Llevo una piedra bajo la lengua y otra entre dos dedos. Si hablo, me trago una; si duermo, tiro la otra. Pierdo de ambas formas. Una piedra es un secreto, la otra es un sueño.
Nada me impide deshacerme de ambas piedras, pero no soy libre de tirarlas. El secreto consiste en conservarlas y perderlas a la vez, secreto que se revela a través de un sueño.
Hay que soñar sin soltar la piedra. Estar despierto y dormido a la vez. Decir el secreto que se sueña y grabarlo en la piedra.
Al despertar, leer la piedra. Ella te dará otro secreto y otro sueño. Y claro, dos piedras nuevas, que no eres libre de tomar o no tomar. En realidad no importa que las tomes o no. Ambas piedras te pertenecen, la del secreto y la de sueño, pero nunca sabrás qué hacer con ellas.
La decisión es absolutamente irrelevante, pero no eres libre de no decidir: debes decidir incluso decidir no decidir. De pronto estás despierto y tienes una piedra en la lengua, que se disuelve. Has estado aquí antes, y sabes que lo olvidarás apenas despertar. Está bien. Como si la vida fuera el sueño que soñamos en el momento de morir.
Todo lo que veo es parte de un sueño o lo será. No me es dado descifrar el secreto, pero es necesario que conviva con él, que aprenda de su silencio de piedra, que utilice su idioma inventado. Y de pronto la piedra caerá de mi mano. Listo, no hay que matar a nadie ni seguir vigilando. Podemos morir. Ya está hecho. Podemos desaparecer, que es una forma de soñar en voz baja: en el rumor de la piedra que imita el rumor del libro.
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lunes, 26 de septiembre de 2011
Piedra es perder
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Javier Raya
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sábado, 17 de septiembre de 2011
Jurar sobre la tumba de un caballo muerto
Uno de mis primeros empleos fue haciendo corrección de estilo para un periódico fundado y cerrado poco después por cierto político de provincias para impulsar su fallida candidatura. Lo mejor que me pasó ahí fue obtener un cheque de liquidación, con el cuál hice un pequeño viaje. Esa noche me informé sobre cómo llegar a Real de Catorce y a la mañana siguiente, al amanecer, me fui.
De Real no me atraían las drogas (el único peyote que vi durante mis días en el pueblo estaba como adorno dentrto de una maceta, en una pequeña tienda de baratijas). Me atraía el desierto, la experiencia del desierto. Era el 2005, tenía 20 años y estaba atorado con la redacción de mi segundo cuaderno de poemas. Por alguna razón pensé que en el desierto podría dedicarme a escribir durante un par de semanas, así que M. me llevó a la terminal de autobuses, de donde salí en un camión hacia San Luis Potosí, de ahí a Matehuala bordeando las montañas y luego en otro camión hasta la entrada a Real de Catorce.
El túnel era impresionante. Podría googlear el nombre del túnel o ver mis cuadernos de esa época, pero prefiero quedarme con la imagen de un túnel largo y oscuro, anónimo en su peso abstracto de garganta ciega, de montaña sostenida con varillas apenas unos metros por encima de mi cabeza, como anónima la hora o poco más que tarda el destartalado autobús en cruzar de la oscuridad a la plena luz de un pueblo abandonado. Relativo el tiempo en la angustia, en el encierro, se sabe. Un poco, imagino, como nacer.
He tratado de contar esta historia varias veces desde entonces y la verdad no se me ha dado bien. Hay una tendencia exagerada a contar con imágenes, las cuáles a la distancia me parecen demasiado irreales para ser creídas, como la descripción anterior del túnel. Es lo que digo cuando digo que en el lugar de los eventos coloco la escritura, porque si contara los eventos que me ocurren tal como ocurrieron nadie me creería. El túnel cualquiera puede constatarlo, pero progresivamente la historia va tomando un tono que ni a mí me convence. Dudo de la existencia de algunos eventos, del nombre de algunos personajes y del tiempo total que pasé en Real de Catorce. A veces me parecen un par de días, a veces se sienten como meses. Me tomaré todo el espacio necesario para contarla, además, esperando que el lector se canse de leer en pantalla y la abandone. Que deje encerrado al desierto dentro del desierto.
Del primer día recuerdo cuánto me impresionó lo pequeño del pueblo, un par de calles polvosas como líneas en una mano muy seca. Me conseguí el cuarto más barato que encontré y salí a comer. No recuerdo bien a bien la comida de los demás días, pero el primer día comí en un restaurante italiano para turistas: berenjenas con ajo, filete y vino tinto. Las berenjenas estaban bien, y casi puedo decir que fueron las mejores que comí nunca. El vino era pésimo. Al bajar la tarde me senté en un barranco donde el pueblo termina y comienza el desierto. Con el sol doblándose, recuerdo el desierto azul, pero es un detalle que no puedo confirmar, o puede tratarse de que confundía el desierto con el cielo. Recuerdo mucho mejor, en cambio, la sensación de frío inmediato cuando el sol dejó de verse tras una montaña. Fue como un apagador de luz para activar el frío. Ya. Ahí. Justo entonces Montalvo subió por el barranco.
No recuerdo el nombre de mucha gente; practico la cortesía como una manera de mantener a la gente a la distancia: descubrí que mientras más amable eres, más inaccesible te vuelves. Funciona por un tiempo, claro. Pero con Montalvo pasó que se hizo mi amigo en cuestión de minutos. Es una de las personas de ese tiempo que genuinamente extraño. Era brasileño, chamán según su propia descripción y artesano como descubrí con los días. En un portuñol bastante torpe dimos a entender un agradecimiento común: estábamos de lo más felices de estar, cada quien por sus razones, justo en medio de la nada.
La "nada", con todo, no describe precisamente a Real. Puedo describir Real de Catorce como un vagón de tren que se quedó varado y luego fue acondicionado para atraer turistas. Nunca entré a la iglesia del lugar, pero era común ver a viajeros, turistas y hippies de todas nacionalidades en train de la iluminación, menos en la iglesia que en las plazas o en las dos o tres cantinas, planeando expediciones nocturnas al desierto, rentando caballos o apalabrando camionetas. La gente va por el peyote. "Peyote solidities", que decía Ginsberg. La experiencia de la soledad delirante de hikuri, como llaman en lengua huichol al peyote. El venado azul, el ciervo vulnerado que elige a su cazador.
Mi experiencia mística, para pronta decepción del lector, fue la del tiempo: tener todo este tiempo para escribir. Recuerdo que la mano me dolía después de estar sentado unas diez horas diarias durante días escribiendo en los cuadernos blancos que llevé. Terminé el poemario, que no valía nada ni entonces ni ahora, y tomé muchas notas para una novela la cual, por supuesto, nunca publicaré. Después de escribir unas horas en la mañana bajaba a buscar algo de comer, y siendo el pueblo tan pequeño no había necesidad de que Montalvo y yo nos pusiéramos de acuerdo sobre la hora y el lugar para vernos. Simplemente bajaba, andaba un poco y ahí estaba, en su puesto portátil de collares y pulseras, el cuál recogía para que fuéramos a comer a la cantina. No lo vi beber nunca, eso sí. De él recuerdo realmente su risa, su acento indistinguible ya como marca de ninguna nacionalidad, sus rastas muy largas y sus dientes de caballo. Fue en la cantina donde conocimos a un par de músicos gringos. Montalvo juraba que podía hablar inglés, but basically I did the talking.
No es que hubiera demasiado que contar tampoco. Con los músicos nos quedábamos en la plaza (si a esa plancha pavimentada puede llamársele plaza o kiosco) tocando canciones hasta que un policía (si a esos gordos desagradables puede llamárseles policías) llegaba y amenazaba con arrestarnos si no bajábamos el volumen. Según entendí, el único crimen realmente grave tenía que ver con portar o transportar peyote. Entiendo que además de que su consumo es ilegal fuera de las comunidades que practican ritos religiosos en torno a él (pues las comunidades huicholas están protegidas por el artículo 24 de la constitución mexicana [¿por qué coño sé eso?] con respecto a la libertad de culto), resulta que es una especie vegetal en extinción, protegida por algún elegante tratado conservacionista, por lo que la multa puede ser muy costosa. No sé. El caso es que regresaba borracho de madrugada al cuarto que rentaba y me ponía a escribir unas cuatro o cinco horas más, hasta que amanecía y caía rendido. Hasta que comenzaba otra vez. Así por días.
No recuerdo cuándo fue que Montalvo y yo conocimos al matrimonio McComb. Helen y Rudolph McComb eran una pareja de jubilados escoceses que recorrían el mundo en sus años dorados. Recuerdo que Rud me dio la tarjeta de su negocio de compra y venta de autos usados, misma que debí perder en alguna mudanza. Con ellos fuimos a ver las minas abandonadas. Como no es difícil investigar, Real de Catorce fue un pueblo minero que se quedó sin minas, o propiamente, sin metales qué explotar. De la mina recuerdo un agujero donde tirabas una piedra y tardaba varios segundos en caer, provocando un eco atroz, aunque infernal no sería un calificativo inapropiado. Igual que con Montalvo, nunca nos poníamos de acuerdo para ver a los McComb, y simplemente nos encontrábamos. Por eso mismo no hubo manera de despedirse. Y qué mejor.
Parece que esa estrategia le funciona bastante bien a Montalvo. Decía tener unos 37 años, pero aparentaba muchos menos. Había una chica en el pueblo (qué clase de historia sería esta si no hubiera por lo menos una chica), con la cuál, en un viaje previo, había tenido el buen tino de hacer un recuerdo en la trastienda del negocio de souvenires de la chica. El recuerdo se llamaba Kin y tenía seis años. No podría decir que heredó los dientes de caballo de su padre, pero el parecido era innegable. Y no era que tratara de negarse nada, realmente. Durante los últimos días en Real pasamos mucho tiempo con Kin, que iba y venía del negocio de su madre hasta el puesto callejero de su padre, en el cuál estaba yo temporalmente empleado. O para decirlo en jerga corporativa, "en capacitación".
Habrán sido unos cinco o seis días que viví virtualmente de lo que vendíamos en el puesto, además de ahorrar un poco para rentar un caballo y hacer alguna expedición al desierto. Resulta que tengo talento para tejer collares, pulseras y complicadas gargantillas de alambre, habilidad que está más que sepultada hoy en día. Un día mientras tejía algo con un hilo transparente, plástico y elástico, llegó un actor de Hollywood haciendo el papel de turista. Con las cosas que hice y vi durante esos días, mismas que me reservaré al igual que el nombre del actor, me pareció de lo más natural ver pasar frente a mí a alguien que acababa de ver recientemente en alguna película. You're an actor, le dije, seguido de su nombre propio. Tuvo un pequeño pero significativo gesto de pánico y asintió. Sonreí y volví a lo mío. Preguntó por alguna cosa pero no compró nada. ¿Se habrá decepcionado de que no le pidiera un autógrafo? ¿Será que fue, como yo, a desaparecer, y confrontado con su nombre propio reapareció de pronto en medio de la calle polvosa de un viejo pueblo mexicano?
¿Será que este post se está extendiendo demasiado? Bueno, para la brevedad está Twitter, dirían los puristas. Pero esta no es una historia breve, aunque estoy descontando muchos episodios por que temo enterarme, al escribirlos, de que realmente nunca ocurrieran.
Tuve que escapar de mi lugar de escape. Un repentino momento de desesperación fue sucedido por una extraña sensación de libertad, naturalmente, en sentido existencialista: el ser es ser frente a la situación. Montalvo se iría más al norte, probablemente a la frontera, y me sugirió que lo acompañara. Me negué, por M. Cuando me di cuenta de que me hubiera gustado que M. estuviese ahí conmigo, sintiendo ese frío que se activa automáticamente cuando cae el sol, caminando por el desierto, cuando terminé el collar que hice para ella (con una enorme piedra morada cuyo nombre, claro, he olvidado) supe, pues, que era hora de volver. Además de que un evento inesperado apresuró mi salida del pueblo. Encontré a Montalvo cerca del túnel, antes del amanecer. Vio mis manos, mi prisa, mi mochila y mi sombrero y comprendió todo. Montalvo me dijo "vengo". Entendí que era un modo cortés de despedirse.
Atravesar el túnel a pie me dejó bastante agotado. Me sentía muy ridículo con el sombrero que usaba en Real, pero agradecí llevarlo mientras caminaba por la carretera, con el pulgar hacia el cielo como había visto en las películas o leído en las historias sobre Neal Cassady o Jack Kerouac. Salí del pueblo después del amanecer y para medio día aún no conseguía aventón. Mi prisa se debía a que mis perseguidores me dieran alcance. Llegué a pensar que el autostop era una suerte de guiño entre iniciados, y que un novato como yo simplemente no tenía cupo en una cofradía de autoestopistas mundiales y secretos. Afortunadamente una pick up se detuvo. En esta parte del camino de este largo post voy a esconder todo lo que extraño a Mauya, mientras subo a la camioneta por la carretera empinada que baja de Real, al amanecer. Dudo que alguien haya llegado hasta aquí, así que voy a poner aquí el nombre de Mauya, que naturalmente no es el nombre de Mauya ni de la M. del principio ni el final de esta historia, sino simplemente un animal de desierto, un bellísimo animal humano, la hembra que me falta todos los días. Y junto al nombre de Mauya, mientras recuerdo la línea recortada de las montañas contra el cielo de mediodía desde una pick up en el desierto, voy a enterrar toda esperanza de verla otra vez. Voy a darla tan perdida como la novela que escribí en Real de Catorce y quemé hace poco, al prepararme para esta última mudanza. Voy a soportar pensando que su cuerpo y su voz son tan irreales como el caballo que renté para una breve incursión al desierto, el cuál de pronto se desplomó, muerto, en medio, ahora sí, de la nada. Voy a suponer que Mauya es tan irreal como la víbora o el alacrán que no vi que picara al caballo. Que Mauya es tan etérea como el peso del silencio en la noche del desierto. Que Mauya es una luz que no cesa, como las estrellas detenidas en una luz que tampoco existe, pero que existió, hace millones de años, fija en su insistencia de brillar, fijas como las patas del caballo en la rigidez de la muerte, con las moscas que se filtraban zumbándole por la nariz y los ojos mientras yo cavaba en la dura arena con mis manos peladas una tumba, con las montañas alrededor y los fálicos cactos. Que Mauya es tan irreal, en suma, como esta historia.
Me quedé en Matehuala un par de horas para comer algo y volví a la carretera. Recuerdo llegar a San Luis Potosí ya de noche, en otra pick up, sosteniendo instintivamente mi sombrero con una mano mientras trataba de dormir. Recuerdo el frío de la carretera, pero sobre todo las estrellas. Un viaje al norte en esas condiciones sería en estos días algo poco recomendable por la peligrosidad que han tomado los caminos de unos años a la fecha. Sería por lo menos tardado, mucho más, debido a los retenes militares; pero entonces, hace seis años no sólo era posible, sino necesario. No sé cómo ve las estrellas la gente en un viaje de peyote, y no sé si frente a la violencia de estos días la gente podrá volver a viajar tranquila durante la noche por las carreteras del norte, o será que el narco ha secuestrado también el desierto, y junto al desierto, el cielo del desierto y las estrellas, pero a mi me bastan las estrellas tal como son, lo que es decir, como las recuerdo.
No sé por qué conté esta historia justo hoy, justo ahora. Tal vez porque hace justo un año aterricé en Tijuana, a donde pensé volver este año, pero me fue imposible. Tengo pequeños cuadernos de todos los viajes que he hecho desde los 14 años, cuando viajaba con un maletín que contenía mi libreta de dibujo (la razón por la que dejé de dibujar merecería un post aparte), algunos cómics, algún libro, libreta para escribir, lápices de diversos tipos y plumas de tinta china. Ese es el problema de no recordar por qué cuenta uno las cosas. ¿Conté Real debido a mi imposibilidad de contar Tijuana? ¿Conté Real por el embrujo reciente que dejaron en mi J. y D. R. con sus historias de iroqueses y cantos, y cuyos nombres entierro también, aquí, en las arenas del texto, en el lugar de la absoluta hospitalidad? ¿Conté Real porque no es real? Conté Taxco hace poco. Tengo muchos apuntes de Xalapa, otros numerosos de mi temporada chiapaneca y otros del tiempo que me disloqué el hombro surfeando en el Pacífico, cuando pensaba que no volvería nunca a la ciudad. Nunca he salido del país. Nunca ha sido necesario, y con todo j'ai connu chaque fils de famille! Recuerdo que M. me recogió en la terminal cuando volví de Real. Una señora me prestó unas monedas para poder llamarla y que fuera por mí. Es una deuda que recuerdo constantemente, no sé por qué, como si debiera buscar por el mundo a esa señora para devolverle sus cinco pesos.
Cuando digo que no sé algo, es por que en el fondo lo sé, pero sencillamente no quiero desarrollarlo. Conté esta historia para que D. la lea, aunque sé que es muy poco probable que lo haga. Conté esta historia porque la extraño. Porque hay que contar cosas aunque no se sepa bien a bien ni por qué ni a quién las cuenta uno. No sé. Lo que sí sé es que juré sobre la tumba de un caballo muerto no viajar si no tenía algo que hacer en el sitio al que viajo, lo cuál ha funcionado muy bien hasta ahora. Nunca seré turista, lo sé. Y claro, sobre la tumba de ese caballo muerto juré tampoco volver a usar sombreros después de llegar a casa. Y no lo he hecho desde entonces.
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De Real no me atraían las drogas (el único peyote que vi durante mis días en el pueblo estaba como adorno dentrto de una maceta, en una pequeña tienda de baratijas). Me atraía el desierto, la experiencia del desierto. Era el 2005, tenía 20 años y estaba atorado con la redacción de mi segundo cuaderno de poemas. Por alguna razón pensé que en el desierto podría dedicarme a escribir durante un par de semanas, así que M. me llevó a la terminal de autobuses, de donde salí en un camión hacia San Luis Potosí, de ahí a Matehuala bordeando las montañas y luego en otro camión hasta la entrada a Real de Catorce.
El túnel era impresionante. Podría googlear el nombre del túnel o ver mis cuadernos de esa época, pero prefiero quedarme con la imagen de un túnel largo y oscuro, anónimo en su peso abstracto de garganta ciega, de montaña sostenida con varillas apenas unos metros por encima de mi cabeza, como anónima la hora o poco más que tarda el destartalado autobús en cruzar de la oscuridad a la plena luz de un pueblo abandonado. Relativo el tiempo en la angustia, en el encierro, se sabe. Un poco, imagino, como nacer.
He tratado de contar esta historia varias veces desde entonces y la verdad no se me ha dado bien. Hay una tendencia exagerada a contar con imágenes, las cuáles a la distancia me parecen demasiado irreales para ser creídas, como la descripción anterior del túnel. Es lo que digo cuando digo que en el lugar de los eventos coloco la escritura, porque si contara los eventos que me ocurren tal como ocurrieron nadie me creería. El túnel cualquiera puede constatarlo, pero progresivamente la historia va tomando un tono que ni a mí me convence. Dudo de la existencia de algunos eventos, del nombre de algunos personajes y del tiempo total que pasé en Real de Catorce. A veces me parecen un par de días, a veces se sienten como meses. Me tomaré todo el espacio necesario para contarla, además, esperando que el lector se canse de leer en pantalla y la abandone. Que deje encerrado al desierto dentro del desierto.
Del primer día recuerdo cuánto me impresionó lo pequeño del pueblo, un par de calles polvosas como líneas en una mano muy seca. Me conseguí el cuarto más barato que encontré y salí a comer. No recuerdo bien a bien la comida de los demás días, pero el primer día comí en un restaurante italiano para turistas: berenjenas con ajo, filete y vino tinto. Las berenjenas estaban bien, y casi puedo decir que fueron las mejores que comí nunca. El vino era pésimo. Al bajar la tarde me senté en un barranco donde el pueblo termina y comienza el desierto. Con el sol doblándose, recuerdo el desierto azul, pero es un detalle que no puedo confirmar, o puede tratarse de que confundía el desierto con el cielo. Recuerdo mucho mejor, en cambio, la sensación de frío inmediato cuando el sol dejó de verse tras una montaña. Fue como un apagador de luz para activar el frío. Ya. Ahí. Justo entonces Montalvo subió por el barranco.
No recuerdo el nombre de mucha gente; practico la cortesía como una manera de mantener a la gente a la distancia: descubrí que mientras más amable eres, más inaccesible te vuelves. Funciona por un tiempo, claro. Pero con Montalvo pasó que se hizo mi amigo en cuestión de minutos. Es una de las personas de ese tiempo que genuinamente extraño. Era brasileño, chamán según su propia descripción y artesano como descubrí con los días. En un portuñol bastante torpe dimos a entender un agradecimiento común: estábamos de lo más felices de estar, cada quien por sus razones, justo en medio de la nada.
La "nada", con todo, no describe precisamente a Real. Puedo describir Real de Catorce como un vagón de tren que se quedó varado y luego fue acondicionado para atraer turistas. Nunca entré a la iglesia del lugar, pero era común ver a viajeros, turistas y hippies de todas nacionalidades en train de la iluminación, menos en la iglesia que en las plazas o en las dos o tres cantinas, planeando expediciones nocturnas al desierto, rentando caballos o apalabrando camionetas. La gente va por el peyote. "Peyote solidities", que decía Ginsberg. La experiencia de la soledad delirante de hikuri, como llaman en lengua huichol al peyote. El venado azul, el ciervo vulnerado que elige a su cazador.
Mi experiencia mística, para pronta decepción del lector, fue la del tiempo: tener todo este tiempo para escribir. Recuerdo que la mano me dolía después de estar sentado unas diez horas diarias durante días escribiendo en los cuadernos blancos que llevé. Terminé el poemario, que no valía nada ni entonces ni ahora, y tomé muchas notas para una novela la cual, por supuesto, nunca publicaré. Después de escribir unas horas en la mañana bajaba a buscar algo de comer, y siendo el pueblo tan pequeño no había necesidad de que Montalvo y yo nos pusiéramos de acuerdo sobre la hora y el lugar para vernos. Simplemente bajaba, andaba un poco y ahí estaba, en su puesto portátil de collares y pulseras, el cuál recogía para que fuéramos a comer a la cantina. No lo vi beber nunca, eso sí. De él recuerdo realmente su risa, su acento indistinguible ya como marca de ninguna nacionalidad, sus rastas muy largas y sus dientes de caballo. Fue en la cantina donde conocimos a un par de músicos gringos. Montalvo juraba que podía hablar inglés, but basically I did the talking.
No es que hubiera demasiado que contar tampoco. Con los músicos nos quedábamos en la plaza (si a esa plancha pavimentada puede llamársele plaza o kiosco) tocando canciones hasta que un policía (si a esos gordos desagradables puede llamárseles policías) llegaba y amenazaba con arrestarnos si no bajábamos el volumen. Según entendí, el único crimen realmente grave tenía que ver con portar o transportar peyote. Entiendo que además de que su consumo es ilegal fuera de las comunidades que practican ritos religiosos en torno a él (pues las comunidades huicholas están protegidas por el artículo 24 de la constitución mexicana [¿por qué coño sé eso?] con respecto a la libertad de culto), resulta que es una especie vegetal en extinción, protegida por algún elegante tratado conservacionista, por lo que la multa puede ser muy costosa. No sé. El caso es que regresaba borracho de madrugada al cuarto que rentaba y me ponía a escribir unas cuatro o cinco horas más, hasta que amanecía y caía rendido. Hasta que comenzaba otra vez. Así por días.
No recuerdo cuándo fue que Montalvo y yo conocimos al matrimonio McComb. Helen y Rudolph McComb eran una pareja de jubilados escoceses que recorrían el mundo en sus años dorados. Recuerdo que Rud me dio la tarjeta de su negocio de compra y venta de autos usados, misma que debí perder en alguna mudanza. Con ellos fuimos a ver las minas abandonadas. Como no es difícil investigar, Real de Catorce fue un pueblo minero que se quedó sin minas, o propiamente, sin metales qué explotar. De la mina recuerdo un agujero donde tirabas una piedra y tardaba varios segundos en caer, provocando un eco atroz, aunque infernal no sería un calificativo inapropiado. Igual que con Montalvo, nunca nos poníamos de acuerdo para ver a los McComb, y simplemente nos encontrábamos. Por eso mismo no hubo manera de despedirse. Y qué mejor.
Parece que esa estrategia le funciona bastante bien a Montalvo. Decía tener unos 37 años, pero aparentaba muchos menos. Había una chica en el pueblo (qué clase de historia sería esta si no hubiera por lo menos una chica), con la cuál, en un viaje previo, había tenido el buen tino de hacer un recuerdo en la trastienda del negocio de souvenires de la chica. El recuerdo se llamaba Kin y tenía seis años. No podría decir que heredó los dientes de caballo de su padre, pero el parecido era innegable. Y no era que tratara de negarse nada, realmente. Durante los últimos días en Real pasamos mucho tiempo con Kin, que iba y venía del negocio de su madre hasta el puesto callejero de su padre, en el cuál estaba yo temporalmente empleado. O para decirlo en jerga corporativa, "en capacitación".
Habrán sido unos cinco o seis días que viví virtualmente de lo que vendíamos en el puesto, además de ahorrar un poco para rentar un caballo y hacer alguna expedición al desierto. Resulta que tengo talento para tejer collares, pulseras y complicadas gargantillas de alambre, habilidad que está más que sepultada hoy en día. Un día mientras tejía algo con un hilo transparente, plástico y elástico, llegó un actor de Hollywood haciendo el papel de turista. Con las cosas que hice y vi durante esos días, mismas que me reservaré al igual que el nombre del actor, me pareció de lo más natural ver pasar frente a mí a alguien que acababa de ver recientemente en alguna película. You're an actor, le dije, seguido de su nombre propio. Tuvo un pequeño pero significativo gesto de pánico y asintió. Sonreí y volví a lo mío. Preguntó por alguna cosa pero no compró nada. ¿Se habrá decepcionado de que no le pidiera un autógrafo? ¿Será que fue, como yo, a desaparecer, y confrontado con su nombre propio reapareció de pronto en medio de la calle polvosa de un viejo pueblo mexicano?
¿Será que este post se está extendiendo demasiado? Bueno, para la brevedad está Twitter, dirían los puristas. Pero esta no es una historia breve, aunque estoy descontando muchos episodios por que temo enterarme, al escribirlos, de que realmente nunca ocurrieran.
Tuve que escapar de mi lugar de escape. Un repentino momento de desesperación fue sucedido por una extraña sensación de libertad, naturalmente, en sentido existencialista: el ser es ser frente a la situación. Montalvo se iría más al norte, probablemente a la frontera, y me sugirió que lo acompañara. Me negué, por M. Cuando me di cuenta de que me hubiera gustado que M. estuviese ahí conmigo, sintiendo ese frío que se activa automáticamente cuando cae el sol, caminando por el desierto, cuando terminé el collar que hice para ella (con una enorme piedra morada cuyo nombre, claro, he olvidado) supe, pues, que era hora de volver. Además de que un evento inesperado apresuró mi salida del pueblo. Encontré a Montalvo cerca del túnel, antes del amanecer. Vio mis manos, mi prisa, mi mochila y mi sombrero y comprendió todo. Montalvo me dijo "vengo". Entendí que era un modo cortés de despedirse.
Atravesar el túnel a pie me dejó bastante agotado. Me sentía muy ridículo con el sombrero que usaba en Real, pero agradecí llevarlo mientras caminaba por la carretera, con el pulgar hacia el cielo como había visto en las películas o leído en las historias sobre Neal Cassady o Jack Kerouac. Salí del pueblo después del amanecer y para medio día aún no conseguía aventón. Mi prisa se debía a que mis perseguidores me dieran alcance. Llegué a pensar que el autostop era una suerte de guiño entre iniciados, y que un novato como yo simplemente no tenía cupo en una cofradía de autoestopistas mundiales y secretos. Afortunadamente una pick up se detuvo. En esta parte del camino de este largo post voy a esconder todo lo que extraño a Mauya, mientras subo a la camioneta por la carretera empinada que baja de Real, al amanecer. Dudo que alguien haya llegado hasta aquí, así que voy a poner aquí el nombre de Mauya, que naturalmente no es el nombre de Mauya ni de la M. del principio ni el final de esta historia, sino simplemente un animal de desierto, un bellísimo animal humano, la hembra que me falta todos los días. Y junto al nombre de Mauya, mientras recuerdo la línea recortada de las montañas contra el cielo de mediodía desde una pick up en el desierto, voy a enterrar toda esperanza de verla otra vez. Voy a darla tan perdida como la novela que escribí en Real de Catorce y quemé hace poco, al prepararme para esta última mudanza. Voy a soportar pensando que su cuerpo y su voz son tan irreales como el caballo que renté para una breve incursión al desierto, el cuál de pronto se desplomó, muerto, en medio, ahora sí, de la nada. Voy a suponer que Mauya es tan irreal como la víbora o el alacrán que no vi que picara al caballo. Que Mauya es tan etérea como el peso del silencio en la noche del desierto. Que Mauya es una luz que no cesa, como las estrellas detenidas en una luz que tampoco existe, pero que existió, hace millones de años, fija en su insistencia de brillar, fijas como las patas del caballo en la rigidez de la muerte, con las moscas que se filtraban zumbándole por la nariz y los ojos mientras yo cavaba en la dura arena con mis manos peladas una tumba, con las montañas alrededor y los fálicos cactos. Que Mauya es tan irreal, en suma, como esta historia.
Me quedé en Matehuala un par de horas para comer algo y volví a la carretera. Recuerdo llegar a San Luis Potosí ya de noche, en otra pick up, sosteniendo instintivamente mi sombrero con una mano mientras trataba de dormir. Recuerdo el frío de la carretera, pero sobre todo las estrellas. Un viaje al norte en esas condiciones sería en estos días algo poco recomendable por la peligrosidad que han tomado los caminos de unos años a la fecha. Sería por lo menos tardado, mucho más, debido a los retenes militares; pero entonces, hace seis años no sólo era posible, sino necesario. No sé cómo ve las estrellas la gente en un viaje de peyote, y no sé si frente a la violencia de estos días la gente podrá volver a viajar tranquila durante la noche por las carreteras del norte, o será que el narco ha secuestrado también el desierto, y junto al desierto, el cielo del desierto y las estrellas, pero a mi me bastan las estrellas tal como son, lo que es decir, como las recuerdo.
No sé por qué conté esta historia justo hoy, justo ahora. Tal vez porque hace justo un año aterricé en Tijuana, a donde pensé volver este año, pero me fue imposible. Tengo pequeños cuadernos de todos los viajes que he hecho desde los 14 años, cuando viajaba con un maletín que contenía mi libreta de dibujo (la razón por la que dejé de dibujar merecería un post aparte), algunos cómics, algún libro, libreta para escribir, lápices de diversos tipos y plumas de tinta china. Ese es el problema de no recordar por qué cuenta uno las cosas. ¿Conté Real debido a mi imposibilidad de contar Tijuana? ¿Conté Real por el embrujo reciente que dejaron en mi J. y D. R. con sus historias de iroqueses y cantos, y cuyos nombres entierro también, aquí, en las arenas del texto, en el lugar de la absoluta hospitalidad? ¿Conté Real porque no es real? Conté Taxco hace poco. Tengo muchos apuntes de Xalapa, otros numerosos de mi temporada chiapaneca y otros del tiempo que me disloqué el hombro surfeando en el Pacífico, cuando pensaba que no volvería nunca a la ciudad. Nunca he salido del país. Nunca ha sido necesario, y con todo j'ai connu chaque fils de famille! Recuerdo que M. me recogió en la terminal cuando volví de Real. Una señora me prestó unas monedas para poder llamarla y que fuera por mí. Es una deuda que recuerdo constantemente, no sé por qué, como si debiera buscar por el mundo a esa señora para devolverle sus cinco pesos.
Cuando digo que no sé algo, es por que en el fondo lo sé, pero sencillamente no quiero desarrollarlo. Conté esta historia para que D. la lea, aunque sé que es muy poco probable que lo haga. Conté esta historia porque la extraño. Porque hay que contar cosas aunque no se sepa bien a bien ni por qué ni a quién las cuenta uno. No sé. Lo que sí sé es que juré sobre la tumba de un caballo muerto no viajar si no tenía algo que hacer en el sitio al que viajo, lo cuál ha funcionado muy bien hasta ahora. Nunca seré turista, lo sé. Y claro, sobre la tumba de ese caballo muerto juré tampoco volver a usar sombreros después de llegar a casa. Y no lo he hecho desde entonces.
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domingo, 4 de septiembre de 2011
Iniciales
, Hay que escribir sólo para forzarse a escribir. La musiquilla, este pataleo de teclas, este ronroneo. Hay algo animal a respecto de los dedos cuando se escriben: hacen formas modestamente salvajes, como pulpos o arañas. Obvia, la imagen, pero es cierto. Algo inicia siempre cuando se escribe, aunque no importe. Escribo, hoy, porque no tengo nada que decir. Pero hacerlo es sumamente importante.
, Leo un cuaderno del 2009: quise mucho a E. Me dolió mucho que nos distanciáramos. Hay muchas iniciales en mi cabeza estos días: toda la falta que me hace D.; todo lo irreparable que quedará con M.; todo lo que odio a la otra M.; los textos que quiero comentarle a R.; los encargos secretos de C. que me emocionan y para los que no hallo tiempo. E.T.C. En este sentido, no seré nunca un hombre de letras; a lo mucho, de unas pocas iniciales.
, En el 2009 vivía donde me dejaban quedarme. Pocas veces me faltó de comer, pero a veces me faltó. Tenía miedo, pero no sé a qué. K. fue decisiva en ese proceso. Ella, la Woolf, y P. Ese año escribí en casa de G. Por los rasgos una bayoneta, cuyos ejemplares acabo de recibir esta misma semana. D. me ayudó a corregirlos. Oye: nos quedó bien. Gracias.
, Hoy terminé de releer El proceso, donde, justamente, el protagonista es una inicial. Recuerdo de cierta carta de Kafka donde dice que un libro no debe darnos felicidad, sino algo así como un golpe en la cabeza. Lo recuerdo espontáneamente, a cuento de nada. Esta relectura fue sustanciosa porque pude corroborarla con los comentarios de Elias Canetti sobre la correspondencia de Kafka con Felice Bauer; el germen de El proceso está ahí, en ese otro proceso de verse no como agente de la propia vida, sino como confluencia de las determinaciones externas. Una vida como un accidente. De tránsito, claro. Como Ch. que llega y me reclama alguna cosa. ¿Qué manía de vivir con gente? Había sido un fin de semana tan pacífico. ¿Preferiría a la señora Grubach? Sin duda no. Pero hasta ahora había honrado ese dictum kafkiano este domingo de lluvia:
, Así, muy quieto y muy solo me quedé todo el día frente a mi mesa, con valientes irrupciones en la cama sólo para estirar la espalda un poco. El mundo no se me reveló ciertamente, pero cumplí con mi parte. Tal vez mañana. ¿Escribir no es estar a la espera, a disponibilidad, como ponen en las cartillas militares, sencillamente, a que tal vez mañana ocurra en esta misma mesa algo de la talla de un ofrecimiento? ¿Que, si uno hace su parte y se pone en su mesa, el mundo, o tal vez algo más modesto, una huella o inicial, se ofrezca frente a nosotros?
, Lo de estar muy solo realmente no fue tan exacto: desde hace días vienen cuatro o cinco albañiles a hacer reparaciones por todas partes. Le conté a F. la historia de la señora Winchester, que, temiendo que los espíritus de los muertos por el fatal invento de su esposo vinieran a cobrarse con ella, por consejo de una bruja tenía día y noche a gente en su casa haciendo reparaciones. Una noche particularmente lluviosa, como esta misma en DF, aunque la de ella ocurriese en Texas, creo, los obreros tuvieron que suspender las labores nocturnas y la señora Winchester murió. Pero a diferencia de ella, mi carácter me lleva a preferir mil veces a los fantasmas que a las personas; al menos aquellos son infinitamente sutiles en sus, así llamadas, manifestaciones, mientras que estas otras no hacen sino manifestarse. Sí: espontáneamente me siento más cerca de los fantasmas que de las personas, por la sencilla razón de que su manera de estar es un no estando en voz alta.
, A sugerencia de E. de G. le di la plaquette a D.H., con singular vergüenza. Hace un par de años, Raúl Zurita se decepcionó modestamente, o simplemente se sonrió decimonónicamente, cuando le dije que no había publicado aún en forma de libro. Se decepcionó porque fue más como salir de su radar antes de haber entrado del todo. Ese mismo día conocí a J., mi querida abuela, quien me regaló su libro apenas conocerme. Secretamente creí desde entonces que había que escribir libros sólo para regalarlos. Ayer le di una plaquette a S. y me sentí tranquilo de que no pidiera dedicatoria. Una cortesía muy rara opera en ese ritual. Una vez lo discutí con C., en un parque mientras bebíamos whisky en botellas de agua mineral: ¿se debe leer la dedicatoria en presencia del autor o no? Hay dedicatorias medio forzadas, cabe aclarar. V. descubrió una hace poco en un librito mío de JEP, por ejemplo. Aunque las hay gratas y abundantes, como las de Y. La que le hice a D.H., ruborizado y bajo una lluvia aún más feroz que esta, que ya escampa, decía "Tenga piedad", pero lo que quise decir fue "misericordia." La diferencia es que la piedad es el trato con lo otro, lo cuál, como gran lector, encontrará acaso aburrido con mi librito, pero no problemático; y la misericordia, en cambio, es en primera instancia una apelación al sufrir compartido, a la compasión, a decir "mire que fue lo mejor que pude hacer. Sea benévolo. No me condene tan pronto." Aunque, como vemos en el caso de Josef K., la condena depende de cuántas cosas ajenas a nosotros. Yo me ahorro el proceso, gracias: soy culpable de mi librito.
, M.P. me dio una excelente noticia esta semana: viene pronto J.K. (¡vaya respondencia!) y podré hablar con él. Creo que hace mucho no estaba genuinamente feliz por conocer a alguien que sólo he leído, y con cuánto gusto.
, A veces siento que escribo como personaja de Jane Austen, pero ebria.
, F. me pidió El libro de Pixie, para una posible reedición. El único ejemplar que tuve se lo di a N. recién conocerla. No me arrepiento, como sí debería de tantas otras cosas respecto a ella.
, Madre me pidió que fuera a misa, o "que la viera por Internet." Le respondí que leería, en cambio, algo de la Biblia. El problema es que mi libro favorito de la Biblia siempre ha sido Job, lo cuál es muy apropiado después de una semana kafkiana (este aroma perenne de barniz y pintura, como el estudio bochornoso de Titorelli...), así que siento que no he cumplido del todo con su encargo. Ir a misa siempre me ha parecido (y digo "siempre" con conciencia del tiempo: dejé de acompañar a mis padres a la iglesia para quedarme a jugar Super Nintendo) aceptar de antemano la culpa de algo. El algo, claro, es el pecado original. Y el constructo teleológico llamado Dios sabe que no soy una persona lo que se dice "buena", pero no ha sido defecto de fabricación: si me he ido pudriendo fue por un esfuerzo constante y razonado. Por ello siento que no he cumplido con el encago de Madre: en vez de ir a sentirme culpable en público me quedé a ser feliz en privado con mi biblos favorito del Antiguo Testamento. No puedo evitar sentirme un poco como Leopold Bloom ante su madre. Él sí que estaba podrido.
, Pasarme por la facultad me dejó en un estado inconveniente por varios días. Esta especie de conciencia de que no me doctoraré nunca, y de que eso debería ser malo. De que debería sentirme mal por algo. Pero desde entonces puedo leer lo que yo quiera: incluso me descubrí leyendo hace unos días una antología de sociolingüística simplemente porque algo me interesó siempre de ahí. Pero pude también repasar un pequeño manual de métrica árabe para mi traducción de Adonis; pude releer Soledades en soledad, y no en un salón lleno de gente; pude sobre todo ver un par de películas de Woody Allen y leerme dos libros de Vila-Matas en absoluta paz. ¿En serio necesito doctorarme? ¿Necesito aprobación para escribir lo que yo quiera? Madre, debo confesar que he pecado de soberbia: en mi escritura me exijo mucho más de lo que me exigirá nunca ningún doctorado.
, Estoy aprendiendo latín por mi cuenta para traducir unos poemas puercos de Catulo, además de las Heroidas de Ovidio, que me contentaría con poder leer en el original, porque la traducción del maestro Alatorre es maravillosa. Nunca disfruté latín en la facultad, con todo lo que M. y P. se esforzaron en hacerme entender las declinaciones. Ya entendí: simplemente no tenía una buena razón para aprenderlo. Tuve una buena razón para acercarme al francés, en cambio: Rimbaud y Mallarmé. Al italiano: Dante y Leopardi. Al portugués: Pessoa. Al alemán: Hölderlin, Rilke. Pero al llegar a la facultad conocía de literatura latina sólo la Epistola a los Pisones de Horacio, el discurso de la amistad de Cicerón y un par de libros de la historia de Roma de Tito. No me habían ocurrido las Heroidas, esa obrita brutal, con ripio y todo. Quisiera leer la carta de Briseida a Aquiles en el original. Quisiera leerla con D., en latín, en español, en lo que sea. Es más que suficiente razón.
, Odio esta casa. Odio a la gente. Jack White: I got moving on my mind.
, Leo un cuaderno del 2009: quise mucho a E. Me dolió mucho que nos distanciáramos. Hay muchas iniciales en mi cabeza estos días: toda la falta que me hace D.; todo lo irreparable que quedará con M.; todo lo que odio a la otra M.; los textos que quiero comentarle a R.; los encargos secretos de C. que me emocionan y para los que no hallo tiempo. E.T.C. En este sentido, no seré nunca un hombre de letras; a lo mucho, de unas pocas iniciales.
, En el 2009 vivía donde me dejaban quedarme. Pocas veces me faltó de comer, pero a veces me faltó. Tenía miedo, pero no sé a qué. K. fue decisiva en ese proceso. Ella, la Woolf, y P. Ese año escribí en casa de G. Por los rasgos una bayoneta, cuyos ejemplares acabo de recibir esta misma semana. D. me ayudó a corregirlos. Oye: nos quedó bien. Gracias.
, Hoy terminé de releer El proceso, donde, justamente, el protagonista es una inicial. Recuerdo de cierta carta de Kafka donde dice que un libro no debe darnos felicidad, sino algo así como un golpe en la cabeza. Lo recuerdo espontáneamente, a cuento de nada. Esta relectura fue sustanciosa porque pude corroborarla con los comentarios de Elias Canetti sobre la correspondencia de Kafka con Felice Bauer; el germen de El proceso está ahí, en ese otro proceso de verse no como agente de la propia vida, sino como confluencia de las determinaciones externas. Una vida como un accidente. De tránsito, claro. Como Ch. que llega y me reclama alguna cosa. ¿Qué manía de vivir con gente? Había sido un fin de semana tan pacífico. ¿Preferiría a la señora Grubach? Sin duda no. Pero hasta ahora había honrado ese dictum kafkiano este domingo de lluvia:
"No es necesario que salgas de casa. Quédate junto a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera. Pero ni siquiera esperes, quédate completamente quieto y solo. Se te ofrecerá el mundo para el desenmascaramiento, no puede hacer otra cosa, extasiado se retorcerá ante ti." [Aforismos, apéndice a 109.]
, Así, muy quieto y muy solo me quedé todo el día frente a mi mesa, con valientes irrupciones en la cama sólo para estirar la espalda un poco. El mundo no se me reveló ciertamente, pero cumplí con mi parte. Tal vez mañana. ¿Escribir no es estar a la espera, a disponibilidad, como ponen en las cartillas militares, sencillamente, a que tal vez mañana ocurra en esta misma mesa algo de la talla de un ofrecimiento? ¿Que, si uno hace su parte y se pone en su mesa, el mundo, o tal vez algo más modesto, una huella o inicial, se ofrezca frente a nosotros?
, Lo de estar muy solo realmente no fue tan exacto: desde hace días vienen cuatro o cinco albañiles a hacer reparaciones por todas partes. Le conté a F. la historia de la señora Winchester, que, temiendo que los espíritus de los muertos por el fatal invento de su esposo vinieran a cobrarse con ella, por consejo de una bruja tenía día y noche a gente en su casa haciendo reparaciones. Una noche particularmente lluviosa, como esta misma en DF, aunque la de ella ocurriese en Texas, creo, los obreros tuvieron que suspender las labores nocturnas y la señora Winchester murió. Pero a diferencia de ella, mi carácter me lleva a preferir mil veces a los fantasmas que a las personas; al menos aquellos son infinitamente sutiles en sus, así llamadas, manifestaciones, mientras que estas otras no hacen sino manifestarse. Sí: espontáneamente me siento más cerca de los fantasmas que de las personas, por la sencilla razón de que su manera de estar es un no estando en voz alta.
, A sugerencia de E. de G. le di la plaquette a D.H., con singular vergüenza. Hace un par de años, Raúl Zurita se decepcionó modestamente, o simplemente se sonrió decimonónicamente, cuando le dije que no había publicado aún en forma de libro. Se decepcionó porque fue más como salir de su radar antes de haber entrado del todo. Ese mismo día conocí a J., mi querida abuela, quien me regaló su libro apenas conocerme. Secretamente creí desde entonces que había que escribir libros sólo para regalarlos. Ayer le di una plaquette a S. y me sentí tranquilo de que no pidiera dedicatoria. Una cortesía muy rara opera en ese ritual. Una vez lo discutí con C., en un parque mientras bebíamos whisky en botellas de agua mineral: ¿se debe leer la dedicatoria en presencia del autor o no? Hay dedicatorias medio forzadas, cabe aclarar. V. descubrió una hace poco en un librito mío de JEP, por ejemplo. Aunque las hay gratas y abundantes, como las de Y. La que le hice a D.H., ruborizado y bajo una lluvia aún más feroz que esta, que ya escampa, decía "Tenga piedad", pero lo que quise decir fue "misericordia." La diferencia es que la piedad es el trato con lo otro, lo cuál, como gran lector, encontrará acaso aburrido con mi librito, pero no problemático; y la misericordia, en cambio, es en primera instancia una apelación al sufrir compartido, a la compasión, a decir "mire que fue lo mejor que pude hacer. Sea benévolo. No me condene tan pronto." Aunque, como vemos en el caso de Josef K., la condena depende de cuántas cosas ajenas a nosotros. Yo me ahorro el proceso, gracias: soy culpable de mi librito.
, M.P. me dio una excelente noticia esta semana: viene pronto J.K. (¡vaya respondencia!) y podré hablar con él. Creo que hace mucho no estaba genuinamente feliz por conocer a alguien que sólo he leído, y con cuánto gusto.
, A veces siento que escribo como personaja de Jane Austen, pero ebria.
, F. me pidió El libro de Pixie, para una posible reedición. El único ejemplar que tuve se lo di a N. recién conocerla. No me arrepiento, como sí debería de tantas otras cosas respecto a ella.
, Madre me pidió que fuera a misa, o "que la viera por Internet." Le respondí que leería, en cambio, algo de la Biblia. El problema es que mi libro favorito de la Biblia siempre ha sido Job, lo cuál es muy apropiado después de una semana kafkiana (este aroma perenne de barniz y pintura, como el estudio bochornoso de Titorelli...), así que siento que no he cumplido del todo con su encargo. Ir a misa siempre me ha parecido (y digo "siempre" con conciencia del tiempo: dejé de acompañar a mis padres a la iglesia para quedarme a jugar Super Nintendo) aceptar de antemano la culpa de algo. El algo, claro, es el pecado original. Y el constructo teleológico llamado Dios sabe que no soy una persona lo que se dice "buena", pero no ha sido defecto de fabricación: si me he ido pudriendo fue por un esfuerzo constante y razonado. Por ello siento que no he cumplido con el encago de Madre: en vez de ir a sentirme culpable en público me quedé a ser feliz en privado con mi biblos favorito del Antiguo Testamento. No puedo evitar sentirme un poco como Leopold Bloom ante su madre. Él sí que estaba podrido.
, Pasarme por la facultad me dejó en un estado inconveniente por varios días. Esta especie de conciencia de que no me doctoraré nunca, y de que eso debería ser malo. De que debería sentirme mal por algo. Pero desde entonces puedo leer lo que yo quiera: incluso me descubrí leyendo hace unos días una antología de sociolingüística simplemente porque algo me interesó siempre de ahí. Pero pude también repasar un pequeño manual de métrica árabe para mi traducción de Adonis; pude releer Soledades en soledad, y no en un salón lleno de gente; pude sobre todo ver un par de películas de Woody Allen y leerme dos libros de Vila-Matas en absoluta paz. ¿En serio necesito doctorarme? ¿Necesito aprobación para escribir lo que yo quiera? Madre, debo confesar que he pecado de soberbia: en mi escritura me exijo mucho más de lo que me exigirá nunca ningún doctorado.
, Estoy aprendiendo latín por mi cuenta para traducir unos poemas puercos de Catulo, además de las Heroidas de Ovidio, que me contentaría con poder leer en el original, porque la traducción del maestro Alatorre es maravillosa. Nunca disfruté latín en la facultad, con todo lo que M. y P. se esforzaron en hacerme entender las declinaciones. Ya entendí: simplemente no tenía una buena razón para aprenderlo. Tuve una buena razón para acercarme al francés, en cambio: Rimbaud y Mallarmé. Al italiano: Dante y Leopardi. Al portugués: Pessoa. Al alemán: Hölderlin, Rilke. Pero al llegar a la facultad conocía de literatura latina sólo la Epistola a los Pisones de Horacio, el discurso de la amistad de Cicerón y un par de libros de la historia de Roma de Tito. No me habían ocurrido las Heroidas, esa obrita brutal, con ripio y todo. Quisiera leer la carta de Briseida a Aquiles en el original. Quisiera leerla con D., en latín, en español, en lo que sea. Es más que suficiente razón.
, Odio esta casa. Odio a la gente. Jack White: I got moving on my mind.
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Javier Raya
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viernes, 26 de agosto de 2011
Ocasión de morir
la ocasión de morir muerte temprana
Luis de Góngora
1.
Fatigar, labriego, la horizontal de los campo-
santos como hortalizas de huesos
donde plantados sobre su pedazo firme
el nombre de las piedras apunta
la porción de carne que se olvida.
Filamento de luz todavía; el día
no está contado.
Queda en suspenso la raíz del nombre familiar
que venimos agotando
en el poema de nombres y números,
fechas sobre lápidas en la parcela
donde la ciudad deposita las evidencias
de su paso.
Primer día en la ciudad, avenidas
de la muerte: ha venido mi paso
a ver si me sale al encuentro
un espejo o la comprobación de que,
como decían,
la familia nació (verdolaga)
un día de polvo entre dos piedras
resecas.
[De Ocasión de morir, un libro en preparación.]
.
jueves, 18 de agosto de 2011
HIC SVNT DRACONES
, La escritura es un barco de guerra.
, He soñado con dos hermanas bellísimas. Científicas sudacas. ¿Su línea de trabajo? Los zombis. Cobraron fama por un trabajo según el cuál un cuerpo muerto podría recobrar la vida mediante el beso de otro cuerpo. Sí: el fenómeno de la "bella durmiente." La morena me contó que la saliva contenía cierto plastosema (no creo que tal cosa exista en el mundo de este lado del espejo) que, de untarse apropiadamente por el cuerpo muerto, podía activar el sistema de defensas y generar una sobrecarga en los receptores neuronales, lo cuál permitiría que el cuerpo recobrara movimientos espasmódicos involuntarios, el simulacro de vida. Pero serían zombis, les dije. Es lo que la comunidad científica opina, dijeron.
, Vivo al final del mundo conocido, en el borde de una silla. Los amplios ventanales de mi cuarto se mantienen cerrados para que el mundo no se asome. En una maceta del balcón, cultivo piedras.
, Creo que fue Thomas de Quincey quien dijo que dios creó al gato para que el hombre pudiese tocar al tigre. Durante los últimos 10 años he visto dos tigres, ambos de maneras inesperadas. Un tigre es, de algún modo, una imagen menos que un animal. Incluso en el zoológico los tigres suelen ser esquivos, pero a veces te esperan como imágenes agazapadas en los pueblos más remotos. Es por este rasgo que podemos afirmar que, formalmente, los tigres imitan el comportamiento de la muerte, o en todo caso, el tigre es un atributo de la muerte.
, Encontré a las hermanas en el aeropuerto de Mictlán. La rubia me contó que un investigador les había sugerido que publicaran un artículo burlándose de su teoría de la resucitación zombi. Ellas se negaban porque, aunque habían logrado solamente un par de experimentos exitosos, no creían que el investigador las tomara con seriedad. Traté de explicarles que se trataba de un simple cambio del enfoque documental, que no estarían falseando los resultados, y que de hecho el enfoque zombi era sumamente provocador. En ese momento la morena comenzó a borrar con la mano derecha lo que la rubia escribia sobre un iPad con la izquierda.
, La última vez que vi a Mauya le regalé, entre otros libros, Siete pecados capitales, uno de mis libros favoritos, del escritor serbio Milorad Pavic, nada menos que en Caravanseraï, la casa francesa de té. Unos días antes de que le escribiera diciéndole que no la vería más, me escribió diciendo que había encontrado una llave. Hace unos días, entre los arreos de la mudanza, encontré precisamente un arete. Si el improbable lector está familiarizado con el cuento "Té para dos", comprenderá perfectamente esta historia. El problema con Mauya es que en nuestra mesa de té no hay dos, sino tres. Tres no pueden tomar té.
, En mi sueño, le preguntaba a las hermanas sudacas científicas si los cuerpos que habían recobrado la vida podían efectivamente reintegrarse a una vida "normal". "¿Normal? De donde venimos eso no existe. Todo es un atributo de la muerte, así que de alguna forma la vida es simplemente una forma de morir en movimiento", dijeron. Traté de explicarme lo mejor que pude, pero no había palabras en su lengua para algunos conceptos fundamentales que necesitaba para explicarme. "Dolor", por ejemplo, tuve que describirlo como un modo turbio de estar despierto; "sueño", en cambio, lo describí como una muerte donde no caben flores. En ese momento me acordé de Gustavo Cerati, y les pregunté si podían regresarle la vida a un hombre en estado vegetativo con esa técnica. Después de un arduo trabajo de traducción, me explicaron que es una bárbara reducción --perdonable en mí, un lego para cuestiones científicas-- pensar que la vida equivale a movimiento; la vida es voluntad o nada. Lo que ellas hacen es generar impulsos eléctricos en cuerpos que se pudren, en piedras y en tazas de porcelana: entienden bien que su trabajo imita la vida. Por muerte entienden únicamente una forma superior de pensar despacio.
, Ayer pude ver junto con Victoria el gigantesco monolito de Tlaltecuhtli, la diosa azteca con nombre de varón. Puede mirársele en posición de parto, bebiendo la sangre que probablemente venía de su útero. Según la mitología azteca, Quetzalcóatl y Tezcaltipoca la dividieron para formar el cielo y la tierra, sin embargo esta división no la destruyó, sino que continúa viva en lo visible y lo invisible. De algún modo, Tlaltecuhtli está viva y muerta al mismo tiempo, como el gato de Schrödinger, ya que de su vientre nace todo lo vivo y a su boca regresa todo lo muerto. Según el museo, sus senos fláccidos dan cuenta de una increíble fecundidad, y sus rizos son característicos de los dioses del inframundo. El monolito fue descubierto el 2 de octubre del 2006. Me pregunto sobre cuántos dioses caminamos todos los días en el DF.
, Creo que no son sólo las puertas de mi cuarto, sino las mismas cuencas de mi cráneo en las que comienzo a retraerme más y más, como si después del límite de mi cuerpo todo matara, todo fuera una expresión del sufrimiento. Duermo sin dormir desde hace semanas: me quedo meditando, muy quieto, en la posición Savasana que me enseñó Mara, la posición del cadáver. A veces tengo sueños, y en los sueños puedo escuchar el ruido del Viaducto como si fuera el ruido de la orilla del mundo. Me agazapo tras mis ojos. Me niego a ver un mundo donde no está ella. Sé que el dolor no desaparece, pero su intensidad baja de volumen, se vuelve soportable, se queda como una estática en el fondo del espíritu, unos huesos dentro de un baúl en el sótano. ¿Eso serás para mí en el futuro distante, Mauya, toda tu belleza brutal reducida a una tumba, a unos huesos amargos de donde crecen gerberas en la oscuridad?
, El mar es un dragón. En la cartografía antigua, las zonas desconocidas del globo se designaban con el nombre HIC SVNT LIONES, y posteriormente, DRACONES, indicando la existencia de peligros para la navegación. Esa forma de demarcar una realidad desconocida mediante el artilugio de un nombre no es sino expresión del miedo que da conocer cualquier cosa. Yo no quisiera conocer un mundo sin Mauya, y de hecho me parece muy difícil pensar o escribir ahora que no está. Me mantengo atado como Ulises al mástil de este barco de guerra, porque sé que si regreso me destruirá. ¿Pero es que en esa zona desconocida del mapa, sus besos no me han destruido ya, y sus besos no me devolvieron cuántas veces la vida? El dolor me vuelve cursi; disculpe el lector, me estoy sosteniendo los huesos como puedo, con cera y amarras de tensas cuerdas, para no desbaratarme.
, En el aeropuerto de Mictlán me despedí de las hermanas científicas sudacas. Les pedí que me mantuvieran informado de sus descubrimientos e intercambiamos tarjetas. Me besaron al mismo tiempo en ambas mejillas, como una moneda que tuviera tres caras. Al preguntar a dónde iban me dijeron que regresaban a su casa, al país de los tigres.
.
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lunes, 8 de agosto de 2011
Žižek y la pregunta por la libertad (fragmentos)
[La filosofía y el psicoanálisis son esfuerzos humanos para resistir o por lo menos comprender la fuerza "inexorable" del destino; en ocasiones, ponemos palabras en el lugar que dejan vacante personas o situaciones; en ese sentido, el pensamiento, las palabras, están siempre en el lugar de una pérdida. Si se quiere ver en mí un síntoma histérico, es el de poner palabras en el lugar de un desgarre: traduzco esto como parte de un proceso de duelo. Por supuesto, el lector puede no tomar en cuenta esta pequeña separata y sumergirse en la asombrosa y provocadora perspectiva de Žižek sobre "el bucle de la libertad", el proceso áutico en el que asumimos/aceptamos las causas que nos determinan en tanto Ser, o como él explica, el modo en que los efectos crean las causas es el lugar y condición de posibilidad mismas en que se actualiza la emergencia del Ser. Si se quiere, esta patética explicación está puesta en el lugar de un disclaimer legal, y aunque no se quiera, funciona, a su modo, como una declaración de amor. En los siguientes extractos, Žižek utiliza "Self" conservando la ambigüedad entre el Self psicoanalítico (el órgano de contacto, fundador del sujeto) pero también como Ser, dentro de un discurso ontológico más amplio que se ramifica y explicita en otras partes de The Parallax View. Lo que no debe perderse de vista es que se piensa el sujeto en tanto Self y Ser: una zona vacía que sólo existe mediante su aparecer, como en el Dasein de Heidegger, pero también mediante su interacción, como en los sistemas informáticos y la biología neuronal. Cabría tener a la mano también la distinción heideggeriana de lo "aparente", como aparición (epiphainós), aparecer fenoménico y "falsedad", la apariencia platónica. Conservamos "Ser" para facilitar la lectura y porque el contexto lo permite. Las negritas son nuestras. Los fragmentos están tomados de Slavoj Žižek: The Parallax View, MIT Press, Massachussets, 2009, entre las pp. 203-210, con mucho desierto en medio y a los lados.]
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El bucle de la libertad (fragmentos)
El Ser es precisamente una entidad sin ninguna densidad sustancial, sin ningún núcleo que garantice su consistencia. Si penetramos la superficie de un organismo y observamos más y más profundamente dentro de él, nunca encontramos algún elemento central de control que sea su Ser, secretamente controlando los hilos de sus órganos. La consistencia del Ser es, así, puramente virtual; es como si fuera un Dentro que aparece sólo cuando se le ve desde Fuera, en la pantalla-interfaz --en el momento en que penetramos la interfaz y tratamos de alcanzar la "sustancialidad" del Ser, como "en sí mismo", desaparece como arena entre nuestros dedos. Por ello, los materialistas reduccionistas que afirman que "en realidad no hay ser/yo" están en lo correcto, sin embargo pierden el punto. Al nivel de la realidad material (incluso en la realidad psicológica de la "experiencia interior"), el Ser en efecto no existe: el Ser no es el "núcleo interior" de un organismo, sino un efecto superficial. Un verdadero "Ser/Yo" humano funciona, en cierto sentido, como la pantalla de una computadora: lo que está "detrás" no es sino una red de maquinarias neuronales "sin ser". La tesis de Hegel de que "el sujeto no es una sustancia" debe, así, ser tomada literalmente: en la oposición entre el proceso corporal-material y la pura apariencia "estéril", el sujeto es apariencia en sí mismo, traído a su auto-reflejo; es algo que existe únicamente en tanto aparece frente a sí mismo. Es por esto que es un error buscar detrás de la apariencia por el "verdadero núcleo" de la subjetividad: detrás de ella no hay, precisamente, nada, sólo un mecanismo natural insignificante sin "profundidad" en él.
Cuando Heidegger enfatiza que el auténtico Dasein decide libremente, que encarna la auténtica libertad en contraste con aquellos que sólo siguen al "uno", su noción de libertad implica la misma yuxtaposición paradójica de la libre elección/decisión y la asunción de la necesidad predestinada que encontramos en la teología protestante a través de Nietzsche y Wagner (la libertad más alta es la de libremente asumir y encarnar el propio destino, lo que inexorablemente tiene que pasar): lo que en realidad se libera en una auténtica decisión no es Dasein como tal, sino su destino mismo: el "poder del destino se vuelve libre". De manera suscinta, lo que hace libre mi decisión no es primariamente que yo mismo elija libremente, sino que mi decisión elige libremente el poder mismo del Destino...
El premio Darwin 2001 al acto más estúpido fue conferido de manera póstuma a una desafortunada mujer de la provincia rumana, la cuál despertó en medio de la procesión de su propio funeral; después de salir de su ataúd y darse cuenta de lo que ocurría corrió ciega de terror y fue atropellada por un camión en un camino cercano, muriendo instantáneamente... ¿No es este el mejor ejemplo de lo que llamamos destino? La pregunta por la libertad es, en su expresión más radical, la pregunta por el modo en que este círculo cerrado del destino puede romperse. La respuesta es, por supuesto, que puede romperse no porque "no está realmente cerrado", ya que el esfuerzo mismo del sujeto por romperlo estaría incluído por adelantado. Esto quiere decir: ya que nuestros esfuerzos por alcanzar nuestra libertad y escapar del destino son en sí mismos instrumentos del destino, la única manera real de escapar al destino es renunciar a estos esfuerzos, el aceptar el destino como inexorable. (El destino de Edipo --matar a su padre, casarse con su madre-- se cumplió a través de los esfuerzos mismos de sus padres por evadirlo: sin este esfuerzo por evadir el destino, el destino no puede realizarse.)
--
Si en la historia de la literatura moderna existe una persona que ejemplifica la derrota ética, es Ted Hughes. La verdadera Otra Mujer, el foco de la saga Hughes-Plath... es Assia Wevill, una belleza judía de cabello negro, sobreviviente del Holocausto, la amante por la que Ted dejó a Sylvia. Así que esto fue como dejar una esposa y casarse con la mujer loca del ático --sin embargo, ¿cómo se volvió loca? En 1969 ella se mató del mismo modo que Sylvia (intoxicándose con gas), pero matando junto a ella a Shura, la hija de Ted. ¿Por qué? ¿Qué la llevó a esta extraña repetición? Esta fue la verdadera traición ética de Ted, no la de Sylvia --aquí, sus Birthday Letters, con su mitologízación falsa, se vuelven un texto éticamente repulsivo, culpando a las fuerzas oscuras del Destino que manejan nuestras vidas, poniendo a Assia en el papel de la seductora oscura: "Tú eres la fuerza oscura. Tú eres la oscura fuerza destructiva que destruyó a Sylvia." (La noción psicoanalítica del Inconsciente es precisamente lo opuesto a este Destino instintivo e irracional en el cuál trasponemos nuestra responsabilidad.) Recuerden la línea de La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde: "Perder a un padre puede ser visto como una infortunio; perder a ambos parece falta de cuidado." --¿no es lo mismo con Ted Hughes? "Perder una esposa que se suicida puede ser visto como infortunio; perder dos esposas parece falta de cuidado..." La versión de Hughes es una larga variación del "no es mi culpa" de Valmont de Las amistades peligrosas: no fui yo, fue el Destino --como él lo dice, la responsabilidad es "un fingimiento válido solamente en un mundo de abogados y moralistas." Todo su parloteo sobre la Diosa Femenina, el Destino, la astrología, etcétera, es éticamente inválido; así es como la diferencia sexual se connota aquí: ella era histérica, astuta, auténtica, autodestructiva; mientras él mitologizaba y ponía la culpa en el Otro.
En términos kantianos, como hemos visto, estoy determinado por causas, pero yo (puedo) determino retroactivamente qué causas me determinarán: nosotros, sujetos, somos pasivamente afectados por objetos patológicos y motivaciones; pero, de un modo reflexivo, nosotros mismos tenemos el mínimo poder de aceptar (o rechazar) el ser afectados de esta manera --es decir, nosotros determinamos retroactivamente las causas autorizadas para determinarnos o, al menos, el modo de esta determinación lineal. La "libertad", así, es inherentemente retroactiva: en lo más elemental, no es simplemente un acto libre el cuál, de la nada, produce un nuevo vínculo causal, sino el acto retroactivo de refrendar cuáles vínculos/secuencias de necesidades me determinarán. Aquí debemos añadir un giro hegeliano a Spinoza: la libertad no es simplemente "la necesidad reconocida/conocida", sino necesidad reconocida/asumida, la necesidad constituida/actualizada a través de este reconocimiento. Este exceso del efecto sobre sus causas también significa, por ello, que el efecto es retroactivamente la causa de su causa --este bucle temporal es la estructura mínima de la vida. Al nivel de la realidad, sólo hay cuerpos interactuando; "la vida propiamente" emerge de un mínimo nivel "ideal", como un evento inmaterial que provee la forma de unidad del cuerpo viviente como el "mismo" en el incesante cambio de sus components materiales.
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La tensión propiamente dialéctica entre el Ser singular y la narrativa es crucial aquí: el Ser implica el momento de explosión, destrucción, negatividad autorreferencial, del huir de la realidad inmediata, y por ello, de una violenta ruptura de la homeostasis orgánica; mientras que la "autobiografía" designa la formación de una nueva homeostasis culturalmente creada que se coloca a sí misma como "segunda naturaleza". Esta perturbación puede concebirse de dos maneras: ya sea como la intrusión de accidentes externos que perturban mi homeostasis interna --en este caso, un organismo está en una búsqueda permanente de equilibrio entre el mantenimiento de una constante (o "Ser autobiográfico) y la exposición de esta constante a accidentes, a encuentros contingentes, a la otredad; nos volvemos "conscientes" de nosotros mismos a través de choques externos que amenazan nuestra homeostasis, y nuestra acción intencional es finalmente el esfuerzo de incluir tales perturbaciones en una nueva homeostasis... La segunda manera es localizar la fuente de la perturbación en el corazón mismo del Ser --Hegel desarrolló este punto hace tiempo, cuando describió este doble movimiento de, primeramente, el radical auto-escape hacia la "Noche del Mundo", el abismo de pura subjetividad, y posteriormente el arribo de un nuevo orden a través de la capacidad de nombrar: el órden simbólico y su homeostasis es el sustituto humano de la pérdida de la homeostasis natural. Un Ser libre no sólo integra las perturbaciones, las crea, hace explotar cualquier forma dada o consistente. Este es el grado cero de lo "mental" que Freud llamó "pulsión de muerte": la Cosa más traumática que el Ser encuentra es el Ser mismo.
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jueves, 4 de agosto de 2011
Lucien Freud, de John Updike
Claro, el cuerpo es un asunto atroz,
en especial genitales y pies,
aunque el rostro no es mejor. Venas
azules formando serpientes
detrás de las manos, y qué ruina
la marmórea, transparente gordura
de los muslos. Vale la pena ver
después de siglos tales pesos
coagulados (Pigmalión a Canova),
del desnudo como forma externa
del espíritu, flama blanca: Psique.
¡Con qué ligereza la Diana
de St. Gauden se sostiene en el aire
sobre un pie, lunar casi e imperturbada
por siempre! Pero no, la carne
nos arrastra; su planeta manchado,
ávido suelo del pintor,
tierra inocentemente fea, suena dormida,
pobre desnudez, ángel hundido, saco de flemas.
[Versión de Javier Raya.]
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Javier Raya
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miércoles, 3 de agosto de 2011
El terrón de barro y el pedrón - William Blake
![]() |
| W. Blake, Autorretrato |
"El Amor para sí no guarda
placer alguno ni cuidado,
y sólo para el otro carda
cielos de un infierno desollado..."
...cantaba en el barro un terrón
bajo los cascos de las reses,
cuando del arroyo un pedrón
trinara estas rimas corteses:
"El Amor sólo a sí se guarda;
su placer: único cuidado,
y la paz del otro descarda
en infiernos de un cielo derrotado."
Versión de Javier Raya.
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Javier Raya
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domingo, 31 de julio de 2011
De las librerías a prueba de lectores
El paraíso para Borges es una biblioteca, se sabe, pero el método para ordenarla es algo en lo que se repara, creo, poco. En el orden de los libros hay una metafísica, o, si se prefiere, una intención de lectura. No iré por lo pronto tan lejos para afirmar que hay un trabajo curatorial (palabra tan de moda), pero en tanto intención, la organización de un conjunto de libros crea sentido en sí mismo, acaso extensión de la presencia latente de los libros.
Antes, se me disculpará una errancia anecdótica, espero pertinente: escribí una vez unas Instrucciones para ver películas con gente, que el improbable, interesado lector hallará en este mismo blog. Hoy intenté ponerlas a prueba: lo logré. Es decir, seguí fielmente el primer punto. Salí corriendo de un cine atestado antes que someterme a la tortura masoquista que me supondría haberme quedado, y al salir de ahí lo primero que vi fue una librería. Un poco demasiado cliché: opongamos al vértigo inmóvil de la multitud (pues que la multitud es estática, como los cardúmenes) el silencio benéfico de la librería. Craso error.
Entré en una librería del Fondo de Cultura Económica como pidiendo santuario. Horror. Ya desde las barras metálicas de la entrada eso parece un supermercado. Pronto la gente entrará a pedir un kilo de novela, medio kilo, tres cuartos, o el despistado que preguntará "de a cómo los libros." Así de vertiginosas las mesas de novedades. Antes de entrar incluso tienen lockers, como en algunos supermercados. Les faltan solamente los carritos y las demostradoras de las editoriales, leyendo fragmentos de novelas o poemas en los pasillos; "muestras gratis". Esto último no me parece del todo malo; cursi, claro, pero preferible. ¿Preferible a qué? Preferible al brutal dispositivo de seguridad desplegado al interior de la librería. Me explico.
Mientras me cuento los billetes en la bolsa y (h)ojeo unos ensayitos de Apollinaire, un vigilante malencarado me mira. Tengo chamarra ancha. He trabajado en librerías, así que sé cómo funciona esto; esta vigilancia es normal y hasta cierto punto, tolerable. Lo que me saca la piedra es que el fulano se ponga a musitar no sé qué cosa en su radio. Sigo su mirada: hay una chica vigilante en la entrada. Yo puedo escuchar sus voces, pero no les entiendo, sólo escucho esos pitidos enervantes y esa estática que es como las nubes de las conversaciones por radio. No me molesta el ruido, coño, sino esta pérdida de la calidad aurática del espacio. Lo que decía en un principio: el acomodo y la disposición de libros es en sí mismo significante, y a riesgo de exponer una prematura demencia senil, diré que parece que la interconectividad ha tomado el lugar del espacio; los espacios ahora son interfaces, zonas de mediación entre emisores y receptores: medios. No se va a un restaurante o librería por el simple gusto de ir, sino por un badge de Foursquare; la gente en el cine parece que va a recibir llamadas, qué horror; y estos vigilantes que forman parte de un nuevo mobiliario de las cadenas de librerías, el que completan las cámaras de seguridad, las muchas cajas, las interminables mesas de novedades, etc.
No idealizo ni romantizo el libro ni las bibliotecas: sé que el libro impreso debe desaparecer. Es necesario, o lo será; ecológicamente será insostenible y nos adaptaremos, como cuando Sócrates se aterraba de que la escritura desplazara a la memoria y cuando se temió que la imprenta desplazara la literatura oral. Me entusiasma tener un reader y acceder a cientos de libros difíciles de conseguir, en el idioma que yo quiera, cuando yo quiera. Trabajo en una página web, por amor de dios. Pero también trabajo en una editorial de libros impresos (sí, gente del futuro, como los de antes.) Esta queja dirigida al improbable lector que tolera grandes parrafadas en una interfaz electrónica (i.e. este blog) tiene como asunto el lugar, el espacio, no el libro en sí. Continuemos, pues.
Las librerías amarillas
Trabajé en la Librería Internacional, ubicada en la calle de Sonora, entre Insurgentes y Amsterdam (Carlos Fuentes la menciona como "librería alemana" en Los años con Laura Díaz, pues la comunidad alemana de la colonia Hipódromo pedía ahí sus libros, sobre todo de medicina). Cuando yo entré ya no era la eficiente librería que mandaba traer títulos de varias editoriales e idiomas desde los años 40: era una bodega (des)organizada en secciones, muchas, a través de dos pisos, pero conservaba todavía el encanto de viejas glorias.
Como acabo de leer la crónica de Julio Trujillo sobre El Parnaso de Coyoacán (gracias, Roberto Cruz Arzabal), estoy tentado a enumerar al fascinante personal con el que pude convivir durante casi un año, pero para no desviarme demasiado concordaré en que siempre está ese que Trujillo llama bouncer, un fornido que identifica a los robalibros, así como varios personajes y personajas interesantes: en la Internacional, los hermanos que tenían 30 años trabajando en librerías, el hombre que pasó de vigilante a gerente, el políglota de la sección de idiomas, o Moisés, que organizaba conmigo la sección principal, literatura, historia, filosofía, ciencias sociales, etc., un judío converso que tenía en la mente un mapa de toda la zona, unos 5 mil volúmenes, siendo conservadores y que, como yo, conservaba una fascinación francamente talmúdica por los libros. Pero por ahora doy por buenos todos los clichés: los he visto. Mi asunto es otro.
La Internacional tiene altos libreros en las paredes y mesas más pequeñas, organizadas en islas. Uno podía moverse a sus anchas y respirar. Leer. Estaba en la frontera de una librería de viejo y una sucursal "moderna" (hace poco se reestructuró y ahora distribuye solamente material especializado en psicología y medicina, como en sus orígenes de hace más de medio siglo); acudían tanto lectores consumados, a los que es mejor dejar hacer que confrontar con el diálogo de ventas, y también gente buscando libros de texto o novedades. Las novedades, como suele ser el caso, atacaban al desprevenido lector recién franqueando la entrada. Un visitante asiduo de librerías sabe que es un mero obstáculo, que se puede echar un ojo sin mucha esperanza y continuar. Digo que la Internacional estaba en la "frontera" de librería de viejo y moderna porque en los estantes revolvíamos libros cuyas devoluciones muchas veces llevaban pendientes décadas, así como novedades del mismo tema. Casos aparte eran editoriales cuyo catálogo y corte editorial se presentan por sí mismos, como Trotta o Gredos, incluso Sepan Cuántos o Paidós, todos con sus propias secciones. Pero bien sabe Borges, como sabe Foucault, que la organización de las cosas siempre es arbitraria, por lo menos.
Pero algo maravilloso de la Internacional era una franca preocupación por que cada persona que entrara pudiera revisar los textos de su interés. Teníamos una sala en el segundo piso donde la gente podía llevarse los libros y quedarse leyendo si lo deseaba. Eso ocurre un poco todavía en la Rosario Castellanos, en la salita del medio, pero en vez de sala de lectura parece pecera, con un montón de gente circulando alrededor de ti, viéndote desde varios niveles, etc. En la Internacional no: la gente podía incluso abrir los libros embalados aunque no los comprara, simplemente para verlos. Porque sí. Porque eso es lo que se hace con la mayoría de los libros en una visita a la librería. Esa fue otra parte de mi encabronamiento hoy en el FCE: una chica pidió permiso para abrir un libro y se lo negaron. Quise hacer la revolución ahí mismo. Me salió una revolución de espuma de los belfos: este texto.
Hay, decía, una metafísica en esa organización de la lectura: la librería como el espacio donde un lector se pone en contacto con un libro. Poniéndonos kantianos, la librería es la condición de posibilidad de la lectura, porque no garantiza solamente la disponibilidad del libro (cuántos ya se pueden comprar por internet...), sino porque crea el vínculo entre el lector y el libro. Antes de Google estaba un librero bien informado, que no sólo te decía dónde estaba lo que buscas, sino que lo discute contigo. Pronto habrá una app que haga lo mismo (de hecho la hay, se llama Goodreads), pero no dejo de pensar que esta nueva tecnología (en el sentido de forma de hacer) de lectura aleja al lector del libro, es decir, atenta contra aquello que debería promover. La librería como metafísica no es sino la relación que vuelve posible entre un libro y su lector.
Tal vez en unos 50 años los libreros serán una antiguedad, como los aguamaniles, y los libros se volverán muy caros, un divertimento exótico --que, acaso, a su modo, ya son. Yo confío en que el libro electrónico desacralizará un poco el objeto-libro para concentrarse en la difusión de la información, hacerlo asequible para quien ya lee, aunque dificultando esa lectura de hallazgo que sólo el libro permite: ¿cómo (h)ojear un libro electrónico? Basta, tengamos fe. O no: pesimista a fin de cuentas, sé que esa disponibilidad de la información también será un eventual obstáculo frente a la sobredisponibilidad: la pregunta de siempre, ¿qué leer? La respuesta de siempre: todo.
Escribiré alguna vez sobre la tecnología de lectura implícita en el libro, pero siento que apenas entraba al tema del espacio y los libros cuando ya leo que este texto quiere terminarse. Tiene cara de derrota. Pero a lo largo de esta parrafada he sentido la misma, cómo llamarla, pulsión histórica: las "librerías" en cadena encadenan, son el enemigo de los lectores, y los libreros, la gente que se dedica a los libros, está desapareciendo. Claro, Gandhi tiene esas bonitas campañas publicitarias y todo, pero vuelvo: no te dejan abrir los pinches libros dentro de la librería. En la lógica de la disponibilidad de la oferta, el modelo del capitalismo amarillo está comenzando a adueñarse a su vez de los modelos de negocios de las cadenas de librerias. Capitalismo amarillo: producción en serie, referenciada perversamente a "lo chino" (¿amarillo...como Gandhi?): en serie, de temporada, de moda, novedad condenada a vivir en su desfase, libros con fecha de caducidad, como leche. Las editoriales que satisfacen esta demanda son otra parte de la ecuación. Imposible abordarlo ahora. Acabemos, pues: la librería como turística no es sino la relación que vuelve posible entre el lector y el libro a través del espectáculo, o, dicho de otro modo: la librería como turística es la imposibilidad de la relación entre un lector y un libro. Una forma no menor de fascismo.
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martes, 19 de julio de 2011
La mejor manera de esconderse es a la vista de todos
, Hallazgo de los diarios de Julien Green. En Crítica 144 hay una selección cuidada y no puedo suponer que mal traducida, de Green. No conozco nada más de él, pero me sentí como en casa al poco tiempo al encontrarme con André Gide. Fue una sensación rarísima. Fuera de Corydon y los Sotanos del Vaticano, lo que más me gusta de Gide son sus diarios. De hecho los tengo en mi mesa de noche siempre, justo al lado de los de José Kozer. El de Gide es el libro con más papelitos, post-its y anotaciones que tengo, y eso que es apenas una selección no exhaustiva de los Diarios. Alegría que Green me lo retratara a Gide ya tan viejo, con esos ojos que los periodistas pintan agudos pero que son más bien de una opaca transparencia.
, Maravilloso encontrar también que Green prefería a Flaubert sobre Balzac. Yo conocí primero a Balzac, recuerdo perfectamente el instante patético en que termina Le Père Goriot y dónde estaba yo al leerlo. A Flaubert he aprendido a quererlo eventualmente, ¿pero será coincidencia que, como con Gide, lo que más me impresione de él son sus diarios? Cuando Green retoma en los suyos un pasaje de Salambó, con los ricos fenicios haciéndose acondicionar terrazas para beber en la clara noche, con los diamantes de sus dedos imitando estrellas... Bueno, uno podría ponerse socialista. Pero mi recuerdo más inmediato de Flaubert es su descripción de una noche estrellada, precisamente, bajo el cielo estrellado de Karnak, me parece; recuerdo las estrellas, muy brillantes, y los mausoleos de reyes muertos en la penumbra rojiza. Ambos, Gide y Flaubert, fueron viajeros consumados que atravesaron, curiosamente, cruentos periodos de guerras. Como si Green hiciera una anotación concerniente a ambos, asienta en sus diarios que las páginas que envejecen más pronto son las escritas durante la guerra, con tantos sentimientos "comúnes" en el aire. Me pregunto qué sobrevivirá de las escrituras de esta absurda guerra civil en México.
, Green pasa por otro que conozco, pero con quien no me llevo tan bien, Lev Bloy. Hubiera preferido sin duda encontrarme con otro Lev: claro, Tolstoi. No es necesario que nadie se entere que durante este verano, el más largo de la historia, soy de algún modo Yasnaia Poliana, y aunque me llamo Fyodor, me levanto también con el sol a trabajar con mis manos y a rezar en la pantalla, a veces, más por miedo que por verdadera devoción. Green era un escritor católico; eso me sorprendió bastante. Todas mis burlas están transcritas por él mismo, pero en boca de Gide. La religión es tanto una sugestión como una herencia, y me pregunto si eso no lo habré leído en el mismo Gide tiempo atrás, y se asentó en mí y se me disfraza de una convicción propia. Fascinante el análisis de la vocación sacerdotal que el mismo Green realiza para justificar el no haber tomado los votos. Pero Gide y yo sabemos de qué hablamos: ambos rehusamos un destino sacerdotal, y experimentamos la culpa a una edad en que debería disfrutarse lo que se llamaba antes inocencia.
, En una cena con "hombres de letras" que, como se sabe, no es ni por mucho lo mismo que escritores, Julien Green se queda azorado al ver con qué campechanía denuestan a Valéry. Valéry, claro, otro viejo conocido mío. En él se vuelve concreto uno de mis temores más abstractos: no ser capaz de leer nunca todo lo que quisiera leer. Paso a ver cada tanto los tomos facsimilares de sus diarios en la biblioteca Samuel Ramos de la Facultad de Filosofía, sólo para ver que siguen ahí, sólo para seguir constatando que el infinito se entrega sólo a quien se ve acorralado, idea que no le molestaría en absoluto a Kafka. Green no puede dejar de sentirse incómodo entre estos "hombres de letras", más ocupados, dice, "en el poder que en las musas". A mí me dan tanta desconfianza los métodos de los niños de las estrellas para hacer la Revolución poética en las calles, tanta como la de novelistas y editores en torno a a la mesa de un restaurante caro, hablando de gente en lugar de hablar de libros, ya no digamos de ideas, como comadres. Qué horror. Me siento tan fuera de lugar en la calle como en las oficinas y redacciones. Se me presentan como dos abismos paralelos.
, Otro viejo conocido: Jean Cocteau. Su diario es uno de los más fascinantes que haya leído. La lucidez que le dota la abstención del opio deja reluciente el hueso de la inteligencia, que suele confundirse con el de la locura. Sabe lo que le pasa siempre en cada momento de su brutal rehabilitación; sufre, pero no teme sufrir. Green lo describe perfectamente cuando habla de la capacidad de Cocteau para no dejar caer el monólogo, compuesto de frases tan acabadas que uno no puede sino levantarse en medio de la conversación para aplaudir; aplauso que Cocteau recibiría en su fuero interno, pero que disminuiría frente a su auditorio. La grandeza sólo puede ser reconocida tangencialmente, casi como deferencia al otro, pero asumida únicamente por el poseedor en secreto. Me pregunto que diría Hugo al respecto.
, Además de Gide, mi encuentro más feliz en estos fragmentos de diario de Green fue ver su recurrencia, su casi lealtad a Shakespeare. Espero que las siguientes frases se pierdan entre estas parrafadas: hace poco pensé especialmente en Shakespeare al revisar la última versión de mi Ordalía, que ya debe haber entrado a imprenta. Me dio un poco de pena ajena utilizar un epígrafe de Shakespeare para un poema. Es infinitamente pretencioso, como si yo pudiera convocar el estado de ánimo de ese verso en el lector y luego dejarlo de lado para decir mis cosas. Qué espanto. Como si uno pudiera usar a Shakespeare de ese modo. Lástima que ya lo mandé. El verso es These lines that I before have writ do lie. Pero hubo un momento en que me supe de memoria Romeo y Julieta, y no pasan seis meses sin que vuelva a Lear y Hamlet. La última vez que leí a Shakespeare fue en una edición muy maltratada, en una librería de viejo. Fue The Tempest y la leí de un tirón, porque no podía comprarla. No me sorprendió nada que Green le mencione a Gide, a respecto de su Teseo, una despedida muy parecida a la de Prospero en The Tempest.
, Entre las predilecciones poéticas de Julien Green están Keats, Hölderlin y Rilke. Hace unos días hice una grabación de Ode on a grecian urn de Keats. Un buen amigo me comentó que mi acento es neutral, lo cuál me da gusto, porque es fácil (y me pregunto si no necesario) leer esto "afectadamente". Se están diciendo cosas terribles en ese poema. Los amantes que no podrán tocarse, las ramas que no darán frutos, pero tampoco se marchitarán... Un hermoso escudodeaquiles, esta urna. Green aprecia en la poesía, me parece, sobre todo la sonoridad. Menciona a Milton también y un sermón (involuntariamente cómico) de Donne. Y vuelve, una y otra vez, a Otello y Lear para analizar un pasaje o simplemente para fascinarse a sus anchas, que es una de las ventajas que dan los diarios, la secreta y paciente fascinación. Ejercicio que rompo al transcribir estas páginas de mi diario en un lugar donde cualquiera podría verlo. Es un acto de fe: confío en que tengo, en realidad, tan pocos lectores, que nadie repararía en que estas líneas que he escrito, mienten.
, Hay una curiosa idea extraída por Green a respecto de las cartas de Hölderlin; siente que se habla de los jóvenes durante los años previos a la Revolución Francesa de la misma manera en que se hablaba en su juventud de las juventudes hitlerianas. El Terror y la Shoah tienen unos armónicos a los que hay que prestar atención. Hay que pedir lo imposible, una revolución que no termine en el horror. ¿Estaremos en una revolución o en una guerra? ¿Difiere realmente un decapitado por Robespierre a uno decapitado por el narco? ¿No están, cada uno, en sus momentos históricos, estableciendo órdenes sociales por via de la fuerza? Lo que me aterra es la normalización de este estado de cosas. Soy absolutamente egoísta aquí: no quiero tener que gastar empatía y atención en miles de muertos, sólo quiero leer en paz. Fue el argumento con el que pude pasar más o menos neutralmente por la facultad. Pero no, la literatura, la poesía, no son instrumentos de paz solamente; hay que afirmarlos más que nunca en épocas sangrientas. Acaso podamos conservar ahí todavía algo remotamente humano.
, Uno de los poemas que más me impresionan y que volví a leer recientemente es de Roberto Bolaño y dice:
Nada me impide pensar que, en mi papel de escritor ruso del siglo xix (y por fortuna o desgracia, este punto será comprensible únicamente para C.), pasada, claro, la tempestad y las despedidas, puedo reunirme con mis amigos franceses, Paul Valéry, André Gide y Julien Green (creo que ellos no soportarían que invitara a Lacan, pero es mi interpretación y lo invito si quiero), y podríamos sencillamente optar por la felicidad. Entonces me derrumbo sobre mi alfombra, aún con sentido, aunque mis días últimamente parezcan sin sentido, precisamente, por exceso de sentido; me derrumbo sobre mi alfombra y sé que me escondo cada vez que me presento por mi nombre.
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, Maravilloso encontrar también que Green prefería a Flaubert sobre Balzac. Yo conocí primero a Balzac, recuerdo perfectamente el instante patético en que termina Le Père Goriot y dónde estaba yo al leerlo. A Flaubert he aprendido a quererlo eventualmente, ¿pero será coincidencia que, como con Gide, lo que más me impresione de él son sus diarios? Cuando Green retoma en los suyos un pasaje de Salambó, con los ricos fenicios haciéndose acondicionar terrazas para beber en la clara noche, con los diamantes de sus dedos imitando estrellas... Bueno, uno podría ponerse socialista. Pero mi recuerdo más inmediato de Flaubert es su descripción de una noche estrellada, precisamente, bajo el cielo estrellado de Karnak, me parece; recuerdo las estrellas, muy brillantes, y los mausoleos de reyes muertos en la penumbra rojiza. Ambos, Gide y Flaubert, fueron viajeros consumados que atravesaron, curiosamente, cruentos periodos de guerras. Como si Green hiciera una anotación concerniente a ambos, asienta en sus diarios que las páginas que envejecen más pronto son las escritas durante la guerra, con tantos sentimientos "comúnes" en el aire. Me pregunto qué sobrevivirá de las escrituras de esta absurda guerra civil en México.
, Green pasa por otro que conozco, pero con quien no me llevo tan bien, Lev Bloy. Hubiera preferido sin duda encontrarme con otro Lev: claro, Tolstoi. No es necesario que nadie se entere que durante este verano, el más largo de la historia, soy de algún modo Yasnaia Poliana, y aunque me llamo Fyodor, me levanto también con el sol a trabajar con mis manos y a rezar en la pantalla, a veces, más por miedo que por verdadera devoción. Green era un escritor católico; eso me sorprendió bastante. Todas mis burlas están transcritas por él mismo, pero en boca de Gide. La religión es tanto una sugestión como una herencia, y me pregunto si eso no lo habré leído en el mismo Gide tiempo atrás, y se asentó en mí y se me disfraza de una convicción propia. Fascinante el análisis de la vocación sacerdotal que el mismo Green realiza para justificar el no haber tomado los votos. Pero Gide y yo sabemos de qué hablamos: ambos rehusamos un destino sacerdotal, y experimentamos la culpa a una edad en que debería disfrutarse lo que se llamaba antes inocencia.
, En una cena con "hombres de letras" que, como se sabe, no es ni por mucho lo mismo que escritores, Julien Green se queda azorado al ver con qué campechanía denuestan a Valéry. Valéry, claro, otro viejo conocido mío. En él se vuelve concreto uno de mis temores más abstractos: no ser capaz de leer nunca todo lo que quisiera leer. Paso a ver cada tanto los tomos facsimilares de sus diarios en la biblioteca Samuel Ramos de la Facultad de Filosofía, sólo para ver que siguen ahí, sólo para seguir constatando que el infinito se entrega sólo a quien se ve acorralado, idea que no le molestaría en absoluto a Kafka. Green no puede dejar de sentirse incómodo entre estos "hombres de letras", más ocupados, dice, "en el poder que en las musas". A mí me dan tanta desconfianza los métodos de los niños de las estrellas para hacer la Revolución poética en las calles, tanta como la de novelistas y editores en torno a a la mesa de un restaurante caro, hablando de gente en lugar de hablar de libros, ya no digamos de ideas, como comadres. Qué horror. Me siento tan fuera de lugar en la calle como en las oficinas y redacciones. Se me presentan como dos abismos paralelos.
, Otro viejo conocido: Jean Cocteau. Su diario es uno de los más fascinantes que haya leído. La lucidez que le dota la abstención del opio deja reluciente el hueso de la inteligencia, que suele confundirse con el de la locura. Sabe lo que le pasa siempre en cada momento de su brutal rehabilitación; sufre, pero no teme sufrir. Green lo describe perfectamente cuando habla de la capacidad de Cocteau para no dejar caer el monólogo, compuesto de frases tan acabadas que uno no puede sino levantarse en medio de la conversación para aplaudir; aplauso que Cocteau recibiría en su fuero interno, pero que disminuiría frente a su auditorio. La grandeza sólo puede ser reconocida tangencialmente, casi como deferencia al otro, pero asumida únicamente por el poseedor en secreto. Me pregunto que diría Hugo al respecto.
, Además de Gide, mi encuentro más feliz en estos fragmentos de diario de Green fue ver su recurrencia, su casi lealtad a Shakespeare. Espero que las siguientes frases se pierdan entre estas parrafadas: hace poco pensé especialmente en Shakespeare al revisar la última versión de mi Ordalía, que ya debe haber entrado a imprenta. Me dio un poco de pena ajena utilizar un epígrafe de Shakespeare para un poema. Es infinitamente pretencioso, como si yo pudiera convocar el estado de ánimo de ese verso en el lector y luego dejarlo de lado para decir mis cosas. Qué espanto. Como si uno pudiera usar a Shakespeare de ese modo. Lástima que ya lo mandé. El verso es These lines that I before have writ do lie. Pero hubo un momento en que me supe de memoria Romeo y Julieta, y no pasan seis meses sin que vuelva a Lear y Hamlet. La última vez que leí a Shakespeare fue en una edición muy maltratada, en una librería de viejo. Fue The Tempest y la leí de un tirón, porque no podía comprarla. No me sorprendió nada que Green le mencione a Gide, a respecto de su Teseo, una despedida muy parecida a la de Prospero en The Tempest.
, Entre las predilecciones poéticas de Julien Green están Keats, Hölderlin y Rilke. Hace unos días hice una grabación de Ode on a grecian urn de Keats. Un buen amigo me comentó que mi acento es neutral, lo cuál me da gusto, porque es fácil (y me pregunto si no necesario) leer esto "afectadamente". Se están diciendo cosas terribles en ese poema. Los amantes que no podrán tocarse, las ramas que no darán frutos, pero tampoco se marchitarán... Un hermoso escudodeaquiles, esta urna. Green aprecia en la poesía, me parece, sobre todo la sonoridad. Menciona a Milton también y un sermón (involuntariamente cómico) de Donne. Y vuelve, una y otra vez, a Otello y Lear para analizar un pasaje o simplemente para fascinarse a sus anchas, que es una de las ventajas que dan los diarios, la secreta y paciente fascinación. Ejercicio que rompo al transcribir estas páginas de mi diario en un lugar donde cualquiera podría verlo. Es un acto de fe: confío en que tengo, en realidad, tan pocos lectores, que nadie repararía en que estas líneas que he escrito, mienten.
, Hay una curiosa idea extraída por Green a respecto de las cartas de Hölderlin; siente que se habla de los jóvenes durante los años previos a la Revolución Francesa de la misma manera en que se hablaba en su juventud de las juventudes hitlerianas. El Terror y la Shoah tienen unos armónicos a los que hay que prestar atención. Hay que pedir lo imposible, una revolución que no termine en el horror. ¿Estaremos en una revolución o en una guerra? ¿Difiere realmente un decapitado por Robespierre a uno decapitado por el narco? ¿No están, cada uno, en sus momentos históricos, estableciendo órdenes sociales por via de la fuerza? Lo que me aterra es la normalización de este estado de cosas. Soy absolutamente egoísta aquí: no quiero tener que gastar empatía y atención en miles de muertos, sólo quiero leer en paz. Fue el argumento con el que pude pasar más o menos neutralmente por la facultad. Pero no, la literatura, la poesía, no son instrumentos de paz solamente; hay que afirmarlos más que nunca en épocas sangrientas. Acaso podamos conservar ahí todavía algo remotamente humano.
, Uno de los poemas que más me impresionan y que volví a leer recientemente es de Roberto Bolaño y dice:
Soñé que después de la tormenta un escritor ruso y también sus amigos franceses optaban por la felicidad. Sin preguntar ni pedir nada. Como quien se derrumba sin sentido sobre su alfombra favorita.
Nada me impide pensar que, en mi papel de escritor ruso del siglo xix (y por fortuna o desgracia, este punto será comprensible únicamente para C.), pasada, claro, la tempestad y las despedidas, puedo reunirme con mis amigos franceses, Paul Valéry, André Gide y Julien Green (creo que ellos no soportarían que invitara a Lacan, pero es mi interpretación y lo invito si quiero), y podríamos sencillamente optar por la felicidad. Entonces me derrumbo sobre mi alfombra, aún con sentido, aunque mis días últimamente parezcan sin sentido, precisamente, por exceso de sentido; me derrumbo sobre mi alfombra y sé que me escondo cada vez que me presento por mi nombre.
.
Postulado por
Javier Raya
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