miércoles, 26 de junio de 2013

Disolución

En los años que llevo investigando el sueño, sus particularidades y las formas en que la conciencia se aparece o difumina en él nunca había experimentado nada como lo que pasé anoche. Luego de una meditación ni siquiera tan profunda --y de un día con sucesos que, por su carácter mismo de imposibilidad, destruyen las referencias de la realidad, por lo que un poco más o menos nada tiene sentido-- pasé por una forma de sueño lúcido desconocida al menos para mí; fue como si mi conciencia fuera un Dante llevado por virgilios hacia el fondo de mi inconsciente, o como si en un estado de parálisis parcial pudiéramos entrar caminando al terreno del sueño con todos los sentidos alerta, una exclusión que ha sido fundamental para el estudio del sueño de Artemidoro a Sartre: uno no entra al sueño con los sentidos alerta. Esos se quedan acá.

Pero ayer no.

Recostado en la posición que la escuela Bö prescribe para hombres en canal central, noté que el escalofrío que precede a veces al sueño era tolerable por mi conciencia; todas las pruebas que se pone el cerebro para saber si está despierto y que creo conocer tan bien --los escozores súbitos, los vértigos, las pruebas de alerta en las que sólo reparamos cuando nos ocurren en estado alfa-- no lograron perturbarme ni sacarme de concentración, aunque sin duda me sentía perplejo y no dejaba de experimentar la contradicción que suponía el estarlos percibiendo, como si de pronto, al sumergirnos en aguas profundas, notáramos que es posible respirar sin dificultad.

Lo más parecido a eso antes fue una vez que logré escuchar las voces del sueño y seguir escuchando las voces de un grupo de compadres que bebían en el callejón bajo mi ventana en una casa que habité hace mucho. Sin importar su contenido, la existencia de un grupo de voces de hombre, en el callejón, representaba la realidad misma, mientras que las voces del sueño --un coro femenino-- eran la existencia misma del sueño. He descrito en alguna parte esa sensación como sumergir la cara en una pileta o cantidad de agua mientras los oídos se sumergen y resurgen a voluntad; esa diferencia de registro en la percepción sonora es una buena metáfora de la sensación que tuve ese día, pues sin abandonar la función misma de la escucha podía prestar atención alternativa o simultáneamente a unas y otras voces. Pero lo de ayer extendió mucho más ese registro.

Primero noté que tenía erizados los vellos del brazo derecho en una zona cercana al codo; luego noté que si fijaba mi atención en esa sensación podía transportar lo que sea que hacía que el vello se erizara, hacia otras zonas del brazo. Era como llevar un vértigo en una copa, como ver un fantasma. Si me emocioné no lo recuerdo, solamente seguí llevando ese vértigo de una zona a otra de mi piel hasta que pude sentir mi cuerpo completo a través de ese vértigo, ser consciente de cada uno de los procesos que se llevaban a cabo en mi cuerpo. Versiones de esta meditación son utilizadas cotidianamente en el sueño lúcido a través de meditaciones de intención que, junto con la atención, es uno de los ingredientes de la vigilancia consciente al interior del sueño. La diferencia ahora fue que el sueño ocurría en mis sentidos, que estaban agitados, agudos y sensibles, a la vez que mi cuerpo permanecía en una calma de muerte, mar en reposo.

Noté que, transportando la atención sin mucho esfuerzo de una idea o una intención hacia otra podía hacer que mi cuerpo experimentara distintas sensaciones que comenzaron a convivir con el material onírico latente. Es decir, si pensaba en una mujer la sensación de su cuerpo se apoderaba de mí y podía sentirme penetrándola y abrazándola como si ella efectivamente estuviera ahí, como si pudiera verla con el cuerpo. A pesar de esa tentación que suponía (aunque luego de jugar un poco) traté de explorar otras posibilidades de ese estado de conciencia, más allá del mero placer físico. Me fijé la intención de experimentar la muerte. De morir cientos, miles de veces. De aprender propiamente a morir, de flexibilizar mi conciencia para aceptar las condiciones de su propia disolución. 

Me sentí a mí mismo entrar volando a bordo de un dragón de jade a un palacio hecho de oro y perlas. Las paredes, el techo considerablemente alto, todo estaba lleno de joyas vivas. Primero pensé que las galerías de ese palacio estaban estructuradas como un cuerpo, pero luego me di cuenta de que estaban estructuradas --adivinaron-- como un lenguaje. Como en esa clase magistral de Lacan en Louvin, 1972, el pensamiento se pensaba a sí mismo y encontraba eco en esa red o fibra óptica/nerviosa conformada por los estudiantes que escuchaban. Lacan estaba al mismo tiempo dentro y fuera del discurso. Era capaz de echar a andar un discurso sin perder de vista una suerte de metaconciencia discursiva que le permitía sortear y evidencia las trampas del discurso mismo. Recordando la experiencia de hace unas horas (mi ciclo de sueño no llegó a 6 horas en total) siento que esa tensión dentro-fuera del discurso es análoga a la que sentí, como cuando Lacan dice la transferencia es el amor y luego se pone a desdecirlo, a apuntar las "trampas" de las que la fórmula está plagada, atendiendo con extraordinaria sensibilidad a los ciclos de comprensión y sedimentación de la idea al ser expuesta en voz alta, como una piedra con sus consabidas ondas concéntricas al ser lanzada en un lago.

Estuve en guerras, como tantas veces en mis sueños. Fui perseguido, cazado, escondido y encontrado, evadido, destrozado en una forma corpórea y reconstruido en otra, muriendo muertes sucesivas y reapareciendo otra tantas veces, sin perder, al tiempo que lo experimentaba, la conciencia de mi entorno, de mi habitación y de mi cuerpo concretos, de los ruidos circundantes, la música de la calle, el tránsito, un helicóptero trasnochado, incluso los mosquitos picándome en la espalda destapada. 

Hace tiempo se me ocurrió que el sonido del mosquito es lo único que no se deja soñar: es el sonido mismo de lo real --no de la realidad-- que irrumpe y fija la condición ilusoria tanto del sueño como de la vigilia; un sonido que dispara todas las alertas, todos los ciegos instintos de destrucción, un sonido, en fin, que activa la conciencia vigilante y que se contrapone al sueño. Pero había entrado en tal dinámica que incluso el sonido del mosquito aserrando zumbidos cerca de mi oreja fue incapaz de romper mi concentración.

Y es que ayer recibí un libro que no existe, o mejor dicho, que no debería existir. Un libro maldito, propiamente. Tener ese libro y estar expuesto a él es como estar frente a un monstruo. La existencia misma de ese libro y el que yo esté en posesión de él ya es suficientemente peligroso en sí mismo como para seguir hablando de él, pero ese --entre otros-- fue un evento que cimbró los referentes de mi realidad, que me ayudó a persuadirme del carácter ilusorio de esta, y de tratar, acto seguido, de ver cuánto somos capaces de doblar sus mecanismos, de evidenciar sus trampas. 


sábado, 22 de junio de 2013

Noche de San Juan

No somos ni por mucho las mejores mentes de nuestra generación --pero algún consuelo aporta haberse curtido lejos de las peores. De donde venimos todos nos disputamos la vida entre mordidas como los tiburones neonatos, alimentándose de sus hermanos más débiles antes de respirar en el océano por primera vez.

Dos italianos que dicen ser hermanos. Sabemos que ambos mienten al tratar de ponerse de acuerdo en el orden de la verdad.

Hay que golpear el árbol del trueno en la pantorrilla para asustar a los guánimos. Son pájaros de testuz difusa que nublan el pensamiento y la vista de la jícara donde la luna se despinta los ojos.

Si no son los mejores en el idioma, son de los mejores que haya conocido. Con los únicos que se puede intercambiar trozos de idioma que, a pesar de la demencia, el cansancio y el exceso, conservan bajo el lodo la pátina de alguna belleza casi perdida.

Casi podrido nos pasamos estos restos de lenguajes humanos. Legajos podridos de carne muerta, luz de cien mil estrellas filológicas apagadas. Transamos en idioma con carne corrupta de la que nacen flores diminutas y de colores afilados, como gritos de niños.

Entre Televisa y la Policía. Entran a una tienda abierta las 24 horas y pagan con su dinero honrosamente ganado --o robado también, a quién ofende la verdad-- por otro paquete de tabaco que tampoco durará. Tiendas abiertas 24 horas en las calles inescrutables; compran cigarros y roban dulces. Entre Televisa y la Policía, evadiendo lo más posible ambos frentes, no tienen necesidad de mucho más.

¿Vara será varón? ¿Esta vara --la misma-- que siempre se me aparece en las manos durante las caminatas muy largas? ¿La misma del desierto, y la de la montaña, y la que se rompió junto a un mar amarillo y la de esta mañana, incluso, será la misma vara que midió nuestros dudosos méritos ayer? ¿Esta que dejé estacionada afuera de casa de Frank, como la escoba de una bruja, y apareció apenas hube franqueado, Frank, el hueco de la puta caverna? ¿Como Lázaros?

Vara la misma que ha lazado los globos que el globero dejó amarrados al hilo negro que todos vienen buscando de un tiempo a esta parte y es que no lo encuentran, ya viste, porque está amarrando esos globos que se dejan levantar con la vara frente a la Arena Coliseo como la bandera de un país imposible. Una nacionalidad absurda. Un cobijo de piratas celebrando el año nuevo chino con un dragón de plástico hecho con las estrías anales de todos los planetas de este sistema. Mientras tanto, una piedra infestada de simios egocéntricos cruzaba silenciosamente el infinito, como una hoja atraviesa sin prisa, apenas mecida por la calma, un mar sin orillas.

El alma es un exceso de agua. No podemos llevar exceso de equipaje. Somos, ante todo, portátiles. Cabemos en cualquier orilla. Si nos golpean incluso podemos hacernos más pequeños, ocupar aún menos espacio. Reducidos a polen, nos apretaremos contra el pecho las rodillas, doblaremos las velas de los pulmones y nos quedaremos sin hacer mucho ruido. Nadie notará nuestra presencia si sudamos. La cosa es pasar muy rápido. La gente no sabe poner atención. No estamos tampoco para enseñar a nadie.

Al Sebas le trajeron Cosmos de Gombrowicz. Creo que ya no podría recordar bien a bien de qué se trata la novela si me lo preguntaran. Para mí es la historia de cómo conocí a M., de las fotos de D. en La Habana, de todos los pájaros muertos que me encontraré por la calle toda la vida (gorriones de basural, ratoncitos con alas). El más reciente capítulo de Cosmos es Cosmos, el perro de Frank, el embajador del inframundo.

El alma puede curarse caminando. No es un mal endémico. Podemos volver a nuestro ritmo natural de respiración.

Por fin lo has conseguido, Javier Raya: si tus padres te vieran caminando con esa mueca rotunda y flexible en el lugar del rostro, no dudarían en cruzarse al otro lado de la banqueta. No es que no te amen: es que no serían capaces de reconocerte.

Los maderos de San Juan
piden pan y no les dan.

Hace dos años fui un escritor ruso quien, junto con algunos de mis amigos franceses, optamos simplemente por la felicidad, sin preguntar ni decir nada, como quien juega ruleta rusa en sueños.

Rojas las escaleras, altísimo patíbulo. Roja la duela, rojas las sábanas, rojo, rojísimo tu cabello rojando el Red de King Crimson, los amplificadores están conectados a nuestro sentido del olfato, y en alguna parte la luna llena hace un biombo para recolectar tu divino menstruo.

Es hora de hacer la ofrenda de este año. Como somos más pobres que nunca, ponemos en una bandejita a flotar en un charco de gasolina nuestra cordura.

Cada uno de los accidentes del camino es sagrado y está hechizado por todos los frentes, saboteado de magia. A reventar. Reventando.

Escupimos espinas de tiburón.

En el desierto cubrimos las cabecitas de los tres niños. Entonces vinieron los tres viejos santos. El último posee un idioma compuesto exclusivamente por diferentes acepciones de un NO fundamental que sin embargo nunca utiliza; sólo sabe decir .

Hace tres años recibimos el verano, como habitantes del invierno que hemos sido, en esta misma calle. Tabasco. Nuestra ofrenda fue copiosa entonces, nuestra serenidad fue feliz --nuestra felicidad, serena, y ninguna de las puertas del mundo podía cerrarnos ningún paso. Esta noche, la simple idea de puerta me produce claustrofobia.

Así que de este modo es que uno se convierte en vagabundo. No hay proceso social que sea más interesante ni apremiante, digamos. El vigilante del cine de Juárez duerme en la banqueta, o dormita mientras se alumbra con el reflejo de una pequeña TV. No hay nada qué cuidar en ese basurero abandonado hace años. La única propiedad es un estacionamiento cerrado por las noches, subterráneo. Ese vacío es el que tiene que cuidar ese viejo acostado entre sus cobijas con olor a sudor y orina, ese hueco para que alguien ponga autos mientras no los esté usando. Como civilización parece que podemos permitirnos incluso ciertos lujos.

Ocioso preguntar si esta sangre es mía, o de quién carajo es esta sangre, a ver, hijos de la chingada.

Dos argentinas a las puertas de un Oxxo como ante las puertas del Paraíso. Rafa dice que le mordería la nalga derecha a una; Sebas, que le mordería la nalga derecha a la otra. Ellas, sin enterarse del diálogo pero apretándose contra sus bolsos de post fiesta, se dan a entender como pueden en el más cilindrero de los castellanos de borracha y le piden al encargado medio dormido unos cigarrishos y quesisho güajaquita, si tenés, bonbón.

Un vagabundo a las puertas de Televisa, observando la antena roja de Chapultepec como si se tratara de la primera misión a la Tierra de un colonizador intergaláctico. Un vagabundo con los ojos saltados por la droga y el insomnio sintiendo cómo la piel ya no le sirve para sentir, cómo precisa también de asfalto, de la complicada nervadura del plástico extendido sobre ramitas, en puntos estratégicos de la ciudad, para recabar y convertir información meteorológica en procesos neuronales.

Pero sabe que nada puede crecer bajo esta torre de microondas; sabe que los árboles incluso son de plástico. Las banquetas son de plástico, los policías son de plástico, todo lo que su mano toca es la versión sintética de una cosa extinta. Un vagabundo frente a Televisa, mascullando, rumiando, masticando un nombre de pila en la bocina de un teléfono público, "¿Octavio, Octavio?"

"¿Paz?", preguntamos,  y se nos queda mirando...

Así, justo con esos ojos.

Así.






jueves, 20 de junio de 2013

Retrato a los 27

No sabría reconocer La Realidad aunque se me presentara en la forma de una extraña en la puerta de mi casa. Una extraña en la forma de una mujer vestida de negro --lleva el pelo largo, rizado y rojo como las nubes en una postal marítima, como una habitación donde un crimen se está llevando a cabo--, la bufanda oprimiéndole la garganta, se diría, como si fueran a colgarla de una rama o un campanario; se diría, a punto de ponerse a llorar.

El espejo del baño tiembla en su clavo con el aire de la tarde. Me veo temblando ahí, desnudo mientras el teléfono suena y suena. Buscan al chino que vivía aquí. Alguien del otro lado de la línea habla en chino. Su tesón es notable: el chino, si existió, se fue hace muchos años. Pero la esperanza permanece, como el azogue y el vidrio y el viento que hacen temblar La Realidad, muerta de frío.

Uno camina entre sangre coagulada y pintura y libros y restos del almuerzo y productos para matar cucarachas. La línea recta genera imágenes de apoplejía; todo es derivar o naufragar con estos pisos de madera, duelas rotas conectadas a otras duelas como un sistema nervioso. Uno puede sentir cómo baila el otro en la habitación de junto. El problema es cuando no hay nadie en la habitación de junto pero alguien, sin duda alguien debe estar bailando en este momento.

En este punto de la historia todo se vuelve más confuso. El personaje no sabría reconocer La Realidad, no sabría reconocer El Amor así viniera a su puerta con un ramo de flores de cementerio y le dijera no te vayas nunca y le dijera está lloviendo afuera y le dijera son las seis de la tarde.

Apoltronado, con un sudor de obsidiana supurando el nombre de una mujer hace mucho desaparecida, el personaje escribe una noticia en la computadora. Yo lo veo desde la cama, anotando el más mínimo de sus movimientos en mi cuaderno. No podría interesarme menos lo que a él le interesa, si es que todavía le interesa algo. Se diría que estoy realizando una historia clínica, de manera que los forenses tengan alguna idea de por qué tiene la mirada como si estuviera a punto de soltar un grito.

Cuando salí de la Habana, ay, mamá por dios.

sábado, 15 de junio de 2013

Ninjas en la Alameda

Uno de mis vagabundos favoritos, Marcelo, me aborda en la Alameda. Lleva una chamarra morada o púrpura de plástico o nylon, brillante por el desgaste y seguramente por la lluvia. Le pregunto que en qué anda, que si ya me va a enseñar sus nuevos dibujos (hace dioses aztecas increíbles, pero no me deja escanearlos); dice que no, que quiere quemar un poquito de crack. Le digo que lo van a torcer. Otra vez. Me dice que no. Que se va a ir para allá. Un poquito más para allá. A donde no lo vean ni lo moleste nadie. En los escondites que casi nadie sabe dónde encontrar fuera de la vista de los policías y las cámaras. Son los ninjas del panóptico. Yo traigo un suéter morado o púrpura. Curioso, lo noto después de que se aleja con mi moneda. Parecemos devotos de San Lázaro, todos así, mohínos y recalcitrantemente sucios, lánguidos a la menor oportunidad, con el reloj circádico administrado por un hámster en Red Bull y MDMA. Somos unos resucitados que vagan buscando dónde caerse muertos.

lunes, 10 de junio de 2013

Balbucear

Sueño: Estoy con mucha gente inofensiva en un lugar que no conozco. Puede ser una escuela, una fiesta o un museo. Se parece a cualquiera, en todo caso. Sé que estoy despierto dentro del sueño pero no puedo moverme ágilmente ni volar, como si mis huesos fueran de espuma. Apenas logro estar de pie. Nadie parece notar que soy una especie de títere o trapo, a pesar de que me esfuerzo por explicarlo. Tardo mucho en articular la oración más simple, como si las palabras tuvieran que salir con mucha fuerza para vencer el límite de la boca y aún así el sonido saliera sólo a medias. Pienso que me he vuelto un zombi. Me digo a mí mismo "¡Despierta!", y me lanzo luces encima, como si tratara de dilatar mis pupilas para que entrara más luz. Licht.

De pronto estoy en un lugar que es mi casa pero donde nunca estuve antes. Hay mucha gente dormida. En el suelo, en las habitaciones, en el baño incluso. El suelo parece respirar y comienzo a desesperarme. ¿Quién les permitió quedarse así, tan campantes? Los cuerpos comienzan a respirar más aprisa y el suelo es una especie de orgía masiva --curiosamente silenciosa--, que más que parecerme atractiva me parece el fin de la comunicación. Hablo de eso con una chica mientras alguien se la monta.

Cuando alguien trata de hablar conmigo y yo trato de darme a entender, sólo balbuceo. Salen sonidos como los de un borracho que no ha dormido en tres días. En una escena del sueño estoy afuera de un museo o biblioteca donde exhiben una colección de libros de cine del siglo XVIII. Un viejo trata de hacerse el interesante y le salgo con una réplica witty (anoche estuve leyendo a Wilde), lo que provoca la risa de los demás. Pero no me siento victorioso por esa retórica de salón. Me siento mal. Salgo a la calle y cruzo una avenida grande, los autos vienen rápidamente y no planean detenerse. Muevo mis brazos con todas mis fuerzas pero mis piernas no responden. No tienen huesos, parecen de tela. Cruzo y del techo del museo cae una especie de sleeping bag, el cual se revela como una almohada portátil, púrpura con un forro verde claro.

Me estoy convirtiendo lenta pero inexorablemente en un zombi.

Alguien máteme.

sábado, 8 de junio de 2013

Carta al hijo que no tendré - Magdalena Camargo Lemieszek


Querido mío, ahí vienes.
Pequeño, corriendo cuesta abajo como una libre,
sorteando las piedras y el tronco de los árboles.
No sabes lo grande que te haces,
creces como un alud en el descenso.
El pecho te hierve de velocidad
y atrás las orquídeas florecen
porque han bebido de tu miedo.
Eres bello pues no lo sabes,
pero esta es la primera vez que rompes a correr
para salvarte.
Eres bello también, cuando lanzas de golpe el rastrillo
y riendo te sumerges en la pila de hojas secas
y recoges con ternura las lechuzas que han caído de sus nidos.
Yo te espero abajo, de pie, frente a la casa,
con el bosque de plástico preparado para el juego,
en la repisa sigue completa la caja de soldados.
Sé cuántas veces soñamos con ese mismo verde resplandor en el vacío,
mientras las máscaras de humo fueron endureciéndose año con año
y sus palabras fueron hilvanándose, cayendo como cuentas, una sobre otra.
Perdóname no haberte mostrado otro dios que la belleza,
no haberte obligado a ponerte de rodillas
para masticar sin tregua las raíces de la culpa.
Perdóname, pues la única vez que soñé contigo
te había abandonado.
Hijo, he envejecido.
Toma mi corazón disminuido por el tacto del invierno,
es pequeño como un broche
y tan liviano que es incapaz de causar daño.
Tómalo sin miedo, ya no puede herirte.
Llévalo hasta el mar y entiérralo en la arena.
Vuelve a decir en voz baja ese poema que repetimos cada noche
en lugar de las plegarias.
Entonces imagina la más poderosa de todas las metáforas,
coloca frente a ti una cuesta ominosamente pronunciada
y échate a correr
con tanta fuerza
como puedas.

[En: Hijas de diablo, hijas de santo: poetas hispanas actuales. Comp.: Daniela Camacho.]

miércoles, 5 de junio de 2013

No es para tanto

Tal vez no queremos justicia, sino una alternativa más o menos viable a la frivolidad. Un entretenimiento que pueda mantenernos en suspenso, interesados, pero no demasiado involucrados. Responsabilizados es una palabra demasiado fuerte. No es que nadie tenga nada contra el existencialismo, monsieur Sartre, pero gremialmente la sociedad acuerda a cada minuto que no es para tanto.

Se ve que somos exagerados. La tecnología nos volvió espectadores de nosotros mismos y ahora nos dedicamos a parodiar comportamientos. Tenemos el armario lleno de clichés. Todos tienen un armario, al menos dos --uno para esconderse del otro. Cosa de sacar lo primero que se encuentre y disfrazarse de uno mismo. De la versión del uno-mismo que se desee, claro, o bien que se permita a expensas del azar. Quién no tiene importancia.

Los géneros son recursos; los hombres son mujeres biónicas; los libros son performance; la arquitectura es efímera; el idioma es el lenguaje. Romper una definición crea un nuevo recodo del laberinto. ¿Hoy toca disfrazarnos del monstruoso Teseo o del niño astado, Minotauro? ¿Por qué no hacemos un crowdsourcing para decidirlo? De todas formas no tendría sentido ser el único árbol que cae en el bosque cuando nadie lo está tuiteando. Pero no quisiera sonar ni apocalíptico ni mucho menos. Hicimos un pésimo papel en el findelmundo pasado. Teníamos todas las condiciones a nuestro favor pero nos faltó empuje. Es decir, nos faltó algo a nivel de apoyo. Estamos viendo qué es. Propondremos aumentar el importe de las becas del próximo año.

Tal vez se trate de cierta forma perversa de lidiar con la conciencia del derrumbe. Turistas del vértigo, abrazamos la imagen del asfalto, la volvemos permanente en la memoria, como si hubiera existido siempre, la volvemos contemporánea de la eternidad y justo en el momento en que nos da la gravedad por aludidos el condicionamiento se activa y permite olvidar. Pedir confesión, por ejemplo. Recordar todas las causas a las que se apoyó con un Like o un RT. Todos los niños del África Subsahariana que nombraron a sus descendientes en honor a su benefactor, @pakit_perez666. Y que para alguien fuimos la persona más importante del mundo.

Si algo nos importara de verdad tendríamos miedo de morir. Verdadero miedo y no este simulacro, este capítulo del condicionamiento, esta incluso cortesía o deferencia que tenemos al decirnos "cuídate" cuando nos despedimos. Es brutal allá afuera. Hay gente matándose (no importa cuando leas esto) por razones científicas. La guerra no es tan grave. Recuérdese (¿lo dijo Tocqueville, Sun Tzu, Churchill?) que la guerra no es sino la política por otros medios. Es muy parecido a la tan mentada interdisciplinariedad, pero de otra forma. Más vale que se vayan acostumbrando. Lanier ha dicho que esta generación definirá el curso del Internet de los próximos 1,000 años. Sus fotos de Instagram estarán en un museo, banda. Hablarán de las eras analógica, digital y prostética como nosotros hablamos del protozoico, del mesozoico y del paleozoico. Somos fósiles andantes. Estamos a punto de extinguirnos y nos administramos un coctel de mezcal y Game of Thrones sólo para no pensar en ello. De cualquier modo pensar está sobrevalorado.

Probablemente alguien esté inventando en estos momentos una app para eso.

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sábado, 25 de mayo de 2013

Cualquier historia es susceptible de vivirse
si hay alguien tan incauto
como para contarla.
La mentira no es sólo lo posible
sino la capacidad para todo lo demás.
El ruido de fondo, la brasita
del carbón donde tallamos
nuestros signos rapaces
desde el fondo
de la especie.

Sent from my Fucking iPhone, Sherlock.


sábado, 18 de mayo de 2013

La máquina de la escritura



, Es común emocionalizar una relación con un objeto. Para no entrar en fetichismos marxianos recordaremos a Baudrillard, quien afirmó que nos rodeamos no de los objetos que nos reflejan sino de aquellos donde nos gustaría vernos reflejados. Por ende -puesto que la compra de esta máquina de escribir ocurrió como suelen ocurrir las compras egóticas, por impulso-, debo suponer que aspiro a que ciertas propiedades que percibo en la máquina (valores o símbolos por los que una cultura tasa su inventario de imágenes) se asocien a mi propia escritura. 

, "Remington" es una marca de rifles también, y ciertamente no hay pocas referencias bélicas en el acto de escribir y en la escritura como campo de batalla. El modelo, "Quiet-Riter", me recuerda naturalmente a mis investigaciones sobre la historia de la literatura ninja, el silencio, el sigilo, el disfraz, para completar las coordenadas de la guerra inminente que tiene lugar en los objetos de escritura, al menos en los de mi propia experiencia. 

, Incluso el sonido de las teclas recuerda un retumbar bélico, que al escribir esto adopta un matiz respondencial con el ruido de una banda de guerra (tambores y cornetas) de un parque cercano, además de la amenazadora cercanía de los truenos en la lluvia inminente. Todo eso entra por la ventana, como ecos de tecleo. 

, Hay un pequeño levantamiento armado al escribir con estas cosas. Con las máquinas de escribir, me refiero (aunque tal vez sin la corrección anterior habríamos podido pensar que así se escribe también, efectivamente, con los truenos.) 

, Un mínimo delirio de subversión con cada golpe. "Golpe" es el nombre técnico en mecanografía para referirse a la pulsación de una tecla. Es lo que sentimos -esa como travesura, como desorden, como microdesmadre inofensivo- cuando oprimimos una tecla de una máquina vieja en un bazar o en un anticuario; la escritura tiene un sonido propio --no caeré en la cursilería de llamarle música. 

, Si me apuran un poco, hasta diría que las máquinas de la escritura tienen una voz.

, Estoy terminando un libro sobre la escritura y el cuerpo. Realmente se terminó a sí mismo. De pronto me di cuenta que había escrito mucho sobre los efectos que los procesos, técnicas y máquinas de escritura tenían en mi propia conciencia, o lo que puedo referir propiamente de ella. Más que mecanizar el proceso, lo que noté es que en realidad una máquina es la organización y sistematización de una obsesión --es decir, que yo era la máquina de la escritura, organizando mi vida en torno al acto de escribir. Las diferentes herramientas e instrumentos (procesadores de texto, máquinas de escribir, libretas y plumas) en sí mismas no predeterminan el proceso de escritura

, Sólo nuestra época puede tener nostalgia histórica del pasado reciente. Si en las cortes del Renacimiento la evocación se dirigía a los héroes y heroínas de la Antigüedad grecolatina, nuestra modesta memoria alcanza solamente para las nostalgias de corto alcance, las de unas pocas décadas o aún menos, en la urgencia de la historización rápida: queremos la fotografía, la anécdota, lo social. El plato de comida es un pretexto. Documentos de la fugaz historización de lo inane flotan en las redes sociales, perdidos como barcos pirata con las velas arrancadas. Aprendemos poco a poco a ir sintiendo nostalgia del presente, por lejano.

, Las máquinas, al devolvernos nuestro propio reflejo, sólo pueden emanciparnos en la medida que una máquina le permite a otra saber la localización del botón de encendido/apagado. La evolución paralela de la medicina clínica y la industrialización a fines del siglo XIX pudo ser una de las razones por las que la ciencia ha asociado funciones o comportamientos maquínicos al cuerpo humano. Hasta hace no mucho se creía que habían zonas del cerebro asociadas a funciones específicas; aunque hoy sabemos que efectivamente hay áreas que gozan de cierto grado de especialización, también sabemos que hay gente que volvió a caminar luego de que una barra de hierro se le incrustara en el cráneo. Es decir, no sabemos tanto. Creemos que sí, pero no. Debemos convencernos continuamente de que sabemos, si no esto sería (realmente) insoportable. A ese convencimiento se le llama ideología o fe.

, De lo único que podemos convencernos a nosotros mismos cuando nos damos cuenta de que efectivamente somos máquinas, es de la inutilidad de toda resistencia contra el avance de las máquinas. Es cuestión de tiempo para que la fantasía del cyborg se haga realidad; las prótesis robóticas, nano lentes sobre los ojos e intervenciones quirúrgicas no invasivas serán tan familiares en 10 años como los smartphones hoy en día. Los tecnócratas hablan de lo imparable del progreso, de su inevitabilidad; y si el avance técnico (y por otro lado, farmacéutico) va de la mano con el lucro, no sólo tendrán un nuevo modelo de ser humano, sino un mercado explotable y un nuevo modelo de explotación. Al escribir somos máquinas combatiendo las máquinas que voluntariamente nos instalamos en la conciencia y que eventualmente terminarán por derrotarnos. Esto, como el progreso, será inevitable.

, Confío en que este proyecto de escritura pueda ser una ruina prematura y desaparezca mucho antes que la escritura sea apenas un rudimento innecesario para la conciencia absolutamente mediatizada. Estamos rodeados de zombis. Las salidas están tomadas. Las municiones son pocas y todos estamos muy cansados. Pero no tenemos el valor de sentarnos a esperar el fin. Nos harían falta fuerzas para morir. Justo en el horizonte de la derrota, creo -espero-, existe verdaderamente el acto (est)ético, en la medida en que el resultado de la batalla no sólo no está garantizado, sino que la indeterminación amenaza con volverse definitiva. Es en las puertas de la desesperación donde el actuar ético adquiere sentido, perdiéndolo.

, THIS MACHINE KILLS FASCISTS


domingo, 12 de mayo de 2013

Apunte sobre la soledad

La soledad no puede entenderse como una ausencia de compañía solamente ni como el utópico estar con uno mismo. ¿Quién es el sujeto, la referencia de la compañía? La soledad es un estado mucho más básico, mucho más íntimo, por así decirlo. No tiene que ver con la presencia de los otros en realidad, sino por una ausencia remarcada; obscenidad de la ausencia del solitario, donde el afuera que habita nunca está suficientemente alejado ni de los otros ni de sí mismo. 

El desamparo dramatiza un asunto más bien simple. El solitario no necesita amparo de nadie ni autorización para ejercer de fantasma. De hecho una forma “histérica” de la soledad consiste precisamente en rodearse de gente, de relaciones, de notificaciones. El exceso de comunicaciones no hace sino resaltar aún más la soledad que nos empeñamos en ignorar. 

Soledad esencial la llamaba Blanchot, la condición de la escritura. Una soledad verdaderamente irreparable, un punto de no retorno. Una soledad que no fuera reversible de ninguna forma. Un dominio de la intemperie. O una sujeción consciente frente a su promesa, frente a su horizonte como ruta a perseguir: intemperie del cual el afuera desesperado es solamente simulacro. La verdadera intemperie no encuentra cobijo y se va a dormir siempre a una banca en un parque público, aún en medio de la habitación. Un temblor de frío entre sueños, la intemperie.

Los objetos se vuelven conscientes del radio de imantación de la soledad o funcionan como espejos que refractan y devuelven la inmovilidad de la que es presa el solitario. Cada taza, cada pluma, cada multitud de fantasmas encadenados a su objeto requiere la total atención del solitario y lo decepciona a cada momento: el mundo sigue siendo lo que es, no hay sorpresa, pero no somos libres de dejar de esperar un milagro al observar una botella de agua medio vacía, una maceta que haría falta regar, la pila de trastes sucios en el fregadero. Como si los objetos mismos insinuaran que nuestras manos. Como si la forma de nuestras manos ya en los objetos. La desconfianza de nuestras manos frente a los objetos. 

Porque no hay que pasar por alto que la soledad recae en una sospecha. Nunca se puede estar completamente seguro de que se está solo. Lo que se dice solo, sin acento en la primera o. Los niños lo saben, por eso sospechan de los espacios donde la mirada no llega, los closets y los huecos bajo las camas, las esquinas de las puertas abiertas que quedan abiertos como ojos cuando se cierran. Los residuos del inconsciente se acumulan como polvo sobre las cornisas y sobre el escritorio; verlo acumularse funciona mejor que un reloj para medir el paso del tiempo. Los fantasmas tienen forma de polvo. La muerte se esconde en el polvo.
La sospecha de haber dejado alguna llave abierta, una hornilla encendida. Una sospecha incesante. Eso es la soledad.

Aquí solo, el sólo.