lunes, 28 de octubre de 2013

Entre el libro y la nada

Entre el libro y la nada, hay nada; lo que no quiere decir que el libro sea nada.

El libro, sin embargo, es excesivo. El libro se pone entre el libro y la nada como una cantidad mínima que debería asumir el valor de la necesidad en su mínima expresión.

El libro es necesario, pero su posibilidad es imposible. Y no podemos hacer nada sino tender a él: escribirlo mientras escapamos de él, cavar para salir del agujero.

El libro es el valor mínimo puesto a manera de diferencia, coordenada, separador, entre lo real y la nada: es su frontera.

Hoja: ojo. Hojear, parpadear. Leer: ver (dad) (ero).

Libro: red de obturaciones.

Necesidad. Ananké: la diosa tejedora: madre de Aracné, y de Ariadna, y de la hermana de Filomela y de la indecisa Penélope. El libro es el velo tejido con que las estatuas cubren los muñones sagrados; es lo que está ahí para opacar, pero también y sobre todo para revelar a medias.

El libro es lo menos posible.

El libro es voluntad de ver. Es una red de experiencias, no un objeto. El ser no es --no puede ser-- una cosa.




domingo, 6 de octubre de 2013

Tres dandys

Me parece que la portada de Bartleby & Cía. y la de Los detectives salvajes ocuparon al mismo trío de dandys de vagabunda elegancia en diferentes ángulos. ¿Coincidencia? Probablemente. Pero sigue siendo un buen lugar para estar: la obstinada intemperie.

  . . . . . . . .  

viernes, 4 de octubre de 2013

El lugar correcto

Tengo siempre la sensación de estar en el lugar incorrecto. Tal actitud espontánea es lo contrario a la sabiduría, pienso. Es una actitud que conviene al forajido, al que cree que lo buscan y por lo tanto, anticipándose al detective que ya va tras su pista, deja pistas falsas para construirle un laberinto.

Incluso un laberinto rectilíneo, como el que Scarlach promete a Lönrot.

Curiosamente, estar en el lugar correcto (y sobre todo en el momento correcto) es una actitud que le conviene precisamente al criminal. Tengo para mí que el sabio acepta el lugar que le es dado; acoge, por así decirlo, al presente en la forma en que se presenta, en que el presente se hace presente, y la convivencia con la presencia lo sitúa en un lugar adecuado siempre, sin posibilidad de que se le encuentre in fraganti en el error, pues el error es el punto de partida del sabio, un nuevo comienzo.

Ahí está Sócrates, muy apoltronado y conforme con su pellejo, catando la cicuta, no en el mejor lugar, sino en el que le pertenece tan sólo a él.

El criminal puede ser sabio por un momento, en tanto actúa maximizando la conveniencia de su situación, pero, imposibilitado para volver el presente un lugar permanente, se evade del presente. Vive en subjuntivo, en el dominio de las posibilidades sin realizar, mientras el sabio actualiza, realiza sólo la posibilidad conveniente, sin fatigar inútilmente lo imposible.

Es por eso que la del sabio me parece --de lejos, mientras escapo-- la antípoda de cualquier posición donde pudiera situarme, porque el lugar correcto es siempre el otro, ahí donde no me encuentro --y sobre todo donde no puedo encontrarme, pues mi presencia convierte precisamente mi actitud frente a la situación en un error.

Creo que no siempre fue así. Y en honor a la verdad y la memoria, he tenido momentos --si bien breves y pasajeros-- en que he sentido que estaba justo donde debía estar. Pero en general no. Y estar planeando todos los escapes de todas las situaciones todo el tiempo es absolutamente agotador.

Estar es un arte que, irónicamente, al escapar, se me escapa.

Es justamente esa la posición --la localización, debiera decir-- que conviene al utópico, al que no puede estar precisamente ahí donde está, o el que está donde no puede permanecer, pues aproximarse al lugar imposible, imaginarlo incluso, lo vuelve inhabitable.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Inventario de pérdidas

Primero noté que la cerradura se veía diferente, pero al principio no pude saber por qué. Raro. Al entrar al departamento noté un par de puertas abiertas que no suelen estarlo. Entré con cautela. Nada nos prepara para notar las pequeñas diferencias más que la convivencia con lo cotidiano: el hábito, la costumbre, la distancia entre los objetos y su lugar invariable, incluso dentro del orden caótico en que tengo las pocas cosas que tengo, conforman la red de movimientos en el espacio de lo propio. Pero esa costumbre de lo propio y de los objetos con que habitamos lo propio puede venirse abajo en un segundo.

Al entrar a mi habitación me di cuenta que ese orden --a medias desconocido hasta que se ve perturbado-- ya no existía.

Los ladrones se robaron dos computadoras, dinero en efectivo, mi Kindle y el dos de oros de mi Tarot, además de muchas pequeñas cosas de poco valor económico, pero mucho valor emocional. Por ejemplo, un viejo teléfono con fotos y grabaciones de textos que ya nunca voy a recuperar. Otro viejo celular con un video que tomé en Cuba a un poeta de San Martín, cuyo nombre no recuerdo. Una pluma fuente que ronroneaba y no se tapaba nunca. El robo es un movimiento de reapropiación económica, de redistribución de capitales. Los capitales económicos, para el ladrón, sólo siguen el flujo de capitales económicos; pero los simbólicos son irreparables, incluyendo la sensación de lo propio del espacio: mi lugar fue violado, ¿cómo volver a sentirlo mío? ¿Lo sentía como mío antes, del todo, o bien el saqueo --económico y simbólico-- al radicalizar la pérdida, me otorga la propiedad de mi espacio y mis objetos precisamente por el hecho de haberlos perdido? 

Como si uno sólo fuera dueño de lo que pierde.

A medida que la memoria se va acostumbrando ("se hace a la idea") a las pérdidas más urgentes y dolorosas, cuando lo práctico y lo inmediato queda más o menos resarcido, las pequeñas pérdidas van subiendo a la superficie y toman su lugar en el verdadero inventario de la pérdida: nos damos cuenta que perdimos cosas que dábamos por sentadas, e incluso otras que, de tan postergadas, en realidad habíamos perdido a plazos ya durante mucho tiempo. Es el caso de mis discos duros donde tenía muchos textos sin revisar, borradores que buscaban su momento para concretarse en textos, en fin, el trabajo de muchos años convertidos  en humo, en polvo, en sombra, en nada. Textos que buscaban su concreción y su forma, que estaban enfriándose y permitiéndome tomar distancia con respecto a ellos, tal vez para evaluarlos nuevamente y reescribirlos o bien para olvidarlos y borrarlos, como también suele hacerse. Textos que ya son el recuerdo de lo que nunca van a ser.

Y se siente bien. De pronto me siento ligero, porque los rastros --el archivo, al menos en parte-- de mi identidad se han perdido. Es como si no hubiera escrito todo ese montón de cosas que a fin de cuentas ya no escribiré, porque escribiré otras. Y me provoca más curiosidad lo que no he escrito que lo que ya escribí. 

Me duele no poder seguir trabajando en textos que estaba disfrutando escribir. Uno entiende de pronto la magnitud del sentido de la palabra irreparable: las cosas se pueden recuperar --incluso la minuciosa colección de ebooks que tenía almacenados en el Kindle--, pero un texto incluso al nacer aparece como pérdida pura, como discriminación de versiones, como la insistencia de una versión sobre otras. Como pura necedad, y si tenemos un poco de templanza, como insistencia. El espacio textual no puede tasarse ni valorarse en términos económicos: es una instancia de vida. Eso no es mío, por eso no pueden quitármelo. Eso me es. Esa insistencia no se roba, no se presta, no se puede encarcelar ni mutilar: es toda o nada, o mejor dicho, toda y nada. Se aprende pero no hay forma de enseñarla. Sobre todo no se puede decir que uno posee una insistencia de este tipo --la escritura--, sino que la ejerce (decir que uno "es poseído por ella" sería acaso un exceso). En todo caso no hay apropiación: escribir es olvidar. Es ser otro a medida que las pérdidas se acumulan y llegamos con nuestros dolores y nuestro rostro de ministerio público a la página en blanco. Y cuando la ves te das cuenta de que en esa página está todo lo que necesitas. Si pudieras tener algo, te dices a ti mismo, sería esto. Y con esto es suficiente.


martes, 27 de agosto de 2013

Un sueño pavićiano


Sueño: Trato de explicarle a alguien que no puedo traducir la poesía de JM porque JM, además de no escribir poesía (ni nada más) no existe. El Alguien del sueño es sumamente insistente.

-Anne Carson tampoco existe, ni Sharon Olds, ni Sylvia Plath ni todas esas mujeres falsas...

Pero la "falsedad", en la lógica del sueño, implica una "falasidad", lo fálico femenino, nudo gordiano en que se ahogaron Lacan y Freud al pensar "el continente negro" (son mots) del deseo femenino. (¿Será más preciso decir "cordón umbilical" en lugar de "nudo gordiano"?) En fin, el caso es que el Alguien del sueño no me la puso fácil. Me preguntó: "¿Cómo está usted seguro de que existen Carson, Olds y Plath?"

-Por sus poemas, naturalmente.
-Sí, claro, pero los poemas son cosas que se ponen de pie por sí mismas, ¿a qué tanta alboroto por un nombre?

Me convenció de que si borramos los nombres y lo que sabemos de los individuos, los poemas siguen existiendo. ¿Y los poemas que no existen?

El acertijo de este sueño es: ¿puede traducirse un poema que no existe? ¿Por qué sí, y por qué no?
¿Y por qué no?

-Existen dos tipos de insomnio, dice el Alguien, el de antes de dormir, de donde nace la mentira, y el de noche cerrada, madre de la verdad.

Antes de dormir leí uno de mis cuentos favoritos, "La jaula blanca de Túnez en forma de pagoda", de Milorad Pavić. Esa frase es del cuento; a punto de pronunciar su nombre ("¡Pavić!") me despertaron los mosquitos.

Estoy trabajando junto con Romina Rodríguez en un proyecto alrededor de dicho cuento, y releyéndolo entendí que había una clave para su tratamiento que sólo podría entender en el sueño. En otras palabras, es preciso creer que ciertos sueños son respuestas cifradas a preguntas que nos hacemos. Si la pregunta se plantea concretamente, su formulación ya implica la respuesta, ya lleva en sí los términos en que la respuesta es posible. Si la planteas en términos de números, la recibes en números; si en palabras, en palabras. Tal vez plantear las preguntas es más difícil que recibir las respuestas.

Este insomnio, madre de la verdad, ha sido productivo: una suerte de respuesta hecha de más preguntas.

El cuento es el primero de Siete pecados capitales:

viernes, 19 de julio de 2013

Otro toro

La luz al final del túnel será la enceguecedora, la de la calle. Te acostumbras rápidamente al laberinto de aire del afuera, al tránsito y la anonimia civil, a las formas de conducta correcta con los extraños.

Podrían ser el decorado de una tienda departamental, robots u hologramas; como fuera, forman parte del paisaje, se organizan en curiosas mareas como pájaros u hojas secas. Se miran --nos miramos-- con desconfianza. No hay motivos para dudar de la gentileza de los extraños; tampoco para garantizar sus buenas intenciones. Una sana sospecha, te dices, una mínima distancia a través de cada uno de los actos cotidianos que te haga parecer inofensivo ante el ojo del otro, que a su vez sospecha de ti. Teatralizar una tos naturalísima, una poca de cojera, una herida mal curada en los flancos.

Escondiendo el puerco dolor de donde los demás pudieran verlo, pero sin envolverlo tan bien que no se note su resplandor podrido. Caminándolo, resguardándolo, como un niño o una hoja de papel de la lluvia.

Pero camina rápido. Que nadie te mida las huellas. No estás paranoico, pero bien puede ser que alguien te esté siguiendo. Nadie que hiciera bien su trabajo trataría de secuestrarte, claro; pero desconfías de los exnovios celosos. De las viejas rencillas de borrachos. De los pleitos jurados que llegan a término, que vencieron y que se amontonan en la cola del desaguadero. Ellos pueden ser los que te siguen, de los que te desprendes en una carrera imaginaria, los acreedores del amor mal pagado, haciendo erráticas figuras entre la multitud; comparados con la tuya, su velocidad es una forma de la inmovilidad, pero no se notan unos a otros, y sabes en el fondo que no son ellos. Un zumbido más no suma al avispero.

Al menos durante el día.

Por la noche se trata de un ecosistema totalmente distinto. El afuera del día se vuelve encierro: los que caminan por las calles en la madrugada están encerrados en el afuera, los unos con los otros, como sobre una rejilla del metro por donde se filtra hacia la superficie un poco de calor y un grupo de niños de la calle se amontona sobre periódicos y cartones. Hay lugares con imán, hoyos negros. Los puestos de tacos, los sitios de taxis, las tiendas abiertas 24 horas, las luces de los policías: puntos focales para la carrera de relevos de la mirada paranoica.

Saber qué decir, ser local en todas partes, reaccionar con naturalidad a los extraños. Tú eres de aquí, tú vas pasando por aquí, no importa quién sea el interlocutor. Los malandros y la policía funcionan bajo códigos similares, reaccionan ante las mismas sospechas y obsesiones básicas, creen que escondes cosas que no escondes en los mismos bolsillos. No les disputes nunca la autoridad, eso lo aprendiste pronto. Ni a los ladrones ni a los policías. Ellos tienen la razón, se juega todo bajo sus reglas. Ellos tienen un arma y tú estás en la calle al tiempo que ellos. Nadie puede culpar a nadie.

Pero ellos no son el enemigo en realidad, son un obstáculo. Hay que desembarazarse pronto. Nunca salir con mucho dinero, pero tampoco sin nada (pueden darte una golpiza en cualquiera de los dos casos). Hay que compartir lo que se tiene, sea un malandro o un poli. Cigarros, sobre todo. Un billete de baja denominación. Estos zapatos no valen nada, mírelos nada más. Pero todo esto se puede evitar con una frase comodín como "Buenas, jefe". Bajas de categoría en su radar si eres el primero en hablar, pasas desapercibido más fácil. Tal vez te conocen y no recuerdan; tal vez te detuvieron ya, te preguntaron si ponías para la siguiente caguama. Ya te pasaron báscula antes, no se acuerdan cuándo, pero mientras hacen memoria o se extrañan frente al saludo de un extraño tú ya pasaste.

Tal vez no te pondrías en esas situaciones si estuvieras más ocupado. Si aceptaras más trabajo. Si te quedaras más tiempo en casa. Si vivieras con alguien y alguien se preocupara por si llegas y en qué condiciones. Pero estas situaciones se siguen produciendo porque la noche funciona con unas reglas mucho más interesantes que la inercia productiva del día. Y nunca faltan buenas charlas. Ya no es ni siquiera necesario beber. Las drogas enturbian, restan atención. Es necesario otro entrenamiento, otras velocidades para entrar y salir de las agendas diurnas y nocturnas, para mezclarlas, barajarlas hasta dejarlas irreconocibles como día o como noche, hasta lograr desvanecer la barrera entre sueño y vigilia.

Insomnio no es. El insomnio es una coartada. El insomne es el que no sabe por qué no quiere dormir. Pero yo tengo muy claro por qué duermo y por qué no duermo. Al menos eso lo tengo claro, lo demás no tanto. Pero ambas categorías --sueño y vigilia-- nunca dejan de evaluarse mutuamente y de mostrar una sospecha tan incuestionable que se vive en una paz armada con el estado de realidad. Le vas a llamar mañana y decirle que soñaste con ella, pero ella te dirá que eso pasó hace 3 días en su casa, o que leyó en el Facebook de alguien que esa historia es de un manual de mecánica del siglo XVIII. Esas cosas pasan. No importa de dónde venga la información mientras se siga mezclando. Al menos la información tiene referencias, la realidad no.

Te quedas esperando a Rafa y a Frank. Llamaron hace una hora y venían a pie. Puede que vengan en camino, que los hayan detenido, que los hayan asaltado o que no vengan, porque se quedaron en la fiesta o dormidos. Las opciones son finitas y no se contraponen con tu posición de ser el que espera. Se te ocurrió citarlos sobre el Eje porque está más vigilado a esta hora, es cierto. Este punto en particular, donde está el sitio de taxis de los dueños de los puteros y de las ficheras que suben a otro y otro taxi para seguir la fiesta en otra parte, o para convencerse de que duermen, para no caer en la tentación de soñar que siguen bailando.

Además sólo ahí se puede encontrar comida a esta hora. Tamales y atole. Eso o cacahuates y pastillas de menta. Espero 10 minutos y me voy. No tengo hambre. Parece que no va a llover otra vez. Me atravieso a comprar cigarros en el K. Dos más se acercan con una caguama vacía. "A reponer los muertos", dicen o les digo, no importa. Estamos en la misma fiesta, no importa que nunca nos viéramos antes. Esa es la complicidad básica. Bajamos un poco las defensas a través de la cortesía sólo para mostrarle al otro que somos tan inofensivos como él. No tengo idea cómo lo hagan las mujeres, pero seguro será más sofisticado. No sé si una chica de la facultad saldría inerme a estas horas de estas calles, pero ningún vago se atrevería a chiflarle a la fichera que va saliendo con su abrigo largo, unas cuentas rojas rozándole los altos tobillos encasquetados en sendos tacones de aguijón, a la que le cierran la puerta del taxi y le prenden la luz para que se ajuste el maquillaje --siempre excesivo, siempre innecesario, casi teatral, como el de cualquier mujer que usa maquillaje de día-- y se pierden manejando en la calle vacía, fingiendo una prisa que el taxista finge a su vez.

Una fuga.

Y ya pasaron 20 minutos y estos cabrones que no llegan.

Será volver a casa, rebuscar en el bolsillo --ese escroto secundario, que dice Deniz-- por las llaves y entrar sin que nadie nos mida las huellas, e incluso al entrar al vestíbulo del edificio dudar si no hay alguien que nos espere franqueándonos las esquinas; luego de dudar rápidamente de la posición de cada sombra, dudar una vez más en el rellano de cada piso, de cada pasillo. Podrían estar, aunque sabes que no estarán. Hoy tampoco. ¿Quiénes?, no sabes. No importa. Es necesario cuidarse de ellos. Incluso después de entrar a casa y echar el pestillo. Después de dejar las llaves en la repisa y el saco sobre la silla. La precaución al encender la luz de la habitación no mengua; imaginas sombras que te saltan realmente encima desde las esquinas, pero nada de ellos. E incluso al cerrar los ojos dejar que el oído siga vigilando un poco más. Sólo por si se les ocurre esperar a que te duermas para venir.

Que no te atrapen desprevenido, esa ha sido la consigna desde siempre, pero francamente ya estás cansado.

Tanta precaución te hace sospechar, a tu vez, que toda esta vigilancia y práctica de la atención es una forma de desear que te atrapen. Que te atrapen cómo o por qué, tampoco importa. Todo lo sabremos a su tiempo. Es de lo que se trata al final para los cristianos y ni siquiera la superstición del pecado original pueden tomarse en serio. La culpa a priori. El efecto precediendo a todas las causas. La condena antes que el delito. Porque sabes que al menos has estado encerrado aquí afuera, con ellos. Con ellos, pues, como diciendo con ustedes. Pero después de que te pones los párpados en su lugar como las alas de una enorme cucaracha, ya estás sólo verdaderamente con ellos. Todas las precauciones acaban. Empiezas a soñar. Sabes que estás soñando incluso antes de estar dormido, balanceándote en la frontera del estado alfa. Y sueñas que caminas en una calle larga donde un camión de pollos está descargando floreros llenos de medusas. Te dices que es extraño, pero que a fin de cuentas la orina que neutraliza el veneno de las medusas es de un olor muy parecido al del pollo. Te das cuenta que estás soñando y caminas más rápido hasta que la velocidad se vuelve una forma de la fijeza. Ya puedes estar en más de un lugar al mismo tiempo. Ya eres también los que te persiguen, y puedes anticiparte a tu propia vigilancia.

Y al menos en el laberinto transparente el monstruo y el héroe se saludan con indiferencia, pero sin rencor, a través de sus paredes invisibles.

a Tania

sábado, 13 de julio de 2013

27 sueños

24/3/12

Peleo con Juan Villoro en Tuiter. En algún momento hay un barco "que se mueve como un temblor". Termino durmiendo desnudo en la calle.

29/3/12

Al dormir, "escucho" la voz de un árbol, pero aún estoy considerablemente despierto. En algún momento del sueño me cojo a la virgen María. Al final del sueño tengo barcos y estoy sentado en el set de Cat in a hat, obra que no conozco.

30/3/12

Comercial sobre el voto (electoral) de los muertos. Un video de Jamila promoviendo sencillamente el amor, el amor sin atenuantes ni desvíos.

3/4/12

Canto un blues con Tommy Lee Jones e Ian McKellen. Visitaba después al dr. Peña Nieto quien me contaba de una aventura de mirreyes en el súper. Perdía mi libreta, un libro y a mi madre en un enorme mall. Una fulana trata de hacerme plática en una fiesta, sin éxito. Voy manejando con mi padre después y sé que voy dormido porque papá nunca conduciría un auto con tal impropiedad. Consciente de mi nueva condición, destruyo un jardín hermoso sólo para demostrarme que puedo.

7/4/12

Gente apuñalada por la calle. Parece como si hubiera caído una tromba de cuchillos. Un viejo, especialmente, tiene la cara arrugada como un corazón ensangrentado y no tiene miedo a la muerte.

8/4/12

La lluvia se cuela por el techo y rompe unos huevos que están sobre la mesa de noche. Parece que voy a tomar una colina, en el sentido militar del término. Luis es mi flanco de apoyo y capitán de nuestra notable caballería.

17/4/12

Ryu y yo peleamos. Hacemos mierda un templo en el proceso. Me cuenta que debe viajar buscando a los mejores peleadores del mundo; le respondo que yo me dedico sencillamente a esperar a que vengan a retarme. Andrea es Ryu.

18/4/12

Perros, mota, samuráis.

28/4/12

Una carretera sobre una montaña nevada. Estoy con una chica a la que quiero y que adopta rasgos de distintas mujeres. Hay varios conflictos y peligros. El tránsito es desigual. Hay mucha gente.

1/5/12

Dormí profundamente y soñé mucho. No recuerdo nada.

2/5/12

Un tipo me dice que es la segunda vez que sueño con gatos. Tengo cicatrices hondas en los brazos, pero no veo gatos por ninguna parte.

11/5/12

Rex y yo adquirimos un nuevo respeto el uno por el otro al descubrir que el otro también sabe de la existencia de cierta partícula en el coño femenino que permite cambiar la percepción del tiempo. Me balanceo sobre una soga que se rompe y caigo en un mercado. Quiero comprar papaya, pero está muy cara.

12/5/12

Instrucciones para despertar durante una pesadilla: Imaginar que alguien, en alguna parte, se está lavando los dientes con nuestro cepillo y debemos impedirlo.

20/5/12

Jerome Rothenberg. Volar.

Siesta

Fear and loathing con Obama. Recorremos ciudades, gastamos dinero estúpidamente. Necesitábamos $250 USD para llevar a unas chicas a la playa. Tremendo pinche pagafantas.

22/5/12

-Qué tentación.
-¿Cuál?
-La de la vida.

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Seguir atentando.
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10/6/12

Sueño que no hay paz para quien encuentra insuficiente el infinito.

Siesta

Me identifico con la figura de un títere. Estoy afuera de una biblioteca mirando una colección que exhiben en el jardín. Un tipo me dice algo y le grito. La gente ríe. Salgo campante. Atravieso una calle larga, puede ser el cruce de Yucatán y Monterrey, en la Roma. Vienen los autos pero no puedo correr, mis pies son de trapo. Mis manos me impulsan. Apenas llego a la otra orilla (debí dejar que me arrollaran). Luego, del techo de la biblioteca resbala algo que parece ser un sleeping bag, mismo que recupero. Es sólo una especie de almohada que se pliega como una hoja de papel.

18/6/12

Thich Quang Duc me deletrea su nombre. Camina conmigo. Me habla y no importa lo que diga, sé que estoy en presencia de la divinidad.

31/1/13

Sueño: volver a clases. Hacer preguntas impertinentes.

29/4/13

Bombardeo con mortero de piedras. Estoy con una comunidad de niños africanos. Estamos en el patio de una pequeña escuela pintada de azul y las piedras caen como bombas, rompiendo niños como si fueran esculturas de papel. Cuando trato de cargar sus cuerpos macilentos se me disuelven en las manos como cenizas. Las maestras los esconden en un sótano, a todas luces demasiado pequeño para que quepan todos. Temo que mueran de asfixia. Es una guerra tribal, probablemente en Ruanda. Pienso en La rebelión de los negros.

21/3/13

Ser el albacea literario de los mosquitos. Incluso permite hablar sobre la diferencia via zumbidos. Los mosquitos hablaban sólo de la desaparición.

3/5/13

Mitzi se casa con el guitarrista de los Bunkers, el novio de la Caro. Escriben un libro y lo presentan en la boda. Osvaldo no se me despega y me tiene chato. Pienso en chileno durante el sueño. Le digo que le voy a partir la cresta al hueón culiáo. Laberintos verticales, escherianos. Ayudo a la novia a subir a través de ellos, le doy impulso. En algún momento estoy sencillamente a solas en el desierto, aullando.

6/5/13

Sueño que Ricardo Piglia muere en su departamento de Nueva York. Moría en su escritorio.

14/6/13

Sí soñé pero hice un enorme coraje con D. al despertar y olvidé todo el sueño. No puedo seguir así. Amanecí con una dolorosa erección.

17/6/13

No sé si es sueño pero al despertar escucho el Köln Koncert de Keith Jarrett que llevo días queriendo escuchar.

La muerte es quien ocupa "El Otro Lugar", ese donde yo no está, y que no puedo ocupar; paradójicamente, todo fuera de mi cuerpo es también no yo. Incluso a ratos mi cuerpo es no-yo, como cuando beso a X... y ya no sé quién soy.

26/6/13

Sueño que el amor es un secreto para salvar al mundo. Funciona como un código cuya operación es tan delicada que por lo general fallamos --no puede culpársenos, es como dejar un transbordador espacial a las órdenes de una gardenia.
Grutas montañosas, montaña de piedra imán. Hacen carreras de moto, los esbirros de la muerte. Llevan cascos hechos de huesos humanos y a pesar de la oscuridad puede verse que hay huesos enterrados (¿o floreciendo?) de la superficie metálica. El terreno es inestable. Pienso que es tan difícil esconderse aquí como en un escenario. Las motos rugen y pasan volando sobre mí, sin verme. No hay luna ni sol, los cuáles busco para ubicarme, por lo que me doy cuenta de que estoy soñando. Juego a perderme entonces. Cuando lo consigo el escenario se diluye y T. aparece; me dice que está en el sueño conmigo. Que nadie va a tratar de sacarnos de ahí.

28/6/13

Seminario de filosofía. Hago un foursome con Steven Tyler y dos morras hermosas. Afuera hay un festival de reggae. Estamos en un motel de paso, parece el festival Burning Man. En el escenario principal había una lucha a muerte entre un semiólogo y un domador de hormigas.

29/6/13

Estamos en una conferencia al aire libre. Hay una playa y un charco de agua se quema. Michelle comienza a nadar en esa agua, agua de distintos pesos y colores, como hecha de elementos diferentes e irreconciliables. Estoy y no estoy.

domingo, 30 de junio de 2013

Buena mano

a ti

1.

Luego de que te fuiste me pasé por un puesto de baratijas. Pregunté por un par de grabados para la nueva casa y me puse a revolver los libros aún por acomodar (el puesto iba abriendo). Encontré un par de cosas interesantes: una buena traducción de Apología de Raimundo Sabunde de Montaigne y Los caminos de la libertad de Bertrand Russell, que no conozco. La Apología es uno de los textos más largos y marcadamente filosóficos de Montaigne. Traigo a Montaigne en la cabeza desde ayer cuando pensaba distraídamente sobre los ancestros. La leyenda dice que la lengua materna de Montaigne fue el latín, así que es lógico deducir que sus primeros interlocutores --sus compañeros de jardín de niños, por decirlo así-- fueron Ciceron, Ovidio, Tito y Lucrecio, al que siempre vuelve. Algún despistado le reprobó en algún textito olvidable su manía de citar a diestra y siniestra, de montar dentro de su propio discurso versos o apotegmas de los clásicos latinos, pero pensaba que en realidad en su caso --en su muy particular caso-- se trata de la recuperación de su genealogía simbólica, de sus ancestros. Su refranero estaba compuesto de versos latinos, como el de Rimbaud, pongamos por caso. Algo semejante ocurría con el niño Sartre, y seguramente con todos los poetas de siete años.

2.

Cuando pagué por el par de libros (precio especial, pero sin mucho regateo, por la hora sobre todo), el vendedor me dijo el clásico "que tengas buena mano". En México esta frase significa un modo muy especial de dar gracias al primer cliente del día. Una variación que también se inscribe en el orden de la fe ocurre cuando se llega a un acuerdo sobre el precio, pero con ligera o aparente desventaja para el vendedor, y este le dice al comprador "bueno, $X para que me persigne." Siempre me ha llamado la atención el que la gente haga la señal de la cruz con el dinero, como si la barrera entre agradecer y fetichizar se disolviera y el dinero fuera la encarnación misma del milagro. Aunque cada quien tiene derecho a sus fetiches, me gusta más "que tengas buena mano" porque no implica sólo un recibir el dinero y fetichizarlo (es decir, otorgarle valor en sí mismo en lugar de verlo como una herramienta de intercambio), sino algo así como dar algo de vuelta al comprador en el agradecimiento, algo además del producto que compra, me refiero. De hecho esta mañana la frase me llegó casi como una deuda, como si además de los libros hubiera recibido un hechizo de buena suerte o algo así, y por un momento vi mi mano como un objeto ajeno y encantado.

Mientras caminaba para buscar algo de desayunar me acordé también de La mano de la buena fortuna de Goran Petrović. Efectivamente hay una mano implicada, la que le tiende al joven corrector de estilo un libro, un libro muy extraño. La aparición de una mano que entrega un libro y luego desaparece o pasa a segundo plano es en sí misma un tremendo motor narrativo. Otra mano tiende un libro al protagonista de La obediencia nocturna de Juan Vicente Melo, probablemente una de las mejores novelas mexicanas del siglo pasado y de las menos conocidas. En Melo como en Petrović, una mano determina el destino de sus protagonistas. Una mano --ni buena ni mala, como el destino mismo-- pone una pieza nueva en el tablero --digamos, una tercera reina o una reina respawneada en el tapiz ajedrezado, y cuya irrupción no será nunca inofensiva. Una tercera mano de fortuna (el nombre antiguo de la suerte, velut Luna, statu varaibilis) incluso activa el mecanismo de esa pieza de orfebrería alquímica, El Golem de Meyrink.

3.

¿Qué manos habrán traído todos estos libros en los que nos hemos encontrado tantas veces, tú y yo? Hemos entrado y salido de galerías de espejos sin encontrarnos y claro, incluso sin saber que nos buscábamos. Y de pronto ahí estabas, como si hubieras estado siempre, con la fuerza de esos elementos subversivos, de los desastres naturales que modifican todo lo que tocan. Sospecho que esos lapsos de inconsciencia que se nos presentan en la grieta del orgasmo --esa discontinuidad suprema-- se comportan como umbrales o ventanas a través de los cuales podemos modificar, yo qué sé, incluso nuestro ADN. Todo parece tan claro en ese momento --tan ordenado. Hay una noción ordenadora y algo como una orden, un imperativo gozoso, alguien que nos dice sin palabras sí, y no necesitamos saber más. Todos los saberes se colman y la presencia es encarnación. Desde las manos que nos sacaron a la intemperie de la vida, las que nos ayudaron a cruzar las calles y los aeropuertos y los cientos de centrales camioneras; las manos que nos acariciaron y nos hicieron sabernos cuerpo; las manos que nos golpearon y nos hicieron tomar control del cuerpo; las manos que empuñaban nuestras pequeñas manos para enseñarnos a garabatear el grupo de signos de nuestros nombres (loa y gracia a la maestra Ofelia del kinder, que me dio todas las palabras), toda la cadena humana de manos que hizo aptas nuestras manos para recibir las manos del otro merecen un agradecimiento que no soy capaz de articular. Por eso pensaba ayer en los ancestros: en que todos los libros deberían comenzar por agradecer el lento trabajo de modificación de los lenguajes, trabajo del que somos un eslabón solamente, acaso el más frágil, una copa sosteniendo la tensión de las cadenas. Y de repente una mano sabia llega y ni siquiera tiene que hacer el gesto archiconocido por la iconografía socialista de romper las cadenas. Basta con que las marque, con que las indique (así, con el índice) para que el encadenado sea un poco más libre, para ganar otro trecho de libertad, por pequeño que sea, frente a la muerte. Es decir, para dejarnos agradecer incluso la muerte y esperarla como si la buscáramos, como recomienda el Bushido a los samurái.

4.

Abro al azar, con estas manos que aún huelen a ti, Los caminos de la libertad de Russell. Leo esto:

El agradecimiento, aun bajo la forma de remuneración, puede llevar un cierto placer en la vejez a un hombre de ciencia que ha luchado durante toda su vida contra el prejuicio académico, o al artista que ha sufrido el ridículo por muchos años, por no pintar del mismo modo que sus precursores; pero su trabajo no ha sido inspirado por una esperanza de tales goces. Todo el trabajo más importante se debe a un impulso en el que no se calculan las ventajas que uno puede lograr, y puede promoverse, más bien que por afán de recompensas tardías, con facilitar las circunstancias que conservan el impulso y dan mayor ocasión para manifestarse en las actividades a que éste estimula.

Agradecimiento, sí. Me parece bien estúpido que pensar el agradecimiento traiga imágenes del agradecimiento en los Oscar. "I wish to thank the Academy", etc. Como si el agradecimiento pudiera volverse objeto, o sólo pudiera articularse a través de un objeto. ¿Qué objeto podría ser el agradecimiento mismo? No puedo pensar en otro que en libros. Cristina tiene un texto muy bonito sobre los agradecimientos al principio de los libros, esos donde se enumeran colegas, instituciones, en fin, todos los pares de manos que hicieron posible un libro (recuérdame que te lo pase.) Pero incluso esos agradecimientos, en rigor, son necesariamente mezquinos y parcos. Económicos. Uno nota a leguas los compromisos que ordenan y asientan lo Real en ese libro, así como las contingencias que lo vuelven objeto concreto y consultable, legible incluso en una edición online. Además de mezquinos esos agradecimientos son además incompletos: en rigor tendrían que incluir a los usuarios del dispositivo idioma, los que han puesto en su límite del lenguaje el límite de su mundo, y lo han traspuesto también mediante el silencio. Manos de buena fortuna las que me trajeron a ti, o las que te trajeron a mí, pienso. Sin duda buenas manos las que ponen en contacto estas manos nuestras (tremendo pronombre, acaso nuestro nombre verdadero) que no dejan de reconocerse en el rostro o palma de la otra como animales que se huelen en la oscuridad, que se miran con los ojos cerrados en su mirar de manos afortunadas.

5.

"Gracias", entonces, se revela con todo su peso inabordable de metáfora. Una palabra tan pequeña puesta en las manos del otro, como un libro o un regalo. "Gracia" misma es equivalente a regalo, y regalo a veces se sustituye por presente, i.e. otorgar una gracia, recibir un presente. También tiene algo de inesperado todo lo que se recibe por gracia; de involuntario, diríamos, de ajeno a la voluntad. En este sentido el destino sólo puede operar desde la antípoda de la voluntad. ¿Cómo construir un destino? Uno se entrega al destino, en todo caso, a la fuerza de sus operaciones, a sus caprichos. No me gusta la idea de destino por su tufillo de predeterminación, pero sin duda que me gusta la idea de gracias como un presente, como una materialización del tiempo del aquí y ahora a través de una palabra. Como nada me lo impide, incluso puedo imaginarme que son las gracias las que crean el presente, es decir, las que hacen que nuestra idea lineal y occidental del tiempo funcione. Y es que gracias está en un curioso lugar con respecto a lo que refiere: si se dan las gracias después de recibir algo, actualiza el momento de la dádiva hacia el presente, reconociéndolo como pasado, integrándolo incluso, historizándolo en el continuo más cercano al momento del habla.

Pero también --y esto me parece fundamental-- las gracias pueden crear futuros, pueden dar por recibido algo que todavía no se recibe. Ejemplo de la primera acepción son los ex votos católicos, esos cómics devocionales; ejemplo de lo segundo son las máquinas de rezos de los templos tibetanos, donde el creyente pone su oración en un papelito dentro de un palo de madera que, al hacerse girar, "multiplica" la oración, como un algoritmo para multiplicar las consultas de una IP durante un ataque DDoS. Mecanismos más sofisticados permiten que incluso sea el viento el que haga rodar el palo de madera de las oraciones. Las ingenuas y a veces involuntariamente cómicas cadenas de oración de los cristianos se fundan en el mismo paradigma: en que la petición es más efectiva o más agradable a los dioses si se multiplica, es decir, si no es uno el que pide para sí, sino el que pide para otros lo que pide para sí.

6.

Hay una fábula zen que aprecio mucho. Me la contó J.K., lo que la vuelve aún más querida para mí. En ella vemos a dos monjes que rezan cada día, uno siempre molesto y angustiado, otro siempre feliz. El angustiado le pregunta al otro cómo hace para que sus oraciones sean tan efectivas, porque es claro que algo debe estar haciendo mal él, quien por más que pide no recibe nada, mientras su compañero no deja de descubrir nuevas instancias --habitaciones, se diría, en la mansión del espíritu. El monje feliz le responde que, a diferencia de él, que reza para solicitar, el sólo reza para agradecer.

7.

Parecería, pues, que el agradecimiento es también, sobre todo, un acuse de recibo. No una operación contable, un inventario o catálogo de los dones, y definitivamente mucho más que una simple cortesía civilizada (que es, al final, a lo que se han reducido todas las estructuras sociales en su ciega repetición.) Gracias es una operación de modificación espiritual. Algo parecido a reconocer que hemos sido cambiados, transformados en alguna medida, aunque no sepamos racionalmente en cuál. No es necesario saberlo: gracias siempre es una palabra pronunciada por un hombre diferente al de un segundo anterior, por una mujer que apenas puede reconocer la que era ella misma un año atrás, un minuto antes. Gracias es la primera palabra de alguien que acaba de nacer.

Podríamos agregar incluso que esa forma precisa de agradecimiento del librero de hace rato ("que tengas buena mano"), duplica este reconocimiento y multiplica el sentido transaccional de la frase: en lugar de terminar la transacción con el escueto "gracias" de los comerciantes, acto performativo incluso prescindible, los vendedores mágicos --acaso los simplemente supersticiosos-- nos suplementan con un exceso, con algo que rompe la pretendida equidad entre el valor monetario de un objeto y el objeto mismo.

En una transacción normal uno intercambia dinero y recibe algo de valor equivalente. Si la cantidad de dinero es menor al valor de cambio del producto, el vendedor pierde; si el vendedor pide una cantidad de dinero superior al valor de cambio del producto, el comprador podría verse estafado (esto compone a grandes rasgos la desigualdad económica a través de la reproducción de una inequidad o no reciprocidad estructural en la adjudicación del valor de cambio, pero no queremos distraernos con esas cosas por ahora.) Pero en la transacción concreta donde compré por $50 pesos Los caminos de la libertad de Bertrand Russell y Apología de Raimundo Sabunde de Michel de Montaigne, aunque demos por descontado que el valor de cambio de las ideas y su transformación en valor monetario es arbitrario, contingente y regulado por la disponibilidad y saberes específicos que son el contexto de negociación entre vendedor y comprador, evidentemente yo salí ganando por la generosidad del vendedor.

No sólo me llevé dos libros, sino que me llevé algo así como una facilidad de las circunstancias que conservan el impulso y que darían mayor ocasión para manifestarse en las actividades a que éste estimula, que decía Russell. Es decir, me llevé la suerte, a la vez que el vendedor, a través de su creencia, se quedó con ella. Tal vez eso sea lo más bello de las gracias, que darlas de este modo sólo puede multiplicarlas. Por eso son un recurso retórico infalible, dejando la palabrita como una fruta donde la significación se ha podrido, dejando apenas un comercio de cáscaras.

Pero poco importa.

Cuando te fuiste no te dije "te quiero" sino "gracias". O puede que te haya dicho "te quiero" y no "gracias", pero en realidad me cuesta ver la diferencia, tratándose de ti, entre ambas expresiones. Te di algo con lo que me quedé y me diste algo que te llevaste. Damos lo que no tenemos, que dice Lacan sobre el amor. Y al darlo --a ese dar del amor que es puro recibir-- lo creamos.

8 y último, lo prometo.

Abro de nuevo al azar a Russell. Leo lo siguiente. Agradezco:

El arte surge del lado salvaje y anárquico de la naturaleza humana; entre el artista y el burócrata tendrá siempre que haber un antagonismo hondo, continuar una lucha de hace muchos siglos, en la cual el artista, siempre vencido exteriormente, vence al fin por la gratitud de la humanidad a causa de la alegría que crea durante su vida.

Gracias, T.

miércoles, 26 de junio de 2013

Disolución

En los años que llevo investigando el sueño, sus particularidades y las formas en que la conciencia se aparece o difumina en él nunca había experimentado nada como lo que pasé anoche. Luego de una meditación ni siquiera tan profunda --y de un día con sucesos que, por su carácter mismo de imposibilidad, destruyen las referencias de la realidad, por lo que un poco más o menos nada tiene sentido-- pasé por una forma de sueño lúcido desconocida al menos para mí; fue como si mi conciencia fuera un Dante llevado por virgilios hacia el fondo de mi inconsciente, o como si en un estado de parálisis parcial pudiéramos entrar caminando al terreno del sueño con todos los sentidos alerta, una exclusión que ha sido fundamental para el estudio del sueño de Artemidoro a Sartre: uno no entra al sueño con los sentidos alerta. Esos se quedan acá.

Pero ayer no.

Recostado en la posición que la escuela Bö prescribe para hombres en canal central, noté que el escalofrío que precede a veces al sueño era tolerable por mi conciencia; todas las pruebas que se pone el cerebro para saber si está despierto y que creo conocer tan bien --los escozores súbitos, los vértigos, las pruebas de alerta en las que sólo reparamos cuando nos ocurren en estado alfa-- no lograron perturbarme ni sacarme de concentración, aunque sin duda me sentía perplejo y no dejaba de experimentar la contradicción que suponía el estarlos percibiendo, como si de pronto, al sumergirnos en aguas profundas, notáramos que es posible respirar sin dificultad.

Lo más parecido a eso antes fue una vez que logré escuchar las voces del sueño y seguir escuchando las voces de un grupo de compadres que bebían en el callejón bajo mi ventana en una casa que habité hace mucho. Sin importar su contenido, la existencia de un grupo de voces de hombre, en el callejón, representaba la realidad misma, mientras que las voces del sueño --un coro femenino-- eran la existencia misma del sueño. He descrito en alguna parte esa sensación como sumergir la cara en una pileta o cantidad de agua mientras los oídos se sumergen y resurgen a voluntad; esa diferencia de registro en la percepción sonora es una buena metáfora de la sensación que tuve ese día, pues sin abandonar la función misma de la escucha podía prestar atención alternativa o simultáneamente a unas y otras voces. Pero lo de ayer extendió mucho más ese registro.

Primero noté que tenía erizados los vellos del brazo derecho en una zona cercana al codo; luego noté que si fijaba mi atención en esa sensación podía transportar lo que sea que hacía que el vello se erizara, hacia otras zonas del brazo. Era como llevar un vértigo en una copa, como ver un fantasma. Si me emocioné no lo recuerdo, solamente seguí llevando ese vértigo de una zona a otra de mi piel hasta que pude sentir mi cuerpo completo a través de ese vértigo, ser consciente de cada uno de los procesos que se llevaban a cabo en mi cuerpo. Versiones de esta meditación son utilizadas cotidianamente en el sueño lúcido a través de meditaciones de intención que, junto con la atención, es uno de los ingredientes de la vigilancia consciente al interior del sueño. La diferencia ahora fue que el sueño ocurría en mis sentidos, que estaban agitados, agudos y sensibles, a la vez que mi cuerpo permanecía en una calma de muerte, mar en reposo.

Noté que, transportando la atención sin mucho esfuerzo de una idea o una intención hacia otra podía hacer que mi cuerpo experimentara distintas sensaciones que comenzaron a convivir con el material onírico latente. Es decir, si pensaba en una mujer la sensación de su cuerpo se apoderaba de mí y podía sentirme penetrándola y abrazándola como si ella efectivamente estuviera ahí, como si pudiera verla con el cuerpo. A pesar de esa tentación que suponía (aunque luego de jugar un poco) traté de explorar otras posibilidades de ese estado de conciencia, más allá del mero placer físico. Me fijé la intención de experimentar la muerte. De morir cientos, miles de veces. De aprender propiamente a morir, de flexibilizar mi conciencia para aceptar las condiciones de su propia disolución. 

Me sentí a mí mismo entrar volando a bordo de un dragón de jade a un palacio hecho de oro y perlas. Las paredes, el techo considerablemente alto, todo estaba lleno de joyas vivas. Primero pensé que las galerías de ese palacio estaban estructuradas como un cuerpo, pero luego me di cuenta de que estaban estructuradas --adivinaron-- como un lenguaje. Como en esa clase magistral de Lacan en Louvin, 1972, el pensamiento se pensaba a sí mismo y encontraba eco en esa red o fibra óptica/nerviosa conformada por los estudiantes que escuchaban. Lacan estaba al mismo tiempo dentro y fuera del discurso. Era capaz de echar a andar un discurso sin perder de vista una suerte de metaconciencia discursiva que le permitía sortear y evidencia las trampas del discurso mismo. Recordando la experiencia de hace unas horas (mi ciclo de sueño no llegó a 6 horas en total) siento que esa tensión dentro-fuera del discurso es análoga a la que sentí, como cuando Lacan dice la transferencia es el amor y luego se pone a desdecirlo, a apuntar las "trampas" de las que la fórmula está plagada, atendiendo con extraordinaria sensibilidad a los ciclos de comprensión y sedimentación de la idea al ser expuesta en voz alta, como una piedra con sus consabidas ondas concéntricas al ser lanzada en un lago.

Estuve en guerras, como tantas veces en mis sueños. Fui perseguido, cazado, escondido y encontrado, evadido, destrozado en una forma corpórea y reconstruido en otra, muriendo muertes sucesivas y reapareciendo otra tantas veces, sin perder, al tiempo que lo experimentaba, la conciencia de mi entorno, de mi habitación y de mi cuerpo concretos, de los ruidos circundantes, la música de la calle, el tránsito, un helicóptero trasnochado, incluso los mosquitos picándome en la espalda destapada. 

Hace tiempo se me ocurrió que el sonido del mosquito es lo único que no se deja soñar: es el sonido mismo de lo real --no de la realidad-- que irrumpe y fija la condición ilusoria tanto del sueño como de la vigilia; un sonido que dispara todas las alertas, todos los ciegos instintos de destrucción, un sonido, en fin, que activa la conciencia vigilante y que se contrapone al sueño. Pero había entrado en tal dinámica que incluso el sonido del mosquito aserrando zumbidos cerca de mi oreja fue incapaz de romper mi concentración.

Y es que ayer recibí un libro que no existe, o mejor dicho, que no debería existir. Un libro maldito, propiamente. Tener ese libro y estar expuesto a él es como estar frente a un monstruo. La existencia misma de ese libro y el que yo esté en posesión de él ya es suficientemente peligroso en sí mismo como para seguir hablando de él, pero ese --entre otros-- fue un evento que cimbró los referentes de mi realidad, que me ayudó a persuadirme del carácter ilusorio de esta, y de tratar, acto seguido, de ver cuánto somos capaces de doblar sus mecanismos, de evidenciar sus trampas. 


sábado, 22 de junio de 2013

Noche de San Juan

No somos ni por mucho las mejores mentes de nuestra generación --pero algún consuelo aporta haberse curtido lejos de las peores. De donde venimos todos nos disputamos la vida entre mordidas como los tiburones neonatos, alimentándose de sus hermanos más débiles antes de respirar en el océano por primera vez.

Dos italianos que dicen ser hermanos. Sabemos que ambos mienten al tratar de ponerse de acuerdo en el orden de la verdad.

Hay que golpear el árbol del trueno en la pantorrilla para asustar a los guánimos. Son pájaros de testuz difusa que nublan el pensamiento y la vista de la jícara donde la luna se despinta los ojos.

Si no son los mejores en el idioma, son de los mejores que haya conocido. Con los únicos que se puede intercambiar trozos de idioma que, a pesar de la demencia, el cansancio y el exceso, conservan bajo el lodo la pátina de alguna belleza casi perdida.

Casi podrido nos pasamos estos restos de lenguajes humanos. Legajos podridos de carne muerta, luz de cien mil estrellas filológicas apagadas. Transamos en idioma con carne corrupta de la que nacen flores diminutas y de colores afilados, como gritos de niños.

Entre Televisa y la Policía. Entran a una tienda abierta las 24 horas y pagan con su dinero honrosamente ganado --o robado también, a quién ofende la verdad-- por otro paquete de tabaco que tampoco durará. Tiendas abiertas 24 horas en las calles inescrutables; compran cigarros y roban dulces. Entre Televisa y la Policía, evadiendo lo más posible ambos frentes, no tienen necesidad de mucho más.

¿Vara será varón? ¿Esta vara --la misma-- que siempre se me aparece en las manos durante las caminatas muy largas? ¿La misma del desierto, y la de la montaña, y la que se rompió junto a un mar amarillo y la de esta mañana, incluso, será la misma vara que midió nuestros dudosos méritos ayer? ¿Esta que dejé estacionada afuera de casa de Frank, como la escoba de una bruja, y apareció apenas hube franqueado, Frank, el hueco de la puta caverna? ¿Como Lázaros?

Vara la misma que ha lazado los globos que el globero dejó amarrados al hilo negro que todos vienen buscando de un tiempo a esta parte y es que no lo encuentran, ya viste, porque está amarrando esos globos que se dejan levantar con la vara frente a la Arena Coliseo como la bandera de un país imposible. Una nacionalidad absurda. Un cobijo de piratas celebrando el año nuevo chino con un dragón de plástico hecho con las estrías anales de todos los planetas de este sistema. Mientras tanto, una piedra infestada de simios egocéntricos cruzaba silenciosamente el infinito, como una hoja atraviesa sin prisa, apenas mecida por la calma, un mar sin orillas.

El alma es un exceso de agua. No podemos llevar exceso de equipaje. Somos, ante todo, portátiles. Cabemos en cualquier orilla. Si nos golpean incluso podemos hacernos más pequeños, ocupar aún menos espacio. Reducidos a polen, nos apretaremos contra el pecho las rodillas, doblaremos las velas de los pulmones y nos quedaremos sin hacer mucho ruido. Nadie notará nuestra presencia si sudamos. La cosa es pasar muy rápido. La gente no sabe poner atención. No estamos tampoco para enseñar a nadie.

Al Sebas le trajeron Cosmos de Gombrowicz. Creo que ya no podría recordar bien a bien de qué se trata la novela si me lo preguntaran. Para mí es la historia de cómo conocí a M., de las fotos de D. en La Habana, de todos los pájaros muertos que me encontraré por la calle toda la vida (gorriones de basural, ratoncitos con alas). El más reciente capítulo de Cosmos es Cosmos, el perro de Frank, el embajador del inframundo.

El alma puede curarse caminando. No es un mal endémico. Podemos volver a nuestro ritmo natural de respiración.

Por fin lo has conseguido, Javier Raya: si tus padres te vieran caminando con esa mueca rotunda y flexible en el lugar del rostro, no dudarían en cruzarse al otro lado de la banqueta. No es que no te amen: es que no serían capaces de reconocerte.

Los maderos de San Juan
piden pan y no les dan.

Hace dos años fui un escritor ruso quien, junto con algunos de mis amigos franceses, optamos simplemente por la felicidad, sin preguntar ni decir nada, como quien juega ruleta rusa en sueños.

Rojas las escaleras, altísimo patíbulo. Roja la duela, rojas las sábanas, rojo, rojísimo tu cabello rojando el Red de King Crimson, los amplificadores están conectados a nuestro sentido del olfato, y en alguna parte la luna llena hace un biombo para recolectar tu divino menstruo.

Es hora de hacer la ofrenda de este año. Como somos más pobres que nunca, ponemos en una bandejita a flotar en un charco de gasolina nuestra cordura.

Cada uno de los accidentes del camino es sagrado y está hechizado por todos los frentes, saboteado de magia. A reventar. Reventando.

Escupimos espinas de tiburón.

En el desierto cubrimos las cabecitas de los tres niños. Entonces vinieron los tres viejos santos. El último posee un idioma compuesto exclusivamente por diferentes acepciones de un NO fundamental que sin embargo nunca utiliza; sólo sabe decir sí.

Hace tres años recibimos el verano, como habitantes del invierno que hemos sido, en esta misma calle. Tabasco. Nuestra ofrenda fue copiosa entonces, nuestra serenidad fue feliz --nuestra felicidad, serena, y ninguna de las puertas del mundo podía cerrarnos ningún paso. Esta noche, la simple idea de puerta me produce claustrofobia.

Así que de este modo es que uno se convierte en vagabundo. No hay proceso social que sea más interesante ni apremiante, digamos. El vigilante del cine de Juárez duerme en la banqueta, o dormita mientras se alumbra con el reflejo de una pequeña TV. No hay nada qué cuidar en ese basurero abandonado hace años. La única propiedad es un estacionamiento cerrado por las noches, subterráneo. Ese vacío es el que tiene que cuidar ese viejo acostado entre sus cobijas con olor a sudor y orina, ese hueco para que alguien ponga autos mientras no los esté usando. Como civilización parece que podemos permitirnos incluso ciertos lujos.

Ocioso preguntar si esta sangre es mía, o de quién carajo es esta sangre, a ver, hijos de la chingada.

Dos argentinas a las puertas de un Oxxo como ante las puertas del Paraíso. Rafa dice que le mordería la nalga derecha a una; Sebas, que le mordería la nalga derecha a la otra. Ellas, sin enterarse del diálogo pero apretándose contra sus bolsos de post fiesta, se dan a entender como pueden en el más cilindrero de los castellanos de borracha y le piden al encargado medio dormido unos cigarrishos y quesisho güajaquita, si tenés, bonbón.

Un vagabundo a las puertas de Televisa, observando la antena roja de Chapultepec como si se tratara de la primera misión a la Tierra de un colonizador intergaláctico. Un vagabundo con los ojos saltados por la droga y el insomnio sintiendo cómo la piel ya no le sirve para sentir, cómo precisa también de asfalto, de la complicada nervadura del plástico extendido sobre ramitas, en puntos estratégicos de la ciudad, para recabar y convertir información meteorológica en procesos neuronales.

Pero sabe que nada puede crecer bajo esta torre de microondas; sabe que los árboles incluso son de plástico. Las banquetas son de plástico, los policías son de plástico, todo lo que su mano toca es la versión sintética de una cosa extinta. Un vagabundo frente a Televisa, mascullando, rumiando, masticando un nombre de pila en la bocina de un teléfono público, "¿Octavio, Octavio?"

"¿Paz?", preguntamos,  y se nos queda mirando...

Así, justo con esos ojos.

Así.