domingo, 2 de octubre de 2011

Horror y milagros

, El milagro es la coincidencia del azar con el deseo. El problema empieza cuando el azar, en su ser la suma de posibilidades, al cumplir el deseo, excede nuestra capacidad de recibir. Entonces nace la dignidad. Es más o menos lo que tengo que decir sobre Incendios, de Wajdi Mouawad, un evento teatral que se sigue presentando un par de semanas en el Foro Shakespeare de la ciudad de México. Pero no es lo único que diré.


, Hoy un reportero curioso del canal Cadena 3 (canal 28 en México) cito a varios exponentes de la escena de slam poetry defeña en Casa del Lago. Parece que será un reportaje a transmitirse el próximo sábado, a la una pe eme, creo. Esperé el momento para llegar "adecuadamente tarde". Antes de llegar, recibí un sms de la Señora que Sabe. Mientras contestaba, pasó junto a mí, a la mitad de Reforma, uno de los actores de Incendios. Lo saludé, le agradecí por la función de anoche, y hablamos brevemente sobre la puesta y la adaptación cinematográfica dirigida por Denis Villeneuve. Sólo hasta que contesté el sms, me di cuenta de lo absurdamente inverosímil que son este tipo de eventos. ¿Quién podría creerlo, cuáles son las probabilidades en la ciudad más poblada del mundo? Las nupcias del azar con el deseo, de maneras que superan mi comprensión. No me ocupa que nadie crea mis historias. Lo que cuento es lo que tiene una traza verificable; lo verdaderamente increíble sólo compete a los que lo viven. Son las novelas secretas.


, Sigo regalando libros como si se dieran en los árboles. Claro, son ceibitas, pienso. Técnicamente son árboles. Ayer lo vi por primera vez en una librería, la del Educal de la biblioteca Vasconcelos. Se siente raro, bonito. Se siente. Es el primero de muchos, D.


, El viernes C. me prestó Horrorism: naming contemporary violence, de la filósofo italiana Adriana Cavarero. La recepción de la violencia tanto en el cuerpo, en el llamado tejido social, y también en sus modos de representación, recibe en este lúcido ensayo un tratamiento sensible, desde la raíz de la palabra. Pensamos que el terror y el horror son formas cercanas en la constelación del miedo, sin notar que la "guerra contra el terror", y esta, nuestra guerra contra el narco, dejan sin tocar la zona de las víctimas: el horror, la parálisis frente a lo que no puede digerirse, precisamente porque atenta contra la entraña, contra lo humano. Traduzco un fragmento:


Las crónicas de estos tiempos nos proporcionan algunos casos ejemplares para el repertorio del horror. Luego de ser llamado para identificar los restos de su hija --una joven chechena quien se hizo estallar con un cinturón de explosivos-- un padre declaró: 'Todo lo que quedó de mi hija fue su cabeza. Su cabello estaba enredado, como si la hubiera despeinado el viento... Fuera de la cabeza, todo lo que quedó fue un poco de hombro, y parte de un dedo con la uña. Lo puse todo junto en un paquete. Todo lo que quedó de Ajza fueron cinco o seis kilos, nada más." Es un fenómeno bien conocido que la detonación de un explosivo pegado al cuerpo pulveriza el abdomen y separa la cabeza limpiamente; también el caos en la escena de los asesinatos masivos, que hace difícil reunir cada pedazo de los cuerpos de las víctimas para contarlas e identificarlas. Dada la dificultad de la operación, los miembros de víctimas y perpetradores frecuentemente se mezclan. El cuerpo deshecho (separado por la explosión, vuelto partes) pierde su individualidad. La violencia que lo desmiembra atenta contra la dignidad ontológica que posee la figura humana y la vuelve intolerable a la vista. Más repugnante que ninguna otra parte del cuerpo, la cabeza, de los restos, el más claramente humano, en el que un rostro individual aún puede verse.
***
La iconografía de la Revolución Francesa volvió familiar para la muchedumbre la exhibición de las cabezas separadas por el verdugo.A pesar de la repetición del acto, los horrores de la época presente rompen con la racionalidad mecánica tan valorada de la guillotina. Tomando a la víctima indefensa por el cabello, de pie, en el ángulo derecho de la cámara de televisión (y por tanto, de la audiencia mediática internacional), el verdugo moderno corta la cabeza con un cuchillo. Más que removerla sencillamente, el crimen es escenificado como una ofensa intencional contra la dignidad ontológica de la víctima. Evidentemente, la cuestión aquí no es tanto matar sino deshumanizar brutalmente lo que hay de cuerpo en un cuerpo, destruyendo su unidad figurativa, manchándola. En un acto que ataca a lo humano en tanto humano, los carniceros abrazan el horror con convicción. Como si la repugnancia que el horror provoca fuese más productiva que el uso estratégico del terror. O como si la violencia extrema, dirigida a la nulificación de los seres humanos más que a su asesinato, hubiera de recaer más en el horror que en el terror.
[Cavarero, Adriana. Horrorism: Naming Contemporary Violence. Columbia University Press, NY, 2009.  p. 9.]
, Alzatti dibuja bonito. Tiene un cuaderno bellísimo de dibujos, en técnica "bic sobre papel". Ella, Rojo y yo caminamos durante horas bajo un cielo nublado. Este cielo tan frío de octubre.


, Desde el encuentro de Puebla (del que tengo poco que decir, me emocionaron algunos con los que me encontré, me alarmó más sentirlos tan viejos, niños todos ellos), no dejo de leer a Pavic. Allá compré El último amor en Constantinopla, y regresando leí de nuevo Siete pecados, y voy empezando Segundo cuerpo. Va bien. Me asombra regresar a Italia, de donde el Vértigo de Sebald me dejó tan poco. Me dijeron que a Sebald había que tenerle paciencia. Pero ni que fuera a vivir cien años para semejante pereza. También la Cavarero me llevó de vuelta a un idioma bellísimo, que adoro. Pero por ahora, sólo Pavic. Seré serbio y me haré con rudimentos de serbio, espero, para finales de este año. Su poesía no está traducida. Lo dije por tuiter y un reportero me contactó: resulta que vivió en Montenegro y tiene una pequeña colección de literatura serbia. El deseo, de nuevo, se topa de frente con el azar.


, Poema cursi en la mañana. Creer que un poema puede ser un chaleco antibalas no detiene ninguna bala. Pero hay que anteponer al horror, a esa parálisis, el movimiento. Hay que latir, aunque a veces el latido sea torpe. Hay que querer aunque no sepamos cómo. Hay que querernos y morirnos queriendo. Aunque sea.


, Cumpleaños de la Señorita P. y de Mario Anieva. De C., ayer. De Fernanda, de su casa, de Ceniza que ya tiene un año, de ver a Nico, de hacer un fuego enorme en el centro del patio, de la visión del fuego en la madrugada, con sueño, con tanto cansancio.


, No me trabé en la entrevista. Héctor, que justamente pasaba por ahí, dijo que la estatua de León Felipe se parecía a Ginsberg. Sí es cierto.


, Mes del festival Vértigo de los aires. Semana de los MTV Game Awards, al que debo ir por mi trabajo. Fin de semana de amigos, de libros, de reencuentros. Días raros. Años raros. Vida rara. Mía. Con eso tengo para dormir en paz.


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Yo no te puedo querer igual en la guerra

Yo no te puedo querer igual en la guerra.
Yo no te puedo seguir queriendo
como si nadie se estuviera muriendo.
Yo no te puedo querer igual 
frente al rostro sin ojos de la muerte.


Yo no te puedo escribir un poema de amor,
hoy, que no sea de algún modo
un poema de muerte.


Yo no sé si alguien puede seguir escribiendo
poemas de amor
que no sean, a su modo,
poemas políticos,
con todo lo que detesto
los poemas políticos
y casi todos
los poemas de amor.
Con todo lo que detesto
en general, los poemas
y a todos los putos poetas.


Yo no sé cómo la gente
puede seguir escribiendo, o sobre todo
cómo puede seguir queriendo.
Queriendo hasta que uno se muere.
Uno o el otro.
Uno y el otro.
Aunque por querer
uno se muera
en el otro.


Pero sin adjetivos te quiero,
te tengo que querer,
me tengo que forzar a quererte.
Me tengo que forzar 
a escribirte que te quiero,
a guardar un pedazo humano
(una mano, un hueso húmero)
en el fondo del poema
para quererte desde esa mano
o desde ese hueso
que protege esta palabra
que late como una tripa
desde este cuerpo
que los asesinos del mundo
todavía no se llevan.


Me tengo que forzar a quererte
porque si no
ellos habrán ganado.
Tengo que quererte
como si no fueran a matarnos,
como si no nos fueran a matar
nunca, 
con la misma urgencia
que tendría de ti
si fuéramos a vivir para siempre.


Yo entiendo poco de política,
muy poco o casi nada
de literatura mexicana del siglo xviii
(que me parece soporífera).
Odio las ciudades,
odio el campo,
odio cada una de las flores amarillas
de la carretera, profunda
personalmente.
Yo no salvaría
ni siquiera uno o dos ríos,
y no me ocupa
que a dos o tres nombres propios
se los lleve en buena hora el carajo.
Pero te quiero,
y casi es posible
que lo único realmente bueno
de mi parte a esta parte
sea quererte salvaje,
cruel,
violenta,
brutalmente.


Yo no te puedo seguir queriendo igual en la guerra,
aunque esto ni guerra sea.
Yo no te puedo seguir queriendo igual
en el horror;
en el horror
tengo que quererte
también,
sobre todo,
por lo que todavía queda de mundo
sin horror.
Porque estás en el mundo
y el mundo es horroroso, lo cuál,
en mi libro,
hace del mundo un lugar digno.
Un lugar posible.
Algo que todavía no se inventa,
porque lo que todavía no nace
está libre del horror y de la muerte.



Yo no sé cómo la gente
puede seguir escribiendo, o sobre todo
cómo puede seguir queriendo,
pero te voy a seguir escribiendo
que te quiero
de todas formas
porque pues el amor no es un saber,
ni que fuera hermenéutica,
el teorema de Fubini
o una bomba por armar;
porque pues el amor es amor.
O algo.
Y así.



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lunes, 26 de septiembre de 2011

Piedra es perder

Llevo una piedra bajo la lengua y otra entre dos dedos. Si hablo, me trago una; si duermo, tiro la otra. Pierdo de ambas formas. Una piedra es un secreto, la otra es un sueño. 


Nada me impide deshacerme de ambas piedras, pero no soy libre de tirarlas. El secreto consiste en conservarlas y perderlas a la vez, secreto que se revela a través de un sueño. 


Hay que soñar sin soltar la piedra. Estar despierto y dormido a la vez. Decir el secreto que se sueña y grabarlo en la piedra. 


Al despertar, leer la piedra. Ella te dará otro secreto y otro sueño. Y claro, dos piedras nuevas, que no eres libre de tomar o no tomar. En realidad no importa que las tomes o no. Ambas piedras te pertenecen, la del secreto y la de sueño, pero nunca sabrás qué hacer con ellas.


La decisión es absolutamente irrelevante, pero no eres libre de no decidir: debes decidir incluso decidir no decidir. De pronto estás despierto y tienes una piedra en la lengua, que se disuelve. Has estado aquí antes, y sabes que lo olvidarás apenas despertar. Está bien. Como si la vida fuera el sueño que soñamos en el momento de morir. 


Todo lo que veo es parte de un sueño o lo será. No me es dado descifrar el secreto, pero es necesario que conviva con él, que aprenda de su silencio de piedra, que utilice su idioma inventado. Y de pronto la piedra caerá de mi mano. Listo, no hay que matar a nadie ni seguir vigilando. Podemos morir. Ya está hecho. Podemos desaparecer, que es una forma de soñar en voz baja: en el rumor de la piedra que imita el rumor del libro.


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sábado, 17 de septiembre de 2011

Jurar sobre la tumba de un caballo muerto

Uno de mis primeros empleos fue haciendo corrección de estilo para un periódico fundado y cerrado poco después por cierto político de provincias para impulsar su fallida candidatura. Lo mejor que me pasó ahí fue obtener un cheque de liquidación, con el cuál hice un pequeño viaje. Esa noche me informé sobre cómo llegar a Real de Catorce y a la mañana siguiente, al amanecer, me fui.


De Real no me atraían las drogas (el único peyote que vi durante mis días en el pueblo estaba como adorno dentrto de una maceta, en una pequeña tienda de baratijas). Me atraía el desierto, la experiencia del desierto. Era el 2005, tenía 20 años y estaba atorado con la redacción de mi segundo cuaderno de poemas. Por alguna razón pensé que en el desierto podría dedicarme a escribir durante un par de semanas, así que M. me llevó a la terminal de autobuses, de donde salí en un camión hacia San Luis Potosí, de ahí a Matehuala bordeando las montañas y luego en otro camión hasta la entrada a Real de Catorce. 


El túnel era impresionante. Podría googlear el nombre del túnel o ver mis cuadernos de esa época, pero prefiero quedarme con la imagen de un túnel largo y oscuro, anónimo en su peso abstracto de garganta ciega, de montaña sostenida con varillas apenas unos metros por encima de mi cabeza, como anónima la hora o poco más que tarda el destartalado autobús en cruzar de la oscuridad a la plena luz de un pueblo abandonado. Relativo el tiempo en la angustia, en el encierro, se sabe. Un poco, imagino, como nacer.


He tratado de contar esta historia varias veces desde entonces y la verdad no se me ha dado bien. Hay una tendencia exagerada a contar con imágenes, las cuáles a la distancia me parecen demasiado irreales para ser creídas, como la descripción anterior del túnel. Es lo que digo cuando digo que en el lugar de los eventos coloco la escritura, porque si contara los eventos que me ocurren tal como ocurrieron nadie me creería. El túnel cualquiera puede constatarlo, pero progresivamente la historia va tomando un tono que ni a mí me convence. Dudo de la existencia de algunos eventos, del nombre de algunos personajes y del tiempo total que pasé en Real de Catorce. A veces me parecen un par de días, a veces se sienten como meses. Me tomaré todo el espacio necesario para contarla, además, esperando que el lector se canse de leer en pantalla y la abandone. Que deje encerrado al desierto dentro del desierto. 


Del primer día recuerdo cuánto me impresionó lo pequeño del pueblo, un par de calles polvosas como líneas en una mano muy seca. Me conseguí el cuarto más barato que encontré y salí a comer. No recuerdo bien a bien la comida de los demás días, pero el primer día comí en un restaurante italiano para turistas: berenjenas con ajo, filete y vino tinto. Las berenjenas estaban bien, y casi puedo decir que fueron las mejores que comí nunca. El vino era pésimo. Al bajar la tarde me senté en un barranco donde el pueblo termina y comienza el desierto. Con el sol doblándose, recuerdo el desierto azul, pero es un detalle que no puedo confirmar, o puede tratarse de que confundía el desierto con el cielo. Recuerdo mucho mejor, en cambio, la sensación de frío inmediato cuando el sol dejó de verse tras una montaña. Fue como un apagador de luz para activar el frío. Ya. Ahí. Justo entonces Montalvo subió por el barranco. 


No recuerdo el nombre de mucha gente; practico la cortesía como una manera de mantener a la gente a la distancia: descubrí que mientras más amable eres, más inaccesible te vuelves. Funciona por un tiempo, claro. Pero con Montalvo pasó que se hizo mi amigo en cuestión de minutos. Es una de las personas de ese tiempo que genuinamente extraño. Era brasileño, chamán según su propia descripción y artesano como descubrí con los días. En un portuñol bastante torpe dimos a entender un agradecimiento común: estábamos de lo más felices de estar, cada quien por sus razones, justo en medio de la nada.


La "nada", con todo, no describe precisamente a Real. Puedo describir Real de Catorce como un vagón de tren que se quedó varado y luego fue acondicionado para atraer turistas. Nunca entré a la iglesia del lugar, pero era común ver a viajeros, turistas y hippies de todas nacionalidades en train de la iluminación, menos en la iglesia que en las plazas o en las dos o tres cantinas, planeando expediciones nocturnas al desierto, rentando caballos o apalabrando camionetas. La gente va por el peyote. "Peyote solidities", que decía Ginsberg. La experiencia de la soledad delirante de hikuri, como llaman en lengua huichol al peyote. El venado azul, el ciervo vulnerado que elige a su cazador. 


Mi experiencia mística, para pronta decepción del lector, fue la del tiempo: tener todo este tiempo para escribir. Recuerdo que la mano me dolía después de estar sentado unas diez horas diarias durante días escribiendo en los cuadernos blancos que llevé. Terminé el poemario, que no valía nada ni entonces ni ahora, y tomé muchas notas para una novela la cual, por supuesto, nunca publicaré. Después de escribir unas horas en la mañana bajaba a buscar algo de comer, y siendo el pueblo tan pequeño no había necesidad de que Montalvo y yo nos pusiéramos de acuerdo sobre la hora y el lugar para vernos. Simplemente bajaba, andaba un poco y ahí estaba, en su puesto portátil de collares y pulseras, el cuál recogía para que fuéramos a comer a la cantina. No lo vi beber nunca, eso sí. De él recuerdo realmente su risa, su acento indistinguible ya como marca de ninguna nacionalidad, sus rastas muy largas y sus dientes de caballo. Fue en la cantina donde conocimos a un par de músicos gringos. Montalvo juraba que podía hablar inglés, but basically I did the talking


No es que hubiera demasiado que contar tampoco. Con los músicos nos quedábamos en la plaza (si a esa plancha pavimentada puede llamársele plaza o kiosco) tocando canciones hasta que un policía (si a esos gordos desagradables puede llamárseles policías) llegaba y amenazaba con arrestarnos si no bajábamos el volumen. Según entendí, el único crimen realmente grave tenía que ver con portar o transportar peyote. Entiendo que además de que su consumo es ilegal fuera de las comunidades que practican ritos religiosos en torno a él (pues las comunidades huicholas están protegidas por el artículo 24 de la constitución mexicana [¿por qué coño sé eso?] con respecto a la libertad de culto), resulta que es una especie vegetal en extinción, protegida por algún elegante tratado conservacionista, por lo que la multa puede ser muy costosa. No sé. El caso es que regresaba borracho de madrugada al cuarto que rentaba y me ponía a escribir unas cuatro o cinco horas más, hasta que amanecía y caía rendido. Hasta que comenzaba otra vez. Así por días.


No recuerdo cuándo fue que Montalvo y yo conocimos al matrimonio McComb. Helen y Rudolph McComb eran una pareja de jubilados escoceses que recorrían el mundo en sus años dorados. Recuerdo que Rud me dio la tarjeta de su negocio de compra y venta de autos usados, misma que debí perder en alguna mudanza. Con ellos fuimos a ver las minas abandonadas. Como no es difícil investigar, Real de Catorce fue un pueblo minero que se quedó sin minas, o propiamente, sin metales qué explotar. De la mina recuerdo un agujero donde tirabas una piedra y tardaba varios segundos en caer, provocando un eco atroz, aunque infernal no sería un calificativo inapropiado. Igual que con Montalvo, nunca nos poníamos de acuerdo para ver a los McComb, y simplemente nos encontrábamos. Por eso mismo no hubo manera de despedirse. Y qué mejor.


Parece que esa estrategia le funciona bastante bien a Montalvo. Decía tener unos 37 años, pero aparentaba muchos menos. Había una chica en el pueblo (qué clase de historia sería esta si no hubiera por lo menos una chica), con la cuál, en un viaje previo, había tenido el buen tino de hacer un recuerdo en la trastienda del negocio de souvenires de la chica. El recuerdo se llamaba Kin y tenía seis años. No podría decir que heredó los dientes de caballo de su padre, pero el parecido era innegable. Y no era que tratara de negarse nada, realmente. Durante los últimos días en Real pasamos mucho tiempo con Kin, que iba y venía del negocio de su madre hasta el puesto callejero de su padre, en el cuál estaba yo temporalmente empleado. O para decirlo en jerga corporativa, "en capacitación".


Habrán sido unos cinco o seis días que viví virtualmente de lo que vendíamos en el puesto, además de ahorrar un poco para rentar un caballo y hacer alguna expedición al desierto. Resulta que tengo talento para tejer collares, pulseras y complicadas gargantillas de alambre, habilidad que está más que sepultada hoy en día. Un día mientras tejía algo con un hilo transparente, plástico y elástico, llegó un actor de Hollywood haciendo el papel de turista. Con las cosas que hice y vi durante esos días, mismas que me reservaré al igual que el nombre del actor, me pareció de lo más natural ver pasar frente a mí a alguien que acababa de ver recientemente en alguna película. You're an actor, le dije, seguido de su nombre propio. Tuvo un pequeño pero significativo gesto de pánico y asintió. Sonreí y volví a lo mío. Preguntó por alguna cosa pero no compró nada. ¿Se habrá decepcionado de que no le pidiera un autógrafo? ¿Será que fue, como yo, a desaparecer, y confrontado con su nombre propio reapareció de pronto en medio de la calle polvosa de un viejo pueblo mexicano? 


¿Será que este post se está extendiendo demasiado? Bueno, para la brevedad está Twitter, dirían los puristas. Pero esta no es una historia breve, aunque estoy descontando muchos episodios por que temo enterarme, al escribirlos, de que realmente nunca ocurrieran.


Tuve que escapar de mi lugar de escape. Un repentino momento de desesperación fue sucedido por una extraña sensación de libertad, naturalmente, en sentido existencialista: el ser es ser frente a la situación. Montalvo se iría más al norte, probablemente a la frontera, y me sugirió que lo acompañara. Me negué, por M. Cuando me di cuenta de que me hubiera gustado que M. estuviese ahí conmigo, sintiendo ese frío que se activa automáticamente cuando cae el sol, caminando por el desierto, cuando terminé el collar que hice para ella (con una enorme piedra morada cuyo nombre, claro, he olvidado) supe, pues, que era hora de volver. Además de que un evento inesperado apresuró mi salida del pueblo. Encontré a Montalvo cerca del túnel, antes del amanecer. Vio mis manos, mi prisa, mi mochila y mi sombrero y comprendió todo. Montalvo me dijo "vengo". Entendí que era un modo cortés de despedirse.


Atravesar el túnel a pie me dejó bastante agotado. Me sentía muy ridículo con el sombrero que usaba en Real, pero agradecí llevarlo mientras caminaba por la carretera, con el pulgar hacia el cielo como había visto en las películas o leído en las historias sobre Neal Cassady o Jack Kerouac. Salí del pueblo después del amanecer y para medio día aún no conseguía aventón. Mi prisa se debía a que mis perseguidores me dieran alcance. Llegué a pensar que el autostop era una suerte de guiño entre iniciados, y que un novato como yo simplemente no tenía cupo en una cofradía de autoestopistas mundiales y secretos. Afortunadamente una pick up se detuvo. En esta parte del camino de este largo post voy a esconder todo lo que extraño a Mauya, mientras subo a la camioneta por la carretera empinada que baja de Real, al amanecer. Dudo que alguien haya llegado hasta aquí, así que voy a poner aquí el nombre de Mauya, que naturalmente no es el nombre de Mauya ni de la M. del principio ni el final de esta historia, sino simplemente un animal de desierto, un bellísimo animal humano, la hembra que me falta todos los días. Y junto al nombre de Mauya, mientras recuerdo la línea recortada de las montañas contra el cielo de mediodía desde una pick up en el desierto, voy a enterrar toda esperanza de verla otra vez. Voy a darla tan perdida como la novela que escribí en Real de Catorce y quemé hace poco, al prepararme para esta última mudanza. Voy a soportar pensando que su cuerpo y su voz son tan irreales como el caballo que renté para una breve incursión al desierto, el cuál de pronto se desplomó, muerto, en medio, ahora sí, de la nada. Voy a suponer que Mauya es tan irreal como la víbora o el alacrán que no vi que picara al caballo. Que Mauya es tan etérea como el peso del silencio en la noche del desierto. Que Mauya es una luz que no cesa, como las estrellas detenidas en una luz que tampoco existe, pero que existió, hace millones de años, fija en su insistencia de brillar, fijas como las patas del caballo en la rigidez de la muerte, con las moscas que se filtraban zumbándole por la nariz y los ojos mientras yo cavaba en la dura arena con mis manos peladas una tumba, con las montañas alrededor y los fálicos cactos. Que Mauya es tan irreal, en suma, como esta historia.


Me quedé en Matehuala un par de horas para comer algo y volví a la carretera. Recuerdo llegar a San Luis Potosí ya de noche, en otra pick up, sosteniendo instintivamente mi sombrero con una mano mientras trataba de dormir. Recuerdo el frío de la carretera, pero sobre todo las estrellas. Un viaje al norte en esas condiciones sería en estos días algo poco recomendable por la peligrosidad que han tomado los caminos de unos años a la fecha. Sería por lo menos tardado, mucho más, debido a los retenes militares; pero entonces, hace seis años no sólo era posible, sino necesario. No sé cómo ve las estrellas la gente en un viaje de peyote, y no sé si frente a la violencia de estos días la gente podrá volver a viajar tranquila durante la noche por las carreteras del norte, o será que el narco ha secuestrado también el desierto, y junto al desierto, el cielo del desierto y las estrellas, pero a mi me bastan las estrellas tal como son, lo que es decir, como las recuerdo.


No sé por qué conté esta historia justo hoy, justo ahora. Tal vez porque hace justo un año aterricé en Tijuana, a donde pensé volver este año, pero me fue imposible. Tengo pequeños cuadernos de todos los viajes que he hecho desde los 14 años, cuando viajaba con un maletín que contenía mi libreta de dibujo (la razón por la que dejé de dibujar merecería un post aparte), algunos cómics, algún libro, libreta para escribir, lápices de diversos tipos y plumas de tinta china. Ese es el problema de no recordar por qué cuenta uno las cosas. ¿Conté Real debido a mi imposibilidad de contar Tijuana? ¿Conté Real por el embrujo reciente que dejaron en mi J. y D. R. con sus historias de iroqueses y cantos, y cuyos nombres entierro también, aquí, en las arenas del texto, en el lugar de la absoluta hospitalidad? ¿Conté Real porque no es real? Conté Taxco hace poco. Tengo muchos apuntes de Xalapa, otros numerosos de mi temporada chiapaneca y otros del tiempo que me disloqué el hombro surfeando en el Pacífico, cuando pensaba que no volvería nunca a la ciudad. Nunca he salido del país. Nunca ha sido necesario, y con todo j'ai connu chaque fils de famille! Recuerdo que M. me recogió en la terminal cuando volví de Real. Una señora me prestó unas monedas para poder llamarla y que fuera por mí. Es una deuda que recuerdo constantemente, no sé por qué, como si debiera buscar por el mundo a esa señora para devolverle sus cinco pesos.


Cuando digo que no sé algo, es por que en el fondo lo sé, pero sencillamente no quiero desarrollarlo. Conté esta historia para que D. la lea, aunque sé que es muy poco probable que lo haga. Conté esta historia porque la extraño. Porque hay que contar cosas aunque no se sepa bien a bien ni por qué ni a quién las cuenta uno. No sé. Lo que sí sé es que juré sobre la tumba de un caballo muerto no viajar si no tenía algo que hacer en el sitio al que viajo, lo cuál ha funcionado muy bien hasta ahora. Nunca seré turista, lo sé. Y claro, sobre la tumba de ese caballo muerto juré tampoco volver a usar sombreros después de llegar a casa. Y no lo he hecho desde entonces.


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domingo, 4 de septiembre de 2011

Iniciales

, Hay que escribir sólo para forzarse a escribir. La musiquilla, este pataleo de teclas, este ronroneo. Hay algo animal a respecto de los dedos cuando se escriben: hacen formas modestamente salvajes, como pulpos o arañas. Obvia, la imagen, pero es cierto. Algo inicia siempre cuando se escribe, aunque no importe. Escribo, hoy, porque no tengo nada que decir. Pero hacerlo es sumamente importante.

, Leo un cuaderno del 2009: quise mucho a E. Me dolió mucho que nos distanciáramos. Hay muchas iniciales en mi cabeza estos días: toda la falta que me hace D.; todo lo irreparable que quedará con M.; todo lo que odio a la otra M.; los textos que quiero comentarle a R.; los encargos secretos de C. que me emocionan y para los que no hallo tiempo. E.T.C. En este sentido, no seré nunca un hombre de letras; a lo mucho, de unas pocas iniciales.

, En el 2009 vivía donde me dejaban quedarme. Pocas veces me faltó de comer, pero a veces me faltó. Tenía miedo, pero no sé a qué. K. fue decisiva en ese proceso. Ella, la Woolf, y P. Ese año escribí en casa de G. Por los rasgos una bayoneta, cuyos ejemplares acabo de recibir esta misma semana. D. me ayudó a corregirlos. Oye: nos quedó bien. Gracias.

, Hoy terminé de releer El proceso, donde, justamente, el protagonista es una inicial. Recuerdo de cierta carta de Kafka donde dice que un libro no debe darnos felicidad, sino algo así como un golpe en la cabeza. Lo recuerdo espontáneamente, a cuento de nada. Esta relectura fue sustanciosa porque pude corroborarla con los comentarios de Elias Canetti sobre la correspondencia de Kafka con Felice Bauer; el germen de El proceso está ahí, en ese otro proceso de verse no como agente de la propia vida, sino como confluencia de las determinaciones externas. Una vida como un accidente.  De tránsito, claro. Como Ch. que llega y me reclama alguna cosa. ¿Qué manía de vivir con gente? Había sido un fin de semana tan pacífico. ¿Preferiría a la señora Grubach? Sin duda no. Pero hasta ahora había honrado ese dictum kafkiano este domingo de lluvia:

"No es necesario que salgas de casa. Quédate junto a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera. Pero ni siquiera esperes, quédate completamente quieto y solo. Se te ofrecerá el mundo para el desenmascaramiento, no puede hacer otra cosa, extasiado se retorcerá ante ti." [Aforismos, apéndice a 109.]

, Así, muy quieto y muy solo me quedé todo el día frente a mi mesa, con valientes irrupciones en la cama sólo para estirar la espalda un poco. El mundo no se me reveló ciertamente, pero cumplí con mi parte. Tal vez mañana. ¿Escribir no es estar a la espera, a disponibilidad, como ponen en las cartillas militares, sencillamente, a que tal vez mañana ocurra en esta misma mesa algo de la talla de un ofrecimiento? ¿Que, si uno hace su parte y se pone en su mesa, el mundo, o tal vez algo más modesto, una huella o inicial, se ofrezca frente a nosotros?

, Lo de estar muy solo realmente no fue tan exacto: desde hace días vienen cuatro o cinco albañiles a hacer reparaciones por todas partes. Le conté a F. la historia de la señora Winchester, que, temiendo que los espíritus de los muertos por el fatal invento de su esposo vinieran a cobrarse con ella, por consejo de una bruja tenía día y noche a gente en su casa haciendo reparaciones. Una noche particularmente lluviosa, como esta misma en DF, aunque la de ella ocurriese en Texas, creo, los obreros tuvieron que suspender las labores nocturnas y la señora Winchester murió. Pero a diferencia de ella, mi carácter me lleva a preferir mil veces a los fantasmas que a las personas; al menos aquellos son infinitamente sutiles en sus, así llamadas, manifestaciones, mientras que estas otras no hacen sino manifestarse. Sí: espontáneamente me siento más cerca de los fantasmas que de las personas, por la sencilla razón de que su manera de estar es un no estando en voz alta.

, A sugerencia de E. de G. le di la plaquette a D.H., con singular vergüenza. Hace un par de años, Raúl Zurita se decepcionó modestamente, o simplemente se sonrió decimonónicamente, cuando le dije que no había publicado aún en forma de libro. Se decepcionó porque fue más como salir de su radar antes de haber entrado del todo. Ese mismo día conocí a J., mi querida abuela, quien me regaló su libro apenas conocerme. Secretamente creí desde entonces que había que escribir libros sólo para regalarlos. Ayer le di una plaquette a S. y me sentí tranquilo de que no pidiera dedicatoria. Una cortesía muy rara opera en ese ritual. Una vez lo discutí con C., en un parque mientras bebíamos whisky en botellas de agua mineral: ¿se debe leer la dedicatoria en presencia del autor o no? Hay dedicatorias medio forzadas, cabe aclarar. V. descubrió una hace poco en un librito mío de JEP, por ejemplo. Aunque las hay gratas y abundantes, como las de Y. La que le hice a D.H., ruborizado y bajo una lluvia aún más feroz que esta, que ya escampa, decía "Tenga piedad", pero lo que quise decir fue "misericordia." La diferencia es que la piedad es el trato con lo otro, lo cuál, como gran lector, encontrará acaso aburrido con mi librito, pero no problemático; y la misericordia, en cambio, es en primera instancia una apelación al sufrir compartido, a la compasión, a decir "mire que fue lo mejor que pude hacer. Sea benévolo. No me condene tan pronto." Aunque, como vemos en el caso de Josef K., la condena depende de cuántas cosas ajenas a nosotros. Yo me ahorro el proceso, gracias: soy culpable de mi librito.

, M.P. me dio una excelente noticia esta semana: viene pronto J.K. (¡vaya respondencia!) y podré hablar con él. Creo que hace mucho no estaba genuinamente feliz por conocer a alguien que sólo he leído, y con cuánto gusto.

, A veces siento que escribo como personaja de Jane Austen, pero ebria.

, F. me pidió El libro de Pixie, para una posible reedición. El único ejemplar que tuve se lo di a N. recién conocerla. No me arrepiento, como sí debería de tantas otras cosas respecto a ella.

, Madre me pidió que fuera a misa, o "que la viera por Internet." Le respondí que leería, en cambio, algo de la  Biblia. El problema es que mi libro favorito de la Biblia siempre ha sido Job, lo cuál es muy apropiado después de una semana kafkiana (este aroma perenne de barniz y pintura, como el estudio bochornoso de Titorelli...), así que siento que no he cumplido del todo con su encargo. Ir a misa siempre me ha parecido (y digo "siempre" con conciencia del tiempo: dejé de acompañar a mis padres a la iglesia para quedarme a jugar Super Nintendo) aceptar de antemano la culpa de algo. El algo, claro, es el pecado original. Y el constructo teleológico llamado Dios sabe que no soy una persona lo que se dice "buena", pero no ha sido defecto de fabricación: si me he ido pudriendo fue por un esfuerzo constante y razonado.  Por ello siento que no he cumplido con el encago de Madre: en vez de ir a sentirme culpable en público me quedé a ser feliz en privado con mi biblos favorito del Antiguo Testamento. No puedo evitar sentirme un poco como Leopold Bloom ante su madre. Él sí que estaba podrido.

, Pasarme por la facultad me dejó en un estado inconveniente por varios días. Esta especie de conciencia de que no me doctoraré nunca, y de que eso debería ser malo. De que debería sentirme mal por algo. Pero desde entonces puedo leer lo que yo quiera: incluso me descubrí leyendo hace unos días una antología de sociolingüística simplemente porque algo me interesó siempre de ahí. Pero pude también repasar un pequeño manual de métrica árabe para mi traducción de Adonis; pude releer Soledades en soledad, y no en un salón lleno de gente; pude sobre todo ver un par de películas de Woody Allen y leerme dos libros de Vila-Matas en absoluta paz. ¿En serio necesito doctorarme? ¿Necesito aprobación para escribir lo que yo quiera? Madre, debo confesar que he pecado de soberbia: en mi escritura me exijo mucho más de lo que me exigirá nunca ningún doctorado.

, Estoy aprendiendo latín por mi cuenta para traducir unos poemas puercos de Catulo, además de las Heroidas de Ovidio, que me contentaría con poder leer en el original, porque la traducción del maestro Alatorre es maravillosa. Nunca disfruté latín en la facultad, con todo lo que M. y P. se esforzaron en hacerme entender las declinaciones. Ya entendí: simplemente no tenía una buena razón para aprenderlo. Tuve una buena razón para acercarme al francés, en cambio: Rimbaud y Mallarmé. Al italiano: Dante y Leopardi. Al portugués: Pessoa. Al alemán: Hölderlin, Rilke. Pero al llegar a la facultad conocía de literatura latina sólo la Epistola a los Pisones de Horacio, el discurso de la amistad de Cicerón y un par de libros de la historia de Roma de Tito. No me habían ocurrido las Heroidas, esa obrita brutal, con ripio y todo. Quisiera leer la carta de Briseida a Aquiles en el original. Quisiera leerla con D., en latín, en español, en lo que sea. Es más que suficiente razón.

, Odio esta casa. Odio a la gente. Jack White: I got moving on my mind.

viernes, 26 de agosto de 2011

Ocasión de morir




la ocasión de morir muerte temprana
Luis de Góngora

1.

Fatigar, labriego, la horizontal de los campo-
santos como hortalizas de huesos
donde plantados sobre su pedazo firme
el nombre de las piedras apunta
la porción de carne que se olvida.

Filamento de luz todavía; el día
no está contado.
Queda en suspenso la raíz del nombre familiar
que venimos agotando
en el poema de nombres y números,
fechas sobre lápidas en la parcela
donde la ciudad deposita las evidencias
de su paso.

Primer día en la ciudad, avenidas
de la muerte: ha venido mi paso
a ver si me sale al encuentro
un espejo o la comprobación de que,
como decían,
la familia nació (verdolaga)
un día de polvo entre dos piedras
resecas.


[De Ocasión de morir, un libro en preparación.]
.

jueves, 18 de agosto de 2011

HIC SVNT DRACONES

, La escritura es un barco de guerra.

, He soñado con dos hermanas bellísimas. Científicas sudacas. ¿Su línea de trabajo? Los zombis. Cobraron fama por un trabajo según el cuál un cuerpo muerto podría recobrar la vida mediante el beso de otro cuerpo. Sí: el fenómeno de la "bella durmiente." La morena me contó que la saliva contenía cierto plastosema (no creo que tal cosa exista en el mundo de este lado del espejo) que, de untarse apropiadamente por el cuerpo muerto, podía activar el sistema de defensas y generar una sobrecarga en los receptores neuronales, lo cuál permitiría que el cuerpo recobrara movimientos espasmódicos involuntarios, el simulacro de vida. Pero serían zombis, les dije. Es lo que la comunidad científica opina, dijeron. 

, Vivo al final del mundo conocido, en el borde de una silla. Los amplios ventanales de mi cuarto se mantienen cerrados para que el mundo no se asome. En una maceta del balcón, cultivo piedras.

, Creo que fue Thomas de Quincey quien dijo que dios creó al gato para que el hombre pudiese tocar al tigre. Durante los últimos 10 años he visto dos tigres, ambos de maneras inesperadas. Un tigre es, de algún modo, una imagen menos que un animal. Incluso en el zoológico los tigres suelen ser esquivos, pero a veces te esperan como imágenes agazapadas en los pueblos más remotos. Es por este rasgo que podemos afirmar que, formalmente, los tigres imitan el comportamiento de la muerte, o en todo caso, el tigre es un atributo de la muerte.

, Encontré a las hermanas en el aeropuerto de Mictlán. La rubia me contó que un investigador les había sugerido que publicaran un artículo burlándose de su teoría de la resucitación zombi. Ellas se negaban porque, aunque habían logrado solamente un par de experimentos exitosos, no creían que el investigador las tomara con seriedad. Traté de explicarles que se trataba de un simple cambio del enfoque documental, que no estarían falseando los resultados, y que de hecho el enfoque zombi era sumamente provocador. En ese momento la morena comenzó a borrar con la mano derecha lo que la rubia escribia sobre un iPad con la izquierda.



, La última vez que vi a Mauya le regalé, entre otros libros, Siete pecados capitales, uno de mis libros favoritos, del escritor serbio Milorad Pavic, nada menos que en Caravanseraï, la casa francesa de té. Unos días antes de que le escribiera diciéndole que no la vería más, me escribió diciendo que había encontrado una llave. Hace unos días, entre los arreos de la mudanza, encontré precisamente un arete. Si el improbable lector está familiarizado con el cuento "Té para dos", comprenderá perfectamente esta historia. El problema con Mauya es que en nuestra mesa de té no hay dos, sino tres. Tres no pueden tomar té.

, En mi sueño, le preguntaba a las hermanas sudacas científicas si los cuerpos que habían recobrado la vida podían efectivamente reintegrarse a una vida "normal". "¿Normal? De donde venimos eso no existe. Todo es un atributo de la muerte, así que de alguna forma la vida es simplemente una forma de morir en movimiento", dijeron. Traté de explicarme lo mejor que pude, pero no había palabras en su lengua para algunos conceptos fundamentales que necesitaba para explicarme. "Dolor", por ejemplo, tuve que describirlo como un modo turbio de estar despierto; "sueño", en cambio, lo describí como una muerte donde no caben flores. En ese momento me acordé de Gustavo Cerati, y les pregunté si podían regresarle la vida a un hombre en estado vegetativo con esa técnica. Después de un arduo trabajo de traducción, me explicaron que es una bárbara reducción --perdonable en mí, un lego para cuestiones científicas-- pensar que la vida equivale a movimiento; la vida es voluntad o nada. Lo que ellas hacen es generar impulsos eléctricos en cuerpos que se pudren, en piedras y en tazas de porcelana: entienden bien que su trabajo imita la vida. Por muerte entienden únicamente una forma superior de pensar despacio.


, Ayer pude ver junto con Victoria el gigantesco monolito de Tlaltecuhtli, la diosa azteca con nombre de varón. Puede mirársele en posición de parto, bebiendo la sangre que probablemente venía de su útero. Según la mitología azteca, Quetzalcóatl y Tezcaltipoca la dividieron para formar el cielo y la tierra, sin embargo esta división no la destruyó, sino que continúa viva en lo visible y lo invisible. De algún modo, Tlaltecuhtli está viva y muerta al mismo tiempo, como el gato de Schrödinger, ya que de su vientre nace todo lo vivo y a su boca regresa todo lo muerto. Según el museo, sus senos fláccidos dan cuenta de una increíble fecundidad, y sus rizos son característicos de los dioses del inframundo. El monolito fue descubierto el 2 de octubre del 2006. Me pregunto sobre cuántos dioses caminamos todos los días en el DF.

, Creo que no son sólo las puertas de mi cuarto, sino las mismas cuencas de mi cráneo en las que comienzo a retraerme más y más, como si después del límite de mi cuerpo todo matara, todo fuera una expresión del sufrimiento. Duermo sin dormir desde hace semanas: me quedo meditando, muy quieto, en la posición Savasana que me enseñó Mara, la posición del cadáver. A veces tengo sueños, y en los sueños puedo escuchar el ruido del Viaducto como si fuera el ruido de la orilla del mundo. Me agazapo tras mis ojos. Me niego a ver un mundo donde no está ella. Sé que el dolor no desaparece, pero su intensidad baja de volumen, se vuelve soportable, se queda como una estática en el fondo del espíritu, unos huesos dentro de un baúl en el sótano. ¿Eso serás para mí en el futuro distante, Mauya, toda tu belleza brutal reducida a una tumba, a unos huesos amargos de donde crecen gerberas en la oscuridad?

, El mar es un dragón. En la cartografía antigua, las zonas desconocidas del globo se designaban con el nombre HIC SVNT LIONES, y posteriormente, DRACONES, indicando la existencia de peligros para la navegación. Esa forma de demarcar una realidad desconocida mediante el artilugio de un nombre no es sino expresión del miedo que da conocer cualquier cosa. Yo no quisiera conocer un mundo sin Mauya, y de hecho me parece muy difícil pensar o escribir ahora que no está. Me mantengo atado como Ulises al mástil de este barco de guerra, porque sé que si regreso me destruirá. ¿Pero es que en esa zona desconocida del mapa, sus besos no me han destruido ya, y sus besos no me devolvieron cuántas veces la vida? El dolor me vuelve cursi; disculpe el lector, me estoy sosteniendo los huesos como puedo, con cera y amarras de tensas cuerdas, para no desbaratarme.

, En el aeropuerto de Mictlán me despedí de las hermanas científicas sudacas. Les pedí que me mantuvieran informado de sus descubrimientos e intercambiamos tarjetas. Me besaron al mismo tiempo en ambas mejillas, como una moneda que tuviera tres caras. Al preguntar a dónde iban me dijeron que regresaban a su casa, al país de los tigres.

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lunes, 8 de agosto de 2011

Žižek y la pregunta por la libertad (fragmentos)

[La filosofía y el psicoanálisis son esfuerzos humanos para resistir o por lo menos comprender la fuerza "inexorable" del destino; en ocasiones, ponemos palabras en el lugar que dejan vacante personas o situaciones; en ese sentido, el pensamiento, las palabras, están siempre en el lugar de una pérdida. Si se quiere ver en mí un síntoma histérico, es el de poner palabras en el lugar de un desgarre: traduzco esto como parte de un proceso de duelo. Por supuesto, el lector puede no tomar en cuenta esta pequeña separata y sumergirse en la asombrosa y provocadora perspectiva de Žižek sobre "el bucle de la libertad", el proceso áutico en el que asumimos/aceptamos las causas que nos determinan en tanto Ser, o como él explica, el modo en que los efectos crean las causas es el lugar y condición de posibilidad mismas en que se actualiza la emergencia del Ser. Si se quiere, esta patética explicación está puesta en el lugar de un disclaimer legal, y aunque no se quiera, funciona, a su modo, como una declaración de amor. En los siguientes extractos, Žižek utiliza "Self" conservando la ambigüedad entre el Self psicoanalítico (el órgano de contacto, fundador del sujeto) pero también como Ser, dentro de un discurso ontológico más amplio que se ramifica y explicita en otras partes de The Parallax View. Lo que no debe perderse de vista es que se piensa el sujeto en tanto Self y Ser: una zona vacía que sólo existe mediante su aparecer, como en el Dasein de Heidegger, pero también mediante su interacción, como en los sistemas informáticos y la biología neuronal. Cabría tener a la mano también la distinción heideggeriana de lo "aparente", como aparición (epiphainós), aparecer fenoménico y "falsedad", la apariencia platónica. Conservamos "Ser" para facilitar la lectura y porque el contexto lo permite. Las negritas son nuestras. Los fragmentos están tomados de Slavoj Žižek: The Parallax View, MIT Press, Massachussets, 2009, entre las pp. 203-210, con mucho desierto en medio y a los lados.]

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El bucle de la libertad (fragmentos)

El Ser es precisamente una entidad sin ninguna densidad sustancial, sin ningún núcleo que garantice su consistencia. Si penetramos la superficie de un organismo y observamos más y más profundamente dentro de él, nunca encontramos algún elemento central de control que sea su Ser, secretamente controlando los hilos de sus órganos. La consistencia del Ser es, así, puramente virtual; es como si fuera un Dentro que aparece sólo cuando se le ve desde Fuera, en la pantalla-interfaz --en el momento en que penetramos la interfaz y tratamos  de alcanzar la "sustancialidad" del Ser, como "en sí mismo", desaparece como arena entre nuestros dedos. Por ello, los materialistas reduccionistas que afirman que "en realidad no hay ser/yo" están en lo correcto, sin embargo pierden el punto. Al nivel de la realidad material (incluso en la realidad psicológica de la "experiencia interior"), el Ser en efecto no existe: el Ser no es el "núcleo interior" de un organismo, sino un efecto superficial. Un verdadero "Ser/Yo" humano funciona, en cierto sentido, como la pantalla de una computadora: lo que está "detrás" no es sino una red de maquinarias neuronales "sin ser". La tesis de Hegel de que "el sujeto no es una sustancia" debe, así, ser tomada literalmente: en la oposición entre el proceso corporal-material y la pura apariencia "estéril", el sujeto es apariencia en sí mismo, traído a su auto-reflejo; es algo que existe únicamente en tanto aparece frente a sí mismo. Es por esto que es un error buscar detrás de la apariencia por el "verdadero núcleo" de la subjetividad: detrás de ella no hay, precisamente, nada, sólo un mecanismo natural insignificante sin "profundidad" en él.

Cuando Heidegger enfatiza que el auténtico Dasein decide libremente, que encarna la auténtica libertad en contraste con aquellos que sólo siguen al "uno", su noción de libertad implica la misma yuxtaposición paradójica de la libre elección/decisión y la asunción de la necesidad predestinada que encontramos en la teología protestante a través de Nietzsche y Wagner (la libertad más alta es la de libremente asumir y encarnar el propio destino, lo que inexorablemente tiene que pasar): lo que en realidad se libera en una auténtica decisión no es Dasein como tal, sino su destino mismo: el "poder del destino se vuelve libre". De manera suscinta, lo que hace libre mi decisión no es primariamente que yo mismo elija libremente, sino que mi decisión elige libremente el poder mismo del Destino... 


El premio Darwin 2001 al acto más estúpido fue conferido de manera póstuma a una desafortunada mujer de la provincia rumana, la cuál despertó en medio de la procesión de su propio funeral; después de salir de su ataúd y darse cuenta de lo que ocurría corrió ciega de terror y fue atropellada por un camión en un camino cercano, muriendo instantáneamente... ¿No es este el mejor ejemplo de lo que llamamos destino? La pregunta por la libertad es, en su expresión más radical, la pregunta por el modo en que este círculo cerrado del destino puede romperse. La respuesta es, por supuesto, que puede romperse no porque "no está realmente cerrado", ya que el esfuerzo mismo del sujeto por romperlo estaría incluído por adelantado. Esto quiere decir: ya que nuestros esfuerzos por alcanzar nuestra libertad y escapar del destino son en sí mismos instrumentos del destino, la única manera real de escapar al destino es renunciar a estos esfuerzos, el aceptar el destino como inexorable. (El destino de Edipo --matar a su padre, casarse con su madre-- se cumplió a través de los esfuerzos mismos de sus padres por evadirlo: sin este esfuerzo por evadir el destino, el destino no puede realizarse.) 
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Si en la historia de la literatura moderna existe una persona que ejemplifica la derrota ética, es Ted Hughes. La verdadera Otra Mujer, el foco de la saga Hughes-Plath... es Assia Wevill, una belleza judía de cabello negro, sobreviviente del Holocausto, la amante por la que Ted dejó a Sylvia. Así que esto fue como dejar una esposa y casarse con la mujer loca del ático --sin embargo, ¿cómo se volvió loca? En 1969 ella se mató del mismo modo que Sylvia (intoxicándose con gas), pero matando junto a ella a Shura, la hija de Ted. ¿Por qué? ¿Qué la llevó a esta extraña repetición? Esta fue la verdadera traición ética de Ted, no la de Sylvia --aquí, sus Birthday Letters, con su mitologízación falsa, se vuelven un texto éticamente repulsivo, culpando a las fuerzas oscuras del Destino que manejan nuestras vidas, poniendo a Assia en el papel de la seductora oscura: "Tú eres la fuerza oscura. Tú eres la oscura fuerza destructiva que destruyó a Sylvia." (La noción psicoanalítica del Inconsciente es precisamente lo opuesto a este Destino instintivo e irracional en el cuál trasponemos nuestra responsabilidad.) Recuerden la línea de La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde: "Perder a un padre puede ser visto como una infortunio; perder a ambos parece falta de cuidado." --¿no es lo mismo con Ted Hughes? "Perder una esposa que se suicida puede ser visto como infortunio; perder dos esposas parece falta de cuidado..." La versión de Hughes es una larga variación del "no es mi culpa" de Valmont de Las amistades peligrosas: no fui yo, fue el Destino --como él lo dice, la responsabilidad es "un fingimiento válido solamente en un mundo de abogados y moralistas." Todo su parloteo sobre la Diosa Femenina, el Destino, la astrología, etcétera, es éticamente inválido; así es como la diferencia sexual se connota aquí: ella era histérica, astuta, auténtica, autodestructiva; mientras él mitologizaba y ponía la culpa en el Otro.

En términos kantianos, como hemos visto, estoy determinado por causas, pero yo (puedo) determino retroactivamente qué causas me determinarán: nosotros, sujetos, somos pasivamente afectados por objetos patológicos y motivaciones; pero, de un modo reflexivo, nosotros mismos tenemos el mínimo poder de aceptar (o rechazar) el ser afectados de esta manera --es decir, nosotros determinamos retroactivamente las causas autorizadas para determinarnos o, al menos, el modo de esta determinación lineal. La "libertad", así, es inherentemente retroactiva: en lo más elemental, no es simplemente un acto libre el cuál, de la nada, produce un nuevo vínculo causal, sino el acto retroactivo de refrendar cuáles vínculos/secuencias de necesidades me determinarán. Aquí debemos añadir un giro hegeliano a Spinoza: la libertad no es simplemente "la necesidad reconocida/conocida", sino necesidad reconocida/asumida, la necesidad constituida/actualizada a través de este reconocimiento. Este exceso del efecto sobre sus causas también significa, por ello, que el efecto es retroactivamente la causa de su causa --este bucle temporal es la estructura mínima de la vida. Al nivel de la realidad, sólo hay cuerpos interactuando; "la vida propiamente" emerge de un mínimo nivel "ideal", como un evento inmaterial que provee la forma de unidad del cuerpo viviente como el "mismo" en el incesante cambio de sus components materiales. 
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La tensión propiamente dialéctica entre el Ser singular y la narrativa es crucial aquí: el Ser implica el momento de explosión, destrucción, negatividad autorreferencial, del huir de la realidad inmediata, y por ello, de una violenta ruptura de la homeostasis orgánica; mientras que la "autobiografía" designa la formación de una nueva homeostasis culturalmente creada que se coloca a sí misma como "segunda naturaleza". Esta perturbación puede concebirse de dos maneras: ya sea como la intrusión de accidentes externos que perturban mi homeostasis interna --en este caso, un organismo está en una búsqueda permanente de equilibrio entre el mantenimiento de una constante (o "Ser autobiográfico) y la exposición de esta constante a accidentes, a encuentros contingentes, a la otredad; nos volvemos "conscientes" de nosotros mismos a través de choques externos que amenazan nuestra homeostasis, y nuestra acción intencional es finalmente el esfuerzo de incluir tales perturbaciones en una nueva homeostasis... La segunda manera es localizar la fuente de la perturbación en el corazón mismo del Ser --Hegel desarrolló este punto hace tiempo, cuando describió este doble movimiento de, primeramente, el radical auto-escape hacia la "Noche del Mundo", el abismo de pura subjetividad, y posteriormente el arribo de un nuevo orden a través de la capacidad de nombrar: el órden simbólico y su homeostasis es el sustituto humano de la pérdida de la homeostasis natural. Un Ser libre no sólo integra las perturbaciones, las crea, hace explotar cualquier forma dada o consistente. Este es el grado cero de lo "mental" que Freud llamó "pulsión de muerte": la Cosa más traumática que el Ser encuentra es el Ser mismo.

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jueves, 4 de agosto de 2011

Lucien Freud, de John Updike





Claro, el cuerpo es un asunto atroz,
en especial genitales y pies,
aunque el rostro no es mejor. Venas 
azules formando serpientes 
detrás de las manos, y qué ruina
la marmórea, transparente gordura 
de los muslos. Vale la pena ver 
después de siglos tales pesos 
coagulados (Pigmalión a Canova), 
del desnudo como forma externa 
del espíritu, flama blanca: Psique.

¡Con qué ligereza la Diana
de St. Gauden se sostiene en el aire
sobre un pie, lunar casi e imperturbada
por siempre! Pero no, la carne
nos arrastra; su planeta manchado,
ávido suelo del pintor,
tierra inocentemente fea, suena dormida,
pobre desnudez, ángel hundido, saco de flemas.

[Versión de Javier Raya.]

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miércoles, 3 de agosto de 2011

El terrón de barro y el pedrón - William Blake


W. Blake, Autorretrato


"El Amor para sí no guarda
placer alguno ni cuidado,
y sólo para el otro carda
cielos de un infierno desollado..."

...cantaba en el barro un terrón
bajo los cascos de las reses,
cuando del arroyo un pedrón
trinara estas rimas corteses:

"El Amor sólo a sí se guarda;
su placer: único cuidado,
y la paz del otro descarda
en infiernos de un cielo derrotado."





Versión de Javier Raya.