domingo, 25 de marzo de 2012

Salvador Elizondo y la axiomática del sueño

"Nosotros, que pertenecemos a la historia, soñamos legendariamente. Nuestras imágenes oníricas son desciframientos automáticos de paleografías insospechadas cuyo significado se ajusta a una lógica de silogismos invertidos: nos es dada la conclusión a partir de la cual, mediante la técnica del sueño, habremos de encontrar las premisas."

["Los continentes del sueño", en Cuaderno de escritura.]

sábado, 24 de marzo de 2012

Al final no hay nada

[Transcripción de un apunte del 29 de noviembre de 2011.]

Una noble pretensión de la escritura, a mi parecer, es la posibilidad de decir lo que otro no se atreve, pero que, al leerlo, hace suyo. Ese es el sentido de la cita; dice Wallace Stevens en la introducción a Sur plusieurs beaux sujects que al citar no convocamos la autoridad o el sentido de lo citado en nuestro favor, sino que es, por decirlo así, como si asumiéramos la identidad no de esa autoridad sino del sentido de esa cita. En dos palabras, al citar, somos nosotros quienes dicen lo citado.
¿Y si lleváramos esta posibilidad un paso más allá y delegáramos en la lectura la posibilidad de decirnos a nosotros mismos, es decir, de expresar por nosotros esa noción escurridiza de identidad? Se me ocurrió esto con las lecturas de esta mañana. Releo mi sucio ejemplar de La comunidad que viene de Giorgio Agamben, cuajado de papelitos como piñata navideña, además de The possibility of an island de Michel Houellebecq que me prestó Manchitas, libros ambos que dan cuenta de algo así como un estado mental que me atraviesa en estos momentos; un estado que, para nombrar por sus efectos más visibles, llamaré de la posguerra.
Disfruto de Agamben especialmente  su presentación de la condición irreparable del mundo, extraída formalmente de la escolástica medieval, según la cuál se investiga la condición de la naturaleza y las creaturas el día posterior al juicio final (post iudici.) Es irreparable no por una imposibilidad de reparación, de volver a un estadio previo en una lógica del funcionamiento, sino porque no admite reparo posible --un estado fronterizo con la destrucción en sus rasgos formales, en lo definitivo que es como el carácter con que la destrucción se presenta. En una palabra: que es como es, pues el mundo después del juicio ha perdido su finalidad de guiar al hombre imperfecto en la via de la salvación. Los salvados son salvos y los condenados, condenados, si he entendido correctamente. Una imagen en otro capítulo lo resume maravillosamente: ese mundo es como las cartas sin destinatario, es decir, que han sido escritas para nadie.
Por su parte, esta novelita de Houellebecq es narrada por un desencantado y sobreeducado comediante. Las partes donde narra la irrupción de Esther, una belleza veinteañera que se le entrega casi como una última promesa de la vida (tiene cincuenta y tantos, el narrador), pero en cuya belleza se devasta: no se trata de una crítica a su estilo de vida, a su baile frenético, a la justificación de un comportamiento lascivo por el uso de drogas o alcohol, sino, simplemente, a la irreparable distancia que lo separa de ese mundo que ella representa y todos sus tópicos: el sexo como virtud de la juventud, el envejecimiento del cuerpo visto desde una mente que nunca se llevó bien con el envejecimiento, etc. Según mi parecer, la belleza encarna mejor que nada esa condición irreparable, en el sentido de algo que no puede ser de otro modo sino del que es: la belleza es devastadora, es amoral: es. Uno queda expuesto en un doble sentido al aparecer de la belleza; por un lado, la belleza exige toda nuestra atención al exponerse frente a nosotros. Se expone porque no la propiciamos; no se trata formalmente de la belleza como la consecuencia de la acción de un sujeto (aristotélicamente, del paso de la potencia al acto), sino que potencia y acto son indistinguibles. (Estoy analizando rápidamente y haciendo grandes elipses; sobre todo, estoy jugando.) Esta primera condición de la belleza es aletheia, es decir, es ser en su aparecer, en su ser evidente al aparecer. Por otro lado, la segunda condición de la belleza es que nos expondría a nosotros mismos o al sujeto, que seríamos nosotros mismos lo expuesto frente a nosotros, un factor de lo expresado. Pienso en esta segunda acepción de exposición como un desnudar o revelar.
No me seduce pensarlo platónicamente como que la belleza revelaría en nosotros la idea de la belleza que siempre estuvo ahí, o que en todo caso la confirmaría. No: nos expone en el sentido en que nos quita una capa de piel, nos deja expuestos; la belleza nos despelleja vivos, nos deja hechos un cuajo sangriento. De este proceso brutal, claro, la belleza no puede hacerse responsable. Tal vez la tercera condición de la belleza sería su ser como ser indiferente. Habría que pensar, claro, si la belleza es un universal o un particular, etc., línea que me da un poco de pereza por ahora. Lo que me revela este devaneo, por lo pronto, es que al pensar la belleza le he dado atributos de mujer, o que la he identificado claramente con una mujer.
[Un buen amigo mío], por ejemplo, nunca se repuso de la belleza de su mujer, de la que lo dejó hace tiempo. Era demasiado bella; tan bella que lo sigue siendo, que desde la ausencia lo sigue (sobre)determinando. No importa que ella envejezca, todas las mujeres palidecerán siempre frente a esa pelirroja. Es como si te hubieras habituado a filetes kobe (¿podrá uno habituarse realmente a algo?) y luego te pusieran en un mundo lleno de Mc'Donalds. No es que no haya belleza posible para él, supongo, sino que toda otra belleza está en referencia a esa belleza absoluta que tuvo y lo marcó definitivamente, irreparablemente. Lo dejó mohíno y como castrado, tanto que a ratos me parece que hablar con él es hablar con un santo de la desidia sexual, uno que llevara el cuerpo como una ruina a cuestas, un recuerdo que le pudre la líbido (¡u, horror, la curiosidad!) como para dejarla en sacrificio al recuerdo de esa belleza, para  que desde su siempre estar perdida, lo habite. Siento que [mi amigo] ya no busca mujeres por respeto a esa mujer que perdió, que está perdiendo siempre. 
Es por eso que en un inicio introduje el citar como un hablar en lugar de. Mis lecturas del último año no tienen sino ese objetivo: el ser predicados o comentarios u órbitas de un (imposible) modo de pensar una mujer. Es decir, que leo para obtener un modo específico de pensar a esa mujer, para que no se me estanque como idea. Últimamente me pareció aterrador que esto se volviera una idea fija, pero de algún modo uno no puede sino dejarse ser, es decir, de ser según las obsesiones, en mi caso. Es un cambio en mi relación conmigo mismo, pero al final sólo es. Los temas de los que uno decide escribir al final lo revelan en el sentido que lo crean. Quisiera quedarme en la feliz trivialidad de escribir por capricho, porque simplemente algo no pudiera no ser escrito; en cambio, me veo escribiendo como tabla de salvación. No me gusta, para nada. Pero es así.  Si no escribo me voy a morir -o, vaya, al menos me voy a aburrir enormemente- bajo todo lo ausente de esa mujer. 
¿Quedará pendiente todo lo que quería hacer? ¿La crítica a la ideología, la estructura de la "universidad doméstica", esa utópica epistemología de lo privado, los dos o tres libros de ensayo que quería hacer sobre poesía latinoamericana jovencísima, el desarrollo de la crítica a la editorialización de la vida privada en la escritura de las redes sociales? ¿El escarceo performático del libro como acto en vivo? ¿El libro de (desde, en, entre, hacia, hasta, para, por, sin, según, sobre, tras) los sueños? ¿Lo dejaré todo por escribir para entender la condición de ruina que dejó una mujer al pasar por mi vida? Y más, ¿puede entenderse algo así?
Quisiera ser Sophie Calle y delegar este entendimiento en una expresión artística comunal, que hubiera un documento como una carta de despedida que usar como leitmotiv. Pero no hay. Al final es eso: no hay nada. Al no estar ella, al seguir no-estando, al no poder citarla, no puedo ser. Y se siente de la verga.

Este es el lugar de nada. De otro modo: esto escrito está en el lugar de lo que no está.

sábado, 17 de marzo de 2012

Resignarse

, En la cabeza del resignado aparecen los primeros rasgos de la desazón, un indudable gesto abatido: el rostro paralelo al suelo, como a punto de tocarlo, los brazos colgando a los lados, sin moverse mientras camina, como mangas de un abrigo mojado, la mirada no perdida, ausente. El resignado puede o no caminar: de todas formas sabe que no va a ninguna parte, o mejor dicho, que no tiene ningún lugar a donde ir. Todo lo que ve lo signa con el monograma de la incertidumbre.

From my rotting body, flowers shall grow and I am in them and that is eternity. 
Edvard Munch  

, Retoño, retorno. Desde que llegamos a esta casa, veo un árbol podado por el salvaje equipo de obras públicas de la ciudad. El árbol quedó hecho un muñón de ramas. De las gruesas ramas de la jacaranda crecen palitos delgados y finos como dedos, un alfiletero disfrazado de árbol. Desde que llegamos a esta casa comenzaron a salirle retoños pequeñitos en las puntas. Esta mañana, la muchacha araucana también se pintó las uñas de verde, como una muchacha que se disfraza discretamente de árbol.


, El gesto del resignado difiere enormemente del gesto del derrotado; mientras el derrotado puede o no aceptar una derrota que se le presenta como definitiva, el resignado no busca explicación para su derrota. La incertidumbre del resignado no es la incertidumbre del filósofo, la duda fecunda, la pregunta imprudente, la curiosidad infantil; su incertidumbre es la tierra yerma, el monótono mapa del desierto que se le presenta como el grado último de la intemperie. El resignado es el gran optimista: lo acepta todo sin cuestionarlo.

, Resignarse a la cotidianidad, ese signo en movimiento, esa moneda en el aire. Ponerle buena cara a este piso limpio, a este lugar transparente. Falta ordenar los libros, pero quedaron bien, cupieron todos. El librero nuevo soportará --se resignará al peso mudo de los libros cerrados. En esta casa no hay libros en el piso. Hay un pasillo largo que separa (resignifica) el ámbito de lo público y de lo privado; se entra a la pieza como por un túnel. En esta casa hay plantas, hay fruta y hay olor de niña. Prefiero fumar en la ventana viendo el árbol porque me gusta el olor a niña que se impregna a los objetos. Ese olor me gusta más que el olor del tabaco negro, y vaya que me gusta el olor del tabaco negro. Las niñas huelen bien, lo supimos desde siempre. Son suaves, además. Son más ricas que el tabaco negro, por si fuera poco. A veces se cierran sin fisuras, como piedras, y no dicen nada. Las niñas son gente sumamente extraña, pero está bien; me he resignado hace tiempo.  

, Resignar, cambiar de signo. Operar un tipo de violencia semántica que afecte el valor de un signo, que --alquimia-- lo transforme en otro. ¿Sobre el signo? ¿No será más bien una violencia sobre la lectura de ese signo, sobre su codificación? Y en todo caso, ¿qué quedará de lo que fue, del signo previo o del código previo al que ese signo estuvo sometido? ¿Quedará, si algo queda, la ruina del signo, un ante-recuerdo previo a una irrupción resignificadora? ¿Cómo hacer compatible el gesto abatido del resignado con el conquistador, el poderoso de la resignificación?

, Resignarse a la poderosa resignificación de la felicidad. Que dure lo que dure. Ya ni modo.

, En las funerarias, una palabra que circula con tanta facilidad como el café en vasitos de unicel es precisamente "resignación". Los deudos se la recomiendan mutuamente como si fuera un libro o una vitamina saludable. A los más histéricos incluso, se les impone: resígnate, les dicen, como si uno pudiera sencillamente tomar el signo que trae puesto y cambiárselo por otro, como una bufanda vieja que se reemplaza. La resignación mortuoria es también un (re)signo de una convención religiosa. La paradoja es de sobra conocida: el libre albedrío sirve para aceptar libremente esa voluntad divina. Resignado (es decir, asumiendo el signo de una fe que no se lleva bien con los temperamentos inquietos y curiosos), el creyente se aviene a poner sobre su dolor el signo de la obediencia. El que pide consuelo --es el subtexto-- no necesita dudas, necesita instrucciones, un manual para la pena.

, Resignificaciones áuticas: las serpientes que cambian de piel, los tiburones que cambian de dientes, la adolescencia toda, la araucana cuando se pone la pijama, la lluvia en general. Seres que, cambiando, se disfrazan de sí mismos.

, Resignar: mudar de signo. Resignificación: mudanza, maleta de signos, calidad portátil del sentido. Resigno: resignifico: acepto lo mutante, lo que cambia de forma, lo que, para volverse sí mismo debe permanecer en tránsito.

, Yo no me resigno. Yo te estoy perdiendo siempre, infinitamente. Aunque te tuviera te estaría perdiendo. Tan acostumbrado me tienes.




miércoles, 14 de marzo de 2012

El escritor es Nadie: 62 provocaciones sobre la escritura en redes sociales (en 140 caracteres o menos)

[Esta pretende ser la primera conferencia tuiteraria del mundo mundial. Fue dictada a un auditorio de estudiantes durante el XI Encuentro Nacional de Escritores de Tierra Adentro, en la ciudad de Puebla. Se supone que en algún lado se publicaría. Y pues eso.]

Utilizando como punto de partida la estructura de un TimeLine de Twitter (una sucesión de entradas que se actualizan en tiempo real), traté de reproducir la sensación de interés y dispersión que por igual despierta la experiencia de lectura en esta red social. Este formato pretende ser congruente con la estrategia que Twitter presenta como interfaz, tanto de lectura como de escritura. Como suele ocurrir con autores como Tólstoi, Dante, Homero o Cervantes, es más lo que se dice acerca de ellos que lo que se les lee efectivamente; Twitter y otras redes sociales, así como otras tantas interfaces de edición de la personalidad en el universo 2.0 (provocación que espero desarrollar en un futuro próximo), no están ni más ni menos inclinadas a favorecer la creación artística que los medios tradicionales de producción: en tanto tecnología, es decir, en tanto herramienta, todo depende del usuario, del uso. Claro, hay matices, condicionantes, prácticas que necesitan revisarse detenidamente y conforme a casos: hablar de Twitter en general es igual de torpe y parco que hablar de literatura rusa en general. Los puntos que expongo a continuación no son ni mucho menos extensivos, pero pretenden trazar un mapa de coordenadas rizomáticas en torno a la lectura en medios digitales y a la escritura misma que es, en la tablilla sumeria o en la hipermoderna tablilla iPad, siempre su propio basamento, su propio pastiche. Todos los puntos siguientes no están ordenados por ninguna jerarquía, y están conformados en 140 caracteres o menos, por si el (improbable) lector se lo preguntaba.




  1. El libro es otro modo de decir "interfaz". Un libro es un medio interactivo.
  2. La virtualidad del libro, impreso o digital, no está definida por la interfaz.
  3. Un libro impreso, en una biblioteca, es tan virtual y lejano como 20GB de e-books sin leer. 
  4. Temor de que la memoria se pierda en formato electrónico. Rebate: la cultura sobrevivió a pesar del fuego de la biblioteca de Alejandría.
  5. Frente a la absurda pugna que opone medios impresos a digitales como prácticas escriturales contradictorias, apostar por la escritura.
  6. No romper lanzas por el libro impreso ni por el e-book, pero romper todas las necesarias por la escritura.
  7. Escribir en tanto mecanismo performático es elegir una palabra en vez de otra, así como su orden, para promover un sentido posible.
  8. La escritura siempre es virtual, siempre está por ser.
  9. Actualizar: llevar al acto; lo virtual de la escritura implica una elección, un acto que no se consuma, que según Valéry sólo se interrumpe.
  10. Editorializar: elegir.
  11. Twitter implica una función editorial: la creación de una antología o libro vivo, en constante alimentación y modificación.
  12. Más que de escritura, sospecho que el meollo de Twitter es la edición.
  13. Un timeline es un contexto de sentido. Es donde puede ocurrir la escritura colaborativa, los cadáveres exquisitos, los juegos de palabras.
  14. Twitter es al siglo xxi lo que los salones literarios eran al siglo xvii.
  15. Twitter tiene el mayor índice de palindromistas en cualquier red social. [Información no verificada, ni siquiera por wikipedia.]
  16. Twitter como película de contraste que revela al redactor de guarradas, al aforista dormido, al pedante moralino, al pedante a secas.
  17. Merecer “el alto honor de la tipografía” que decía Borges, es una actitud. Publicar en Twitter o hacer libros no hace de nadie un escritor.
  18. Las tecnologías de la información suprimieron (¿fusionaron?) la escritura de la edición: escribir en Twitter es publicar.
  19. Leídos de manera aislada, muchos tuits no tienen sentido: su sentido se conformó por el contexto de un momento.
  20. Perdido el instante, el tuit se perdió. Es cierto, el instante los ha vencido. Pero ha sido un gran instante.
  21. Toda escritura es una posición política. Escribir en Twitter es, entre otras cosas, apostar por una política de la desaparición.
  22. Acaso desaparecer no es sino apostar, en lugar de por la trascendencia, por una más modesta vigencia.
  23. ¿Diferencia del escritor impreso contra el escritor mínimo? Proyecto: espectros temporales, públicos diferentes, carácter (nomádico o no).
  24. Todo acto de lenguaje implica un grado de ficcionalidad. El lenguaje es ficción. Toda palabra comenzó como metáfora, como poema.
  25. Facebook implica una editorialización de la vida privada: seleccionar las partes de nuestra narrativa personal que hacemos públicas.
  26. Oprimir “enviar” ya es publicar un contenido. Con menor o menor fortuna, escribir en Twitter es publicar en Twitter.
  27. Escritores secretos: Fernando Pessoa, Robert Walser, Emily Dickinson, Georg Christoph Lichtenberg.
  28. Asumir que el lector siempre sabe más que el escritor (Borges). Apostar por un tipo de escritura que construya y merezca un mejor lector.
  29. La escritura no es inocente: un evento en Twitter, según la nueva ley promovida por el gobernador de Veracruz, Javier Duarte, vale por su lejanía con la ficción.
  30. Un Estado que penaliza la libertad de expresión ha perdido la capacidad de proyectarse en el futuro. Mata utopía.
  31. En tiempos de fascismo político, el primer enemigo es la ficción, pues la verdad es cuestión de Estado (¿de Facebook?).
  32. Twitter no es fragmento: un tuit es su ámbito de significación entero.
  33. Twitter es fragmento: piezas de un discurso para armar.
  34. Un escritor “tradicional” con Twitter, no es un escritor de Twitter necesariamente. Suelen, de hecho, ser los más aburridos de leer.
  35. Autopromoción: pena ajena de ser agente de uno mismo en lugar de ser agente de la escritura.
  36. En términos comerciales, el tuit puede ser la muestra gratis para llegar al lector.
  37. La definición de un género literario condiciona y no condiciona la producción y la recepción de una obra.
  38. Obras interesantes, las que problematizan sus condiciones de producción, sus formatos: las que son conscientes de sí mismas.
  39. El tuit es consciente de que un tuit es un tuit es un tuit es un tuit.
  40. A un escritor “tradicional” se le convoca para aparecer en su papel de escritor. Sartre y Zaid están de acuerdo en este punto.
  41. La presencia del escritor es una representación de sí mismo. Un avatar.
  42. El escritor que yo veo, y no sólo en Twitter, sino a secas, es el que desaparece para dejar en su lugar vacío la escritura.
  43. El escritor, si es tal, es Nadie.
  44. Twitter no amenaza las prácticas escriturales ni sociales de la ciudad letrada.
  45. Twitter reproduce los mecanismos de reconocimiento y exclusividad de la ciudad letrada.
  46. Para decirlo pronto, Twitter reproduce las mejores y peores prácticas de la ciudad letrada.
  47. La condición de la literatura, según Terry Eagleton, es el contexto de significación con que el lector recibe una práctica de escritura.
  48. De otro modo: si alguien lee literariamente un texto, es literatura, aunque se oiga un rechinar de dientes al fondo de la sala.
  49. Una cuenta de Twitter existe a través de una línea editorial reconocible, por la cuál otras cuentas la “siguen”, la leen.
  50. No se siguen 100 cuentas, nos suscribimos a 100 líneas editoriales.
  51. Segmentación: es claro que de los millones de cuentas existentes no todas tienen intenciones literarias o culturales.
  52. Según mi modesto cálculo, en español no son más de 1000 o 1500 las que producen contenido original. 
  53. Un retuit pertinente es contenido original.
  54. Yo sigo (leo) a 160 que me parecen, a veces, demasiadas.
  55. La imbricada cortesía del follow y unfollow sólo se conoce estando en Twitter. Estas pueden condicionar prácticas de escritura y lectura.
  56. Twitter: performance de la escritura, abolición de la brecha entre escritura y publicación.
  57. Temor a la masificación de la intimidad. Rebate: importancia desmedida de lo propio. Tus 70 contactos de FB no son propiamente una masa.
  58. Temor a la masificación: tus 5,000 seguidores de Twitter sí conforman una masa, pero tú alimentas su curiosidad, su asombro o su morbo.
  59. Como los lectores de siempre han sabido, todos tenemos derecho a la curiosidad, al asombro y al morbo.
  60. La escritura no necesita consenso ni legitimidad para operar. Una obra problemática es más interesante que la que no duda de sus supuestos.
  61. El procedimiento obedece a la intención de la obra.
  62. Una lanza rota: escribir en Twitter es hacer desaparecer al escritor para que la escritura aparezca. Y luego, naturalmente, se disuelva.
La escritura invisible también tiene lugar.

martes, 6 de marzo de 2012

Monólogo de la mujer que lava el agua - Juan Manuel Roca



Lavo el agua, que es
Como lavar la liquidez del tiempo
Bajo los puentes.
Fontanera soy
De la secreta grifería del río.
Lavo el agua, que es
Como tocar el arpa de la lluvia,
Como volarle al tiempo sus esclusas.
Lavo el agua
Para que el árbol duplique sus frutos
En el espejo que huye.
Para que la muchacha desnuda
O el niño que come duraznos carnosos
Laven su piel con piel de nube.
Lavo el agua
Para que los ahogados del mundo
Hagan su danza muda
Entre un enjambre de peces.
Para que la araña
Camine como un pequeño profeta
Sobre el lago,
Toco las aguas como la cabellera
De un violín.
Soy la pequeña adoradora,
Hidrólatra con su bastón de nácar.
Estoy hecha de tiempo,
Como el agua en la hierba,
Como el agua en el agua, como el agua.

En Monólogos, 1994.

domingo, 4 de marzo de 2012

Días

Los días de la semana llamados precisamente "de entre semana" o laborales, terminan en "s" porque son plurales. En realidad hay numerosos lune en cada lunes, incontables marte en martes, como hoy que escribo esto en uno de los últimos marte, tan marciales de este marte como todos los marte (vaya, que no por nada nací en uno de los marte que habitan los márgenes de los martes), y así con las unidades de miércole, jueve y vierne que caben en cada conjunto de los días.

La pluralidad de los días les aporta así mismo ese peso específico que tienen sólo aquellos de entre semana. Sé que mi vida es mucho más sencilla (y por sencilla quiero decir "sedentaria") que la de mucha gente que vive en la ciudad: se levantan un lune por la mañana y tardarán algunos lunes aún en llegar a su oficina, en atender los asuntos del día, lo que es decir, en ordenar lune tras lune hasta volver a casa en un tráfico similar al de los lunes de esa misma mañana y echarse pesadamente al lado del significant other, con quien probablemente tengan sexo brevemente, ni siquiera un día completo, un lune fugaz o lo que permita el cansancio, aunque es poco probable que ellos cojan en lune de cualquier modo.


Pero mi sentido del tiempo es mucho más lento. Lo que quiere decir que no sólo vivo múltiples días en un sólo día, sino que incluso me parece que las semanas se acumulan dentro de cada día, y tal vez por eso sería recomendable que me rasurara varias veces al día. Semanas e incluso meses apelmazados dentro de cada día, como una ciudad metida dentro de un pequeño cuarto. Esa imagen me recuerda a La vie mode de emploi de Perec. Tal vez se trata de eso: el asunto de la simultaneidad. No es que mis días tengan más días que los días de la gente, sino que me ocurren varios días al mismo tiempo. Vaya, que no quiero sentirme especial ni mucho menos. De buena gana me gustaría vivir menos miércole de los que efectivamente me tocan, como toda la gente; sólo busco alguna razón, incluso en la idiotez, para dar cuenta de este cansancio que me acompaña desde que nací.

Los fines de semana, por otro lado, son días escritos en singular: hay un sólo sábado en cada sábado, he ahí la tragedia: experimentamos el día entero en toda su longitud, lo que para el domingo aporta esa sensación de total desfallecimiento y hartazgo. No hay nada simultáneo en los domingos porque todos nos compartimos una plasta informe de tiempo, a diferencia de los días de entre semana, cuando el ritmo de la vida nos permite tener a cada uno múltiples días a nuestra disposición. Este plural me es un poco incómodo; hasta en la segunda persona del plural la gente me molesta sobremanera, como si al igual que los días yo pudiera hacerme responsable de lo que coño piensen o sientan los demás, como quería Sartre. A duras penas puedo hacerme responsable de mí a ciertas horas de los día (así, en singular, diferenciando claramente los varios días del día) como para pensar en la humanidad; la idea de salvar al mundo, por tanto, me da vértigo en su simple formulación. 

Para ejemplificar el paso de los días, o el paso repetido del día en cada día, como en los fines de semana, nada mejor que las anotaciones de los diarios. Por ejemplo, este que encuentro en mi cuaderno sobre el conjunto de los lune 19 de septiembre de 2011: traté de escribir muy temprano, como siempre, un par de días por la mañana; desayuné solamente en medio día mientras leí las cartas de Flaubert a su madre; luego me puse a trabajar en cosas de la oficina hasta el día de comer; leí durante varios días The parallax view de Žižek, hice algunas notas durante un par de días y me puse a ver películas; al final del día había visto Apocallypse now!, People are strange, genial documental sobre The Doors, además de The Devil and Daniel Johnston y Naked ambition: an R rated look at an X rated industry, pretencioso nombre para un aburrido documental sobre porno. Naturalmente, hice notas sobre todas ellas durante varios días. Aún me quedaba tiempo para ver Where the wild things are, pero se trabó el stream de Cuevana a la mitad (por aquellos conjuntos de días comenzaba la debacle de la otrora heroica página), por lo que me puse a leer a Blanchot durante unos días y luego a Montaigne, lo cuál me cansa siempre por la necesidad de tener el diccionario latino a la mano, pero siempre lo encuentro provechoso. Durante otro lune registré en el diario que leí un artículo no malo de Carlos Fuentes sobre Onetti y me dio tiempo para escuchar aún el Stabat mater de Bach. La última nota de ese lune fue precisamente "Johann. Sebastian. Fucking. Bach. Estoy vivo."

En ocasiones ese apelmazamiento del tiempo se refleja en la escritura, incluso en sus formas más humildes: uno puede tratar una variedad de asuntos en los 140 caracteres de Twitter o en los 160 de un sms. En el último mensaje directo que mandé hoy (y seguramente no el último) traté lo siguiente: el aplazamiento de una cita ya muy aplazada; una somera explicación de mi carga laboral; un insulto velado hacia un amigo de la susodicha; un coqueteo discreto (mañas de soltero); me alegré también sinceramente por una buena noticia suya y lo expresé de un modo alegre mas suscinto, además de lograr meter en ese breve espacio una cariñosa pero ciertamente distante despedida. El regalo de los dioses es la connotación en el lenguaje, claro que en un mensaje directo estamos hablando de una forma epistolar, donde los corresponsales tienen contextos que permiten comprimir aún más los sentidos dentro de sus palabras, como si fueran sabores dentro de un mismo plato. Pero en un tweet "público" la cualidad referencial puede suspenderse temporalmente: escribimos a modo de oráculos y el sentido será, si acaso, pura atribución del lector. Dicen que escribo sueños por las mañanas cuando en realidad estoy escribiendo recetas de cocina. Nadie me entiende.

No es extraño ver también como se matan los "novelistas" de mi generación trabajando desde un temprano marte para completar una especie de cuota autoimpuesta, siempre insuficiente. Pienso para mí que tal vez podrían ser más "productivos" (¡horror de palabra!) si dejaran de postear por Twitter o Facebook el número de palabras que acumulan en su mismo insufrible mamo(n)treto; en esta lógica de la acumulación no lineal no queda claro que entienden bien a bien por "palabra": ¿les daría lo mismo llenar cuartillas con monosílabos, lo que daría una mayor contabilidad de palabras, y despreciarían en cambio las musicales esdrújulas por tratarse de palabras generalmente largas, es decir, que ocupan mayor espacio de su preciada cuartilla pero aportan menos al conteo de palabras? Misterio. Por mi parte dudo mucho ser capaz de escribir una novela, por el simple hecho de que, aunque mis días tengan más días que los días en general, mi impaciencia también se me agolpa exponencialmente, por lo que me forzo a terminar de escribir cada día lo que empiezo. Es ahí donde me asquea la noción de productividad referida a la escritura: parece que no ha sido atendida la lección de la Liebre de Marzo en Alicia en el País de las Maravillas, a saber, que uno termina de escribir cuando dices todo lo que tienes que decir. El problema es que algunos escribimos terminando.






Termino. Escribo que termino. Tremo la trema del término termoral.

domingo, 19 de febrero de 2012

Yo

Yo ya no puedo seguir insistiendo en ser salvajemente otro
--aunque no un otro cualquiera,
pero tampoco puedo anclarme en la rutina
de ser un yo sin yo,
de ser un yo cualquiera,
de ser un accidente de avión
sin sobrevivientes.

Soy al menos dos en este instante,
soy otro y su memoria
sin que la memoria sepa dar cuenta
del origen de ese yo,
y sin que ese yo se sienta a sus anchas
en esos recuerdos,
viendo el pasado inmediato
como un zapato de talla incorrecta,
o como un vaso de agua limpia
al que han quedado restos
de materias en el fondo
cuya procedencia en lo flotante
desconocemos.

No me reconozco en mí,
sólo en mi diferencia.
Lo mío está en entredicho,
y soy como un yo a punto de pronunciar
"yo",
al modo en que el mar recoge sus arreos
para lanzar un argumento rumoroso
contra la dura piedra de la orilla,
y sobre la cual insiste,
donde cada ola es todo el mar,
y donde toda la historia del mar y de la tierra
es un argumento de paciencia,
de feliz necedad,
acaso de amor.

Escrito con los besos de Andrea aún frescos
como cicatrices que saben curar.

domingo, 5 de febrero de 2012

Secretos

, Odio los secretos. Pero apenas se les ve de cerca los secretos parecen ser el verdadero capital: el elemento más ductil, el que puede transformarse en información, dinero, favores, lealtad. Los secretos son un trabajo de tiempo completo.

¿Qué es lo que esconde esa caja de Drágor? En ella debe haber algo especialmente valioso, ya que, desde la distancia de tres miradas, vemos que es preciosa. (...) Sin dejar de sonreír, Drágor nos explica: la caja no estaba vacía, en ella estaba el Misterio, he aquí que la seda está un poco arrugada y aún caliente, pero como la hemos abierto... [Atlas descrito por el cielo, Gorán Petrović , (pp. 80-1.)]
, Mi crianza transcurrió en el aprendizaje de algunos valores teóricos relativos a la convivencia con el otro, que solamente valían como tales mientras alguien nos observara. Mi verdadero aprendizaje vital ocurrió siempre al margen de las miradas, en el "lado B" del mundo, por decirlo así. Sistemáticamente comprobé que era mejor desaprender todo lo que se supone que uno debe aprender para ser una buena persona, una persona confiable, respetada y a su modo apreciada por otras personas. Pero también eso es discurso: estructura, forma, "modales": al modo de la música, la complejidad de la composición en ocasiones se sobrepone al mero placer de escucharla. ¿Qué digo? Que en realidad mi maldición es poner atención. Me explicaré.

, No sé si parte de la educación sentimental de la gente transcurra en los años de formación del mismo modo que transcurrió la mía: una tras otra todas las barreras fueron cayendo. Encontraba contradicciones, faltas, deslices en todos los modelos de conducta, en todas las personas, en todas las creencias. Huecos, porosidades, pequeñas manchas. Mi capacidad de atención va de la mano con mi curiosidad: siempre he podido ver muy claramente los elefantes blancos en el centro de las habitaciones. Pero la ingenuidad siempre me jugó en contra: creí que eran tan blancos y gigantes, que su mierda era tan evidente para los demás como para mí mismo. El verdadero aprendizaje, parece ser, consiste en dejar a los malditos elefantes en paz en vez de describírselos a los demás (que, por otro lado, los ven tan bien como uno, pero han aprendido a no ver).

, Llegué a creer que en realidad la subjetividad necesita de los secretos para conformarse. Una historia vital no puede transferirse: se cifra en experiencia, en actos, incluso en los más irrelevantes. De manera simple, el desayuno de esta mañana es un secreto: me conforma el saberlo tanto como el alimento, y me conforma que sea información, aunque anodina, que no sabe nadie. Nos dejamos seducir por la idea de los hitos, como en la Escuela de los Anales: el evento es el modificador de la historia, pero el desayuno de Napoleón antes de Waterloo también es fundamental, de un modo que se nos escapa. Como la victoria. Como el deseo.

, Ante la evidencia, la mayoría de la gente opta por abrirse. Algo cede y termina por quebrarse: el relato en que consiste la vida para cada persona tiene siempre capítulos que son difíciles de asumir si no se cuenta con un oído ajeno para atestiguarlo: atento, receptivo, paciente, imparcial. Un espectador secreto de sus pequeños dramas. Así pues he visto desmoronarse frente a mí a demasiada gente bajo el peso de su propio relato. Luego lo olvidan y se atienen al guión que ya interiorizaron, y que creen que es la verdad, y que los mantiene estables. Por fortuna para ellos, los dioses que me dieron la capacidad de la atención, los ojos y oídos muy abiertos, también me dieron una capacidad de memoria muy limitada. Soy el perfecto espectador, porque la historia que escucho la olvidaré rápidamente, la asimilaré, me quedaré con su esqueleto y olvidaré los detalles: las fechas, las direcciones, el color del tapiz, los nombres propios y sus apellidos.

Por ti y no de ti está hecho el poema
Si es por mí, para ti (ojalá lo leyeras)
no sin luego romperlo en pedacitos
--constituye una prueba para la acusación--
Pero descuida: no guardas, lindura, en tus calzones
el único ejemplar de esto que hago por ti
Guardo copias, preciosa, te destino
a unas Obras Completas, y, en la vida, a estos besos.
[Al bello aparecer de este lucero, Enrique Lihn (p. 10)]
, En mi ingenuidad adolescente solía confundir esta capacidad de atención con algo como "ser comprensivo". Mi error me llevó a enrolarme en las filas de los psicólogos, los médicos de almas. Mi desencanto llegó cuando la directora de carrera me comentó, como si tal cosa, en medio de una conversación, que el psicólogo no puede empatar realmente con el paciente: que esa historia, esa información, ese secreto no puede tocarnos realmente. Para la clínica está muy bien y es lo adecuado (por eso desconfío de ella completamente), pero mi hambre --¿puede llamársele hambre a esta voracidad?-- de historias no se contenta con el testimonio. Esa información duele: cambia la vida de la gente, la modifica y modifica, me parece, a su receptor, a su espectador, a su albacea. Uno no es el mismo después de exponerse a una serie de palabras ordenadas, a una historia. Como la geología de las bahías, el incesante rumor que trae el mar nos modifica lenta pero definitivamente.

, El modo más sencillo de ilustrar esta modificación es que la idea de verdad, como una playa, se vuelve porosa y maleable. La gente ha sabido siempre que puede confiar en mí. Sabe que no saldrá nada, que no diré nada, pero este capital de secretos me modifica: sé que tú, que me confiesas que engañas, eres engañado también. Para guardar un secreto, debo crear una mentira. Pero no te preocupes, también mentiré por ti: hablaré el idioma de las piedras.

, ¿En quién puedo confiar yo? No hay nadie que tenga mi historia completa. Gente cercana a mí, afectivamente, tiene pedazos más o menos considerables de información, del capital del secreto en términos de eventos: ellos y ellas (sobre todo ellas) conocen mi relato, lo vivieron conmigo, lo padecieron, lo disfrutaron, pero sobre todo lo mantienen encerrado. ¿Por qué? Porque un secreto sólo es tal mientras se mantiene encerrado. Es de vital importancia que gente que no conozco --y espero nunca conocer-- o que conozco y que quiero no se entere nunca de ciertas cosas: su ignorancia es su felicidad.

, Con M. establecimos una política de absoluta honestidad: nada estaba cerrado en nuestra relación. No existían puertas, sólo ventanas. Todo era explícito, todo el tiempo. Por supuesto, era intolerable y fue lo que nos destruyó eventualmente: nuestra incapacidad para mentirnos, a nosotros mismos y al otro.

, A veces creo que hago estos posts tan largos en realidad con la secreta intención de que nadie los lea: de poder esconder algo realmente interesante en el centro de un montón de basura. Tal vez escribir no es sino construir monumentales pajares para una o dos agujas.

, Hay cosas que la gente no debe saber por su propio bien. Esta actitud anti-filosófica me es sumamente difícil de asumir; sin embargo, ¿cómo posicionarse frente a una verdad? ¿Una verdad es más verdad cuando permanece en secreto o cuando se la comunica? ¿Sólo lo explícito es verdadero? Ignorance is bliss, dicen. Y estoy totalmente en contra. Pero así es en ese brumoso contexto que la gente llama "la práctica", la "vida real", con todo lo que la "vida real" tiene de relato acordado, de coreografía, de mentira, de funcionalidad obscena en su ocultamiento, en su alevosía.

, Pero entendamos, cabeza: el acto ético también debe negociarse en la potencialidad del daño: los descargos de conciencia, las catarsis, las explicitaciones, todo eso que mejor haría la gente en callarse en ocasiones, al asumir la impotencia de sus efectos, hace menos daño oculto que descubierto. La gente no quiere saber quiénes son sus verdaderos padres, no quiere saber que su pareja lo engaña, no quiere asumir que es gay, que odia lo que estudia, que odia a sus padres, que quisiera no haber probado cierta carne, que quisiera no haber visto ciertas cosas.

, Pero también dicen que la verdad os hará libres. Claro: la verdad que estás listo para asumir. El resplandor de la verdad puede destruir. Yo prefiero tener toda la información disponible, juzgarla, pensarla, etc. Pero soy sólo yo y mi vida es sólo importante porque es mía: en general la gente no necesita saber cosas. Es increíble, pero es cierto (lo escribo y siento como si tratara de convencerme de ello, como si una parte de mí no pudiera creerlo, o no quisiera creer en la enorme capacidad de la gente para mentirse a sí misma.)

, Mi enorme boca funcionaba como traductor entre lo que la gente decía y lo que realmente quería decir. Era sádicamente divertido, a veces, cuando confrontar una verdad no asumida libera. Pero también fue muy doloroso: perdí a mucha gente importante por no saber callarme. Pero al final no puedo estar totalmente "arrepentido", o sentirme totalmente culpable: quienes me conocen saben que no suelo mentir; no se me da, no me sale, y sobre todo, no me gusta. Si puedo mentirle a alguien, simplemente no lo respeto, y si no lo respeto, no me interesa ningún tipo de relación. La paradoja es que a veces mientes u ocultas cosas precisamente por respeto a esas personas. Al final uno se queda muy solo viendo cómo la gente se miente a sí misma, desde lejos, con su pequeño amor por la verdad, cultivado en privado, como el joyero de ese poema de Cavafy que crea los objetos más hermosos y perfectos hechos de las piedras más preciosas, de los engarces más elaborados, de los brillos más selectos; y al frente de la tienda, cada mañana, pone sólo lo que interesa a los paseantes: collares, anillos, vulgares pulseras.

, Consuelo metafísico: que el planeta y toda su historia son un relato secreto en la gran historia del universo. Llegará un día en que todo nuestro preciado conocimiento de las cosas tendrá el mismo peso que el más hermético secreto, tan desconocido como si no hubiera existido nunca.

, En realidad, todos mis secretos son relativos: hay decenas de cuadernos apilados en las cajas de las muchas mudanzas: en las tres bibliotecas en que consiste todo lo que tengo está todo escrito: en realidad no puedo guardar secretos sobre mí: todo lo que me ha tocado está escrito en ellos, entre anotaciones sin importancia, entre bocetos, entre trabajo mixto. Todo. Soy así un ser vaciado, un ser sin secretos. Debo confiar, como en esta anotación secreta, en que la gente en realidad no suele poner demasiada atención.

sábado, 28 de enero de 2012

El doctor Livingstone, supongo

Un hombre larguirucho y medio parapléjico pasa arrastrando una tranca de metal por la acera. Un segundo hombre sale del interior del café y lo llama por su nombre. Se encamina con paso ágil a ese hombre de barba negra, joven, alto como un minarete a pesar de la joroba, delgadísimo, de mirada inocente y perdida, irremediablemente extranjera. Le hace un par de preguntas, lo lleva adentro sorteando mesas y accidentes, lo sienta en la cabecera de su mesa. La llegada del hombre larguirucho es recibida con curiosidad y expectación; los comensales le preguntan cosas, lo miran con ojos llenos de avispas, miradas entre punzantes y rápidas, risillas de aprobación, como si el recién llegado fuese un explorador legendario, un pirata, un extraterreste. No me hubiese sorprendido que el hombre de traje, el anfitrión, lo hubiese presentado a la comitiva con una frase mezcla de complicidad y elegancia, “el doctor Livingstone, supongo”, y que este café no fuera sino el lindero del lago Tanganica al anochecer. Así el extraño asombro de este espectro, como un escocés en medio de la selva. El hombre larguirucho por su parte les devuelve expresiones nerviosas de algo entre asentimiento y precaución, como un animal herido. Su mirada hueca no enfoca nada preciso, y parece que más bien barriera la superficie de los objetos al mirarlos; les presenta una boca muy abierta y torcida, de donde salen frases telegráficas, balbuceos entre infantiles y fantasmales, tensos hilos de saliva que una mujer no fea se apresura a limpiarle con una servilleta, sin asco.

Le piden una naranjada grande “con poco hielo”, porque los adultos no deben permitir que los niños tomen cosas frías en la noche, supongo. Sigo brevemente la coreografía de preguntas, balbuceos y servilletas. Vuelvo a lo mío. Me pongo los grandes auriculares circumaurales: son enormes y tienen bocinas acolchonadas que aislan las orejas de todo ruido exterior. Dos abogados del gobierno se halagan mutuamente y conspiran en la mesa de junto entre groseras risotadas, en la terraza. Son como moscas, pienso, celebrándole el uno al otro las costras de mierda pegadas a las mancuernillas. Los auriculares (ese es su nombre correcto, los audífonos son una prótesis para la sordera), al menos, le dan a uno la sensación de portar una escafandra portátil, de otorgarle al que los usa un título honorario en el país submarino de los sordos, de los tarados, de los que no están autorizados para responder a ninguna pregunta seriamente, de los que no desean más café, de los que son incapaces de formular ninguna opinión, con la suficiencia soberbia, casi con la aristocracia que sólo conceden las enfermedades incurables. Los auriculares son un gesto hostil, infructuoso, evidentemente, contra el zumbido de los abogados que comienzan a aterrizar en el resto de las mesas. No pongo música. Desearía un poco de silencio para volver a mi lectura pero la algarabía en torno es notable. Parece que una fiesta se hubiera asentado en el café con su vestido de papel de colores, con su máscara. Eso ganas por salir de casa, Raya, me digo.
Al volver la vista al interior del café observo una nueva escena: esta vez se turnan, uno a uno, los comensales para tomarse fotos con el hombre larguirucho y medio paralítico, visiblemente retrasado. Me debato entre asumir un morbo que me acercaría a la abyecta condición del curioso, del turista con cámara al cuello —casi un escándalo en el fondo de mí mismo, pienso— y la urgencia de concentrarme en la escafandra, en su música invisible, en la excepción del mundo que constituye hundir los belfos en un libro. Fallo. Están ya tomándose la foto grupal, como en esas imágenes amarillentas de los expedicionarios al África en el xix. Claro, dejemos constancia del encuentro con el buen salvaje, panda de imbéciles. Pero esos salvajes les ofrecerán potajes curados en cuencos de barro cocido con excrementos de gatos feroces; contagiados por el entusiasmo de la aventura beberán de los riachuelos, como las bestias. Contraerán la yardia, la disentería, la malaría. Fieles al encanto, morirán entre grandes dolores estomacales, bufando, echando espuma por la boca y con el ano prolapsado antes de siquiera imaginarse de regreso a esa obscena coartada del espanto, la civilización occidental.
El hombre larguirucho, idiota, visiblemente retrasado pero también cansado parpadea frente a los flashes de las cámaras y los celulares. Ha pasado una buena media hora y le ha dado apenas un par de sorbos a su naranjada. O será que los hielos simplemente se han derretido en la superficie gomosa del vaso, al igual que el furor provocado entre los comensales por su inesperada visita. Debo pedir la cuenta. El espectáculo del aburrimiento, la vista del salvaje siendo devuelto a su errancia, a su hábitat natural, como un pez que se mide, se pesa, se fotografia y se devuelve al mar; ese retorno al camino, esa vuelta al paso torpe y pesado, al arrastre de la tranca que utiliza el larguirucho para sostenerse con dificultad, entre difusas promesas del hombre de traje, la entrega disimulada de un billete arrugado que el salvaje será incapaz de tomar con sus dedos tullidos, doblados monstruosamente como raíces, de la despedida silenciosa, como Stanley dejando a Livingstone a su suerte en Tabora en medio del zumbido de las moscas que desovan dentro de un elefante muerto, digo, el hartazgo de la convivencia entre los hombres, me resultará pronto intolerable.

domingo, 22 de enero de 2012

Alegato contra la voz

1.

Tenemos, cada uno de nosotros, dos presencias: una, evidente, este cuerpo; otra, más sutil, la de la voz. Podemos grabarla, perderla, educarla, hacer que copie sonidos, pero la voz es un animal salvaje que manifiesta algo ajeno a nosotros. Algunos tratan de domesticarla: le enseñan trucos, la hacen saltar por aros de fuego, alcanzar el preciado do de pecho; gentil como un gato de la selva, de pronto se vuelve grito y somos apenas una fuente, un accidente natural como un volcán. El tigre blanco muerde al entrenador frente a la comitiva de las Vegas, y no se limpia las manchas de sangre de los belfos. La voz puede amaestrarse, pero no domesticarse.

2.

Como bien saben los cantantes, el cuerpo es una caja de resonancia; en cierto sentido, el cuerpo es el eco de la voz, además de su pilar. Una evidencia de que la voz no está supeditada al cuerpo podría ser que crecen, voz y cuerpo, a intervalos diferentes: una voz joven y melodiosa puede emerger de un cuerpo enfermo y castigado, mientras que una voz muerta --casi un ruido sordo, se diría-- puede venir de un cuerpo hermoso, pero, como dice el vox populi, que se ve mejor callado. Claro, el cuerpo impregna a la voz de ciertos estados, pero al ver la fotografía de alguien raramente podemos darnos una idea de su tono, timbre o coloratura de voz. No es raro sentir que las voces de las personas no corresponden en general a su fisionomía.

3.
Dos experiencias me han mostrado que la voz no sólo es un atributo sobrevalorado y utilizado con poca pericia, sino que a veces es del todo innecesaria: 

Tuve la oportunidad de asistir a una obra de la compañía teatral Seña y Verbo, integrada por actores sordomudos. Presentaban un compendio de la historia de México; sus cuerpos, de más está decirlo, hablaban. Pensé en el conocido dictum de Huidobro para los poetas: “No cantes la rosa, hazla florecer en el poema”. Estas palabras, cosa rara, adquirían pleno sentido precisamente en ausencia de palabras; y sobre todo, de voz. Las manos dúctiles de los actores tomaban las formas más inesperadas: armas, monumentos, espacios, campos, explosiones, sangre. Los ojos tenían una plasticidad y una transparencia que reflejaba y proyectaba las intenciones del cuerpo: se dice que los ojos son espejos del alma, pero pocas veces se dice que son también su amplificador. Cabe decir que, fieles a una dramaturgia grotoskiana, el escenario estaba habitado solamente por las tres presencias de los actores, y no utilizaron escenografía ni utilería casi. Si no necesitan voz --que en el escenario valdría por la representación utilitaria de sentimientos a través del parlamento--, me dije, mucho menos decorados figurativos --que en el escenario valdrían por la representación del mundo, contra la que el Teatro Pobre se impuso. Como en la danza contemporánea, por ejemplo, lo que está en juego es una escritura basada en el cuerpo; o mejor: una escritura escrita por el cuerpo. Objeto de escritura y producto de la escritura.

4.
La segunda experiencia que muestra la poca si no nula utilidad de la voz, me la contó una profesora que tuve en la facultad de Letras. Maestra en lingüística con doctorado en semántica, docente, investigadora y portadora de todos los títulos que la castración simbólica impone sobre el sujeto académico como los frutos de un árbol muy cargad, o las evidencias de una mente abocada a las ciencias del lenguaje, esta querida mujer decidió un buen día asistir a un retiro Vipassana. Esta es una antigua técnica de meditación basada en la auto-observación. Durante 10 días se vio virtualmente encerrada en la naturaleza, como sugería Fichte a los jóvenes idealistas en el xix, junto a un grupo mixto de unas 15 personas. En ese tiempo, el practicante de Vipassana debe adscribir una sólida disciplina basada en el silencio: un voto que arranca la voz como estructurador de deseos, que la suprime de un sólo golpe. 

Este silencio no implica, por decirlo así, solamente el “no uso” de la voz, sino el silencio de todos los lazos que lo unen al mundo: celulares, laptops, iPods, incluso libretas o libros y todas las prótesis que impidan al practicante observarse de cerca deben dejarse en la “civilización”. Su relato al volver fue asombroso y terrible. En absoluto silencio durante las largas horas de meditación, durante las tareas comúnes --cocinar, lavar la ropa, etc.-- y durante los pocos espacios de ocio, el pequeño grupo de desconocidos conformó una pequeña aventura digna de un drama shakespereano: intrigas, negociaciones, grupos de poder, incluso romances rotos y recuperados y todo sin la intervención de una sola palabra. Cierta pareja resolvió incluso divorciarse (se me ocurre que, sin voz, no podían sostener el relato fantasmal de su relación). Por su parte, la doctora se enfrentó a una decisión brutal: ¿cómo practicar la docencia y la investigación de los códigos del lenguaje articulado si enfrentó por sí misma la ineficacia misma del lenguaje, o la victoria del silencio sobre la comunicación? "El lenguaje no sirve para nada", nos dijo. Estas consideraciones, vale decirlo, la atormentan aún hoy en día.

5.

Un viejo dicho árabe dice "si no puedes decir nada más bello que el silencio, calla." ¿Pero cómo poder sostener esta prerrogativa moral frente a un mundo de ocupaciones, de intercambios inanes que dan la sensación de comunidad, de producción vocal sin fin del ego para hacerse notar frente a los otros? Cómo, pues, cuando una importancia tan grande se le atribuya a la "sociabilidad", al "verbo", que en jerga popular de México indica el parlamento de la conquista amorosa: su contenido no importa, pero su eficacia lo es todo. Desde una posición cínica, podríamos afirmar que el hombre ejerce este "verbo" para dar a la mujer la ilusión de comunicación, de intimidad. Ella sabe que él no es el príncipe azul, pero se comportará como si lo fuera de acuerdo a la eficacia del "verbo". Ella quiere creer, y también él, a su modo, en lo que se dicen mutuamente.

Paradójicamente, cuando uno es tímido casi a niveles patológicos, como es mi caso, se tiende a llenar el diálogo de discurso, a desviarlo, a explorar nuevas aristas de cosas sin importancia. "Salir" con alguien, en el sentido de preparar un terreno neutral para que dos personas se conozcan y evalúen mutuamente como posibles compañeros de celda, digo, de relación, en lo que respecta a la voz, obedece a la misma lógica de las campañas políticas: el candidato usará su voz para persuadir, convencer, desvirtuar al enemigo --la figura problemática de los ex--, así como para encomiar y atraer hacia sí al otro. La voz es también el dispositivo de la promesa: a través de ella se articula el futuro, todo lo que no es. La voz siempre pertenece al pasado o al futuro, nunca al presente.

6.

La palabra poética, sin embargo, al no perseguir un objetivo cuya eficacia se mida por su eficacia comunicativa, hace uso de la voz de una manera muy distinta. La risa, como sabía Bergson, sigue los mismos mecanismos que lo poético para estructurarse: es una respuesta involuntaria que indica aceptación, y que distorsiona la voz para habitar el espacio de la recepción del sentido. Somos parte del sentido, por eso reímos.

Hoy asistí a una intervención poético performática en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Fue convocada por Victor Ibarra Calavera (cuyo libro RQIEM es uno de los objetos literarios más provocadores que se hayan visto) y sus secuaces, ínclitos situacionistas de la escena chilanga. De camino encontré a Carlos Atl, cuya voz sobre un escenario merecería un post aparte. Caminábamos y hablábamos y llegamos a la plaza, tomada ya por un altar de libros, decenas de ellos, formando un medio círculo en el suelo. Unos gritaban en un megáfono roto, otros tocaban notas al azar en un saxofón, una guitarra, un bajo. Un chico gritaba cosas ininteligibles a través de un largo altavoz de cartulina (y cuando digo "largo" piensen en algo de más de dos metros de largo que se ve a la distancia.) 

Aquello era un carnaval situacionista. Atl dejó de caminar conmigo y se integró naturalmente al ritmo de la escena: roció agua sobre un libro que se quemaba y comenzó a gritar, a saltar, a bailar. Asumí la peligrosa posición de espectador y vi un celular caer del cielo y destrozarse, un libro quemándose, un chico siendo atado con cinca adhesiva, máscaras de José Emilio Pacheco en los rostros de los niños, gritos desaforados en una bocina portátil y mímicas de orangutanes. Además, una suerte de performance duracional que consistía en seguir a un incauto transeunte con un megáfono mientras se emiten ruidos guturales a pocos centímetros de su cabeza, luego a otro, luego a otro. Esta vez nadie salió lastimado. No siempre ha sido así.

Carnavalización caníbal, fiesta peligrosa que convirtió en escenario el espacio público, apuesta por la negación de la literatura y la tradición, la creación de una atmósfera subversiva por cualesquiera medios al alcance exceptuando la palabra. Fue un domingo cualquiera. 

Una fiesta en general depende poco de la palabra y mucho de la risa, en lo que tiene ese gesto de reconocimiento del otro. Pero el espacio de convención de la fiesta está limitado por un bar, una sala, un lugar propicio para su tener lugar. Pienso en la coreografía de una fiesta "normal": bebemos, bailamos (bueno, algunos fracasamos miserablemente en el intento, pero hay mujeres que son como esos yogis que comunican conceptos bailando, cifrando un lenguaje a través del cuerpo), hablamos (frente a atronadoras bocinas, cuántas veces), discutimos, abrazamos, reímos. Es decir, hacemos lo que se supone que se debe de hacer en una fiesta. ¿Pero qué pasa cuando el lugar de la fiesta es la acción? Acciones como la de Tlatelolco de hoy crean su lugar mediante la acción, y toda acción en este contexto es pertinente. Aunque no soy muy adepto a ninguno de los dos tipos de fiestas descritos, debo confesar que esta ruptura de convenciones me llega a veces como aire fresco. 

Me quedé cosa de una media hora, durante la cuál el ritmo de las acciones no disminuyó en intensidad. A manera de despedida, tomé un libro, arranqué hojas y me las metí en la boca, escupiéndolas a Calavera quien me guiaba con una risa loca a través del espacio.

La voz no es sólo palabras, y las palabras no necesariamente comunican. Ya lo decía Nicanor Parra: me doy a entender a estornudos.

Las palabras invisibles también son palabras.