jueves, 7 de abril de 2011

Cuaderno de imágenes: Taxco

 a Roberto Cruz Arzabal (@cruzarzabal)

Los días 1 y 2 de abril estuve en la ciudad de Taxco, Guerrero, como parte de una delegación eslamera integrada por Diosa Loca & Bestia, Rojo Córdova y Erik Fiesco, convocados por el poeta (ahora amigo) Roberto Cruz Arzabal. Una crónica sería o bien agotadora (la de Tijuana se me quedó a la mitad, por eso volveré este año, para tener algo bueno que contar otra vez) o bien extremadamente aburrida; por eso recopilo a manera de fotografías-escritas las imágenes que me traje en el oído -leyó usted bien. Esta "crónica" nació en Twitter; me parece relevante porque al escribir una serie de tuits respecto de algo he sentido una especie si no de premura, sí de otra velocidad, una que tiene que ver más con el habla que con la escritura. Materia de otra cosa. La de esta cosa, por lo pronto, son ojos.
  1. Un guayabo, árbol sin piel, tambaleándose inmóvil frente a un viento que no era viento, en el CEPE.
  2. Un camino de hormigas que sale de la pequeña biblioteca del CEPE (robo hormiga: vaciaban, pensé, las letras de un libro.)
  3. El auditorio y su acústica de molino. En lugar de piedra de moler, palabreros remolones.
  4. Púberes risillas frente a la revelación de que las groserías y las partes del cuerpo también son palabras; es decir, armas.
  5. La persistencia de Sylvia Plath: "I am vertical/ But I would rather be horizontal/ I am not a tree with my root in the soil".
    1. Lo que, en el contexto taxqueño, provoca la deconstrucción "plathería".
  6. El momento en que Roberto, Rosario y yo notamos que teníamos queridos conocidos comúnes, entre ellos, Ovidio.
  7. La alberca evasiva. Escuchar sobre el aire húmedo de la madrugada una canción de Metallica que hace mucho quise.
  8. Desaparición voluntaria y comprobación de que hay por lo menos dos modos correctos de perderse en una ciudad desconocida.
  9. Escaleras casi verticales (que hubiera preferido horizontales); un viejo -pensando que soy turista- me dice "peligro, no."
  10. Comprobación de la catedral como centro; comprobación de perspectivas (verticales desde la horizontalidad).
  11. Encontrar dos puntos desde los que toda la cañada es visible. No los revelaré por miedo a que emplacen vigilancia militar ahí.
  12. Una jaula de hierro colgando frente a una pared blanca. El perico ausente. Café y charla con Roberto.
  13. Charla tecnochamánica con @ y cacahuates.
  14. Los quince de las adolescentas que se me acercaron después de la lectura. Me vi en la cárcel. Cortesía distante.
  15. Descubrimiento de "La raie" de Paul Chardin, en el iPhone de Roberto: Balzac y Didi-Huberman en la cena.
  16. Desaparición involuntaria. Sensación de extranjería. La vista de un callejón que me recordó a Jerusalén, donde nunca he estado.
  17. A respecto de una película que veíamos, que Fiesco recordara el final de un texto mío: "Quisiera ser feroz como un zapato."
  18. Convocar a un brindis porque qué con la gente del otro lado de la calle: tres terrazas gritando, efímero grito de guerra.
  19. Lesbia e Ipsitila dándose valor. Hacer ruido para que me notaran. Sabiendo que estaba, que se perdieran el pudor. Que sonrieran.
    1. Tengo que hacer ruido a veces o la gente no nota que estoy. El silencio, al nivel que yo lo ejerzo, implica responsabilidad moral.
  20. La peor versión de Hotel California ever en el único bar abierto.
  21. Tres pochos en una troca deteniéndose sospechosamente a mi lado. Uno me saluda; pregunta "por los otros poetas" (sic.)
  22. Tercera desaparición matutina. Negociación con un viejo: quiero comprarle 1/3 de medida de nanches por el precio de la medida completa.
    1. La medida estándar de muchas frutillas es una lata de sardina a rebosar. Era demasiado.
  23. Resabio del sabor de los jumiles con salsa de la noche anterior. Insectos-especia.
  24. Interior de Santa Prisca. Inicio de la misa y coro. "No existe lo sagrado per se; todo lo sagrado lo es para alguien", pienso. Copal.


CODA: Llegada a la Biblioteca Central de CU (de catedral a catedral, pensé). Llamada de @ y tarde de cervezas.

domingo, 27 de marzo de 2011

Eso no es nada


Narración escénica para web en un acto, tres escenas y varios desvíos

And him whom you do not teach to fly, teach I pray you - to fall faster!

Personajes:

Huberto BATIS (editor y académico)
Antonio ALATORRE (filólogo y académico)
Un narrador
Un gorrión

ACTO ÚNICO

Escena primera


*Huberto BATIS estudia literatura en la UNAM. Fines de los años 50. Sus primeros cuentos han sido publicados en diferentes revistas literarias y criticados por plumas renombradas, encontrándolos notables, entre ellas Rosario Castellanos, Jorge Galindo y quien sería su amigo de toda la vida, Juan García Ponce. Una tarde, ufano, henchido de sí como un pavorreal, le lleva el borrador de su último cuento a Antonio ALATORRE, maestro suyo por aquel entonces. [Desvío:

 En 1955, Antonio ALATORRE tiene que ver directamente con la publicación de libros medulares en la literatura mexicana del siglo xx: Confabulario de Juan José Arreola, El llano en llamas de Juan Rulfo y El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Morirá en octubre de 2010.]

La acción se desarrolla en un camión que el espectador puede imaginar de cualquier color siempre y cuando sea amarillo. BATIS le da una carpeta a ALATORRE. Éste lee. Le devuelve la carpeta.*

BATIS: Maestro, ¿qué le pareció mi cuento?
ALATORRE: ¿Cuál cuento?
BATIS: El que acaba de leer...
ALATORRE: Eso no es un cuento.
BATIS: ¿Entonces qué es?
ALATORRE: ¿Eso? Eso no es nada. Mira, Huberto, vas a terminar tu carrera y te vas a convertir en académico. Vas a dar clases. Pero lo que se dice escribir, no. Eso déjaselo a los escritores. *Vase*
BATIS: *Apesadúmbrase. Oscuro.*

*BATIS llega a su casa y "se corta la coleta". Será co-fundador de la revista Cuadernos del Viento y trabajará años en el suplemento sábado del periódico Unomásuno, además de ser investigador e impartir cátedra en la UNAM. Escribirá crítica literaria y memorias (el género literario de BATIS es la memoria, como en Lo que "Cuadernos del Viento" nos dejó). No volverá a escribir ficción.*

Escena segunda

*Cálida tarde en la década de los noventa. BATIS y ALATORRE, colegas, se encuentran en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras. ALATORRE le pide un ride a BATIS, y éste se ofrece a llevarlo hasta su casa. ALATORRE le invita una cerveza a BATIS. Si tiene tiempo, dice, a ALATORRE le gustaría leerle el primer borrador de una novela en la que trabaja. La acción se desarrolla en el jardín de ALATORRE, en la colonia Las Águilas. ALATORRE termina de leer media centena de páginas.*

ALATORRE: Bueno, ¿qué te parece, Huberto?
BATIS: ¿Qué me parece qué, Antonio?
ALATORRE: ¡Mi novela!
BATIS: ¿Cuál novela?
ALATORRE: La que te acabo de leer.
BATIS: Eso no es una novela; eso no es nada. *Beben. Oscuro.* [Desvío:

ALATORRE nunca publicaría ficción. Su obra más conocida es 1,001 años de la lengua española, pero cuenta con una bibliografía vasta como ensayista sobre poesía moderna y de los siglos de oro, además de conferencias fundamentales como "Crítica literaria tradicional y crítica neo-académica" y "En torno al concepto de literatura 'nacional'".]
y  

Escena tercera

*La acción se desarrolla un viernes en el salón 107 de la FFyL. Un gorrión ha entrado por la ventana del salón casi vacío, pero bien puede imaginarse la escena sin el gorrión a condición de rescatar el canto, lo que es fundamental para hacerse una imagen de la hora (medio día). Nada impide igualmente imaginar un monumento de mujer que no tendrá incidencia en esta historia, pero que podría reconstruir, en caso necesario, la voz robusta de BATIS hablando desde atrás de una modesta pila de revistas y papeles en su escritorio. [Desvío:

La semana anterior a la acción, BATIS ha sufrido una intervención quirúrgica abdominal. Aunado al cáncer del que salió bien librado el verano pasado, se le ve débil; no, débil no, tal vez un poco lento solamente, como tomando grandes cantidades de aire al hablar, como un tenor ejecutando el Coral de la 9a (de Beethoven, claro). BATIS sólo es tan débil como Moby Dick con gripe. Esa mañana, los puntos de la cirugía se le han reventado, pero se niega a ser llevado al hospital. Duele, pero hablará aún largamente.]
BATIS: ...después le conté a ALATORRE que él me había hecho lo mismo hacía muchos años. Y me dijo, llorando, "te chingué". Y yo le dije "sí, me chingaste."

*Oscuro final. τελος.*




jueves, 24 de marzo de 2011

Instrucciones para ver películas con gente

 A Victoria Guerra

Amo el cine pero nunca voy al cine. Mi problema, doctor, es ver películas con gente. No es un problema menor. He tenido grandes discusiones y una ruptura amorosa (durante The Darjeeling Limited (Anderson, 2007), que me la arruinó para siempre) por mi dificultad para ver películas con gente. Empezaré por lo que tengo más cerca, que soy yo, para ver si puedo entender esta repulsión. Si no, sirva lo siguiente para que se lo piensen dos (tres, cuatro, cuatro punto un) veces antes de ver una película conmigo.

Paul Valéry decía que en el momento en que el arco del cello toca las cuerdas, se instala en la sala una atmósfera de magia, donde la incredulidad se desvanece y podemos acceder a una relación con la obra que tenemos enfrente, disfrutarla u odiarla, pero cohabitar en su espacio; si alguien tose o una silla se cae, pongamos, durante la suite No. 1 para cello de Bach, la incredulidad vuelve, hay una interrupción definitiva y la obra, casi diríamos, está arruinada. Por supuesto no siempre ocurre así. John Cage en 4'33'' pone en evidencia precisamente la obra de arte como una forma de la percepción (la obra, por si alguien no la ha escuchado --chiste-- se compone de cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. Existe una partitura y un compás, por supuesto, el cuál debe seguir quien la ejecuta; el "sonido" en sí se compone de lo aleatorio: las hojas dando vuelta, el caballero que tose y la silla que se cae, el ruido que viene de los corredores, todo eso que Valéry hubiera desterrado de su idea de la música...)

En el cine, por supuesto, tenemos todas estas variables y más. Solía ir al cine con una novia de hace muchos años (de otra vida, casi), e invariablemente tenía que volver a ver las películas que realmente me interesaban porque no podía disociarme completamente del hecho de estar en una sala llena de gente. Ella, conciliadora, me decía que imaginara que estábamos ella y yo solamente, tarea imposible con ese crujir de palomitas por todos lados, con los perfumes de las mujeres (que, pésimo gusto, siguen creyendo que ir al cine es el equivalente a una actividad social, error no solamente femenino, pero muy común: la gente que va con otra gente al cine es porque ya se conoce, no quiere conocerse o está demasiado aterrada para exponer sus verdaderas intenciones); claro que una película con ese buen sonido, con esa pantalla hermosa donde puedes apreciar cada detalle, esa magia, en suma, que ocurre cuando entramos a la cueva del inconsciente y las luces se apagan y podemos asombrarnos otra vez, no tiene la culpa de que la gente sea sencillamente imbécil.

Uno de mis recuerdos más caros tiene que ver con un cine, con una película vista en cine, mejor dicho. Creo que Jurassic Park (Spielberg, 1993) ha sido la película que más veces he visto en cine, con un total de 16. Yo tenía ocho años y desde siempre los dinosaurios me habían (como aún) fascinado. Mis primeras lecturas son láminas ilustradas del mesozoico --no del jurásico, error que noté desde entonces--; mis primeros juguetes, esqueletos y triceratops de plástico; mi primer sueño, la paleontología; mi primera decepción --hoy hermoso recuerdo-- es que los huesos que encontré en mi jardin eran de pollo, puestos ahí por mi madre. Cuando el doctor Grant y la doctora Sattler van en el jeep (aquél modestamente emocionado, aquella francamente escéptica), el vehículo se detiene y Grant se quita las gafas de sol... Podría morir en ese momento: sólo en un cine puede sentirse verdaderamente el temblor de tierra (que es temblor interior también) provocado por el brontosaurio que ha arrancado las ramas más altas de un árbol altísimo y vuelve al suelo. Ahí estaba, ese animal de mis sueños, esa hermosa vaca (como la llama Grant más adelante) frente a mis ojos. Supe que todo era posible. Ahí. En ese momento.

La misma identificación que tuve con el doctor Grant la tengo en mayor o menor medida con cada película que veo. En una breve, brevísima temporada quise ser actor: en realidad quería explorar este rasgo de mi carácter: por un tiempo limitado podía simular con toda naturalidad la lógica de algún personaje. Cuando vi Cyrano de Bergerac (Rappeneau, 1990) terminé con el oído lleno de ritmo: no podía parar, estuve horas rimando y rimando como loco, como quien encuentra una nueva diversión, las palabras. Algo le dije a mi madre que me vio con esa mirada con que me sigue viendo cada tanto, como preguntándose si está a punto de ocurrirme algo terrible, francamente alarmada. Ahí me di cuenta que mi nuevo juguete era un juguete secreto (a esa edad, 12 o 13 años, el cuerpo también es un juguete secreto, y las similitudes con el lenguaje no terminarían ahí...), uno para el que debía hacer espacio, un espacio que eventualmente y no sin cantidad de dificultades terminaría convirtiéndose en mi vida.

Dediqué las noches de mi adolescencia a leer y a ver películas. Libros buenos y malos, películas ídem, de todo aprendí. Se me quedó el hábito de no dormir porque, niño de clase media, no tuve un cuarto propio, como aconseja la Woolf, sino hasta mucho tiempo después; aprendí a robarle horas al sueño para invertirlas en mi diversión más absoluta y más privada. Había pocos libros en mi casa y menos películas aún; nunca tuvimos cable, por lo que me hice aficionado a los videoclubes. Gastaba mis pocos dineros en revistas, algunos libros y muchas películas. Me ha ayudado siempre parecer más viejo de lo que realmente soy, por eso no me negaron nunca películas que no eran aptas para mi edad en los ya extintos Videocentro y luego en el más familiar Blockbuster. Pero querría insistir un poco en la relación "camaleónica" o de simulacro que el cine ejerce en mí.

Es muy simple: Karate Kid (Avildsen, 1984) me produjo una relación con la heroicidad asociada a la violencia, todo lo contrario al karate que había aprendido --lo estudié desde los 3 años--, y me dio mucho en qué pensar; Terminator 2 (Cameron, 1991) me hacía imitar los torpes movimientos robóticos del governator, hacerme consciente de que los robots imitan al hombre para mezclarse entre ellos sin conseguirlo nunca realmente --un poco como yo mismo--, y de hecho el monólogo final de Sarah Connor ("si una máquina aprendió el valor de la vida humana..., etc.") me hace llorar todavía. De mi infancia hay muchas películas de ninjas, por supuesto, de las que salía --cosa normal, ¿no?-- corriendo por las paredes y moviéndome entre hordas de anónimos ninjas cuyos pedazos iba dejando en invisibles regueros de sangre --de tan limpios-- en el camino de regreso a la realidad. Aprendí a imitar las voces de Jim Carrey (algunas de ellas solamente, claro), de Bill Murray, a disfrazarme de soldado, vaquero, robot o dinosaurio, por lo que pensé que lo mío era la actuación... hasta que conocí el teatro de cerca y decidí que prefería verlo desde las butacas. Participé en un par de cortometrajes infumables de pretenciosos y hoy salgo en un videoblog sobre videojuegos, donde no puedo ver mis participaciones sin ruborizarme todavía. De personajes de videojuegos (esa narrativa sin palabras, que dice Pavic) no supero mi absoluta identificación con Solid Snake de Metal Gear Solid. Empecé a fumar para tener la voz jodida como Kurt Cobain, pero ayudó para la personificación que solía hacer en la preparatoria imitando las frases más reconocibles de Snake.

Pero llevo no sé cuántos párrafos (7, claro que sé, es captatio benevolentiae) y todavía no entro al título de este post: cómo ver películas con gente. Este rodeo ha sido necesario para que el lector comprenda que mi relación con el cine es casi tan íntima como con la comida (ambas, educaciones sentimentales de M.), por ejemplo, o en todo caso muy íntima, en todo caso no una relación de "entretenimiento". En el tiempo que empecé a ver cine con alguna seriedad, entendí que todo eso que me pasaba de niño al ver películas eran cosas que ocurrían en mí, pequeñas transformaciones, si se quiere, y que las buenas películas eran esas que no te dejaban indemne, que ejercían esas transformaciones con mayor violencia o sutileza, pero sin camino de vuelta. "A partir de cierto punto no hay retorno; encontrar ese punto", dice Kafka (en mi memoria, que puede no ser precisa). Ese punto hay que buscarlo en las apreciaciones críticas sobre cualquier cosa y con mucha más ferocidad en la escritura. Otro tema. Seré más puntual a partir de ahora, pues ya empezamos con las

Instrucciones para ver películas con gente

1. Evítelo.

2. Si no puede evitarlo, procure conocer la profundidad del interés cinematográfico de la persona con la que verá la película.

2.1 Si no es una sola persona la que lo acompaña sino más de una, dése por jodido: le arruinará la película.

2.1.1 Tres personas en un mismo cuarto son una pequeña comunidad: alguien tendrá hambre, querrá ir al baño, recordará un asunto urgente, entrará en labor de parto. Vuelva al punto 1., que es el único infalible: el cine es lo que le pasa a usted cuando ve películas.

3. Procure hablar de cuánto le interesa ver esta película antes de que empiece la película. Si no le interesa la película:

a) No la vea, hay cantidad de películas que seguro le interesan de verdad.

b) Mienta. La gente tiende a dejarlo en paz a uno cuando lo ven fascinado. Muéstrese muy interesado: eso disminuirá la probabilidad de interrupciones concientes de parte de ellos.

3.1 Prefiera siempre a las personas que tienen suficiente madurez cinematográfica para estar viendo a Humprey Bogart en Casablanca (Curtiz, 1942) sin pensar en The Maltese Falcon (Houston, 1941), ni en el alcoholismo de Bogart.

3.2 Prefiera también a las personas que sepan contar historias sobre el alcoholismo de Bogart con la suficiente madurez cinematográfica para enriquecer la experiencia de lo que está viendo, sin por eso destruir el vacío de incredulidad necesario para que el arte ocurra.

3.2.1 Repítase: el cine (la magia, la poesía) es lo que pasa en mí cuando me pongo en relación con la película (obra.)

4. Trate de evitar a las personas que hablan durante las películas de asuntos ajenos a las películas (hola, P.)

4.1 Prefiera a las personas que hablan durante las películas de asuntos relativos a las películas.

5. Por mor de un ignoto dios ateo, trate de no comer durante la película.

5.1 Si usted es un cerdo de mierda que no puede evitar satisfacer su fijación anal de otro modo, procure no masticar demasiado fuerte.

5.1.2 Es en serio: hay gente que pasa muchas horas componiendo la banda sonora de las películas y pobres novatos que cargan micrófonos hipersensibles para que percibamos detalles como el peso de los personajes según su modo de caminar o el clima según el viento. También los ingenieros de efectos sonoros merecen esa forma de atención que en Occidente valoramos tan poco: el oído.

5.1.3 Si usted se identificó con la situación de 5.1, muérase.

6. La vida se interpone: si el celular de alguien --con quien evidentemente no debió ver la película-- suena, no desespere. Ponga pausa y actúe normalmente aunque quisiera rajarle la cara por la mitad.

6.1 Si el celular de usted suena, no conteste. Si es su madre, diga en voz bajísima que le devolverá la llamada.

6.2 Si es urgente y debe contestar, haga saber al interlocutor que le ha arruinado la película (aquí puede imitar ligeramente a Woody Allen en Annie Hall (Allen, 1977), aunque claro, nunca podrá).

6.3 Devuélvale la llamada a su madre. Después de la película, por supuesto. Cuéntele qué buena estuvo (las madres suelen ofenderse: trate de hacerle ver que valió la pena la espera y que no la odia --poco importa si la odia).

7. Rodéese de gente que sepa más de cine que usted. Mi gurú particular es Victoria Guerra (a quien dedico este post precisamente por eso, pero también porque hoy ha muerto Elizabeth Taylor y sé que está triste.)

8. Sólo puede pausar la película si necesita ir al baño. Si se le ocurre un tuit maravilloso, anótelo y tuiteelo después.

9. Nunca, nunca, nunca, nunca trate de imitar el wit de Orson Welles.

9.1 Nunca. No. (Hola, Herbert.)

10. El cine es el último remanso de lo sagrado que muchos tenemos aún; si el cine significa menos que todo esto para usted, haga favor de callarse y dejarnos ver la película en paz. Coño.



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domingo, 27 de febrero de 2011

El simulacro del domingo

Los domingos no existen. Si me apuran, no existen tampoco el jueves ni la felicidad del viernes ni el sentimiento de libertad del sábado ni la pesadez del nuevo lunes. No existen los días y somos contemporáneos del primer día del universo. Todo esto poco importa, porque el caso es que hacemos una cita para el próximo martes y el martes toma forma de día (o el tiempo toma forma de martes) y si no nos presentamos a la cita no habrá un martes que sustituya con su mismo nombre la derrota.

Pero con los domingos no, con el domingo como categoría, con este domingo de hoy seré inflexible: el domingo es el mito del descanso, se sabe, el día en que diospadre se contempla los pies callosos en la tumbona y se bebe un appletini y observa el partido de futbol, y ve que los goles son buenos.

Para el hombre de a pie el asunto no es más sencillo; debe forzarse por todos los medios a descansar, y entonces empacar a la familia en el coche y hacer fila para entrar a ver la jaula del tigre en el zoológico, ese tigre enjaulado en su piel que no se da por enterado del domingo o fila también para el cine y películas animadas que lo repugnan, con la sensación incómoda de que debería reírse pero es el único que no ha entendido el chiste; con la ropa de domingo que ya no es dominguera emperifollada sino sencilla, de gimnasio de barrio; o ese domingo de los pobres que no tienen domingo, de la gente de los mostradores y los restaurantes que trabajan para llevar la farsa del domingo a sus últimas consecuencias, al hartazgo del domingo, porque nunca una revolución empezará en domingo, porque uno tiene la extraña obligación de estar cansado durante el domingo y no tener nada qué hacer, tarea agotadora.

Hoy me escandalizó casi hasta el paroxismo ver una jovencita (15 años a lo más) sustituyendo en un aparador al clásico maniquí de plástico. Me acordé un poco de la jaula del tigre y pensé si en el futuro habrá tigres de plástico para que los tigres tengan también domingo o señoritas de plástico que no se darán por enteradas del día, señoritas encerradas en su piel de polipropileno como los tigres en sus sombras, señoritas copiando torpemente la trémula serenidad de la estatua, señoritas copia de otra señorita original, como el tigre que imita bajo las sombras lo que imagina un sol rayado, copia de otro imposible sol con forma de tigre.

Nuestro descanso no es ritual en el sentido del sabbat. Nuestro descanso no es descanso. Nuestro descanso corre paralelo a esa imposibilidad de la felicidad que uno se topa leyendo a Philip Roth o entrando en un centro comercial para comprar tabaco y observando señoritas disfrazadas de maniquies tratando de parecer felices y todo el trabajo que cuesta esa imposible felicidad y todo el dinero que cuesta perseguirla se parece a ese paraíso donde incansablemente hay que adorar los callos de diospadre (luminosos, cegadores), porque alguien, no aventuremos quién, ha establecido que el domingo es un día de infinita tristeza, de gozosa melancolía.

viernes, 25 de febrero de 2011

Miedos

Para quitarme el absurdo temor a los muertos, mi madre me inculcó el miedo a los hombres. Para matar en mí el miedo a los hombres, aprendí arduamente el temor a los dioses. Para matar la sombra que en mí dejaron los dioses, escribo. ¿Pero quién me quita el miedo a la mirada furiosa que sale de mi caligrafía --tigres silenciosos-- desde el fondo de la página?

domingo, 20 de febrero de 2011

Leteo

Me aterra no la muerte, el olvido. No de mi nombre, que por otra parte es Nadie, sino de lo que he sabido con mayor o menor fortuna en esta vida. Debe considerarse en un principio que la suma de lo que los hombres conocen puede, con el tiempo, ser considerable (le llamamos cultura), pero de ningún modo infinito. Dejemos para los teólogos las proporciones de la eternidad: a mí lo que me preocupa es olvidar de ese conocimiento el poco, poquísimo que he podido retener en mi tiempo. Esa suma de ignorancia particular, pues, constituye mi mundo, este sueño.

Quién sabe cuánto falte para que muera, si es que muero (pues, como dice aquel Isaac Laquedem, el judío errante de Apollinaire, 'tal vez usted mismo no se muera jamás'), pero debe dolerme por adelantado olvidar el frío de los alpes italianos escarchando la barba del azote de Roma, Anibal Barca, en una página de Tito; debe dolerme ya la vista del cielo egipcio desde Karnak, al pie de una columna con la efigie de Toth descrita por Flaubert en una noche de estrellas y mosquitos, de multitudes aéreas; debe dolerme, igualmente aérea, la súbita sombra en el mediodía cuando Heródoto hace subir las flechas del innumerable ejército médico y caer sobre un puñado de espartanos (aquí debemos hacer un alto, como dice la piedra, y llorar, o si el cuero da para muy poco, hacer un gesto de recuerdo como evocando el principio de las hostilidades entre Oriente y Occidente); debe dolerme olvidar este verso de Góngora: "en campos de zafiro pace estrellas"; me dolerá infinitamente, si la medida del olvido es la eternidad, el olvido de mi rostro visto por Borges bajo la escalera del comedor de la calle Garay, donde aparezco desde todos los tiempos y todas las perspectivas, al igual que todas las cosas que fueron y serán; me dolerá tal vez sólo haber parecido infinitamente pequeño, sin serlo, como Kafka quería; me dolerá no volver a oír la descripción que un romano hace a otro del cortejo marino de Cleopatra, de su barco de hojas de oro cuyo brillo Shakespeare hace duplicar al sol, dirigido por la mujer que perdió a Marco Antonio, hija última de los ptolomeos; me dolerán las canciones de Johnny Cash; me dolerá la indescifrable caligrafía de los Cahiers de Valéry; me dolerá un retrato de Joyce; me dolerá mi pobre traducción de esa primavera cruel, de ese renacimiento irreproducible cuando de la tierra muerta brotan lilas; me dolerán las lágrimas que un rey de rodillas pone a secar en las manos de Aquiles; me dolerá no escuchar otra vez la locura de García Ponce narrada por Bátiz; me dolerán (aquí me detengo y tomo un trago, porque un miedo infinito me invade, un vértigo de muerte) el segundo y el cuarto movimiento de la 9a de Beethoven; me dolerá, ya me duele, el temblor de la sala cuando el brontosaurio arranca la rama y vuelve al suelo ante los ojos atónitos de los doctores Grant y Satler y, niño aún de nueve años, tiemblo también; me dolerá la voz de Nicanor Parra en una grabación; me dolerá el solo de Bold as love de Jimmy Hendrix; me dolerá como le habrá dolido al mulo en el abismo los terrosos que Lezama le crece lagrimones como plomo podrido; me dolerá no haberme demorado suficiente como quería Rojas, el Gonzalo; me dolerá que mi polvo no esté enamorado y se disuelva en el limo, en fin, del Leteo.

La suma de la felicidad abonada en todo el tiempo que no leí puede caber apenas en un puñado de minutos, de los que en pocos años habré olvidado casi todos, casi imperceptiblemente.

sábado, 12 de febrero de 2011

Escritura y compromiso en Cortázar

Yo creo, y lo digo después de haber pesado largamente todos los elementos que entran en juego, que escribir para una revolución, que escribir dentro de una revolución, que escribir revolucionariamente, no significa, como creen muchos, escribir obligadamente acerca de la revolución misma. Por mi parte, creo que el escritor revolucionario es aquel en quien se fusionan indisolublemente la conciencia de su libre compromiso individual y colectivo, con esa otra soberana libertad cultural que confiere el pleno dominio de su oficio. Si ese escritor, responsable y lúcido, decide escribir literatura fantástica, o psicológica, o vuelta hacia el pasado, su acto es un acto de libertad dentro de la revolución, y por eso es también un acto revolucionario aunque sus cuentos no se ocupen de las formas individuales o colectivas que adopta la revolución.

Julio Cortázar, Algunos aspectos del cuento

jueves, 10 de febrero de 2011

Tomar la vida según Onetti

Si la conformidad no se alcanzaba por la reflexión, quedaba el camino de la fe. Tirarse de cabeza en la fe. Pero él no quería rehuir las conclusiones del pensamiento. No quería el contento del alma, el principio número siete, el ombligo de Buda. Quería la vida. Nada más que la vida; pero totalmente, hasta el fondo. Llegar a tener la energía necesaria para tomar la vida como a una mujer.

Juan Carlos Onetti, Tiempo de abrazar.

sábado, 5 de febrero de 2011

Puerta para el mundo

 Esconde a tu dios. Esconde a tu diablo.
Paul Valéry (Monsieur Teste)

1.

Si no podemos representarnos el amor sin crueldad,
tomemos por decir algo, la crueldad del mundo
como ofrenda, como película de contraste
para opacarnos artificialmente,
para oponer al avance de la felicidad
obstáculos impropios, arbitrarios,
temblores apenas simulados,
desgracias de otros, prestadas
como camisas que nos vienen
demasiado grandes.

Si no podemos redondear el tamaño del amor,
si nos hallamos incapaces de alegría perfecta,
tomemos el horror de la Historia,
el asco, la traición, la cobardía
y el meditado peso de todas las venganzas
para ponerlas juntas como un jarrón
o una piedra brillante
al lado de los libros y la lámpara,
como un amuleto de la mala suerte
para no olvidar el odio entre las sábanas,
mientras creemos ser eternos
a través del amor e indomables.

2.

El amor necesita un poco de tristeza
para ser amor y no la torpe,
idiota alegría que la costumbre desvanece.
Sonrío como un animal sagrado
a punto del sacrificio; sonrisa loca,
sonrisa que ofendería, cuando la pienso,
al dolor del mundo.
La felicidad es una forma de la injusticia,
y en la crueldad, una forma bella.
La literatura feliz es idiota.
La felicidad es aún más idiota que la fe.
Infinitamente pequeños,
felicidad desolada,
una puerta cerrada para el mundo
sea todo el mundo que necesitemos.

3.

Una carta con palabras que se corresponden
-correspondencia, sí-
llega a dos puertas que se obstinan
en su distancia incalculable.
No importa.
Las palabras correspondidas
se cierran en torno a ellos
como las dos partes de un abrazo,
como las dos hojas
de una puerta para el mundo.


.

martes, 1 de febrero de 2011

Tener un amigo, de Tomaž Šalamun


Veo la cabeza del diablo, amigos, su cuerpo entero
nunca pensé que se acercaría tanto
extraña la inocencia, como nosotros, tengo la sensación
de que estuvo lapidado mucho tiempo

Sientos que sus manos duelen, que es sensible
absorto en sus ideas, lame primero lo que matará,
rompe en llanto, abre la carne, bendito él
no tiene amigos, va solo por el mundo

Siento que tratara de decirme algo
que me observara con culpa
sabe que nunca podría dormir con él
permanecemos humillados los dos

Me recuerda al profesor de inglés
cuando lo pensionaron, y jóvenes reclutas de la policía secreta
parece que le fallara la beatitud
las almas gritan todo en la tortura

no se las bebe, como imaginé
parece que no obtiene de ellas ningún beneficio
pienso que le gustaría tener un amigo
para compartir el placer y el botín

Entra al río y se moja la cabeza
no sabe hablar con él
chapotea en la superficie
lo dejaré como está, no le hablaré

(Versión mía a partir de la traducción al inglés de Anselm Hollo)

*Tomaž Šalamun (1941, Zagreb). Poeta esloveno. Vivió un par de años en México.