árbol fantasmal más vivo que el árbol mismo: en su orgullosa postura, el árbol ve otro árbol corriendo en torno suyo.

En cuanto a lo físico, no sé por qué reparé primero en lo oculto que en lo externo: imaginé las hondas raíces bajo el pasto, anchas y ciegas como una mano enterrada; imaginé bosques como reflejos de árboles, con sus modos particulares de hojas, con sus movilidades aún más lentas que los improbables desplazamientos del árbol. Luego, en estricta verticalidad, observé la aparente firmeza del tronco puesta a prueba por el viento: si fuera demasiado sólido se quebraría, y frente a una ventisca  ese árbol demostró su flexibilidad, su disposición al baile. Recordé precisamente la imagen de Las palmeras salvajes, de Faulkner. Los árboles bailan.

Las ramas, como no podría ser de otro modo en primavera, estaban llenas de hojas con forma de estrella, verdes en la superficie y del color de monedas cobrizas por el anverso. Ese viento que doblaba ligera, casi imperceptiblemente la estructura entera del árbol, en sus arremetidas era comunicado desde la distancia: lo precedía el susurro de todas las hojas-monedas de otros árboles, de manera que cuando llegó al árbol que yo observaba, era acompañado de una corte de ruidos de árbol o coros, llamadas y respuestas, suerte de lenguaje involuntario. Aquí podríamos escuchar esos sonidos arbóreos como celebraciones naturales, pero en nuestros días paranoicos podrían ser más bien llamadas de peligro, advertencias desesperadas. En su inmovilidad, los árboles me han parecido siempre creaturas histéricas --vaya proyección--: "El grito" de Edvard Munch me parece, a su modo, un árbol, o que consigue por lo menos captar el sentimiento de un árbol gritando en un mundo silencioso.

Sería exagerar o idealizar de más suponer que los coros de hojas vibrantes serían tonalmente distintos, en sentido musical, según cada árbol, cada especie o posición relativa del viento; pero me seduce pensar que ese movimiento violento y desesperado, a la vez sereno y rutinario, no guarda consigo mismo una relación homogénea. Creo que se trata más de una imposibilidad  propia de mi oído para percibir esas sutiles diferencias, que una monotonía intrínseca a todos los vientos sobre todos los árboles. Más aún, imaginar esos laberintos sonoros provenientes de cada hoja diferenciada, particularizada en su posición sobre cada árbol nos remite a las imágenes numéricas, a las explosiones abstractas que tanto fascinan a los matemáticos. Sería locura o iluminación --o ambas-- poder, como Funes, tomar conciencia de cada sonido de cada hoja de cada árbol a cada momento.

Recordando a Munch, creo que él decía algo como "y de mi cuerpo muerto flores nacerán, y yo estaré en ellas y ellas en mí y eso es la eternidad". Como los poemas, parece que las historias de los árboles sólo se interrumpen; un árbol es en cierto modo interminable.

--
Ejercicio de observación jodorowskiano.
Imagen.

jueves, 22 de abril de 2010

Variación gargarina sobre un tema de San Juan de la Cruz

Seña umbrosa instalando la tormenta,
mas no en la zona donde un rayo anida,
visible en claro, a sazón herida
ciervo, de luz trenzada cornamenta.

El arma que su frente örnamenta
codicia un cazador, y arremetida,
que de torpe saeta dio perdida
no viendo flor de sangre en la osamenta.

Hállala el cazador bajo la flecha
y la nocturna luz de su figura
le informa su ya hermosura deshecha;

Ruega a una diosa con nubil bravura
que eleve el ciervo al jardín constelado:
ciervo será, mas ciervo vulnerado

viernes, 16 de abril de 2010

Mudanza


 Lapas

, Dato: en la preparatoria tuve un lapsus en que me enamoré de la biología marina. El Carcharodon carcharias era mi obsesión: soñaba tiburones. Mi primera frustración académica fue la cancelación del viaje de investigación programado a las costas de Baja California Sur, donde ayudaría a realizar un reporte de los hábitos del pez y su impacto sobre la población. Una de tantas vocaciones abortadas, o por lo menos, postergadas (sé que estudiaré mineralogía, incluso, en algún momento). 

Pero el recuerdo más grato de mi amor fugaz por la biología del tiburón blanco fue aprender que, si éste deja de nadar, por ejemplo, cuando sus aletas son arrancadas en una pelea con otro tiburón, se ahoga: el tiburón vive a condición de moverse. Quedarse en un sólo lugar los ahogaría; los tiburones sueñan en movimiento.

, No son infinitos los lugares en que he dormido desde que llegué a la ciudad, pero ciertamente  son muchos. Sofás en su mayoría, lo que no tiene nada de romántico (ya no digamos cómodo). Sórdidas habitaciones de hotel; otras, con servicio a cuarto 24 horas. Algunas familias hospitalarias me han abierto su casa, terriblemente arrepentidas al poco tiempo. No soy un inquilino terrible, más bien soy un inquilino flotante. Y la falta de certeza con respecto a mis comportamientos y hábitos de entrada y salida suele provocar estragos y no pocas fricciones.

, Pero esto no podía seguir así. KT, probablemente la persona más inteligente que conozco (la de mejor gusto en todo, eso seguro) me hizo algunas preguntas certeras después de un delicioso desayuno de medio día --y sí, los lumpen también bruncheamos. "Búscate un cuarto que sea tuyo, como dice Virginia..."

Si fuera una escritora inglesa de principios del xx, sólo me faltarían las 500 libras de renta para ser feliz: el cuarto me encontró al tercer día.

, ¿Qué se muda cuando uno se muda? Se vacían los cajones, se encuentran los libros que se creían prestados o perdidos, se hace recuento de cosas inútiles. Danza callada de los objetos que nos siguen, como lapas sobre las aletas. Y de las personas que se quedan donde ya no seremos bienvenidos.

, Si mudanza es cambiar de posición en el mundo, a cada mudanza cambiamos de mundo.

, Secreta gloria adolescente: pensar que nadie nos comprende. Secreta gloria adulta: pensar que todos nos comprenden. 

El misterio de la madurez debe ser que no hay misterio: se da el salto en el vacío y las posibilidades se reducen a la caída o al vuelo. Ninguna importa, el salto importa. Y si lo anterior es incorrecto, sigo en la deriva. Respirando, eso sí, hasta nuevo aviso.

viernes, 9 de abril de 2010

Invitación: lecturas de abril

April is the cruelest month. 
T.S. Eliot
1. Lectura dentro de la 1era Feria del Libro de Azcapotzalco. Alternando con el master Guillermo Vega Zaragoza (en cuyo blog pueden consultar el programa completo de la feria), mañana

Sábado 10 de abril, 17:00 hrs. en
EL BREVE ESPACIO. Kiosco de la Videoteca “Manuel Álvarez Bravo”
Dos generaciones: Guillermo Vega (poesía), Javier Raya (perfopoesía)
[whatever than means]

Cómo llegar: Explanada delegacional de Azcapotzalco, calle 22 de febrero esq. con Jerusalem. Metro Camarones (línea naranja) y caminar tres cuadras o tomar un pesero que diga "UAM Azcapotzalco". La carpa está situada frente al asta bandera y dice en letras grandotas "El breve espacio", or so I was told...



2. Lectura dentro del programa "Marabunta de poetas" en ATRIO-Espacio Cultural. Este terrorista cultural por mérito propio, don Cristian Picón, ha organizado una cosa interesante. A los distintos espacios que conforman el ATRIO ha propuesto diferentes modos de interpretar poesía en un sentido performático. Así, la modalidad "Performance" se lleva a cabo al fondo de la taberna; "Errante o de balcón" (¿balconeo?) desde el primer piso leyendo hacia la calle; y de "Recinto" en la mesita familiar que a mí me aterra tanto, la forma de lectura más íntima.

Estaré participando en

Performance: Lunes 26 de abril, 19:00 hrs.
y
Recinto: Viernes 30 de abril, 19:00 hrs.

Cómo llegar: El ATRIO está en Orizaba 127 Col. Roma. El metrobús más cercano es Álvaro Obregón. De la av. Álvaro Obregón rumbo a Cuauhtémoc, a mano derecha en Orizaba y es cuadra y media.



jueves, 8 de abril de 2010

La palabra y su sombra

  1. No exigir respuestas de las palabras. Las palabras a cada momento cargan sobre sí mismas sus propias, inabarcables dudas.
  2. La palabra es la sombra de un silencio; el verdadero asombro ocurre en silencio. La palabra intenta recobrar ese silencio, infructuosamente.
  3. Las palabras señalan caminos. Nosotros corremos por esos caminos que las palabras deberán, luego, re-correr.
  4. Desconfianza en la palabra: picarla, azuzarla, provocarla. Como la cobra enojada que se levanta sobre su furia y muestra su belleza mortal. 
  5. Una confianza excesiva en las palabras nos hace a nosotros sus esclavos y a ellas, piedras de museo. 
  6. Las palabras no se adhieren a sus cosas, no son las cosas. Las apuntan, las señalan; en algunos instantes escasos de asombro, las iluminan. 
  7. La certeza es el pan de los vencidos; por eso el cristianismo es tan popular.
  8. Una duda es el mejor regalo que puede hacerse tanto a un amigo como a un enemigo. 
  9. Yo no pido que me expliquen nada; pido que me confundan, que me reten. Que me planteen asuntos insolubles.
  10. Yo no le pido nada a las palabras, ni siquiera que me inventen o me expresen. Yo quiero que las palabras sean sólo palabras. Para mí es suficiente.

viernes, 2 de abril de 2010

Apología y diatriba del vicio, de Rafael Courtoisie



El principio del placer es una de las ruedas sobre las que se mueve el mundo. El principio del dolor es la otra rueda. Son ruedas anchas, delgadas, de rayos dorados como los de una cuadriga de la antigua Roma Imperial. Sobre la cuadriga el conductor, el hombre y un extraño s´quito de figuras sólo remotamente antropomórfas: los vicios. Los vicios se mueven y hacen equilibrio entre el placer y el dolor. Empiezan por el placer, del lado de la rueda del placer y luego, usualmente, van desplazándose hacia el lado del dolor. El desplazamiento suele ser inevitable y entonces el carro, la cuadriga de la antigua Roma del Imperio se desequilibra: del lado del dolor están los traficantes, cavernas o guaridas de microbios. El lado del placer, por supuesto, es luminoso.
Fedor Dostoiewski, el célebre autor ruso que pasó noches de insomnio haciendo avanzar por sus páginas las tribulaciones de su famoso y culpable Rodia, estaba desde el mismo día de su concepción atraído inevitablemente por una de las sirenas mitológicas que habitan la isla del vicio: la locura. Fedor nació en un manicomio de la Rusia zarista, pues su padre era médico siquiatra y dispuso que su familia viviera allí. El primer berrido del joven Fedor se confundió con los desgarradores gritos de los orates que deambulaban y se babeaban en los sórdidos y largos pasillos de aquella mansión de locura.
Muchos años después, Dostoiewski, tratando de exorcizar por la escritura el terrible vicio del juego, intentando pagar deudas contraídas por su compulsión a apostar en la ruleta, se comprometió con un editor inescrupuloso a entregar una novela en tiempo récord. No podía escribir con la velocidad necesaria, por lo que contrató una tipógrafa para que le tomara dictado.
Pronto el proyecto de novela se convertiría en El jugador (cuya acción transcurre en la imaginaria ciudad de "Ruletenburg") y su secretaria se transformaría en la nueva, diligente y abnegada esposa del novelista. En este caso el vicio del juego le permitió al escritor ruso una formidable revancha. Pero lo usual es que no suceda así. Basta recordar las crisis abismales que terminaron con la vida de Kurt Cobain. La droga, como el crimen, es un vicio que termina pasando la cuenta, cobrándose el capital de la vida con intereses de usura.
Los animales no tienen vicios: ¿Alguien vio alguna vez una foca fumando? Ni las focas, ni los peces, ni los caballos, ni cualquier otra criatura del reino animal o vegetal fuman. Menos pudieran hacerlo las pobres e inertes piedras, súbditos humildes del reino mineral. Entre los organismos menos complejos de la escala zoológica sólo fuman algunas especies de batracios, algunos sapos de clima subtropical, pero hacen ese ejercicio de vicio de manera tan torpe que inhalan humo hasta hinchar totalmente la babosa submaxilar y revientan casi enseguida. Pobres sapos.
El vicio es humano, intrínsecamente humano, y es hermano de sangre de la virtud. Y la virtud tal vez no sea otra cosa que el vicio empecinado de los hombres honestos.
Rafael Courtoisie, Poesía y caracol, Biblioteca Sibila/ Fundación BBVA. Sevilla, 2008. pp. 42-3.
Imagen.

viernes, 26 de marzo de 2010

Saul Bellow y la dificultad


Y así, debemos preguntarnos por qué la música es tan perpetuamente fértil, nueva, ingeniosa, inagotable; por qué es capaz de decirnos muchas cosas más que los otros lenguajes y por qué se nos da con esa facilidad, con tanta soltura, tan gratuitamente. Porque no es fruto del esfuerzo. Nos hace ver que hay cosas que deben hacerse sin dificultad. Fácilmente o nada: esa es la verdad del arte. La concentración sin esfuerzo, eso es lo esencial. La voluntad y el deseo se silencian (como tantos místicos han comprendido*) y el trabajo se convierte en juego.
Saul Bellow, "Mozart: una obertura"; en Todo cuenta. De Bolsillo. pp. 27-8.

* Cfr. "música callada", "un no sé qué que queda balbuciendo", San Juan de la Cruz, Cántico espiritual. (La nota es mía.)

Crédito de la imagen.

domingo, 14 de marzo de 2010

Del amor como histeria colectiva

La expresión de un sentimiento siempre es absurda.
Paul Valéry

, Ya decía en alguna ocasión la señora Teste, que a su singular marido le parecía el amor una zona de excepción entre dos personas donde estaban autorizadas para comportarse como tontos. Eso nos deja un par de consecuencias: o el amor te vuelve tonto o, más brutal, uno es tonto en el fondo pero se esfuerza por superarlo --estado primitivo tal vez--, y lo que el amor hace es venir a dar al traste con todo el esfuerzo civilizatorio y volver al ser (al Ser con mayúscula), otrora robusto y chapeado, gelatina, un cuerpo sin esqueleto de voluntad negociable, perpleja y profundamente hedonista; en suma, el amor lo volvería a uno o idiota o suicida intelectual.
, La expresión de los sentimientos amorosos al estar apoyada en la profunda intimidad de dos personas, anula por esa misma expresión la individualidad de éstas, transformándolas en seres bícefalos y grotescos. Hay algo monstruoso en la situación de dos personas que no pueden discutir; perturbador, dos personas que se dan la razón sin reparos.

, La institución secreta pero celebrada del amor cortés, como todos saben, dio la pauta, el código, del amor como lo conocemos. Este juego ridículo del cortejo donde ambos saben que no pueden transigir demasiado pronto, so pena de hacerse poco interesantes al otro --vaya sustituto de plumas de colores, de penachos enardecidos--, pero sabiendo que la prenda debe soltarse lentamente, sin embargo, para mantener el interés del otro. El amor podría pensarse como un asunto de economía del interés. Es el reproche de Marcela ("la Bella") en El Quijote: ¿por qué si éste hombre que decía amarme se suicidó al no obtener mis favores, me llaman homicida? Nunca le di esperanza ni le hice promesas...

El amor es asumir una derrota futura como presente.

, Sobre la transitividad del verbo amar: es falso que amar necesite un objeto en qué realizar su acción. Es decir, amar no es el efecto que algo despierta en nosotros, sino algo que surge de nosotros. El amor no es una reacción inevitable (intentaré explicar esto más adelante). No creo que el amor "entre" por los ojos, por ejemplo (dejo para ustedes la evaluación de otros perímetros). El deseo, la calentura, por supuesto que es asunto sensorial. Uno puede, como los medievales, quedar "prendado" en la vista del ser deseado --que no amado. Es una ligereza decir que uno ama a otro irremediablemente: el amar es un monólogo, no requiere réplica ni participación exterior; es un acto solitario. Porque el amor no es la consecuencia inevitable del trato carnal o social con otras personas; no es un estado que se alcanza por sumatoria de experiencias compartidas. Amar es un acto de profundo egoísmo a través del cuál significamos nuestra existencia; el otro solamente es un pretexto, o por así decirlo, un significante. La lexicología no nos dejará mentir: you are my significant other.

, Esto no implica necesariamente entender el egoísmo del amor como una perversión o sustitución de una improbable pureza en la relación entre dos seres humanos. El egoísmo del amor implica una proyección del ego en el otro: es a través de ti que puedo conocerme y realizarme. Esto no me parece menor. Toda la mística trágica, romántica, absurda de la "inspiración" como movilización hacia el arte va en ese sentido; no es que tú me "inspires", es decir, que soples un aire divino que me posibilita crear gracias a tu intervención, sino que es debido a tu -de otro modo, mera- existencia que puedo explorar mis propias posibilidades. En este sentido, no lo que se entiende vulgarmente, románticamente como "inspiración" es el motor del sujeto hacia el arte, como si se tratara de un ente de otro modo pasivo, sino que "inspiración" significaría, ilustrado en términos espaciales, un dónde. Y más aún, un desde dónde a través del cuál un sujeto (amoroso) moviliza hacia sí mismo una potencia de otro modo anodina, parcial, inoperante.

Podemos notar esto en la terminología de los amantes para referirse entre ellos: desde el, casi semánticamente vacío excepto en las primeras locuciones, mi amor, hasta el empachado, ontológicamente reductivo cosa, el metafísico e idealizado mi cielo o diosa, el paternalista hija o niña (o sus complementos maternales, que implican no menores dependencias), los de referencia física como gorda o flaca, son posicionamientos subjetivos que asume el amante, los cuales dicen descriptivamente poco del sentimiento que siente -genuinamente, puede ser- hacia el otro, pero que dicen mucho más acerca de su propio posicionamiento ante ese sentimiento (que no hacia esa persona, objeto del sentimiento). Tomemos como ejemplo gorda: se ama lo que es bello y por ende, bueno, dice Platón. En nuestra sociedad la obesidad está estigmatizada como paradigma contrario a la belleza ideal, es decir, al modelo anglosajón: delgada, rubia y de preferencia voluptuosa, atributos que tienen implicaciones colonialistas evidentes. Al llamarte gorda, estoy diciéndote que sé que no eres el ideal de belleza -es decir, de bondad- que sería por definición "amable", sujeto de ser amado, susceptible de despertar amor; y mi gran amor por ti se manifiesta en el hecho de que a pesar de que eres una gorda que nadie podría ni debería amar, yo te amo; ergo, soy magnánimo y debes amarme también.

Lo que digo de ti, mi modo particular de amarte, es el lugar desde dónde te veo; por lo tanto, desde donde me veo para amarte.

, El amor es también el fantasma de la completud. La metáfora de la media naranja, del alma gemela, del andrógino primario dividido in illo tempore es otro aspecto del análisis del amor como mecanismo de significación. En el amor como en la democracia, la trampa del número: suponer que mucho es igual a mejor. El otro parecería completarme, complementarme. "Me llenas", se oye decir, como si lo que hubiera de humano antes del amor fuera un hueco fundamental (sin albúr, cerdos), una falta, un desgarre, una carencia que sólo el amor pudiera compensar. ¿Qué o de qué está compuesto ese hueco existencial? Podríamos hablar de angustia, de devenir, de no-ser, de Nada; para lo que me interesa, todo este vacío brumoso que se es -que se supone ser- sería una estructura igualmente vacía, cuyos contornos apenas diferenciados adquieren sentido, margen, continuidad cuando se ama. Ponemos al otro en el lugar de la carencia, enjaretándole como santo de iglesia de pueblo el ex-voto, el milagrito, es decir, la responsabilidad de la completud del ser; de la felicidad. Luego, si soy infeliz es porque no me sabes llenar; mi infelicidad es culpa tuya, velo sabiendo...

Esta continuidad, esta aparente armonía del ser sobre sí mismo cuando el amor hace evidencia de su artificialidad al mostrarse fácilmente sustituible. Ahí está el vox populi del ardido: "un clavo saca otro clavo", argumento a favor de la transitoriedad de cualquier relación amorosa. Entonces la regulación, la significación de nuestra, así llamada, "existencia vacía" es posible sólo en tanto el otro asuma la completa responsabilidad de nuestra vida emocional. Por eso la ruptura amorosa implica una "separación", una "destrucción": el ser queda dividido, es decir, con un significado sin significante, con una papilla metafísica, con una ruina.

, Amar implicaría aceptar, pues, el peligro de este absurdo lógico como condición de posibilidad. Absurdo porque puede caerse fácilmente en la fanatización del otro, en la idealización de su función, en la economía del interés, en las expectativas inalcanzables... Absurdo el "te amo" como f(r)ase de desarrollo de la relación donde "ya se dicen que se aman", como si se hubiera alcanzado un nuevo nivel de conciencia o un premio de lotería; "te amo", escupido sobre el otro como un ancla, como un marcaje territorial sobre el otro para hacerle saber su responsabilidad irrenunciable respecto a su importancia capital en nuestra economía emocional. Vaya, como si se le hiciera un favor al otro al comunicarle esta profunda, profundísima verdad, de índole, ay, estrictamente individual e intransferible.

, Hasta el señor Teste amaba. 

El amor es complejo, variable en objeto e intensidad, en modo, tiempo y espacio; curioso: el amor parece funcionar como un adverbio. Haciendo una grosera transpolación, el ser amado no sería el verbo de la estructura de significación de nuestra vida, i.e. no lo que nos mueve. Sería más sano pensar que el amor es el gran modificador, el gran complemento circunstancial, i.e. el modificador, el agente de precisión. Salvo la pedestre metáfora, me parece que amor=adverbio funciona para ilustrar un modelo del amor donde el énfasis estaría puesto en el sujeto y no en la relación de sujetos. La paradoja del amor es que hay que aceptar que lo vuelvan a uno loco con expectativas, neurosis, celos y toda la estúpida teatralización de los amantes, en público o en privado, que no acrecientan la libertad de los sujetos implicados en la noción "pareja", sino la dependencia castrante de uno sobre (contra) el otro. El amor actual es una forma de colonización emocional.

¿Por qué el amor debería acrecentar la libertad individual? Porque el vasallaje moderno implica hacer funciones de asistente, chofer, cocinero, acompañante de eventos sociales, guardaespaldas, terapeuta (chale con el balconazo) et caetera, para que el otro se sienta amado; luego, el amor tiene que ser algo MUCHO más interesante que eso. O no: tal vez el amor sea precisamente todas esas cosas, pero asumiendo por principio que esa esclavitud no nos es impuesta, que nuestra vida realmente es otra cosa, pero que tomamos gracilmente ése papel. Pienso en Emile Teste y en la novia británica de Jimmy Hendrix, pero no me gusta la perspectiva para nada. Por libertad individual entiendo un pleonasmo: responsabilidad intransferible; yo que no puede evitar participar en su autodeterminación, en el proyecto de su devenir (soy conciente de que dejo ceteris paribus la relación histórico-dialéctica de la cuestión). El amor sería factor de esa autodeterminación, de esa responsabilidad sobre la exploración del yo, no su componente fundamental.


, El peligro del amor es la nota roja: la frustración del otro puede parecer divertida, pero es alarmante: alguien enamorado y armado es impredecible. Ahí están los machos y sus idiotas novias/esposas matando o dejándose matar. El amor mata, o por lo menos vuelve loco, genera cuentas de psicoanalista y en suma parece muy poco deseable. Pero no podemos evitar el deseo sexual como no podemos evitar cualquier otra determinación biológica. Una salida es la respuesta cínica (uso el término sin sarcasmo): sexo deportivo. Es divertido y en la economía libidinal, equivalente a ir a un restaurante cuando el sujeto no necesita reafirmación afectiva, sino simple desahogo carnal. Freud y Lacan estuvieron aterrados de la sexualidad femenina; pero sea como sea que funciona, contrario al barbarismo burgués de que los hombres son prácticos y las mujeres sentimentales (¿Marte, Venus?) las mujeres parecen ser capaces de diferenciar mucho mejor entre relación sexual casual con fines de desahogo (sexo deportivo) y construcción de un proyecto conjunto, una relación de pareja. Parece atisbarse incluso un paradigma nuevo donde la construcción de la relación de pareja no implicaría sexo monogámico exclusivo, al reconocer que hay zonas del deseo sexual que no pueden ser satisfechas  ni exploradas enteramente a través del intercambio con una sola pareja sexual. El amor cortés diferenciaba nítidamente el proyecto de pareja con fines políticos, del intercambio sexual como pasatiempo o recreación --si bien recreación propia de clase dentro de un marco altamente codificado. Creo mucho más narcisista el secuestro emocional de una persona para que se encargue de mi economía emocional que el asumir mis propios deseos como punto de partida y hacerme responsable de ellos --al final amar sería una forma de conocimiento. No pretendo que sea evidente, pero hay que dejarlo para después.

No estamos para reivindicar nada ni para sugerir recetas. Si me apuran, este post que está disponible públicamente en internet es realmente una meditación privada y mi versión de una declaración amorosa. He intentado ser más o menos objetivo en los anteriores planteamientos,  aunque sé que he hecho un licuado terminológico bastante brutal. Las conclusiones siguientes asumen que  la teoría acusa un alto grado de subjetividad; esto no es justificación de irresponsabilidad, sino de una visión de la teoría como abstracción de la experiencia personal. Siempre es más interesante plantear un problema que agotarlo; yo lo dejo en un nivel de creencia en las siguientes conclusiones --por tanto los invito a no leerlas. 

Conclusiones

Pasado el disclaimer, terminar con la perspectiva del amor como colonización del otro (¿"mi nueva conquista"?, ¿les suena?) implica asumir la responsabilidad personal sobre la noción de felicidad o realización que funcione para nosotros, en lugar de endilgarla al otro; implica conquistarse continuamente: no domarse, conocerse. Mis vicios son para mí tan importantes como mis dudosas virtudes, y mucho más ciertos, por ejemplo. Puedo conocer a la mujer más maravillosa del mundo, y podría enamorarme de ella mientras no se meta con mis vicios. ¿Por qué? Porque en ese modelo del amor como significación donde el otro tomaría un lugar adverbial, de precisión, entiendo que amar a alguien no es modificarlo para que se parezca más a mí, para que pueda yo tener un molde perfecto en el cuál reafirmar mi ciclo narcisista. Entiendo el amor como un espejo que no me devuelve mi imagen distorsionada, es decir, como quisiera idealmente verla: el otro no me devuelve nítidamente mi imagen, no tendría por qué, pero me permite conocerme, conociendo a mi vez, al otro. Entiendo el amor como un asunto individual e intransferible: lo que ocurre en mí con respecto a mí mismo cuando estoy con ella.

Participar al otro de nuestros sentimientos y esperar reconocimiento o, ay, correspondencia es el modelo más idiota y narcisista del amor. Dice Lacan: senti/miento. Cuando digo algo estoy sintiendo otra cosa, porque la glosa de mi sentimiento está siempre sujeta a la imprecisión. Con todo, creo que puede existir el amor como relación intensa y constructiva entre dos personas que discuten. Esto es fundamental. Limitarse a reflejar o hacer eco del otro es además de aburrido, deprimente. Yo estoy por una forma de amor como soledad compartida. No ser a partir del otro, sino ser con el otro, donde tu desarrollo favorece el mío, pero no lo condiciona.

Espero que la extensión de este post así como sus medianas metáforas lo hagan ilegible y poco interesante. Es mi manera de decirte que te extrañé mucho hoy. Intenté describir lo que haces que mi ser haga en mí, y agradecer por ello. Si hay algo como el amor y ese algo es posible, debe parecerse al agradecimiento, no a la deuda, ni a la culpa: a la hospitalidad. Alí Chumacero miente o por lo menos es inexacto: antes del mundo no éramos tú y yo, pero qué bueno que seamos un asunto híbrido y complicado, un extraño tú y yo y no un vulgar nosotros, genérico-intercambiable.

Pero corrígeme si me equivoco.

domingo, 7 de marzo de 2010

La sombra de la lluvia

Hombres extraños, ciegos en su paso
hacia otra parte
se encontraron frente a frente
con la boca abierta de la niebla 
y el heraldo de la lluvia;
topos en la transparencia imposible, incapaces
de desandar su rastro
perdido en la luz
construyeron bajo los interminables árboles fríos
una zona de tibieza para tocar a sus mujeres
mientras escampaba.

De paso aquí, como ellos,
camino sobre el vértigo de puentes
y escaleras que no bajan ni suben
bajo el día de luz empañada.
Alguien tira una piedra al otro lado de la calle
--al caer, la piedra desarrolla líquenes,
se adapta, lagarto, al peso del frío.

Desaparece.

Antes del nombre de la ciudad ya era
el nombre de la lluvia.
Los objetos exteriores --tejados,
macetas de barro o caliza, buzones,
parques como manchas de humedad,
autobúses y dos o tres niños verdes--
con el tiempo adquirieron modos vegetales.
Al romperse, de los duros macetones
resbalan ciudades de musgo.
Las monedas se oxidan en su campana portátil.
Los objetos interiores son galerías 
de retratos enmohecidos.
Aquí 
nada se seca. Aquí
toda semilla es un bosque plantado en la luna.

Viajero, la lluvia me sorprende dormido.
Sueño la lubricidad y el espasmo felino
de una cadera telúrica;
sueño hondonadas que la mano fija
en su improbable tacto de niebla;
sueño sudores, sobresaltos,
sueño no palabras, sueño una voz
hablando desde todas partes
--el agua hablando.

La lluvia me sorprende dormido; 
("Mire...")
deslavada y vegetal, húmeda mi carne
repuesta al mundo por la vía del placer.
Un fantasma fue mi otra madre;
me entregó a la desolada sombra
transparente de la mañana.
("Mire", dice ella)
De sus pezones agudos la temeridad
me alimentó sobre las sombras.


Bajo la leve lluvia
camino sin ella -irreparable-
sin mí, 
por una escalera que se pierde subiendo
entre las nubes, 
o baja sin aviso a la región 
donde los lagos abren su color de ojos.
Imposibles, también,
los reflejos de la ciudad sobre el agua
son siempre los reflejos de la lluvia
cayendo, callando.
La imagen sobre el agua es el silencio
y su eco es la bruma exportada de un puerto lejano
sobre la estampida inmóvil de los bosques.
Como los viajeros antiguos, sigo buscando la salida
de esta ciudad de agua y vértices
bajo la sombra de la lluvia;
sin impaciencia, y por supuesto,
sin esperanza.

Vendrás

1.

Nadando vendrás desde el origen,
desde la ceguera vendrás
a añadir tu paso maduro
en el camino de los hombres.
Del fondo vendrás, cuerpo absoluto
sobre tu peso, pequeño desastre
como el nacimiento de los mundos,
ola devastadora desde tu distancia
mientras, asomados a las posibilidades
comenzamos a pensar en ti,
en secreto a nombrarte, por si vinieras.

2.

Desde la ceguera a confirmar
el misterio del origen,
con tus posibilidades intactas
vendrás;
a sumar tu paso al paso de la especie,
a sumarte al dolor, a escuchar
el terrible canto, a elegir
tu máscara y tu papel
vendrás.


No habrá de esperarte mucho más
que tu nombre y el abrazo; nada más
que esta frontera visible
de los nombres adheridos a las cosas
y pardos pájaros sobre el sonido del aire
y la respiración,
y la mariposa brillante, abierta del día.

3.

Aquí está la hermosa que trenzará tu cuerpo
con hilachas de su cuerpo;
aquí estoy yo para mostrarte
el tamaño de mi ignorancia
y el nombre concreto de mi asombro.
Tu herencia y tu reino, el asombro.


4.


De humedad y aliento de selva
el temprano recuerdo de tu inminencia.
De fría noche bajo la niebla,
de fractura en el hábito de las horas
tu primera estancia,
y de noche precisa
en que la carne telúrica cimbró el planeta
y el inmenso nombre del mar
cayera sobre los hombres asustados y doloridos.


5.


Vendrás desde el sueño de esa noche
en que, dormido,
vi tu forma y eras un cangrejo
bajo el agua llena de luz
de una luna metalúrgica y entera.


6.


Y nada tendrás al llegar sino el azoro
y el terremoto de la palabra
que fue el sueño donde nos sorprendiste.
Nada o casi nada
más tiene, llanamente, el mundo,
que los de antes hicimos
en el ayuntamiento de la infamia y la esperanza.
Nada o casi nada
y los idiomas del terror
con su inventario de bestias,
con su retórica de fantasmas,
con su dolor hablando.
Nada y nosotros, a bordo
del mismo miedo,
abrazados, dos, en la impaciencia 
de tu distancia,
aquí,
sobre las ruinas de lo real
esperando el trueno rotundo de tu nombre.


Esperándote.