No reconocemos el cuerpo
de Emmett Till. No conocemos
el nombre del chico ni el sonido
de su madre llorando. Nunca hemos
escuchado una madre llorando.
No conocemos la historia
de nosotros en este país. No
conocemos la historia de nosotros
mismos en este planeta pues
no es necesario conocer
lo que creemos que es nuestro. Creemos
que sus cuerpos nos pertenecen pero no
nos sirven sus lágrimas. Destruimos
el cuerpo que se niega a ser usado. Usamos
mapas que no dibujamos. Vemos
un mar y lo cruzamos. Vemos una luna
y aterrizamos en ella. Amamos la tierra
mientras podamos reclamarla. Shhh. No
podemos reclamar ese sonido. ¿Qué es
una madre llorando? No reconocemos
la música hasta que podemos
venderla. Vendemos lo que no se puede
comprar. Compramos silencio. Déjanos
ayudarte. ¿Cuánto cuesta
sostener el aliento bajo el agua?
Espera. Espera. ¿Qué somos? ¿Qué?
¿Qué? ¿Qué carajo somos?
___
Publicado originalmente en el Georgia Review.
jueves, 22 de diciembre de 2016
Acertijo, de Jericho Brown
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Javier Raya
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jueves, 8 de diciembre de 2016
Patrimonios y matrimonios literarios (comentario a un artículo de Jorge Carrión)
En su artículo "Las otras apropiaciones de Borges y Bolaño", el escritor Jorge Carrión propone leer --siguiendo a Bordieu-- la obra de dos grandes narradores dentro de sus contextos de recepción y circulación; ejercicio lúcido y necesario en una época donde la literatura y el mercado parecen confundirse o ignorarse mutuamente.
Su recuento sobre lo que podríamos llamar "la ceguera" de Kodama con respecto a la obra de Borges (incluyendo los últimos pormenores del caso Katchadjian) me parece impecable y no tendría nada que agregar. Sin embargo, a partir de la noción de "obra maestra", que Carrión utiliza para diferenciar la trilogía póstuma de Bolaño (El Tercer Reich, Los sinsabores del verdadero policía y El espíritu de la ciencia ficción) de sus novelas previas, la argumentación me parece un poco más problemática.
Creo que la intención de inscribir a las viudas/albaceas de Borges y Bolaño dentro de la tradición de artistas de la apropiación (como Duchamp y Benjamin, a quienes Carrión menciona, aunque personalmente hubiera elegido a Kenneth Goldsmith o incluso a Jeff Koons, por sus afinidades más cercanas al mercado que al ejercicio artístico) hubiera sido objeto de un gran texto si su autor se hubiese permitido llevar la provocación hasta las últimas consecuencias: leer los gestos y actos de María Kodama y Carolina López como los de unas verdaderas artistas de la apropiación ("estrategas conceptuales que se vengaron del heteropatriarcado, del canon masculino, de la tonta fe de nuestra época en la autoría"), más allá de su papel de viudas en la trama de sus maridos.
¿Y es que se puede hablar de "apropiación" en el contexto de las viudas? Sólo si en ese mismo sentido podemos hablar de Max Brod como "viuda apropiadora" de la obra de Kafka. El arte de la apropiación patrimonial colinda con la matrimonial, porque los votos de esta institución problemática, incómoda, conservadora y en crisis perpetua (el matrimonio) no caducan con la muerte de sus contrayentes: la muerte no siempre los separa, sino al contrario.
El caso de Anna Gregorievna es ejemplar. Luego de la muerte de su marido (un escritor de novelas por entregas que gracias --en gran medida-- a las diligencias de su viuda reconocemos por la sola mención de su apellido: Dostoievski), Anna se entregó en cuerpo y alma al cuidado de sus archivos. Una carta suya en Dostoievski de Henry Troyat, nos permite atisbar un poco el papel de viuda-artista de la apropiación que jugó Anna en la trama de su marido: "No vivo en el siglo XX, en 1916, sino en el XIX por los años setenta. Mis amigos son los amigos de Fiodor Mijailovich, mi mundo es el mundo de los contemporáneos ya desaparecidos de Dostoievski. Vivo de esa atmósfera."
La última frase me parece digna de apreciar en más de un sentido: "vivo de esa atmósfera" no remite únicamente al estado de enclaustramiento que Anna sufrió desde la muerte de Dostoievski en 1881, hasta su propio deceso en junio de 1918, probablemente a causa de malestares intestinales producto del hambre; la frase también remite a un presente puesto entre paréntesis al servicio del pasado. Aprobar nuevas ediciones, traducciones, permitir que estudiosos, lectores y curiosos pasen las manos por los papeles inéditos de la persona amada (que en algunos casos resulta ser también un gran artista) es en sí misma una tarea poética aunque ingrata en la cuenta larga de la historia literaria. Las viudas no tienen vacaciones.
Si no, habría que preguntarle a Sofia Bers (Sofía Tólstoi, de casada), quien también "vivía en esa atmósfera" viciada de la cercanía con el artista incluso desde antes de su muerte, o a Vera Nabokov, que al igual que Bers, fungió como administradora, compiladora, amanuense y traductora (¡vaya que el cursi y acartonado papel de "musa" literaria es todo menos pasivo y contemplativo!). Pero la otra acepción de "vivir de esa atmósfera" compete a esa piedrita en el zapato de la literatura, esa con la que pueden edificarse bibliotecas o que compromete la vida de los libros, apresurando su publicación o impidiéndola del todo: el dinero.
Según nos recuerda Carrión, la pugna de Kodama contra Katchadjian no es una cuestión de capital económico sino de capital simbólico (para seguir operando en la terminología de Bordieu), y por tanto aquí sí cabría hablar de una auténtica apropiación, en el momento en que Kodama no sólo gestiona los intereses materiales sobre la obra de Borges, sino que cree (en su fantasía) ser capaz de gestionar también el prestigio borgeano. Esa conversión, en efecto, es lo que Carrión denuncia como una incomprensión de Kodama de la poética de Borges, y lo que crearía las condiciones de posibilidad de leerla perversa y lúdicamente como una "artista de la apropiación" --como alguien que juega y crea con "las leyes de la propiedad intelectual, aprobadas en un mundo sin internet", y de juzgarla como una artista anacrónica, conservadora, que viene de un mundo ajeno a "los modos en que creamos hoy."
Pero ahí donde Kodama exige una dietética de las obras derivadas, una censura, incluso, apelando a leyes de otro siglo, Carolina López sería una apropiadora mucho más radical y moderna, pues firma con un nombre ajeno una obra propia. ¿A qué me refiero? A que si es verdad que, como dice Carrión, obras como El espíritu de la ciencia ficción deberían haber sido editadas no como novedades sino como obras inacabadas o truncas (restituyendo así cierta dignidad al autor para con sus propias tentativas y errores, es decir, restituyéndole cierta humanidad, que queda destruida con la figura del autor consagrado, inmortal, perenne productor al mayoreo de obras maestras), el ofrecerlas al mercado como libros acabados es equivalente a apropiarse del mayor gesto que puede tener un autor para con su propia obra; el gesto mismo por el cual se hace autor de su obra, que complementa el "trámite" y el engorro de escribirla: el gesto de firmarla. Así, los libros póstumos de Bolaño, aunque se vendan firmados por Bolaño, son obra de Carolina López.
Carolina López y quien sea que esté detrás de esas ediciones nuevas de Bolaño, firma en nombre de Bolaño obras que en efecto él escribió, pero que nunca firmó. Esa firma es lo que autoriza al autor en tanto autor de su propia obra; la misma firma que se simboliza en el gesto de firmar un contrato de edición, y que un muerto jamás podría llevar a cabo. ¿Esto debería ser un impedimento para que no se editen libros interesantes que, por azares de la vida y de la muerte, no vieron la luz en vida de sus autores? Me parece que no, pero como vivimos en una época abocada a la velocidad sin freno, donde el escritor cultiva más sus prestigios (y sus enemistades, que también son harto redituables), no parece haber tiempo para pensar en estas cosas.
El caso de Carolina López no me parece tan transparente ni tan lúdico, en realidad, como el de Kodama. Me parece que si Bolaño estuviera vivo, López tendría una pesada plática con él a respecto de Carmen Pérez, y sus discusiones y conclusiones serían (como deberían serlo también hoy, con él muerto) un asunto privado. Carecer de "un nivel alto de redacción", para Carrión, descalifica a López para editar la obra póstuma de Bolaño; es cierto, no todas las viudas escriben cartas ni diarios como los de Sofía Bers y los de Anna Griegorievna, o cartas eróticas como Nora Joyce (quien alguna vez dijo que hubiera preferido casarse con un músico en vez de un escritor) pero me parece que las tramas de los matrimonios forman un texto que los lectores podemos observar, pero que sería fútil juzgar. Curiosamente no puedo pensar en un caso contrario, donde a un viudo se le fiscalice hasta la sintaxis y la vida personal para legitimar su capacidad para administrar la obra de una artista fallecida.
¿Nora hubiera sido más feliz con el destino de Yoko Ono o Courtney Love?
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Javier Raya
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miércoles, 19 de octubre de 2016
Manifiesto del payaso tenebroso, de Sam Kriss
Me topé con A Creepy Clown Manifesto investigando para una nota sobre los recientes avistamientos de personas vestidas de payaso. No soy especialmente afecto a las historias de terror, pero no pude dejar de leer hasta el final este manifiesto, imaginando la voz de mi cabeza como la de Alan Moore o una versión muy perversa de Orson Welles. Que lo disfruten (en sus pesadillas).
***

Sólo queríamos divertirte. Sólo queríamos hacerte reír. Sólo queríamos ver felicidad, niños sonriendo en el tumulto vertiginoso de la carpa de circo; sólo queríamos ponernos nuestras máscaras, tan delgadas como la imagen en la pantalla de TV, y hacerte feliz. Míranos tropezar, míranos caer por las escaleras, míranos mandar besos y globos: todo lo que siempre quisimos fue divertirte.
El otoño ha llegado, y nos habrás visto a la orilla del bosque. Vivimos en la orilla del bosque; como al resto de tus desechos el viento húmedo nos ha lanzado a la orilla del bosque. Medramos por los bordes. Pueblochico Estados Unidos, todo nuevo y todo roto. Los bosques han sido talados y han crecido otra vez aún peor, y los árboles hoy son solamente ramajes blancos y delgados, ramificándose como dedos flacos y pálidos: el crujir de los árboles afuera de tu ventana por la noche es como sabes que hay alguien afuera de tu casa. Estos bosques están huecos por dentro, demasiado jóvenes y astillados para contener algo así como el folklore, donde la naturaleza parece una escenografía de película barata, donde las ninfas y los duendes quedarían atrapados en latas de Coca-Cola y morirían de hambre, donde todos los animales están batidos de lodo, pre-empacados, y desesperados. Desde que ya no dejas pornografía aquí afuera ya no tienes nada que hacer en estos bosques, y se han vuelto el hogar de los payasos. Nos vienen bien. Nuestra maldad no es antigua; no tenemos profundidad y estamos fuera de la historia.
Se acerca Halowe'en: las hojas comienzan a embozar la suciedad, apilándose en la entrada de la gasolinería, deformes y orgánicas contra las filas cuadradas de limpiador para baños y laxantes. Las hojas se dejan llevar contra la iglesia, donde vive Dios entre paredes de triplay. Antes o después alguien va a tener que venir con una enorme máquina ruidosa para soplar todas las hojas de regreso a la orilla del bosque. Y después volverá a casa, y no tendrá que preocuparse de qué podrán comer los payasos del bosque. Tiene suerte. No hay trabajos ni tampoco esperanza; algunas personas están en heroína y la mayoría están en Netflix, impasibles a través de horas de diversión estandarizada especialmente para ti, conectados a Estados Unidondesea. Ya no vas a ver al circo itinerante. El circo itinerante ha encajado su tienda justo en tu casa, y ha venido para llevarte con él.
El primero que nos vio este año fue un jovencito de Greenvile, Carolina del Sur. De pie entre los matojos entre Greenville y lo que sea que lo rodea, vio dos figuras a la orilla del bosque, uno con una brillante peluca roja, el otro con una estrella negra pintada sobre su rostro, en silencio, sin moverse. Corrió a contarle a su madre. No fue el último. En el mismo pueblo otro payaso apareció en los bosques detrás de un edificio de departamentos, y otro fue visto mirando impasiblemente afuera de una lavandería. Esto fue a finales de agosto, cuando las noches son demasiado calurosas para que tantos payasos anden chapoteando en el lodo: nuestra pintura facial se corre en gotas sudorosas, nos marchitamos. En septiembre, comenzamos a florecer. A través del estado, luego hacia Carolina del Sur, luego a Georgia y Virginia, hasta que pudimos rondar de costa a costa, mirando con malicia a través de la frontera con Canadá, tropezando con nuestras bufonadas hasta Europa. Una epidemia de payasos tenebrosos, pánico a través de la nación, y nadie sabe por qué. Han visto payasos con cuchillos en Kistler, Pennsylvania; con machetes en Tchula, Mississippi; con un arma de fuego en Monroe, New Jersey.
Los payasos empezaron a aparecer fuera de las escuelas. Payasos mirando lascivamente a un lado de la carretera, mirando cómo vas y vienes de un lugar a otro, enraizados entre los árboles húmedos de manchas agotadas. Hay personas que fueron despedidas de sus trabajos por usar disfraces ordinarios de payasos no-tenebrosos en fotografías de redes sociales; se ha vuelto el signo de una criminalidad oscura e indefinible. Cada avistamiento genuino trae una docena de avistamientos fantasmáticos; las escuelas cierran, los linchadores se agrupan, los ciudadanos comunes y corrientes se compran un arma. Estos payasos están a la caza de un demográfico muy particular: familias blancas, puritanas, jóvenes, conservadoras, lejos de las grandes ciudades, alguna vez acomodadas pero hoy en decadencia, la baja burguesía moribunda. Gente que a pesar de sí misma siente la sutil atracción que viene desde la orilla del bosque, el llamado de la podredumbre y el declive, el gozo que viene cuando todo se llena de hongos y se derrite en el suelo esparcido de basura. Gente que teme a los payasos, y gente cuyos miedos son escuchados.
Somos por naturaleza indiferentes al Estado, pero ha sido entretenido ver sus excentricidades y meteduras de pata: los policías armados estableciendo un perímetro alrededor de una escuela en Flomaton, Alabama, revisando los salones de clase en busca de signos de travesuras relacionadas con payasos; los hombres acusados de terrorismo por usar disfraces de payaso; los helicópteros a la espera y las bases militares en alerta constante; la tensión mientras un vasta maquinaria se prepara para la guerra contra sus propios payasos, y cuando se abren los depósitos de misiles sólo encuentran la corteza húmeda y aplastada de un pastel contra el suelo.
Es tan aburrido que conviertas todo esto en política, cuando lo mismo podrías culpar al calentamiento global por darnos una superabundancia de gusanos de qué alimentarnos, o a los alineamientos astrales por hacer hoyitos en el entramado de tu universo. ¿Por qué payasos? ¿Por qué ahora? ¿No está contendiendo a la presidencia una enorme y triste cara de payaso? ¿No tienes miedo, más seguro de lo que nunca has estado en tu casa rodeada de tres líneas de policías con armamento militar, pero aterrado por los refugiados, por los terroristas, por los criminales, por lo que sea que medra en la oscuridad a la orilla de los bosques? Incluso es peor cuando metes la psicología. El horror del payaso es el del hombre triste detrás de la sonrisa pintada, esa desesperada necesidad, que se remonta al viejo Grimaldi, de que los más tristes hagan reír a los demás. Debes saber la verdad: no somos infelices. No hay nada detrás de nuestras máscaras. Fíjate cómo en tantos noticieros los payasos no son un él ni un ella sino un eso. ¿Por qué te dan miedo los payasos? ¿No te gusta que te diviertan? ¿No se hicieron guerras, no volvieron ciudades escombros, no se quemaron niños vivos para defender la sociedad libre en la que vives sin miedo para ser entretenido?
Pero hay una preocupación: una sensación vaga, a medida que los créditos del episodio ocho aparecen y sabes sin siquiera pensarlo que no importa cuanto quieras hacer algo más, el episodio nueve es tan inevitable como la puesta de sol, que estás desperdiciando tu vida; que incluso bien podría haber terminado ya. Y en ese mismo momento, un payaso se mueve a trompicones por la orilla del bosque detrás de tu casa, una enorme sonrisa plástica en su rostro, y un cuchillo en su mano.
No pretendemos asustarte. No queremos causarte ningún daño. Llevamos armas, pero te encantan las armas; tú las pones en nuestras manos. Esto es lo que haremos. Vamos a pararnos en la orilla del bosque sin decir una palabra. Esperaremos pacientemente hasta que bajes tus armas, que la policía se vaya, y que termine este pánico absurdo. Esperaremos hasta que, por tu propia voluntad, nos sigas hasta el bosque, hasta esos árboles grises sin profundidad donde todo lo nuevo se pudre. Te llevaremos al bosque, y luego vamos a armar una pequeña función para ti. Y te vas a reír.
viernes, 1 de julio de 2016
Apuntes, de Jericho Brown
No
voy a darme un tiro
en
la cabeza, y no voy a darme un tiro
por
la espalda, y no voy a colgarme
con
una bolsa de basura, y de hacerlo,
te
prometo, no voy a hacerlo
esposado
en una patrulla de policía
o
en la celda de algún pueblo
que
sólo conozco de oídas
porque
debo manejar por ahí
para
llegar a casa. Sí, puedo estar en peligro,
pero
te prometo, confío que los gusanos
y
las hormigas y las cucarachas
que
viven bajo las duelas
de
mi casa van a hacer lo que deben
con
mi pellejo más de lo que confío
en
un oficial de la ley mundana
para
cerrar mis ojos como un hombre
de
Dios haría, o para cubrirme con una sábana
tan
limpia que mi madre pudo haber usado
para
cobijarme. Cuando me mate, me voy a matar
como
hacen la mayoría de los estadunidenses,
lo
prometo: con humo de cigarro
o
asfixiado con un trozo de carne
o
congelado en la miseria
en
uno de esos inviernos que seguimos
llamando
el peor. Te prometo que si escuchas
que
morí en algún lugar cerca
de
un policía, ese policía me mató. Me alejó
de
entre nosotros y dejó mi cuerpo, que es,
no
importa qué nos hayan dicho,
mayor
que la compensación que la ciudad puede
pagar
a una madre para que deje de llorar, y más
hermoso
que la bala nuevecita
pescada
de entre los pliegues de mis sesos.
miércoles, 13 de enero de 2016
Teoría y praxis de la pereza
Para evitar malentendidos (inevitables, de cualquier modo) aclaremos lo siguiente: no estoy en contra del trabajo, ni es este un texto que pretenda demeritarlo; pero no sería tan ingenuo tampoco como para afirmar que el trabajo "dignifica" (lo que implica que los desempleados son algo así como ciudadanos indignos, de segunda), o que es parte de una atávica pena ("ganarás el pan con el sudor de tu frente", Génesis, libro tal versículo tal) ligada a una no menos ominosa y anacrónica lista de "Pecados capitales". No. Lo que pretendo acá es hablar sobre la pereza, pero no sobre la pereza en general, sino de aquella que ejerzo, a buen ritmo y sin desplantes, más o menos desde que me acuerdo.
Para empezar hay que definir nuestros términos: ¿qué es la pereza? La voz pigritia indica la calidad del flojo, del piger. Esto no nos hace avanzar mucho. ¿Qué indica lo "flojo"? Puede ser el antónimo de "tenso", por ejemplo, sinónimo de "relajado" cuando hablamos de la firmeza de un nudo. A su vez, "flojo" proviene de fluxus, de lo fluído pero también de lo inconsistente, de lo que no toma otra forma u otra fuerza sino de lo que viene de fuera. Aquí podríamos aclarar que lo flojo --lo fluído-- no es necesariamente débil, ni hueco, mucho menos estático. Pensemos en los ríos, fluidos y caudalosos. ¿Qué sería de un río firme? ¿Qué sería de una nube tensa?
Siempre fui un niño flojo. O eso decían las maestras. "Es un niño muy listo, señora, pero flojo." No ponía atención, casi nunca hice tareas, y a pesar de todo siempre encontré la forma de pasar de grado sin esfuerzos extenuantes, entregando trabajos finales y presentando buenos exámenes. Con el tiempo me di cuenta de que no era flojo, sólo tenía malos hábitos de sueño y poco interés por las obviedades escolares. Mi mente no funciona mediante ejercicios de tensión, la disciplina me parece una dudosa virtud de soldado, casi nunca tenso mi memoria tratando de fijarle palabras cuya naturaleza es dúctil y cambiante.
Llamamos "flojera" a la actitud del perezoso. También "hueva", que es la indisposición a realizar una tarea, no necesariamente porque dicha tarea implique un grado de concentración o de energía o de trabajo para el que no estamos preparados, sino por una inercia del estado lánguido que no se interrumpe salvo contadas ocasiones. La curiosidad, por ejemplo, puede ejercerse perfectamente tumbado y acostado en cama. ¿Qué rompe dicha inercia? Una necesidad externa, de índole fisiológica o social, siendo esta última siempre la más penosa de cumplir, porque implica tensar la atención para oponer una resistencia --una escucha-- a la demanda de un otro.
No es mi intención ponerme esencialista, pero se me ocurre que el estado natural de la atención es fluido, divagante, peregrino. Sólo cuando una tensión --interna o externa-- apela fuertemente a la atención es que esta pierde su natural fluidez para dirigirse a aquello que la convoca. Ilustro con una digresión: no sé por qué, pero tengo la extraña fortuna de encontrarme naipes tirados en la calle, a donde quiera que voy. Los conservo todos, a manera de tesoros. ¿Cómo es posible que, caminando por la calle, con una atención fluida y perezosa, un pequeño rectángulo de papel reclame poderosamente mi atención de ese modo? No trataré ni siquiera de suponer qué acuerdo secreto hace que ciertas personas encuentren sombrillas olvidadas, billetes de 20 pesos, tesoros brillantes y valiosos, y en cuyo reparto a mí me tocaron los simples y manoseados naipes. Pero sé que se trata de algo que no puedo sino llamar "mágico" porque sé que si saliera de mi casa a caminar por la calle con la expresa vocación de buscar naipes tirados, no encontraría ni uno. Además siempre vienen en series de tres. Pero tal vez eso sea tema de otra investigación.
Continuando con la historia de mi pereza, diré también que de niño me daba mucho miedo dormir. Hay quienes tienen un "talento" natural para dormir que yo no poseo. Al recostarme, esa cualidad fluida y alegre, casi caprina de mi atención, se volvía un hervidero de imágenes y sugerencias --muy amenazantes incluso en su inmaterialidad-- que me mantenían en vilo hasta muy tarde, con el resultado esperable de no tener ganas de levantarme por la mañana para ir a la escuela. Mis padres siempre decían que la noche es para dormir y el día para trabajar, pero yo no le encontraba mucha lógica. El día, con sus luces y sus demandas y sus escándalos me repele --el día, en las antípodas de la noche, de la que debería aprender su calma y su reposo y su flojera. Luego de pasar la mayor parte de mi vida escolar en estado de sonambulismo, empecé a interesarme en las ventajas del sueño lúcido y su práctica, en las que casi siempre encontramos demasiado esoterismo como para tomarlo en serio. Lo que me interesaba era conseguir dormirme temprano para no andar por ahí como zombi. Por principio es necesario recordar a lo largo del día la intención de despertar durante los sueños; existen numerosos procedimientos para esto sobre los que hay información suficiente en Pijama Surf. Meditar un poco antes de dormir, tomar un té de tila, una tableta de melatonina cada tanto para regular el ciclo circadiano, etc. Después, al despertar, es recomendable llevar una bitácora de sueños. Esta fue la clave para levantarme temprano (aunque no para deshacerme de mi pereza ni mucho menos), pues me fui acostumbrando a que despertar movilizara mi atención hacia el cuaderno y las imágenes urgentes del sueño, que se van borrando conforme más tiempo llevemos despiertos.
Como las virtudes del trabajo, la dedicación, el esfuerzo y otros atributos propios de animales de carga me fueron vedadas, me concentré de manera extrema en cultivar el arte de la pereza. Mi armario está lleno de pijamas, sudaderas, chanclas y toda la colección primavera-verano-otoño-invierno de Ropa de Quedarse en Casa. Al trabajo (si eres uno de mis empleadores tal vez no quieras leer lo siguiente) le dedico el menor tiempo posible, tratando de despejar rápidamente los pendientes para dedicarme a no hacer nada, o aún menos. Hace mucho me di cuenta de que soy incapaz de cumplir con una rutina de 8 horas, pero eso no me condenó al pillaje ni a la hambruna (aunque dedique poco tiempo a ello y defienda hasta la muerte mi pereza, lo cierto es que me considero bastante trabajador); el no poder hacer eso que para tantos es lo más común --levantarse, ducharse, correr en el frío a un centro de trabajo, salir de noche y regresar a dormir-- no me hace un trabajador menos valioso, simplemente tuve que aprender a vivir a partir de mis limitaciones, de los imperativos de mi atención.
Admiro a los que albergan sueños de grandeza y se levantan todos los días sin recordar ninguno, se limpian los grumos de saliva de las comisuras, y salen a encarar al mundo como gladiadores en el coliseo. Admiro a los (y las) que pueden disponer de su atención como de una herramienta más en la caja de las maravillas de la mente, y pueden comandarla y ponerla ahí donde la necesitan, como un rottweiler, y a los que nada se les escapa. Yo, lamentablemente, no poseo ninguna de esas virtudes. A lo más que puedo aspirar es a dormir bien, a borronear un sueño en la mañana, y a permitir que mi divagante atención se concentre poco a poco como una nube de tormenta o como la cresta más alta de una ola a punto de romper. Ahí, en ese punto de tensión máxima, lo fluido en mí se descarga completamente en una o dos tareas muy básicas (una traducción, un artículo, una noticia), y termino exhausto, más o menos a medio día, pero listo para aprovechar el resto del tiempo en ejercicios perezosos y divagantes, fluidos, como es el pensamiento cuando deambulamos entre calles recién llovidas o entre los engranes que dibujan sobre una superficie las formas contrastantes de las letras impresas. Mi héroe personal es el Bartleby de Melville, un leguleyo que no era impotente ni mucho menos, pero que tenía una relación bastante disfuncional con su propia pereza. De él aprendí que está bien decir "Preferiría no hacerlo", pues en esto se encuentra la feliz languidez de la pereza. Digamos de pasada que no hay que confundir pereza con tedio, que es tautológico y aburrido, mientras la pereza está colmada de impresiones pasajeras y gratas, que en ocasiones se transforman, por su misma condensación, en obras acogedoras, fluidas y hospitalarias, como una cama mullida. Existen muchas otras virtudes de la pereza, pero me excuso a mí mismo de enumerarlas: son fácilmente encontrables y al alcance de todos, como democráticos naipes dispersos entre los charcos del mundo.
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miércoles, 28 de octubre de 2015
Espectáculos para nadie (sobre las lecturas públicas)
Desde hace unos años he tenido la extraña fortuna de ser invitado para leer mis textos en diferentes foros. Comencé participando en slams de poesía, o bajo la hospitalaria modalidad del micrófono abierto, cuyos únicos requisitos son la paciencia para esperar el turno en una sesión maratónica y un poco de bravura para encarar la soledad del texto con la soledad del oyente.
Le acabo de leer a Raúl Zurita una frase similar: "Una lectura pública es siempre una soledad apelando a otra soledad."
Por la magia de las asociaciones, desemboco en otra soledad: Una soledad demasiado ruidosa, del checo Bohumil Hrabal, soledad del operario de una máquina que une y sintetiza los papeles dispersos de la cultura, soledad del trabajador apelando a la soledad de su oficio.
Una lectura pública puede ser, efectivamente, una soledad demasiado ruidosa, cuando el ruido está compuesto por soledades dispersas que no se conocen a sí mismas, que no se hacen escuchar. Cuando los escenarios están más llenos que las gradas.
Siempre he defendido que uno debe merecer el silencio que una audiencia le preste: debe ganarlo incluso, disputarlo con la vida, con el humor, con los recursos que uno tenga a mano para levantar un par de palabras frente al mundo no para formar una barrera sino un puente. Un puente invisible pero firme, que aparece milagrosamente no cuando alguien lee, sino cuando alguien escucha.
He sentido la vitalidad de ese puente al constatar que en todas partes existe ese raro ser mitológico, difícil de definir, siempre ajeno a la forma arquetipal del mero lector, a saber, el lector de poesía, o el peatón casual que pasa por un portón y se queda pegado en la cera de los altavoces, un anti-Ulises, un marinero llamado Butes que se deja apresar por el influjo de la voz que viene de las olas, que se pierde ahí.
Ese influjo, según Zurita, no es sino el de uno que "sin esperanzas de ser escuchado, alguien que no soy yo dijese por mí: me estoy muriendo y te doy lo que queda de mi vida, y que desde una galaxia lejana, alguien borroso e improbable, el lector, le respondiese: y yo te doy lo que queda de la mía."
El que lee y el que escucha comparten la vida de una voz (¿tercera?, otra, en todo caso) que los cobija y les presta nada menos que aliento: aliento vital.
En el vértigo de las lecturas, he servido a ese aliento y ese aliento me ha mantenido en pie frente al mundo cuando se convierte en ola y amenaza con romper. Sin embargo, porque todo hay que decirlo, cada vez me queda más claro que las lecturas públicas son espectáculos para nadie: proyectos sacados adelante con amor y necedad que convocan a los "poetas" a compartir el autismo de sus soledades respectivas, sin que aparezca, salvo por milagro --y los milagros ocurren todo el tiempo--, el huidizo lector.
He leído en hermosos escenarios con un sonido magnífico sólo para ser captado por las cámaras mudas que retransmitirán el documento --la imagen-- a las redes sociales; he gritado al megáfono que rompe mi voz y la convierte en ruido; he leído para dos transeúntes sobre Reforma y para los organizadores. Incluso he hablado con amigos de que las lecturas parecen hechas cada vez más para ser documentadas que presenciadas, lo que deja a esa voz-puente de la que hablaba en una posición irrelevante, inútil. Lo mismo daría leer que no leer, mientras las fotos quedaran colgadas en Facebook.
Las lecturas de poesía tienen un carácter cada vez más espectacular y propagandístico que literario: se promocionan las editoriales, el gobierno, los colectivos, y los requeridos a la lectura fungen como embajadores públicos de un mensaje con el que no siempre comulgan. Tal vez sea error de formación, pero para mí una lectura de poesía debería tratarse de la poesía misma, no de la promoción de tal o cual proyecto. Tomar postura no es lo mismo que militar: pero con todo que desconfío de las militancias --el destino del ser humano no es, no puede ser convertirse en soldado--, creo en la potencia vital de la imaginación. No estaría vivo hoy de no creerlo con todas mis fuerzas.
He leído en plazas públicas, en auditorios, en salones de clase, en mercados, en callejones, en teatros, en museos, en fronteras, en ruinas, en casas abandonadas o embrujadas, en dependencias de gobierno habitadas por fantasmas, en parques, en avenidas principales, en azoteas, en bares, en cafés, en cantinas, en restaurantes, en asilos de ancianos, en cárceles, en sanatorios mentales, en cine, radio y televisión, en jardines de niños y en universidades, en autobuses, en andenes, en vagones en marcha, en ventanas, en balcones, en desiertos, en zoológicos, con micrófono o sin él, porque me ha parecido conveniente, necesario, divertido, o porque no he sabido negarme.
Y a veces creo que me invitan incluso por eso: porque no he sabido negarme.
Llevo más o menos diez años diciendo que sí, agradeciendo, parándome en donde me citen para decir mis cosas, tomándomelo como una labor sagrada que sin embargo no es grave, ni trágica, simplemente necesaria. Sigo creyendo que leer en público es necesario, a la vez que voy aprendiendo a decir no algunas veces. Porque la cacofonía que producimos al leer sin escuchar a los demás también nos ensordece.
He tratado de curarme la sordera apelando a nuevos recursos y lenguajes: me he comido mis palabras --las he encontrado dulces y venenosas, como colmenas vivas-- y las he quemado, y me he quemado con ellas, y más de una vez he visto cómo ese puente que servía para acercar me ha alejado de los otros. "Pero Raya, tú no ocupas performance", me dijo Mavi cuando le explicaba mi última intervención. Y tal vez es cierto: tal vez se me olvidó que incluso la propia presencia, cuando no es cimiento de la voz, es estorbo.
Al negarme a participar en ciertos eventos voy a tratar de aprender a escuchar. Quiero convertirme a veces, yo también, en el mítico lector de poesía que llega y toma su lugar en el puente de la voz. Siempre me van a temblar un poco las piernas antes de subir al micrófono, y si la voz tiembla es porque el poema está temblando. Y ahora que lo sé necesito recordarlo: quiero escuchar yo también sin esperar mi turno en esa lista de fusilados frente a la pared de silencio de los auditorios vacíos. Quiero, tal vez, contribuir un poco más a llenar las tribunas despejando los escenarios.
Dice Zurita: "Leer en público es para mí como hablar en sueños." Voy a procurar no hacer mucho ruido para dejar a los soñantes soñar.
Le acabo de leer a Raúl Zurita una frase similar: "Una lectura pública es siempre una soledad apelando a otra soledad."
Por la magia de las asociaciones, desemboco en otra soledad: Una soledad demasiado ruidosa, del checo Bohumil Hrabal, soledad del operario de una máquina que une y sintetiza los papeles dispersos de la cultura, soledad del trabajador apelando a la soledad de su oficio.
Una lectura pública puede ser, efectivamente, una soledad demasiado ruidosa, cuando el ruido está compuesto por soledades dispersas que no se conocen a sí mismas, que no se hacen escuchar. Cuando los escenarios están más llenos que las gradas.
Siempre he defendido que uno debe merecer el silencio que una audiencia le preste: debe ganarlo incluso, disputarlo con la vida, con el humor, con los recursos que uno tenga a mano para levantar un par de palabras frente al mundo no para formar una barrera sino un puente. Un puente invisible pero firme, que aparece milagrosamente no cuando alguien lee, sino cuando alguien escucha.
He sentido la vitalidad de ese puente al constatar que en todas partes existe ese raro ser mitológico, difícil de definir, siempre ajeno a la forma arquetipal del mero lector, a saber, el lector de poesía, o el peatón casual que pasa por un portón y se queda pegado en la cera de los altavoces, un anti-Ulises, un marinero llamado Butes que se deja apresar por el influjo de la voz que viene de las olas, que se pierde ahí.
Ese influjo, según Zurita, no es sino el de uno que "sin esperanzas de ser escuchado, alguien que no soy yo dijese por mí: me estoy muriendo y te doy lo que queda de mi vida, y que desde una galaxia lejana, alguien borroso e improbable, el lector, le respondiese: y yo te doy lo que queda de la mía."
El que lee y el que escucha comparten la vida de una voz (¿tercera?, otra, en todo caso) que los cobija y les presta nada menos que aliento: aliento vital.
En el vértigo de las lecturas, he servido a ese aliento y ese aliento me ha mantenido en pie frente al mundo cuando se convierte en ola y amenaza con romper. Sin embargo, porque todo hay que decirlo, cada vez me queda más claro que las lecturas públicas son espectáculos para nadie: proyectos sacados adelante con amor y necedad que convocan a los "poetas" a compartir el autismo de sus soledades respectivas, sin que aparezca, salvo por milagro --y los milagros ocurren todo el tiempo--, el huidizo lector.
He leído en hermosos escenarios con un sonido magnífico sólo para ser captado por las cámaras mudas que retransmitirán el documento --la imagen-- a las redes sociales; he gritado al megáfono que rompe mi voz y la convierte en ruido; he leído para dos transeúntes sobre Reforma y para los organizadores. Incluso he hablado con amigos de que las lecturas parecen hechas cada vez más para ser documentadas que presenciadas, lo que deja a esa voz-puente de la que hablaba en una posición irrelevante, inútil. Lo mismo daría leer que no leer, mientras las fotos quedaran colgadas en Facebook.
Las lecturas de poesía tienen un carácter cada vez más espectacular y propagandístico que literario: se promocionan las editoriales, el gobierno, los colectivos, y los requeridos a la lectura fungen como embajadores públicos de un mensaje con el que no siempre comulgan. Tal vez sea error de formación, pero para mí una lectura de poesía debería tratarse de la poesía misma, no de la promoción de tal o cual proyecto. Tomar postura no es lo mismo que militar: pero con todo que desconfío de las militancias --el destino del ser humano no es, no puede ser convertirse en soldado--, creo en la potencia vital de la imaginación. No estaría vivo hoy de no creerlo con todas mis fuerzas.
He leído en plazas públicas, en auditorios, en salones de clase, en mercados, en callejones, en teatros, en museos, en fronteras, en ruinas, en casas abandonadas o embrujadas, en dependencias de gobierno habitadas por fantasmas, en parques, en avenidas principales, en azoteas, en bares, en cafés, en cantinas, en restaurantes, en asilos de ancianos, en cárceles, en sanatorios mentales, en cine, radio y televisión, en jardines de niños y en universidades, en autobuses, en andenes, en vagones en marcha, en ventanas, en balcones, en desiertos, en zoológicos, con micrófono o sin él, porque me ha parecido conveniente, necesario, divertido, o porque no he sabido negarme.
Y a veces creo que me invitan incluso por eso: porque no he sabido negarme.
Llevo más o menos diez años diciendo que sí, agradeciendo, parándome en donde me citen para decir mis cosas, tomándomelo como una labor sagrada que sin embargo no es grave, ni trágica, simplemente necesaria. Sigo creyendo que leer en público es necesario, a la vez que voy aprendiendo a decir no algunas veces. Porque la cacofonía que producimos al leer sin escuchar a los demás también nos ensordece.
He tratado de curarme la sordera apelando a nuevos recursos y lenguajes: me he comido mis palabras --las he encontrado dulces y venenosas, como colmenas vivas-- y las he quemado, y me he quemado con ellas, y más de una vez he visto cómo ese puente que servía para acercar me ha alejado de los otros. "Pero Raya, tú no ocupas performance", me dijo Mavi cuando le explicaba mi última intervención. Y tal vez es cierto: tal vez se me olvidó que incluso la propia presencia, cuando no es cimiento de la voz, es estorbo.
Al negarme a participar en ciertos eventos voy a tratar de aprender a escuchar. Quiero convertirme a veces, yo también, en el mítico lector de poesía que llega y toma su lugar en el puente de la voz. Siempre me van a temblar un poco las piernas antes de subir al micrófono, y si la voz tiembla es porque el poema está temblando. Y ahora que lo sé necesito recordarlo: quiero escuchar yo también sin esperar mi turno en esa lista de fusilados frente a la pared de silencio de los auditorios vacíos. Quiero, tal vez, contribuir un poco más a llenar las tribunas despejando los escenarios.
Dice Zurita: "Leer en público es para mí como hablar en sueños." Voy a procurar no hacer mucho ruido para dejar a los soñantes soñar.
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Javier Raya
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domingo, 18 de octubre de 2015
Nietzsche y la voluntad de estilo (10 consejos de escritura)
En una serie de cartas escritas por Friedrich Nietzsche en agosto de 1882 a Lou Andreas-Salomé nos topamos con un brevísimo aunque nada improvisado manual de estilo. Unos 20 años después, Andreas-Salomé publicó el manual en Nietzsche, bajo el título de "Hacia la enseñanza del estilo". A decir de ella, "cada aforismo circunda ceñidamente pensamiento y emoción, como un anillo de oro. Nietzsche creó, por así decirlo, un nuevo estilo de escritura filosófica, que hasta entonces se había apoltronado en tonos académicos o poesía efusiva: él creo un estilo personalizado; Nietzsche no sólo dominó el lenguaje sino trascendió sus insuficiencias. Lo que había estado mudo adquirió gran resonancia." Además de la famosa "voluntad de poder", podemos ver aquí lo que Antonio Alatorre llamaba "voluntad de estilo", una "lucha por la expresión original [que] combate contra el lenguaje configurado que ofrece resistencia a la expresión fresca y nueva."
"Hacia la enseñanza del estilo"
- Lo primero debe ser la vida: un estilo debe estar vivo.
- El estilo debe ser adecuado específicamente a la persona con la que deseas comunicarte. (La ley de la relación mutua.)
- Primeramente, uno debe saber con exactitud "qué y qué se desea decir y presentar", antes de escribir. La escritura debe ser mimetismo.
- Puesto que el escritor carece de muchos de los medios del orador, debe por lo general presentar su modelo de un modo altamente expresivo, frente al cual la copia escrita habrá de palidecer.
- La riqueza de la vida se revela a sí misma a través de la riqueza de gestos. Uno debe aprender a sentir cada aspecto --la longitud y demora de cada frase, la puntuación, la elección de palabras, las pausas, la secuencia de argumentos-- como si fuesen gestos.
- ¡Cuidado con los puntos! Solamente aquellos que poseen un aliento de larga duración al hablar tienen derecho a los puntos. Para la mayoría, el punto no es más que amaneramiento.
- El estilo ha de probar que uno cree en una idea; no sólo que uno la piensa, sino que la siente.
- Mientras más abstracta sea la verdad que deseamos demostrar, con más urgencia habremos de apelar a los sentidos.
- La estrategia a favor del buen escritor de prosa consiste en elegir los medios que más lo acerquen a la poesía, sin llegar jamás a posarse en ella.
- No es recomendable ni sensato privar a nuestro lector de las refutaciones más obvias. En cambio, es recomendable y muy sensato permitirle a dicho lector pronunciarse en último término acerca del valor de nuestra sabiduría.
Postulado por
Javier Raya
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miércoles, 30 de septiembre de 2015
Presentación de "La balada de Mr. P Mosh...", por Alejandro Albarrán
Leído el 9 de septiembre de 2015 en la librería Wiser Books & Coffee.
1.
Comienzo a leer La balada de Mr. P Mosh o siete sonidos para peluquería de Javier Raya y viene a mí la imagen de un niño sentado, esperando (completamente atormentado) su turno en la silla giratoria, con alguien de fondo haciendo sonar unas tijeras:
Comienzo a leer La balada de Mr. P Mosh o siete sonidos para peluquería de Javier Raya y leo:
Sala de espera de parto y reparto: la obra comienza
en el momento en que la espera
empieza a sentirse
como un agua estancada,
a ras de barbilla, lecho
de río se vuelva al volver
para lavarnos con su misma
leche de piedras los manchones de semen
de la ropa,
que la tortura cobre su todo anegado, como una corbata
que ahoga de azogue el agua reflejante,
que la revista saque del revistero con lo sido,
que le toque su turno de costillas y rastrojos
o que
sin más un loto se cruce de piernas.
Crustáceo el estilista de estilete,
sin llegar, no hay ambiente
para epifanías,
todo es rito de Dalila y Sansón
sin sol.
Toda canción
es nacimiento, me digo,
modestamente
canturreando un bolero sabio.
2.
Pocas veces he estado en peluquerías, tal vez por eso conservo la imagen y la sensación intactas.
La imagen de una persona sentada en una silla giratoria frente a un enorme espejo puede ser también la imagen de una persona sentada en una silla giratoria frente a un enorme montón de papeles.
Leo:
El día martes
se pone de pie, con su cara de pesebre,
que le gusta verse ahí,
dice, enmarcado en el espejo
como por el mundo,
como poniéndose al mundo
de sombrero o marco,
chamarra de piel y todo.
Una lección.
Después de estas líneas, la imagen de el hombre enfrentado en el espejo me viene repetidamente a la cabeza. ¿Quién es ese hombre y qué busca?
Releo y la poesía de Raya me hace pensar en la elección de las palabras, y en todas las otras elecciones de un escritor:
Uno va eligiendo, seleccionando, convenientemente, sus recuerdos. Como un estilista, vamos haciéndole un corte a la memoria, eligiendo qué mechón cortar qué mechón no, darle estilo, uno que se ajuste a lo que queremos ver reflejado en el espejo, cuando la espera termine y el estilista (que también somos nosotros), nos muestre los detalles de la nuca y veamos el reflejo de nuestro cuello repetido al infinito, mientras sentimos que algo poco a poco se desanuda en la garganta y la bata blanca con nuestro restos ondee depositando lo que no quisimos en el suelo.
George Frazer habla sobre las antiguas costumbres de los germanos, y relata que entre los chati, los guerreros jóvenes nunca se cortaban el pelo o la barba hasta haber matado un enemigo.
El enemigo es la memoria. O mejor dicho: el enemigo es uno mismo confrontado en la memoria. El enemigo es lo que está frente al espejo, cuando decides sentarte en una silla giratoria.
Pienso que la poesía de Raya es el resultado de una confrontación con él mismo, de una constante elección de lo que se quiere reflejar, de los que se quiere decir. Porque lo que Raya nos quiere decir se lo está diciendo primero él mismo.
No encuentro ambiente más enrarecido y místico como el de la peluquería, quise decir poesía, perdón, quise decir: lenguaje.
3. Esos raros peinados nuevos
La homogenización de un estilo hace escuela. En la escuela, en México, durante mucho tiempo se acostumbró llevar el llamado corte de casquillo.
Incluso en estos tiempos, guarda cierto rasgo de rebeldía dejarse crecer el pelo o no cortarlo con frecuencia.
Incluso en estos tiempos, guarda cierto rasgo de rebeldía no cortarse el pelo en la escritura, más en un país donde la mayoría de su poesía usa el llamado corte de casquillo.
Raya ha decidido no cortarse el pelo en la escritura, al contrario, deja que crezca, desatando en el lenguaje un ensortijado discurso reflexivo, cuasi aforístico, para mostrarnos uno de los reflejos más fieles de la atrofia compartida de una generación: la dispersión, la multiplicidad, el multitasking en el que nos vimos concebidos.
Raya no puede quedarse quieto mirando hacia el espejo, al contrario, como un niño, el niño de la imagen que me vino al comenzar a leer sus poemas, busca cualquier pretextos para escapar de su contexto, para recontextualizarlo en otro. Esta digresión o irrupción es uno de los elementos que operan con frecuencia en las construcción de los poemas de La balada de Mr. P Mosh o siete sonidos para peluquería.
El terror del terror: su grito ciego
desborda el párpado sin mirada,
la sala de espera donde las madres
guardan
su papelito,
como en las carnicerías,
para que les entreguen los restos
de sus hijos
embolsados.
Las momias posmo se visten de plástico, sí.
Es como un don, solía decirle su madre:
todo lo que ve lo convierte en aeropuerto.
El mundo
es una dona
y tú eres el centro ausente
que le da sentido, sin ti
el mar perdería sus bordes,
se derramaría
como una copa rebosante,
como una cabeza decapitada
despeinada.
4.
Dice Frazer acerca de los antiguos tabúes sobre el pelo: “El salvaje cree que la conexión simpatética que existe entre él y cada una de las partes de su cuerpo continúa existiendo después de romperse la conexión física y, por consiguiente, él sufrirá cualquier daño que pueda sobreviene a las partes separadas de su cuerpo, como el corte de pelo”.
El corte de pelo también podría verse como metáfora de la corrección de estilo, en ese sentido, como en algunas tradiciones primitivas, habría que cortarnos el pelo con nuestras propias manos. Cuando escribe, Raya deja crecer su pelo y si acaso decide cortarlo, lo hace con sus propias manos, esto se nota porque su corte no busca la perfección, la simetría, sino el ritual, la asimetría.
Otra metáfora del pelo está en la obra. Es decir, separarse de un poema o de una serie de poemas, separarlos de nosotros para olvidarlos, también es cortar una extensión de nosotros.
En algunas partes de Nueva Zelanda, el día más sagrado del año la gente se reunía, como hoy, en gran número, procedentes de todos los alrededores. Ese día sacro era el señalado para el corte de pelo.
Postulado por
Javier Raya
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lunes, 14 de septiembre de 2015
El nombre de la novela
Quién la hubiera visto así
rostizándose --a la ternura.
El abrigo blanco del conejo
servirá de gorro para el niño
que mientras tanto pregunta
"¿a dónde se fue el conejito?"
Le contamos que se fue de viaje
con un mago famoso --se fue
a hacer fortuna en los cumpleaños,
a exponer las vísceras
en los museos de anatomía.
Llegará tarde si llega, en todo caso,
como el deseo --justo a tiempo
como lo real. Cuando ve
a los niños gringos
se pregunta por el conejo de Pascua.
Los conejos no son pájaros,
no son primos de los cuervos:
igual que los otros niños
ha visto el mal a la cara, pero
sin voltear el rostro, sin pretexto alguno
presentándole un ceño
desafiante --por eso le parece desoladora
la ingenuidad de los adultos, disfrazados
de vaqueros y de vampiros, jugando
a policías disfrazados de ladrones
y a ladrones disfrazados de fiputados
deferales --desafiante, como todos
los astronautas de cinco años, a mí
no me pueden engañar: ese vampiro
está disfrazado de mago, su conejo
es negro, come carne podrida, su paciencia
--su venganza-- es implacable.
rostizándose --a la ternura.
El abrigo blanco del conejo
servirá de gorro para el niño
que mientras tanto pregunta
"¿a dónde se fue el conejito?"
Le contamos que se fue de viaje
con un mago famoso --se fue
a hacer fortuna en los cumpleaños,
a exponer las vísceras
en los museos de anatomía.
Llegará tarde si llega, en todo caso,
como el deseo --justo a tiempo
como lo real. Cuando ve
a los niños gringos
se pregunta por el conejo de Pascua.
Los conejos no son pájaros,
no son primos de los cuervos:
igual que los otros niños
ha visto el mal a la cara, pero
sin voltear el rostro, sin pretexto alguno
presentándole un ceño
desafiante --por eso le parece desoladora
la ingenuidad de los adultos, disfrazados
de vaqueros y de vampiros, jugando
a policías disfrazados de ladrones
y a ladrones disfrazados de fiputados
deferales --desafiante, como todos
los astronautas de cinco años, a mí
no me pueden engañar: ese vampiro
está disfrazado de mago, su conejo
es negro, come carne podrida, su paciencia
--su venganza-- es implacable.
viernes, 28 de agosto de 2015
Elogio de los borradores
Una vez me preguntaron, "Escribes poesía, ensayo, y se dice que tienes por ahí un par de novelas inconclusas, ¿pero qué género literario te interesa más que otros y por qué?", a lo que contesté inmediatamente, sin pausa dramática "El borrador".
No lo pensé demasiado. Igual pude haber mentido y decir que la poesía me interesa más que otra cosa, porque está en todas partes aunque no la veamos, como las ondas de radio emitidas en los primeros instantes del Big Bang, o la novela, por su posibilidad de ensayar cualquier cosa, o el ensayo, por su capacidad de volver la vida un laboratorio lúdico, pero lo cierto es que la respuesta me sigue pareciendo certera: si tuviera que cultivar un sólo género literario en lo que me resta de vida sería ese, el borrador.
De la galería de mi mente salen los críticos literarios y los maestros de la facultad: "Buena puntada, Raya, pero el borrador no es propiamente un género literario: no tiene reglas, no tiene una estructura definida. Es simplemente un estado provisional del texto antes de su recepción pública." Exacto, es exactamente eso.
Borges y Reyes dijeron cada uno a su singular modo que uno publica para dejar de corregir borradores. Pero puede pensarse también que un libro no es sino un borrador que ha atravesado un proceso de edición. ¿Qué nos autoriza para darlo por terminado? ¿En qué momento se realiza la milagrosa operación que transustancia --en el sentido de la metempsicosis católica-- un borrador en un libro, en un producto cultural? A lo mejor tiene que ver con la intervención del editor o con las opiniones de los reseñistas o con la forma en que, mucho o poco, al leerlo, cambia la vida de sus lectores. Pero no me convenzo.
Me gusta el borrador porque es --según yo-- lo que más se parece al instante de la lectura: cuando vas avanzando por la página sin saber a dónde vas, sin intención de llegar tampoco; un instante de apertura frente a lo inesperado. Entonces me viene a la cabeza la famosa frase de Valéry sobre los poemas: que no se terminan sino que se abandonan. Pero tal vez hay otro abandono (¿previo, paralelo, complementario?) que ocurre en el escritor al ir avanzando, retrocediendo, moviéndose en ese espacio textual con absoluta libertad: la deadline, la temida fecha de entrega, no existe cuando uno se plantea simplemente escribir. Abandonado a su suerte, el escritor simplemente se mueve por la página, y la escritura es como la rebaba de ese movimiento interior de un sujeto abandonado a la imperiosa necesidad de no quedarse quieto. Borrador: una inquietud.
La publicación complica todo; el tiempo del borrador se parece a los ciclos de la tierra y las estaciones: un borrador se cultiva, se poda, a veces se extrae de él una caja de frutas y se lleva a vender al mercado, pero el borrador sigue ahí, tan campante. El libro no: el libro siempre se va a parecer a sí mismo, lo que permite el milagro de la relectura, en el cual el libro se ofrece diferente porque el lector ya es diferente. En mi práctica me veo enfrentándome día a día a una misma parcela de borradores que simplemente se renueva según las estaciones del día. La mente funciona como un cielo, a veces despejado, a veces tormentoso. A mí también me parecen chocantes estas metáforas agropecuarias, pero provengo de una familia de campesinos, y aunque nunca he sembrado ni siquiera una maceta de cilantro me siento más atraído por los ritmos de la tierra que por los de la máquina.
Miento, como siempre. Pronto publicaré un librito de ensayos titulado La maquinaria de la escritura donde me refiero a ese proceso diario de programar cuartillas y cuartillas obedeciendo a distintos intereses: el libro de sueños, el diario íntimo, los poemas, los avances de novela, el ghostwriting, y el escritor en el centro de la pista, viendo desfilar frente a él a los payasos y a los leones.
Borrador: esbozo, tentativa, tanteo, gestación, improvisación.
Borrador: esbozo, tentativa, tanteo, gestación, improvisación.
Me gusta el borrador, en fin, porque permite precisamente ese tipo de "infidelidades", de cambios o virajes de opinión: ese librito tiene dos años "abandonado" y está bien como está; hace dos años pensaba eso, o me sentía así, como un malabarista de deadlines, pero hoy escribiría una cosa completamente distinta: una entrada en mi blog, por ejemplo. Algo que nadie ha pedido y que nadie espera. Sin problema de género o clasificación, sin etiqueta ni lugar en el anaquel de ninguna parte, un pedazo de escritura fortuito y alegre, como un paseo o como una ejecución pública vista desde los ojos de un niño.
Borrador: lo interminable e interminado, lo que avanza a medida que se borra, lo que no tiene forma sino hasta que adquiere una, como el deseo mismo a secas, o como el deseo de escribir, al cual todos los demás deseos se supeditan.
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