miércoles, 25 de mayo de 2011

Medusa

Tiene al menos la mancha de la pared un color hermoso. Todo ese delicioso shiraz que, materia corrupta, me dije, se fugó de su cuerpo… Desperdicio. Acostumbrado su estómago a brebajes de menor carácter, ha expulsado de sí la adolescente el delicioso vino que elegí como quien elige para su amante un vestido de fiesta: no fueron los sencillos dulces de un blanco del Rihn que se deja mecer sin dificultad, ni la esperable tibieza, un tanto aburrida pero reconfortante del cabernet: elegí un shiraz chileno, de gusto firme mas con cierta acidez de fruta, recordando cómo me gusta que la adolescente me lleve la contraria en esas discusiones poscoitales que tenemos a veces, con esa firmeza argumental esgrimiendo un Martí con dulzura aunque de eso hay que aprender, guapa, como documento, pero el mundo puede querer no ser salvado, mundo amargo, piénsalo.

No es una mancha púrpura sino rojiza, es el matiz que le otorga al conjunto esa pátina acusada de la uva, su meditado color lo que imprime un vivo contraste sobre la cerámica también del lavamanos –que, de ser blanca, permitiría valorar en todo su humilde coraje los restos soberbios de la borrachera. Además del vino, casi al modo de una palabra imagino los restos de avena, cacahuates y fibra de trigo dejándose arrastrar hacia su boca con un estruendo que imagino urgente, convulsivo, húmedo en su rauda de trueno agrio a medianoche.

Sumando acritudes, la cítrica del shiraz a la grasosa, duodenal del intestino, un olor que nada nos impide pensar propio de una morgue persiste a través de los aromas del baño, ese lugar de poca discreción en materia olfativa. Mas persiste —he ahí lo preocupante— en la habitación al amanecer, cuando en condiciones menos desastrosas la puerta cerrada y la tibieza propia de los cuerpos permiten la acumulación embriagante de dióxido de carbono, lo que solemos identificar con el aroma propio de los sueños, también otro olor, este otro salvaje mezcla de ácidos y fruta y materia orgánica en descomposición.  Lo preocupante, pues, podría desarrollarse en los siguientes minutos a la manera de una escena detectivesca de un gusto, claro, bastante deplorable: ¿de dónde proviene, cuál es el origen de tal roja, inflamada acidez que se impregna al vaho matutino con la fuerza de las palabras a sus objetos?

Buscamos ella y yo, frotándonos lagañas, alguna traza de materia orgánica asumiendo gestos precavidos de inexpertos cazadores de serpientes; el desorden del cuarto —ropa de días sin perchas, libros esparcidos como gatos por el suelo y el armario, en el lugar que usurparon a la ropa de días sin perchas— podría albergar las más grotescas criaturas bajo esta superficie tensa e inmóvil como un pantano. Tememos la serpiente del asco. Abandono la pesquisa perezosa para poner una cafetera. Sobre la estufa, un hervidero ya reposado de jamaica presenta la misma paleta persistente de rojos profundos y quemados; las gotas salpicadas entre las parrillas revelan una filiación con aquella plasta amorfa que ha pasado la noche secándose en el lavabo del baño —me digo, detectivesco.  Revolviendo conjeturas y azúcar, vuelvo a la habitación pensando el increíble desastre que pueden provocar en el estómago de una adolescenta un par de botellas de vino. Mientras me alejo, la cafetera sonoriza la imagen que voy revolviendo a través de esa respiración intestinal que es como una resaca de mares eléctricos o pulmones evaporados.


Vuelvo con las tazas a la habitación y asco transformado en morbo por saber acaso qué calcetines o camisas habrán quedado irreparables después de la involuntaria tintura nocturna. La encuentro a ella casi en guardia entre las cobijas como en el carrillón de una ciudad sitiada; parece afrontar el acre con dignidad patricia ante bárbaros. Ahí, pequeña y medio dormida, la imagino imaginar la avanzada siniestra de los objetos, cercada por el olor inmóvil y asentado uniendo sus partículas a la estructura molecular de un pedazo aún oculto de alfombra. Nuestra sospecha es paralela: si abrimos la ventana será más difícil identificar el rastro oreado; de no hacerlo, tendré que vender el departamento o quemarlo.

Avanzo pues a tientas por el cuarto entre sorbos de café y pasos recortados por la náusea. Dirigiendo las operaciones, ella abre la cama como un libro, aventura coordenadas, apunta manchas invisibles con el dedo. Hacemos un nuevo montículo en una zona de suelo verificada en una esquina de la habitación y vamos incorporando a él de mis objetos los que aún pueden servir para la vida futura, como salvándolos de la peste. Como un nombre propio, nos referimos al aire como El Asco.

En este Chernobyl doméstico, sin embargo, ella no parece notar la gravedad de la situación: hace bromas, se felicita por no haberme salpicado mientras dormía o deferencia similar por las gatas porque mira que no sé cómo sacar manchas de vino en gatas, eh, eso te lo digo, la muy idiota entre las sábanas. Ajenas a mi muda indignación y a la elocuente estupidez de mi invitada, las gatas se refugian en la sala dentro de un geométrico pedazo de sol. Les prometo en silencio no volver a traerla nunca.

Besarla, claro, sería en estas condiciones un despropósito. Recuerdos de ocasiones más felices cuando ella podía venir, coger y dejarme dormir en paz, mecido apenas por el sonido de su respiración al otro lado de la cama mientras me veía a mí mismo durmiendo como sobre un barco anclado. Anoche en cambio mis escarceos a tientas sobre su lomo no despertaron ningún rezago febril. Bebimos demasiado y pronto. Recuerdo el ansia casi viva de su culito cuando entramos en la cama, apoyándolo contra mi vientre sin presión hasta que, cansado de acariciar una piedra, noté que roncaba. Recuerdo del estado alfa lo poco delicado que me pareció que reclamara para ella, inconsciencia de por medio o lo que se arguya, el lado de la cama que me pertenece junto al escritorio, donde tengo acceso fácil al despertador, la lámpara de noche y los cigarros. Hubiera requerido poco o aún menos valor para violarla.

Recordando esas ruinas de memoria me uno a ella sin palabras a través de su flexible resistencia, que opone desde el centro de la cama alternativamente a mí y después al Asco, que ni los vapores del café ni el sudor de nuestros muslos lograrán mitigar. Cuando, anudados animales, nos separamos y el torpe murmullo de las caricias se sucede por una respiración acalorada de maratonistas, cuando logro desenredar mis manos presas como estatuas en esa trampa de cabello negro, con los sentidos afilados  dirigimos la mirada paralela hacia la ventana donde a través de la cortina notamos a contraluz los rasgos de algo como una lechuga pequeña o un cerebro. Me acerco sudando, aparto la cortina y observo en todo su esplendor una cerrada madeja de vestigios estomacales, cuya fetidez me llega de golpe, transportada por el sol puesto sobre la cornisa como un pájaro. La arcada del Asco me contrae las vísceras; le muestro a la adolescente sudorosa el hallazgo, con un gesto que querría más severo, pero cómo se puede ser severo después del orgasmo. Ella ríe un poco, estúpida, y luego sale de la cama a traer una cubeta y un cepillo.

¿Qué estaría pensando? Evidentemente poco. No seamos duros, me digo, en tus años también vomitaste dentro de autos en movimiento, patrullas de policía cruzando como navajas la noche sonora, en jardineras manchando las flores de plastas de color indeterminable, y cuántos excusados si lleváramos la cuenta contabilizarían el total de paquetes estomacales que has desechado, de bilis, de vodka, de cerveza tibia sobre el océano como una medusa que se evapora. Precisamente la madeja vomitiva de la ventana ha tenido toda la noche y parte del día para secarse: ha escurrido por la pared como tentáculos de una medusa perdida, ser sin músculos, casi más pensamiento por lo etéreo que animal, pensamiento fuera de sitio. Apropiadas las cosas fuera de sitio dentro de la habitación, me digo, como si un pensamiento se dejara reacomodar, remodelar, redecorar; incluso limpiar: tallar, como si a fuerza de insistir sobre una idea pudiéramos hacerla ingrávida o traslúcida. Como si al pensar una cosa pudiéramos hacerla desaparecer. Pero ocurre generalmente lo contrario. Ella regresa, la más fuera de sitio de esta colección devastada y doméstica, y se pone a recoger con bolsas en las manos lo más sólido de la medusa, todo este como pasto enredado, sintiendo a su vez las arcadas que le contraen su vientre firme y suave sobre el que una mancha de esperma aún brilla como gelatina seca. Se pone a tallar la pared y la observo desde la cama, fumando, con un odio ciego y persistente.

¿Por qué habría de odiarla?, me digo. ¿Por qué no?

Cuando bajo a abrirle la puerta me abraza como en la facultad, con  impersonal cariño, lejana y sonriente, en suma bella. Se lleva un par de libros que le he prestado y, como siempre, un par más disimulados torpemente dentro del abrigo. No hace ni siquiera un gesto, sabe que no lo permitiría, de besarme. Habla de las condiciones de la lucha estudiantil, de las últimas juntas de la asamblea, de la toma de minutas mientras repito el mismo asentimiento mecánico para permitirme examinarla, para que siga hablando y pueda imaginarla caminando, cuando la puerta se cierre tras ella,  por la calle, con su festiva convicción y su lucha de clases y su Hegel en edición resumida, pero bueno, vuelvo pronto y termino de redecorar lo que faltó de tu casa, eh, te quiero, eso te digo, la muy imbécil.

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domingo, 22 de mayo de 2011

Soneto del Fin del Mundo



Molaba mogollón la vaina, cuates,
mas el mundo no anduvo aún al choto—
Oí a mi madre: “¡Qué pinche alboroto!
Acá las tortas con sus aguacates”.

Éramos cien mil broders, mis primates:
Hoy horchata y mañana ni un poroto
ni trucha, aleros, guacha un terremoto,
que nos cacha con morra en los mecates.

Pintaba macanuda la charada
mas la matraca se nos vino abajo
con un sanseacabó. Puntilla dada.

Lo chanante devino en agua y ajo.
Era burda de fino, y ahora es nada,
parceros, que hasta Dios dijo: me rajo.

[Soneto en paniberospanglish por Aurelio Asiain, Mael Aglaia, Alan Mills, Javier Raya, Pedro Poitevin, Juan Luis Mora y Ezequiel Zaidenwerg.]

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domingo, 8 de mayo de 2011

El amor a distancia: retazos

"Comment retenir un être par de simples mots écrits sur du papier?" -Kafka.


"Ella cada vez era una pura idea en la mente de él, porque el amante que ama a la distancia se protege de la separación mediante la metamorfosis del ser amado real en una serie de imágenes, en un fantasma ideático, que pueda ser amado mentalmente o que pueda ser abandonado en el fondo del inconsciente; de una u otra manera, el ser amado, vuelto mente, se transforma en una especulación del amante, en una pura parte de su mente, un filosofema, acaso, una forma menos dolorosa de distancia, un amor que para experimentarse hay que acurdir no a otra ciudad, no a otro cuerpo, sino que basta hablar con el propio pensamiento, un amor que se ha vuelto únicamente palabras."

Heriberto Yépez, El imperio de la neomemoria, Almadía, p. 103-4.

Este fragmento está en el contexto de la relación epistolar entre Charles Olson y Frances Boldereff, aunque podríamos cambiar los nombres y sigue teniendo sentido: poner, por ejemplo, Franz Kafka y Milena Jesenska, Henry Miller y Anaïs Nin, Hannah Arendt y Martin Heidegger, Louise Colet y Gustave Flaubert, etc.

Charla con la ausencia, hilos de respondencias/co-respondencias, organización idealizada del otro: fantasía, fantasma.


Amante.
A mente.
A miente.

¿La mente del amor mentirá o sólo miente la mente del amante?

Lo que se ama en la distancia es a la distancia misma.

La distancia escribe todas las cartas de amor. Y no hay carta de amor que no invente, de alguna forma, tanto a su destinatario como a su remitente.

Las cartas de amor hablan entre sí sobre personas que no conocen.

Las cartas de amor se envían entre extraños.
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sábado, 7 de mayo de 2011

El agua fría

1.


¿Qué parte de la memoria utilizan los sueños? ¿Por qué es tan difícil recobrarlos? 


Nada pude aprender de neurociencia en mi breve paso por la escuela de psicología: nada entendí, no quise abrir ratones. Pero imagino que cuando se sueña, el líquido de la experiencia se echa sobre la hoja de la conciencia y forma una escritura, una especie de escritura de la pura conciencia, es decir, del saberse viendo. La maestra de piano del piso de arriba lleva toda la mañana ensayando no sé qué sonata, ni de quién, pero me gusta porque es melancólica y dramática, aunque muy inteligente. La sonata, por supuesto, no la vecina, que es una española imbécil. Imagino que así funcionan los sueños; que dejan el mismo rastro en la memoria que ese sabor de la música, una sola sensación de tránsito, de que algo pasa o ha pasado, pero no del qué. Los sueños nos afectan pero no podemos guardar memoria de ellos; casi nunca dejan evidencias. La vida es puro hacer huellas, pero los sueños no. Ese aspecto narrativo me interesa mucho: es ejercicio de narradores contar los sueños rápidamente, antes de que desaparezcan, o hacerse modos de retrasar el olvido, técnicas para que las imágenes no se apaguen, captar la luz todavía cuando el sólo pabilo de la vela guarda un restito de luz, un puntito. Recuerdan los sueños y los ordenan, y no importa demasiado si el sueño no es transcrito con precisión (nadar sabe su llama el agua fría): escribirlos es ya otro modo del sueño, la literatura. Leer es una alucinación dirigida, un fantasear las fantasías de otros. Un soñar despierto, claro. Y escribir será soñar los sueños que otros soñarán.


2.


Hace dos noches soñé que Nancy caminaba sobre la Muralla China (le conté la historia de Marina Abramovic, de su separación); iba caminando y de repente cada ladrillo, cada bloque de piedra comenzaba a temblar --así como Ovidio describe el miedo, como un soplo breve sobre la superficie del té. Cada ladrillo y cada piedra de la Muralla China se volvían verdes, su temblor se transformaba en respiración: se volvían escamas. Nancy llegaba al final de la muralla; 


ahí ondeabanderas rojas.


Las banderas no ondeaban al viento: era la velocidad, iban volando.


No eran banderas, eran las crestas del dragón.


3.


Anoche soñé que Yax Kin y yo íbamos a un circo a cielo abierto. ¿Circo? Pudo ser un corral de comedias, pero sé que era un circo porque estaba lleno de payasos de metal, hombres bocina, androides haciéndose bromas con sierras eléctricas. Se dice que en sueños no podemos ver nunca la fuente de la luz, y que podemos saber que soñamos porque no hay focos y el sol no es visible. Esto, por lo menos anoche, fue mentira. La escena estaba alumbrada por un sol verde: era una luz fría que recortaba nítidamente los perfiles de metal, las manos brillantes e imantadas, casi el griterío y un toro sobre brasas: el humo de su grasa subía y alimentaba el sol verde. Llegaba Rojo, mi querido hermanito, y cantábamos una canción que todos sabíamos mientras un dios existía en silencio.


4.


Los recuerdos de la infancia van tomando textura de sueños conforme pasa el tiempo. Nos vemos en una luz así de brumosa --y es poco probable que alguien recuerde un foco o un sol visto a los 4 o 5 años. Recordamos en todo caso la luz, el beneficio de la luz. "¡Más luz!", que decía Goethe justo antes de volverse él mismo recuerdo. Me recuerdo transformándome siempre, cuando niño. Nunca fui niño. Imaginaba complicadas interfaces para mediar la realidad, muchos años antes de ver mi primera computadora. Inventaba complicados sistemas para recordar: intentaba guardar la memoria precisa del perro de las 2:15, para no confundirlo con el perro de las 2:17; claro, cuando leí al Funes de Borges, muchos años después, me quedó más clara la zozobra de esa imposibilidad, y la tortura que significaría una memoria total, quirúrgica. Pero entonces era un juego --un juego en que se me iba la vida. Intentaba ser otros debido a la intuición de que si era muchos y no sólo Javier Raya, un niño cualquiera, podría utilizar la memoria acumulada de muchos seres. Si me volvía, por ejemplo, dinosaurio, sabría cómo cazar, cómo esconderme, cómo acechar tigres y alimentarme de su carne; si me volvía vaquero, nadie me podría amenazar con una pistola: mi mano se fundiría con una pistola y mis balas abatirían cualquier atacante, balas disparadas de mis dedos que serían cañones. Y si me volvía, por ejemplo, piedra, podría tener la memoria aguda de la piedra, cambiar imperceptiblemente junto al mundo, permitir que la corriente del tiempo como un río tallara mis bordes, me llevara lejos, al fondo de un lago --o al mar: oui, la mère-- para no tener que estar presente cuando mis padres murieran, cuando mi hermano muriera, cuando mis hijos murieran. Sí, Simic: I am happy to be a stone.


5.


Rojas, querido niño, por culpa de nadie habrá llorado esa piedra. Te vi anoche también, Gonzalo. Íbas en un tren bala y me estabas describiendo el ruido huidobriano de las multitudes que vibran en la superficie del mar, repetías ese poema de Vicente que te sabes de memoria. Me decías de las aguas entrechocadas como los hombros de la multitud y tu rostro no se reflejaba en la ventana del tren, por eso le dije a la mesera (aunque yo no sé si hay meseras en los trenes, Gonzalo, entiéndeme que soy tímido y salgo muy poco, pero qué van a haber meseras en los trenes, si aquí nunca hubo trenes) que nos trajera más vino y que no te despertara, que no te recordara que te has vuelto infinitamente pequeño, que al despertarme yo se quedaran en mis oídos tus palabras: recordar que el sol es la única semilla.


6.


Madre decía que los viejos "recordaban" cuando despertaban; es decir, que el acto de levantarse era "recordar", volver en sí también, después de un desmayo. ¿Cómo voy a recordarme yo si yo nunca me acuerdo de nada? No me sé un sólo poema de memoria, aunque una vez, en una dolorosa intervención de emergencia, donde los galenos acordaron sin consultarme que la anestesia era prescindible, digo, recordé unos versos --es decir, desperté a esos versos. Los versos decían


Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
ora su afán ansioso lisonjera.


Mas no desotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía:
nadar sabe mi llama lagua fría
y perder el respeto a ley severa.


Dolor y dolor. Mi cuerpo era un grumo de dolor mientras me destrozaban la carne. Me pregunté si mi llama también sabría perder el respeto a ley severa, si podría remontar el Caronte a nado (me imaginé fuerte, hecho un Byron en los Dardanelos nadando entre demonios, no así, hecho un cuajo, un escupo sangriento) y regresar. ¿Regresar a qué? ¿A quién? Los tercetos, recuerda los tercetos. ¿Dónde van las comas, dónde va la cesura? Y entonces dolía más. Los tercetos, Raya, acuérdate de los tercetos. Alma, venas, médulas --no, "medülas". Tres: como tres disparos: almablablabláblabláblabláblablábla. Los acentos están raros, qué cosa. Pero así no va el poema. Así se oye. Pero así no va. Make it new. Cuerpo e infinitamente cuerpo, el cuerpo es la parte visible del alma, Blake, ¿no es cierto? Envíame tu tigre burning bright para que me ayude a recordar los putos tercetos. Entiéndeme: no sé rezar y me estoy muriendo.


Almaquien todo un dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego andado
Medúlas que han gloriosamente ardido...


Quevedo, qué desmadre de acentos. No, nada doctor, nada, nadar sabe mi llama, doctor, no se apure, no siento ya nada del alma para abajo. Qué desmadre de acentos. Pero qué bonito. El último terceto no se me va a olvidar nunca.


Su cuerpo dejará no su cuidado,
serán ceniza mas tendrá sentido:
polvo serán, mas polvo enamorado.


7.


Lo normal es la sangre. Es lo más natural de todo. Quisiera no tener tanta memoria para no guardar tanta sangre. Mi memoria es la memoria de la sangre, no de la dudosa genealogía de la especie, sino de la mía. Estoy hervido de cicatrices, doctor, ¿y quiere añadir otra? ¿Como si tallara su nombre en un árbol? Sea, doctor, más luz, entonces, tráigase su cuchillo y sáqueme algo, hará un bello tajo: Tajo donde nadan precisamente las cenizas del poeta Francisco Cervantes, ¿sabe? Es un río en Portugal. Sí, lo conozco por fotos solamente, no salgo mucho, no es que me dé miedo, nada más confío en que el Tajo está ahí, no tengo que ir a verlo, me gusta que el Tajo esté donde está. Lord Byron también cruzó a nado el Tajo, ¿sabe? 


¿Las cenizas tendrán memoria, doctor? ¿Cervantes recordará los poemas de Pessoa que tradujo, ahí, sumido entre dos aguas, el agua fría del Tajo y el agua de la memoria? ¿Se habrá vuelto ceniza densa, piedra, en el fondo del agua del Tajo, doctor? ¿De lagua fría


Si viene la muerte, doctor, enfermera, no le abran, 


díganle que regreso en media hora 
y si insiste que ya no regresaré


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jueves, 28 de abril de 2011

Hacia un juego de respondencias

a crg, que me regaló sin querer la palabra "respondencia"

Un día leeremos los hechos como leemos palabras. Si la vida de la vida es la significación, y todo el trabajo del arte no es más que el perfeccionamiento de la expresión de las condiciones de posibilidad de una conciencia percibiendo la vida del hombre (crear/descubrir significado mientras se desaparece), las respondencias serían, a los hechos, lo que los semas a las palabras. Esto nos llevará eventualmente, sospecho, a una sintaxis del tiempo, como ya sospechan algunos físicos. Por ahora, unas respondencias:

-Trazar un mapa de respondencias es parecido a trazar el mapa de un lugar donde se ha vivido siempre: se le conoce bien, pero el primer problema radica en elegir un lugar para comenzar el trazado, lo que implica elegir un significado que detonará todos los demás. Trazar una respondencia (es decir, la acción de la memoria) se parece a la escritura de, por ejemplo, un poema. 

-El asombro de las respondencias, su carácter eléctrico e imantador, a diferencia del carácter de un poema, suele ser intransferible; pero como el de los poemas, tiene sentido únicamente cuando se experimenta personalmente. La correspondencia, la unión de respondencias, es el asombro de la memoria que verifica las iteraciones del ser en el mundo. Léase "asombro" como si dijera "vida".

Ejemplo:

Eje 1

1) Busco un poema de Tomaž Šalamun en YouTube, pues tengo la intención de transcribirlo y traducirlo para Literal. 

2) Lo que encuentro, en cambio, es un poema de Charles Simic que ya traduje.

3) Cuando encuentro el poema de Šalamun, veo que en el mismo ciclo de lecturas participó Gary Snyder, de quien he leído mucho a través de Jerome Rothenberg. 

Eje 2

1) Durante el remate de libros del Auditorio Nacional compré una selección de los diarios de José Kozer.

2) Traigo en la cabeza no sólo lo que podríamos reducir groseramente como "sincretismo cultural" a respecto de Kozer y Rothenberg (i.e. poeta cubano, budista; poeta norteamericano que sabe mazateco), sino cómo el exilio, la extranjería, los distintos tipos de distancia son análogos a la distancia de una palabra para llegar hacia su significado, una obviedad que seguramente los lingüístas conocen bien.

Azar

Hace poco más de un año, David Huerta me regaló Stet, la traducción que Mark Weiss hizo al inglés de algunos poemas de José Kozer. Por alguna razón, hoy la tomé del librero y vi que la contratapa está escrita nada menos que por Jerome Rothenberg. 

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La conexión entre estas respondencias no tiene nada de asombroso excepto cuando se les experimenta. Lo que hice aquí fue exponer un par de ejes interreferenciales y una conexión azarosa entre ellas --hay muchos más ejes y muchas más conexiones azarosas. Sospecho que si tuviera una memoria como la del Funes (en ese sentido trágica, funesta) de Borges, esos ejes podrían reconstruir si no mi vida completa, sí el mapa de mi imaginación, que es mucho más interesante porque tiene que ver con el funcionamiento de la imaginación en acto, y no con la contingencia de los hechos de un hombre cualquiera.

Sospecho también que este ejemplo de respondencias no tiene nada de peculiar desde cierta óptica: dados mis intereses y dado (¿Mallarmé?) que he hecho lo posible para ordenar el desarrollo de mi vida alrededor del acto de leer y escribir (o dicho desde la memoria: para programar en un ambiente de alta indeterminación las iteraciones de mi ser en relación con el acto de percibir escrituras; o dicho desde la construcción de la subjetividad: construir mi sujeto a través del acto de poner en relación escrituras), lo asombroso sería que este tipo de relaciones o respondencias no ocurrieran. 

Sospecho algo aún más alarmante y emocionante: que la vida empieza, por lo menos en mí, a imitar el arte; no el mío, que es apenas un balbuceo, sino el que construyo a partir de la puesta en relación de otras escrituras --lo que ulteriormente será lo que escribiré cuando escriba. Lo gastado de la construcción "imitación del arte y la vida" (o al revés, con mimesis y Aristóteles, etc.) no perturba el asombro. Después de todo, ya dice Karlatone (como dice EVM, como dice Montaigne) que fortis imaginatio generat casum

¿Pero qué pasa si la fuerte imaginación no tiene precisamente idea del acontecimiento que desea generar? Aquí la carga semántica de imaginación, para mí, tiene menos que ver con elaboración o deseo dirigido que con sorpresa: la escritura y la vida como arqueología. En ese sentido la vida y el arte se parecen a que hay que trabajar a partir de los hallazgos, de los encuentros con las reiteraciones de uno mismo a través del tiempo, con el ser en devenir siempre y cuando el ser esté en pijama. Acceder a ese trabajo de observación constante, de atención ininterrumpida (para lo que se aconseja el entrenamiento en el sueño lúcido con el objetivo de preservar la conciencia alerta; de otro ejercicio montaignesco: aprender a morir a cada instante, en todas partes, hacer simulacros imaginarios de muerte; preservar la conciencia en lo posible del exceso de estados alterados: la conciencia produce sus propias alteraciones; practicar la otredad como alteración de la conciencia y otras pautas que funcionan únicamente para mí, creo, y que conforman una "ascesis del placer", un manual de superación personal con el puro objetivo de acceder a la total desesperanza, etc.) es lo que llamo ninja y sobre lo que estoy escribiendo en secreto, incansablemente desde hace más de dos años. 

Es ese otro sentido posible de respondencia, responder, lo que quiere decir también participar en el juego. ¿El juego de qué, de quién? Ciertamente no de dios, pero sí de algo cercano a lo sagrado: lo sagrado entendido como una instancia capaz de generar sentido. Así, la magdalena proustiana es un objeto sagrado, pues que contiene en sí, para el que sabe verlo, el sentido contenido; y más, la posibilidad del sentido.

Me excedo, como siempre, y no termino de darme a entender. Mission accomplished.

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Posdata: un mapa de respondencias (es decir, una correspondencia) que introdujéramos en una suerte de sintaxis lógica se parecería a un poema dadaísta y a un in xóchitl in cuicatl:

El cardamomo eriza la walther, 
la luz en la ventila
verde no deja de sonar.
Un avión triangula,
un aviario se desbanda
en una taza de té.

Todo absolutamente referencial, pero descontextualizado. Puedo escribir los versos más dadaístas esta noche. Hay poesía también en la explicación de las cosas, en el pensar cómo ocurren las cosas.

En pensar que algo ocurre.

En pensar.

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sábado, 23 de abril de 2011

Hacia una escritura desde la orfandad (notas de viaje)

Tratar: el doble nudo de la piedad y el trato.

Kozer ha escrito que la piedad es la mediación con el poema: ese (con)trato con algo que se deja decir.

No lo que le haremos decir al poema --el arte del ventrilocuo tiene algo de lo siniestro de la política: poner palabras en la boca del otro-- sino lo que el poema tiene que decir sobre sí mismo.

Trato: medio. Lo que trata esta en entre-dicho. Escribir es devenir (Deleuze). Lo escrito viene de un desde y va hacia un hacia. Encontrar el punto en que lo escrito no puede regresar (Kafka, el mito de Eurídice), en que precisa mantenerse de viniendo hacia viniendo. Escribir siempre es regresar.

La piel debe tratarse, curtirse. Escritura como ascesis: disponer el mundo, dentro de lo posible, de manera que todo sea órbita del trabajo de curtir la piel de una escritura; artesanía en lo que tiene de repetición.

Cada desaparición será total o no será; itera. Pienso para mí "en 'Latencia' escribí sobre el movimiento del agua que hierve", mientras desde la cocina el agua sube una escalera lenta sobre el fuego. Café. Late el agua en el latón. Juego. Re-iterar. Cada hombre viene por lo menos en dos formas, ¿cuál escribe? ¿Cuál desaparece? Contengo multitudes (Whitman).

Trato: diálogo, cortesía. Política es tratar. Tratar es la conciencia de que algo puede ser destruido.

Trato: intemperie del regreso. Se va del donde al donde. ¿Quién en mí va?

Intemperie: la escritura es o no será. Remuevo de mi traducción de Bersani "Facultad de Filosofía y Letras, UNAM". Me hago responsable de ella. Escribir como aprender a nacer de uno mismo. Nacer sin mundo/hacer un mundo para nacer. ¿Qué queda? No sé si dios ha muerto, pero escribo y sé que escribo. Me basta.

Los maestros terribles. Todo fue necesario. Todo lo doloroso, lodo. Me hago responsable de la posibilidad de mi escritura. Nada más me compete en cuanto a ellos. Lodo: limo del fondo: no bañarse dos veces en la misma agua podrida. La grama sobre la que Flaubert durmió bajo las estrellas de Egipto fue regada con agua inundada, limo (aquí recuerdo el limonero del Cefac) Nilo. Importa la pirámide.

Que escribir sea jugar a ser hombre, mas jugar en serio.

Que jugar sea ser niño: dejar que lo real sea raspón. Que el imaginario sea el asalto a la ciudad sitiada, la búsqueda del grial, las manos manchadas de dragón descorazonado. Tengo un láser para matar dragones. Mis juguetes son lo simbólico: me fascinan como las cucharas y los relojes a Neruda. Los símbolos que son espejos turbios de los hombres. A ras de tierra, raspón: sangrar lo necesario. Jugar en serio.

Gritar "lobo" cuando haya lobos. Nancy me dice "I love us". Hojea el Rothenberg en la cama y me paro por más café. Viaje de la silla a la cocina; qué sensación de Helesponto tiene el pasillo oscuro. Desde el librero me mira la Beauvoir, con su cara de joven formal. Los cuadernos se apilan: adentro hay lobos. Si alguien pregunta diré "he visto lobos, pero si te los muestro, pueden parecerte perros. Muerden, igual." Ser maestro de uno mismo, identificar los tipos de lobos que viven en uno. Regresar: vuelta a Nancy con café por el pasillo oscuro, a la silla, a la gata, a la música. No haya pretendientes que matar, pero hay lobos.

De repente, crecí. Decidí crecer, como Oskar Mazerath de El tambor de hojalata. Günter Grass. Decidí crecer hacia el centro, como el sistema nervioso de un planeta vegetal. Raro: recuerdo "Mazerath" y recuerdo el nombre del abuelo, "Koljaizek", pero no recuerdo el segundo apellido de la mayoría de la gente que conozco. Lo leí en 2003, me lo prestó M. ¿Raro? Vamos bien, hombres. Y sello mis orejas con un beso de Nancy.

Tratar: fallar.

Colar el café con filología. Tratar: hallar.


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viernes, 15 de abril de 2011

Aeropuertos

Idiomas en el aire
acondicionado; el abrazo
se está abriendo.

jueves, 7 de abril de 2011

Cuaderno de imágenes: Taxco

 a Roberto Cruz Arzabal (@cruzarzabal)

Los días 1 y 2 de abril estuve en la ciudad de Taxco, Guerrero, como parte de una delegación eslamera integrada por Diosa Loca & Bestia, Rojo Córdova y Erik Fiesco, convocados por el poeta (ahora amigo) Roberto Cruz Arzabal. Una crónica sería o bien agotadora (la de Tijuana se me quedó a la mitad, por eso volveré este año, para tener algo bueno que contar otra vez) o bien extremadamente aburrida; por eso recopilo a manera de fotografías-escritas las imágenes que me traje en el oído -leyó usted bien. Esta "crónica" nació en Twitter; me parece relevante porque al escribir una serie de tuits respecto de algo he sentido una especie si no de premura, sí de otra velocidad, una que tiene que ver más con el habla que con la escritura. Materia de otra cosa. La de esta cosa, por lo pronto, son ojos.
  1. Un guayabo, árbol sin piel, tambaleándose inmóvil frente a un viento que no era viento, en el CEPE.
  2. Un camino de hormigas que sale de la pequeña biblioteca del CEPE (robo hormiga: vaciaban, pensé, las letras de un libro.)
  3. El auditorio y su acústica de molino. En lugar de piedra de moler, palabreros remolones.
  4. Púberes risillas frente a la revelación de que las groserías y las partes del cuerpo también son palabras; es decir, armas.
  5. La persistencia de Sylvia Plath: "I am vertical/ But I would rather be horizontal/ I am not a tree with my root in the soil".
    1. Lo que, en el contexto taxqueño, provoca la deconstrucción "plathería".
  6. El momento en que Roberto, Rosario y yo notamos que teníamos queridos conocidos comúnes, entre ellos, Ovidio.
  7. La alberca evasiva. Escuchar sobre el aire húmedo de la madrugada una canción de Metallica que hace mucho quise.
  8. Desaparición voluntaria y comprobación de que hay por lo menos dos modos correctos de perderse en una ciudad desconocida.
  9. Escaleras casi verticales (que hubiera preferido horizontales); un viejo -pensando que soy turista- me dice "peligro, no."
  10. Comprobación de la catedral como centro; comprobación de perspectivas (verticales desde la horizontalidad).
  11. Encontrar dos puntos desde los que toda la cañada es visible. No los revelaré por miedo a que emplacen vigilancia militar ahí.
  12. Una jaula de hierro colgando frente a una pared blanca. El perico ausente. Café y charla con Roberto.
  13. Charla tecnochamánica con @ y cacahuates.
  14. Los quince de las adolescentas que se me acercaron después de la lectura. Me vi en la cárcel. Cortesía distante.
  15. Descubrimiento de "La raie" de Paul Chardin, en el iPhone de Roberto: Balzac y Didi-Huberman en la cena.
  16. Desaparición involuntaria. Sensación de extranjería. La vista de un callejón que me recordó a Jerusalén, donde nunca he estado.
  17. A respecto de una película que veíamos, que Fiesco recordara el final de un texto mío: "Quisiera ser feroz como un zapato."
  18. Convocar a un brindis porque qué con la gente del otro lado de la calle: tres terrazas gritando, efímero grito de guerra.
  19. Lesbia e Ipsitila dándose valor. Hacer ruido para que me notaran. Sabiendo que estaba, que se perdieran el pudor. Que sonrieran.
    1. Tengo que hacer ruido a veces o la gente no nota que estoy. El silencio, al nivel que yo lo ejerzo, implica responsabilidad moral.
  20. La peor versión de Hotel California ever en el único bar abierto.
  21. Tres pochos en una troca deteniéndose sospechosamente a mi lado. Uno me saluda; pregunta "por los otros poetas" (sic.)
  22. Tercera desaparición matutina. Negociación con un viejo: quiero comprarle 1/3 de medida de nanches por el precio de la medida completa.
    1. La medida estándar de muchas frutillas es una lata de sardina a rebosar. Era demasiado.
  23. Resabio del sabor de los jumiles con salsa de la noche anterior. Insectos-especia.
  24. Interior de Santa Prisca. Inicio de la misa y coro. "No existe lo sagrado per se; todo lo sagrado lo es para alguien", pienso. Copal.


CODA: Llegada a la Biblioteca Central de CU (de catedral a catedral, pensé). Llamada de @ y tarde de cervezas.

domingo, 27 de marzo de 2011

Eso no es nada


Narración escénica para web en un acto, tres escenas y varios desvíos

And him whom you do not teach to fly, teach I pray you - to fall faster!

Personajes:

Huberto BATIS (editor y académico)
Antonio ALATORRE (filólogo y académico)
Un narrador
Un gorrión

ACTO ÚNICO

Escena primera


*Huberto BATIS estudia literatura en la UNAM. Fines de los años 50. Sus primeros cuentos han sido publicados en diferentes revistas literarias y criticados por plumas renombradas, encontrándolos notables, entre ellas Rosario Castellanos, Jorge Galindo y quien sería su amigo de toda la vida, Juan García Ponce. Una tarde, ufano, henchido de sí como un pavorreal, le lleva el borrador de su último cuento a Antonio ALATORRE, maestro suyo por aquel entonces. [Desvío:

 En 1955, Antonio ALATORRE tiene que ver directamente con la publicación de libros medulares en la literatura mexicana del siglo xx: Confabulario de Juan José Arreola, El llano en llamas de Juan Rulfo y El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Morirá en octubre de 2010.]

La acción se desarrolla en un camión que el espectador puede imaginar de cualquier color siempre y cuando sea amarillo. BATIS le da una carpeta a ALATORRE. Éste lee. Le devuelve la carpeta.*

BATIS: Maestro, ¿qué le pareció mi cuento?
ALATORRE: ¿Cuál cuento?
BATIS: El que acaba de leer...
ALATORRE: Eso no es un cuento.
BATIS: ¿Entonces qué es?
ALATORRE: ¿Eso? Eso no es nada. Mira, Huberto, vas a terminar tu carrera y te vas a convertir en académico. Vas a dar clases. Pero lo que se dice escribir, no. Eso déjaselo a los escritores. *Vase*
BATIS: *Apesadúmbrase. Oscuro.*

*BATIS llega a su casa y "se corta la coleta". Será co-fundador de la revista Cuadernos del Viento y trabajará años en el suplemento sábado del periódico Unomásuno, además de ser investigador e impartir cátedra en la UNAM. Escribirá crítica literaria y memorias (el género literario de BATIS es la memoria, como en Lo que "Cuadernos del Viento" nos dejó). No volverá a escribir ficción.*

Escena segunda

*Cálida tarde en la década de los noventa. BATIS y ALATORRE, colegas, se encuentran en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras. ALATORRE le pide un ride a BATIS, y éste se ofrece a llevarlo hasta su casa. ALATORRE le invita una cerveza a BATIS. Si tiene tiempo, dice, a ALATORRE le gustaría leerle el primer borrador de una novela en la que trabaja. La acción se desarrolla en el jardín de ALATORRE, en la colonia Las Águilas. ALATORRE termina de leer media centena de páginas.*

ALATORRE: Bueno, ¿qué te parece, Huberto?
BATIS: ¿Qué me parece qué, Antonio?
ALATORRE: ¡Mi novela!
BATIS: ¿Cuál novela?
ALATORRE: La que te acabo de leer.
BATIS: Eso no es una novela; eso no es nada. *Beben. Oscuro.* [Desvío:

ALATORRE nunca publicaría ficción. Su obra más conocida es 1,001 años de la lengua española, pero cuenta con una bibliografía vasta como ensayista sobre poesía moderna y de los siglos de oro, además de conferencias fundamentales como "Crítica literaria tradicional y crítica neo-académica" y "En torno al concepto de literatura 'nacional'".]
y  

Escena tercera

*La acción se desarrolla un viernes en el salón 107 de la FFyL. Un gorrión ha entrado por la ventana del salón casi vacío, pero bien puede imaginarse la escena sin el gorrión a condición de rescatar el canto, lo que es fundamental para hacerse una imagen de la hora (medio día). Nada impide igualmente imaginar un monumento de mujer que no tendrá incidencia en esta historia, pero que podría reconstruir, en caso necesario, la voz robusta de BATIS hablando desde atrás de una modesta pila de revistas y papeles en su escritorio. [Desvío:

La semana anterior a la acción, BATIS ha sufrido una intervención quirúrgica abdominal. Aunado al cáncer del que salió bien librado el verano pasado, se le ve débil; no, débil no, tal vez un poco lento solamente, como tomando grandes cantidades de aire al hablar, como un tenor ejecutando el Coral de la 9a (de Beethoven, claro). BATIS sólo es tan débil como Moby Dick con gripe. Esa mañana, los puntos de la cirugía se le han reventado, pero se niega a ser llevado al hospital. Duele, pero hablará aún largamente.]
BATIS: ...después le conté a ALATORRE que él me había hecho lo mismo hacía muchos años. Y me dijo, llorando, "te chingué". Y yo le dije "sí, me chingaste."

*Oscuro final. τελος.*




jueves, 24 de marzo de 2011

Instrucciones para ver películas con gente

 A Victoria Guerra

Amo el cine pero nunca voy al cine. Mi problema, doctor, es ver películas con gente. No es un problema menor. He tenido grandes discusiones y una ruptura amorosa (durante The Darjeeling Limited (Anderson, 2007), que me la arruinó para siempre) por mi dificultad para ver películas con gente. Empezaré por lo que tengo más cerca, que soy yo, para ver si puedo entender esta repulsión. Si no, sirva lo siguiente para que se lo piensen dos (tres, cuatro, cuatro punto un) veces antes de ver una película conmigo.

Paul Valéry decía que en el momento en que el arco del cello toca las cuerdas, se instala en la sala una atmósfera de magia, donde la incredulidad se desvanece y podemos acceder a una relación con la obra que tenemos enfrente, disfrutarla u odiarla, pero cohabitar en su espacio; si alguien tose o una silla se cae, pongamos, durante la suite No. 1 para cello de Bach, la incredulidad vuelve, hay una interrupción definitiva y la obra, casi diríamos, está arruinada. Por supuesto no siempre ocurre así. John Cage en 4'33'' pone en evidencia precisamente la obra de arte como una forma de la percepción (la obra, por si alguien no la ha escuchado --chiste-- se compone de cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. Existe una partitura y un compás, por supuesto, el cuál debe seguir quien la ejecuta; el "sonido" en sí se compone de lo aleatorio: las hojas dando vuelta, el caballero que tose y la silla que se cae, el ruido que viene de los corredores, todo eso que Valéry hubiera desterrado de su idea de la música...)

En el cine, por supuesto, tenemos todas estas variables y más. Solía ir al cine con una novia de hace muchos años (de otra vida, casi), e invariablemente tenía que volver a ver las películas que realmente me interesaban porque no podía disociarme completamente del hecho de estar en una sala llena de gente. Ella, conciliadora, me decía que imaginara que estábamos ella y yo solamente, tarea imposible con ese crujir de palomitas por todos lados, con los perfumes de las mujeres (que, pésimo gusto, siguen creyendo que ir al cine es el equivalente a una actividad social, error no solamente femenino, pero muy común: la gente que va con otra gente al cine es porque ya se conoce, no quiere conocerse o está demasiado aterrada para exponer sus verdaderas intenciones); claro que una película con ese buen sonido, con esa pantalla hermosa donde puedes apreciar cada detalle, esa magia, en suma, que ocurre cuando entramos a la cueva del inconsciente y las luces se apagan y podemos asombrarnos otra vez, no tiene la culpa de que la gente sea sencillamente imbécil.

Uno de mis recuerdos más caros tiene que ver con un cine, con una película vista en cine, mejor dicho. Creo que Jurassic Park (Spielberg, 1993) ha sido la película que más veces he visto en cine, con un total de 16. Yo tenía ocho años y desde siempre los dinosaurios me habían (como aún) fascinado. Mis primeras lecturas son láminas ilustradas del mesozoico --no del jurásico, error que noté desde entonces--; mis primeros juguetes, esqueletos y triceratops de plástico; mi primer sueño, la paleontología; mi primera decepción --hoy hermoso recuerdo-- es que los huesos que encontré en mi jardin eran de pollo, puestos ahí por mi madre. Cuando el doctor Grant y la doctora Sattler van en el jeep (aquél modestamente emocionado, aquella francamente escéptica), el vehículo se detiene y Grant se quita las gafas de sol... Podría morir en ese momento: sólo en un cine puede sentirse verdaderamente el temblor de tierra (que es temblor interior también) provocado por el brontosaurio que ha arrancado las ramas más altas de un árbol altísimo y vuelve al suelo. Ahí estaba, ese animal de mis sueños, esa hermosa vaca (como la llama Grant más adelante) frente a mis ojos. Supe que todo era posible. Ahí. En ese momento.

La misma identificación que tuve con el doctor Grant la tengo en mayor o menor medida con cada película que veo. En una breve, brevísima temporada quise ser actor: en realidad quería explorar este rasgo de mi carácter: por un tiempo limitado podía simular con toda naturalidad la lógica de algún personaje. Cuando vi Cyrano de Bergerac (Rappeneau, 1990) terminé con el oído lleno de ritmo: no podía parar, estuve horas rimando y rimando como loco, como quien encuentra una nueva diversión, las palabras. Algo le dije a mi madre que me vio con esa mirada con que me sigue viendo cada tanto, como preguntándose si está a punto de ocurrirme algo terrible, francamente alarmada. Ahí me di cuenta que mi nuevo juguete era un juguete secreto (a esa edad, 12 o 13 años, el cuerpo también es un juguete secreto, y las similitudes con el lenguaje no terminarían ahí...), uno para el que debía hacer espacio, un espacio que eventualmente y no sin cantidad de dificultades terminaría convirtiéndose en mi vida.

Dediqué las noches de mi adolescencia a leer y a ver películas. Libros buenos y malos, películas ídem, de todo aprendí. Se me quedó el hábito de no dormir porque, niño de clase media, no tuve un cuarto propio, como aconseja la Woolf, sino hasta mucho tiempo después; aprendí a robarle horas al sueño para invertirlas en mi diversión más absoluta y más privada. Había pocos libros en mi casa y menos películas aún; nunca tuvimos cable, por lo que me hice aficionado a los videoclubes. Gastaba mis pocos dineros en revistas, algunos libros y muchas películas. Me ha ayudado siempre parecer más viejo de lo que realmente soy, por eso no me negaron nunca películas que no eran aptas para mi edad en los ya extintos Videocentro y luego en el más familiar Blockbuster. Pero querría insistir un poco en la relación "camaleónica" o de simulacro que el cine ejerce en mí.

Es muy simple: Karate Kid (Avildsen, 1984) me produjo una relación con la heroicidad asociada a la violencia, todo lo contrario al karate que había aprendido --lo estudié desde los 3 años--, y me dio mucho en qué pensar; Terminator 2 (Cameron, 1991) me hacía imitar los torpes movimientos robóticos del governator, hacerme consciente de que los robots imitan al hombre para mezclarse entre ellos sin conseguirlo nunca realmente --un poco como yo mismo--, y de hecho el monólogo final de Sarah Connor ("si una máquina aprendió el valor de la vida humana..., etc.") me hace llorar todavía. De mi infancia hay muchas películas de ninjas, por supuesto, de las que salía --cosa normal, ¿no?-- corriendo por las paredes y moviéndome entre hordas de anónimos ninjas cuyos pedazos iba dejando en invisibles regueros de sangre --de tan limpios-- en el camino de regreso a la realidad. Aprendí a imitar las voces de Jim Carrey (algunas de ellas solamente, claro), de Bill Murray, a disfrazarme de soldado, vaquero, robot o dinosaurio, por lo que pensé que lo mío era la actuación... hasta que conocí el teatro de cerca y decidí que prefería verlo desde las butacas. Participé en un par de cortometrajes infumables de pretenciosos y hoy salgo en un videoblog sobre videojuegos, donde no puedo ver mis participaciones sin ruborizarme todavía. De personajes de videojuegos (esa narrativa sin palabras, que dice Pavic) no supero mi absoluta identificación con Solid Snake de Metal Gear Solid. Empecé a fumar para tener la voz jodida como Kurt Cobain, pero ayudó para la personificación que solía hacer en la preparatoria imitando las frases más reconocibles de Snake.

Pero llevo no sé cuántos párrafos (7, claro que sé, es captatio benevolentiae) y todavía no entro al título de este post: cómo ver películas con gente. Este rodeo ha sido necesario para que el lector comprenda que mi relación con el cine es casi tan íntima como con la comida (ambas, educaciones sentimentales de M.), por ejemplo, o en todo caso muy íntima, en todo caso no una relación de "entretenimiento". En el tiempo que empecé a ver cine con alguna seriedad, entendí que todo eso que me pasaba de niño al ver películas eran cosas que ocurrían en mí, pequeñas transformaciones, si se quiere, y que las buenas películas eran esas que no te dejaban indemne, que ejercían esas transformaciones con mayor violencia o sutileza, pero sin camino de vuelta. "A partir de cierto punto no hay retorno; encontrar ese punto", dice Kafka (en mi memoria, que puede no ser precisa). Ese punto hay que buscarlo en las apreciaciones críticas sobre cualquier cosa y con mucha más ferocidad en la escritura. Otro tema. Seré más puntual a partir de ahora, pues ya empezamos con las

Instrucciones para ver películas con gente

1. Evítelo.

2. Si no puede evitarlo, procure conocer la profundidad del interés cinematográfico de la persona con la que verá la película.

2.1 Si no es una sola persona la que lo acompaña sino más de una, dése por jodido: le arruinará la película.

2.1.1 Tres personas en un mismo cuarto son una pequeña comunidad: alguien tendrá hambre, querrá ir al baño, recordará un asunto urgente, entrará en labor de parto. Vuelva al punto 1., que es el único infalible: el cine es lo que le pasa a usted cuando ve películas.

3. Procure hablar de cuánto le interesa ver esta película antes de que empiece la película. Si no le interesa la película:

a) No la vea, hay cantidad de películas que seguro le interesan de verdad.

b) Mienta. La gente tiende a dejarlo en paz a uno cuando lo ven fascinado. Muéstrese muy interesado: eso disminuirá la probabilidad de interrupciones concientes de parte de ellos.

3.1 Prefiera siempre a las personas que tienen suficiente madurez cinematográfica para estar viendo a Humprey Bogart en Casablanca (Curtiz, 1942) sin pensar en The Maltese Falcon (Houston, 1941), ni en el alcoholismo de Bogart.

3.2 Prefiera también a las personas que sepan contar historias sobre el alcoholismo de Bogart con la suficiente madurez cinematográfica para enriquecer la experiencia de lo que está viendo, sin por eso destruir el vacío de incredulidad necesario para que el arte ocurra.

3.2.1 Repítase: el cine (la magia, la poesía) es lo que pasa en mí cuando me pongo en relación con la película (obra.)

4. Trate de evitar a las personas que hablan durante las películas de asuntos ajenos a las películas (hola, P.)

4.1 Prefiera a las personas que hablan durante las películas de asuntos relativos a las películas.

5. Por mor de un ignoto dios ateo, trate de no comer durante la película.

5.1 Si usted es un cerdo de mierda que no puede evitar satisfacer su fijación anal de otro modo, procure no masticar demasiado fuerte.

5.1.2 Es en serio: hay gente que pasa muchas horas componiendo la banda sonora de las películas y pobres novatos que cargan micrófonos hipersensibles para que percibamos detalles como el peso de los personajes según su modo de caminar o el clima según el viento. También los ingenieros de efectos sonoros merecen esa forma de atención que en Occidente valoramos tan poco: el oído.

5.1.3 Si usted se identificó con la situación de 5.1, muérase.

6. La vida se interpone: si el celular de alguien --con quien evidentemente no debió ver la película-- suena, no desespere. Ponga pausa y actúe normalmente aunque quisiera rajarle la cara por la mitad.

6.1 Si el celular de usted suena, no conteste. Si es su madre, diga en voz bajísima que le devolverá la llamada.

6.2 Si es urgente y debe contestar, haga saber al interlocutor que le ha arruinado la película (aquí puede imitar ligeramente a Woody Allen en Annie Hall (Allen, 1977), aunque claro, nunca podrá).

6.3 Devuélvale la llamada a su madre. Después de la película, por supuesto. Cuéntele qué buena estuvo (las madres suelen ofenderse: trate de hacerle ver que valió la pena la espera y que no la odia --poco importa si la odia).

7. Rodéese de gente que sepa más de cine que usted. Mi gurú particular es Victoria Guerra (a quien dedico este post precisamente por eso, pero también porque hoy ha muerto Elizabeth Taylor y sé que está triste.)

8. Sólo puede pausar la película si necesita ir al baño. Si se le ocurre un tuit maravilloso, anótelo y tuiteelo después.

9. Nunca, nunca, nunca, nunca trate de imitar el wit de Orson Welles.

9.1 Nunca. No. (Hola, Herbert.)

10. El cine es el último remanso de lo sagrado que muchos tenemos aún; si el cine significa menos que todo esto para usted, haga favor de callarse y dejarnos ver la película en paz. Coño.



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